Sor Clotilde Durand (1888-1978)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Sor Vincent · Año publicación original: 1979 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1979.
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biografias_hijas_caridad¿No recordáis las virtudes que resplandecieron en nuestras amadas Hermanas difuntas? ¡Di­chosas ellas! ¡Qué ardiente amor de Dios y qué deseo de servir al prójimo!21 de julio de 1658. S. Vicente de Paúl.1892.—El capitán Durand, director de la Escuela militar infantil Heriot, en la Boissiére (Seine-et-Oise) se presenta a decir adiós a la Superiora que, con nueve compañeras rodea de cuidados maternales a los «niños de tropa», niños de cinco a trece años, huérfanos o casos sociales del ejército. Eran entonces 138 «educados en el culto del honor y de la patria» por un cuadro escogido de oficiales, suboficiales, soldados, profesores y… ¡las Hermanas! El capitán Durand tiene en este momento tres hijas: Clotilde y las dos ge­melas que la siguen inmediatamente. De pronto, en el curso de la conver­sación, la Superiora pregunta: «¿No vendrá Clotilde a ayudarnos más ade­lante?» Y la respuesta surge perentoria: «¡Jamás! Una de las gemelas… podría ser…».

Y sin embargo, veinticinco años más tarde, Clotilde entra en el Semina­rio, el 29 de mayo de 1913. Obligada a salir por motivos de salud, vuelve a entrar el 24 de septiembre de 1917. Alegría suprema para ella: el día de su toma de hábito, excepcionalmente, el coronel Durand comulgó al lado de su hija… expresando así su vuelta a Dios, objeto de oraciones y sacri­ficios desde hacía muchos años.

Sor Durand sigue en seguida el camino normal de las Hijas de la Ca­ridad: enviada a una fundación en Poitiers conoce los duros comienzos de esta situación que, por otra parte, sólo fue provisional. Cinco años en el Havre, cinco años en Grif fon (Rennes) donde quedará después seis años como Hermana Sirviente de la Parroquia de San Luis en Versalles. Dentro de su vida encontramos dos etapas principales: diecinueve años en el Viet­nam y dieciséis en Mónaco antes de un retiro bien merecido, primero en el Principado y luego en la enfermería de la Casa Madre de 1976 a 1978.

 

En Vietnam

Antes de reemprender la historia personal de Sor Durand, conviene tra­zar a grandes rasgos la historia de este país y la implantación en él de la pequeña Compañía en la que se inscribe la propia vida de Sor Durand.

El año 111 antes de Jesucristo, dominación china durante diez siglos.

1627: llegada a Tonkin del P. Alejandro de Rhodes, s. j. doce años des­pués de los primeros misioneros. El P. Alejandro aprendió perfectamente la lengua y lanzó el Quoc-Ngu (el alfabeto actual derivado del latín).

1803: Unificación del país por el emperador Gialong.

1825 a 1862: Martirio de más de 100.000 vietnamitas que no quisieron apostatar. Intervención de las potencias occidentales.

1883: el Vietnam se convierte en colonia francesa. 1940: ocupación del territorio por el Japón hasta 1945.

1945: se firman los acuerdos de Ginebra. El paralelo 17 delimita el Norte y el Sur.

En esta época Sor Durand fue llamada a Francia: Volvemos, pues, a la historia anterior de la Pequeña Compañía.

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Implantación de la Pequeña Compañía en Vietnam (antes Indochina)

El 14 de diciembre de 1928, bajo el generalato de la Madre Lebrun, lle­gan tres Hermanas a Giadinh:

Sor Sempé. Sor Cote.

Sor Legoux.

Una Hermana china, Sor Ma, se les une poco después.

Después, en Thu-Duc, con Sor Charles comienza a funcionar una casa de Caridad: orfanato, ancianos y una Sección para promocionar a jóvenes vietnamitas. Provisionalmente será también la Casa provincial. En seguida se abren otros dos centros sociales.

Sor Lepicard llegó en 1932, pero estaba completamente agotada y vol­vería a Francia el 7 de diciembre de 1934.

Los Superiores se preguntan entonces si la Fundación debía subsistir o no. En una reunión de Hermanas Sirvientes, Nuestra Madre Chaplain pre­guntó si alguna de ellas se ofrecía para tratar de mantener aún la funda­ción.

Sor Durand sintió entonces una llamada interior para ponerse a dis­posición de los Superiores para esta obra, pero según manifestó al P. Cazot, Director General, la detenía la perspectiva de ir como «responsable»: «pero si el ser Visitadora allí no tiene importancia en modo alguno. No hay más que cuatro casas… rece todavía, reflexione y vea a nuestra Madre». Estaban en la primera quincena de agosto. Los días 13, 14 y 15, Sor Durand continuó rezando y la llamada persistía: fue entonces a ver a nuestra Madre que ac­cedió con la condición de una previa revisión médica. Como el resultado fue bueno se apresuraron los preparativos. Sor Durand dijo adiós a la Parro­quia de San Luis, de Versalles, y se embarcó el 4 de septiembre de 1935 para llegar el 30 del mismo mes a Saigón.

La Provincia contaba entonces con: cuatro Hermanas vietnamitas, una hermana china, dos españolas, una italiana, diez francesas y ella misma fue la decimonovena.

Viendo el desastroso estado de salud de sus compañeras, agotadas por cl calor y el intenso trabajo, desde el mes de octubre, Sor Durand parte para Dalat, a 300 kilómetros (más de mil metros de altitud), en busca de un clima más sano donde pudieran al menos rehacer sus fuerzas. El Residente les cedió un terreno, como una colina redondeada, completamente desnudo y que se les cedió por una piastra, la piastra simbólica. Allí se construyó el pabellón San Vicente: Se nombra «responsable» a Sor Gibbert y se ponen en marcha dos Dispensarios.

