Sobre el amor al prójimo

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Jaime Corera, C.M. · Year of first publication: 2011 · Source: Anales.
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«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

Cuando un niño del pueblo de Israel aprendía de sus mayores que debía amar a su prójimo como a sí mismo aprendía, a la vez, que ese mandato procedía de Dios. Ambas ideas aparecen unidas en el libro del Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yahvéh.» También aprendía que el mandato había sido entregado por Dios a Moisés para que lo transmitiera al pueblo elegido como pertenencia propia y peculiar de ese pueblo (Lv. 19,1-2).

En realidad, la mayor parte de los niños en casi todas las partes del mundo han aprendido de sus mayores la misma lección a lo largo de los siglos, pues ese mismo mandato se encuentra prácticamente en todas las religiones anteriores, contemporáneas y posteriores a la religión de Israel, así como en los escritos de diversos filósofos. Este principio básico de comportamiento moral, conocido como la Regla de Oro, aparece en la diversas religiones expresado con frecuencia en forma negativa, pero siempre pretende el mismo fin: debes tratar a tu prójimo como quieres que se te trate a ti.

Véanse algunos ejemplos, tomados de The Golden Rule, Jeffrey Wattles (New York, Oxford University Press, 1996, passim):

  • de un antiguo (circa siglo V a.C.) papiro egipcio: «No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti»;
  • del hinduismo: «No hay que hacer a otros lo que uno considera dañoso para sí mismo»;
  • Platón (Crito, 49c): «No hay que hacer el mal en venganza, ni hay que tratar mal a nadie, por mal que le hayan tratado a uno»;
  • Sexto, filósofo pitagórico: «Lo que no quieres que te suceda a ti no lo hagas tampoco a nadie»;
  • Confucio: «No impongas a otros lo que no te gustaría para ti»;
  • Islam (Mahoma, en el llamado «Sermón de despedida», pronunciado setenta y dos días antes de morir): «No hagas daño a nadie, [para] que nadie te haga daño a ti.» «Ninguno de vosotros será un verdadero creyente hasta que no quiera para su hermano lo que quiere para sí mismo.»

Hasta qué punto la llamada Regla de Oro pertenece al patrimonio ético-religioso común de la humanidad aparece con toda  evidencia en la «Declaración para una ética mundial» del Parlamento de las Religiones del Mundo, tenido en 1993, que formuló así la Regla de Oro como principio fundamental de comportamiento ético-moral, válido para toda la humanidad: «Debemos tratar a los demás como queremos que ellos nos traten.»  La declaración fue firmada por los dirigentes de 143 religiones procedentes de todas las zonas del mundo.

Se podría objetar, tal vez, que la formulación del Levítico en forma positiva es más exigente que las diversas formulaciones, casi todas en forma negativa, que hemos aducido como ejemplos. Pero todo un sabio como el rabino Hillel, contemporáneo de Jesús, formuló también de forma negativa el mandamiento del Levítico, añadiendo, además, que en él se resume todo lo que Yahvé quiere de su pueblo: «Habiendo pedido a Hillel que resumiera brevemente toda la Torá (la Ley de Moisés) respondió: ‘No hagas a tu prójimo lo que odiarías que se te hiciera a ti’. Ahí está toda la Torá. Lo demás es comentario» (Talmud, Shabbat,31a). El mismo san Pablo, de quien aventura Renan que pudiera haber sido discípulo de Hillel, da ambas formulaciones, la positiva y la negativa, juntas, como si fueran equivalentes: «El que ama al prójimo, ha cumplido la Ley. Aquello de «no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás» y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». La caridad no hace mal al prójimo» (Rm 13,9-10).

En el pensamiento judío ha habido continuidad a lo largo de los siglos sobre la importancia de la Regla de Oro como resumen y fundamento del comportamiento ético, en formulación positiva o negativa, o en ambas. Como testigos privilegiados de esa continuidad citaremos simplemente para el siglo XII a Maimónides («Sefer ha-Mitzwot: Mitzvot, Aseh, 206», ‘Libro de los preceptos’, una obra en la que intentó sintetizar en unos pocos los 613 preceptos del Talmud), y, en tiempos ya cercanos a nosotros, a AhadHa’Am (véase más adelante).

En el Nuevo Testamento formulaciones de la Regla de Oro en forma positiva se encuentran en Mt 7,12; Rm 13,8-10; St 2,8. Las tres advierten, como lo hace Hillel, que en ese mandato se encuentra resumido todo lo que piden «la Ley y los profetas», mientras que Lucas 6,31, lo presenta rodeado de una serie de dichos de carácter ya netamente cristiano.

Téngase en cuenta, para mejor entender lo que se va a decir más adelante, que «la Ley y los Profetas» es una expresión estereotipada que se refiere siempre y solo a contenidos del Antiguo Testamento, nunca a los del Nuevo. Dígase lo mismo de la más breve expresión «la Ley». Si en el Nuevo Testamento a esta segunda expresión no se añade «de Cristo», o algo similar, se trata sin duda de la Ley antigua. Por ejemplo: «La Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo» (Jn 1,17). La carta a los Romanos está estructurada prácticamente toda ella sobre el fuerte contraste entre la Ley de Moisés y la «ley» de Cristo. De la primera llega a decir san Pablo, citando el salmo 143,2, que «nadie será justificado ante Dios por las obras de la Ley» (Rm 2,20), y que los cristianos «hemos sido emancipados de la Ley» (Rm 7,6). Pues bien: el libro del Levítico, todo él, es uno de los pilares básicos de la Ley.

