Una experiencia desde la perspectiva de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoCambio sistémicoLeave a Comment

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Autor: Pedro Opeka, C.M. · Traductor: Fernando del Castillo Flores, C.M.. · Año publicación original: 2008 · Fuente: Vincentiana, Septiembre-Octubre 2008.
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Conocemos todas las situaciones de miseria y las situaciones in­frahumanas en las que viven actualmente millones de personas en el mundo entero, en diferentes países del planeta. En pleno tercer Mile­nio aún tenemos que preguntarnos: ¿Quiénes son los pobres de hoy?¿Por qué cada vez hay más pobres en esta era de la informática y de internet cuando se impone el fenómeno de la globalización? ¿Cuá­les pueden ser las causas de esta pobreza creciente que azota diferen­tes partes de nuestro Planeta, especialmente el conjunto de países del continente africano? ¿Qué quieren exactamente los pobres ante esta situación angustiosa? Como sacerdotes de la Congregación de la Misión, ¿qué podríamos proponer concretamente para luchar contra la pobreza de la mayoría de los habitantes de la tierra?

No pretendo en este artículo ni teorizar ni dar lecciones, simple­mente como hijo de san Vicente de Paúl, hombre del campo, res­pondo a esta pregunta viviendo actualmente, desde hace quince años con los excluidos sin techo, abandonados en las calles de la capital de Madagascar donde fueron confinados por las autoridades muni­cipales de esta ciudad en un verdadero lugar de desesperación en 1985-1986.

1. ¿Quiénes son los pobres?

Por definición, alguien es pobre cuando no tiene el mínimo nece­sario para vivir. Es pobre porque no tiene para vivir dignamente según su condición humana. Pero los criterios que rigen esta defini­ción varían según la época y las circunstancias. En el contexto actual de la globalización, la Unión Europea ofrece una definición apro­piada y sin ambigüedad sobre lo que llamamos «pobre». Según la UE «se entiende por personas pobres, los individuos, las familias y los grupos de personas cuyos recursos materiales, culturales y sociales son tan precarios, que están excluidos de los modos de vida minimamente aceptables en el Estado miembro en el que viven».

En este tercer milenio podemos constatar con amargura que más de mil millones de seres humanos viven en esta situación. ¡Se encuentran en precariedad, sin seguridad y sin coberturas sociales, abandonadas a su suerte sin ningún recurso! Ancianos, mujeres solas, niños sin futuro sin educación, sin escuela, sin trabajo, sin casa, sin tiempo libre. No hace falta ser un gran experto para prever las consecuencias trágicas que se desprenden de esta situación. Espe­cialmente cuando se sabe que este grupo desfavorecido se encuentra mayoritariamente en África y Madagascar e incluso en el mundo entero. En resumen, los pobres son las personas y las familias que no tienen acceso a los servicios básicos referentes a la vida social. Y los más olvidados entre los pobres son las personas mayores, las mujeres solas y los niños.

Nuestra propia experiencia entre los pobres nos revela también que el pobre no tiene futuro ¡Pobre es el que vive al día! Para prever, hace falta gozar de una cierta seguridad sobre el día siguiente. ¡Para el pobre, el futuro, es el mismo día! Su único objetivo, es sobrevivir en el presente. Todo problema que sobrepasa lo inmediato, es aban­donado. En esta miseria extrema el pobre olvida toda la dimensión espiritual. ¡Es necesario sobrevivir!

Y en la desesperación, el pobre se da por fracasado ante las difi­cultades. Ha recibido tantos golpes, que está cansado de luchar. Sufre un sentimiento de injusticia del destino. Lo extraño, es que con frecuencia, el pobre trata de sobrevivir sin odio con respecto al que vive mejor y con respecto a los que le gobiernan. No espera grandes cosas de la vida. Se comprende que para el pobre, el alcohol es la droga más accesible, siendo considerada como un medio para recu­perar un poco de ilusión, de felicidad, aunque en realidad ficticia.

En este ambiente de pobreza, la gente se dedica normalmente al entretenimiento pasivo, algunas veces con fines lucrativos, como los juegos de cartas, dominó, sin excluir el consumo descontrolado de bebidas alcohólicas.

2. Causas de la pobreza

¿Pero se puede hablar de los pobres y desde su propia perspectiva, sin hablar primero de las causas de la pobreza?

Se constata que cuanto más pobre es un país, más ausentes están las clases dirigentes en la vida social. Permanecen inertes ante las condiciones de vida infrahumanas de la población, sobre todo de los niños de la calle, que no dejan de aumentar. Sin educación, sin lo mínimo para vivir, sin referencia moral y espiritual, estos niños y

jóvenes están desorientados como en un bosque, donde la ley del más fuerte reina sin piedad.

¡Si! ¡Así estamos hoy! ¿Por qué?

