Sobre san Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jordi Piquer · Año publicación original: 1982 · Fuente: Congreso Nacional Vicenciano, Abril de 1982.
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I. Descubrir a Cristo en los hombres: Vicente de Paúl, un hombre para los demás

Estamos en tiempo de centenarios de figuras del santo­ral. De centenarios de santos de primera división, si se permite la expresión. Se celebra el IV Centenario de la muerte de Santa Teresa. Y el VIII Centenario del nacimien­to de San Francisco de Asís. A una y otro hemos dedicado algunos artículos para aproximarnos algo a su mensaje y a su testimonio personal. Pero se han cumplido también los cuatrocientos años de la venida al mundo, en una pequeña aldea del sur de Francia, de un hombre llamado Vicente de Paúl. No podíamos dejar de referirnos a él. Su personalidad y su espíritu son aún actuales: Vicente de Paúl es el apóstol de la caridad, el hombre para los demás.

Vino al mundo el 24 de abril de 1581, tercer hijo de los seis que tuvo el matrimonio de labradores que residía en Pouy (hoy la aldea lleva el nombre del santo). El niño que comenzó su vida guardando el ganado de sus padres, llega­ría a ser uno de los hombres más influyentes de su siglo y el creador de un gran movimiento de caridad que continuaron y continúan todavía hoy las dos congregaciones por él funda­das: los Padres de la Misión o padres paúles (en Francia llamados «lazaristas») y las Hijas de la Caridad, aquellas religiosas con hábito azul y unas blancas y anchas cofias que más de uno todavía recordará de sus años de infancia.

Sin entrar en detalles y discusiones de carácter histórico, la infancia y la juventud de Vicente de Paúl pone en evi­dencia que el santo no nace, sino que se hace. Con él ha ocurrido lo que con muchos otros santos. Cierta hagiografía parecía feliz de poder probar que ya nacieron santos. La historia parece, sin embargo, demostrar que también tenían sus defectos, como todo el mundo, y que sólo con un esfuer­zo muy grande y la ayuda de Dios llegaron a superar sus inclinaciones menos rectas.

¿Tenemos noticia de los defectos del que los franceses llaman todavía «Monsieur Vincent» (que fue también el títu­lo de la famosa película sobre su vida)? De algunos, sí. Por ejemplo, de su prisa por ordenarse sacerdote a los 19 años, contra lo prescrito por el Concilio de Trento, lo que llevó a biógrafos «piadosos» a alterar el año de su nacimiento para que «salieran las cuentas» y no se divulgara esta cir­cunstancia. ¿Mintió o dijo verdad el joven Vicente al descri­bir en dos cartas al señor de Comet, uno de sus protectores, su cautiverio en Argel? Los historiadores discuten la cues­tión, pero las razones en contra del cautiverio parecen fuertes.

Pero hay una «debilidad» de Vicente que él mismo quiso dar a conocer, ya mayor. «Siendo yo mozuelo —dijo en una ocasión—, llevóme una vez mi padre consigo a la población; yo me avergonzaba de ir con él y de reconocerle por padre, pues iba mal vestido y cojeaba algo». Y en otra ocasión con­fesó: «Recuerdo que en el colegio donde estudiaba, se me anunció en una ocasión que preguntaba por mí mi padre, el cual era un pobre campesino. Yo me negué a hablarle, con lo cual incurrí en una grave falta».

Los defectos de los santos los hacen más próximos al común de los mortales. Como los hace más humanos su buen humor. No le faltó éste a Vicente de Paúl. Y lo mani­festó un día en que, al verse en un espejo, sea porque tenía sentido del humor o porque conocía bien sus limitaciones, dijo de sí mismo: «¡Buen pícaro!».

II. Un cocido para cada día: La caridad organizada de «Monsieur Vincent»

En Clichy, la primera parroquia a la que sirvió el sacer­dote Vicente de Paúl, aparecen ya en esbozo y a pequeña escala, todos los grandes campos que desarrollará en su futura acción misionera: la preocupación por comunicar el Evangelio a la gente del campo, la movilización de los pode­rosos en favor de los humildes, la caridad, la formación del clero.