«¿Quién es mi prójimo?»

La Ley de Moisés enseñaba también al niño israelita quién era el prójimo al que debía amar. El prójimo era, ante todo, el próximo, el cercano, «los hijos de tu pueblo», es decir, del pueblo de Israel. Así lo dice expresamente la formulación completa del mandamiento del amor al prójimo: «No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yahvéh.» (Lv19, 18).

El concepto de prójimo se amplía un poco unos versículos más adelante y se aplica también al «forastero que vive entre vosotros, a quien miraréis como a uno de vuestro pueblo, y le amarás como a ti mismo» (Lv 19,34).

A pesar de las no escasas perspectivas de tipo universalista que aparecen en múltiples lugares del Antiguo Testamento desde Abrahán mismo (Gn 12,3: «En ti serán benditos todos los pueblos de la tierra», cfr. también 18,18;22,18;26,4;28,4; Sal 72,27; Si 44,21; Is 49,6; 60,3-6; Jr 3,17), la formulación restrictiva del mandamiento de amar al prójimo de la misma nación tal como aparece en  el Levítico (junto con otras prescripciones típicamente judías, relativas a la circuncisión, el sabbath, los alimentos, la limpieza ritual) ha marcado profundamente la sicología fuertemente etnocéntrica de buena parte del ‘pueblo elegido’ a lo largo de los siglos, así como su reserva más o menos pronunciada en relación a los ‘goyim’, las ‘gentes’ no pertenecientes a ese pueblo: «El primer judaísmo (después del exilio) ve al mundo dividido en dos grandes bloques de pueblos: ‘judíos’ y ‘no judíos’, o sea, el pueblo de los paganos (goyim) frente a Israel, el pueblo de Dios… La diferencia es ante todo de naturaleza religiosa, de modo que los pueblos paganos son considerados como ‘extranjeros’ y ‘enemigos de Israel’… Israel busca su fuerza en una separación estricta de estos pueblos»  (Edward Schillebeeckx, Cristo y los cristianos, Ed. Cristiandad, Madrid, 1982, p.120). No es nada difícil observar fuertes reminiscencias de esa antigua actitud en muchos ambientes  judíos de hoy mismo.

En la enseñanza de Jesús se supera radicalmente el sentido restrictivo que tiene en el Levítico la palabra ‘prójimo’. A partir del evangelio esa palabra recibe un sentido universal que rompe todas las barreras étnicas y religiosas. De las varias enseñanzas que se desprenden de la parábola del buen samaritano la principal es la que quiere responder a la pregunta del legista que provoca la parábola: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). El samaritano no es un miembro del pueblo judío, no es por tanto ‘prójimo’ según la Ley para el hombre tendido al lado del camino, ni éste lo es para el samaritano.

Pero la Ley de Moisés no es la Ley de Jesús; esta rompe las barreras de las diferencias nacionales y religiosas (Ef 2,14-19) y constituye en prójimo a todo ser humano, en especial al ser humano herido y necesitado.

Amar a Dios, amar al prójimo

El único lugar de todo el Antiguo Testamento en que se formula solemnemente el amor a Dios como el gran mandamiento se encuentra en el libro del Deuteronomio 6,5: «Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.»

A diferencia de lo que sucede varias veces en el Nuevo Testamento, en el Antiguo no se encuentran formulados juntos los dos mandamientos, el del amor a Dios y el del amor al prójimo. Sí aparece con toda claridad en muchos lugares la idea de que el culto que se tributa a Dios como expresión de fidelidad y amor hacia él no tiene ningún valor y es rechazado por el mismo Yahveh si no se practica a la vez la justicia y la misericordia con el prójimo, sobre todo con el prójimo pobre. Véanse como ejemplos bien conocidos Ez 18,7-9; Is 58,6-7. Yahveh no acepta el amor y el culto que se le deben si no va acompañado del amor al prójimo.

Esta última es una idea que anticipa y prepara la identificación plena de ambos mandamientos en el Nuevo Testamento: «El israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio que, como sabe muy bien, compendian el núcleo de su existencia: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas » (Dt 6, 4-5). Jesús, haciendo de ambos un único precepto, ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo contenido en el libro del Levítico: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lv 19, 18; cf. Mc12, 29- 31)» (Benedicto XVI, Deus caritas est, 1).

Esa identificación de ambos mandamientos procede sin duda de Jesús mismo, como se dice en la encíclica y lo admiten la mayor parte de los exegetas sobre la base del testimonio concurrente de los tres evangelios sinópticos (Mt 22,38-40; Mc 12,33; Lc 10,27).Como se decía arriba del mandamiento del amor al prójimo, también del doble mandamiento se dice, aún con mayor razón, que comprende «toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40), o expresiones equivalentes como «no estás lejos del Reino de Dios» si lo cumples (Mc 12,34), o «haz esto y vivirás»(Lc 10,28).