En Thu-Duc, una ruda prueba: la Directora del Seminario naciente, Sor Girodon, cae enferma. Sor Angeniol la reemplaza durante algunos meses, en espera de la Hermana anunciada para el cargo: Sor Sirjacq. Esta tomó a su cargo la dirección de las Hermanas en 1936.

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Pero en 1939 llega la guerra y se terminan los contactos con la Casa Madre. Sor Durand tiene en caja 45 piastras y una gran confianza en la Providencia.

Sin embargo, en 1940 se esperan cuatro Hermanas. Estas encuentran cerrado el Canal de Suez. Intentan dar la vuelta a África y llegan justamente al bombardeo de Dakar. Allí se ocupan del cuidado de los heridos con tanto éxito que todo el mundo quiere que se queden. Pero Sor Durand telegrafía: «Prosigan inmediatamente viaje a Indochina». Y emprendieron la ruta por Diego Suárez.

En 1940, el 15 de marzo, Sor Sirjacq cae enferma con más de 40° de fiebre, atacada por una espiroquitosis íctero-hemorrágica… Dos días des­pués cae Sor Gaillard, que era la que la cuidaba. Están tan mal que se les administra la Extremaunción. «No puede usted morirse», suplica Sor Sem­pé; mientras el interno dice a Sor Sirjacq: Usted nos envía el Espíritu Santo para los demás, Hermana» y ésta conservando su sangre fría le dice: «Lo último que muere es la malicia…». Las dos «administradas» sobreviven, pero tan débiles que Sor Camila Guerín tiene que encargarse del Seminario interinamente. Se toma la decisión de enviar a las Hermanas del Seminario, hasta entonces en Saigón, a Dalat. Nueva recaída grave de Sor Sirjacq, que aunque con pocas fuerzas vuelve a emprender valerosamente sus funciones.

En 1941, apertura de la Casa Provincial, el Dominio de María.

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Los acontecimientos externos prosiguen en torno a las Hermanas, origi­nando dramas de conciencia que, muchas veces, se confían a Sor Durand que ha sabido ganarse la confianza de todos: ni siquiera los dirigentes ven con claridad dónde está su deber: ¿disidencia o afirmación? Hasta que llega la ocupación japonesa: oficiales y soldados se muestran correctísimos con las Hermanas y con los enfermos, a quienes cuidan. Pero se vive en un peligro continuo que se ve acrecentado por la guerra de independencia del país y sus múltiples guerrillas.

Y sin embargo las Obras continúan desarrollándose. Se aumentan los anejos de la Casa Provincial. En 1938 se habían abierto dos leproserías: las de Djiring y de Kontun. Hay flujo y reflujo en las obras. La misma Sor Du­rand presenta en 1947 un interesante informe:

«Excepto algunos días, en Giadinh (a 3 kms. de Saigón) nuestras her­manas anamitas pudieron quedarse hasta 1945 (pese a la ausencia obliga­toria de su Hermana Sirviente por mandato del médico-jefe anamita) no cediendo a ninguna orden y añadiendo a su trabajo el de arriesgar su vida tratando de llevar alimentos a nuestras Hermanas de Saigón…

Actualmente en el Hospital se han instado otros servicios: por un lado, los militares, por otro los vietnamitas de los que se siguen encargando nues­tras Hermanas, mientras que las enfermeras militares cuidan a los prime­ros. Pero cuando alguno de éstos necesita cuidados especiales se recurre a las Hermanas; y lo mismo cuando se acercan los últimos momentos.

El centro de juventud anexo a la casa no ha vuelto a abrir sus puertas a causa del peligro, porque se vive en un clima de guerrillas… Todos los días llegan al Hospital nuevos muertos y heridos. Pero Dios debe sacar bien del mal y ¡cuántos deberán a esas dolorosas circunstancias su salvación eterna!

Sin salir de Cochinchina, a 13 kms. de Saigón y a 10 de Giadinh, se en­cuentra la Casa de Caridad de Thuduc, antigua Casa Provincial, lugar toda­vía peligroso donde no se puede ir sino en convoy armado. Como en Giadinh, durante toda la noche suenan los cañones y las ametralladoras.

Nuestras Hermanas han vivido allí tiempos tan duros que casi se han acostumbrado a ellos y han permanecido en la Casa con sus ciento cincuenta niños y sus ancianos… La estupefacción de los ingleses fue muy grande al encontrar allí, en aquel rincón tan aislado a Hermanas francesas: unidas en un mismo espíritu y un mismo corazón con sus hermanas vietnamitas, se han mostrada en todo momento como animosas hijas de San Vicente.

Sus obras van renaciendo con gran empuje: clases, talleres de punto, te­lares, encuadernación, bordados… Es la casa de la alegría en el trabajo. Al lado de los huérfanos se hacen notar las pobres jóvenes enviadas por los tribunales, en este ambiente disciplinado y feliz. Son numerosos los bau­tismos, las primeras comuniones y los matrimonios cristianos.

Los ancianos vietnamitas, tan felices de acabar sus días con nuestras Hermanas, han tenido que dejar parte de sus locales a los heridos y enfer­mos que tienen allí un Centro de convalecencia…

Estamos ahora en Saigón, capital de Cochinchina. Se podría llamar a esta casa la «casa de las vicisitudes». Desde su fundación en 1933, éstas han sido particularmente numerosas y no ha sido una de las menores los suce­sivos desplazamientos del Centro de Obras.

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Al dispensario de la Cruz Roja para niños (unos 500 cada día) y al dis­pensario antituberculoso (cien enfermos por lo menos) ha venido a unirse la Escuela de Enfermeras que prepara ahora para el Título del Estado y forma auxiliares médico-sociales de la Cruz Roja, del Ejército, del Servicio Social Federal, del Servicio Social del Gobierno anamita de Cochinchina.

