Sor María Joly (¿¿¿-1675)

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CRÉDITOS
Autor: Elisabeth, H.C. · Año publicación original: 1985 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1985.
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El 29 de noviembre de 1633, María Joly se embarca en una aventura extraordi­naria, al responder a la llamada de Dios y a la llamada de los Pobres. Se asocia con al­gunas otras campesinas bajo la dirección de la Señorita Le Gras y de Vicente de Paul.

Esta nueva y minúscula Comunidad no tiene todavía nombre. A aquellas jóvenes que andando el tiempo se llamarán Hijas de la Caridad, entonces, en sus comienzos, si hubieran hablado en español se las hubiera llamado «las muchachas de la Caridad». Es que trabajan con las Señoras en las Cofradías de la Caridad establecidas en las Pa­rroquias de París.

Los primeros años de existencia de la Compañía de las Hijas de la Caridad

«Dios sólo es el autor de vuestra Compañía», gustaba de decir Vicente de Paul a las Hermanas. Pero Dios se sirve de los hombres para realizar sus designios.

La Señora Goussault fue uno de esos instrumentos de que Dios se sirvió para la fundación de la Compañía. Como Presidenta de las Señoras de la Caridad, ve las difi­cultades con que tropiezan todas estas Señoras: duquesas, marquesas, para desem­peñar las tareas humildes que requiere el servicio a los Pobres, tareas que en sus ca­sas corren a cargo de sus sirvientas.

La Señora Goussault ha podido contemplar cómo trabajaba aquella campesina de Suresnes, Margarita Naseau, tan amable, tan bondadosa, a quien todo el mundo quería. Y observa en María Joly, aldeana de sus tierras o acaso sirvienta suya, las cualidades necesarias para servir de la misma forma en las Caridades. Le habla, pues, de ese nuevo servicio, y en 1632, ella misma lleva a María a la Señorita Le Gras. Vicente de Paul se entrevista con esta muchacha llena de fervor, llena de fe y re­cibe de ese primer contacto con ella una gran alegría:

«María me ha contestado con mucho sentido, afecto y humildad, que está dispuesta a hacer cuanto usted quiera y de la manera que usted quiera; que lo único que siente es que no tiene bastante talento, fuerza y humildad para servir para eso; pero que usted le diga lo que tiene que hacer y seguirá ente­ramente sus intenciones.

iQué buena muchacha me parece! Ciertamente, Señorita, creo que Nuestro Señor mismo se la ha dado para servirse de ella por medio de usted.» (C. 1, 212; Síg. 1, 261.)

Toda feliz, María empieza su servicio en una de las Parroquias de París. La Seño­rita la guía en sus comienzos. Otras jóvenes llegan a unirse a ella: vienen de Aubervi­Iliers, de Maisons Alfort, Pontoise, Mesnil, Montdidier, Beauvais. Las necesidades que atender son grandes porque las Caridades se multiplican en París y todas las Señoras desean tener una o dos muchachas en la suya.

Poco a poco se impone a la Señorita y a Vicente de Paul la necesidad de una for­mación espiritual y profesional para las muchachas. Las Señoras se muestran a veces exigentes. Más de una vez se ha preguntado la Señorita si no podría ella reunir a esas jóvenes en su casa. ¿No sería eso la Comunidad en que «debía haber idas y venidas», que Dios le había hecho vislumbrar en la «Luz» de Pentecostés? Habla del proyecto a Vicente de Paul, que le contesta:

«Usted se debe a Nuestro Señor y a su Santa Madre. Entréguese a ellos y al estado en que la han puesto, esperando que ellos indiquen que desean algu­na otra cosa de usted.» (C. 1, 79; Síg. 1, 141.)

La contestación no satisface plenamente a Luisa de Marillac que ve las necesida­des de las jóvenes. Y se siente cada vez más apremiada a emprender lo que le parece ser voluntad de Dios. Vuelve, pues, a insistir con Vicente de Paul, que reacciona con bastante aspereza:

«Si su divina Majestad no le hace conocer de una forma inequívoca que El quiere otra cosa de usted, no piense ni ocupe su espíritu en esa otra cosa… Yo pensaré en ello por los dos.» (C. I, 62; Síg. I, 126.)

«Usted busca convertirse en sierva de esas pobres muchachas, y Dios quie­re que sea sierva suya… Le ruego, de una vez para siempre, que no piense en ello.» (C. I, 113; Síg. I, 126.)

No pensar en ello es muy difícil, pero Luisa esperará, aunque sin dejar de ayudar a las jóvenes que van a verla, a pedirle consejo o que desean hacer algunos días de retiro en su casa.