«…como a ti mismo»

Ahora bien, ¿qué quiere decir eso de «amarás al prójimo como a ti mismo»? El significado obvio de la expresión parecería ser que el amor que uno se tiene a sí mismo debe ser la medida para el amor que debe tener a los demás. Ese precepto debe llevar a cumplir lo que la Regla de Oro expresa de manera afirmativa o negativa; hacer a otros el bien que desearíamos que ellos nos hicieran, evitar hacerles el mal que no nos gustaría para nosotros mismos.

Como base sólida para ambas formulaciones parecería lógico establecer el principio de que el amor a sí mismo es el fundamento y la medida del amor a los demás. Por tanto, hay que empezar por asegurarse de que uno se ama a sí mismo antes de empezar a amar a los demás. Es más: en caso de conflicto, el amor a uno mismo tiene primacía sobre el amor al prójimo. Véase esta curiosa ‘parábola’ que trae el Talmud para ilustrar de manera práctica este principio abstracto:

Dos hombres van caminando por el desierto. De los dos sólo uno lleva un recipiente con una cantidad escasa de agua. No hay agua suficiente para los dos, de manera que si se reparten el agua ambos morirán de sed. Si sólo bebe uno, este salvará su vida, pero el otro morirá. ¿Qué debe hacer el hombre que lleva el agua? El rabí Akiba (conocido en el Talmud como ‘el mayor de todos los sabios’ y uno de los fundadores a finales del siglo I y principios del II del llamado judaísmo rabínico vigente hasta hoy) enseñó que el hombre que lleva el agua debe bebérsela él mismo, porque ya que los dos no pueden sobrevivir es más justo y está más en concordancia con la justicia de Dios el que un hombre se salve a sí mismo antes que salvar a su prójimo, cuando eso implique que perderá su propia vida.

En los tiempos modernos un gran conocedor judío de la Biblia y del Talmud como AhadHa’am (seudónimo de Asher Ginsberg, 1856-1927), concurre con la opinión de Akiba, y señala que esa opinión es una aplicación práctica plenamente en armonía con el principio fundamental de la moral judía.

De la moral judía tal vez, pero en modo alguno de la moral cristiana: «La moralidad judía dice que en general no se debe pensar que los asuntos de tu prójimo son a los ojos de Dios más importantes que los tuyos propios. El judaísmo aprueba ciertamente el hecho de dar la vida para cumplir un ideal religioso (santificar el nombre de Dios), pero condena a quien sacrifica su vida en favor de su prójimo. Por el contrario, el cristianismo enseña que ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.’ AhadHa’man mantiene que esta es la diferencia fundamental entre la ética judía y la cristiana, y mantiene también que la ética judía es superior a la cristiana porque pone en primer lugar la norma absoluta de la justicia en contra de la ilógica doctrina cristiana del sacrificio de sí mismo y la renuncia a sí mismo» (The Jew and Christianity, Herbert Danby-canónigo de la catedral anglicana  de San Jorge en Jerusalén-, The Sheldon Press, Londres, 1927, pp. 83-84).

Lo que a un judío experto en la Torá y en el Talmud le parece «la ilógica doctrina cristiana del sacrificio de sí mismo» es nada menos que el alma y núcleo de la doctrina cristiana de la redención de la humanidad: «Al entrar en el mundo dijo…: ‘He aquí que vengo…, a hacer, oh Dios, tu voluntad’… Y en virtud de esa voluntad somos santificados, por el sacrificio de una vez para siempre del cuerpo de Cristo» (Hb 10,5-10). También a Saulo, el fariseo celoso de la gloria de Yahveh, le parecía que el sacrificio de la cruz era ilógico, por no decir escandaloso y aun absurdo (1Cor 1,23). Tuvo que pasar por la experiencia de una conversión radical para llegar a poder decir que consideraba «basura» su visión anterior, una visión basada en la fidelidad a la Ley, y que desde su conversión toda su gloria estaba en la cruz de Cristo (Flp 3,4-8; Ga 6,14).

De manera que decir que «la caridad bien entendida comienza por uno mismo», y no por el sacrificio de uno mismo,  o que tenemos que empezar por amarnos a nosotros mismos para poder amar en la misma medida a nuestro prójimo, es una evidente recaída en la visión judía pre-cristiana de la Ley. La Ley del Levítico no es la Ley de Cristo. Como es el caso con tantos otros temas del Antiguo Testamento, la Ley del Levítico no es más que una preparación pedagógica para la plenitud de la Ley de Cristo.

Si esto es así, parece increíble que se pueda pensar y menos aún escribir que el mandamiento del amor al prójimo tal como lo formula el Levítico era exactamente lo que necesitaba Vicente de Paúl  para comprender bien el evangelio y de paso gozar de una buena salud mental. Parece increíble, pero eso se ha escrito en esta misma revista hace unos años (mayo-junio 1997): «Si el Sr. Vicente hubiera sido capaz de verse a sí mismo como el primer prójimo… no habría introyectado esa forma suicida de humildad…’amar la propia abyección’. Al amarse a sí mismo, hubiera hallado muy fácilmente el camino para amar a la gente (los pobres) y a Dios. Es la sabiduría del Levítico: Ama a tu prójimo como a ti mismo» (p.230). Y sigue el autor aplicando su ‘descubrimiento’ a su propia vida de seguidor de san Vicente: «Me acordé del ‘como a ti mismo del Levítico’, y descubrí que solo cuando me ame yo a mí mismo podré amar al pobre» (p.231).  ¿Qué hay que decir de ese ‘descubrimiento’ a la luz de aquella palabra del Señor: «El que ama su vida, la pierde» (Jn 12,25)?