El pueblo de Clichy y después el de Chátillon-les-Dombes, a los que fue Vicente como párroco por indicación de su consejero P. Bérulle, fundador del Oratorio de San Felipe Neri en Francia, guardarían siempre un grato recuerdo del que ellos llamaban familiarmente «Monsieur Vincent», el señor Vicente. Y ellos fueron los que consagraron su nombre. El resto de su vida seguiría siendo ya siempre para todos «el señor Vicente». Así le llamarían la reina, los cardenales Richelieu y Mazarino, los misioneros, las Hijas de la Cari­dad, los pobres de Chátillon, los obispos y los reyes y reinas. Y aún hoy en Francia el gran santo de la caridad es, simple­mente, «el señor Vicente».

En Chátillon, Vicente descubrió, a sus 37 años, su talento para organizar la caridad: la gran tarea de su vida. Un do­mingo de verano, mientras se revestía para celebrar la misa, una señora entró en la sacristía y le dijo que en una casa distante de todas las demás, situada en una labranza a un cuarto de legua de allí, toda una familia estaba enferma, padre, madre, niños, sin nadie cerca para asistirles. Tres años más tarde, hablando a las Hijas de la Caridad, Vicente recordaba este incidente tan menudo y, sin embargo, tan significativo: «Durante los avisos (al final de la misa) los recomendé a todos con afecto y Dios, que tocó el corazón de mis oven tes, hizo aue todos se vieran movidos a compasión vor aquellos afligidos».

Tan movidos. aue he aauí lo aue ocurrió en boca del mis­mo Vicente: «Después de vísperas tomé conmigo a un buen hombre, vecino de la población, y juntos nos pusimos en camino hacia allá. Por el camino topábamos con mujeres que nos adelantaban, y un poco más lejos con otras que vol­vían. Y como era verano y hacía mucho calor, estas buenas mujeres se sentaban al borde del camino para descansar y refrescarse. En fin, hijas mías, había tantas que os hubiese parecido una procesión».

Vicente llegó y comprobó por sí mismo la extrema nece­sidad de aquella pobre gente. Administró los sacramentos a los más graves. Vio también la gran cantidad de socorros que los feligreses habían aportado. «Estos pobres enfermos —se dijo— han recibido hoy de golpe provisiones de sobras. Parte de ellas se les estropearán, y mañana se encontrarán en su primitivo estado. Esta caridad no está bien ordenada».

Vicente se decía esto el 20 de agosto de 1617. Tres días después, el 23 de agosto, nacía la primera asociación de caridad fundada por Vicente, con doce damas de la pobla­ción y con un reglamento práctico y detallado: «La que esté de turno… preparará la comida y la llevará a los enfer­mos». Era la caridad organizada para asegurar no el cocido de un día, sino un cocido para cada día.

III. Vicente de Paúl, misionero: El sermón de Folléville

Cualquier mediano conocedor de Vicente de Paúl sabe que 1617 es un año clave en su vida, el año del descubrimien­to decisivo de su vocación. Si en Chátillon descubrió su vocación a ejercer la caridad, en Folléville nació el misio­nero de los campesinos, el sector humano más abandonado de aquel tiempo, también en el aspecto religioso.

Obediente a las órdenes de Bérulle, el «señor Vicente» abandonaba a finales de 1613 su parroquia de Clichy e iba a instalarse, con su parco equipaje, en casa de la familia de los Gondi, el general de las galeras, una de las más ilustres familias de París. Vicente iba a la casa como pre­ceptor para los hijos del matrimonio, que eran dos: Pedro, de once años, y Enrique, de tres. Un tercer vástago, llamado a ser el más famoso, nacía ese mismo año de 1613. La histo­ria lo conoce como el cardenal de Retz, cuyas escandalosas memorias constituyen el más cínico testimonio de las gran­dezas y miserias de toda una época.

Los Gondi, de origen florentino, descubrieron pronto la gran talla humana y espiritual del hombre que había entra­do en su casa. Un día de enero de 1617 se encontraba Vicente acompañando a la señora de Gondi, en una de sus posesiones: el castillo de Folléville, por tierras de Picardía. De una localidad cercana llegó el aviso de que un campesino moribundo quería confesarse y llamaba a Vicente. La satis­facción espiritual del buen hombre, por haber encontrado un buen sacerdote, fue tan grande que la señora Gondi, con una gran sensibilidad religiosa, propuso a Vicente que la semana siguiente predicara en la iglesia de Folléville un sermón sobre la confesión general.

