Vicente de Paúl: buscador incansable de la voluntad de Dios

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Ibáñez Burgos, C.M. · Año publicación original: 1982.
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Nada hay más profundo y menos conocido en Dios que la «extrañeza inquietante» de su voluntad. Nada hay más profundo y menos conocido en el hombre que la «familiaridad inquietante» de nuestra propia voluntad. Y sin embargo, todo proyecto del hombre cristiano es una «búsqueda» continua, una «preocupa­ción» constante por llegar a descubrir y realizar esta voluntad de Dios. En la abertura a esta búsqueda y en la preocupación por esta realización, el ser cristiano del hombre se va haciendo. A través del «hacer y no hacer», el cristiano intenta llegar a «tener un mismo querer y no querer» con Dios, a entrar en unidad de espíritu con él.

Durante su vida, Vicente se esforzará, a través de las situacio­nes complejas, en descubrir la insondable y misteriosa voluntad de Dios. Lejos de él, como de todo humano, conocer desde el comienzo de su existencia las etapas y el término de su largo y sinuoso caminar. Vicente de Paúl no es, como nos lo presenta la mayoría de los autores, sin duda seducidos por su primer bió­grafo Luis Abelly, el contramaestre lúcido y disciplinado de la invariable providencia, sino el buscador incansable de la voluntad de Dios, del «totalmente Otro».

Concienciación

No contento con ofrecer su espíritu a Dios, Vicente quiere dar a su vida un sentido muy concreto y ajustar su conducta al plan misterioso1 de la admirable providencia de Dios, que se revela obrando y cuya acción está señalada con un realismo concreto, existencial. Su abertura y fidelidad a la voluntad de Dios no son, en realidad, más que la respuesta al Dios fiel, sorprenden­te y comprometido en la historia.

El Dios fiel, sorprendente y comprometido de la Biblia

El «Dios vivo», el Dios de la alianza, de Abrahán, de Isaac, de Jacob, de David, de los profetas, de Jesucristo, no es un Dios que se define ontológicamente, es un misterio de amor-fidelidad irrevocable, inagotable, que se revela (cf. Ex 3, 14-15; 34, 6; Os 2, 16-22; Is 54, 8; 1 Jn 4, 8-10; Rom 5, 8; 8, 32; Col 1, 15-20) a través de su Palabra creadora-salvadora (cf. Gén 1, 1-6; Is 40, 8. 26; 44, 24-28; Sal 33, 6; Is 55, 10-11; Jn 1, 1. 9-14. 33; 3, 20); un Dios que está y estará siempre con su pueblo en sus luchas, un Dios que se mostrará fiel a sus promesas y a su alianza. La transcendencia inmanente de Dios atraviesa toda la historia y le da consistencia a través de su Palabra diná­mica, a través de su presencia activa y benéfica en favor de los suyos. Dios no se revela más que a través de su «economía», es decir, a través de su acción en el mundo en favor de los hombres según su plan de salvación, que sólo él conoce. Dios se «in-funde» en la historia no se «con-funde» con ella. Obra desde el interior de la historia y no al margen o fuera de ella. El conocimiento de esta «economía» de Dios nos lleva al conocimiento de lo que él es: él es según lo que hace y actúa según lo que es.

La fidelidad de Dios, según la Biblia, supone un cambio radical de nuestras ideas sobre lo que debiera ser un dios. El sentido común y las representaciones de la religión natural no conciben que Dios ponga su confianza en el hombre. Pero lo propio del Dios bíblico es trabar amistad, intimar, comprometer­se con el hombre. «Dios es fiel porque hace juramento de su amor a alguien en quien un dios no debería apoyarse, es decir, al hombre. Esa es la inversión asombrosa de la fidelidad de Yahvé. Se compromete con Israel como representante de la humanidad. Une su fuerza a la debilidad del elegido bien-amado. Dios corre el riesgo de unir su nombre y su ser con un asociado oscilante. Que Dios sea fiel caracteriza no su inmutabilidad propia, sino su elección irrevocable. Pasamos de la perpetuidad incambiable a la alteridad resuelta en la libertad del amor.2