Si el señor Vicente hubiera sido fiel al Levítico hasta la muerte y hubiera seguido amándose a sí mismo como se amó hasta alrededor de los 37 años, y no hubiera dado un cambio radical para olvidarse de sí mismo y vivir las exigencias del Mandato Nuevo, nunca hubiera llegado a ser san Vicente, ni hubiera fundado nada, ni existiría esta revista, ni al autor que estamos citando se le hubiera ocurrido escribir esas ‘curiosidades’ sicológicas sobre san Vicente, pues nunca hubiera oído hablar de él.

En cuanto al ‘amor de la propia abyección’ de san Vicente, que al autor se le hace tan indigesto (lo califica nada menos que de «forma suicida de humildad»), ¿acaso no está inspirado  por el «se anonadó a sí mismo»  de Jesucristo (Flp 2,7), o por aquello de san Agustín de que la Ciudad de Dios no se puede construir sobre el amor a sí mismo, sino sobre el amar a Dios «hasta el menosprecio de sí mismo»  (De civitate Dei, 14,28,1), o por la enseñanza del Señor: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo…» (Mt 16,24-25)?

Véase cómo entendía Vicente de Paúl el amor que tuvo Cristo, amor que debe ser el modelo de todo amor cristiano, y dígase con sinceridad si se parece mucho a lo que manda el libro del Levítico o a ninguna formulación de la Regla de Oro: «Miremos al Hijo de Dios: ¡oh, qué corazón caritativo! ¡qué llama de amor! Jesús mío, dinos, por favor, qué te ha hecho salir del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra, tantas persecuciones y tormentos que has sufrido. ¡Oh, Salvador!, fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame, ¿quién ha amado al prójimo más que tú? Has venido para exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a sufrir una muerte vergonzosa por nosotros. ¿Hay amor semejante?… ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra el amor al prójimo. Es este amor el que le ha crucificado y que ha llevado a cabo la obra admirable de nuestra redención.» (XI 555).

Por lo que sabemos por los Hechos de los Apóstoles 12,2 y por la tradición, todos los primeros testigos que recibieron directamente del Señor el encargo de anunciar el evangelio, y no sólo ellos sino también otros muchos discípulos de Cristo de la primera generación, «no amaron tanto su vida que temieran la muerte» (Ap 12,11). Entre ellos, san Pablo, que no sólo entregó su vida temporal por amor a su prójimo, sino que, como escribe en la carta a los cristianos de Roma, se mostraba dispuesto a «ser anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Rm 9,3). No podía mostrar amor mayor por los miembros de su pueblo que se mostraban sordos al mensaje de Jesús. Anteponía la salvación de ellos a la suya propia. Un sentimiento parecido se manifiesta en aquella sorprendente exclamación de Vicente de Paúl: «No me basta amar a Dios si mi prójimo no le ama» (XI 553). ¿Dónde queda en esos dos casos la ‘sabiduría’ del Levítico?

Al judío precristiano para ser justo le podría bastar con amar a su prójimo compatriota, y con amarle como se amaba a sí mismo. Pero, una vez convertido al cristianismo, no podía por un lado seguir definiendo a su prójimo con la estrecha visión patriótica y  restrictiva del Levítico, ni, por otro, le bastaba con amarle como se amaba a sí mismo. Si quería ser verdadero discípulo de Jesucristo y no seguir anclado en la ‘justicia de la Ley’ tenía que aprender a amar a todo ser humano como le amó Jesucristo.

Una vez que Jesucristo ha enseñado a la humanidad cuál es la medida del verdadero amor, todas las otras medidas, incluidas la del Levítico y las de las múltiples formulaciones de la Regla de Oro, deben ser tenidas como normas de actuación moral ciertamente útiles, pero insuficientes e imperfectas. Todas esas formulaciones pueden incluso llevar a un raquitismo moral, y hasta a un egoísmo larvado, cuando se toman como si fueran formulaciones definitivas del amor verdadero.

Se puede proponer la Regla de Oro, como lo hizo el Parlamento de las Religiones del Mundo,  como principio de comportamiento que, si se guardara, ayudaría sin duda a progresar en concordia y ayuda mutua a una humanidad radicalmente egoísta  y a unas naciones que miran ante todo por el bien propio, con frecuencia a costa de otras naciones, sobre todo si estas son débiles. También ayudaría en gran manera a mejorar las relaciones entre las personas en múltiples situaciones. Por eso no es mala idea seguir proponiendo ese principio como regla práctica de comportamiento también para personas individuales en la vida diaria.

Pero no se puede caer en el error de proponer tal Regla como si fuera la enseñanza propia de Jesús para la redención de la humanidad; menos aún se puede proponer como si fuera la enseñanza definitiva de Jesús a los que creen en Jesús y deben hacer de la vida de Jesús la norma de la propia vida.