En los antiguos locales del Centro de Juventudes, que contaba con más de cien jóvenes amonitas, se ha instalado un centro de convalecencia para los soldados y las obras de la Cruz Roja se han reunido allí.

También funciona a plena satisfacción de las mamás, una consulta de puericultura para niños franceses, así como una Gota de leche para niños anamistas, junto al Dispensario.

La visita de pobres en las chozas quedó interrumpida por «orden supe­rior» desde hace poco, porque el peligro era verdaderamente grande, pero se ha reemplazado por la visita a los hospitales chinos de Cholón donde los enfermos se amontonan.

 

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Nuestras Hermanas no han podido volver al hospital psiquiátrico de Bienhoa que acogía novecientos enfermos. Fueron arrojadas a la calle cuando los acontecimientos de 1945; jornada dolorosa, precio del bien efectuado, de los robos que impidieron, de la disciplina que restauraron.

Pasamos a Annam; Nhatrang ha vivido horas especialmente trágicas; des­pués de haber reunido una cincuentena de franceses y una decena de mi­neros, todos fueron perseguidos y amenazados. Por fin volvieron a reagru­parse en la Casa de Caridad donde permanecieron mientras duró la tormenta. Hoy la Casa está más viva que nunca y resulta demasiado pequeña para acoger a los enfermos anamitas expulsados por la incautación del Hospital para he­ridos. Las clases se han convertido en «el hospital de las Hermanas», asilo de todos los dolores: ¡70 camas para 120 ó 130 enfermos y algunos heridos y enfermos a la vez! Tanto a los heridos de un bando como a los del otro se les atiende de todo corazón cualquiera que sea el nombre del mal por el que se ven atacados: cólera, viruela, lepra e incluso la peste. Allí trabaja Sor Sempé (la colonia de la Misión llevaba allí 20 años ininterrumpidos) con el celo y el ardor de una joven misionera, cuando sólo tenía ya un soplo de vida!

Más lejos a 200 Kms. se encuentra Quinhon: clases, dispensario, cunas, pequeño internado donde Sor Angéniol y su joven compañera fueron arro­jadas de la Obra al mismo tiempo que los demás misioneros: Monseñor Piquet, las Franciscanas Misioneras de María y las de la Leprosería, las Her­manas de San Pablo de Chartres… Se dice que la ciudad está minada, des­truida… ¡qué importa! Se empezará de nuevo. Las pérdidas materiales no son gran cosa… y hay tantas almas que esperan la salvación. Monseñor Pi­quet quiere llevar con él a las Hermanas en cuanto pueda volver. Dios sabe, sin embargo cuánto han tenido que sufrir todos allí, y por parte de los suyos, de aquellos por quienes todos se abnegaban.

¡Doscientos kilómetros todavía! Un gran desfiladero que atravesar; 62 ki­lómetros de vueltas y revueltas… la selva, el bosque… y subimos a Kontum donde nuestras Hermanas han vuelto después de la evacuación forzosa. La calma reina ahora; es el país de los Mois. Sobre los que hay varias opiniones: unos creen que son los autóctonos, otros creen que vinieron de la Malasia.

Más altos y más fuertes que los anamitas, no tienen ya su antigua civili­zación. Desprovistos de toda cultura son capaces, sin embargo, de una gran asimilación. Esta Misión ha «devorado» a los misioneros (en el auténtico sentido de la palabra, hace ya veinticuatro años)… Existe hoy allí un gran fervor: ¡Sangre de mártires, semilla de cristianos!

Nuestras hermanas se han encargado del Hospital que acoge a los Ana- mistas, a los Mois y a los soldados. Bajo la protección de la blanca corneta, ha brotado también un granito de mostaza. Una pequeña congregación de religiosas Banhare (tribu de los mois de Kontum) llamada «Hijas de la Me­dalla Milagrosa» está allí en sus comienzos ayudada y respaldada por Sor Angenio y Sor Gilbert! Todas deseaban ser hijas de San Vicente, pero el salto sería verdaderamente demasiado brusco entre la libertad de ayer en la tribu salvaje y la vida de comunidad del Seminario y de una Casa, con­cebida por la Srta. Legras. Sin embargo como el corazón quiere darse por completo a Dios y a los Pobres, se dan a Jesús por María en una total abne­gación entre los suyos, en su misma aldea, iniciándose allí poco a poco en las virtudes cuyo germen está «en todo hombre que habita la tierra».

La obra preferida, amada entre todas es la visita a los leprosos, acogidos a algunos kilómetros de allí; para ir a verles hay que atravesar el río, pero… ¡no existe puente! ¡qué importa! Una pequeña barca lleva a las «siervas de los pobres» que, en el borde escarpado del río no encontrarán ya un sendero, sino el polvo y el barro en el que se hunden casi hasta la rodilla; y esto durante centenares de metros. ¡Qué alegría las inunda cuando ven al fin a sus queridos Amos. Todo el cansancio se olvida en un momento con la dicha de poder cuidar en ellos al Divino Leproso, al mismo Cristo.

 

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El mismo consuelo encuentran en Djiring donde los enfermos forman una verdadera aldea a tres kilómetros del Hospital, residencia de las Her­manas. Una carta de una de ellas a una Hermana de la Casa Madre, da a conocer su apostolado; y su llamada!

