Todo el tiempo de nuestra vida

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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Marco histórico del voto de estabilidad de la Congregación de la Misión

Los benedictinos y los cartujos hacen voto de estabilidad (cf. II, 104).

logocmAntes de que san Vicente pensara introducir el voto o juramento de esta­bilidad, incluso como sustituto de los tres votos sustanciales, si éstos no fueran aprobados por la Iglesia, el voto de estabilidad ya estuvo en práctica en otras comunidades. San Vicente hizo referencia a la estabilidad de los benedictinos (cf. II, 104). San Benito clasificó a los monjes en eremitas y cenobitas, según vivieran en soledad o en comunidad y en sarabaítas y giróvagos. Los sarabaítas eran aquellos monjes que vivían por libre, no se sometían a ninguna regla, vivían, a veces, dos o tres juntos, pero no en los «apriscos del Señor», sino en los «propios apriscos», sin otra ley que satisfacer sus deseos. Los giróvagos eran los monjes que pasaban todo el día, yendo y viniendo de un lugar para otro, siempre errantes y esclavos de sus pasiones. El monje nace en el monasterio y en el monasterio debe vivir y morir. El monasterio está concebido para que el monje tenga todo lo nece­sario, sin que se vea obligado a salir fuera de él. La profesión benedictina de esta­bilidad comprendía vivir y morir en el monasterio, la obediencia y la conversión de costumbres.

La aparición de las órdenes mendicantes, el estilo de vida que asumie­ron y el apostolado que emprendieron, les hizo sentir que los muros del monasterio les resultaban estrechos, pero no renunciaron a la estabilidad. Nació la idea del conventualismo, acentuando con ella algunos aspectos de la convivencia. En este ambiente, la estabilidad pasó del sentido geográfico al sentido comunitario; ya no prometían o hacían voto de vivir en un lugar determinado, sino dentro de una institución determinada; no se ligaban a un convento, sino a vivir el género de vida, propio de la Ordene.

Los Escolares de la Compañía de Jesús hacían, además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, un cuarto de continuar en la Compañía una vez terminados los estudios: de tal manera que, de su parte, queden ligados para siempre vivir y morir en el Señor nuestro, en ésta y con esta Compañía, a mayor gloria de la divina Majestad y para mayor mérito y estabilidad suya. Es posible que san Vicente tuviera conocimiento de todas estas variantes sobre la promesa o voto de estabilidad. Recogió la idea y la supo adaptar a las circunstancias con­cretas de la Congregación de la Misión.

Sin embargo, el cuarto voto de la Congregación de la Misión hay que encuadrarlo dentro de la corriente que surgió a partir de la Compañía de Jesús, que introdujo el cuarto voto, además de los tres clásicos votos de pobreza, casti­dad y obediencia. Muchas Congregaciones fundadas en los siglos XVII, XVIII y XIX hicieron voto o juramento de estabilidad o perseverancia. A los fundadores de estas Congregaciones, siempre les preocupó la debilidad jurídica de los votos, que, entonces no eran más que simples y fácilmente dispensables. San Alfonso María de Ligorio dijo que la perseverancia en la comunidad, no sostenida por el derecho canónico, lo era por el voto o juramento de perseverancia o de esta­bilidad.

Sería reducir demasiado el valor del voto de estabilidad a la presencia jurídica en la comunidad. Esta presencia jurídica no se justifica por sí misma, si no está orienta a fomentar la fidelidad al carisma de la comunidad. La estabilidad puede ser comparada de alguna manera con la ley de la residencia. La ley de la residencia obliga a estar en un lugar determinado para facilitar el cumplimiento de la misión que se ha confiado mediante la concesión del oficio eclesiástico o misión apostólica.

La fidelidad a la vocación, ampliamente entendida, es decir, en su aspec­to material y formal, nunca fue fácil. La historia de todas las comunidades demues­tra que no perseveran todos los que entran en ellas, ni todos los que perseveran jurídicamente son plenamente fieles a los compromisos contraídos.

Opinión de san Vicente sobre la perseverancia

La mayor parte de nosotros hemos hecho los tres votos… y el cuarto de de­dicarnos durante toda nuestra vida, a la asistencia del pobre pueblo (I, 550-551).

Como todos los fundadores, san Vicente tuvo interés por la perseveran­cia de los que entraban en la Congregación de la Misión. Quiso afianzar las voluntades, pero sin sofocar la libertad. No fue partidario de aquéllos que veían en los votos, sobre todo, en los votos solemnes, un vínculo indisoluble, de tal modo que los que los emitían quedaban ligados para siempre, aunque después se die­ran cuenta de que habían cometido un error. «Si hiciste los votos y después crees que no fuiste llamado, compórtate como si lo hubieras sido». San Vicente no pen­saba del mismo modo.