«Os doy un mandato nuevo»

«El Señor Jesús declara a sus discípulos que lo que les da es un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros: ‘Os doy un mandato nuevo, que os améis unos a otros.’ ¿Pero no estaba ya ese mandato en la antigua Ley de Dios, en la que está escrito: ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’? ¿Por qué lo llama nuevo si está tan claro que era antiguo? ¿Será tal vez mandato nuevo porque una vez despojados del hombre viejo él nos reviste del nuevo? Lo que renueva al que oye, o, más bien, al que obedece, no es cualquier amor, sino aquel amor que el Señor, para distinguirlo del amor carnal (carnali dilectione), lo formuló así: ‘como yo os he amado’. Este amor nos renueva para que seamos hombres nuevos, herederos del  testamento nuevo». San Agustín. (Tract. in Jo.,65,1-3).

Jesucristo formula el mandamiento fundamental del amor de una manera nueva que supera por «plenitud», aunque no la anula (Mt 5,17), la formulación del Levítico y las de todas las religiones y filosofías paganas: la verdadera medida del amor verdadero es estar dispuesto a dar la vida por el prójimo, como lo hizo Jesucristo: «En esto hemos conocido lo que es amor, en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16).

Pero no se piense que esa muestra de amor se ofrece como un ‘consejo evangélico’ de libre elección, o que esté reservado para unos pocos temperamentos heroicos. Se trata de un ‘mandamiento’ nuevo para todo el que tome en serio lo que significa ser cristiano, mandamiento propio de la Nueva Ley evangélica,  basado en el ejemplo de quien lo promulgó: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34-35).

Lo llamamos ‘mandamiento’, así lo llama también el Señor, aunque es bien sabido que el amor no se puede mandar. Se puede ofrecer como experiencia vivida, como lo hizo el Señor, y se puede luego ofrecer como camino universal de salvación a todo ser humano, como lo hace el Señor. El amor que salva de verdad es el amor del que nos ofrece ejemplo el Señor con su vida y con su muerte. Con el amor que propone el Levítico es imposible romper los estrechos límites de la Ley y librarse del todo de las trampas del amor a sí mismo. El egoísmo, o más bien el egocentrismo, es un efecto del amor a sí mismo, imposible de evitar mientras se piense que uno tiene que comenzar por amarse a sí mismo antes de amar a los demás. ¿Qué amor hay que preferir en caso de conflicto: el amor a sí mismo o el amor al prójimo? Recuérdese la ‘parábola’ talmúdica citada arriba de los dos caminantes por el desierto.

Resumiendo: hay que dar por superada la definición de lo que es amar al prójimo, propia del Antiguo Testamento, y atenerse a la que da el Señor. Como ya se ha indicado, todo el Antiguo Testamento es preparación pedagógica para lo que se nos revela en el Nuevo (cfr. Dei Verbum, 15). De manera que, cuando se propone alguna enseñanza del Antiguo Testamento, en la Iglesia hay que presentarla como lo que es, como preparación para la revelación definitiva de la voluntad de Dios que sólo se nos da en plenitud en la vida, obras y enseñanzas de Jesucristo: «Los libros del Antiguo Testamento…  alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento» (Dei Verbum, 16).

Hay que tener eso en cuenta siempre, no sea que se siga manteniendo en la Iglesia lo que es enseñanza superada del Antiguo Testamento como si fuera enseñanza de Cristo. Adviértase que cuando el evangelio afirma que en el «amarás a tu prójimo como a ti mismo» se encuentra «toda la Ley y los profetas», o expresiones semejantes, quiere decir exactamente eso: en esa expresión se resume todo lo que enseñaron la antigua Ley y los antiguos profetas. El mandamiento del amor al prójimo tal como lo formula el Levítico puede ciertamente servir como regla práctica para la convivencia de la vida diaria. Pero lo que enseña Jesucristo como Mandato Nuevo para dar sentido cristiano a toda una vida se formula de una manera muy diferente.

Se comprende que se enseñe en la catequesis a niños que justamente han abierto los ojos al mundo de la fe, y que aún se preocupan ante todo por su propia supervivencia y por abrirse un nicho propio en el mundo (actitud que muy adecuadamente se califica como autocentrismo infantil), se comprende, decimos, que se les enseñe que tienen que amar a los demás, al menos como se aman a sí mismos. Lo mismo se podría decir a quien por razones de desajuste sicológico sienta una especie de desprecio, o incluso repugnancia, por sí mismo, o un fuerte complejo de inferioridad. Mientras se intenta sanarle,  tal vez sería conveniente apelar a motivos de autoestima y de amor a sí mismo, antes de proponerle ideales más altos de sacrificio por los demás.

Pero una vez que crezcan y una vez que se curen, a unos y a otros hay que proponerles la verdadera definición del amor al prójimo que nos da Cristo, y no la que nos da el Levítico. Si no se hace eso, la Iglesia de Cristo estará llena de gentes permanentemente infantiles en la fe, o poco impregnadas del verdadero espíritu evangélico, que viven toda la vida anteponiendo el bien propio al bien de los demás, y que, además, tal vez lo hagan, e incluso lo enseñen como si fuera la verdadera enseñanza de Cristo.