«Feliz fiesta de Nuestro Bienaventurado Padre. Cerca de él ruegue por nosotras. Dígale que hay lejos, muy lejos, una casita de troncos, desconocida, olvidada, perdida entre la espesura, donde viven unas almas muy imperfectas pero que, más que nunca, buscan llenarse a su manera del espíritu misio­nero. Sus días no bastan para visitar todas las aldeas agrupadas como una corona en torno a los arrozales. No son más que cuatro y las almas esperan. ¡Cómo angustia el corazón no tener mil vidas, llenas de salud para saltar al otro lado de las montañas, quedarse con ellos y, luego, partir de nuevo y no detenerse, sino… en el fin del mundo, después de sembrar por todas partes el signo de la salvación! Cuando nos vienen «prestatarios» (que pagan los impuestos en especie) de muy lejos, algunos no han visto nunca blancos y menos aún han oído hablar del Bab-Tang (el Dios verdadero). Desgracia­damente no se quedan más de cinco días, apenas tiempo para sembrar un minúsculo grano. Más ¡los obreros son pocos! Eso es lo que hay que re­petirle a San Vicente junto a su urna. No sembradores de grandes vuelos, ni almas sedientas de lucha y de martirio, no la gloria de derramar allí su sangre —aunque esto pudiera ocurrir—, sino una oscura labor que les está espe­rando; largas marchas bajo un sol que abrasa o bajo la lluvia torrencial, sin poder avanzar porque los pies se escurren sobre un lodo rojizo, baños en los arrozales, cargas cerradas de los grandes búfalos negros que detestan los hábitos blancos. Todo esto es así muy semejante a los vestidos mojados y llenos de barro de las aldeanas tan amadas por Nuestro Bienaventurado Padre. Mucha alegría llena de comprensión, algunos conocimientos médicos, unas buenas piernas, un corazón lleno de amor, esto es lo que hace falta; pienso que no es muy difícil encontrarlo en la familia de San Vicente. Siem­pre, cerca del gran Cristo de la Capilla donde me arrodillo todas las tardes, pienso en las que van a venir: este Cristo es muy conmovedor: las grandes úlceras de brazos y piernas hacen de Él el Divino Leproso en el que se fun­den todos los que hemos cuidado a lo largo del día, para ofrecerlos con El al Padre. Me gustaría mucho vivir en su mismo poblado para ser más de ellos, más de El en ellos!

Descripción que corroboran las declaraciones de Sor Durand:

La obra es difícil y por tanto más amada. Las Hermanas están a menudo solas en el Hospital donde hay que hacerlo todo sin ninguna ayuda, y a pe­sar de la fiebre. Por eso no vienen muchos a este país perdido. Se necesita un corazón de Hija de la Caridad para complacerse en ello. Los alimentos están muy restringidos puesto que a veces falta todo, salvo… el arroz que hay que administrar bien. El tigre, que viene de vez en cuando a rondar por los alrededores, no es el peor enemigo, pero las Hermanas no tienen miedo. ¡María ha sido establecida Guardiana!

Djiring está a mil metros de altitud. Subiendo quinientos metros más, a 60 Kms. de allí, estamos en Dalat. «Bajo su mirada» viven las 10 Hermanas jóvenes anamitas que forman actualmente el Seminario, esperanza del por­venir—. Siete postulantes y más de 20 aspirantes, esperan, a su vez el mo­mento en que, después de muchos esfuerzos y de pruebas de «vocación», puedan franquear el umbral del «Seminario».

Al otro lado de la bonita capilla, rústica y llena de luz ¡qué bullir de vida! Más de 300 niños han encontrado así su hogar y los enfermos son atendidos con cariño, mientras algunas Hermanas se desplazan todos los días para atender a la escuela amanita en un poblado próximo o para dar remedios y consejos para sus males a los enfermos que acuden a ellas. También allí María tiene su Asociación, que agrupa a las jóvenes según el deseo expresado a Santa Catalina. Y los que por algún motivo permanecen algún tiempo, aunque sea poco, en este oasis de paz y de amor, se preguntan cómo puede existir este oasis en medio de los horrores de las luchas sangrientas que desolan el país.

Para más de uno, la visita a este lugar bendito ha sido una revelación que les ha encaminado hacia Dios, único capaz de sostener tales obras de caridad por encima de todos los odios, en el cuidado y la atención de cualquier miseria que se presente.

 

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De vez en cuando, las Hermanas caen, víctimas del deber:

en 1944, el Gobernador general tiene como un honor comunicar la muerte de Sor Labarre, de la leprosería de Djiring: «víctima de su abnegación» dio el telegrama, en el que se consigna también: «moral Hermanas excelente, confianza total».

¿Y acaso no se debe esta confianza total a Sor Durand que la comunico con la gracia de Dios, a todas las que se le han aliado?

A veces, una muerte más cruel alcanza a una u otra de sus Hermanas: He aquí el relato enviado en 1948.

Nuestras queridas Hermanas Brazina y Nen subían ayer de Saigón a Dalat en un convoy militar del que formaban parte varios autobuses de via­jeros civiles. El convoy fue atacado por tres veces y, en la última, hacia las cuatro de la tarde, nuestras pobres Hermanas vinieron a engrosar el nú­mero de víctimas.

Su autocar se ve amenazado por cinco ametralladoras. Sor Brazina re­cibió una bala en la cabeza y se derrumbó sobre la pobre Sor Nen, sentada a su lado. Un poco antes, dándose cuenta del peligro que las amenazaba, había dicho a su compañera: «Estamos obedeciendo; iremos derechas al cie­lo». Sor Nen sólo tuvo tiempo de trazar una cruz sobre su frente diciendo: «Jesús, María y José» y exaló el último suspiro sobre el pecho de la pobre hermanita que también había sido alcanzada por las balas en una mano y en la cabeza.