El Fundador de la Misión reaccionó ante las salidas de la Congregación. Según él, los abandonos de la Congregación pueden ser un bien para la Con­gregación y para los que la abandonan. En una de las cartas que escribió al P. Alméras, le dijo: Empezaré diciendo que hay que someterse a la disposición de la providencia a propósito de las entradas y salidas de la Compañía e imitar la acep­tación de la voluntad de Dios que se ve en nuestro Señor, al sentirse desampara­do de la divina compañía de su Padre; y que, según esta voluntad, él hace y con­duce siempre las cosas para su gloria y el bien de las personas afectadas. Así, pues, hemos de ver la salida de esas personas como un bien para la Compañía y quizás para ellos mismos (III, 347). Consta que algunas veces se alegró de algu­nas salidas y las vio como una liberación: ¡Oh Salvador mío! ¡Qué gracia nos ha concedido al libramos de ese espíritu brillante, hasta ser orgulloso y altanero! Padres, hemos de dar muchas gracias a Dios. Les pido que, especialmente en la santa misa, le demos gracias a Dios, lo adoremos y nos mostremos muy agrade­cidos (X, 228).

Otras veces, el Fundador vio en la salidas un mal considerable para la Congregación y manifestó su dolor: Puede Vd. imaginarse el dolor que siento, no tanto por la salida de cada uno de ellos (menciona unas siete salidas), como por la victoria que la naturaleza ha obtenido en sus almas, y porque no hay forma de conseguir que reanuden la devoción de su espíritu (II, 241). San Vicente se elevó en esta carta sobre el hecho material de las salidas para poner el acento en las razones y motivaciones de las mismas. Lo malo para él, no era tanto el hecho material de dejar la Congregación, sino el abandono de los valores espirituales que entraban en juego.

No conocemos el número de misioneros que no perseveraron viviendo aún san Vicente, pero la lectura de sus cartas deja la impresión de que el Fundador esta­ba preocupado por los que abandonaban la Compañía. Estaba convencido de que la perseverancia era la garantía mejor para alcanzar la salvación y conservar la Compañía (cf. III, 359). En la carta que escribió en octubre de 1648 al P. Alméras, le comunicó su preocupación por la conservación de la Compañía y para ello le rogó que alcanzara del Papa la aprobación de los votos. Y es preciso conservar a unos hombres libres en medio de tan rudas e importantes ocupaciones (III, 349). En 1655 mostró la pena ante la tentación de un misionero dotado de valores que pen­saba abandonar la vocación. Me preocupa mucho lo que me dice de que el P. Le Blanc tiene dudas sobre la vocación. Es un sujeto que merece cultivar. Le ruego haga lo posible para que deseche esa idea de retirarse (V, 395).

Ante las crisis de perseverancia, san Vicente desplegó todo su poder de persuasión para que los miembros de su comunidad la superaran. Fue un buen servicio que prestó a muchos padres y hermanos de la Congregación y a religio­sos de distintas órdenes, que acudieron a él para resolver el problema y vencer la tentación. Son muchos y variados los casos, hasta el punto de poder afirmar que san Vicente fue un verdadero maestro en tratar las tentaciones contra la vocación.

La preocupación de san Vicente por la perseverancia en la vocación misionera se concretó introduciendo en la Congregación de la Misión, con la aprobación pontificia, un cuarto voto, llamado de estabilidad, formulado de la siguiente manera: Hago voto, además, de entregarme a la salvación de los pobres del campo todo el tiempo de mi vida, en dicha Congregación (C 58, Fórmula c).

Origen del voto de estabilidad en la Congregación

La experiencia te obliga a temer que los eclesiásticos de dicha Congrega­ción sucumban a las primeras tentaciones que surjan contra la vocación y quieran salirse de ella (X, 347),

La idea de la estabilidad apareció muy pronto en la mente de san Vicen­te. Antes de la aprobación de la Congregación de la Misión por el Papa Urbano VIII en 1632, no se admitía a ningún aspirante, si no mostraba el deseo explícito de perseverar hasta la muerte en la Congregación de la Misión. La bula «Salvato­ris Nostri» sancionó esta práctica (cf. X, 310). En 1637, san Vicente escribió a la Madre Chantal y le decía: Hemos hecho los tres votos… y el cuarto de dedicarnos, durante toda nuestra vida, a la asistencia de pobre pueblo, y que intentamos hacer los apruebe Su Santidad (I, 550-551). Desde 1637 hasta 1640, casi todas las veces que san Vicente trató de reforzar la Compañía aludió a la estabilidad.

Las razones que aparecen casi siempre son la dificultad en los trabajos misioneros y la inconstancia de la voluntad humana. En los documentos de apro­bación de los votos, tanto el arzobispal como el pontificio «Ex Commissa Nobis» de Alejandro VII, (1655) se menciona la dificultad de los ministerios. Hoy resulta extraña la razón que entonces dio el arzobispo de París y que va dirigida a ligar la voluntad: el pueblo escogido se obligó a guardar la ley por la circuncisión; los cristianos nos obligamos a seguir a Cristo durante toda la vida por el bautismo; las sagradas órdenes obligan a los eclesiásticos a permanecer fieles en su estado; el matrimonio obliga a los esposos a ser fieles mutuamente mientras vivan; los votos simples a los religiosos para que permanezcan en el estado religioso (cf. X, 347).

Lo anteriormente dicho suscita varias preguntas: ¿Son válidas para hoy las razones que dio el arzobispo de París? La respuesta no es fácil. Para una per­sona profundamente religiosa, las razones del arzobispo pueden ser válidas. Hoy no resultan muy convincentes. Las razones del orden psicológico y social pueden ser buenas ayudas, pero nunca decisivas.