Vicente así lo hizo el miércoles siguiente, 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo. «Dios —confesó años más tarde— bendijo mi plática; y toda aquella gente quedó tan conmovida, que venían todos dispuestos a hacer confe­sión general. Yo seguía instruyéndoles y preparándoles para los sacramentos; luego comencé a escucharles (en confe­sión). Pero era tal el agobio, que al no bastarme ya con otro sacerdote que me ayudaba, ordenó Madame se avisara a los jesuitas de Amiens, para que viniesen en nuestra ayuda. Y los jesuitas de Amiens —añade el santo en su lenguaje positivo—hallaron en qué emplearse».

Las misiones, una de las grandes obras de Vicente, que­daban fundadas a partir de aquella fecha. Pues —nos dice él mismo—, «aquello motivó el que a lo largo de varios años se hiciese otro tanto con las demás parroquias de las tierras de dicha señora; ésta decidió sostener a sacerdotes que con­tinuaran las misiones, e hizo se nos otorgara a este fin el colegio des Bons Enfants, al que nos retiramos el señor Portail y yo, tomando con nosotros a un buen sacerdote, al que dábamos cincuenta escudos al año. Así íbamos los tres a predicar y dar misiones de una aldea en otra. Al salir dába­mos la llave a uno de los vecinos. Los sacerdotes de Vicente predican sólo en el mundo rural…

El sermón de Folléville —»el primer sermón de misión», confesará el mismo Vicente— lo desencadenó todo. Fue una revelación. Sintió que aquella era su tarea: llevar el Evan­gelio al pobre pueblo campesino. Nunca predicaba en las ciudades. Pasarían ocho años antes de que pusiera en marcha la que se llamaría «Congregación de la Misión». Y, sin embargo, toda su vida haría que sus misioneros celebraran el 25 de enero como la fiesta del nacimiento de la compañía. Vicente de Paul fue un gran misionero popular, al estilo de un Antonio María Claret en tierras catalanas.

IV. Vicente de Paúl, reformador del clero: Las Conferencias de los Martes

Vicente sabía bien que predicar al pueblo no bastaba. Tanto en Chátillon como en Folléville pudo darse perfecta cuenta de ello: la causa más profunda del alejamiento reli­gioso de la gente se debía a la degradación del clero. Una frase acudía frecuentemente a sus labios y a su pluma: «El cristianismo depende de los sacerdotes».

Hay que confesar, empero, que el clero francés en aquel tiempo, al igual que el clero de toda la cristiandad, tenía gran necesidad de volver al camino de la santidad. El Con­cilio de Trento comprendió el problema y valoró su grave­dad: al decidir la fundación de seminarios para la formación de los sacerdotes, señaló el camino para el porvenir. Pero era necesario que sus acuerdos se aplicasen, que pasasen a la vida práctica.

Vicente no se hacía ilusiones fáciles. Sabía que la tarea iba a ser complicada. De sus labios salieron frases como las siguientes: «La manera como viven la mayoría de los sacer­dotes de ahora, hace de ellos los más grandes enemigos que tiene la Iglesia de Dios». Y esta otra: «La depravación del estado eclesiástico es la causa principal de la ruina de la Iglesia». Y también: «Si un buen sacerdote puede hacer grandes bienes, ¡cuántos daños puede ocasionar un mal sacerdote!»

Comprendió perfectamente que la reforma del pueblo cristiano pasaba necesariamente por la del clero. La idea de esta empresa surgió en su vida, como tantas otras, de forma absolutamente circunstancial. Un día de julio de 1628, el obispo de Beauvais, Agustín Potier de Gesvres, viajaba en su gran carroza en compañía de varios eclesiásticos, entre los cuales se hallaba nuestro Vicente.

El prelado cerró los ojos como si durmiese. De pronto los abrió y exclamó:

— Por fin he encontrado un medio rápido y eficaz para preparar los clérigos a las sagradas órdenes. Los acogeré en mi casa durante varios días. Allí se entregarán a ejercicios de piedad y se les instruirá sobre sus deberes y obligaciones.

Este pensamiento viene de Dios, monseñor —exclamó Vicente— yo tampoco encuentro nada mejor, para llevar a vuestro clero al buen camino.

Sería conveniente empezar en seguida —repuso el obispo.