Pasan los meses y Luisa pone en manos de Dios ese proyecto difícil de realizar. Por fin, en agosto de 1633, Vicente de Paul, que termina sus Ejercicios espirituales, escribe a Luisa de Marillac:

«Creo que su Angel de la Guarda… ha comunicado con el mío a propósito de la Caridad de sus jóvenes, pues es cierto que me ha sugerido con fre­cuencia su recuerdo y que he pensado seriamente en esa buena obra. Ha­blaremos de ello, con la ayuda de Dios, el viernes o el sábado.» (C. 1, 21 7; Síg. 1, 266.)

Varias entrevistas de Vicente de Paul y de Luisa de Marillac van a desembocar en una decisión. La Señorita acogerá en su casa, en su propio domicilio, a algunas mu­chachas. Se hace una selección entre todas las que trabajan en las Caridades.

«Entre tanto, convendría darles a conocer que hay que observar el espíritu de indiferencia. En fin, será menester educarlas en el conocimiento de las virtudes sólidas.» (C. 1, 218; Síg. 1, 267.)

¿Quiénes son esas pocas muchachas escogidas por Vicente de Paul y la Señorita Le Gras para ser las primeras piedras de esta nueva y original Cofradía?

Margarita Naseau no es ya de este mundo. Ha muerto de la peste en el mes de febrero anterior. La muerte de esta joven tan buena, tan bondadosa con los Pobres, ha sido como un signo para Vicente de Paul.

María Joly responde con entusiasmo a esta llamada. Unidas a ella por el mismo amor a Dios y a los Pobres, va a encontrar a Juana, Nicolasa, Margarita y Micaela. Dios reúne a personas muy diferentes para dar nacimiento en la Iglesia a una nueva forma de vida consagrada al servicio de los Pobres: a campesinas de carácter rudo, que no saben leer y a una dama de la aristocracia francesa, de una exquisita sensibili­dad y una gran cultura.

María se siente feliz. Su fervor junto a los enfermos crece. A aquellas cinco pri­meras, se han ido uniendo otras. En julio de 1634 son doce. Vicente de Paul las reúne de vez en cuando para explicarles cómo ser buenas siervas de Dios y de los Pobres.

El 31 de julio de 1634, Vicente de Paul explica a las Hermanas el reglamento. Y, ioh sorpresa!, nombra en cada parroquia una Superiora. María Joly es la primera extrañada al verse escogida. Se convierte en la Superiora de Nicolasa, en la parro­quia de San Salvador. De regreso a su casa, María va meditando las palabras de Vi­cente de Paul:

«Como la obediencia perfecciona todas nuestras obras, es necesario que entre vosotras haya siempre una que ocupe el lugar de superiora.» (C. IX; Conf. esp. n. 19.)

Perfeccionar todas las cosas es permitir vivir a fondo y asegurar la autenticidad de la respuesta dada por la pequeña comunidad a la misión que Dios le ha confiado. Cada una de las comunidades locales tiene que insertarse dentro de la misión de la Compañía, esa misión que continúa la de Cristo Redentor.

María se ve un poco agobiada por esa nueva responsabilidad. ¿Sabrá ella corres­ponder plenamente a los designios de Dios, al carisma confiado a la nueva comuni­dad? Se tranquiliza un poco porque Vicente de Paul ha dicho que la superiora cambia­ría todos los meses. Pero la experiencia le hará ver que la duración de este cargo es mucho más larga. María será Hermana Sirviente en varias casas.

Vicente de Paul, en efecto, tiene mucha confianza en María. En octubre de 1635, la escoge para reemplazar a la Señorita al frente de la pequeña comunidad del Hospi­tal General —el Hótel-Dieu—. Las Hermanas se inquietan por el cambio de dirección. El Señor Vicente le dice a Luisa que vaya de vez en cuando por el Hospital:

«para lograr que poco a poco se acostumbre Maná a esas jóvenes y esas jóvenes a María». (C. I, 300; Síg. I, 334.)

También la Señora Goussault se preocupa por este cambio. ¿Cómo va a poder asumir semejante responsabilidad una joven campesina sin letras?

«He hablado con la Señora Goussault. Dice que María no hará la oración ni hará que se de cuenta de ella como hasta ahora han hecho. Pero no impor­ta. Usted podrá verla de vez en cuando (y orientarla).» (C. I, 301; Síg. I, 335.)

Vicente de Paul mantiene las decisiones tomadas, pero pide a Luisa que siga a las Hermanas, que las acompañe, que vaya a visitarlas a sus casas. Sabe muy bien que pueden surgir dificultades de toda clase porque este nuevo modo de vida no siempre es comprendido.