Otra cuestión es la siguiente, si los votos son perpetuos, ¿por qué razón se hace el voto de estabilidad? De sobra sabía san Vicente que los votos perpe­tuos obligan de por vida, pero la historia demuestra que tal razón no borró en él la idea del juramento o voto de estabilidad, al contrario, lo acompañó siempre, unas veces como la única solución, si los votos no eran posibles en la Congrega­ción de la Misión, y otras como complemento de los votos perpetuos.

Posiblemente, san Vicente pensó que los votos privados y simples crea­ban una vinculación con la Congregación, jurídicamente débil, y quiso dar mayor fuerza al compromiso de vivir y morir en la Compañía, mediante el voto explícito de estabilidad. Probablemente también, porque a san Vicente le gustaba «rema­char» las cosas, para afianzar más la voluntad. Una muestra de esta actitud está en que no se conformó con la firma de cada uno de los que hicieron los votos por primera vez, para testimoniar el hecho, sino que pidió la presencia de dos nota­rios, a fin de que se levantara acta notarial del acontecimiento (cf. X, 440).

Por otra parte, ninguno de los tres votos sustanciales tiene como objeto directo la permanencia de por vida en la Congregación, para evangelizar a los pobres. Como dije antes, las Sociedades Seculares buscaban un compromiso específico, distinto del compromiso general de los tres consejos evangélicos, pro­pio de los religiosos. Más que una cuestión jurídica era una cuestión teológica. Con el cuarto voto, dichas Sociedades intentaban poner de manifiesto la especifi­cidad de su presencia en la Iglesia y de señalar la prioridad del carisma. Santo Tomás de Aquino, refiriéndose a los religiosos, enseñó que, mediante la profesión de los tres consejos evangélicos, lo que hacían era «profesar toda su vida», es decir, ofrecérsela por entero y para siempre a Dios en la dirección que los conse­jos evangélicos indican. Lo mismo en estas Sociedades, el cuarto voto señala la razón de su presencia en la Iglesia, el sentido de la vocación de sus miembros y la orientación de sus vidas. Por eso, el cuarto voto se centra en lo más propio y específico de las Sociedades que lo emiten. Un misionero «profesa» su vida en la Congregación de la Misión para seguir a Cristo evangelizador de los pobres. El seguimiento a Cristo evangelizador de los pobres es la razón de la existencia de la Congregación de la Misión en la Iglesia, y el valor evangélico principal y cen­tral de todos y cada uno de sus miembros (C 1).

San Vicente estaba seguro que la Congregación de la Misión era obra de Dios, pero puesta en manos débiles. No se le ocultaban los desgastes que las comunidades sufren a través del tiempo. Él temió que en su comunidad hubiera algún día misioneros de cartón, cadáveres de misioneros, gentes comodonas, encerradas en sus pequeños círculos… en los que se encierran como en un punto y si les enseñan algo fuera de ella, se acercan para verlo, pero enseguida se vuel­ven a su centro lo mismo que los caracoles a su concha (cf. XI, 396). Quiso salir al encuentro de este peligro dotando a la Congregación de aquellos dinamismos espirituales que consideró aptos, entre los cuales se encuentran los votos y muy especialmente el voto de estabilidad.

Interpretación histórica del voto de estabilidad

Donde ha faltado, según mi parecer, la coherencia y hasta el vigor ha sido en las interpretaciones y aplicaciones del voto de estabilidad. Los misioneros se han encontrado, por una parte, ante un voto con contenidos claros: vivir y morir en la Congregación de la Misión, para evangelizar a los pobres, principalmente, los del campo, como se establece en las Reglas o Constituciones Comunes, o, prin­cipalmente, los más abandonados, como se establece en las Constituciones actua­les y, por otra parte, ante la realidad sociológica de las obras y de algunos minis­terios que mostraban claramente que muchos misioneros estaban, materialmente al menos, fuera de lo que habían prometido por voto.

Algunos misioneros, dedicados a otros ministerios distintos de las misio­nes, plantearon ya en tiempo de san Vicente esta misma dificultad. San Vicente les respondió: Sobre lo que me pregunta de cómo se cumple el cuarto voto, que se refiere a dedicarse a la salvación de las pobres gentes del campo durante toda la vida, si uno sólo trabaja en los seminarios, le respondo que se cumple, primero, en disposición de espíritu, estando preparados para ir a las misiones a la menor señal que se nos haga; y en segundo lugar, porque trabajar en la formación de buenos párrocos y de buenos eclesiásticos, que vayan luego a instruir a los cam­pesinos y a exhortarles a una buena vida, es trabajar mediatamente por la salva­ción del pobre pueblo del campo; por lo menos hemos de tener esa intención y esa esperanza (cf. V, 77). La solución dada por san Vicente fue correcta, pero puede inducir a error, si se extiende demasiado.