La fidelidad de Dios no se funda en la fidelidad del hombre, sino que la precede. Más aún, la infidelidad del hombre no puede suprimir, hacer desaparecer la fidelidad de Dios. Por eso Dios manifiesta su fidelidad en la consistencia eterna de su amor mise­ricordioso (cf. Is 54, 8; Jer 31, 3; Os 11, 8; cf. también, Ex 7, 5. 17; 10, 12; 14, 18-40; 16, 6. 12; Dt 4, 37; 7, 8; 10, 15; Sal 138, 8; Os 2, 21-22. 25; 11, 1-9; 12, 10; 13, 4; 14, 5; Is 43, 4; 49, 14, 16; 7, 14; Sof 3, 17; 1 Jn 4, 8). El Dios que pasa es estable en su Palabra. El Dios que ama es inque­brantable en su elección (cf. Ex 3, 14-15; 12, 13; 34, 6). Es un Dios de memoria, de recuerdo, de amor misericordioso, sin embargo, y no de fatalidad (cf. Ex 34, 7).

Se ha repetido hasta la saciedad —quizá hay quien lo repite todavía hoy— con peligro de provocar náuseas o de engendrar obsesiones en quienes lo escuchaban —en quienes lo escuchan—que Dios es paciente porque es eterno. Por eso «quien se la hace termina por pagársela». Es cierto que en el nuevo testamento fidelidad y fe se expresan con una misma palabra (pistis), frecuen­temente acompañada con la dimensión de la paciencia (upomóné). Pero esta palabra no significa que la fidelidad eterna de Dios se tome la «revancha», ajuste las cuentas; expresa, por el contrario, el amor fiel y misericordioso, constante, eterno, de Dios. El cap. 11 de la carta a los Hebreos es una descripción inolvidable de la fe fiel o creyente que culmina en la fe de Jesús (cf. Heb 12, 2-3). En el caso de la fe de Abrahán, en la subida a la mon­taña de Morilla (cf. Gén 22, 1-19), de Jesús en la subida al Gólgota (cf. Jn 19, 17), la fe evita el absurdo, porque Dios es fiel, porque la memoria de Yahvé es juzgada más fuerte que su silencio y su abandono. Ser fiel, en consecuencia, es más poder creer en la presencia, incluso oscura y ausente «de quien respon­de» de la fe, que permanecer en su juramento. La fidelidad de Dios en el antiguo testamento busca pacientemente a Israel que le ha abandonado, y en el nuevo testamento la fidelidad de Jesús busca a Yahvé, que le ha abandonado en la cruz. El com­promiso de la fidelidad de Dios, sellado en la alianza, manifiesta que él es el primero en comprometerse a una presencia benéfica, a solidarizarse con los suyos. La fidelidad del hombre no es, por su parte, más que una respuesta a esta fidelidad de Dios.

La promesa, la alianza, la elección, experiencias centrales y originales de la Biblia, significan ante todo que Dios nos busca y nos elige, que se compromete el primero en la aventura y que, a pesar de las decepciones infligidas por la versatibilidad de su pueblo, permanece fiel a esta alianza que nunca abandonará. El nuevo testamento reemplaza la imagen de un Dios todopoderoso, enigmático, lejano, indiferente por la de un Padre que nos ha ama­do el primero, antes de que el hombre pudiera merecerlo por sus propias disposiciones. San Juan ha percibido con claridad esta buena nueva, esta novedad inaudita y lo expresa en varias oca­siones (cf. Jn 15, 13; 1 Jn 4, 9-10. 19; cf. también Rom 5, 8; 8, 32-34) y san Pablo ha defendido con insistencia y fuerza el primado de la iniciativa y de la acción de Dios en la salvación del hombre: no son las obras quienes nos justifican, sino la fe (cf. Rom 4, 1-25; Gál 3, 6-12; Flp 3, 5; Ef 2, 4-5). En Cristo somos liberados del miedo y devueltos a nuestro estatuto de hijos de la libertad y de la gratuidad (cf. Jn 8, 31-36; 15, 8. 16; 1 Jn 4, 18); Rom 6, 1-18; 7, 1-7. 14-24; Gál 5, 13). El cre­yente está invitado al abandono de toda jactancia y de toda pre­tensión. Lo más importante no es el compromiso o la fidelidad del hombre — ¡que cese de tensarse ansiosa, angustiosa, obsesi­vamente en su voluntarismo! El problema, en la condición cris­tiana, no es sólo amar suficientemente a Dios, serle fiel, compro­meterse por él, mucho más profundamente es escuchar su voz (la de Dios) en el rumor del océano del mundo, descubrir su pre­sencia y dejarse amar por Dios.

