Susana Guillemin: Repetición de oración 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Hermanas, los Ejercicios anuales son, en cierto modo, para nuestro año lo que la oración es para nuestra jornada: el tiempo fuerte durante el que nos esforzamos por encontrar a Díos, durante el que nos esforzamos con El, a la luz de su gracia, en el silencio de la oración, en el recogimiento, dejando a un lado todo lo demás, por prever cómo vivir unidas a El. Los Ejercicios son un período de trabajo espiritual intenso. Tendremos que abrir los ojos sobre nosotras mismas, nuestras faltas, nuestras deficiencias, cosa que, fuerza es decirlo, nos resulta difícil y penosa. Nada tan doloroso como ver, después de haber deseado tanto entregarnos a Dios, lo poco que lo hemos conseguido. Corremos, por lo tanto, el riesgo, al mirarnos, al hacer nuestros exámenes de conciencia, de entrar en una mala tristeza, una especie de desaliento. Hay un cierto peligro en ese entrar en nosotras mismas, y no podemos hacerlo con plena seguridad más que no entrando solas, sino apoyadas en Dios con El, seguras de su Amor.No es con sentimientos de temor como debemos examinarnos, sino con sentimientos de amor, de confianza. El primer trabajo de los Ejercicios es arrojarnos en Dios, avivar en nosotras la alegría, la confianza, el amor, repasando en lo íntimo de nuestro corazón todo lo que hemos recibido del Señor, cómo y hasta qué punto hemos sido colmadas por El. Deberíamos caer en un arrobamiento al contemplar todo lo que nos ha dado. Y podríamos hacer esa consideración por comparación con lo concedido a otros.

Cuando se piensa en esas multitudes humanas que no tienen ni siquiera lo necesario para vivir con dignidad de hombres; que no saben quién es Jesucristo; que no han recibido ninguna luz… entonces, por comparación, vemos cuánto hemos recibido nosotras, y, prolongando el pensamiento, de cuánto somos responsables, cuánto tenemos que devolver. Son muchos los talentos que nos han sido confiados, son también grandes… de ellos se nos pedirá cuenta.

Pero, ¿no podemos decir nosotras también, como San Pablo, esa frase que podría ser el resumen de nuestra vida, al mismo tiempo que del plan de Dios: «He sido alcanzado por Cristo»?

Este es el más grande de todos los dones que hemos recibido. Cristo nos ha escogido para El mucho antes de nuestro nacimiento. Dios lo había preparado todo en todos sus detalles: país, familia, padres, educación, circunstancias, ¡tantas cosas! Todo se ha ido sucediendo, el más pequeño acontecimiento ha sido querido y dispuesto por Díos para que fuésemos exactamente como El nos quería, para que pudiésemos encontrarle, ir a El.

¿Llegaremos a comprender nunca suficientemente lo que es la gracia del Bautismo, recibida antes de la edad de la razón? Esa infusión en nosotras del Espíritu Santo, de la Fe, la Esperanza, la Caridad; esa relación íntima establecida con Dios aun antes de que fuéramos conscientes de ella, que empezaba a moldear nuestros reflejos íntimos, nuestra personalidad. Pertenecíamos a Dios antes de quererlo personalmente…

En el silencio de la oración, podemos ir recorriendo las etapas de nuestra vida espiritual, todo lo que, fuera del alcance de lo externo, es un secreto entre Dios y nosotras: esfuerzos, oscuridades, tentaciones, luchas, victorias. Y a cada vez, en todas esas circunstancias felices o tristes, la presencia de Dios en nosotras y, al fin, su gracia victoriosa.

Y por último, esa gracia de las gracias que nos ha permitido responder a su llamada, que nos ha consagrado a El. En toda verdad, como en toda humildad, podemos decir: «Es el Señor quien lo ha hecho. Sea por siempre su Nombre bendito».

Pero la voluntad de Dios sobre nosotras no se ha detenido en el día de nuestra vocación: se ha ido haciendo más exigente cada día y no se detendrá sino en el umbral de la eternidad. Cristo debe crecer en nosotras y por nosotras, hasta alcanzar su estatura perfecta. Todos nuestros deberes, todas las previsiones de nuestra vida, podríamos resumirlos en esta única frase: «Que El crezca y yo mengüe». Ahí está lo esencial, esencial sobre todo para nosotras, Hermanas Sirvientes.