En principio, la reducción del voto de estabilidad al voto de obedien­cia no es objetable, si lo que se manda está en conformidad con el fin de la Con­gregación, directa o indirectamente. En la «Explanatio votorum»9, después de exponer el voto de estabilidad, se añade: El misionero cumple con el voto de esta­bilidad, realizando las obras y ministerios de la Congregación porque directa o indirectamente se dirigen al fin de la misma. La respuesta es correcta. La dificultad viene cuando no hay convergencia entre el voto de estabilidad y lo que se manda. No siempre ha habido esta coincidencia. Algunas Asambleas Generales han te­nido que definirse sobre ciertas obras asumidas por algunas Provincias, como sucedió con la parroquias y los colegios. Creo que, por haber reducido el voto de estabilidad al de obediencia sin más, algunas Provincias asumieron obras y ministerios que difícilmente se podían justificar a la luz del fin de la Congregación. San Vicente rechazó ciertas llamadas de los obispos porque lo que le pedían no estaba de acuerdo con el fin y el espíritu de la Congregación de la Misión.

Para justificar la realidad de las obras y ministerios de la Congregación de la Misión, en las Constituciones de 1953 aprobadas por Pío XII, se formuló de diversa manera el fin de la Congregación, incluyendo dentro de él todas las obras de caridad y educación. Al exponer cómo se cumplía el voto de estabilidad esta­bleció lo siguiente: Cumplimos con este cuarto voto siempre que hacemos lo que nos mande el Superior, con tal de que nos mantengamos en disposición de ir a predicar misiones cuando nos lo pidan. Total, el voto de estabilidad se cumple obedeciendo y estando dispuesto a ir a misiones cuando los Superiores lo indiquen. Los misioneros siempre consideraron esta solución como reduccionista del voto de estabilidad y un modo de abrir la Congregación a todos los ministerios, con el ries­go de caer en la ambigüedad y vaguedad de nuestro carisma en la Iglesia.

Las interpretaciones prácticas pueden correr el riesgo de cambiar el objeto propio de las leyes. Creo que en las interpretaciones anteriores se ha dado la primacía al objeto de la obediencia más que a la estabilidad. El mandato del Superior se constituye en norma suprema. La obediencia tranquiliza la conciencia, pero no siempre es fruto de un serio discernimiento a la luz del fin y del espíritu de la Congregación de la Misión.

Las Constituciones actuales han afrontado este problema. Primero, man­dando revisar las obras y segundo, ofreciendo unos criterios para saber qué minis­terios están en conformidad con el fin de la Congregación y qué otros no lo están.

¿El voto de estabilidad en crisis?

El voto de estabilidad ha suscitado interés siempre que en la Congre­gación ha surgido la cuestión de la perseverancia, debido al número de miembros que abandonaban la Congregación o pedían vivir fuera de ella con el permiso de ausencia, bien de la casa, bien de la Congregación (cf. C 67 y 70). En toda la historia de la Congregación, como en la historia de todas las comunidades, ha habido miembros que, por razones distintas, han sufrido crisis vocacional, y la solución ha consistido en muchos casos dejar la Congregación. No me voy a refe­rir a los casos particulares, no porque no tengan interés, sino por la imposibilidad de poder estudiarlos. Merece la pena recordar los periodos en los que el proble­ma vocacional fue general, bien por causas políticas y eclesiales, como sucedió en tiempo de la revolución francesa, durante la cual muchos misioneros fueron mártires de la fidelidad a la Iglesia y a la Congrergación, pero otros apostataron y abandonaron la vocación, o el periodo posterior a la guerra de 1914, duran­te el generalato del P. Verdier’5.

Me voy a referir al periodo que va desde 1968 a 1986. Ha sido triste por las muchas salidas y —no menos triste porque haya sido un problema en toda la Iglesia y quizás más grave en otras comunidades y clero secular que en la Con­gregación—. Les ofrezco algunas cifras hechas muy minuciosamente por el P. José Oriol Baylach. Según dichas estadísticas, la Congregación de la Misión conta­ba casi con 5.000 miembros con votos en 1968, contando Sacerdotes, Hermanos y Estudiantes. Entre los años 1968 y 1986, dejaron la Congregación, de una manera legal, 632 Sacerdotes, 42 Hermanos, 205 Estudiantes. De una manera ilegal 199, de los cuales 5 son Hermanos.

¿Cuáles fueron las razones por las que se salieron? Los estudios que conozco sobre la razones del abandono de la vocación de vida consagrada y apostólica siguen varios criterios para conocer las causas de los abandonos.

1º. Unos se fijan en las raíces del ser humano, buscan en las capas más pro­fundas de la persona el por qué se tomó la decisión de entrar y de salir. En los estudios de este género, se tienen en cuenta la herencia psicoló­gica, el ambiente familiar, social y religioso, la educación y la madurez afectiva. A la luz de este criterio, el P. Benoit C., Asistente General de la Congregación, ha estudiado los abandonos de la Congregación, en la década de los 70.

2º. Otro modo de estudiar el fenómeno de los abandonos de la vocación sacerdotal religiosa y apostólica, es centrarse en la crisis que ha sufrido el sacerdocio a causas de los cambios profundos: secularización, moder­nidad, postmodernidad y ateísmo, etc. La crisis sacerdotal ha sido como la caja de resonancia de otras muchas crisis eclesiales.

