CARTA DE SOR MARIA ROULET A LUISA DE MARILLAC[1]
Viva Jesús
Calais 3 de agosto de 1658
Señorita:
Mi querida Madre, le saludo en el amor de Nuestro Señor Jesucristo y también al Sr, Vicente, al Sr. Portail y a nuestras queridas Hermanas y les ruego que pidan a Dios por nosotras en nuestras enfermedades.
Pero dudamos mucho de que se hayan enterado ustedes de la muerte de dos Hermanas: Sor Francisca y Sor Margarita[2];
Y por lo que se refiere a nosotras, hace tres semanas que Sor Claudia está en cama y yo llevo ocho días.
Mucho me extraña que no nos hayan escrito desde que salimos de ahí. Creo que Dios me aflige en todos los sentidos, primero con la falta de noticias suyas y luego con la muerte de mis Hermanas[3].
Sabrá señorita que el Sr. de Saint Jean nos ha hecho salir del hospital, para llevarnos a la ciudad, a causa de la infección que reina en el hospital[4].
Señorita, haga usted el favor de notificar al Sr. Vicente que desde que marchó el señor de Saint Jean, los buenos Padres Capuchinos de Caíais que atienden el Hospital son nuestros confesores[5].
La saludo de nuevo, querida Madre, le ruego que se acuerde siempre de mí en sus oraciones. Le ruego también que comunique mi enfermedad a la Señorita Bricart, que es hermana mía de leche, para que ella le diga a mi madre el estado de enfermedad en que me encuentro.
Querida Madre, le envío una carta de Sor Margarita que escribió el día antes de morir, expresando el deseo de que no se la mostrara a nadie más que al Sr. Vicente o al Sr. Portail[6].
Pido perdón al Sr. Vicente, al Sr. Portai[7]l y a usted, querida Madre, y también a todas nuestras Hermanas; Sor Claudia que está muy mal, hace lo mismo por su parte.
Sor Francisca[8] nos encargó mucho que se comunicara su muerte a su hermano, que reside en Richelieu, para que ruegue a Dios por ella.
Mucho le agradeceremos[9] que tan pronto como reciba esta carta nos conteste porque ya le he escrito varias veces. Somos y seguiremos siendo toda nuestra vida, querida Madre, sus obedientes hijas[10],
Sor María Poulet,
Sor Claudia Muset,
Hijas de la Caridad indignas.
Señorita, le rogamos que, en caso de que recobremos la salud, y dado que no hay de momento muchos enfermos, nos diga lo que quiere de nosotras.
¡Qué sufrimiento expresado tan sencillamente! María Poulet, que es la que está menos enferma, escribe a la señorita con mano temblorosa. La fatiga le sobreviene enseguida. El final de la carta lleva tachaduras, la letra es menos clara.
Humildemente, María pone en primer lugar el nombre de su hermana. Pero Claudia desde su lecho, le dice que firme la primera y que ponga a continuación su nombre. La extrema gravedad de su estado no le permite hacerlo ella misma.
Lejos de París, sin ninguna noticia, las Hermanas han tenido que afrontar un trabajo inmenso: de 500 a 600 soldados heridos, atacados de una epidemia (el cólera, sin duda alguna). Muy pronto, en pocos días, Francisca y después Margarita caen enfermas y mueren. Una o dos semanas más tarde, se contagia también Claudia y después María. Los Padres Capuchinos juzgaron prudente trasladar a las dos supervivientes a la ciudad de Calais lejos del Hospital.
En carta a la Señorita Legras, el P. Francisco de Coulommiers hace un elogio de las cuatro Hermanas:
«Han cumplido generosamente su deber y con edificación…
Son dignas de agradecimiento por la buena asistencia y por la caridad con la que han tratado a los pobres enfermos…»
El tono de la carta del P. Capuchino recuerda un poco a una oración fúnebre. Claudia y María están persuadidas de que ellas, lo mismo que sus dos compañeras, van a morir rápidamente. Se despiden del Sr. Vicente, del Sr. Portail, de la Señorita, de su familia. Piden perdón de sus faltas.
Sin embargo, la postdata deja entrever que la esperanza de vivir subsiste. ¿Y si nos curamos? ¿Cómo permanecer en la obediencia sin tener comunicación?
¿Qué formación había recibido, pues, María Poulet para estar así tan impregnada de esta disponibilidad cara a Dios, cara a la Compañía?
Siendo Hermana joven, María Poulet va destinada en el otoño de 1653 al servicio de los heridos de Chalán sur Marne. Allí le impresionó mucho el comportamiento de una de las Hermanas, Bárbara Angiboust.
María comprende que la oración es esencial para la vida de la Hija de la Caridad. El trabajo era absorbente. Para permitir que cada Hermana tuviera un tiempo de oración personal, Bárbara había organizado un turno de guardia, para que los soldados estuvieran siempre atendidos.
María descubrió también en Chalons el significado concreto del amor al Pobre, que se extiende a todos los necesitados.
También leyó y meditó las recomendaciones que Luisa de MariIlac había enviado a la Hermana Sirviente Ana Hardemont:
Suplico (a las Hermanas), por el amor de Nuestro Señor, que no dejen disipar demasiado su espíritu en las distintas conversaciones que pueden oír al tener que estar entre toda clase de personas; verdaderamente, unas nos llevan al recogimiento y al recuerdo de las miserias humanas, pero otras pueden proporcionarnos otros pensamientos, por las costumbres que esas personas han adquirido por su manera de vivir…
Que la distancia que las separa de nosotras no les borre de la memoria el esmero en la práctica de las Reglas y de las virtudes que deben tener las Hijas de la Caridad…»
(Carta 400, Escritos espirituales P. 431.)