2.1. La indiferencia y el egoísmo de los que detentan el poder económico y político

De cualquier modo, en el mundo político y diplomático, se percibe irremediablemente un cierto miedo a decir la verdad, a denunciar el mal y las injusticias. No son el bien y la verdad las primeras preocu­paciones de los políticos, sino más bien su preocupación es conservar el poder y los privilegios. Somos testigos del abismo flagrante que existe entre las afirmaciones de los que toman decisiones políticas y sus acciones, entre las propuestas de los economistas y lo que en rea­lidad hacen.

Por otra parte el bloqueo administrativo, la indiferencia y la pasi­vidad de los Estados para resolver los problemas sociales llevan a los individuos o a los grupos a adoptar la violencia como camino para hacerse escuchar. Es el caso de Haití actualmente. Al final, el drama no hace más que aumentar. Muchos dirigentes se niegan a reconocer la triste realidad que vive el pueblo.

Los hechos constatados están ahí: la falta de voluntad política, la insuficiencia de convicción, de resolución, y la falta de perseverancia en las realizaciones de políticas sociales. En cada época, en cada cambio de régimen, los mismos políticos, los mismos gestos egoístas se repiten. Por supuesto bajo otras formas, pero el fondo es el mismo. Cada régimen sabe justificar su política, incluso cuando no ha habido ninguna política. Cada régimen exagera y utiliza a diestro y a siniestro los conceptos «razón de Estado» o «soberanía nacional». Aquí o allí, se da un golpe de Estado y con los nuevos detentores del poder que tienen su propia ideología, el país se ve obligado a empe­zar siempre de cero. En ciertos países, los nuevos dirigentes despre­cian con frecuencia lo que se llama «continuidad de Estado», un principio sobre el cual se fundamenta un Estado de derecho. Las luchas por el poder están con frecuencia acompañadas por guerras civiles o guerras étnicas. Todos somos testigos de estos holocaustos y de genocidios después de Segunda Guerra mundial, en África, en los Balcanes, en Asia. ¡Si! !En este tercer milenio estamos todavía así como lo ocurrido en Ruanda, en Kosovo, en Sierra Leona, en Libe­ria, en Burundi, o en la Republica Democrática del Congo, Sudan, Uganda, etc…!

¿Los países del continente africano, en concreto, también están obligados a hacer su «Guerra de los cien años» para encontrar su lugar en el concierto de Naciones?

La experiencia de un país o de un continente podría servir de lec­ción para otros países.

¿Es inevitable que cualquier cambio exija sacrificios humanos para poder encontrar una salida y una solución en el dialogo en torno a una misma mesa?

Detrás de los eslóganes ideológicos, vacíos de sentido, se esconde en realidad el egoísmo de una minoría, que busca de una manera desmesurada salvaguardar los privilegios relacionados con el control del poder. Y al mismo tiempo, la pobreza de la mayoría no cesa de aumentar. Delante de nosotros, en tiempo real. ¡La distancia entre ricos y pobres entre las clases más desfavocidas aumenta! ¿Quién no lo sabe? ¿Quien no lo ve? ¿No hablan constantemente sobre esto los medios de comunicación?

Ante estas miserias y esta pobreza que clama al cielo, no se puede callar. Sobre todo nosotros como sacerdotes de San Vicente de Paúl. Rodeados de tantos santos que han dado su vida por los pobres, tene­mos derecho a preguntar el porqué de esta dejación de los responsa­bles de los Estados. ¡Hace falta simplemente tener sentido común, como el que tenia san Vicente, para darse cuenta y reaccionar, con el fin de reequilibrar esta situación que nos conduce al círculo de la miseria, de la violencia y del odio!

El colmo es que los países ricos y las instituciones internacionales han ayudado a estos Estados-partidos. Dedicando la ayuda para el desarrollo de la población local para la propaganda política y para salvar el régimen.

Además las relaciones de los organismos internacionales se basan en cifras o porcentajes, con frecuencia inflados y amañados. Y los jefes de estado se sirven con astucia de los datos estadísticos, de las tasas de crecimiento comparado, para decir que el país funciona bien. ¿Pero es que se puede descubrir de verdad en estas cifras abs­tractas, los seres humanos que sufren? ¿Se puede percibir en ellas el dolor y el sufrimiento? ¿No se trata de números vacíos de todo? ¿No se puede medir el grado de éxito de las políticas, con otros cri­terios diferentes a las estadísticas?

Todos somos cómplices de este sistema que engendra pobreza e inseguridad incluso con el fenómeno en boga, conocido bajo el nom­bre de globalización

2.2. El fenómeno de la globalización

La globalización actual está vinculada a la era de la informática y de internet. Solamente afecta a una minoría que posee un nivel social elevado. Esto hace que una gran parte de los habitantes de la tierra no erradiquen el hambre y no tengan acceso a la educación, a la salud, a la vivienda, al agua potable. En consecuencia, hay una des­igualdad en el acceso a los bienes universales de la humanidad. Eso no hace más que aumentar la fractura social, la distancia entre la mayoría pobre y la minoría rica. Más que una economía de mercado, motor de la globalización, es un sistema sin piedad ni compasión para los que quedan al margen y se convierten literalmente en exclui­dos, con respecto a los avances universales de la humanidad.