En el Hospital General, María tiene dificultades con una Hermana oriunda de Nor­mandía. Le parece que su conducta no es la de una Hija de la Caridad. Así se lo dice al Señor Vicente quien llama a dicha Hermana. Luisa de Marillac, que está pasando visi­ta en Gournay, recibe una carta de Vicente:

«… la joven de la Señorita Viole que se ha puesto con ellas (con las Herma­nas del Hospital) las escanda/iza por su modo de portarse con los mucha­chos que vienen a verla… Ayer la mandé llamar para decirle que no hiciese entrar a los muchachos en la casa; pero ella no lo tomó a bien y me dijo que prefería marcharse». (C. I, 328; Síg. I, 355.)

Desde los primeros años, se les explica a las Hermanas con toda claridad las exi­gencias de una vida consagrada, completamente entregada a Dios. La obediencia per­fecciona todas las cosas. La castidad es señal del amor de preferencia que se tiene a Dios. La vida de oración sostiene la vida de servicio. No se desarrolla con tanta ampli­tud la pobreza, porque las jóvenes son naturalmente pobres y no se asombran ante las palabras de Vicente de Paul:

«… hay que despojarse de todo y no tener nada propio… fiaos siempre de la Providencia». (C. IX, 11; Conf. esp. n. 30.)

Conforme se van presentando las necesidades de las parroquias, los Fundadores piden a María que vaya a prestar servicio a diferentes lugares: a San Pablo, a San Ger­mán de Auxerre. El entusiasmo de María, su alegría en medio de su trabajo, impresionan a su hermana menor Gilita, que expresa su deseo de ser, ella también, Hija de la Caridad. Vicente de Paul pregunta a Luisa de Marillac, el 4 de febrero de 1640:

«… ¿Qué podemos hacer con la hermana de María, de San Germán, que es tartamuda? Parece buena chica, pero no sé si tiene muchos ánimos. Su buena hermana nos pide con insistencia que la admitamos.» (C. II, 1 9; Síg. II, 20.)

En atención a su hermana, de quien se fían, los Fundadores reciben a Gilita en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Misión en Sedan

En 1640, la duquesa de Bouillon insta al Señor Vicente para que establezca una Caridad en Sedan y para que envíe allí a una Hermana que se cuide de servir a los Po­bres. En vista de que la respuesta se hace esperar, la duquesa se vale de un sacerdote para que apoye su petición.

Vicente de Paul consulta a Luisa de Marillac sobre la posibilidad de dar una res­puesta afirmativa a esta llamada:

«Le envío una carta que me ha escrito un buen sacerdote de Sedan. Vea us­ted si le podemos enviar alguna Hermana que valga la pena. Se trata de una cristiandad nueva. El señor duque y la señora duquesa son católicos desde hace poco. Hace noventa años la herejía estableció su trono en aquel princi­pado.» (C. II, 131; Síg. II, 109.)

El principado de Sedan, pequeño Estado independiente en el norte de Francia, era desde 1555 uno de los centros del protestantismo. El duque de Bouillon, a pesar de la decisión tomada por sus abuelos, decidió hacerse católico y, en 1634, abjuró el protestantismo. Su mujer quiso que los protestantes viesen cómo la Iglesia Católica se ocupaba realmente de los pobres, los socorría y evangelizaba. Con tal fin, se dirige a Vicente de Paúl. ¿Iban a poder los Fundadores dar una respuesta afirmativa a tal petición? Socorrer a los pobres, evangelizarlos, es sin duda «el designio de Dios» so­bre la pequeña Compañía. Pero ¿es prudente enviar una Hermana fuera de las fronte­ras del Reino de Francia, en país protestante?

La audacia del Señor Vicente se fía de la Providencia de Dios, no puede resistir a su llamada y a la de los pobres. El 1 de noviembre de 1640, la decisión queda toma­da. Lo que hace falta ahora es encontrar una Hermana adecuada: capaz de vivir lejos de París, con una fe sólida, competente para el cuidado de los enfermos. La elección recae en María Joly. Pero sacarla de San Germán de Auxerre no va a ser cosa fácil.

Las Señoras están contentas con ella, aprecian su competencia y es seguro que no la dejarán marchar si no se la reemplaza por otra que sepa preparar los remedios. El Se­ñor Cura insiste en el mismo sentido. Vicente de Paul encomienda a la Señorita que vea cómo realizar este cambio difícil.

«… le toca a usted ver cómo puede retirarse a esta Hermana y a quién po­ner en su lugar… Disponga usted cuanto antes, por favor, la elección de la Hermana y su envío para poder retirar a María y hacer que empiece su reti­ro para que pueda marcharse el lunes próximo.

