Vicente de Paúl, Carta 0475: Juan Dehorgny A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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[Saint-Mihiel, junio o julio de 1640]

Le puedo decir, padre, cosas admirables de esta ciudad, que parecerían increíbles si no las hubiésemos visto con nuestros propios ojos. Además de todos los pobres mendigos de que le hablé, la mayor parte de los habitantes de la ciudad, y sobre todo la nobleza, han padecido tanta hambre que no se puede expresar ni imaginar; y lo más deplorable es que no se atreven a pedir ningún socorro. Algunos llegan a veces a atreverse a ello, pero otros prefieren morir de hambre. Yo mismo he hablado con personas distinguidas que no hacen más que llorar incesantemente por este motivo.

He visto también una cosa muy extraña. Una mujer viuda, al no tener ya nada para ella ni para sus tres hijos y viéndose obligada a morir de hambre, le quitó la piel a una culebra y la puso sobre el fuego para asarla y comérsela, ya que no podía encontrar otra cosa. Cuando recibió aviso de ello nuestro hermano, que reside aquí, corrió a su casa y, al verlo, puso remedio a la cosa.

No muere ningún caballo en la ciudad, de cualquier enfermedad que sea, sin que lo arrebaten enseguida para comérselo; hace tres o cuatro días solamente, durante el reparto de las limosnas, se vio a una mujer con el delantal lleno de esa carne infectada, dándosela a otros pobres a cambio de algunos trozos de pan.

Una muchacha distinguida ha estado varios días tratando de vender lo más apreciado que tenía en el mundo para conseguir un poco de pan, buscando varias ocasiones para ello. ¡Bendito y alabado sea Dios porque no ha logrado encontrarlas y se encuentra actualmente fuera de peligro!

Otro caso muy lamentable es que los sacerdotes, todos ellos de vida ejemplar, gracias a Dios, están sufriendo esta misma necesidad y no encuentran pan para comer; un párroco, que vive a media legua de la ciudad, se ha visto obligado a tirar del carro, enganchado con sus parroquianos en lugar de los caballos. ¿No le parece digno de lástima, mi querido padre, ver a un sacerdote y a un párroco reducido a esos extremos? No es necesario llegar hasta Turquía para ver a los sacerdotes condenados a labrar la tierra, ya que podemos verlos en nuestras propias puertas, obligados a ello por la necesidad.

Por lo demás, padre, nuestro Señor es tan bueno que parece haberle concedido a Saint-Mihiel el espíritu privilegiado de la devoción y la paciencia; pues, en medio de una suma escasez de bienes temporales, se muestran tan ávidos de los espirituales que vienen al catecismo hasta dos mil personas para escucharlo; esto es mucho para una pequeña ciudad donde están desiertas la mayor parte de las casas grandes. Los mismos pobres se preocupan mucho de asistir al catecismo y de frecuentar los sacramentos. Todos en general tienen en mucha estima al misionero que está aquí, que los instruye y socorre; y no pocos se juzgan dichosos de haber podido hablar una vez con él. También él demuestra tener mucha caridad con todos y trabaja incesantemente por estas fronteras; se ha dejado agotar hasta tal punto por las confesiones generales y por la falta de alimento que ha caído enfermo.

Me extraña mucho cómo es posible, con tan poco dinero como recibe de París, hacer tantas limosnas en general y en particular; allí es donde veo palpablemente la bendición de Dios, que multiplica el bien; y me he acordado de lo que la sagrada Escritura dice del maná, que cada familia tomaba la misma medida y bastaba para todos, aunque fuera distinto el número de personas que iba a recogerlo. Aquí puedo ver algo semejante, ya que nuestros sacerdotes que tienen más pobres no reparten menos y nunca les falta nada.

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