Pretenden hacernos creer que todos somos iguales. Pero el saber y otras riquezas humanas están mal repartidos. Entre ricos y pobres la fosa continua agrandándose. El Papa Juan Pablo II a tiempo y a des­tiempo no ha dejado de repetirlo. ¡De la misma manera la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia han defendido siempre el destino universal de los bienes y de las riquezas!

Los pobres son los que están siempre con retraso con respecto al nivel de progreso en el mundo. El criterio de pobreza cambia según la época y el lugar. Los pobres están siempre al margen. Se les engaña, se les distrae en una especie de espejismo, insistiendo en que conozcan sus derechos y en que cumplan sus deberes y prometién­doles una felicidad que es finalmente ficticia en un mundo multidi­mensional.

Solamente en el continente africano, el paludismo, la tuberculosis, el sida y las guerras civiles o étnicas provocan desastres, ante la in­diferencia total de la comunidad internacional. Algunas grandes potencias solo intervienen cuando sus intereses son amenazados, como en Irak.

La globalización es también la deslocalización de empresas hacia países donde los trabajadores son mal remunerados y sin garantías sociales. En estos países pobres, son las zonas francas las que dan empleos a muchos jóvenes de países pobres. Pero ¿en qué condicio­nes difíciles y a qué precio?

2.3. Globalización de la pobreza

El aumento incesante del número de pobres, los pobres que son mayoría en el mundo entero se empobrecen también más, a nivel cultural, moral, y espiritual. Caen en el engranaje del odio y de la violencia que les conduce a desvincularse en vez de unirse. Hay en efecto una globalización creciente de egoísmo que ciega no sola­mente a los ricos y los dirigentes de muchos países, también afecta a los pobres.

La globalización ¿no es en este sentido una causa de la pobreza espiritual y moral? Privilegiando un solo modelo de vida sobre otras, ¿no se está contribuyendo también a la destrucción de la tradición, de la cultura, y de la fuerza espiritual que han armonizado la vida de millones de personas durante siglos en diferentes naciones?

El sueño de un mundo justo, fraterno, parece alejarse. ¿Donde va la humanidad? ¿Tenemos una dirección? ¿Tenemos una meta para proponerla a las nuevas generaciones? ¿No hemos llegado frente a un gran muro que no podemos superar y ante el cual estamos todos paralizados, comenzando por los mayores?

Si no somos capaces de reaccionar en cuanto seres humanos, como Iglesia, como congregación de la Misión, nos estrellaremos todos contra esta muralla inmensa, que no tiene puerta de salida.

Sin embargo esta muralla: es bonita, atractiva, irresistible. Pero hay en ella una lógica que produce pobreza, guerra e inseguridad. En todo el mundo predomina la inseguridad en las capitales y las grandes ciudades del norte y del sur, de los países llamados desarro­llados y de los llamados en vías de desarrollo. No tenemos más que ver lo que ocurre en Nueva York, en Buenos Aires, en Alger o en Johannesburgo.

En resumen, además de la indiferencia egoísta de los dirigentes de algunos países, las decisiones políticas, las opciones económicas y los progresos técnicos están en el origen del aumento incesante del número de pobres. Al final la lógica económica del mundo actual genera pobres.

En otra época se nacía pobre. Hoy en el contexto de la globaliza­ción y la liberalización a ultranza de la economía, uno se convierte en pobre debido a la mala gestión de los bienes universales y de la falta de solidaridad humana. El máximo de beneficio, el interés cons­tituye la lógica de la económica de mercado. Como en las competi­ciones deportivas, la lógica que predomina en el contexto actual, es la de ganar.

¿Cómo comprendernos, situarnos en este mundo moderno que tanto nos hace soñar?

Para unos es la economía y el dinero los que mueven el mundo. Para otros es la acción concreta, la fuerza espiritual que cambia el mundo, para otros incluso son las ideas. Entre estas tres concepcio­nes, tres visiones, puede darse una complementariedad equilibrada. Todos son necesarias para avanzar hacia un progreso justo y univer­sal, es decir para todos, en un mundo donde todos los ciudadanos de la tierra puedan gozar del «necessarium vital», del minino necesario para vivir sumamente: acceso al empleo, a las energías, y al agua potable, posibilidad de cuidad los miembros de la familia, acceso a al escolarización de niños y de alojamiento digno. Y también acceso a un tiempo libre digno de este nombre.

¿Queremos verdaderamente una sociedad con menos injusticia social, con menos pobres, marginados y excluidos?

Con frecuencia, no se puede desdramatizar la miseria y la po­breza. Pero ¿esta actitud contribuye al servicio de la justicia? ¿Que­remos de verdad la paz en nuestro planeta tierra?