Y así comenzaron los retiros para ordenandos. Y las fa­mosas conferencias de los martes para ayudarles a perse­verar en la virtud. Ya en vida de Vicente, las frecuentaban más de 250 sacerdotes. El poderoso cardenal Richelieu quiso saber un día qué pasaba allí. Reclamó a Vicente, le interrogó y quedó tan admirado de lo que oyó, que pidió al santo le diera de inmediato la lista de sus oyentes, con indicación de los que juzgaba más aptos para el episcopado. Poco después eran provistos de sedes todos los candidatos pro­puestos. Luis XIII pidió a Vicente, muerto el cardenal, que le prestara ese mismo servicio. Consintió en ello, pero a con­dición de que se guardase absoluto secreto. El había funda­do sus conferencias de los martes para hacer santos, no para atraer intrigantes.

V. Vicente de Paúl y la mujer: Fuera del claustro, servir a Cristo en los pobres

En el siglo XVII y en Francia no andan las opiniones muy bien para la mujer. Se liquida el sentido caballeresco «romántico» y se pasa a un largo ataque contra sus legíti­mas pretensiones.

Vicente no discute. Lo que le preocupa es servir a los pobres y para esto buscó a los ricos y comprendió de inmediato que les superaban en valía sus mujeres y que, en cualquier caso, estaban más preparadas para la tarea que él se sentía llamado a promover. Ninguna de las mujeres que rodeó a Vicente fue banal. El, que como buen campesino no se andaba con excesivas finezas, sabía sacar de cada alma femenina sus mejores frutos. Desde la «generala» de la Armada francesa, la sentimental y escrupulosa señora de Gondi —a la que Vicente nos confiesa que se propuso siem­pre tratar con todo el respeto con que hubiera tratado a la misma Virgen María—, pasando por Santa Francisca Chan­tal, a la que dirigió por encargo de su gran amigo San Fran­cisco de Sales, hasta la introvertida y atribulada Luisa de Marillac, a quien lanzó a la acción caritativa por toda Francia y fue la cofundadora de las Hijas de la Caridad, como la señora de Gondi lo fue de la Congregación de la Misión.

Vicente contó con las mujeres para cada una de las tres grandes creaciones caritativas que hay en su vida: las «Cari­dades», agrupaciones locales al estilo de la que hemos visto como nació en Chátillon; las «Damas de la Caridad», obra eminentemente parisiense, de asistencia a los hospitales, para lo que contó con numerosas mujeres de la alta socie­dad, y las «Hijas de la Caridad».

Esta última obra es la que encierra un especial interés porque representa una nueva frontera: mujeres consagradas con votos temporales al servicio de los pobres. Vicente tenía un propósito claro y firme. Tanto si dirigía a la sobrina de Richelieu, duquesa de Aiguillon, o a la misma reina Ana de Austria, o a una buena campesina, a todas las impulsaba a la caridad social, a servir a los más necesitados en una nación en luchas continuas (Guerra de los Treinta Años y la Fronda).

Vicente menciona el caso de las diaconisas en la Iglesia antigua, pero con su peculiar realismo afirma que «este sexo quedó privado de todo empleo, sin que de entonces acá haya tenido alguno otro» (Obras, tomo X, págs. 810-811). Y él les buscó empleo. ¡Y de qué manera! Donde fracasó San Francisco de Sales —que primero pensó que sus Hijas de la Visitación se dedicaran también a las obras de miseri­cordia, pero al final, por el peso ambiental, tuvo que en­claustrarlas— venció el tesón de Vicente. El rompió los mol­des de la vida religiosa. Y llevará a las zonas devastadas por la guerra y a los hospitales un ejército de «buenas chicas del campo», algunas incluso analfabetas —lo que era entonces corriente—, entregadas a «honrar y servir a Jesu­cristo, manantial de caridad, en las personas de nuestros señores los pobres, teniendo por clausura la obediencia; por monasterio, las casas de los pobres; por claustro, las calles de la ciudad; por capilla, la iglesia parroquial; por velo, la santa modestia».

El 20 de mayo de 1790 las primeras Hijas de la Caridad llegaron a Barcelona y empezaron a trabajar en el Hospital de la Santa Cruz (el actual Hospital de la Santa Cruz y San Pablo), el gran centro hospitalario de la ciudad, del cual se extendieron a otras poblaciones catalanas. Cataluña será el centro de irradiación de un movimiento de religiosas dedi­cadas a tareas sociales, en la línea de la «nueva misión» abierta a la mujer por Vicente.

