Una fe remodelada

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca .
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Conocí a un célebre doctor, que había defendido muchas veces la fe católica contra los herejes, por ser teólogo en su diócesis. La difunta reina Margarita lo llamó a su lado impresionada por su ciencia y su piedad, por lo que se vio obligado a dejar sus ocupaciones. Y como no predicaba ni catequizaba, se vio asaltado, en medio de la ociosidad en que vivía, por una fuerte tentación contra la fe. Esto nos enseña, de pasada, qué peligroso es vivir en la ociosidad, tanto de cuerpo como de espíritu: pues, lo mismo que una tierra, por muy buena que sea, si se la deja durante algún tiempo sin cultivar, enseguida produce cardos y abrojos, también nuestra alma, al estar largo tiempo en el descanso y la ociosidad, experimenta algunas pasiones y tentaciones que la incitan al mal. Así pues, aquel doctor, al verse en un estado tan molesto, acudió o mí para decirme que estaba siendo atacado por tentaciones muy violentas contra la fe, que sentía pensamientos horribles de blasfemia contra Jesucristo, y que hasta se sentía desesperado e impulsado a tirarse por una ventana. Y llegó hasta tal extremo, que hubo que dispensarle de rezar el breviario y de celebrar la santa misa, y hasta de rezar cualquier oración, de modo que, cuando empezaba sencillamente a decir el Padrenuestro, le parecía ver mil espectros, que le turbaban enormemente; su imaginación estaba tan seca y su espíritu tan agotado, a fuerza de hacer actos de desaprobación de sus tentaciones, que ya no era capaz de realizar ninguno. Estando, pues, en tan lamentable estado, se le aconsejó esta práctica: que siempre que volviese la mano o uno de sus dedos hacia la ciudad de Roma o hacia cualquier iglesia, querría indicar por este movimiento y por esta acción que creía todo lo que creía la Iglesia romana. ¿Qué pasó después de todo esto? Dios tuvo finalmente piedad de aquel pobre doctor, que cayó enfermo y se vio inmediatamente libre de todas sus tentaciones; se le quitó de golpe la venda de oscuridad que cubría los ojos de su espíritu; empezó a ver todas las verdades de la fe, y con tanta claridad que le parecía sentirlas y palparlas con la mano; murió por fin, dándole a Dios amorosas gracias porque había permitido que cayera en aquellas tentaciones, para librarle luego de ellas con tantas ventajas y darle sentimientos tan grandes y maravillosos de los misterios de nuestra religión (SVP, XI 725-726).

El familiarizado con Vicente de Paúl lo sabe, esta relación le atañe directamente, pues entendemos por su primer biógrafo, Monseñor Abelly (1644), que quien acudió en auxilio del teólogo fue nuestro santo, aunque el caso lo aplique a un tercero. Vicente se ocupa de aquel hombre y se ofrece como víctima en su lugar. A su vez, es él mismo presa de la incertidumbre y de la congoja. Atraviesa una verdadera noche de fe, que dura seis meses o quizá cuatro años. Escribe el Credo, pone el papel sobre el corazón, conviene en llevar allí la mano en los momentos de desamparo espiritual. Aprende el precio de la fe. A la larga, una idea cruza su espíritu: estar al servicio de los pobres. Se acerca al Hospital de los Hermanos de san Juan de Dios. Entonces decidió un día tomar una resolución firme e inviolable de honrar aún más a Jesucristo, y de imitarlo con mayor perfección que hasta entonces y fue: entregarse toda su vida por su amor al servicio de los pobres. Abelly 630 Este compromiso, con visos de voto, causa un efecto inmediato, al instante cede la tentación. Su fe renovada en profundidad se vuelve fuerte y como purificada.

Pero ¿cómo es la fe que anima a san Vicente llegado a la madurez?