3. El punto de vista de los pobres desde la experiencia de Akamasoa

En realidad, no se lucha por los pobres desde un despacho… Es imprescindible ante todo estar, situarse en medio de ellos y a partir de ahí, trabajar por una acción real y concreta. ¡Como en tiempos de San Vicente, que realizó iniciativas arriesgadas para socorrer un país devastado por las guerras, sin que nadie le reconociera oficialmente esta acción humanitaria!

Valentía, realismo, caridad, están presentes en nuestro fundador S. Vicente, que se interesa por problemas sociales que a primera vista parecen insuperables. ¡Pero su amor y su celo por los pobres mueve montañas!

Nosotros mismos hemos vivido esta experiencia con las acciones de la Asociación Humanitaria Akamasoa que fundamos impulsados por la Providencia, hace ahora quince años y que continúa traba­jando en favor de los excluidos y de los desfavorecidos de la Gran Isla, según los medios de los que dispone.

El nombre dado a nuestra Asociación expresa las acciones huma­nitarias en favor de los pobres. Ya que la palabra malgache «Akama­soa» significa: amigo bueno.

3.1. Una lucha llevada con fe y convicción

Efectivamente, la historia de Akamasoa, es una historia de un grupo de jóvenes laicos malgaches que teniendo en cuenta su fe y la convicción de que la pobreza no es el fruto del azar sino una triste realidad que tiene su explicación y que puede ser vencida, saben que la pobreza no es una fatalidad.

Siempre hemos estado ahí, nuestra razón profunda es creer que personas excluidas pueden volver a levantarse y recuperar su di­gnidad.

Con fe y el impulso del corazón, pero con una cierta firmeza y disciplina indispensable, esta minoría de voluntarios estableció rela­ciones de respeto y de amistad con esta población abandonada a su suerte, excluida y abandonada por todas las calles de la capital de Madagascar, o rechazada en el basurero, fuera de la capital, en una colina aislada, transformada en un verdadero lugar de desesperación.

Después, con una voluntad inquebrantable y una cierta valentía que nos obligaba a buscar en lo más profundo de nosotros mismos, allí donde la fuerza del Espíritu de Dios se manifiesta, hemos podido dar algunos pasos. Al principio nadie apostaba por nuestra obra.

Hemos tenido que superar obstáculos permanentemente: hemos vivido momentos difíciles, pero todos hemos permanecido fieles.

Ciertamente, somos conscientes de que todo lo que hemos cons­truido es aún frágil, debido a la situación económica del país que tarda en mejorar a pesar de la buena voluntad del nuevo gobierno surgido de la crisis de 2002.

Pero tenemos confianza en que nada nos impedirá continuar luchando para consolidar y afianzar el progreso ya adquirido, en favor de miles de niños y de familias que hace algunos años estaban todavía sin hogar.

A pesar de las adversidades, el esfuerzo cotidiano y la perseveran­cia nos han permitido ver los primeros frutos… nos alegramos por el trabajo realizado por estos jóvenes laicos malgaches, honrados y entregados. E insistimos en subrayar que Akamasoa expresa sobre todo de la valentía de los pobres que quieren salir de la pobreza y romper el círculo vicioso de la miseria. No se trata en absoluto de «paternalismo».

Al mismo tiempo, a lado de nuestra alegría, no podemos olvidar miles de niños y familias que vagan aun por las calles y los merca­dos de algunas grandes ciudades malgaches y que viven en condicio­nes inhumanas, sin ninguna dignidad y desgraciadamente sin porve­nir, ante la indiferencia casi total de las autoridades de los ayunta­mientos.

A pesar de estos peligros y de las decepciones que nos acechan, vamos a continuar despertando las conciencias de los responsables y de los pobres, para indicarles sin cesar que la pobreza puede y debe ser erradicada. Lo haremos siempre ante todo y sobre todo, como de costumbre, a través de nuestro trabajo y de nuestras acciones apoya­dos en la fe y la oración, que constituyen la expresión más eficaz para convencer a los que no creen en la fuerza y en la capacidad de los pobres de recuperar la dignidad. Las acciones realizadas hasta ahora por Akamasoa con sus miembros necesitados son ya una prueba irrefutable.

Y podemos decir sinceramente que las dificultades, así como las mentiras y trampas encontradas, a lo largo de estos quince años de acciones humanitarias, no son nada con respecto a la alegría que han experimentado los 270 educadores ante la dignidad recuperada por miles de niños de familias excluidas y sin hogar «¡Dios sea alabado por este milagro!».

3.2. Acciones concetas realizadas para y con los pobres

Todo lo que Akamasoa ha podido realizar, al servicio de los po­bres, no hubiera podido ser llevado a cabo sin la fuerza de la oración, el consentimiento y la participación activa de los mismos pobres. Pa­ra Akamasoa, la lucha contra la pobreza consiste en animar y apoyar al pobre para asumir su propio camino para recuperar su dignidad humana.