3º. Un tercer criterio es atenernos a las razones que han dado los mismos que se ha salido. Hay lugar a pensar que las razones dadas por los inte­resados buscan justificar su decisión, por lo que condicionan en parte su fiabilidad. Con todo, dan alguna pista para conocer al menos, parte de las verdaderas razones.

Los que han abandonado la Congregación se pueden dividir en dos grupos: Los que dejan la vocación misionera y el sacerdocio y los que dejan sólo la vocación y siguen ejerciendo el sacerdocio, incardinados en una diócesis. Según el estudio antes mencionado del P. Benoit, las razones son las siguientes:

  • La dificultad de ser fiel al celibato.
  • Los condicionamientos que le impidieron hacer una elección libre y madura del sacerdocio.
  • El cambio del rol del sacerdocio, visto ahora ni como necesario ni como útil.
  • Las incertidumbres en la Iglesia, en la que se discute todo.
  • Las insatisfacciones de la vida en la Congregación que impiden el desa­rrollo de la persona.
  • La atracción familiar.
  • La facilidad con que se concede dejar la Congregación, por parte de los Superiores.
  • La carencia de vida teologal y del cultivo de la misma, mediante la ora­ción y la recepción de los sacramentos.
  • El haber hecho de la labor pastoral una labor sólo profesional.

En 1985, el P. McCullen, Superior General, envió un cuestionario a los Visitadores y a sus repectivos Consejos Provinciales. Entre las preguntas, estaba la siguiente: ¿Cuáles son las razones para dejar la Congregación de la Misión e irse a una diócesis? Las respuestas que llegaron señalaban como causa principal las dificultades de ejercer los ministerios dentro de la comunidad.

Después de haber estudiado ampliamente este tema de las razones por las que se abandona la Congregación, me centro en un caso especial: dejar la Congregación y seguir ejerciendo el ministerio sacerdotal, incardinándose en una diócesis. Me fijo en ello por dos razones: porque en los últimos diez años (1982­1992), el número de misioneros que dejan la Congregación y se incardinan en una diócesis ha sido de un promedio de 8 a 10, con tendencia al aumento y, en segun­do lugar, porque se ha invertido un proceso histórico, es decir, antes, los sacerdo­tes seculares venían a la Congregación y ahora, son los miembros de la Congre­gación los que se pasan al clero secular. Puedo enumerar las siguientes razones:

  1. La coacción familiar. La salida de la Congregación permite estar más cerca de la familia y ayudarla más fácilmente con el propio trabajo sacerdotal.
  2. Mayor libertad en el ejercicio del ministerio, más conforme con los planes pastorales propios y más acordes con las propias capacidades.
  3. Superación de la dificultad de trabajar en la Congregación, la dificultad en aceptar las iniciativas y crear un espíritu de colaboración.
  4. La carencia de ministerios, claramente vicencianos y tener que trabajar en ministerios no vicencianos y muy poco definidos como vicencianos.
  5. Las dificultades de la vida comunitaria, carencia de calidad en las mutuas relaciones, vivir en casi continua tensión. La falta de ayuda espiritual por parte de la comunidad, excesivamente secularizada y muy floja espiritualmente.
  6. El sentirse llamado a una obra que se considera vicenciana, pero los Superiores no la aceptan.
  7. La incapacidad de sufrir la críticas de la comunidad por el trabajo. La falta de aprecio, no sentirse valorados por los demás, incluso por los mis­mos Superiores, en contraste, a veces, con el aprecio que reciben de los externos: pueblo, sacerdotes, obispos.
  8. La grata experiencia tenida en una obra que no quieren abandonar a causa de un nuevo destino.
  9. El haberse especializado para una obra que no concuerda con la mar­cha actual de la Congregación. Se prefiere dejar la Congregación ante la imposibilidad moral de prepararse para la nueva tarea.

La larga enumeración no excluye otras causas. Todas sugieren la pregun­ta: ¿qué papel desempeñó en todos estos casos el voto de estabilidad? ¿Se pensó en él? Difícil de responder. Pero si la respuesta es difícil, es claro que ha creado una nueva conciencia. La Asamblea General de 1992 pidió al P. General una Instrucción sobre los votos, pero teniendo muy presente el voto de estabilidad: Que el Superior General mande hacer una Instrucción sobre el significado de los votos de la Congre­gación, tratando de una manera especial lo referente al voto de estabilidad.

Nueva visión del voto de estabilidad

1. El término estabilidad

La fidelidad a la vocación, la perseverancia en ella y la coherencia con ella, han sido interpelaciones de todos los tiempos, unas veces más fuertes y otras menos. La Congregación, como los demás Institutos de Vida Consagrada y Socie­dades de Vida Apostólica, ha sentido siempre con dolor que muchos de sus miem­bros la abandonen. Ante estos hechos, surge la pregunta: ¿qué valor tiene para la sensibilidad actual el voto de estabilidad?

El término estabilidad no es grato al hombre de hoy, arrollado por los cambios rápidos y profundos. Habrá que exponer con claridad lo que el término lleva consigo e insistir en ello, mientras no se encuentre otro término que diga lo mismo y mejor. Hoy, cuando hablamos del voto de estabilidad, entendemos el tér­mino estabilidad en un sentido dinámico. Para nosotros, estabilidad equivale hoy a fidelidad, fidelidad a la vocación durante toda la vida, fidelidad al carisma durante toda la vida.