El gran trabajo de los ejercicios, lo principal, consiste precisamente, en ver, examinar, en qué punto nos hallamos de ese crecimiento de Cristo en nosotras. Si El reina en nuestra alma, en cada una de nuestras compañeras. Si le servimos realmente en los Pobres; si, generosamente, día por día tratamos de vivir para El. ¿Es verdaderamente Cristo el centro de nuestra existencia? ¿La razón de ser de nuestra acción? ¿Aquél en torno a quien todo va ordenado? ¿A quien todo se dirige? ¿Hemos tenido, en el transcurso de este año, conciencia de vivir de su divina Presencia en nosotras, en nuestros aciertos o nuestros fracasos? ¿Sabemos que en nosotras, Hermanas Sirvientes, su Presencia es más fuerte? ¿Que se ve acompañada por la promesa del Evangelio: «Quien os escucha, me escucha; quien os desprecia, me desprecia?» Hermanas, empiecen estos Ejercicios y su trabajo de penitencia, con la fortaleza que les comunica esta divina Presencia.

Repetición de oración (1966-2)

Han entrado ustedes hoy, Hermanas, en lo que podríamos llamar la parte purgativa de los Ejercicios, el tiempo durante el que debemos interrogarnos, sondear nuestra convivencia, preguntarnos cómo vamos con el Señor. Estas jornadas son jornadas austeras, porque no se trata de halagarnos, de ilusionamos, sino de vernos tal y como Dios nos ve y como, en el último día, en la primera entrevista que tengamos con El, nos veremos en El.

Se trata, en realidad, de descubrir lo que se opone a la venida del Señor, a la invasión de nuestra alma por Cristo. ¿Por qué hacernos esta pregunta? ¿Por qué? Después de haber deseado tanto entregamos a Dios, después de haber concebido tan gran deseo del don absoluto, ¿por qué no somos, de verdad, del todo suyas? ¿Por qué se da en nosotras tanta suficiencia? ¡Cómo tenemos que guardarnos de ella! Pidamos al Señor la gracia de no sentirnos nunca satisfechas de nosotras mismas, de no detenernos jamás en el camino que nos lleva hasta El, antes de haber alcanzado el día que El solo conoce y que El ha fijado para el encuentro definitivo y eterno.

Repetición de oración (1966-3)

Nuestra vocación de Hijas de la Caridad se caracteriza de manera muy sencilla: es el amor de Cristo en el Pobre. Cristo nos espera en el Pobre. Y si queremos realizar nuestro propio equilibrio religioso y ayudar a nuestras compañeras a que ellas mismas realicen la unidad de su vida, tenemos que meditar sobre todo el misterio del Pobre: misterio de Cristo. Ahí está el verdadero centro de nuestra vida… y la clave de todos nuestros problemas.

Cristo en nosotras… tenemos que darlo. Cristo en los Pobres… tenemos que servirle, y descubrirle. Es una enseñanza relativamente fácil de comprender por la inteligencia. Los Apóstoles, cuando Cristo les enseñaba, le comprendían intelectualmente, pero esas enseñanzas no se habían hecho todavía vida en ellos. Para que llegase a ser así, fue precisa la infusión del Espíritu Santo. A nosotras nos pasa lo mismo: nos hace falta la ayuda del Espíritu Santo.

Aprovechemos estos Ejercicios que tienen lugar durante la novena preparatoria a Pentecostés, para pedir especialmente el Espíritu de Amor, que será el que nos haga descubrir toda la dimensión del misterio del Cristo total.

Tenemos que orar. Tenemos que implorar, con María, la venida del Espíritu Santo. Lo primero, para que sepamos ver a los Pobres y adivinar sus verdaderas necesidades: lo que tan bien hicieron nuestros Santos Fundadores. Vieron a los Pobres, captaron sus miserias, su necesidad del momento, y respondieron a esas necesidades presentes.