Todo lo que habíamos proyectado hacer para los pobres se reali­zaba también concretamente con ellos, más allá de toda forma asis­tencial, que paraliza más bien las iniciativas de unos y otros. Porque la mejor manera de ayudar a los pobres, es apoyarles para asumir progresivamente su destino. Eso no se hace sin una gran dosis de perseverancia puesta a prueba, pero es ahí, el modo más adecuado, que les permite redescubrir lentamente pero con seguridad, la digni­dad humana escarnecida.

El fin de semejante iniciativa para sus realizaciones concretas y palpables, ha estado en el origen del reconocimiento cierto, del que goza la Asociación Humanitaria Akamasoa. Nuestras acciones, aun­que fuesen discretas, no pasarían desapercibidas incluso a los medios de comunicación de cualquier signo.

En realidad, hemos trabajado en un contexto difícil, donde se podía hablar de infierno, es decir de un lugar olvidado por todos que no permite ver nada en el horizonte, salvo la supervivencia a toda costa. Era en realidad un contexto donde la violencia, la prostitución, las epidemias, el hambre, la mentira dominan como dueños y seño­res. Un contexto social donde lo urgente era lo cotidiano.

Y en semejante contexto, a partir de los resultados concretos de nuestras acciones humanitarias, estábamos más solicitados por los medios de comunicación, por los investigadores o por los expertos en tradiciones, que venían, para analizar y estudiarnos.

Lo que nosotros hacíamos les interesaba desde su punto de vista, no desde el punto de vista de los pobres. Desde nuestro punto de vista, lo que nosotros buscábamos era salvar vidas humanas, devolver la dignidad humana a miles de pobres.

Durante sus visitas y sus entrevistas, durante la realización de sus trabajos, los periodistas e investigadores estaban casi todos profun­damente afectados. La miseria extrema de tantos miles de niños, la valentía de tantas mujeres solas, que sacan adelante a sus hijos con tanta abnegación y con un sacrificio inestimable, no podían perma­necer impasibles. Ante semejante drama, no podían permanecer indi­ferentes. Al final hemos terminado teniendo muchos amigos en estos ambientes. Han comprendido el sentido profundamente humano de la solidaridad que vivíamos.

Después de 15 años de vida misionera como paúl en la región del Sureste de Madagascar, fui enviado a la capital malgache en septiem­bre de 1988, para ser el responsable del Escolasticado de jóvenes paules, candidatos al sacerdocio. Una tarea que no tiene nada que ver con el servicio directo de los desfavorecidos sin techo.

Pero no podía permanecer indiferente ante la situación revulsi­va que había constatado personalmente en Antananarivo y en sus alrededores. Familias enteras desfavorecidas que pasan la noche al raso, bajo los arcos de la Avenida de la Independencia, en pleno cen­tro de la ciudad o en los túneles. Personas que viven en casas de cartón o en tela plástica, o incluso en tela de yute, a lo largo del ferrocarril, detrás del lujoso barrio administrativo reservado para los diversos ministerios gubernamentales. Pero también cientos de fami­lias que las autoridades municipales de la capital malgache habían expulsado a la periferia de la ciudad, 25 años después de la indepen­dencia de Madagascar en 1985, concretamente cerca del basurero de la capital, a unos 10 kilomentos al Este de Antannarivo, el lado de carretera nacional 2 en dirección al gran puerto de Tamatave.

En resumen, los sin techo excluidos en todo, a largo y en torno a la capital malgache. Y en la mayor parte de los casos, es escarbando en las basuras de la capital o el famoso basurero de Andralanitra donde encuentran directamente algo que comer, para sobrevivir. Esta actividad de escarbar, les permitía además conseguir un poco de dinero y comprarse algo de comida, recuperando objetos que podían ser vendidos a alguna persona concreta o a ciertas fábricas de reci­clado… Por otra parte, muchas personas jóvenes en pleno creci­miento caen automáticamente en la trampa de la delincuencia de todo tipo para poder sobrevivir. Mientras que muchachas y ciertas mujeres solas o madres solteras se enredaban en el engranaje de la prostitución. Por no hablar de la proliferación de la droga y del alco­hol cuyas secuelas continúan estando presentes todavía en algunos de nuestros antiguos excluidos.

De todos modos, los centros donde los excluidos eran confinados por las autoridades municipales se transformaban de hecho, en ver­daderos lugares de desesperación, especialmente allí donde tenemos actualmente el centro de acogida principal, sobre alta Colina de Ambohimahitsy. Fui por vez primera el 14 de mayo de 1989 y recuerdo bien que en este primer encuentro con numerosas familias pobres, abandonadas por la sociedad, tuve que arrastrarme por el suelo para poder entrar en su casa. Hablábamos efectivamente en estas pequeñas casas provisionales de apenas un metro de alto y construidas en cartón, tela plástica o yute.