VI. Vicente de Paúl y los galeotes: El capellán de las galeras

Si los niños expósitos constituían una lacra de la socie­dad en que vivió San Vicente, los galeotes lo eran de la sociedad y del Estado. Este era el responsable de la espan­tosa situación de miles de hombres condenados a consumir su vida amarrados a los bancos de las galeras. Ninguna marina del mundo se libraría de ese espectro hasta que la evolución de la navegación a vela, primero, y, más tarde, la introducción del vapor permitiera prescindir de los brazos humanos como fuerza motriz. Pero en el segundo tercio del siglo XVII esa solución estaba muy lejos. El estado de guerra permanente agravaba el mal. Por otra parte, la política de expansión de la marina, perseguida por Richelieu en su lucha por la hegemonía europea, hizo aumentar el número y la duración de las condenas.

Vicente tuvo el coraje de llevar su caridad hasta ellos. Como preceptor de los hijos de Emmanuel de Gondi, gene­ral de las galeras, encontró el camino para poder entrar en las cárceles de París, en las que los condenados esperaban ser llevados al puerto de Marsella. Lo que vio era horrible. Locales lóbregos y húmedos, hombres encadenados al muro, parásitos, llagas, inmundicias, hedor, blasfemias: quedó ate­rrado. «Yo vi a estas pobres gentes tratadas como bestias…, cuando me compadecí de sus sufrimientos, cuando besé sus cadenas…, entonces me aceptaron». Vicente fue para ellos lo que el santo catalán Pere Claver fue para los esclavos negros que llegaban al puerto de Cartagena de Indias. ¿Llegó Vicente a ponerse en lugar de uno de los forzados? El hecho lo ponen en duda las biografías más rigurosas. Pero, sea de esto lo que fuere, realmente «se puso en su lugar», en el sentido humano de hacer suya la causa de aque­llos hombres. El bien que realizaba el santo sacerdote en las cárceles llegó a la corte de Luis XIII, el cual a propuesta del señor Gondi creó para él un nuevo cargo: el de capellán general de las galeras.

Su difícil apostolado encontró desde entonces más facili­dades. Inspeccionó los puertos, en particular el de Marsella. Vio los remeros con sus gorros, las espaldas desnudas para recibir los latigazos, con los que el comitre aseguraba el ritmo de la navegación. Vicente era muy realista: procuró sanear las cárceles de París; creó un hospital para los galeo­tes; y tuvo el coraje de predicarles misiones, ayudado por los sacerdotes de su Congregación.

En 1640 entraron en acción las Hijas de la Caridad: les preparaban la comida, les lavaban la ropa, cuidaban a los enfermos… Eran realmente las criadas de unos amos que a veces se burlaban de ellas, les hacían proposiciones deshones­tas y les decían insolencias. Asombra el valor de Vicente y Luisa de Marillac al llevar a sus hijas a aquellos antros. Como asombra su buen sentido en la redacción de las «Re­glas para las Hijas de la Caridad que cuidan de los ga­leotes».

Para este trabajo se echó mano de las más valientes. El oficio era capaz de agotar la paciencia de las más santas. Vicente dudaba de si no sería superior incluso a las fuerzas de Bárbara Angiboust, la cual, a pesar de su estatura, era algo delicada de salud. En la conferencia póstuma sobre sus virtudes, una compañera relató que, en más de una ocasión los detenidos, «le tiraban el plato de caldo y la carne a la cara…, y ella lo volvía a recoger con mansedumbre, ponién­doles tan buena cara como si no le hubieran hecho ni dicho nada». Vicente solía añadir un comentario. Esta vez, acaso por la emoción, fue muy breve: «Hijas mías, aprended de nuestra hermana cómo hay que soportar a los pobres con paciencia».

VII. Los santos anónimos: Margarita Naseau una buena campesina

En la conciencia de Vicente la historia de Margarita Naseau, junto con la de la asociación caritativa de Chátillon­les-Dombes, era, para las Hijas de la Caridad, lo que el sermón de Folléville era para los misioneros. Una muestra del realismo y de la laboriosidad de Vicente es el hecho de que a las primeras Hijas de la Caridad les proponga como ejemplo la imitación de las campesinas. «Imitad las virtudes de las buenas aldeanas… Con gusto os hablaría sobre las virtudes de las mujeres del campo, gracias a mi conocimiento experimental y natural de ellas, pues soy hijo de un pobre labrador y viví en el campo hasta la edad de quince años». (Conferencia del 25 de enero de 1643).