Mientras rociaban a los viajeros con gasolina para prenderles fuego, se oían los bárbaros gritos de «¡Matadlos a todos!». Sor Nen, una Hermana joven de dos años de Vocación, no perdió la serenidad, bautizó a cinco per­sonas con…cerveza a falta de agua. Luego, desde que se dio cuenta del fin que la aguardaba, bajo la metralla, se tendió y se hizo la muerta… Los ban­didos continuaban sus preparativos incendiarios, cuando se aproximó un co­mandante: «Por favor, no me hagan daño… Soy una Hermana y cuido a los pobres» y le ofreció una pequeña cruz invitándole a decir «Perdonamos todo el mal que causamos». El comandante acepta la cruz y da orden de no tirar más. La Hermana, rociada ya con gasolina, sólo tuvo una rodilla que­mada. Eran las cinco de la tarde, cuando la ambulancia nos la trajo con su presencia de ánimo y su sonrisa. Gracias a Dios los balazos eran superfi­ciales y la quemadura leve… pero el espectáculo no se borrará fácilmente de su recuerdo.

Ya ve, Madre, que nuestra Misión continúa edificándose sobre la Cruz. El Divino Maestro sabe lo que hace; no debemos perder confianza si sa­bemos aceptar su voluntad, por dolorosa que sea.

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Y, perseverando en este valor, las Obras crecen siempre:

«Hasta ahora hemos podido continuar normalmente las obras, escribe Sor Durand. Nuestros Dispensarios se desarrollan sin cesar En «Verdun» atendemos a setecientos cincuenta bebés todos los días; en «Banco» tres­cientos cincuenta. Nuestras Hermanas Vietnamitas visitan a los pobres en sus chozas y en los hospitales laicos.

En la Escuela de Enfermeras, acabarnos de terminar los exámenes. En primer año, una Hija de la Caridad Vietnamita ha obtenido el número uno; en cuanto al diploma definitivo, todas las alumnas han aprobado amplia­mente.

Ahora estamos preparando el nuevo curso. Si Dios quiere, una nueva promoción de Asistentes Sociales comenzará el 1º de septiembre; enseguida comenzarán las clases de las enfermeras, así como las de auxiliares médico-sociales. Dios mismo trabaja a fondo en todas estas jóvenes que trabajan tan cerca de nosotras.

Desde el mes de junio he tenido la alegría de recibir seis peticiones de aspirantes, todas de muy buenas familias… Seguimos confiando en la Pro­videncia, sin intentar atravesar el sombrío horizonte de nuestro pobre mundo de locura.

Algunas veces, a los horrores de la guerra, se añaden los de los elementos. Sor Durand escribe el 1.0 de noviembre de 1951.

«Sin duda se habrá enterado ya que sucesivos tifones han arrasado dife­rentes puntos de nuestra península. Por eso quiero darle algunos detalles.

Donde los desastres del tercer tifón han sido verdaderamente importantes, ha sido en Kontun. Un telegrama de Sor Nicolás llegado el 26 decía: «Terrible inundación. Casas Hermanas muy afectadas. Casa Angeniol, casa niños inha­bitable, casa Hermanas muy afectada» y, en respuesta a la mía, en la que le preguntaba lo que necesitaba, me llegaba otra reclamando mi presencia a fin de tomar contacto con la misión y el Servicio de Sanidad para reparar la Casa de las Hermanas y la leprosería, también alcanzada por las aguas.

Desde entonces estoy tratando de ir, pero en vano: la carretera entre el terreno de aviación de Plecón (65 kms.) y Kontum estaba cortada en mu­chos sitios. Así como es fácil ir allá en la estación seca, es muy difícil llegar en la estación de las lluvias. Mi último viaje para ir a buscar a Sor Gilbert fue verdaderamente azaroso: tiempo infernal, amenazas de ataques, hombres em­papados por la lluvia, transporte en jeep descubierto, con granadas, revólve­res, morteros: y la vuelta por un camino escurridizo, siempre en convoy ar­mado, con una enferma grave a la que hubo que trasladar cuatro veces de carruaje.

Una carta del 28 de octubre, llegada de Kontum, da algunos detalles:

Me es imposible escribirle todas las cosas, pero querría, con estas pala­britas apresuradas ponerle al corriente de la situación.

En primer lugar, un inmenso ¡gracias! a la Virgen Poderosa que ha con­servado la vida de todos sus hijos. Yo había arrojado medallas a los cuatro puntos cardinales y había encendido una vela ante nuestra Madre Inmaculada.

La invasión del agua fue tan repentina anteayer por la mañana que nos fue imposible comunicarnos con el resto de la población y hasta el mediodía no pudieron llegar a socorrernos. La enfermería de la guarnición estaba inun­dada hacía mucho. Los campesinos enfermos alojados en la guardería no pudie­ron permanecer mucho tiempo acostados porque el agua subía rápidamente. Se han podido salvar varios artilleros que trataban por sí mismos, pero en vano, de alcanzarnos a nado; gracias a unas cuerdas y unas lonas se les pudo salvar.

Mi mayor angustia ha sido la incertidumbre de lo que debía hacer cuando llegó la primera piragua de salvamento. Unos decían: «Es una locura que las Hermanas y los niños se vayan en embarcaciones tan frágiles que se van a volcar inmediatamente». Otros decían: «Es imposible quedarnos aquí; las dos casas van a derrumbarse sobre nosotras». En una relación más detallada le diré cómo decidí la evacuación: tres de los niños —felizmente no me enteré hasta más tarde— cayeron al agua al volcar la corriente la piragua en la que iban. Milagrosamente pudieron rescatarlos desde otra piragua que pasaba justo en ese momento.