Con la ayuda de Dios, en un ambiente de confianza reciproca, nos pusimos a luchar juntos contra la pobreza extremadamente trágica. Es ahí donde llamé a los jóvenes laicos malgaches que han respon­dido colaborando. Y hoy ya no se arrastran más por el suelo, estos que antes eran excluidos, sin techo, caminan ahora con la cabeza alta, para entrar en su casa, e disfrutan de viviendas familiares, dig­nas de un ser humano.

¡Si! La lucha constante contra la pobreza realizada por la Asocia­ción Akamasoa, pero con la participación activa de los mismos po­bres, ha permitido a miles de familias encontrar su dignidad huma­na. En efecto, la Comunidad Akamasoa cuenta hoy con 17000 perso­nas, de los cuales 8000 son niños. Esta población esta repartida en cuatro sitios diferentes, de los cuales uno se encuentra en el campo a 70 Km. al noroeste de la capital, donde más de 300 personas que no tenían hogar, hoy disfrutan plenamente y se sienten orgullosos de un estatus de campesinos agricultores, aceptando volver al campo para rehacer su vida.

Se han creado otros empleos para la reinserción social de los pobres que prefirieron permanecer en los sitios donde les encontra­mos y que hemos organizado con ellos: bordado, costura y confec­ción; artesanos, venta de objetos artesanales; fabricación y venta y transporte de fertilizantes en el basurero municipal; explotación de cantera; venta y transporte de piedras de contención, de… etc.; traba­jos de construcción y de forjados, y de carpintería; taller de obras metálicas; taller mecánico para automóviles y motores de grupo elec­tronego, cuerdas y tapizado; preparación diaria de las cantinas esco­lares; educación y enseñanza (ayudantes de educadores y educaroas); mantenimiento de plazas y lugares públicos en las ciudades de Aka­masoa y otros trabajos de interés comunitarios (suministro, la co­mida, cocineros paras las personas de paso, etc.). En total se han creado unos 4000 empleos.

En ámbito de la educación, los establecimientos escolares han sido construidos progresivamente a lo largo de estos quince años de acciones humanitarias de la Asociación. En el conjunto de los dife­rentes lugares, tenemos en total actualmente: 3 guarderías, 6 escuelas maternales, 4 escuelas primarias y 3 colegios de enseñanza general, 1 instituto al lado del basurero de Andralanitra. Y la población esco­lar alcanza la cifra de más de 7000 niños y jóvenes distribuidos en los 170 educadores-enseñantes.

En lo que respecta al alojamiento, la Asociación dispone actual­mente de 1544 casa de ladrillo y 426 en madera o en tierra batida. La mayor parte de las casas de ladrillo son alojamientos familiares individuales.

Mientras que para las familias acogidas recientemente y las per­sonas solas que necesitan cuidados específicos, tenemos una especie de dormitorios comunes les sirven de refugio como refugio colectivo muy digno.

Si los benefactores quieren apoyarnos, en los dos próximos años, podríamos proceder a la construcción de nuevas casas de ladrillo, en sustitución de las 326 de madera y en tierra batida. Este proyecto permitiría a todas las familias que están en una residencia provisio­nal tener un alojamiento definitivo, en la medida que tengan la volun­tad firme de rehacer seriamente su vida. Y de este modo tendríamos la suerte de evitar la proliferación de getthos y de brotes de nuevas violencias en nuestras ciudades.

Es importante resaltar que nuestra política de construcción de alo­jamientos en diferentes lugares se efectúa siempre con un plan de urbanismo bien elaborado: creación de barrios, instalación de infra­estruruas deportivas, arreglo de calles pavimentadas, aceras y canales de evacuación de agua, así como jardines públicos y espacios verdes. En resumen nos hemos orientado hacia la creación de nuevas ciuda­des, con lo que esto conlleva de dificultades, normas elaboradas por los mismos habitantes, para garantizar su propia seguridad.

Con respecto a la salud, para las cuatro ciudades disponemos de cinco centros de salud básica o dispensarios han podido ser construi­dos en los largo de estos quince años, además dos maternidades y un dentista instalado a Manantenasoa, el lugar principal de nuestras acciones.

En efecto, miles de pobres de los que nos ocupamos se encontra­ban en su mayor parte en un estado de salud muy frágil. Habría sido imposible enviarles a todos a un hospital de la capital. Con los pocos medios de los que dispone nuestra Asociación, los gastos de hospita­lización de sus miembros hubiesen costado demasiado caros. Ade­más nuestros enfermos tienen necesidad de una atención afectiva muy concreta. La colaboración durante algunos años con Médicos sin fronteras, han supuesto verdaderamente una gran ayuda. Desde 1994, médicos malgaches con dificultades de empleo se han sido con­tratados. Actualmente nuestro personal de salud esta formado por 8 médicos generales, un dentista, tres matronas, una auxiliar de labo­ratorio y 20 ayudantes.