El Dios «eternamente» fiel de la Biblia no es un Dios insen­sible al acontecimiento. La alianza de Dios con su pueblo se vive totalmente en la historia y no al margen o fuera de ella. Yahvé es el Dios que, en razón de su presencia activa y benéfica actúa en la historia al lado de su pueblo, el Dios que, por la encarna­ción de Jesús, va a estar siempre con los suyos. Esta presencia suscita en los creyentes la fe, la esperanza y la caridad, de la misma manera que la narración de la historia provocaba la fe en los israelitas y a la vez era el reconocimiento agradecido en la acción divina que actuó y actuará (cf. Os 2, 10). El pasado se hace presente y garantía del futuro. Nada hay aquí arqueológico que no se afirme por el mismo hecho teológico (cf. Sal 78, 1-7; Ex 12, 27; 10, 2; Dt 6, 20-25). «Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos», dice Jesús: Mt 28, 20). Las imágenes de «roca», «fortaleza», «escudo» (cf. Sal 144, 1-2; Ex 17, 5-6; cf. también 1 Cor 10, 4; Jn 7 , 38; 19, 34), que utiliza el antiguo testamento para celebrar la fidelidad de Yahvé, expresan al mis­mo tiempo la estabilidad y la irrupción, la firmeza y la esponta­neidad del yacimiento del agua. El «pacto sempiterno», el amor fiel irrevocablemente prometido (cf. Sal 89; Is 53, 3) no se ma­nifestó en David más que en sus primicias. El pueblo espera su realización plena. De la misma manera la creación, que es la obra de la fidelidad divina, anuncia la solidez de la historia que se desarrolla en ella, según la gran liturgia cósmica e histórica del Salmo 136.

Este Dios fiel es un Dios comprometido, ayer como hoy, con la humanidad en la economía de la creación, que el hombre in­tenta llevar a su término por el trabajo. De esta manera el hom­bre «dominará» el mundo, lo pondrá al servicio de los demás, permitirá a la comunidad humana desarrollarse en la dignidad y adorará a Dios (cf. Gén 1, 26-28; 2, 8-15; S.V. IX, 483-498).

Dios se compromete en la antigua como en la nueva Alianza, en su Hijo encarnado «hasta el fin», hasta «la sangre», hasta «la muerte de cruz», para reconciliar a la humanidad y reunirla en la unidad a través de las tensiones y de los conflictos de la historia (cf. Jn 13, 1; Rom 5, 10; 2 Cor 5, 18-21; Col 1, 20; 2, 13-14; 1 Cor 15, 28). Dios se compromete en el hombre cris­tiano a realizar esta reconciliación, esta unidad.3

Finalmente Dios se compromete en la Iglesia —pueblo de Dios— a testimoniar en medio de las situaciones históricas que el reino de Dios ha comenzado y que vendrá en plenitud.