Una fe sobria. En él no hay éxtasis ni visiones. Sola parece una vez, al momento de morir santa Juana de Chantal el año 1641, parece tuvo esa experiencia; declara que se le apareció un pequeño globo de fuego, que se elevaba de la tierra y fue a juntarse en la región superior del aire con otro globo mayor y más luminoso; luego los dos, reducidos a uno solo, se elevaron más arriba, se introdujeron y empezaron a brillar en otro globo infinitamente más grande y más luminoso que los otros; entonces se le dijo interiormente a aquella persona que el primer globo era el alma de nuestra venerable madre, el segundo el de nuestro bienaventurado Padre y el otro la esencia divina, y que el alma de nuestra venerada madre se había reunido con la de nuestro bienaventurado Padre, y ambos con Dios, su soberano principio (SVP, X, 141).

Si así lo atestigua, es por honradez intelectual y moral, mas prefiere con mucho manifestar su desconfianza hacia toda exageración: «los grandes sentimientos de Dios» (SVP, XI, 733), «la imaginación calenturienta» (SVP, XI, 732). Esas actitudes son para él «sospechosas». Es claro que quiere una piedad de brazos arremangados.

Y de ahí el segundo aspecto que acompaña su fe: transforma la vida. En él todo es dinamismo, su ritmo cotidiano, sus empresas, sus pláticas, su correo; está visceralmente centrado en el acontecimiento. La vida mana activa y abundante, según las circunstancias. Habla del nacimiento de su Congregación: (SVP, XI, 326. Otro día evoca los comienzos de la Compañía de las Hijas de la Caridad: Puede decirse realmente que es Dios quien ha hecho vuestra Compañía… ha sido Dios, y no yo (SVP, IX, 202).

Si sufrió en los prolongados lapsos de oscuridad espiritual, ahora sabe que la fe se instala en la paz y en el gozo. La prueba sirvió un revulsivo, mas también de formación; él se ha hecho más apto para comprender a las almas y convertirse en apóstol de la compasión y de la misericordia. Y ello se transparenta en las cartas a Luisa de Marillac, de constitución angustiosa, y a quien él conduce a la serenidad, así en esta exhortación: Descargue usted su espíritu de todo cuanto la apena. Dios cuidará. Usted no puede angustiarse en esto sin contristar (por así decirlo) el corazón de Dios, ya que El ve que no lo honra bastante con una santa confianza. Confíe en El, se lo ruego, y tendrá el cumplimiento de lo que su corazón desea. Se lo digo sin reservas, rechace todos esos pensamientos de desconfianza que a veces permite usted a su espíritu. ¿Por qué no va a estar su alma llena de confianza, si es la hija querida de Nuestro Señor por su misericordia? (SVP, I, 152). En sucesivos mensajes, san Vicente vierte la confianza en santa Luisa, y llega consigue transformarla, hasta que la convierte en verídica animadora espiritual, al igual que él.

En fin, su fe da el tono justo. Nada hay en él de excesivo. Es igualmente capaz de apoyar, en medio de la asechanza, al abad de San Cyrán, y de denunciar con vigor los errores del jansenismo. Y escribe al decano de Selis, tentado por esta herejía: Si espera que Dios le mande un ángel del cielo para iluminarle mejor, no lo hará; le ha enviado a la iglesia, y la iglesia reunida en Trento le envía a la Santa Sede en el asunto de que se trata, tal como se ve en el último capítulo de este concilio 8 Si espera que el propio san Agustín vuelva a explicarse a sí mismo, Nuestro Señor nos dice que, si uno no cree en las Escrituras, menos creerá todavía en lo que digan los muertos resucitado. Y si fuera posible que ese santo volviera, se sometería de nuevo, como ya lo hizo en otra ocasión, al Soberano Pontífice (SVP, VI 265-266).

Su insistencia permanece legítima: hay que comenzar por la fe; y añade: Sólo las verdades eternas son capaces de llenarnos el corazón y de guiarnos con seguridad (SVP, XI 724).

Gusta de hacer propio el acto de fe de un vicenciano moribundo: «¡Dios mío! Yo creo en todas las verdades que has revelado a tu Iglesia; renuevo todos los actos de fe que he hecho durante toda mi vida y, como quizás no tuvieron todas las condiciones requeridas, renuevo todos los de los apóstoles, los confesores, los mártires, etc.» (SVP, II, 286-287).

Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca

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