Estos dispensarios no son solo un centro de salud de proximidad, sino también un centro de educación permanente en materia de pre­vención, higiene y planificación familiar. Y también en materia de alimentación nutritiva. Las carencias alimenticias y las enfermedades sufridas por los pobres tienen siempre un impacto dramático, no solamente sobre la formación intrauterina de los niños, sino también en el desarrollo físico y psíquico-intelectual de los que llegan a nacer.

Con todo lo que hemos realizado en favor de los pobres, en el ámbito de empleo, la educación, la vivienda, la salud, miles adultos, jóvenes, niños marginados, los pobres han podido recuperar su dig­nidad humana con un impulso de solidaridad y han asumido una mayor responsabilidad.

Después de 15 años luchando por y con los pobres, he compren­dido mejor mi misión de sacerdote de S. Vicente de Paúl. Releyendo la vida de San Vicente comprendo mejor su compromiso y su amor por los pobres, el pequeño método y las 5 virtudes que pidió a los sacerdotes de la Misión.

Igualmente las parábolas de Jesús en el Evangelio adquieren un sentido y un peso más exigente en mi vida de sacerdote y misionero.

El visitador y su consejo en 1994 vieron en esta obra el carisma de San Vicente dedicado a los pobres abandonados y han dado su visto bueno y su apoyo espiritual y fraternal. La provincia ha enviado a un cohermano para la pastoral de Akamasoa.

De la misma manera las Hijas de la Caridad han respondido hasta hoy con mucho amor en el trabajo de recuperación de los más pobres. Sin duda los pobres nos acercan a Dios y son ellos el camino más corto para alcanzarle.

He comprendido con claridad que los pobres cuando se sienten escuchados, acogidos y amados, manifiestan a pesar de la dureza de su vida una alegría extraordinaria de vivir.

Este trabajo de reinserción social de los excluidos no seria posible sin una pastoral apropiada para este lugar de pobreza.

El cardenal Armand Razafindratandra, arzobispo de la Diócesis de Antanarivo, nos ha concedido según el Derecho canónico una parro­quia personal para atender todas las necesidades espirituales de este pueblo de la calle y de los basureros. La pastoral de sacramental se puso en funcionamiento desde 1994. Un acontecimiento muy impor­tante en la semana es la misa del domingo con una asistencia de 3 a 6 mil personas en su mayoría niños y jóvenes. Una misa muy visitada por los turistas que pasan por Madagascar.

Ver un antiguo pueblo de excluidos cantar y participar en la litur­gia con los cantos, bailes y fervor provoca la conversión de los mis­mos visitantes. Antiguos excluidos que se convierten en apóstoles del amor de Dios. Verdaderamente Dios sabe transformar las mayores miserias y sufrimientos en lugares de alegría y esperanza.

A modo de conclusión ¿Que podemos aún proponernos, para reducir la pobreza sobre nuestro planeta, como hizo San Vicente, nuestro fundador?

4. Algunas propuestas

1. Con humildad pero con determinación deberíamos crear y fomentar, en cada país y a nivel mundial un autentico espíritu de solidaridad. Sería necesario tender a crear una sociedad humana donde haya una justa protección social y un mínimo de garantía social para todos!

Dentro de la perspectiva de solidaridad mundial, ¿el norte no podría poner al servicio de toda la humanidad los avances sociales tan significativos de los que dispone? Pero ¿los que se benefician de estos avances querrán de verdad compartirlo en beneficio de la humanidad entera?

2. Una cosa es cierta: el egoísmo humano es una realidad. Esto se refleja, entre otras cosas, a nivel de salarios de los expertos de los países del Norte que vienen, según ellos, a trabajar por los pobres en los países del Sur. En uno de nuestros proyectos, por ejemplo hemos trabajado con un ONG europea. Esta nos ha enviado un experto para trabajar en un medio muy pobre, no conocida ni la lengua, ni las costumbres, ni la tradición. Cada vez que quería dirigirse a la pobla­ción que se beneficiaba del proyecto, debía llamar la ayuda de un intérprete local. Y sine embargo en lo referente al salario mensual, según los términos del contrato estipulado en el proyecto financiado por una institución europea, recibía 85 vez más que nuestro agente malgache responsable del proyecto en cuestión. ¡Que derroche de dinero! Y todo eso en nombre del desarrollo humano y la solidaridad con los pobres.

¿La reducción de la pobreza y del desarrollo de los pobres son verdaderamente el objetivo de los proyectos y los informes de evalua­ción sabiamente elaborados por los expertos que trabajan en los paí­ses del sur? ¿Los pobres no se convierten de alguna manera en trampolines para la promoción de expertos de los países del norte? ¿Y la reducción de la diferencia entre el salario de une experto euro­peo y de un responsable local no seria ya en si una forma concreta de solidaridad entre el norte y el sur?