El que se viva muy deficientemente el Mandamiento Nuevo del amor sucederá también, por supuesto, aunque se enseñe a todos los bautizados ese mandamiento en toda su exigencia. No basta conocer la recta doctrina para que uno se deje inspirar, de hecho, por ella en la vida diaria; menos aún tratándose de una doctrina tan exigente como la del Mandamiento Nuevo.

Pero tampoco se diga que lo que propone Jesucristo es sólo para unos pocos espíritus aguerridos, y no para el común de los fieles. Pues la historia de la Iglesia ofrece, desde su comienzo hasta hoy mismo, ejemplos innumerables de gentes comunes de todas las edades que han tomado y toman en serio el Mandamiento Nuevo, y que, sin pensar en su propio bien, han dedicado en el pasado y dedican hoy la propia vida, día a día, a trabajar por el bien de sus hermanos. Se pueden contar por miles, sin ir más lejos, entre las gentes inspiradas por san Vicente a lo largo de los siglos, y hoy también. Gentes generosas que «consideran a los demás como superiores a sí mismos, y no buscan su propio interés, sino el de los demás», dejándose llevar por «los mismos sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2,3-7 ss.). Adviértase que esto lo propone san Pablo no a religiosos, especializados en el seguimiento de Cristo, sino a gentes ordinarias convertidas poco antes del paganismo.

«… no puede amar a Dios, a quien no ve»

Aunque, como se observó arriba, las formulaciones de los dos mandamientos de amor a Dios y amor al prójimo no aparecen juntas en el Antiguo Testamento, sí aparece, también se advirtió, la idea equivalente de que el culto a Dios es una realidad vacía si no va acompañada del amor al prójimo. En otras palabras, el primero  y principal acto de culto a Dios es el amor al prójimo, idea que también recoge el evangelio (Mt 5,23-24).   En el Nuevo Testamento se encuentra la formulación más explícita de esta idea en la primera carta de Juan: «Quien no ama a su prójimo a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve»  (4,20).

No se piense cándidamente que cuando el Nuevo Testamento habla de amor se refiera a algún tipo de sentimiento o de emoción sicológica, como suele hacerlo el lenguaje mundano corriente. Tampoco, por supuesto, se refiere a eso san Juan. Para este discípulo del Señor amar es «dar la vida por los hermanos» y compartir los bienes materiales del diario vivir. De manera que «si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra el corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1Jn 3,16-17). Obras son amores…

Pero san Juan no sólo quiere decir que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, sino que «el versículo de Juan (4,20) se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor al prójimo es camino para encontrar también a Dios» (Deus caritas est, 16). Afirmación de gran calado. ¿Se querrá decir también, y por tanto se podrá decir legítimamente, que en nuestro caminar hacia Dios hay que empezar por amar al prójimo?

Ya hace muchos siglos san Agustín dejó escrito que aunque en un orden de excelencia el amor a Dios es anterior al amor al prójimo, en el orden de la práctica sucede al revés: sólo se puede llegar a Dios amando primero al prójimo. Y no sólo eso, sino que si se ama de verdad al prójimo, en ese mismo amor se ama también a Dios: «Hablaba san Juan sobre la caridad fraterna y decía: ‘El que no ama al hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve.’  Pero si amas a tu hermano, ¿será acaso posible que ames a tu hermano y no ames a Cristo? ¿Cómo puede ser eso si amas a los miembros de Cristo?  Cuando amas a los miembros de Cristo, amas a Cristo; cuando amas a Cristo, amas al Hijo de Dios; cuando amas al Hijo de Dios, amas también al Padre. El amor no se puede dividir» (In ep. Jo. tr. 10,3).

Sin necesidad de haber leído a san Agustín, pero inspirada sin duda por el mismo conocimiento y experiencia del verdadero espíritu de Jesucristo, escribe santa Teresa de Jesús (de la que san Vicente dice que desde el tiempo de los apóstoles nadie había disfrutado de un grado tan eminente de oración–IX 388) este notable párrafo, precisamente en la más mística de sus obras, Las Moradas:

«Solas estas dos cosas nos pide el Señor: amor de su Majestad y del prójimo… La más cierta señal que –a mi parecer- hay de si guardamos estas dos cosas es guardando bien la del amor del prójimo, porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), mas el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que mientras en este os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que tenemos a Su Majestad, por mil maneras; en esto yo no puedo dudar» (Moradas quintas, c.3).

De todo ello se deduce esta consecuencia fundamental: el amor al prójimo es el camino y la medida del amor a Dios. Aunque ella la conocía muy bien, no menciona en este lugar santa Teresa una idea que es previa a todo lo que dice en el párrafo citado: todo verdadero amor procede de Dios (1Jn 4,7-9).  Sí lo hace de manera implícita al decir que si amamos al prójimo Dios hará que aumente en nosotros el amor que le tenemos a Él mismo.

En el número 18 de Deus caritas est se exponen todas estas ideas de manera condensada:

«Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama… Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero.»

En resumen: todo verdadero amor que se pueda experimentar en este mundo pecador tiene su origen en Dios mismo. Llegar a Dios es el ‘instinto’ más profundo en todo ser humano, aunque no sea consciente de ello, pues «nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.» El camino para llegar a la Fuente y Origen de ese amor es amar al prójimo «tal como nos lo mandó» (1Jn 3,23). Mientras peregrinamos en este mundo pretender ir directamente a Dios dejando de lado al prójimo es esfuerzo perdido, porque «a Dios nadie le ha visto nunca» (Jn 1.18; 6,46;1Jn 4,12). La situación será distinta en la vida eterna, porque entonces «Le veremos (y amaremos directamente) tal cual es» (1Jn 3,1).

