Venida a España del Padre General. 1969. (I)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: Aurelio Ircio · Year of first publication: 1969 · Source: Anales Madrid.
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ESCUDOCMLa primera noticia oficial de la venida del P. General la transmitió a la Provincia el R. P. Visitador por medio de una pequeña circular, fe­chada el 3 de octubre, en que se decía:

«Notifico a todos ustedes por la presente que, según me ha comunicado el Revdmo. P. Superior General, llegará a Madrid el día 8 de este mes, para convivir con nosotros por algunos días y comunicarnos sus decisiones sobre el asunto de la división de la Provincia.

Esta comunicación la hará en la Casa Central —García Pare­des, 45— el día siguiente, 9 de octubre, después de una misa con- celebrada presidida por él, a las once de la mañana, en la Ba­sílica.

Juzgo conveniente y deseo que, por tratarse de una visita ex­traordinaria del Revdmo. P. Superior General y del asunto que la motiva, venga a Madrid un representante de cada una de nuestras Casas, a ser posible el P. Superior. En cuanto a nuestras Casas del Extranjero y Canarias, considero oportuno dispensar­las de enviar representante; pero se les informará de todo lo con­cerniente a la visita del Revdmo. P. Superior General, con la ma­yor rapidez posible

Efectivamente, el día 8, hacia las ocho y media de la tarde, aterri­zaba en Barajas el M. R. P. General acompañado del Secretario ge­neral, P. Bekkers. Le recibieron el P. Vicario general, P. Rafael Sainz, que había venido poco antes a pasar unos días de vacaciones en la Patria, y el P. Visitador con muchos de los Superiores llegados ya de la mayor parte de las Casas.

Pero el día de la convocatoria era el día 9. A las once de la ma­ñana, hubo en la Basílica de la Milagrosa misa concelebrada por el M. R. P. General, el P. Visitador, y hasta una docena de otros Padres, con gran asistencia especialmente de Hermanas, que llenaban la Basí­lica. Cantaron juntos los Hnos. Estudiantes de Hortaleza con las se­minaristas de los dos Noviciados de Madrid. La homilía del P. General ya que la misa era la votiva de S. Vicente, fue un sencillo comen­tario del Evangelio de S. Mateo (IX.35-38), en que se cuenta las corre­rías apostólicas de Nuestro Señor por los caminos de Galilea, señalan­do corno le imitó S. Vicente al pie de la letra, y cómo hemos de seguir por ese camino todos los Hijos e Hijas de San Vicente. Una larga co­munión bajo las dos especies, administrada por el mismo P. General y varios de los concelebrantes, prolongó el acto a más de una hora.

A continuación, bastante pasadas las doce, todos los Padres y Her­manos coadjutores asistentes a la misa —además de los Superiores de casi todas las Casas de la Provincia, estaban allí la mayoría de los Padres y Hermanos de las distintas Casas de Madrid e incluso algunos Hermanos Estudiantes profesos, más otros Padres que estaban de trán­sito, tanto de España como de las provincias filiales— pasaron todos al gran salón parroquial de la Basílica, donde se colocaron todos, mien­tras subían al estrado el P. General, acompañado a su derecha por los PP. Vicario y Secretario generales, y a su izquierda los P. Visitador y Secretario provinciales.

Abre la sesión el P. General, haciendo notar que las preces ya se han hecho en la iglesia. A continuación, el P. Visitador le dirige el si­guiente saludo:

Reverendísimo Padre Superior General:

En nombre de toda la Provincia de Madrid, aquí representa­da por el Consejo Provincial, por el R. P. Tomás Urdangarín, Vicevisitador de la Misión de Cuttack (India); por el R. P. José Luis Cuesta, Superior de la Misión del Androy (Madagascar), por la Casa Central y por un representante de las demás Casas, excepto de las de ultramar, dispensadas de enviar representación por la distancia y dificultades del viaje.