3. Los países llamados desarrollados no carecen de problemas. A pesar de su nivel de vida muy elevado, los ricos son confrontados por la indiferencia espiritual, la falta de interés de vivir en sus hijos. Así, algunos llegan a inspirarse en la valentía de los pobres para venir a ayudar a sus propios hijos cogidos por el engranaje de una sociedad de consumo. Como esta señora francesa de paso por Madagascar, que ha tenido la ocasión de ver en una de nuestras ciu­dades como nuestras gentes luchan cada día contra la pobreza. Hizo algunas fotos a la gente en pleno trabajo en la cantera, confesando que estas fotos podrían ayudar a sus hijos a actuar más razonablemente con respecto a los bienes materiales de los que ellos gozan.

¿Los que son materialmente pobres no tienen también su sentido de riqueza? Dicho de otra manera, la competitividad a ultranza, la rentabilidad inmediata de toda riqueza no son siempre los criterios o el valor parar los pobres. Para los países ricos y los hombres de nego­cios, el tiempo es el dinero. Esto no es así para los pobres. Incluso los problemas de tiempo y de eficacidad inmediata no es para ello los criterios importantes. Mucho más cuando su fragilidad física, debida a las carencias alimenticias notables les obliga con frecuencia a trabajar lentamente. Los ricos tienen entonces algo que aprender de los pobres.

4. La solidaridad humana autentica no puede ser efectiva más que en un contexto de escucha y respeto mutuo, más allá del todo complejo de superioridad o inferioridad. El confort material no resuelve todos los problemas humanos, a pesar de su necesidad. Es la solidaridad, el respeto mutuo y la riqueza espiritual las que permitirían a los habitantes de la tierra de compartir la verdadera felicidad.

5. Los niños de los países ricos que viven en la opulencia, no están exentos de la perdida de valores, la droga, la delincuencia, la crimi­nalidad, en la medida que no son educados convenientemente en el esprititu de compartir y solidaridad.

6. Los obreros del norte y del sur harían bien en ser más solida­rios. En efecto, el obrero de sur gana en una semana lo que el obrero del norte gana en una o dos horas. Con esta solidaridad, las desi­gualdades demasiado flagrantes podrían desaparecer o al menos disminuir.

7. A propósito de la lucha contra la pobreza, no hay receta pre­vista. En todo caso, las teorías bien elaboradas se muestran con fre­cuencia inaplicables a las situaciones concretas. Semejante lucha es ante todo un compromiso de vida entre y cerca de los pobres.

Y a través de acciones concretadas dictadas por este género de solidaridad, se debe reconsiderar constantemente la aproximación de formas de pobreza existentes, en vista a decisiones y acciones más reales y adecuadas, más allá de todo formalidad. En el servicio de los pobres, en efecto, hace falta con frecuencia tener la valentía de tomar decisiones valientes y legitimas sin ser siempre legales, por el bien de los desfavorecidos. Siempre debe primar el buen sentido del Evangelio y el sentido que tenía San Vicente en su tiempo. Y es así lo que nosotros hemos conseguido en gran parte, en el proyecto de nuestra Asociación Akamasoa.

En la lucha contra la pobreza, hacen falta agentes comprometidos y perseverantes al servicio de la justicia, de la dignidad y del amor. Los derechos humanos son violados, cuando cientos de millones de personas viven en una pobreza extrema.

La lucha contra la pobreza implica igualmente una lucha contra la corrupción bajo de todas las formas. Por otra parte, para permitir a miles de familias gozar de una cierta autonomía, la liberación del acceso a la propiedad es indispensable. Así como la participación local en todo proyecto de desarrollo que fomente una mayor autono­mía, superando toda dependencia y todo tipo de asistencialismo.

Y en este contexto todos deberíamos aumentar constantemente las ayudas, para disminuir las consecuencias negativas que ha provo­cado la economía de mercado, y disminuir las calamidades provoca­das por el mal gobierno y la lógica del poder del dinero nos lleva a la guerra.

8. La verdadera globalización en este tercer milenio, es la globali­zación del amor y de la solidaridad, es igualmente la condonación de las deudas de los países pobres por parte de los países ricos y de otros prestamistas, de cara a invertirlo en favor del desarrollo de las capas sociales más desfavorecidas de los países pobres. Pero bajo el control riguroso de los prestamistas para evitar la corrupción por parte de los que detentan el poder.

9. Finalmente en esta construcción de un mundo más justo y más fraterno, los medios de comunicación deben adquirir un papel importante. Porque con su poder, los medios de comunicación pue­den provocar y cultivar en la gente de todo tipo, no solamente la generosidad, sino también el espíritu de solidaridad, de diversas maneras, más allá de la indiferencia y del egoísmo que domina.

Al concluir este artículo, quisiera animar a todos los cohermanos que están comprometidos con el servicio a los pobres, y decirles que tenemos una gran suerte de servir a los pobres, imitando a nuestro Señor y a nuestro fundador S. Vicente que nos ha dado un ejemplo a seguir.

¡Ojalá, como miembros de la Congregación de la Misión estemos a la altura de este desafío!

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