Me da vergüenza pensar el tiempo que llevamos haciendo esperar a esta buena señora de Sedan». (C. II, 1 57; Síg. II, 129.)

Dos días después, María está en la Casa Madre, en el pueblo de La Chapelle. Se prepara con unos días de retiro a su nueva misión. Luisa de Marillac procura prever lo necesario para el viaje, así como los medios de subsistencia en Sedan. La señora du­quesa ha prometido abonar con regularidad una retribución, además, María podrá continuar haciendo en Sedan lo que hacía en París aprovechando el tiempo que el servicio de los pobres le dejaba libre: trabajar para ganarse la vida.

Pero Luisa no puede desechar una gran preocupación. ¿No es una imprudencia dejar marchar sola a María? Puede ponerse enferma, encontrarse en el camino con malas personas. ¿No sería esto motivo para desanimarla, tan sola, lejos de París?… La Señorita propone a Vicente de Paúl darle una compañera:

«… Yo había pensado, Señor, si le parece a usted bien, darle por compañera a Sor Clara, la gruesa… Es de un carácter bastante dócil y creo que las dos estarán bien juntas. … La Hermana que le propongo para ir con María Joly sabe leer, y no así ésta. Podría llevar la escuela para las niñas pequeñas po­bres. Si su caridad pensase en otra, haga el favor de decírmelo para ver si hay medio de dar una compañera a nuestra buena Sor María.» (L. 36 bis, 9-2-1641.).

El Señor Vicente acepta la propuesta de Luisa de Marillac y unos días después marchan las dos Hermanas. Llevan una carta para la señora duquesa de Bouillon, car­ta escrita por Vicente de Paul pero leída y corregida por la Señorita. Para gastos de viaje y primeras necesidades, se les han entregado 20 escudos, y como quiera que los caminos no ofrecen mucha seguridad, ocultan cuidadosamente esa suma entre sus ropas.

Desde este momento, una correspondencia regular va a establecerse entre Se­dan y París:

«Aquí tiene una carta de nuestra buena Hermana de Sedan… Les he leído a nuestras Hermanas todo lo que podía servirles de estímulo al ver su ejem­plo.» (L. 67, 7-8-1641.)

Pero de esta correspondencia sólo un fragmento de una carta de María Joly ha llegado hasta nosotros. En dicha carta, del 22 de agosto de 1652, María hace la des­cripción de su vida en Sedan, región arruinada por varios años de guerra, múltiples in­vasiones y repetidos pillajes y saqueos.

«Y nosotras, gracias a Dios, tenemos cierto bienestar, porque hemos empe­zado una pequeña granja: tenemos tres vacas, gallinas y (con perdón) dos cerdos. Cuando he visto todas las pobres aldeas devastadas, he comprado todo esto porque el mayor consuelo que podemos tener es el de poder dar. Este dinero me ha venido por gracia de Dios y lo he empleado en esto para tratar de sustentar a los pobres; y mi Dios me conceda la gracia de no tener nunca dinero si quisiera hacer mal uso de él.» (Archivos H H. Caridad.)

María expresa también a Luisa de Marillac sus dificultades personales, las que le acarrea su carácter un tanto rudo.

«Dios mío, y ¡de qué me sirve estarme quejando siempre! Pero no puedo impedirme de hacerlo; mientras esté en el mundo, me estaré quejando. Dios mío, y una vez que lo he dicho todo, me consuelo al pensar que hay mucha gente que sufre más que nosotras.» (idem.)

Esas quejas y protestas reiteradas de María y sus reacciones vivas, no han facili­tado la relación con su compañera. Clara regresa a París. La sustituye Gilita, su propia hermana, ya que «solamente ella podía acomodarse con la manera de ser de Sor María…». (C. V, 259; Síg. V, 235.)

A pesar de ese difícil carácter suyo, la señora duquesa, los habitantes de Sedan y los pobres de las aldeas, aprecian los servicios prestados por Sor María. Pero tanto Vicente de Paul como la Señorita están preocupados por tenerla tanto tiempo lejos de París, de la Casa Madre. Es verdad que los Sacerdotes de la Misión, establecidos en Sedan en 1643, le aportan su ayuda espiritual.

Durante el largo período de la guerra, no había sido posible pensar en un cambio de destino para Sor María. Vuelta la paz, en 1654, se la llama a París, y la negativa que opone sorprende mucho a los Fundadores.

Una dura y larga tentación

María Joly lleva 13 años en Sedan. Le ha tocado vivir tiempos difíciles en los que se han sucedido pillajes, devastaciones, hambre, matanzas… causas de mucho sufri­miento para los Pobres.

