En la Conferencia que se celebró sobre las virtudes de Juliana Loret, Maturina Guérin habló de ella con mucho afecto:
«Todas las Hermanas manifestaban mucho respeto y amistad a Sor Juliana, quien, por su parte, tenía mucha bondad, caridad y tolerancia con todas nosotras… Era un espíritu tan recto, equilibrado y bondadoso como se pueda desear.»
Maturina Guérin convivió frecuentemente con Juliana Loret. El testimonio que da de ella, brota por lo tanto de la vida. Su primer encuentro tuvo lugar en octubre de 1648, cuando Maturina, desde su lejana Bretaña llega a la Casa Madre de las Hijas de la Caridad:
«Juliana Loret era entonces Asistenta en la Casa Madre y era olla quien dirigía a toda la Compañía porque la Señorita (enferma) no podía asistir a ningún ejercicio.»
Juliana Loret estaba también encargada de la formación de las Hermanas jóvenes que por aquel entonces no estaban separadas de las antiguas. La decisión de dedicar una Hermana a la «dirección de las recién llegadas» se había tomado en el Consejo del 30 de octubre de 1647.
«Es cosa de gran importancia para el bien de la Compañía… ¿En quién ha puesto usted los ojos, Señorita? pregunta el Señor Vicente. La Señorita le hizo recordar que se había pensado sería Sor Juliana Loret» (C. XIII, 658; Sig. X, 787.)
Fue, pues, una Hermana joven la que escogieron los Fundadores para tal menester. Juliana tiene 25 años y lleva 3 en la Compañía. La Señorita ha podido descubrir pronto en ella cualidades excepcionales, «una gran alma en un cuerpo pequeño».
Juliana había nacido en París, en la feligresía de Santiago «del Paso Alto». Fue bautizada el 7 de octubre de 1622. Perdió a su padre y a su madre siendo muy niña todavía. Entonces, el matrimonio de La Fosse la recogió, dándole una educación profundamente cristiana. Pronto iba a descubrir la joven la caridad del Señor Vicente. Cuando Juliana tenía 18 años, Jacques de La Fosse, a quien consideraba como a su hermano, entró en la Congregación de la Misión. También ella oyó la llamada de Dios, y el 9 de junio de 1644, pedía su admisión en la Compañía de las Hijas de la Caridad.
La Señorita Le Gras le confía en seguida algunas responsabilidades. Su buena cultura general le permite desempeñar la función de Secretaria, con cargo de redactar la correspondencia y tomar apuntes de las Conferencias del Señor Vicente para reconstituirlas después.
Asistenta de la Señorita Le Gras.
Luisa de Marillac que había podido apreciar su prudencia, su sencillez, su buen juicio, la nombra, ya en 1646, su Asistenta.
Su tarea consiste en ayudar a Luisa de Marillac y descargarla, en la dirección, de los asuntos de menos importancia de la Casa. Esa tarea queda explicada en el reglamento de la Casa Madre:
«… debe ejercer su cargo con sumisión a su Superiora, no hacer nada sin comunicárselo ni mandar hacer lo que piensa que ella no permitiría…
Tratará de dar en todo buen ejemplo a la Comunidad por su modestia, observancia y caridad, y su recogimiento será la señal de la presencia de Dios (en la que vive).
No se cansará de advertir a las Hermanas sus faltas y lo que tengan que hacer, convencida de que para destruir una costumbre e implantar otra. son necesarios muchos actos reiterados…» (Esc. A. 91 bis).
Juliana cumple con mucha caridad y prudencia su función de Asistenta. Toma parte en los primeros Consejos de la Compañía, da su opinión acerca de las admisiones y destinos de las Hermanas. Da cuenta de la vida de la Casa Madre a la Señorita cuando ésta se ausenta para visitar alguna de las casas. Sirve entonces de enlace con el Señor Vicente.
Pero la salud de Juliana es deficiente. En 1651, se ve la necesidad de sacarla de París y mandarla a respirar el aire del campo. La casa de Chars necesita «una Hermana inteligente y de gran prudencia», porque el nuevo Cura se ha dejado ganar por las ideas jansenistas y han empezado a surgir conflictos entre él y las Hermanas a propósito de la confesión. La elección del Consejo recae, sin vacilación, en Juliana Loret.
Hermana Sirviente en Chars
Al día siguiente del Consejo, sin más esperar, marcha Juliana. Como no tolera la carroza ni la carreta, hace le viaje a pie: unos 100 kilómetros. Apenas llegada, escribe a Luisa de Marillac. Y a partir de ese momento, el correo entre Chars y París será frecuente.