 

Naturalmente embarcaron antes que yo todo el personal de la casa y los enfermos más graves. Cuando no quedaban ya más que hombres válidos me decidí a embarcarme y me detuve en la casa de las Hermanas que un teniente me ayudó a cerrar, aunque se ha visto afectada por el pillaje. Nada grave afortunadamente. El capellán que antes guardaba la casa con Sor Hedwige, antes de partir, había consumido las Sagradas Especies junto con nuestra feliz compañera.

Creo que ya no podemos más, pero nuestra miseria no es la más grande. Toda la cosecha de arroz del país, que era soberbia, se ha perdido. ¡Cuántas pobres gentes sin abrigo!

En la Misión hay que esperarlo todo:

Un 8 de diciembre, un tigre está al acecho al borde de, la carretera, pero permanece tranquilo, mientras las Hermanas pasan junto a él, sin enterarse, camino de la iglesia.

 

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En 1953, nueva llamada de los Pobres; nueva respuesta de nuestras Her­manas: se forma una pequeña comunidad para la Maternidad Tu Du y Sor Nicolás escribe:

«La mayoría de los pequeños pobres de Saigón vienen a nacer aquí, es decir, más de 10.000 al año (40 ó 50 bebés cada día…) y junto a las matro­nas se podría hacer un bien inmenso; entre diplomadas y alumnas son más de ochenta; sólo la décima parte son cristianas»…

«Constantemente hay que atar corto al corazón para no ir demasiado le­jos», afirma Sor Durand, que añade: «Mi carta se ha visto interrumpida por la llegada de 1.000 refugiados que van de Quinhon a Nhatrang y por la sa­lida precipitada hacia este último lugar, gracias a la providencial llegada de un avión del que se puede disponer…».

Y ella misma evoca así el viaje: «Delante vamos el conductor y yo; y en­tre los dos una caja de granadas de mano; detrás otra Hermana, con otra caja de granadas…»

En 1953 se hacen cargo también del Hospital de Cholon y del Hospital popular de Saigón. Porque, como hace notar el P. Jamet, «tuvo Sor Durand una intuición: en lugar de fundar hospitales, dirigidos por la Comunidad, co­locó a las Hermanas en los hospitales del Gobierno y las Autoridades se disputaban las Hijas de la Caridad, con la seguridad de que con ellas obten­drían una buena gestión y cuidados asiduos a los enfermos. (Homilía en sus funerales, 7 de diciembre de 1978)

 

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Con ese régimen de vida y las constantes inquietudes, ¿cómo podría no re­sentirse el corazón de Sor Durand? Sería necesario un auténtico reposo: sin saberlo, éste iba a ser definitivo: el año 1954, los acuerdos de Ginebra cortan el país en dos: por encima y por debajo del paralelo 17… Es también el año del éxodo de cerca de 900.000 vietnamitas del Norte hacia el Sur. Sor Du rand hubiera podido hacer suya la bella confidencia de Alejandro de Rodas el apóstol del siglo XVII expulsado definitivamente: «Cuando dejé estos dos reinos (Aman y Tonkin) mi corazón se quedó en los dos y no creo que puede jamás salir de ellos.»

De 19 Hermanas, la Provincia había pasado a 75 miembros, ¡en un país que luchaba por su independencia, en una guerra sin cuartel!

Fue una gran prueba, tanto más cuanto que no ignoraba ciertos motivos para no volver. Una personalidad como la suya obligada por las circunstancias a imponerse, no podía dejar de provocar ciertas oposiciones y críticas Su fe profunda supo superar la prueba y su oración fue escuchada:

«Dios mío, concédeme la gracia de no detenerme nunca en las causa segundas, sino que te vea siempre a ti, Causa primera.»

 

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En la homilía del funeral, un cuarto de siglo más tarde, el Padre Jamet dirá con toda verdad: «Sor Durand conservaba un recuerdo muy presente de este período de plenitud y de creatividad» que ella atribuía a Dios.

El impulso continuó, gracias a aquellas que le debían, con la competenci humana, la preocupación del «Servicio de los Pobres emprendido con al gría, coraje, constancia y amor» (S. Vicente, 9 de febrero de 1653).

 

Mónaco

Después de algunos meses de reposo en Antrenas, Sor Durand fue enviada a Mónaco, curiosísima ciudad-principado de 25.000 habitantes que abriga, sobre un promontorio rocoso, el palacio del Príncipe Rainiero, la catedral, ayuntamiento y otros organismos administrativos, un gran colegio, una escuela de las Damas de Saint-Maur que llevan nuestras Hermanas, un orfanato, una guardería de internos y externos. (El resto de Mónaco, llamado Mónaco-ciudad se extiende sobre todo más allá del puerto, desde la Canebriere hasta Mont Carlo).

Para Sor Durand, habituada al espacio donde, se movían a sus anchas los niños del Dominio de María de Dalat, el choque fue rudo al encontrarse en un inmueble inadaptado a su función y por estar en un alto, forzosamente Restringido. Valiente como siempre, miró y se lanzó hacia delante. Tan cerca del palacio del príncipe no era posible dejar las cosas en una forma educativa que databa de medio siglo atrás. Pidió audiencia al Príncipe para remediar la situación y éste accedió a todos los proyectos de renovación, llegando a dar de sus fondos personales para los primeros trabajos que comenzaron en seguida y con tanto éxito que, desde entonces, la Casa de los niños se con­sideró como centro piloto, que visitaban con interés cuantos se preocupaban por cuestiones educativas. El Sr. Maheu, por ejemplo, entonces Director Ge­neral de la Unesco… y tantos otros después…

Preparada ya por su experiencia del Vietnam, donde las Autoridades viet­namitas y francesas disfrutaban visitando el Dominio, sabía mirar a lo lejos, más allá de su pequeño internado, para colaborar en todos los frentes.

Después, Sor Durand tomó contacto con el BICE (Oficina Internacional Católica de la Infancia), asistiendo a los diversos Congresos en Beirut, Lisboa, Munich, etc.