En 1654, los Fundadores piensan en llamar a María a París. Luisa de Marillac le escribe en septiembre y queda sorprendida por la negativa de María a marchar de Sedan.

A su vez, el Señor Vicente expresa su asombro:

«La pequeña Compañía ha vivido hasta ahora con tanta sumisión, que no se ha visto nada semejante.» (Coste V, 207; Síg. V, 1 88.)

Y en la conferencia del 9 de octubre, habla del pecado de escándalo, insistiendo en la gravedad de este pecado cuando las que lo cometen son Hermanas antiguas, que llevan en la Compañía 10, 14 ó 15 años.

«iAh Salvador! ¡Cuánto mal hacen! iDe modo que son Hermanas que lle­van aquí tanto tiempo y, no obstante, son todavía tan inmortificadas! ¡Dios mío, qué desgracia podría ser suficiente para castigar a esas per­sonas que causan tales desórdenes…».

El Señor Vicente insiste con fuerza viendo en ello la ruina de la Compañía:

«… hacéis lo posible para que nadie quiera venir ya a la Compañía, para que tantas almas santas que hay en el mundo con deseos de entregarse al servicio de los Pobres, dejen de pensar en venir a esta Casa, por el mal olor que sale de ella; y si vienen, Dios permitirá en castigo de vues­tros escándalos que no sean Hermanas buenas para nada, y esta hermo­sa Compañía que Dios ha formado para Sí empezará a llenarse con no sé qué clase de personas que, en vez de obrar bien, lo estropearán todo, desedificarán al prójimo, tratarán mal a los Pobres y no se preocuparán de guardar las Reglas. Y al final, ¿qué pasará? Se derrumbará la Compa­ñía…» (Coste X, 23; Síg. IX/2, 673; Conf. esp. núm. 1216).

¿Habrá llegado el eco de esta conferencia a María? El caso es que reflexiona en la actitud que ha adoptado. Está pesarosa de no haber obedecido, pero no quiere de­jarlo ver ni desdecirse abiertamente. Y para salir de la situación, se le ocurre un expe­diente: proclama muy alto que irá a París si el mismo Señor Vicente se lo ordena.

Entonces, interviene el Señor Vicente. Con prudencia, envía la carta al Superior de los Sacerdotes de la Misión de Sedan:

«Le envío la carta que escribo a Sor María, abierta; usted hará el favor de cerrarla y se encargará de que se la entreguen; se las arreglará también usted, ya personalmente, ya por medio de quienes inspiren confianza a Sor María, para que regrese por la primera diligencia. Y como tiene un espíritu menos dócil y sumiso y un carácter difícil, es posible que no lo haga, de tal manera está apegada al lugar donde se encuentra…» (Cos­te V, 207; Síg. V, 188.)

Esta vez, María obedece con toda prontitud. Recoge sus cosas y llega a París ha­cia el 10 de noviembre. Se la acoge con alegría y con un suspiro de alivio.

Pero la pobre María tropieza con muchas dificultades «para acostumbrarse a las prácticas de la Casa» (Coste XIII, 725; Síg. X, 844). Por su espíritu desfilan sin cesar todos los pobres que ha dejado en Sedan; se pregunta qué hará su hermana sola. ¿Se le habrá ocurrido ir a visitar a aquel pobre hombre aislado? ¿Habrá llevado los huevos de las gallinas a los niños huérfanos que se mueren de hambre? ¿Se acordará de ha­cer la matanza del cerdo? iQué estará pensando la Señora Duquesa de Bouillon de su marcha!…

Y la tentación va en aumento, toma forma cada vez más clara. María no puede resistir. Es preciso que vuelva a Sedan; no tendría que haber marchado de allá para venirse a París. El lunes 16 de noviembre, coge sus bultos y sin decir nada a nadie, sale de la Casa Madre. Se dirige hacia la Plaza de la Grava. Allí tomará la diligen­cia de Sedán.

El aire es frío en este mes de noviembre y María va deprisa. Para ella no son pro­blema las calles de París: las conoce muy bien por haberlas recorrido muchas veces cuando, antaño, servía a los enfermos. De pronto, ve la iglesia de San Salvador. Y se acuerda de Margarita Naseau, tan buena, tan caritativa. ¿Qué diría Margarita si la vie­ra escaparse así?…

Ahora pasa delante de San Nicolás «de los Campos». La Señora Le Gras le contó una vez la Luz de Pentecostés que recibió en esta iglesia. María siente que el corazón se le salta del pecho. ¿Será posible que abandone esta Compañía a cuya fundación se ha visto asociada? Acelera el paso como para olvidar todo…

Y a lo lejos distingue ahora la aguja del campanario de San Pablo. iCuántos re­cuerdos! Los enfermos servidos en esta parroquia se agolpan a su mente. Le parece estar viendo el entusiasmo, el fervor con que entonces obraba, iqué feliz era sirviendo a los miembros de Jesucristo!