En este Dios «eternamente» fiel y comprometido no hay nada tan lejano y extraño como el bloqueo tozudo, la «idea fija», la cerrazón, la obsesión de quien ignora el movimiento de la historia, el tiempo lineal, creativo, real. Es cierto que en Dios «no se da mudanza ni sombra de alteración» (cf. Sant 1, 17). Y sin embargo se revela como invención continua, como novedad que brota incesantemente. Se hace conocer como el que atraviesa el mundo para re-crearlo, el que actúa en la historia para renovar todas las cosas. Su intervención en la historia culmina en la en­carnación, en el misterio de Jesús: Jesucristo es la prueba supre­ma para conocer hasta dónde llega la fidelidad de Dios en la historia (cf. Ef 3, 3-10; 2, 15-16; Rom 16, 25-26; 1 Cor 2, 7­9; Col 2, 2-3). Cuando hablamos de Dios eternamente amor-fiel interesa saber, en consecuencia, de qué Dios se trata y de qué clase de fidelidad. No se trata de un Dios «todopoderoso y eter­no» de reminiscencias paganas, sino del «Dios vivo y verdadero», cuya fidelidad es tanto más inquebrantable cuanto que es sorpren­dente e inventiva.4 La fidelidad es una creatividad continua y reclama del hombre una flexibilidad viva, una disponibilidad pe­netrante, porque se vive en el tiempo, en la historia, sometida a cambios, a evoluciones, a transformaciones.

Sólo Dios puede comprometerse plenamente, porque solo él es válidamente creador y salvador; no obstante confía su palabra creadora y salvadora a los hombres para que éstos puedan, a su vez, comprometerse en los tres niveles antes mencionados, en los que Dios se compromete el primero. Vicente de Paúl movilizará todo su dinamismo vital, hasta morir, para responder a la obra creadora y salvadora de Dios a través del compromiso adquirido en beneficio de los hombres. Para él la conservación del universo es una creación continua5 y el hombre colabora por el trabajo en la obra creadora de Dios,6 que se continúa en la historia. Por eso, para Vicente de Paúl, necesidades, acontecimientos y personas son los signos más indiscutibles de la voluntad de Dios. En esta pers­pectiva, que podría originar una teología del acontecimiento, Vi­cente pulveriza todo síntoma del llamado «horizontalismo» y evita todo riesgo de ceder a un «humanismo sin Dios». Después de haber llegado a restituir en su conciencia y en la conciencia de sus discípulos y continuadores, una antropología cristiana, ad­mite y recuerda que Dios trabaja en el hombre, con el hombre y a pesar del hombre, es decir, a pesar de las inadvertencias, de las carencias y de las huidas del hombre. Para él, como para la con­ciencia cristiana del hombre, la historia del mundo es «revelado­ra» del designio de Díos (cf. Rom 8, 28-29).

De ahí que la existencia de Vicente de Paúl esté orientada por el deseo de transformar su vida, de modelar su espíritu según la recomendación de san Pablo: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que pro­curéis conocer cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto» (Rom 12, 2; cf. Ef 2, 23). Esta voluntad de Dios, según explica el mismo san Pablo, ha sido revelada en el «misterio de Jesús»: Jesucristo es el paso decisivo de la novedad de Dios, el signo eficaz de un amor fiel, sorprendente, comprometido en la historia (cf. Ef 2, 15-16; 3, 3-10; Rom 16, 25-26; 1 Cor 2, 7-10; Col 2, 2-3). Este deseo, que atraviesa la vida y anima al espíritu de Vicente de Paúl, le impulsa a «someterse perfectamente a las órdenes de la Providencia».7 De esta manera no sólo, busca «atraer a Dios a él»,8 a ese Dios que, según la expresión vicenciana, «nos lleva de la mano»9 y «se sirve de nosotros para realizar las cosas que le son agradables»,10 sino también hace de la vivencia y de la doc­trina de la voluntad de Dios el centro iluminador de donde salen, arrancan los rayos que «iluminan y animan»11 su doctrina y su acción: «Ajustémonos al juicio que Dios hace de las cosas…». «Ajustemos nuestro juicio, como nuestro Señor, al juicio de Dios, que se nos da a conocer a través de la Escritura. Entonces, in nomine Domini, se puede formar su juicio de acuerdo con el sen­tido más conforme al espíritu del evangelio».12 Es ahí donde debemos buscarle para encontrarle en búsqueda «del buen agrado de Dios» y «de su mayor gloria».13 El deseo de descubrir y de realizar la voluntad divina le «lleva ante todo a buscar la gloria (de Dios), su reino y su justicia»,14 a «buscar el honor y el buen agrado de Nuestro Señor»,15 a hacerse «agradable al Padre y. útil a la iglesia»,16 a «revestirse del espíritu de Cristo»,17 que le permitirá conjugar «las dos grandes virtudes» que animan al espí­ritu del Hijo de Dios, «la religión en orden al Padre y la caridad en relación a los hombres»,18 y «continuar la misión de Cristo».19