Corno Visitador de la Provincia, me es muy grato darle nues­tra más cordial bienvenida a nuestra Patria, representarle nues­tro respetuoso y filial saludo, manifestarle nuestro gozo y satis­facción por tenerlo entre nosotros, aunque sea por pocos días, y, en fin, testimoniarle nuestra sincera gratitud por haberse dignado venir personalmente —no obstante encontrarse tan ocupado por la Asamblea General Extraordinaria de las Hermanas—, para co­municarnos las determinaciones del Consejo Generalicio de la Con­gregación sobre el asunto que motiva su viaje a España.

Asunto que —reconocemos— es muy delicado y transcendente, por lo que implica para esta parcela tan importante de la Congre­gación que es la Provincia de Madrid, con sus Misiones extranje­ras y Provincias Filiales; muy laborioso y de gran responsabilidad para usted y su Consejo, por la ocupación y preocupación que les ha originado durante el año transcurrido, desde la termina­ción del primer período de nuestra Asamblea General Extraordi­naria; y de una especial importancia para todos los Padres y Hermanos españoles, hijos de esta fecunda y generosa Madre —la Provincia de Madrid—, por su íntima relación con la futura vida y actividades apostólicas de las Casas que la integran, y sus Misiones en el Extranjero y Provincias filiales.

Pero que usted y su Consejo han tenido que estudiar en todos sus diferentes aspectos, hasta llegar a unas conclusiones y a una resolución definitiva:

Porque el Consejo General anterior, así lo acordó en su reunión del día 7 de septiembre del pasado año 1968, según por carta del 8 del mismo mes y año me lo comunicó el Muy R. P. Wil­liam M. Slattery, entonces Superior General y fue dado a cono­cer por mí, mediante fotocopia de su carta enviada a toda la Provincia y a los RR. PP. Visitadores de las Provincias filiales.

Porque así lo ha estimado conveniente la Santa Sede, dan­do, de acuerdo con el c. 494, la licencia requerida para proceder en el caso a tenor de nuestras Constituciones anteriores y actua­les («De Regímine: 16-1.°; y De Regimímine: 13-3.°), que esta­blecen: «De consensu sui Consilii, et auditis illis quorum interest, constituere Provincias vel Viceprovincias, easdemque conjungere, divídere, suprimere, servatis de jure servandis.»

A usted, Rvdmo. Padre Superior General, le compete, en vir­tud de su cargo, ejecutar lo determinado por el Consejo General de la Congregación, siendo este el motivo de su viaje, según me comunicó por carta del 1.° de este mes de octubre, y yo lo noti­fiqué igualmente por carta fechada el día 3, a todas las Casas de la Provincia.

En su carta usted me dice: «Mi querido P. García, en espíritu de corresponsabilidad hemos cargado con la delicada tarea de di­vidir su Provincia, «in nomine Domini». En el mismo espíritu me llego hasta vosotros para terminar juntos lo que hemos comen­zado.»

No nos cabe la menor duda, Revdmo. Padre, de que verdade­ramente en el nombre del Señor; y con el único deseo de su ma­yor gloria y bien de la Congregación y nuestro; con arduo trabajo unido a sus fervorosas oraciones, y con rectitud vicenciana, en el desempeño de su Oficio, y realizando cuantas consultas y aseso­ramientos ha juzgado necesarios, ha emprendido y está realizando la «delicada tarea» a que hace referencia en su carta.

Por esto, Revdmo. Padre, uniendo nuestras oraciones a las su­yas y a las de nuestras Hermanos particularmente las que están en Roma, que al tener noticia de su venida a España, y del moti­vo por el cual ha venido, iniciaron un Triduo de fervorosas súpli­cas—; y compartiendo sus paternales deseos y generoso esfuerzo, le estamos sumamente agradecidos, y, como hijos, nos ponemos a su disposición.

A continuación, el P. General se dispone a notificar la razón de su venida a España y cómo se va a desarrollar este acto. Comienza discul­pándose de haberlo escrito en latín, por no saber hacerlo en español, y lee lo que trae escrito. Desgraciadamente, su pronunciación norteame­ricana es tan extraña para nosotros los latinos que, según han expresado muchos y confirma el cronista, apenas pudimos entender ni la mitad. Esto fue un enorme obstáculo para el desarrollo de todo el acto. Aquí lo pondremos traducido al español.