Cuando Vicente decía estas palabras —tomadas por es­crito sin que él lo supiera—, pensaba sin duda en Margarita Naseau, a la que conoció en una de sus misiones en el campo. Era de Suresnes, un pueblecito cercano a París. Era una pobre vaquera sin instrucción. Compró un pequeño libro y, aunque no podía ir a la escuela, «fue al señor párroco —dice el mismo Vicente— o al vicario que le dijese qué letras eran las cuatro primeras; otra vez les preguntó sobre las cuatro siguientes, y así con las demás. Luego, mientras seguía guardando sus vacas, estudiaba la lección. Veía pasar a alguno que daba la impresión de saber leer, y le pregunta­ba: «Señor, ¿cómo hay que pronunciar esta palabra?». Y así, poco a poco, aprendió a leer; luego instruyó a otras mucha­chas de su aldea».

Vicente propuso a Margarita trasladarse a París, para dedicarse al servicio de los enfermos. Bien necesitado estaba del dinero y la ayuda personal para sus cofradías de la Caridad de las más encumbradas damas parisienses. Pero el antiguo vaquero de Pouy encontró en las «buenas chicas del campo» la base del «ejército de la caridad» que él puso en pie. Por eso Vicente, aunque fue mucho lo que le ayudó Luisa de Marillac, a la única a la que dio el título de «prime­ra Hija de la Caridad» fue a Margarita Naseau. Y, en reali­dad, ésta no pudo formar parte del grupo inicial, reunido en la misma casa de Luisa de Marillac. Unos meses antes había fallecido, víctima de su caridad heroica, por haber acogido en su casa y compartido su mismo lecho con una muchacha enferma de la peste.

Margarita Naseau representa uno de los muchos santos anónimos, que crecen como una constelación junto a los grandes santos. Una de aquellas santos y santos que forman el pueblo de Dios. Las Hijas de la Caridad —que hoy son 46.000, la congregación femenina más numerosa de la Igle­sia— han tenido, sin duda, en sus filas a no pocas Margari­tas Naseau.

¿Qué admiraba Vicente en la pequeña vaquera de Sures­nes y en las demás «buenas chicas del campo»? Ante todo, su capacidad de entrega y de trabajo. En tiempos de Vicente lo que más faltaba era personas que se pusieran a la tarea por la Iglesia y por los pobres. El se puso a trabajar y pidió a todos los que quisieron escucharle que hicieran lo mismo. Por eso, desconfiaba de quienes en la oración «hablan casi como los ángeles», pero «se detienen en esto y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos». «No nos engañemos —añadía—. Totum opus nostrum in operatione consistit. (Todo lo que tenemos que hacer es trabajar)».

VIII. Vicente de Paúl y Saint Cyran: Contra el jansenismo porque optó por los pobres

Vicente de Paúl, que toda la vida confiesa temió verse envuelto en alguna herejía, por su especial influencia en la marcha de la Iglesia católica francesa de su tiempo, no pudo evitar el choque con el jansenismo, la corriente herética que sería condenada por la Iglesia, por un rigorismo moral radical y por su determinismo y pesimismo en la doctrina de la gracia y en la comprensión de la naturaleza humana. El nombre de jansenismo deriva de Cornelius Jansen, teólo­go holandés dedicado al estudio de la patrística, sobre todo al de San Agustín, que vivió en Francia y expuso en su libro «Augustinus» las ideas capitales del jansenismo.

Vicente fue amigo de uno de los líderes del jansenismo en Francia —donde vivió el mismo Cornelio Jansen muchos años—. Se trata del célebre Jean Duverger de Hauranne, abad comendatario de Saint Cyran, y conocido, por lo mis­mo, simplemente como «Saint Cyran». Por temperamento y formación Saint Cyran era un polemista y desde muy joven tomó parte activa en las controversias intelectuales. Confesor y director de las religiosas de Port Royal, influyó en los más altos círculos espirituales. Vicente, que no era un intelectual sino un hombre de acción y un gran apóstol, defendió a su amigo cuando éste cayó en las manos del po­deroso cardenal Richelieu, que le encarceló y sometió a jui­cio, pero pronto vio que las ideas de los jansenistas no eran acordes con el pensamiento de la Iglesia. Y de amigo y de­fensor pasó a ser un denunciador implacable, de manera que los historiadores reconocen que tuvo una intervención decisiva en la condena por el Papa de este movimiento hete­rodoxo. Por eso, la relación entre Vicente y Saint Cyran acabó en ruptura.