«Dad la vuelta a la medalla…»

A la luz de estas ideas de origen evangélico, recogidas por la tradición patrística, por la mística y por la enseñanza de la Iglesia Católica, cobra una importancia muy especial aquella idea, fundamental en la espiritualidad vicenciana, de que el lugar para buscar y encontrar a Cristo, y por tanto a Dios, es el ser humano pobre.

Convendrá recordar una vez más las palabras decisivas de san Vicente: «No hemos de considerar a un pobre… según su aspecto exterior… Dad la vuelta a la medalla y veréis a la luz de la fe que son los pobres los que nos representan al Hijo de Dios» (XI 275). O aquellas otras, no menos decisivas: «Al servir al pobre se sirve a Jesucristo» (IX 240). Estas y otras muchas ideas de san Vicente, como la tan repetida de «dejar a Dios por Dios», apuntan al mismo hecho: en el prójimo pobre se encuentra a Jesucristo, y por eso mismo a Dios. El pobre es camino para llegar a Dios.

Si eso es así, ¿estará en lo cierto Bremond cuando dice: «No son los pobres los que han llevado hacia Dios a Vicente de Paúl, sino que es Dios el que le ha llevado hacia los pobres»? (Histoire littéraire…, ed. 1967, t. III, p.219). Sin duda que desde un punto de vista teológico, Bremond tiene razón. No pudieron deberse más que a Dios la inspiración y la gracia necesarias para que en la vida de Vicente de Paúl se diera hacia sus 37 años aquel cambio prodigioso de orientación, aquella verdadera conversión que se manifestó hasta el final de su vida en una dedicación exclusiva a la redención espiritual y material de los pobres.  Si, como se vio arriba y lo recuerda san Juan (1Jn 4,7-9,19), Dios es el único origen de todo amor verdadero, sólo pudo ser Dios quien inspiró a san Vicente la idea de que para vivir radicalmente su fe recibida en el bautismo debía encontrar en los pobres su camino para llegar a Dios, y le dio la gracia necesaria para que lo hiciera así. Dios le llevó hacia los pobres.

Ahora bien, eso es algo que Bremond puede afirmar sólo por la seguridad que le proporcionan la fe y un razonamiento teológico basado en ella, en línea con la afirmación de santo Tomás de Aquino de que las verdades de fe, aunque no se vean ni sean objeto de experiencia empírica, son más seguras que las verdades de la razón, incluyendo las de la razón científica moderna.

De modo que la seguridad que muestra Bremond se mueve en el terreno de la fe; no procede de que pueda encontrar en los hechos conocidos de la biografía de san Vicente algún dato de inspiración o de actuación de la gracia divina que alguien pueda comprobar directamente, ni siquiera el mismo Vicente, sino sólo, tal vez, en sus efectos. Las inspiraciones del Espíritu y la gracia son realidades ciertas, pero nunca comprobables en sí mismas con seguridad total en casos concretos.

En la vida del mismo Vicente de Paúl se dan casos de ello, y no pocos. Por ejemplo, estuvo un tiempo dudando de si la idea de fundar la Congregación de la Misión que le sugirió la señora de Gondi procedía de una inspiración y gracia de Dios, o bien era producto de su propia ambición, o incluso trampa del diablo (II 206). Recuérdese también lo que dice santa Teresa, un alma mística de tantos quilates,  sobre la siempre precaria ‘seguridad’ de que se ama a Dios. Por lo demás tanto los escritos de ella como los de san Juan de la Cruz están literalmente llenos de llamadas al discernimiento  y de advertencias para ayudar a tener una cierta seguridad  de que  las inspiraciones y gracias que se cree experimentar, incluso y sobre todo las más ‘espirituales’, provienen de Dios y no de otra fuente muy ajena a Dios.

Lo que nos revelan los datos conocidos de la biografía de san Vicente es que su descubrimiento en 1617 de la pobreza material y espiritual de los pobres de la Francia rural fue el principio de un largo camino de seguimiento de Cristo, muy diferente del que había seguido hasta entonces. Ese nuevo y definitivo camino le llevó a ver a Dios cara a cara un poco antes del amanecer del 27 de septiembre de 1660. En otras palabras: en cuanto él mismo pudo ser consciente de ello, y en cuanto se puede reconstruir hoy su vida con los datos seguros que conocemos, los pobres le llevaron a Dios. Con lo que se cumple una vez más lo que anteriormente hemos visto expresado en el Nuevo Testamento, en la tradición patrística, en la mística y en la enseñanza de Benedicto XVI: el amor al prójimo es el camino para llegar a Dios.

Todo esto tiene un interés que no es solo teórico. Si el proceso de crecimiento en fe y santidad en la vida de san Vicente fue como se acaba de exponer, no puede ser otro el proceso para los que se dicen inspirados o animados por la experiencia cristiana de san Vicente. También ellos y ellas tienen que comenzar por amar a los pobres si quieren llegar a ver a Dios cara a cara y llegar a fundirse definitivamente en el Amor que es Dios (1Jn 4,8).