Llegada a la Plaza de la Grava, María se sienta y se pone a reflexionar, a ordenar la maraña de sus pensamientos. Está agotada… Pasan las horas y la llamada de Dios se hace cada vez más apremiante. Siente con tenacidad el deseo de volver a Sedan…, pero, poco a poco, va abriendo su corazón a la acción de la gracia y poco a poco tam­bién, van renaciendo en ella la paz y la serenidad. No, no se subirá a la diligencia de Sedan. Se levanta, echa su hatillo al hombro y empieza a recorrer a la inversa el camino que acaba de hacer.

Mientras tanto, en la Casa Madre reina la consternación. Las Hermanas que han visto salir a María se lo han avisado a la Señorita, quien participa su dolor al Señor Vi­cente:

«La buena Sor María de Sedan nos dejó ayer por la tarde sin decirnos adiós; se ha llevado su paquete… Quizá fuera fácil encontrarla en la dili­gencia, si a su caridad le pareciera bien que se mandara a alguien. Temo, sin embargo, que aun cuando fueran las Hermanas, no tengan bastante fuerza moral para detenerla.»

Y Luisa de Marillac se imagina ya a María de vuelta a Sedan queriéndose hacer cargo de nuevo de la dirección de la casa, o quién sabe si queriendo tomar en prove­cho suyo los bienes de la Comunidad. Insiste ante el Señor Vicente:

«… mi Muy Honorable Padre, pienso sería necesario escribir cuanto an­tes a Sedan para avisarles lo que tienen que hacer si se presenta en su antigua casa, porque temo que quiera ir a sacar provecho, vendiendo cuanto pueda para hacerse con una bonita cantidad» (Escr. Esp. C. 418 – nov. 1654.)

Ya de anochecido, alguien llama a la puerta de la casa del arrabal San Dionisio. La sorpresa de la portera es grande al encontrarse con María. Luisa la recibe emocio­nada.

Ya al día siguiente, María entra de ejercicios espirituales, con otras Hermanas. Si­gue luchando contra «su tentación». El Señor Vicente aprecia la intensidad del com­bate y avisa al Superior de los Sacerdotes de la Misión de Sedan, Juan Martin:

«María está al presente haciendo ejercicios. Pero como su espíritu es bastante ligero, se puede temer que la tentación de regresar a Sedan vuelva a apoderarse de ella» (Coste V, 224; Síg. V, 202).

Durante los ejercicios, María habla confiadamente con la Señorita. Se confiesa con el Señor Vicente y renueva su resolución de ser y morir Hija de la Caridad. El 28 de noviembre, el Señor Vicente escribe nuevamente a Juan Martin:

«Sor María está decidida por ahora a no pensar más en Sedan. No sé si se mantendrá firme en esta resolución. Le pido a Nuestro Señor que le conceda esta gracia» (Coste V, 234; Síg. V, 214).

En Sedan, a las Señoras de la Caridad no les ha gustado la marcha de María Joly. Sor Juana Cristina Prévost, que debe reemplazarla, no acaba de llegar porque se ha detenido en Montmirail a visitar a las Hermanas. Allí sigue sola Sor Gilita y no da abasto a todo.

Primero, la Señora de Chas y luego la Señorita de Santeuil escriben directamente a María. ¿Qué está haciendo en París? ¿Es forzosamente necesario que dependa del Señor Vicente y de la Señorita Le Gras? Ella puede servir perfectamente a los pobres fuera de la Compañía. Las Señoras se ofrecen a mantenerla si regresa a Sedan.

Tentación para María Joly y tentación de todos los tiempos: ¿Por qué atarse a la Compañía para servir a los pobres? ¿Por qué tener que vivir en comunidad para hacer ese servicio?

Luisa de Marillac ve la lucha de María. En diciembre, escribe al Señor Vicente:

«La Señora de Chas… no deja de apremiar…; sin embargo, Sor María se ha mantenido fiel…, aunque sigue teniendo el deseo de volver allá, pero trata de moderarlo…» (Esc. Esp. Carta 420 – dicbre. 1654).