«Varias son las causas por las que he emprendido con mucho gusto este viaje a España para comunicaros el Decreto de la división de la Provincia de Madrid, a saber:

para que este suceso, que es de suma importancia, lo hiciera el mismo Superior General en fraterna unión de los miembros , de la Provincia con su Visitador, manifestada con signos de ca­ridad;

para que con unas pocas palabras de introducción os mani­festara algunas circunstancias relacionadas con este Decreto,

para que, finalmente, después del anuncio de la división, pu­diera responder del mejor modo posible a vuestras preguntas.

En primer lugar, permítaseme decir algo de las no pocas car­tas que me fueron dirigidas por varios cohermanos acerca de la división de la Provincia, considerada bajo varios aspectos. En los primeros meses de mi gestión escribí no pocas respuestas, pero más adelante me resultó casi imposible responder a todas. Sin embargo, puedo aseguraros que leí con la mayor atención y res­peto todas las cartas que se me dirigieron, Tened a bien excu­sarme con fraterno perdón de esta deficiencia.

Ya sabéis las consultas que se hicieron acerca de la divi­sión de la Provincia, primero personalmente por el Asistente general P. Rigazio, y posteriormente, por escrito, contestando cada uno a un cuestionario propuesto por la Comisión especial nombrada al efecto.

No pude encontrar el medio de preguntar a todos los miem­bros de la Provincia acerca de cada una de las cuestiones. Ade­más, después de pensarlo mucho delante de Dios, me pareció inoportuno hacer público el cómputo de las respuestas al cues­tionario propuesto por la Comisión, pues había gran peligro de interpretaciones duramente (acerbe) opuestas.

En las diversas opiniones que han llegado a mi conocimien­to, ya directa, ya indirectamente por medio de la Comisión nom­brada al efecto, me esforcé en buscar alguna unidad de tenden­cias que me ayudara a hacer una división objetivamente justa y, al mismo tiempo, satisfactoria para la mayor parte de los miembros de la Provincia. Pero desgraciadamente no pude en­contrar tal posibilidad.

Para resolver la cuestión en la presencia de Dios, que es a quien tenemos que procurar agradar ante todo, pedí muchas ve­ces parecer al Consejo General sobre varios de los elementos discutidos. Todos ellos me dieron clara y profundamente su pro­pia opinión.

Los límites de la división contenidos en el Decreto tal vez no agraden del todo a ninguno, sino a Dios omnisciente y mise­ricordioso. Sin embargo, pienso que por mi parte la división no favorece a ninguna provincia más que a las otras, y por otra, que las nuevas provincias nacidas de la división quedan dotadas de todos los elementos necesarios para desarrollar con eficacia su vida y trabajo comunitario por Dios y por la Iglesia.

En todas mis oraciones y conversaciones tengo esta única intención: que la cosa sea aceptada pacíficamente por Iodos los miembros de la Provincia y sea llevada a la práctica por los mismos con toda confianza. Que Dios nos lo conceda, por la intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, y de San Vicente, nuestro Padre.

Los Estatutos anejos al Decreto de la división de las nuevas Provincias.

Los documentos acerca de la división son varios, a saber: El Decreto mismo de la división…

La carta enviada a los miembros de la Provincia, en la que se expone la sustancia del Decreto más algunas consecuencias,

Las reglas para la consulta sobre los nuevos Visitadores,

Las normas sobre las relaciones con las Provincias filiales y con las Misiones «ad Gentes».

Después de la lectura del Decreto de la división y de los Es­tatutos, que se va a hacer ahora mismo, se distribuirá a cada uno de los Padres y Hermanos un ejemplar de los Estatutos, carta y reglas para la consulta, dándoles también otros ejempla­res que lleven a sus Casas.

Si después desean alguna precisión, con mucho gusto estoy dispuesto a responderles en cuanto me sea posible.

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