Nosotras también miremos a los Pobres… a los Pobres de hoy. Quizá hay menos miserias materiales, pero hay muchas miserias espirituales; hay, sobre todo, en los Pobres de hoy una conciencia agudizada de lo que les separa de aquellos que han sido más favorecidos… porque todos los medios extendidos por el mundo: prensa, televisión, facilidad de contactos, les hacen ver más, se dan mayor cuenta del abismo que les separa de esas clases sociales…

Tratemos de mirarlos como son, busquemos la forma de servirles. Empezando por hacer lo más perfectamente posible aquello que hacemos por ellos: perfectas educadoras, perfectas enfermeras, etc. Ya en esto hay un testimonio… en la perfección de nuestras técnicas. La perfección de nuestros actos de caridad es ya una alabanza, un homenaje a la perfección de Dios. Y nuestros pobres son muy sensibles a ello, más de lo que creemos.

Estar totalmente disponibles a sus necesidades… No son ellos los que tienen que adaptarse a nosotras, sino nosotras las que tenemos que adaptarnos a ellos. Y si el servicio de los pobres exige ciertos cambios en nuestras costumbres u horarios, no vacilemos en molestarnos, en imponernos lo que sea necesario para estar completamente disponibles.

Disponibles también cuando se trate de una urgencia… de algo no previsto… de algo que nos saca de nuestra instalación o que trastorna nuestros planes. Evidentemente, con prudencia y dentro de la obediencia. Disponibles a su manera de ser y de vivir. Sin duda, tenemos que ayudarles a que se afinen, ejercer con ellos una acción educadora, pero no nos empeñemos en hacerles cambiar de ambiente… de clase social Pongámonos a su nivel. Seamos tan sencillas, tan cercanas, que los más sencillos y rústicos de entre ellos se encuentren a gusto con nosotras, no sientan la diferencia de clase social. Por supuesto, esto no excluye la dignidiad religiosa que ha de preservamos de toda vulgaridad. Pero hablemos un lenguaje tan sencillo como el de ellos. Evitemos las palabras resonantes. Acerquemos nuestra vida a la que ellos llevan. Tienen que vemos semejantes a ellos. Tenemos que reflexionar a fondo sobre esto. Que las gentes para las que trabajamos reconozcan en nosotras su manera de vivir. Que nuestras costumbres de vida fácil no les choquen, no les hieran, por estar más cercanas a la riqueza que a la pobreza.

Es posible que esto nos pida renunciar a ciertas comodidades. Tengamos el valor de hacerlo. ¿Cómo nuestros pobres actuales, más pobres de Dios que de dinero, podrían sentirse más cerca de Cristo si nosotras, que pertenecemos a Cristo, nos presentásemos ante ellos bajo el signo de la posesión y de la autoridad?

Nuestros hermanos los Pobres esperan de nosotras el don más precioso: el de la Fe en Cristo. Tenemos que determinarnos a vivir de tal suerte que ellos puedan, en nosotras, ver el rostro de Cristo. «Hacer a Dios presente a los Pobres, nos decía Pablo VI el año pasado, es un testimonio excelente, es vuestra fidelidad esencial». Que puedan reconocerle en nosotras, a través de nuestra pobreza, de nuestra caridad mutua: ese es nuestro verdadero y más profundo servicio a los Pobres.

Repetición de oración (1966-4)

Estos Ejercicios, Hermanas, no son sino una larga meditación sobre su estado de Hermanas Sirvientes, sobre lo que son ustedes delante de Dios. Primero, se han considerado de nuevo en su vocación, que podríamos llamar la vocación de base, la que hace de ustedes Hijas de la Caridad, siervas de los Pobres, Hijas del Amor de Dios. Después, lo han hecho en cuanto a su vocación segunda, la que las ha puesto al servicio de sus Hermanas y de la Compañía.

Muchos y muy preciosos talentos han sido confiados a su custodia. Puede ser que el primer movimiento de las oraciones de hoy haya sido un acto de adoración, de acción de gracias. Hoy se les ofrecía la ocasión de abrir los ojos hacia los tesoros a ustedes confiados, hacia los talentos que el Señor les ha pedido que custodiaran: las Hermanas, los Pobres, las Santas Reglas, el espíritu… ¡Cuántas acciones de gracias tienen que dar por tanta riqueza regalada a la Compañía, a la Iglesia, a su casa, a su Provincia, a ustedes mismas, dentro de los límites de su responsabilidad.

La primera de sus responsabilidades la constituyen las Hermanas, es la que predomina sobre todas las demás. La Hermana Sirviente debe llevarlas constantemente, debe llevar a sus compañeras en su pensamiento, su corazón, su alma, su oración.