Imposible entrar aquí en detalles sobre la compleja con­troversia jansenista. Pero sí tiene interés recoger los motivos de fondo de la ruptura. Las tesis de Saint Cyran chocaban con valores básicos de la orientación vital de Vicente. Su rigorismo penitencial —exigencia de la contrición y del cum­plimiento de la penitencia antes de la absolución— era in­compatible con el trabajo misionero y la práctica de las confesiones generales. Su desvalorización de los votos reli­giosos contradecía la necesidad intuida por Vicente de ase­gurar con ellos la perseverancia y el ideal de vida de los misioneros. Su pesimismo sobre la naturaleza humana con­trastaba con la visión vicenciana del pobre como imagen de Cristo.

En una de las entrevistas, cuando la amistad era todavía sólida, Saint Cyran preguntó en un cierto momento a Vicen­te qué entendía él por Iglesia. Vicente contestó llanamente: «La congregación de los fieles bajo nuestro Santo Padre el Papa». El abad le dijo despectivamente: «De esto entiende usted menos que de alemán antiguo». Y añadió: «Es usted un ignorante; su ignorancia es tan supina, que me asombra que su congregación lo aguante como superior». Otro se hubiera encolerizado. Pero Vicente comprendió que lo que aquel orgulloso necesitaba era sobre todo el correctivo del humilde buen humor. Al exabrupto del abad contestó con una admirable sentencia: «Más asombrado estoy yo, señor; mi ignorancia es todavía mayor de lo que usted imagina».

Por entonces, Vicente no quería consumar la ruptura. Por eso concluyó la entrevista ofreciendo al abad, que estaba a punto de partir para su abadía, un caballo para el viaje. Saint Cyran lo aceptó, prometiendo devolverlo.

El jansenismo —y ciertas formas actuales de neojanse­nismo— no son para los pobres. Vicente no tenía cierta­mente la cultura de su ilustre y polémico amigo. Pero su «sentido de la fe» y su «sexto sentido» de pastor le advir­tieron de que el jansenismo no era el camino de la Iglesia.

IX. Vicente de Paúl y las vocaciones: Tenemos una norma: no urgir a nadie

En estas semanas próximas a la festividad de San José, en que cada año retorna la «campaña pro-seminario» y el problema de la falta de vocaciones, acaso sea útil recordar la actitud de San Vicente de Paúl en este punto. He de confesar que, al estudiarla, me sorprendió mucho; y con­fieso que, también en este punto, me pareció que daba la «medida de santo», medida que contrasta frecuentemente con nuestras medidas demasiado humanas.

Por principio, no buscaba vocaciones y se contentaba con las que el Señor quisiera enviarle. Aplicaba también en este punto lo que, según Daniel Rops, fue la quintaesencia de su «sabiduría cristiana»: dejar obrar a la divina Providen­cia, no querer adelantarse a ella, pero estar siempre dispo­nible para secundarla… A esta máxima permaneció fiel toda su vida. En fecha tan tardía como mayo de 1660 —Vicente murió el 27 de septiembre del mismo año— retuvo la carta de un misionero suyo a un sacerdote, porque el primero intentaba inducir al segundo a que entrara en la Compañía, la Congregación por él fundada.

Con esta ocasión, expuso su pensamiento sobre el reclu­tamiento de vocaciones y el fundamento espiritual en que se basaba, que no era otro que su profundo convencimiento de que la vocación viene de Dios: «Nosotros tenemos una máxima…, que consiste en no urgir jamás a nadie para que abrace nuestro estado. Le pertenece a Dios solamente esco­ger a los que El quiere llamar, y estamos seguros de que un misionero dado por su mano paternal hará él solo más bien que otros muchos que no tengan una pura vocación. A nosotros nos toca rogarle que envíe obreros a su mies y vivir tan bien que con nuestros ejemplos les demos más alicientes que desgana para que trabajen con nosotros».

¡Qué actualidad tienen estas palabras en esta hora, en que tantos sacerdotes miran atrás y no ven jóvenes dispues­tos a tomar el relevo en el trabajo! A pesar de todo, hay que tener en cuenta que sólo una actitud de fe y de desinterés evangélico podrán preparar los caminos de Dios para su Iglesia en el futuro.