El Señor Vicente está, pues, al corriente de la insistencia de las Señoras de la Ca­ridad; él mismo ha recibido una carta de la Señorita de Santeuil. Habla de ello con Juan Martin:

«La Señorita de Santeuil me ha escrito diciéndome que les volvamos a mandar a Sor María, pero no es conveniente. Es norma de esta Compa­ñía cambiar con frecuencia a las Hermanas, porque de lo contrario, se deterioran al apegarse demasiado a ciertos lugares y a ciertas personas» (Coste V, 244; Síg. V, 222.)

Unos días después, manda Juan Martin la carta destinada a la Señorita de San­teuil:

«Me extraña cómo esta buena Señorita entra en la pasión de María. Pienso que lo hace movida por su espíritu de compasión, pero en este caso sería mucho más perjudicial que provechoso para esta pobre Her­mana» (Coste V, 248; Síg. V, 225).

La intervención del Señor Vicente no logra calmar a las Señoras, que continúan insistiendo. La misma duquesa de Bouillon va a instar a María que vuelva a Sedan, y de nuevo tenemos a la pobre Hermana dividida entre dos sentimientos: mucho le debe a la Señora duquesa que tan buena ha sido con ella mientras ha estado en sus tierras; pero, por otra parte, no olvida aquel 29 de noviembre de 1633 en que se com­prometió con otras jóvenes a servir a Dios y a los pobres. ¿Podrá ser fiel a esa llama­da de Dios si abandona la Compañía? ¿Qué testimonio daría si volviera a Sedan a ser­vir a los pobres por su cuenta?

La lucha es áspera, dura, dolorosa, a veces traidora… En mayo de 1655, acaba con la resistencia física de María, que cae enferma. Luisa la encomienda a las oracio­nes de Bárbara Angiboust:

«Tenemos aquí a Sor María Joly gravemente enferma; la encomiendo a sus oraciones» (Esc. Esp. C. 436 – 30-5-1 655).

En el Consejo de la Compañía del 27 de julio de 1656, se estudia detenidamente el caso de María Joly. Es posible que al salir de su larga enfermedad, María pidiera perdón de su falta, del escándalo dado y expresara su deseo de renovar su entrega a Dios, segura de obtener el perdón de los Fundadores y de la Compañía.

Reconciliada con Dios y consigo misma, María vuelve a su primer fervor; por su fidelidad a las Reglas, por su obediencia a los Superiores, quiere hacer olvidar los años tormentosos.

Una Hermana mayor (de la 4. edad), después de haber meditado la vida de Ma­ría Joly, escribía, en julio de 1984, a sus compañeras jóvenes, de Suiza:

«Las buenas, generosas y sinceras disposiciones de los comienzos no impiden a nuestra naturaleza hacerse presente al galope. Todas tenemos experiencia de ello.

Adaptarse, aceptar los acontecimientos, las dificultades, los cambios de destino, los deseos de los Superiores, no supone perder la propia personalidad. Ser veraz, es ser una misma, sin «maquillaje», con las propias cualidades y los propios defectos. Es un consuelo para nosotras contemplar así a nuestras primeras Hermanas. La voca­ción no hace de nosotras seres excepcionales. Al igual que a nuestras primeras Her­manas, lo que nos transforma poco a poco es nuestro acercamiento a Dios. La voca­ción requiere una respuesta constante a una constante llamada. Dios es fiel» («Le Lien» -boletín de la Provincia de Suiza).

La erección de la Compañía

Dios había escogido a María Joly como una de las primeras piedras de la Compa­ñía. Y le iba a conceder el gozo de hallarse presente en otros acontecimientos impor­tantes de la vida de dicha Compañía.

El 18 de enero de 1655, el Cardenal de Retz firmaba en Roma la aprobación de la Compañía de las Hijas de la Caridad. El 8 de agosto siguiente, el Señor Vicente reu­nía en la Casa Madre a las Hermanas de París. Ante las 41 que están presentes, lee emocionado el acta de aprobación. Luisa de Marillac escucha con júbilo y gran alivio la última parte:

«… por las presentes le (a Vicente de Paul) confiamos y encomendamos el gobierno y dirección de dicha Sociedad y Cofradía, mientras él viva, y después de su muerte, a sus sucesores (en el cargo de) superiores ge­nerales de dicha Congregación de la Misión» (Coste XIII, 572; Síg. X, 713).

En 1645, cuando se hizo la primera petición de aprobación, el Señor Vicente no se había atrevido a pedir para sus sucesores la dirección de la Compañía, que había quedado colocada bajo la dependencia del Arzobispo de París. Pero Luisa de Marillac no había dejado de insistir para que la cosa se hiciera. Habiéndose perdido la primera aprobación (no se sabe por quién ni cómo) Luisa de Marillac pudo por fin conseguir lo que se presentaba a su espíritu como una necesidad para el futuro de la Compañía.

