Señorita:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
De muy buen grado pido a Nuestro Señor que les dé su santa bendición a nuestras queridas hermanas y que les dé parte del espíritu que les dio a las santas mujeres que lo acompañaban y cooperaban con El en la asistencia de los pobres enfermos y en la instrucción de los niños. Dios mío, señorita, ¡qué felicidad para esas buenas hermanas ir a proseguir la caridad que Nuestro Señor ejercía en la tierra, en el lugar a donde van! ¿Quién diría, al verlas juntas, a esas dos tocas, en ese coche, que van para una obra tan admirable a los ojos de Dios y de los ángeles que el Hijo de Dios la encontró digna de El y de su santa Madre? (Oh, cómo se alegrará el cielo al verlo y cuán admirables serán las alabanzas que ellas obtendrán en el otro mundo! ¡Cómo caminarán con la cabeza levantada el día del juicio! Me parece ciertamente que las coronas y los imperios no son más que lodo en comparación de aquellas con que serán coronadas. Sólo queda procurar que se porten con el espíritu de la santa Virgen en su viaje y en sus obras; que la vean muchas veces como ante sus ojos, delante o al lado de ellas; que actúen como se imaginarán que actuaría la santa Virgen; que consideren su caridad y su humildad, y que sean muy humildes ante Dios y cordiales consigo mismas, bienhechoras para con todos y que no desedifiquen a nadie; que cumplan con sus pequeños ejercicios todas las mañanas, o antes de partir el coche, o en el camino; que lleven algún libro para leer de vez en cuando, y que otras recen el rosario; que contribuyan a las conversaciones que se tengan de Dios, pero no a las del mundo, y menos aún a las libertinas, y que sean como rocas contra las familiaridades que algunos hombres querrían tener con ellas. Dormirán aparte en una habitación, que pedirán de antemano en las hosterías, o en la de algunas honestas mujeres, si las hay en el coche; y si no hay en las hosterías de los coches, que se alojen al lado, si encuentran esa comodidad.
Al llegar a Richelieu, irán ante todo a saludar al Santísimo Sacramento, verán al padre Lamberto, recibirán sus órdenes y procurarán cumplirlas con los enfermos y los niños que vayan a la escuela, observando los pequeños ejercicios de cada día que ahora practican; se confesarán solamente cada ocho días, a no ser que haya alguna fiesta principal durante la semana; procurarán ser útiles a las almas mientras cuidan los cuerpos de los pobres; honrarán y obedecerán a las oficialas de la Caridad y respetarán mucho a las demás, y las animarán a que se aficionen a su santo ejercicio; y continuando de esta manera, resultará delante de Dios que habrán llevado una vida muy santa y que de unas pobres muchachas se habrán convertido en reinas del cielo; es lo que le pido a Dios, en cuyo amor soy, con ellas y con su querida superiora, muy humilde servidor
V. D.
Le ruego me diga si el mozo le ha entregado las 50 libras que le envié por medio de él, y que ruegue a Dios por la buena señora de Liancourt, que ha empeorado mucho.