Al final del año se retira el ejército. La presencia de las Hermanas en Chalóns ya no es necesaria. María Poulet acompaña a Bárbara Angiboust que vuelve a Brienne. Juana se había quedado sola durante estos tres meses. La soledad había quebrantado no sólo su salud, sino también el amor a su vocación. Bárbara, con su amabilidad, su solicitud, su humildad, hace todo lo posible para ayudar a su compañera a superar sus dificultades. Esta actitud de Bárbara influyó profundamente en María, quien todavía lo recuerda en 1659, en la conferencia sobre las virtudes de Bárbara Angiboust.
Pero Luisa de Marillac necesita Hermanas, para Bernay, para Chars. Llega una carta a Brienne, llamando a Bárbara y a María. Las Hermanas se ponen en camino enseguida. La obediencia es pronta, rápida, sin inquietud por el porvenir.
María, después de un tiempo en París, encuentra de nuevo a Clemencia Ferré en Chars. La situación es difícil en esta Parroquia, en la que el Párroco está impregnado de ideas jansenistas. Las Hermanas son el blanco de sus exigencias.
Seguras de su Fe y de sus convicciones sólidas adquiridas junto al Sr. Vicente y a la Señorita, María y Clemencia quieren permanecer fieles a la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la necesidad de la confesión y sobre la Eucaristía.
Un día, el señor cura, disgustado niega la Comunión a María. Otro día la amenaza con una penitencia pública en la puerta de la iglesia. Llega a decirles que no obedezcan a sus Superiores de París y que le obedezcan a él en. todo. Clemencia, que no tiene muchas luces, no comprende muy bien qué es lo que está en juego. En cambio María resiste con todo su buen juicio y pide consejo a la Señorita.
El Párroco también quiere imponer sus métodos educativos para las niñas. Ordena a María que azote con el látigo, en su presencia, a una niña de unos 12 ó 13 años. María se opone enérgicamente. Todos merecen respeto, incluso los niños. Entabla una discusión que va subiendo de tono… María se acalora y dice palabras poco respetuosas. Toma parte la gente del pueblo, unos a favor de la Hermana, otros a favor del Sacerdote.
Luisa de Marillac, puesta al corriente de los hechos, no quita la razón a María, pero le indica que pida excusas al Párroco, pues también a él le debe respeto. Humildemente, María renoce su enfado y, con sencillez y valentía, pide perdón al señor cura.
«Depender del Espíritu Santo, es dejarle crear en el alma la semejanza con Cristo, manso y humilde de corazón». Constituciones 2.3.
Animadas por las cartas de Luisa de Marillac, María y Clemencia progresan en su caminar hacia Dios.
A María le hubiera gustado cuidar a los enfermos en el hospital y en el campo, pero Luisa de Marillac le pide que deje este servicio a Clemencia y que ella se ocupe particularmente de las niñas de la escuela. María les enseña a leer, a hablar bien y también a descubrir el Amor de Díos.
María vivió toda su vida este párrafo de las Constituciones:
«La disponibilidad ayuda a todas las Hermanas a superar sus propias opiniones y sus propios intereses por el bien común, y permite a la Compañía desempeñar los servicios que tiene encomendados». Constituciones, 2.8
Clemencia y María se esfuerzan en vivir contentas en medio de la sobriedad y atendiendo a los enfermos y a los niños. Pero las relaciones con el Párroco se agravan hasta tal punto que hay que retirar a las Hermanas. Se informa a la Señora de Herse que en 1647 había pedido la presencia de las Hijas de la Caridad en Chars. Las Hermanas vuelven a París al final del verano, muy apenadas por tener que dejar a los enfermos y a los niños.
En junio de 1658, María Poulet, siempre disponible, va a Calais. Ha hecho vida las palabras pronunciadas por Vicente de Paúl en la conferencia anterior a su partida:
«¿A dónde tengo que ir? Dios es mi Padre. No me importa que me ponga del lado derecho, esto es, donde a mí me gusta, o del lado izquierdo, que significa la cruz; espero que en todos los casos me dará fuerzas.» «Eso es lo que tiene que decir una buena Hila de la Caridad, que no tiene más voluntad que la de Dios.»
Conferencia del 9 de junio de 1653.
¿Qué hace María a su regreso de Calais? Ningún documento nos permite saberlo. Sin duda debió servir a los Pobres en una de las Parroquias de París, porque el 27 de abril de 1659, asiste a la conferencia de Vicente de Paúl. Como escribió en 1953, está segura de cumplir la Voluntad de Dios.
Sor Elisabeth.
[1]En junio de 1658, a petición de la reina Ana de Austria, fueron enviadas a Caíais cuatro Hermanas para socorrer a los soldados heridos y enfermos. Eran Margarita Menage, Francisca Manceau, Claudia Muset y María Poulet.
[2]Una grave epidemia hacía estragos entre los soldados. Las Hermanas se contagian rápidamente.
[3]El correo funcionaba muy irregularmente en el siglo XVII. El medio de transportarlo era el caballo, ya enganchado a la diligencia, ya montado por un jinete.
[4]El Señor de Saint Jean, capellán de la Reina, fue quien se ocupó del envío de las Hermanas a Calais.
[5] El P. Francisco de Coulommiers, capuchino de Caíais escribió a la Señorita Legras por el mismo correo.
[6] La carta de Margarita Menage no se ha conservado.
[7] El Señor Portail es el Director de las Hijas de la Caridad
[8] Francisca Manceau tenía dos hermanos Sacerdotes de la Misión. Uno de ellos murió en 1651. El otro estaba en Richelieu.
[9] La respuesta de Luisa de Marillac consistirá en el envío de otras cuatro Hermanas.
[10] Las dos Hermanas se curarían y regresarían a París en el mes de octubre.