Para descubrir el sentido y la significación de la voluntad de Dios en Vicente de Paúl, para sorprender y encontrar a este hom­bre continuamente en búsqueda de la voluntad de Dios, del «buen querer de Dios», se nos presentan dos caminos. Uno atraviesa la trayectoria de la experiencia humano-cristiana de su existencia —el espacio abierto donde se manifiesta su «deseo»— y nos permite percibir su evolución progresiva, el dinamismo de su vida. El otro analiza sus palabras y nos permite captar, a través de los diversos registros de expresión, la génesis y el desarrollo de su pensamiento, introducirnos en su espíritu.

  1. «Mysterion» significa las intenciones secretas, el designio o plan secreto de un rey, de un jefe de guerra. Referente a Dios, significa los designios o planes de Dios, que solo él conoce, y que comunica a sus íntimos, a los profetas, a los sencillos. Sobre el sentido y evolución de la palabra «Mysterion», cf. Y. M. Congar, Un peuple messianique, Paris 1975, 27-98.
  2. A. Dumas, Théologie biblique de la fidélité: engagement et fidélité, Paris 1970, 14.
  3. «Si tenemos amor, debemos manifestarlo conduciendo a los hombres a amar a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios y a Díos por el prójimo. Somos elegidos por Dios como instrumentos de su inmensa y pa­terna caridad, que se quiere difundir en las almas». «Es cierto que soy enviado no solamente para amar a Dios, sino para hacerle amar. No es suficiente con que ame a Dios, si mi prójimo no le ama. Debo amar a mi prójimo como imagen de Dios y objeto de su amor, y hacer de tal manera que los hombres amen recíprocamente a su Creador, que los conoce y reco­noce sus hermanos, que los ha salvado, y que por caridad mutua se amen mutuamente por amor de Dios, que los ha amado tanto que ha llegado o entregar a la muerte a su propio Hijo»: S. V. XII, 262, 263.
  4. Cf. E. Jacob, Théologie de l’anden’ testament, Neuchátel-Paris 1955, 81-85; A. Dumas, Théologie biblique de la fidélité: engagement et fidélité, 9-23; P. Grelot, Sens chrétien de rancien testament, Paris 21962, 102-114. 125-141. 249-277. 290-296; Id., La Bible, parole de Dieu, Paris 1965, 112­120. 238-254: J. Mouroux, Le mystére du temps, Paris 1962, 81-120.
  5. Cf. S. V. IX, 489-490.
  6. Cf. S. V. IX, 483-498.
  7. S. V. XII, 235.
  8. Ibid.
  9. S. V. XII, 236; cf. S. V. XII, 243.
  10. S. V. XII, 235.
  11. S. V. XI, 349.
  12. S. V. XII, 213, 214.
  13. S. V. XI, 48.
  14. S. V. XII, 132; cf. S. V. XII, 164.
  15. S. V. XII, 135-136.
  16. S. V. XII, 128.
  17. Cf. S. V. XII, 107, 108-109. 112-113; XI, 343.
  18. S. V. VI, 393; XII, 108-109.
  19. Cf. S. V. XI, 343; XII, 107-108, 75-79, 367.

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