Después de la lectura del acta de aprobación y de las Reglas, el Señor Vicente procedió on solemnidad a la erección oficial de la Compañía (cosa que hasta enton­ces no se había hecho).

En un gran pergamino, se expone brevemente el origen de la Compañía, 25 años antes, su reconocimiento por el Arzobispo de París, su extensión en el Reino de Fran­cia y en Polonia. El Señor Vicente hace uso de su poder para nombrar Superiora Ge­neral —Señorita Le Gras— y tres Oficiales (o Consejeras): Juliana Loret, Asistenta; Maturina Guérin, Tesorera; Juana Gressier, Despensera.

A continuación, cada una de las Hermanas presentes se acerca a estampar su fir­ma en el pergamino. Tímidamente, María Joly llega la duodécima. Empieza a escribir: M… Pero su mano tiembla: si hubiera cedido a la tentación, no se encontraría ahí en ese momento. Emocionada, no es capaz de dominar la pluma y echa un gran borrón de tinta. No obstante, se serena y con ancha caligrafía firma su nombre.

Las que no saben escribir, firman con una cruz, junto a la cual la secretaria escri­be su nombre. El Señor Vicente, en su humildad, ha tenido empeño en firmar el últi­mo. A las firmas de las presentes siguen los nombres de las ausentes, que se inscri­ben como para manifestar que, de corazón, ellas también firman el acta de erección. Es ésta la primera relación oficial de miembros de la Compañía. Pero la memoria les ha fallado un poco a las secretarias: se pueden constatar numerosos olvidos, tales como Juana Delacroix y su hermana Renata, Francisca Manceau, que había de morir víctima de su abnegación en Calais en 1658; María Gaudoin, que estaba en Los Alluets, etc. A los 101 nombres inscritos habría que añadir unos 25 ó 30 más.

Con mucho fervor se une María Joly a la súplica final que hace el Señor Vicente, pidiendo a Dios y a la Santísima Virgen la perseverancia para todas las presentes y las ausentes.

La recopilación y redacción definitiva de las Reglas en 1672

María Joly queda destinada en París. Esto le proporciona la alegría de poder asis­tir a las Conferencias del Señor Vicente. El 27 de abril de 1659, puede dar su testi­monio acerca de Bárbara Angiboust, fallecida unos meses antes.

«Padre, yo estoy desde el comienzo del establecimiento de la Compañía (es decir: la conocí desde que ingresó). Lo que he podido advertir en ella es que evitaba el trato con los hombres y que era muy alegre…» (Cos­te X, 647; Conf. esp. núm. 2247).

En 1660, comparte la inmensa pena de todas las Hermanas: la pequeña Compa­ñía ve desaparecer sucesivamente al Señor Portail, a la Señorita Le Gras y al Señor Vicente.

Margarita Chétif pasa a ser Superiora General y el Señor Alméras ha sido el de­signado por el mismo Señor Vicente para sucederle. El primer cometido que se im­pondrá será el de conseguir de la Santa Sede la aprobación de la Compañía. El docu­mento se firma el 8 de junio de 1668, durante el Pontificado de Clemente IX.

Su segundo cometido, se lo pide la nueva Superiora General, Maturina Guérin. Esta quiere poner remedio a un «pequeño desorden». Es que las Hermanas han toma­do la costumbre de copiar por su cuenta párrafos de las Reglas Comunes, de tal suer­te que numerosos textos incompletos y desordenados circulan y se van multiplicando. Maturina Guérin ruega al Señor Alméras que prepare un texto oficial. El Director, Se­ñor Fournier, investiga los escritos del Señor Vicente, de Luisa de Marillac, confronta las diversas copias. Con toda fidelidad, recoge todo y clasifica en capítulos los diferen­tes artículos.

El 5 de agosto de 1672, el texto de las Reglas Comunes y Particulares está listo y es aprobado por el Superior General, P. Renato Alméras, y sellado con su sello. Treinta y ocho Hermanas avalarán con su firma este acto. Entre ellas se halla presen­te María Joly, que a la sazón es la Hermana Sirviente en la Parroquia de Santiago del Paso Alto, en París.

Son esas Reglas las que durante casi 300 años, todas las Hijas de la Caridad han leído el 25 de cada mes.

María Joly, testigo de todos estos acontecimientos fundacionales de la Compa­ñía, tiene ahora cerca de 70 años, edad muy avanzada para aquella época. Sus fuer­zas van declinando poco a poco, y el 3 de abril de 1675, marcha al encuentro de Aquel a quien ha amado y servido en los pobres, con el sudor de su frente y el esfuer­zo de sus brazos.

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