Como Hermanas Sirvientes, estamos en cierto modo consagradas a nuestras compañeras. Son para nosotras el más próximo de nuestros prójimos, la encarnación más real de Cristo.

También las Santas Reglas son un talento precioso, que tenemos que conservar y hacerlo producir. No basta con conocerlas, hay que observarlas y hacerlas observar. Para ello, hay que empezar por amarlas, penetrar en su sentido profundo, en la finalidad para la que fueron escritas. No crearnos que podemos mantenernos en el espíritu de la vocación si descuidamos las Reglas… que no existen sino para preservar y garantizar el espíritu. Cada punto de Regla tiene enormes repercusiones espirituales.

De vez en cuando, al releer las Reglas, las observancias que podríamos llamar: disciplinares… antes de aplicarnos a considerar la letra, tendríamos, al contrario, que tratar de penetrar el espíritu con el que esos reglamentos externos se establecieron. Así es cómo podríamos volver a considerar el acto de pedimos perdón, los ejercicios de piedad, cualesquiera que sean, las comidas, los recreos que anudan los lazos de la vida común y fraterna.

Si la Hermana Sirviente deja pasar, que se descuiden esas cosas, de las que, considerándolas separadamente, puede pensarse que tienen muy poca importancia, deja también salir de su casa el espíritu de la Compañía. Tratemos de penetrar el alcance profundo de todos nuestros usos, de todas nuestras reglas y de ayudar a nuestras compañeras a que lo hagan también, vivificándolos con una intención lúcida.

Del espíritu de San Vicente y de nuestra Santa Madre, nacieron esas prácticas de Comunidad… De su caridad, de su humildad, de su voluntad decidida de llevar a sus hijas a Dios, surgieron, una tras otra, cada una de las prescripciones de nuestras Santas Reglas… probadas, experimentadas durante 25 años antes de ser promulgadas.

No digamos, como ya se ha dicho, «la repetición de oración, la conferencia, son ejercicios de rutina, de los que no se saca nada». Pues, al decir esto, Hermanas, es a nosotras a quienes acusamos y no a esas prácticas que han santificado a tantas generaciones. Nacieron del amor de nuestros Santos Fundadores. En realidad, es nuestra tibieza, nuestra falta de valentía, las que amenazan con neutralizarlas.

A nosotras, Hermanas Sirvientes, nos corresponde vivificar todo ello con el verdadero espíritu de Dios y de San Vicente, no admitir que pierdan sabor prácticas tan santas y evangélicas. Tenemos que reflexionar, junto con nuestras compañeras, en su sentido profundo, en su alcance, en el esfuerzo personal que cada una de nosotras debe hacer para practicarlas en la verdad; que no se reduz ‘can a gestos meramente externos. Tratemos de ayudar a nuestras compañeras a que descubran la pureza evangélica de estos usos, a que los practiquen con perfecta sinceridad, y veremos entonces cómo, poco a poco, va creciendo, expansionándose el espíritu de humildad, de humildad verdadera que es el nuestro.

Para ello, es preciso que, ante todo, sepamos vivir nosotras mismas en esa humildad y esa sencillez, pidiendo al Señor la misma gracia para toda la casa.

Repetición de oración(1966-5)

Llega el fin de sus Ejercicios, Hermanas, y me parece que estos últimos días deben estar señalados por una reflexión sobre nuestra consagración a Dios, por una renovación íntima, en el silencio y la oración, del don sin reserva que le han hecho de su persona.

Sin duda, al ser Hermanas Sirvientes, en esta reflexión no pueden dejar de tener en cuenta la dimensión comunitaria de su entrega. Penétrense de ese sentimiento, y, en la misa de mañana, presenten al Señor la ofrenda de las almas consagradas que ha confiado a su cuidado, sus compañeras… Entréguense de nuevo a Dios, prometiéndole trabajar por conservar en una gran fidelidad la pequeña comunidad que tienen a su cargo.

La fidelidad es la más bella de las acciones de gracia. Es el testimonio más evidente que podemos ofrecer a Díos. Si somos fieles, si mantenemos, a lo largo de nuestra vida, y renovamos sin cesar con alegría nuestra ofrenda al Señor, reconocemos y declaramos, en cierto modo, ante los Angeles y los hombres, que es bueno servir al Señor, que no nos ha decepcionado, que somos felices en su servicio, que El es el único digno de ser amado, escogido, preferido por encima de todo, que su Amor nos ha acompañado y sostenido en todas las circunstancias de nuestra vida. Y ¿no es cierto todo esto, Hermanas?