Esta idea tiene muy importantes consecuencias prácticas de tipo catequético y pedagógico. ¿Por dónde hay que empezar para educar adecuadamente en el espíritu cristiano en general, y en el espíritu vicenciano en particular, que es el que nos interesa en este momento? En toda sana pedagogía cristiana y vicenciana no puede faltar nunca ni el aspecto ‘espiritual’ de relación más o menos directa con Dios (oración, liturgia…) ni el aspecto de amor afectivo y efectivo a los hermanos. En la práctica se dará siempre entre ambos elementos una relación de tipo dialecto, de influencia mutua. Todo lo que se va a decir a continuación deberá tener en cuenta esta afirmación previa.

Para cultivar de una manera constante el deseo de un acercamiento progresivo a Dios están, aparte de la vida común cristiana, que ya por su misma naturaleza debe buscar ese mayor acercamiento, las numerosas instituciones monásticas y religiosas que se han creado en la Iglesia Católica para tomar en serio ese proceso de acercamiento, desde san Pacomio en el siglo IV hasta hoy.

Pero nuestro caso es diferente. Para ingresar  en cualquiera de las instituciones vicencianas el motivo fundamental debe ser el deseo de dedicarse a la redención material y espiritual de los pobres, sabiendo, a la vez, que al hacer eso se progresará en el caminar hacia  Dios.

Por ello, sobre esa dedicación a los pobres se deben construir todos los demás elementos de una vida de inspiración vicenciana: oración, vida moral, vida familiar, profesión, trabajo, relaciones sociales, ocio…; y también, cuando sea el caso, la vida de comunidad, el sacerdocio, los votos. Todo ello debe llevar a amar más y a trabajar mejor por los pobres de Jesucristo. ‘Pobres de  Jesucristo’ está bien dicho, porque él mismo es quien nos asegura que a él se hace lo que se hace al menor de sus hermanos (Mt 25,40). A su vez, la dedicación a ese trabajo dará una mayor densidad a la relación personal con Dios.

De manera que ya en los inicios de la formación en el estilo vicenciano habrá que asegurar, a la vez que un programa sólido de vida ‘espiritual’,  alguna clase de trabajo directo por los pobres. Si esa actividad estuviera del todo ausente en los mismos comienzos, lo que se suele conocer como formación espiritual (vida de oración…) intentará crecer en un vacío vital, desprovisto de toda actividad fecunda que alimente a su vez la vida espiritual. El resultado de un tal proceso será casi siempre una vida espiritual tirando a anémica, a la vez que una escasa preocupación y dedicación práctica  a la redención espiritual y material de los pobres.

Epílogo para paúles: Mirando hacia atrás sin ira

Hace ya bastantes años un compañero de fatigas pastorales dijo al que escribe esto: ‘No sabemos cómo dedicarnos a trabajar por los pobres, ni lo hacemos en serio, porque nadie nos lo enseñó ni en la teoría ni en la práctica en nuestros años de formación’. Oído lo cual, se produjo en el oyente una reacción interior que se guardó muy bien de expresar en voz alta: ¿Por qué no aprendes por tu cuenta en tu edad madura lo que nadie te enseñó cuando eras joven? Pero si se quiere ser sincero hay que reconocer que no le faltaba razón en cuanto la observación se refiere a la formación de los sacerdotes y hermanos paúles, al menos en este país, aunque no sólo en él, durante los años cuarenta y cincuenta, y aun los sesenta y setenta, del siglo pasado.

Ciertamente que es posible compensar en la edad madura las lagunas en la formación de los años mozos. Pero lo normal es que, fuera de excepciones valientes, la mayor parte de la gente viva de las rentas, por así decirlo, de la primera formación en la juventud, con algún retoque que otro, añadido a lo largo de los años. Pero rara vez se repiensan y se reconstruyen, en ningún estado de vida, los fundamentos básicos y las estructuras fundamentales de la educación primera con sus aspectos positivos y sus lagunas.

No le faltaba razón del todo a nuestro compañero de fatigas pastorales. Para tener alguna compasión por los pobres y darles ayudas caritativas ocasionales que alivien su mal, pero que no pongan en peligro el bienestar propio y el amor a uno mismo, basta con practicar lo que se puede aprender en el libro del Levítico. Pero para dedicarles la vida, poniendo en riesgo el propio bienestar, no basta con el Levítico: hay que asimilar vitalmente y poner en práctica lo que dice a los cristianos en general, y a los cristianos vicencianos en particular, el Mandamiento Nuevo del Señor.

Nota bibliográfica

La bibliografía usada para este artículo se cita en las referencias dentro del texto. Por lo demás, la bibliografía sobre este tema es, como se suele decir, inmensa, empezando por los escritos de los llamados Padres Apostólicos, siguiendo por los Padres de la Iglesia y por los escritos teológicos y espirituales de todos los siglos hasta hoy mismo. Como exposición más reciente se recomienda SOBRE LA UNIDAD DEL AMOR A DIOS Y EL AMOR AL PRÓJIMO, de Karl Rahner, en «Escritos de Teología», Taurus Ediciones, Madrid, 1967, tomo VI, pp. 271-292.

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