Susana Guillemin: A propósito de las modificaciones que se han introducido en algunos usos de comunidad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .

Publicado en Eco 1963, 319-321


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Una circular de Nuestro Muy Honorable Padre, de fecha 11 de octubre de 1962, puso en conocimiento de todas nuestras Casas que algunos usos de Comunídad se habían sometido a revisión después de la última Asamblea General, y tras madura reflexión, el Consejo de la Compañía había decidido introducir en ellos determinadas modificaciones, en su mayor parte insignificantes y cuya relación se transmitió en dos comunicaciones sucesivas.

Estas modificaciones se han acogido con el espíritu de fe habitual en la Compañía; pero, sin embargo, se han interpretado y practicado en sentidos muy diferentes, según los diversos criterios. Por eso, me ha parecido necesario profundizar con ustedes el sentido de esas modificaciones y hacerles comprender el espíritu con que se han concebido.

Si el Consejo General ha tomado la decisión de modificar algunos usos, no es, ciertamente, en manera alguna, por deseo de relajamiento, ni siquiera, de manera primordial, por mitigar un tanto las trabas de la vida religiosa y la austeridad de la vida común. El espíritu que ha guiado esas modificaciones ha sido ante todo un afán de revalorización, es decir, despojar nuestros usos de todo lo que se les ha ido añadiendo, para presentarlos de nuevo en su pureza primitiva y en su sentido profundo, y también adaptar algunas de nuestras costumbres al pensamiento actual de la Iglesia. El estudio de las modificaciones se ha llevado, pues, a cabo con ese intento de valorizar, profundizar y adaptar.

Es cierto que los usos que se han venido practicando desde la fundación de nuestra Compañía, hace más de trescientos años, se establecieron en aquel entonces según el espíritu eminentemente sobrenatural de nuestros santos fundadores y que se ordenaron no como un gesto cualquiera, sino como expresión de una actitud interior del alma Transmitidos de generación en generación, se volvieron a tomar, una vez renovados y revisados; después de la Revolución francesa y de manera particular durante el período de florecimiento y desarrollo que caracterizó el generalato del P. Etienne. No cabe duda que estos usos son buenos y que hay que conservarlos en cuanto al espíritu que los anima.

Sin embargo, hay que reconocer que a lo largo de los años siguientes, a causa del fervor de unas, de la falta de comprensión de otras o simplemente por la multiplicidad de hábitos cotidianos, la práctica de algunos usos ha quedado sobrecargada y esa misma multiplicidad ha determinado que, para muchas, esos actos no estén animados interiormente por un espíritu, sino que en realidad se conviertan en gestos de rutina, de costumbre… Ahora bien, no hay mayor enemigo de la vida religiosa, del fervor, de la vida consagrada, que la rutina y el hábito. La primera intención que nos ha llevado a revisar nuestros usos de Comunidad ha sido, por lo tanto, la voluntad de revalorizarlos, despojándolos de todo lo que se les había ido añadiendo durante los años anteriores.

Fijémonos, por ejemplo, en la costumbre de ponerse de rodillas siempre que se habla a la Hermana Sirviente. Esta costumbre no se encuentra consignada por escrito ni en las Santas Reglas ni en las Constituciones, ni siquiera en el Consuetudinario. Lo que se nos pide es ponernos de rodillas ante la Hermana Sirviente cuando se halla ejerciendo la autoridad en el plano religioso. Así, pedir un perdón, un permiso, debe hacerse de rodillas, porque en ese momento la Hermana Sirviente está verdaderamente en su misión de intermediaria con Dios, de vínculo con Dios. Pero se había introducido la costumbre de ponerse de rodillas siempre que se hablaba a la Herrnana Sirviente, para decirle las cosas más insignificantes, y esta costumbre se había convertido simplemente en una comodidad, ya que no tenía relación alguna con la consideración de la autoridad de Dios, personificada en la Hermana Sirviente. Y así podríamos ir repasando una tras otra las modificaciones introducidas en nuestros usos: en todas encontraríamos el mismo deseo de revalorización.

Consideremos otras dos de las modificaciones.

La primera es la manera de dirigirnos a la Sagrada Mesa para comulgar: en vez de hacerlo por orden de vocación, yendo a la cabeza las Superioras, de ahora en adelante cada una va cuando lo desea, sin que se guarde ningún orden ni vayan las primeras las Superioras. Ha parecido que este acto de la Comunión, este encuentro del alma con Dios, no puede en manera alguna situarse bajo el signo de una obligación, cualquiera que sea. Cuando nos dirigimos a la Sagrada Mesa no somos más que un alma que va hacia su Dios: ya no existe jerarquía ninguna, ni ninguna traba a la libertad individual. Por lo demás, esta modificación ha sido inspirada al Consejo General no por sus propias reflexiones, sino por las directrices de Roma, que desde hace varios años insiste en que se vele con el mayor interés por que quede salvaguardada la más absoluta libertad de conciencia en lo que se refiere a la Sagrada Comunión. En esto, por lo tanto, hemos respondido al deseo de la Iglesia.

La otra modificación está relacionada con un uso que nos es muy querido: el «plongeon», o saludo tradicional. Ahora ha quedado sustituido por una simple inclinación de cabeza. Esto se ha decidido, ante todo, para resguardar la uniformidad en todas las Provincias de la Pequeña Compañía. Las comunicaciones de las Visitadoras nos han hecho comprender, en efecto, que en algunos países no se puede practicar el «plongeon», y entonces ha parecido preferible adoptar un saludo que tuviese aceptación en el mundo entero, antes que mantener otro que crearía una falta de uniformidad. A esa uniformidad, tan querida para San Vicente, ha sido, pues, sacrificada nuestra forma tradicional de saludar. Desde luego, el nuevo saludo se hará en las mismas ocasiones en que antes se hacía el «plongeon», porque no se trata de suprimir el uso de dar muestras de cordialidad o respeto, uso que se halla previsto en nuestras Santas Reglas. Se trata de modificar la forma, pero no de renunciar al espíritu.

Estos ejemplos bastan para mostrar con qué espíritu deben comprenderse y practicarse las modificaciones prescritas. Pidamos al Señor que nos renueve sin cesar en el fervor de nuestro primer espíritu. Pidámosle que, mediante una uniformidad bien comprendida, mantenga en esta Pequeña Compañía que es Suya, cuyas Reglas y usos Él ha inspirado, la unidad de espíritu y corazón, única que puede hacerla grata a sus ojos.

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