¿Es que cada una de nosotras, echando una mirada atrás, no puede decirse en la alegría de su corazón: «Mi Señor no me ha abandonado», aun cuando hayamos pasado por momentos duros, aun cuando no hayamos sentido su presencia, aun cuando nos haya costado comprender el por qué, con tal y tal pena, probaba nuestro amor. En aquellas circunstancias, como siempre, pudimos descubrirle con los ojos de la fe. Su gracia nos llevó a aceptar su voluntad con una total esperanza; nos hizo comprender que en la prueba es donde se purifica y enciende la Caridad.

Ahora nos queda dirigir una mirada hacia el porvenir, sin turbación y sin temor, porque bien sabemos en Quien nos hemos confiado. No conocemos ese porvenir, pero sabemos que será no ya como lo deseamos, sino como Dios nos lo prepara, y sin conocerlo, aceptamos de antemano todo lo que El nos reserva. Tal es la perfección del voto de obediencia y también la perfección de la virtud de la Esperanza.

En estos últimos días de Ejercicios, ofrezcamos nuestras vidas a Cristo para que haga de ellas la materia de su sacrificio redentor… Sin ponerle condiciones. Recojamos, para ofrecérselas con las nuestras, el conjunto magnífico de las ofrendas de toda la Compañía que cada día sube hasta El.

Cuando en espíritu recorremos la Compañía, evaluamos lo que ello representa: nuestras Hermanas de las Provincias en peligro, VietNam, Congo, Santo Domingo, Cuba… nuestras Hermanas heróicamente fieles de la Iglesia del silencio, China, Europa Central…; nuestras Hermanas sobrecargadas de trabajo al servicio de los Pobres… las que sufren tentación… las que no ven claro… Las que trabajan en el silencio, la oscuridad, las que soportan fracasos… Cada una en su vida de todos los días, con su cruz personal y su llamada particular.

A través de todo esto, se realiza nuestra consagración, porque en el seno de la Iglesia, en el seno de la Compañía, Dios ha fijado a cada una de nosotras un puesto único, personal, la ha llamado a un nivel de unión y amor que sólo El conoce.

Que cada una de nosotras considere en lo íntimo de su corazón si responde constante y fielmente a esa llamada, si sabe descubrirla en la Fe, si responde a ella en la Esperanza.

Una buena Hija de la Caridad que murió aquí mismo, en la Casa Madre el año pasado, decía en sus últimos momentos: «El Señor me ha amado mucho, y yo he hecho lo que he podido por amarle también… no me ha faltado la fe y se me hace larga la espera para ir a ver lo que he creído…» ¡Es magnífico! ¡Poder decir esto el último día de la vida! ¡Que a todas nos suceda así! ¡Qué espléndida vida interior, en su perfecta sencillez, revelan tales palabras!

Hoy tenemos, cada una, que reavivar y renovar ~estro deseo, nuestra voluntad firme de vivir en plenitud nuestra consagración a Dios con esa nota de sencillez.

Permanecer sencillamente desprovistas de todo bien personal, por lo menos en cuanto al derecho de disponer de ellos; no apropiándonos en espíritu los tesoros que se nos han confiado; conscientes de nuestra impotencia, de nuestra pobreza interior, comprendiendo que todo, en cuanto al alma y en cuanto al cuerpo, nos viene de Dios… Tal es la verdadera actitud de pobreza.

Aceptar la soledad del corazón… la ausencia de toda atadura humana, particular o consentida, para que el Amor de Cristo sea el que colme nuestra espera y se comunique, a través de nosotras, a los demás… En esto consiste la castidad.

Hacer nuestra, sin reservas, de todo corazón, la voluntad de Dios manifestada por los Superiores y las Santas Reglas… sabiendo que el hombre obediente cantará victoria, es decir, la victoria, en él, de la gracia prometida a la obediencia, la victoria de Dios.

Esta es la plenitud de nuestra vida consagrada, la fidelidad a la pobreza, a la castidad, a la obediencia vivida en la fe y la esperanza, fidelidad que vaciará poco a poco nuestro corazón de nosotras mismas y lo dejará libre para que lo llene la Caridad, el Amor de Dios y de nuestros hermanos.

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