 

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Pero Sor Durand va más allá. Piensa en una Asociación Mundial de Ami­gos de los niños que pudieran ayudar en cada lugar a las instituciones exis­tentes o por crear. Es el punto de partida de la Amade que se extiende a diversos países. Todo el mundo reconoce su papel de fundadora de este mo­vimiento. Así, el 24 de octubre de 1977, en el informe de la reunión del bureau se lee lo siguiente:

«La medalla «ceres», acuñada por la FAO con la efigie de la princesa Grace en su calidad de Presidenta de honor de la AMADE, se entregará (en París, rue du Bac) a la Rvda. Madre Durand dentro de unos días. En efecto: el bureau, estimando que convenía honrar de una manera especial a la Reve­renda Madre Durand, fundadora de la Asociación, había encargado esta medalla en nombre del Consejo de Administración…»

No se trataba de una cuestión simplemente honorífica. Una casa del continente iberoamericano recibió por mediación suya la bonita suma de 70.000 francos para la rehabilitación de tres madres solteras. Y un miembro de la AMADE, muy interesado en tan hermosa obra quiso visitar la casa y después dio cuenta de su visita a Sor Durand…

Un día le llegó una magnífica carta de Mónaco con estas líneas: «¿Cómo puede la AMADE deliberar sin usted? Indudablemente porque sigue siempre presente entre nosotros. No olvidamos ni la prudencia de sus consejos, ni su humor, ni su bondad. ¡Echamos de menos su experiencia y todo el mundo se sentiría feliz de volverla a ver!» Firma: un profesor de Derecho Interna­cional de Ginebra y siguen otras veinte firmas, entre ellas, la del Príncipe Otto de Habsburgo, la del representante del Principado cerca de la Santa Sede, etc. etc.

La irradiación de la AMADE se extendía constantemente desde el punto de vista geográfico y también respecto a las obras educativas. En el informe hay un apartado que reza así «relaciones con otros organismos internacio­nales» y se mencionan, entre otras «Estudio de la U.M.O.S.E.A., (Unión Mun­dial para salvar a la infancia); de la Federación internacional para la educa­ción de los Padres; del. Centro Cultural para la Salud (Israel); de las decisiones tornadas en Teherán por el Consejo General de la U.I.P.E. Se subraya que el comunicado final de la 15′ conferencia de los Ministros europeos encargado) del bienestar de la familia, celebrada en Bonn, contiene resoluciones «que var en el mismo sentido que la Amade»; también se celebró en Viena otra con ferencia europea sobre el derecho de familia. El comité de las Organizaciones no gubernamentales de la UNICEF, aceptó el ingreso de la AMADE entre ellas. También se preocupó de la prensa infantil a la que hizo objeto de reflexiones a partir de su «código de honor» concebido hacia 1965 por una comisión radicada en Bruselas y aceptado por los editores de revistas infantiles de los países del Mercado Común…

Otra obra en la que colaboró activamente fue la de los niños eurasianos. Actualmente hay de 5.000 a 6.000 en Francia y su Presidente escribía: «Durante largos años, Sor Durand nos ha ayudado a recoger, formar y educar a mucho: niños… Algunos ya se han casado y se han convertido en honradas madres 1 familia… En Francia hemos encontrado siempre el apoyo eficaz y reconfortante de las Hijas de la Caridad…»

Como San Vicente, que en interés de los Pobres, sabía interesar a los ricos, Sor Durand sabía unir a grandes y pequeños. Todas las llamadas encontraban en ella un eco. En Mónaco había quitado el nombre de orfanato pan sustituirlo por el de «Hogar Santa Devota», hogar donde los niños se encontraban en su casa; Santa Devota es la patrona de Mónaco. Se renovaron la guarde ría y el jardín de infancia. En las cunas se recibían también los niños que ve rían de Mónaco-ciudad y era un espectáculo poco corriente ver todos los día un autocar con las armas del Príncipe venir a buscarlos. Todo estaba perfectamente acomodado para los niños: Los moisés iban amarrados fuertemente en el coche. El conductor, un carabinero de blusa blanca, ayudado por un: Hermana, se detenía en tal o cual rincón de una calle… luego, cuando llega han al Hogar, ayudaba a bajar los niños, y a veces, con un bebé bajo cada brazo subía los escalones que llevaban al ascensor. Unos 200 niños se recibía] así’ en el Hogar.

En el verano, algunos subían a la «colonia maternal de Castellana» bajo la mirada experta de la Directora y de las alumnas educadoras que venía] de París. También allí el ojo vigilante de Sor Durand había percibido otra necesidad: las de las familias o ancianos a quienes un cambio de aires le ayudaría a recuperar la salud. Y pronto surgió para ellos la «Casa de Familia» abierta todo el verano, al lado de la de los niños.

Toda esta actividad no la llevaba a cabo Sor Durand sola. Siempre fue ella la animadora, pero la ayudaban las Hermanas y un grupo de seglares serios y cualificados. También allí supo hacerse amar, pese a sus explosiones de carácter debidas a su temperamento dominante e impetuoso.

A veces, en Mónaco recibía de la Castellana un gran pastel cuidadosa mente envuelto con estas sencillas palabras: «De parte del Chef» (el cocinero); y el grueso Carlos recordando su antigua especialidad de carnicero tenía cuidado de buscar para ella los mejores trozos para sostener sus fuer­zas… Pequeños detalles que podrían multiplicarse hasta el infinito y que podían concretizarse en el único ramo de flores tolerado al pie del altar en los funerales y que llevaba estas palabras: «el personal del Hotel Santa De­vota, agradecido».