Sin embargo, la dificultad principal no está, creo, en el término, cosa fácilmente superable. La cuestión está, como muy bien dijo el Superior General, P. McCullen, en cómo llevar la nave al puerto. El Padre McCullen se imagina que la pequeña Compañía es una nave en travesía rumbo al cielo. Entonces, los miem­bros de la tripulación, los miembros de la Congregación de la Misión, tienen la responsabilidad de mantenerla en la ruta preestablecida. Mantener, empero, no significa, sigue diciendo el Superior General, tenerla amarrada. El Superior Gene­ral exhorta a las Provincias de la Congregación:

  • a que se mantengan abiertas a las llamadas que actualmente les dirige el Espíritu por medio de las Constituciones;
  • a emprender nuevos tipos de apostolado en favor de los pobres;
  • a ensayar nuevos modos de participación comunitaria;
  • a adoptar una renovada sencillez de vida;
  • a buscar nuevas técnicas para llegar al espíritu y corazón de los hombres.

Lo expuesto tiene fundamento en lo que san Vicente dijo en la confe­rencia del 13 de diciembre de 1658: Todos hemos traído a la Componía la reso­lución de vivir y morir en ella; hemos traído todo lo que somos, el cuerpo, el alma, la voluntad, la capacidad, la destreza y todo lo demás. ¿Para qué? Para hacer lo que hizo Jesús, para salvar al mundo. ¿Cómo? Por medio de esta vinculación que hay entre nosotros y del ofrecimiento que hemos hecho de vivir y morir en esta sociedad y de darle todo lo que somos y todo lo que hacemos (Xl, 402).

2. Valores teológicos del voto de estabilidad

a) Nos pone en el estado de nuestro Señor

El voto de estabilidad pone al misionero en el estado de nuestro Señor (cf. XI 639).

Apenas se ha estudiado el voto de estabilidad. El mismo san Vicente, tan interesado en mantenerlo, no tuvo una conferencia con el objeto expreso de la estabilidad, como las tuvo sobre la castidad, pobreza y obediencia. Sin embargo, conviene leer atentamente la conferencia del 7 de noviembre de 1659, en la que el tema son los votos a la luz del artículo 18 del capítulo II de las Reglas o Cons­tituciones Comunes de la Congregación de la Misión. San Vicente, después de haber leído el artículo correspondiente y de haber dicho que en las Reglas o Cons­tituciones Comunes no se habla de los votos, porque no se acostumbra hacerlo, pasó a tratar de las razones por las que hay que dar gracias a Dios, por haber puesto a los misioneros en el mismo estado de nuestro Señor. Esto será como el preludio para hablar de la pobreza, castidad y obediencia. San Vicente comentó en esta circunstancia lo esencial del voto de estabilidad, que no es otra cosa que ponerse de por vida en el «estado» de nuestro Señor, que dijo de sí mismo: ¡He sido enviado a evangelizar a los pobres! (Lc 4, 18).

El voto de estabilidad se centra en el fin y en el espíritu de la Congrega­ción de la Misión y es el voto que da color propio a toda la existencia del misione­ro. La pobreza, la castidad y la obediencia que se practican en la Congregación de la Misión reciben del voto de estabilidad su carácter específico. Por esto mismo, la vivencia del voto de estabilidad da plenitud espiritual, apostólica y comunitaria al misionero, así como las faltas contra la estabilidad tocan al alma de la vocación misionera, aunque jurídicamente no supongan ruptura con la Congregación.

b) Es el voto de evangelizar a los pobres

Tenemos que estar agradecidos a Dios por el estado en que nos ha puesto, por su misericordia, es que es ése el estado en que puso a su Hijo, que dice de sí mismo: «Evangelizare pauperibus misit me» (Lc 4, 18) (XI, 639)

Podemos seguir la conocida distinción escolástica del objeto, el mate­rial y formal. El objeto material es la presencia jurídica en la Congregación, como miembro de ella. El objeto formal es la presencia animada por el espíritu de la Congregación de la Misión, cumpliendo sus fines, siendo fiel a sus instituciones. En una palabra, siendo responsable a lo que se prometió cuando se hizo el voto de estabilidad en la Congregación de la Misión: dedicarse todo el tiempo de la vida a la evangelización de los pobres del campo.

Sustancialmente, nada ha cambiado en la historia de la Compañía. Si en otras comunidades se vio que la perpetuidad de los votos llevaba consigo la estabilidad, en la Congregación de la Misión nunca se ha prescindido del voto de estabilidad. Han cambiado las formulaciones. La Asamblea General de 1974 hizo una reflexión especial sobre el cuarto voto, ratificando lo que se había estableci­do en la Asamblea General de 1968-1969. Según lo dicho en esta Asamblea, el voto de estabilidad consta de un triple elemento:

  • evangelizar a los hombres, principalmente, a los pobres,
  • en la Congregación de la Misión,
  • durante toda la vida.