Juliana va explicando las dificultades que se presentan con el Señor Cura, con el Coadjutor, y las iniciativas que ella toma. Luisa de Marillac aconseja, recuerda las exigencias de la vocación, tan distintas de las de la vida religiosa.
Juliana, quizá siguiendo sugerencias del Señor Cura, tiene la ocurrencia de tocar las campanas para los ejercicios de Comunidad. No sin cierto gracejo, Luisa contesta a esta iniciativa:
«Creía haberle comunicado con toda claridad que el Señor Vicente me había dicho tenía usted que dejar de tocar (la campana) para sus ejercicios, por varias razones que serían muy largas de exponer y que no es necesario, sobre todo a usted que sabe lo que es la obediencia…
… en las aldeas es imposible que dos Hermanas se encuentren juntas para hacer los ejercicios, y que una sola pueda estar siempre con regularidad, también es difícil; pero aunque así fuera, dígame usted para que tocaría la Hermana si no llamaba a nadie. ¿No es esto ‘tocar la trompeta’ sobre su acción, siendo así que Nuestro Señor nos enseña a hacerla en secreto, cuando se trata sólo de nuestro interés particular?…» (Esc. L. 324 — 1.09.1651).
Juliana comunica también su vida espiritual y confía sus dificultades. Luisa de Marillac la alienta:
«Le ruego recuerde, querida Hermana, que cuanto más nos faltan la asistencia y consolación humanas, tanto más las divinas abundan en las almas que a ellas se confían y abandonan, como creo que usted ha hecho y hace todos los días…» (Esc., L. 327 19.09.1651).
El correo abunda en consejos prácticos. Así, Luisa le explica cómo conservar la fruta o preparar el bacalao. Sabe que Juliana es parisina y que no ha recibido una educación rural.
«… También le mandaremos un bacalao, que hay que lavarlo bien y rasparlo y luego ponerlo a secar, después se corta en trozos que, a medida que se vayan a utilizar, se ponen en remojo. El agua en que se lava el bacalao es inuy buena para la colada». (Esc. L.397 13.02.1654).
Las habilidades de Juliana van poniéndose en evidencia. Resulta que es una excelente repostera. Las Hermanas de la Casa Madre y especialmente las enfermas, aprecian mucho sus pasteles y tartas. Pero en una fiesta de Reyes, Luisa le advierte:
«… ustedes han hecho lo que no han visto hacer aquí; les ruego tengan cuidado en guardarse de novedades, cosa peligrosa en las Compañías…» (Esc. L. 339 7.01.1652).
Cuando Juliana envía a París unas hermosas manzanas, Luisa, al darle las gracias, añade:
«… admiro su hermosa fruta; pero, querida Hermana, no vaya usted a perjudicar a sus pobres, se lo pido por favor; mire siempre antes de nada sus necesidades para darles lo mejor que tenga, porque les pertenece…» (Esc. L. 331 — 10.1651).
Estos pequeños excesos no hacen menguar para nada la confianza que Luisa de Marillac tiene depositada en Juliana Loret. Le envía Hermanas jóvenes: Micaela, Felipa, María… pidiéndole continúe su formación «en todas las máximas de las verdaderas Hijas de la Caridad».
Gracias a la prudencia y tacto de Juliana, la situación mejora en Chars. En enero de 1653, los Fundadores la llaman a París.
Hermana Sirviente en Fontenay-aux-Roses.
En 1654, encontramos de nuevo a Juliana en el campo, en Fontenay aux Roses, al sur de París. De nuevo también, empieza a funcionar el correo entre la Señorita y ella. En Fontenay, las dificultades son con el cirujano, que sin duda tiene celos de la habilidad de las Hermanas. Juliana Loret es, en efecto, una excelente enfermera. Sabe hacer composiciones de remedios, tiene muy buena mano para curar las llagas, aun las más repugnantes con las que los cirujanos no se atreven. Sabe sangrar perfecta mente. En una carta, Luisa de Marillac le recomienda prudencia con el cirujano:
«… evite, todo lo posible, ir a donde pueda ser él llamado…» (Esc. L. 413 08.1654).
Hasta nosotros ha llegado una carta dirigida por Juliana Loret a Luisa de Marillac. Juliana se ha enterado de que la Señorita iba a Champlan a ver a la familia de su señora y le escribe:
«Le comunico que de aquí a Champlan no hay más que una legua, y que sería una lástima que viniese usted tan cerca y no recibiéramos nosotras el beneficio de verla»…
Las Hermanas desean y les gusta ver a la Señorita, cuya visita es siempre para ellas una gran alegría.
Agosto de 1655: nuevo mandato de Asistenta.
En el momento de proceder a la erección oficial de la Compañía, el 8 de agosto de 1655, el Señor Vicente nombra como primera Asistenta a Juliana Loret. En la Casa Madre volverá a encontrarse con Maturina Guérin, nombrada a su vez Tesorera.
