Santa Luisa de Marillac (Parte segunda)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Benito Martínez, C.M. · Year of first publication: 1984 · Source: Vincentiana.
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III. Misión

Desde la muerte de su marido, el 21 de diciembre de 1625, Santa Luisa va a vivir una nueva época. Es como una vida distinta des­pués de un segundo nacimiento. Hoy la podemos dividir en cuatro etapas: de 1625 a 1633, de 1633 a 1639, de 1639 a 1650 y de 1650 hasta su muerte, el 15 de marzo de 1660.

Ella ignoraba este futuro, pero según se iba presentando en el presente se convencía de que también se realizaba, como su infancia y su juventud, decretado desde la eternidad, y ella colaboraba tam­bién.

Conviene que examinemos la situación económica de esta pequeña familia, porque es el marco en que se va a realizar su futu­ro. La situación económica tiene gran importancia, porque hasta 1650 estará pendiente de ella. No podrá liberarse del miedo ni del remor­dimiento injustificado de ser ella la causante de la penuria económi­ca de su casa. La quitará el tiempo, comprometerá a San Vicente, y su espiritualidad se desarrollará en medio de las preocupaciones por la fortuna de su hijo.

La situación precaria que les deja Antonio Le Gras al morir la va a marcar duramente. El amor ardiente que tiene por su hijo le grita que el porvenir del hijo de sus entrañas es incierto. Santa Luisa sufrirá físicamente, especialmente en los siete años que van de 1643 a 1650, desde que su hijo abandona el seminario y sin empleo vive de las pocas rentas que le quedan, hasta 1650 en que se casa.

1. Bienes

Es difícil saber cuántos eran los bienes de madre e hijo a la muer­te del señor Le Gras, ya que las familias procuraban ocultar la si­tuación real de su fortuna para que no influyera negativamente en contratos o negocios. Ni aún por los testamentos y contratos matri­moniales podemos deducir la totalidad de una fortuna. Tan só­lo podemos indicar:

  • Todas las fortunas del siglo XVII, consideradas seguras, estaban formadas por tierras, oficios y rentas. Sin embargo, des­pués de vender el oficio de secretario de la Reina Madre, los bienes de madre e hijo eran únicamente rentas. Lo cual era inestable y peligroso, dada la devaluación continua del dinero y las inseguridades a causa de las guerras y revueltas, amenazando continuamente con la ruina.
  • Es cierto que Luisa de Marillac se manifiesta como una ad­mirable administradora tanto de los bienes de los pobres como de la Compañía: Conservamos las cuentas del Asilo del Nombre de Je­sús; San Vicente dice varias veces que muchos conventos de París se estaban hundiendo-económicamente, pero que, gracias al buen hacer de la Señorita en los negocios, las casas de las Hijas de la Ca­ridad todas estaban desahogadas.
  • Es cierto que Antonio Le Gras, hombre de buen corazón, no se interesó tanto en aumentar su fortuna cuanto en administrar bien los negocios de sus sobrinos. La santa recuerda a su hijo que, poco después de morir su padre, al presentarle las cuentas ante los magistrados de Justicia, le quedó deudor de casi cuatro mil libras. Lo cual parece indicar que de las 6000 libras que Luisa llevó de do­te, se habían gastado las 2000 que entraron en comunidad de bienes y las 4000 que se reservaba para ella; o acaso que disminuidos los bienes del señor Le Gras, no se reservó Luisa las 3000 libras anuales durante los trece años de matrimonio (37), estipuladas en el contra­to matrimonial.
  • También es cierto que Luisa de Marillac y su hijo, Miguel Le Gras, tenían bienes para vivir de sus rentas, para pagarse ella una criada o él un criado, pero sin holgura; lo cual podía lle­varles a la ruina en cualquier descuido. Tienen para vivir tan sólo justamente, ya que San Vicente escribe a Santa Luisa que no haga regalos por encima de sus posibilidades, y se ve que son regalos pequeños; ya que para hacer donación de tres cuadros tiene que vender algunas sortijas que le quedaban, en marzo de 1646; ya que con dificultades puede pagar la pensión del internado de su hijo en el colegio de los jesuitas; ya que tiene que aceptar una pensión de los Marillac; ya que cuando llegue el momento de casar a su hijo surgirán dificultades serias, a causa de la insuficiencia de bienes.