Se deduce que el objeto fundamental y primario es la evangelización de los hombres, principalmente, de los pobres, y, por tanto, el voto de estabilidad debería llamarse voto de evangelizar a los pobres.

Otro aspecto que estaba muy presente en las últimas Asambleas era si los pobres han de ser los campesinos. Las fórmulas últimas (1968-1980) han fluc­tuado. Las Constituciones actuales ofrecen una fórmula inclusiva, es decir, la Con­gregación de la Misión intenta la evangelización de los pobres, especialmente, los más abandonados, entre los cuales están los pobres del campo.

La razón de estos cambios está en los cambios de las formulaciones del fin de la Congregación, lo que demuestra la íntima relación que existe entre el fin de la Congregación y el voto de estabilidad. Es el aspecto que más se ha enri­quecido de las reflexiones hechas en los últimos años: ver el voto de estabilidad de la Congregación de la Misión referido al fin de la misma y haber abandona­do una interpretación reduccionista de la estabilidad.

c) Es el voto de la vida espiritual y apostólica del misionero

El estado del misionero es un estado conforme a las máximas evangélicas, que consiste en dejarlo todo y abandonarlo todo, como los apóstoles, para seguir a Cristo y para hacer lo que conviene a imitación suya (XI, 697).

La estabilidad en la Congregación de la Misión abarca dos campos amplios y ricos de valores espirituales y apostólicos.

1º. El fin de la Congregación de la Misión es seguir a Cristo evangelizador de los pobres … fieles a san Vicente (cf. C 1) Dentro de este fin, voca­ción y misión de la Congregación de la Misión, debe insertarse la voca­ción y misión de todos sus miembros, Sacerdotes o Hermanos. El voto de estabilidad impulsa a la vivencia de la espiritualidad vicenciana, cen­trada en la contemplación de Cristo evangelizador de los pobres, en el cultivo del amor y reverencia al Padre, en la caridad compasiva y eficaz con los pobres, en la docilidad a la divina providencia y a la práctica de las cinco virtudes propias del misionero: humildad, sencillez, mortificación, mansedumbre y celo como expresión de las potencias del alma de toda la Congregación.

2º. El voto de estabilidad impulsa igualmente a todos los miembros de la Congregación a mantener vivo y atrayente el carisma vicenciano, a hacerlo visible de una manera clara, evitando toda ambigüedad, como aconseja la exhortación «Relaciones Mutuas». El voto de estabilidad tiene ante sí la inmensa tarea de cumplir lo establecido en el artículo 2º de las Constituciones: supuesto este fin, (el de la Congregación de la Misión) atendiendo siempre al Evangelio, a los signos de los tiempos, y a las peticiones más urgentes de la Iglesia, procurará abrir nuevos cami­nos y aplicar medios adaptados a las circunstancias de tiempo y lugar, se esforzará además por enjuiciar y ordenar las obras y ministerios, per­maneciendo así en estado de renovación continua. Por la fidelidad al voto de estabilidad, juzgarán las generaciones futuras de misioneros a sus antecesores.

d) El voto de estabilidad crea más unión entre los misioneros

Nuestros votos… en especial el de estabilidad… constituyen, además, un la­zo que une a los hermanos en comunidad fraterna (AG74, Declaración, 76).

La Asamblea General de la Congregación de la Misión de 1974 hizo esta reflexión sobre el voto de estabilidad: Nuestros votos, en especial el de esta­bilidad, atestiguan nuestra consagración. Constituyen, además, un lazo que une a los hermanos en comunidad fraterna26. San Vicente también aludió a este valor comunitario en la conferencia del 13 de diciembre de 1658, que versó sobre los miembros de la Congregación. San Vicente se preguntó cómo llevar a cabo la entrega de todo lo que somos y tenemos. Su respuesta fue: Por medio de esta vin­culación, que existe entre nosotros y el ofrecimiento que hemos hecho de vivir y morir en esta sociedad. Y añadió: de aquí, proviene que esta comunión entre los misioneros hace que también sean comunes todos los beneficios… (XI, 402).

e) El voto de estabilidad, testimonio crítico

El voto de estabilidad es un signo acusador de la mentaldiad que rehú­ye los compromisos duros y duraderos y opta por compromisos blandos y tempo­rales. La estabilidad, al mismo tiempo que resulta ser un valor anticultural, es un signo de los valores permanentes que se deben asumir con valentía de manera definitiva. El voto de estabilidad, fielmente vivido, es un signo profético ante la inestabilidad que existe en muchos ámbitos de la vida y, sobre todo, ante la lige­reza con que se asumen instituciones que tienen su origen en Dios para salvar valores importantes, como son el matrimonio, y la familia.

Valor canónico del voto de estabilidad

El Código actual de la Iglesia describe el estado de Vida Consagrada como una forma estable de vivir (c. 537 § 1). En la Congregación de la Misión, la estabilidad es también un valor canónico, en cuanto hace referencia a la per­tenencia a una comunidad reconocida por la Iglesia, y al cumplimiento de unos objetivos con dimensión eclesial y social. El voto de estabilidad da al misionero un modo estable de vivir en la Iglesia, por razón de un fin apostólico, en una comu­nidad determinada, con otros compañeros, igualmente comprometidos y dentro de un idéntico marco espiritual e institucional.