Agradecimiento: la palabra surge de todas partes porque por dondequiera que pasó atrajo a todos hacia el Señor con una benevolencia que admiraba el lado mejor de cada uno…

Ya se trate de aquellas —muy numerosas— a las que encaminó hacia Francia y que hoy son Hijas de la Caridad y a las que exigía lo mismo que ella daba. Ya se tratara de las que habían trabajado con ella en el Vietnam, su ejemplo estaba siempre allí arrastrándolas a todas. Veamos algunos testimonios:

Yo le debo muchísimo. Sor Durand marcaba a cuantos se aproxima­ban a ella… y esto con un alma de niño clara y transparente que miraba siempre a su Dios. No le faltaron las pruebas, pero siempre se mantenía en la misma confianza y en el mismo abandono.

Tenía el don de que todo el mundo se sintiese a gusto, de ganarse la confianza de todos por su espíritu de comprensión y su amplitud de miras, adaptándose lo mismo a los pobres que a los ricos, con toda sencillez.

Sor Durand fue de una bondad y una comprensión como pocas per­sonas lo han sido para mí como sacerdote y como responsable católico que se encuentra a veces en situaciones difíciles, escribe el Secretario General de una asociación internacional.

El trato tan sencillo que tenía con cuantos se acercaban a ella era la fuente de su irradiación espiritual.

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En la Casa Madre

Llegó el momento en que la crisis de vocaciones hizo necesario retirar a las Hermanas del «Hogar Santa Devota» del que se encargaron otras re­ligiosas.

Para Sor Durand se planteó la alternativa de quedarse en Mónaco o re­tirarse a la Casa Madre. Tenía ochenta y ocho años y no lo dudó. La acogió la enfermería de las Hermanas ancianas donde continuó dando el más bello ejemplo de abandono a la voluntad divina y de paz gozosa. Las visitas se sucedían. Amigos de los duros años compartidos en el Vietnam: El Mariscal de Lattre de Tassigny, la Señora Graffeuil, el Señor Nguyen-De; amigos de Mónaco: su Obispo, Mons. Abelé, los miembros de la Amade y del Hogar Santa Devota, etc. Ella se mostraba feliz, agradeciendo la menor atención, «interesándose en cuanto ocurría en la Compañía y en el mundo. La proximi­dad de la Capilla le permitía seguir a los peregrinos que, en gran número lle­gaban para rezar o tener un rato de recogimiento. Estar en la enfermería le proporcionaba cada día la dicha de unirse a la Misa y oír las nuevas de la Comunidad a la que tanto quería. Durante la Asamblea de la Casa Madre seguía todos los debates… desde su cuarto de la enfermería gracias a un micro de la Sala de reuniones.

Pero al principio de diciembre, se le declaró una doble congestión pulmonar y la llevó, en la víspera de cumplir noventa años, a la paz definitiva Nuestra Madre y el Padre Jamet se encontraron presentes en los últimos momentos. Era el 5 de diciembre de 1978.

«Ha muerto como había vivido, en una perfecta acción de gracias», dice una Hermana.

 

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Sus funerales fueron muy bellos, dentro de su sencillez vicenciana. Una corona de sacerdotes concelebraron con el P. Jamet, entre ellos varios antiguos Directores con los que había trabajado. En cuanto a los fieles, alguno testimoniaban una amistad de más de cuarenta años y eran muchas también las Hermanas a las que había sostenido y animado en su vocación de Hija de la Caridad. Como subrayó el P. Jamet: «Sor Durand permanece unida nosotros por la comunión de los Santos. La muerte que la ha introducido en el silencio no es ausencia ni ruptura de lazos anudados durante su vida Creemos que el amor, la abnegación, el don que hizo de toda su vida, no sl han perdido en la nada, sino que se han ampliado y hecho más profundo: en la comunión con Dios.

 

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De todas partes comenzaron a llegar expresiones de su irradiación.

  • Telegramas del Obispo de Mónaco: «Diócesis agradecida promete fervorosas oraciones».
  • Del palacio: La Princesa y yo mismo —escribe el Príncipe Rainiero ­acabamos de enterarnos con infinita tristeza de la muerte de la Madre Durand… su recuerdo permanecerá presente no sólo en el Hogar Santa De vota que ella dirigió y animó con su generosidad, sino también en el Principado, ya que tantos padres y tantos niños han podido apreciar su incansable abnegación y su total disponibilidad…»
  • Del Ministro de Estado del Principado: «Me entero con gran pen: muerte madre Durand que será dolorosamente sentida por población di Mónaco. Por su parte, gobierno no olvidará la acción tan eficaz desarrollad: largos años para aliviar penas y miserias».
  • De la Asamblea Nacional (un diputado): «Perdemos una mujer admirable a la que a menudo encontré en el ejercicio de mis funciones.»
  • «Esta pérdida será para nosotros un duelo de familia», asegura el Secretario general del B.I.C.E.
  • El Nuncio Apostólico, Monseñor Rupp, representante permanente de la Santa Sede en la O.N.U., escribe: «La he conocido y admirado cuando era Obispo de Mónaco… Es una hermosa figura del Principado que desapa­rece y también una ejemplar Hija de la Caridad».

 

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Hija de la Caridad… lo fue con toda verdad: «entregada por completo a Dios para el servicio de los Pobres» uniendo a grandes y pequeños en una misma caridad. A los jóvenes que gravitaban en torno a ella, les insuflaba un ideal, una necesidad de superación, el amor a Dios y a los Pobres.

A las pruebas que jalonaron su vida, como toda existencia humana, res­pondió con la Fe, no deteniéndose nunca en su persona, sino viendo siempre el fin y como escribía la Madre Rogé al día siguiente de morir Sor Durand:

«Se ha reunido ya con Aquel a quien sirvió con tanto amor.»

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