Vicente se mostraba exigente en cuanto a las cualidades de los aspirantes y deseaba que sus sacerdotes vivieran heroicamente —incluso hasta el martirio— las exigencias de la vocación. Pero su característica más notable es su absolu­to desinterés, que le impedía capitalizar en provecho propio los contactos que los ejercicios a ordenandos y otras obras análogas le procuraban con personas valiosas. Las palabras con que aconseja en este punto a sus sacerdotes demuestran su confianza en Dios y su escrupuloso respeto de la libertad de cada persona: «Indicadles las dificultades que podrán surgir y que es menester que si abrazan este estado, esperen muchos sufrimientos y trabajos por Dios. Si después de esto toman esta resolución, enhorabuena; se les puede hacer que hablen con el superior, para que traten más ampliamente con él de su vocación».

Sin embargo, Vicente insistía en «la norma», hablando a sus sacerdotes, con particular intensidad: «Dejemos obrar a Dios, padres, y mantengámonos humildemente en la espera y en la dependencia de las órdenes de su Providen­cia… En nombre de Dios, padres, sigamos esta norma, por favor, y dejemos obrar a Dios, contentándonos con ser sus cooperadores. Creedme, padres; si la Compañía sigue obran­do así, Dios la bendecirá».

Eran la medida y la actitud de un santo.

X. Las raíces de san Vicente de Paúl: Un instrumento de la ternura de Dios

Llegados al último de estos breves recuerdos sobre la gran figura de San Vicente de Paúl, publicados con motivo de la celebración del cuarto centenario de su nacimiento (1581-1981), parece obligado centrarse en lo que pudiéramos llamar sus «raíces», el núcleo de su personalidad. Segura­mente lo más profundo del alma de Vicente era una zona constituida, en partes iguales, por sentimientos de bondad y de ternura. Fue un gran signo y un instrumento de la ternura de Dios.

El escritor francés Antoine Redier lo reconoce así en su libro sobre Vicente, un libro cuyas intuiciones, en opinión de los conocedores de la vida y obra de San Vicente, son casi siempre acertadas. El Rey Luis XIII, que en 1619 había nombrado a Vicente capellán general de las galeras, solicitó poco antes de su muerte que fuera a asistirle Vicente. Con respecto a este encargo, escribe Redier: «El superior de la Misión pasó allí días emocionantes. Habló poco, pero hízolo con su hombría de bien y su ternura habituales».

El estilo de Vicente y su espiritualidad son, como ha señalado Juan Pablo II, sumamente actuales. Es un hombre para nuestro tiempo. Acaso éste es el secreto de los grandes santos: que siempre son nuestros contemporáneos. Incluso podría establecerse un sugestivo paralelismo entre la perso­nalidad de Vicente y la del Papa actual. Y también entre las enseñanzas de ambos.

Un texto y un hecho de la vida de San Vicente lo podrá ilustrar. El texto —mezcla de reflexión, exhortación y plega­ria, lo que era habitual en él— dice así: «Cuando vamos a ver a los pobres debemos entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos y ponernos en las disposiciones del gran Apóstol cuando exclamaba: ‘Me hago todo a todos’, de forma que no sea sobre nosotros sobre quienes recaiga la queja que un día profirió Nuestro Señor por boca de un profeta: ‘He buscado quien me consolase y no lo he hallado’. Y para conseguirlo hemos de procurar enternecer nuestros corazo­nes y hacerles sensibles a los sufrimientos y miserias del prójimo, y suplicar al Señor que nos dé el verdadero sen­tido de misericordia, que es el mismo espíritu de Dios. ¡Oh, Salvador, no permitas que abusemos de nuestra vocación, y concédenos que el espíritu de misericordia no abandone ja­más esta Compañía!».

El hecho hace referencia a lo que ocurrió en el mismo momento de morir nuestro santo. Vicente se había prepa­rado para entregar su alma a Dios con los auxilios de la Iglesia y con la plegaria. Pacientemente, repitió todas las invocaciones que los buenos sacerdotes de la misión le susu­rraban al oído, como rivalizando por atenderle. El padre Gicquel le decía con excesiva frecuencia: «Deus in adjuto­rium…» (Oh Dios, ven en mi ayuda). El, primero, contestó pacientemente. Pero, después, despabilándose, dijo: «¡Ya basta!».

Gran San Vicente, que hasta el último momento tuvis­teis que imponer vuestra autoridad, para recordarnos que también el amor y el celo apostólico pueden ser inoportu­nos y que, a veces, nada expresa mejor la ternura que el silencio.

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