El voto de estabilidad tenía en la mente de san Vicente la finalidad de reforzar el compromiso de la entrega a Dios en la Congregación de la Misión, para evangelizar a los pobres, pero, como los demás votos, que se emiten en la Congregación de la Misión, no eran canónicamente muy fuertes, eran privados. San Vicente se dio cuenta de ello y pidió al Papa que, al mismo tiempo que apro­baba los votos, concediera la gracia de la reserva, es decir, que los votos sólo fue­ran dispensados por el Papa y por el Superior General de la Congregación de la Misión, en caso de dimisión.

La debilidad canónica de los votos lleva consigo la ventaja de resaltar su valor teológico. La incorporación a una comunidad bien organizada y pode­rosa puede hacer perder el sentido profundo de la pertenencia a ella y de su con­sagración a Dios para cumplir los fines del Instituto, como fines y metas de la pro­pia vida.da ventaja de la debilidad canónica es que se mantiene en su propio puesto, es decir, en ser sólo vehículo de los valores teológicos.

El voto de estabilidad en las actuales Constituciones

Por el voto específico de estabilidad, nos comprometemos a permanecer toda la vida en la Congregación, dedicados a conseguir su fin, realizando las obras que nos prescriban los Superiores, según las Constituciones y Estatutos (C 39).

El voto de estabilidad está descrito en la C 39. Recoge lo dicho ante­riormente. Nos compromete a permanecer toda la vida en la Congregación, empe­ñados en conseguir el fin de la misma, según lo dispuesto en las Constituciones.

La novedad que aportan las Constituciones actuales es la referencia del voto de estabilidad al fin de la Congregación. La formulación hace ver que el fin está por encima de las «obras». Las obras son las expresiones de cómo se cumple el fin: seguir e imitar a Cristo evangelizador de los pobres, fieles a san Vicente.

La realización del fin de la Congregación, lógicamente lleva consigo la ayuda de las mediaciones. La Congregación es un cuerpo orgánico y organizado. Tiene Superiores que la gobiernan y determinan lo que hay que hacer y quiénes lo deben hacer. Es normal que el voto de estabilidad, que exige una permanencia activa en la Congregación, se cumpla llevando a cabo lo que los Superiores dis­ponen. Es clara la conexión de la estabilidad con la obediencia, pero sin reducir­la a ella. La expresión realizando las obras que prescriban los Superiores no se puede leer sin lo que sigue: según las Constituciones y Estatutos.

Precisamente, entre las limitaciones que tiene la obediencia vicenciana es la que le viene de las mismas Constituciones y Estatutos. La obediencia vicen­ciana está en función del fin de la Congregación, es una obediencia «funcional», como dijimos al tratar de la obediencia. Es claro, pues, que el voto de estabilidad, no obstante la relación estrecha que prácticamente tiene con el voto de obedien­cia, no se reduce a la obediencia, tiene contenido propio y tan propio que la misma obediencia recibe el matiz vicenciano del voto de estabilidad.

Cultivo del voto de estabilidad

El voto de estabilidad, como los demás votos, debe ser cultivado para que no se debilite. Es una flor que necesita ser cultivada para que no se marchite. Muchos son los medios que se pueden indicar, pero todos deben ir dirigidos a fomentar un amor siempre creciente por el carisma vicenciano y sus instituciones»’. Entre los medios para cultivar el voto de estabilidad, podemos señalar los siguientes:

a) Amor acendrado a la vocación vicenciana, fruto de un estudio serio y profundo, y del convencimiento de que es una vocación actual y útil a la Iglesia para evangelizar a los pobres. ¡Evangelizar a los pobres como nuestro Señor y de la misma manera que él lo hacía… (XI, 639).

b) Acentuar la pertenencia a la Congregación, apreciar sus instituciones y obras, sin dejar a un lado el sentido crítico que permita mejorarlas. Hay que pedirle a Dios esa confirmación o firmeza en nuestra vocación; se trata de un don de Dios. Hay que sentir mucha estima de nuestra vocación (Xl, 34).

c) Conservar la identidad de los ministerios y mantener los signos de visibi­lidad de la identidad, evitando caer en la ambigüedad y en la indiferen­ciación. Que los mencionados eclesiásticos y demás personas que en el presente y en el futuro deseen dedicarse a tan santa obra se entregarán por completo al cuidado del pobre pueblo de los campos… (X, 239).

d) Fomentar las relaciones fraternas y misioneras, haciendo de nuestras comu­nidades, verdaderas comunidades fraternas y misioneras, y de nuestras casas, Casas-Misión. Vivir ¡untos con mucha caridad y cordialidad (XI, 34).

e) Incrementar el sentido de Congregación y evitar caer en la mentalidad «provinciana y casera». Nuestra vocación consiste en ir, no a una parro­quia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra… (XI, 553).

f) Sobre todo, crecer cada día en el espíritu de la Compañía, manteniendo vivas las relaciones para con Dios y la sensibilidad ante el clamor de los pobres. Hay que caminar siempre hacia adelante, «plus ultra!» (XI, 384).

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