Así es que Juliana regresa a París y vuelve a tomar las funciones de Asistenta que ya había desempeñado durante varios años.
En el Reglamento de la Casa Madre leemos:
«La primera Asistenta, lo mismo que las demás Ofícialas, aceptarán la elección que se haya hecho de ellas sin oponer palabras de excusa y menos de negativa, sino humillándose ante las demás con el temor de no saber cumplir debidamente sus obligaciones, pero con la confianza de que Dios la ayudará a hacer lo que por sí misma no podría…» (Esc. esp. Aut. 91 bis).
A principios del año 1660, Luisa de Marillac cae gravemente enferma. Juliana sigue por entonces dirigiendo la Comunidad. Y asiste, juntamente con Sor Francisca Paula y Sor Bárbara Bailly, a la muerte de la Señorita.
«Nuestra querida Sor Juliana Loret tomó nota y recogió los recuerdos de todo lo que ocurrió en aquella santa muerte», puntualiza Maturina Guérin.
Por lo tanto, gracias a Sor Juliana Loret se nos han conservado las últimas palabras de Luisa de Marillac, ese testamento espiritual que resume el pensamiento de la Fundadora de la Compañía de las Hijas de la Caridad:
«Mis queridas Hermanas, sigo pidiendo para ustedes a Dios su bendición y le ruego les conceda la gracia de perseverar en su vocación para que puedan servirle en la forma que El pide de ustedes. Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras, para imitar la unión y la lada Nuestro Señor. Pidan mucho a la Santísima Virgen que sea Ella su única Madre.»
Juliana Loret siguió como Asistenta durante el primer trienio del generalato de Margarita Chétif.
1663: El Seminario.
«En 1663 —explica Maturina Guérin— se empezó a establecer el Seminario, y de él estuvo encargada Sor Juliana Loret durante algún tiempo».
Se refiere, sin duda, a que el Seminario empezará a estar separado del resto de los oficios de la Casa Madre. Probablemente releyera con tal motivo Juliana el Acta del Consejo de 1647 (30 de octubre) en que se la designó por primera vez para ocuparse de las «recién llegadas», habiendo insistido el Señor Vicente en lo que era la formación:
«Se trata de formar jóvenes que puedan servir a Dios en la Compañía… de darles sólidos principios de virtud, de enseñarles la sumisión, la mortificación, la humildad, la práctica de sus reglas y de todas las virtudes» (C.XII1, 658; Sig. X, 787).
Hospital de Fontainebleau.
Juliana Loret fue nombrada después Hermana Sirviente del Hospital de Fontainebleau. Allí puso por obra todas las cualidades de que Dios la había dotado para el servicio a los pobres.
«En toda su conducta, no miraba más que la gloria de Dios. Su mayor gozo era agradarle únicamente a El. También se la veía siempre muy ro cogida y modesta…» dice su Nota biográfica.
Tuvo grande y benéfica influencia en el hospital, en la parroquia. Se acudía a ella para consultarle toda clase de asuntos, tanto materiales como espirituales ludo el mundo tenía puesta en ella su confianza.
La estancia en Fontainebleau se vio interrumpida por un nuevo trienio como Asistenta, de 1673 a 1676, durante el generalato de Sor Nicolasa Haran.
De nuevo en Fontainebleau, Juliana Loret reanudó su actividad caritativa y llena de mansedumbre junto a los Pobres y con las Hermanas.
Pero una prueba iba a presentarse para configurarla más completamente con Nuestro Señor humillado y despreciado. En la Comunidad de Fontainebleau había Hermanas de carácter difícil y descontentadizo. Una de ellas se quejó en la Casa Madre de Sor Juliana, sin duda hablando mal de ella. Y Dios permitió que, como consecuencia, quedara relevada Sor Juliana de su cargo de Hermana Sirviente. Esto ocurrió durante el generalato de Sor María Moreau (1691-1694). Tenía entonces Sor Juliana 70 años. Siguió en el Hospital de Fontainebleau como Compañera. En los Ejercicios Espirituales de 1694, Juliana anotó sus resoluciones:
«Sumisión y obediencia a la Hermana Sirviente… Sofocar los movimientos contrarios a esta virtud, y dar muestras exteriormente de una gran sumisión y deferencia».
Durante los últimos años de su vida, Juliana vivirá esta dependencia a través de mil y mil actos de humildad y de conformidad con la voluntad de Dios.
El 9 de agosto de 1699, Juliana va al encuentro de su Señor, a quien tanto ha amado y servido en los pobres. En su nota biográfica leemos:
«Se durmió en los brazos del Señor».