Ciertamente en esta etapa que va de 1625 a 1633, aunque sin lujos, madre e hijo tienen para vivir tranquilamente. No tienen an­gustias de dinero, aunque sí recelan algo en el futuro de Miguel.

Pero éste entra en el seminario y, como dice su madre, por este lado le desaparece la inquietud. Y si continúa, ella queda muy tran­quila (L. 1). Aunque para cualquier madre con un alma como la de aquella mujer tener un hijo sacerdote era un regalo embriagador, no cabe duda de que, mirado humanamente, también la situación económica de su hijo quedaba solucionada definitivamente.

2. Formación para la Misión

Sin mayores preocupaciones económicas en estos primeros años y Miguel en el seminario, esta etapa de 1625 a 1633, a pesar de apa­recer como transitoria y de un parecido sin importancia, es trans­cendental en la persona de Santa Luisa.

Son los años en que descubre su vocación y su misión en la tierra. Puede avanzar hacia el futuro sabiendo qué hacer y a dónde ir. Co­mo una excepción, le parece que ahora es ella quien decide en su vida de la mano de su director.

Seguirá insegura cuando penetre en su interioridad, pero se mostrará segura cuando actúe en las obras del señor Vicente. Ahora necesita todo lo aprendido en aquel pensionado desde los trece a los ventiún años. De aquí en adelante, de la mano de su director, va a realizar, por fin, toda la potencialidad creadora que encierra su personalidad. Ella misma se atreve ya a proponer y a realizar. Es ya otra mujer. Y esta nueva mujer es acaso la obra más preciosa de San Vicente de Paúl. El la descubrió y el vio el potencial inmenso que guardaba latente en su interior. Y él, guiándola en la libertad, la dejó que ella misma lo pusiera en práctica.

Preparación, 1625-1629

En estos años va descubriendo su vocación. Su vida espiritual sigue siendo una continuación de la que llevó cuando estaba casada, con un fondo cercano a la llamada escuela abstracta que le inculcaron los capuchinos y Miguel de Marillac, y aceptada por su último di­rector, J. P. Camus. Con el nuevo director hace un Proyecto de vi­da sin romper su devoción anterior, centrada en ella y en Dios. Aun­que no pertenece a ninguna de las Caridades del señor Vicente, hace algunas labores para los necesitados y algunas obras de caridad. Habla de Dios con una amiga, la Senorita Du Fay — entroncada en la misma familia de los Marillac —. Son las dos únicas dirigidas del señor Vicente que conozcamos concretamente por estos años. Por las cartas vemos una cierta intimidad entre los tres y una amistad entrañable en Dios. El Director les suele pedir algo de dinero y algu­nos vestidos para los pobres.

A su director, Vicente de Paúl, le trata de padre mío y él la llama hija mía.

Iniciación en la Misión, 1629-1633

En los primeros meses de 1629 toma por sí misma una decisión que cambia el rumbo de su vida y la convierte en otra mujer. Decide entregarse a los pobres y se ofrece a San Vicente para ayudarle en las Caridades. El Santo la acepta como colaboradora. Esta decisión queda realizada por primera vez el 6 de mayo de 1629.

El casi nunca ya la llamará hija mía, sino señorita y ella no le dirá ya padre mío, sino señor; y desde comienzos de 1649 le llamará muy honorable padre. Todo es como un signo del cambio realizado. Aun­que siga siendo su director, para él, ella es algo más que una dirigida.

Es enviada por el Director a visitar las Caridades de fuera de París y es recibida por las Caridades como una especie de visitadora oficial de parte del fundador y promotor, Vicente de Paúl, que reside en París.

En adelante, y aún más desde noviembre de 1633, la persona de S. Vicente se va a desdoblar en director espiritual de una mujer a la que dirige desde hace años con sus problemas espirituales, per­sonales y de familia, y en Director de una gran obra de caridad hacia la principal colaboradora y después, cofundadora.

Santa Luisa asume dignamente esta nueva faceta de su vida. Son muchas las Caridades que reorganiza y dinamiza y son muchos los informes que envía a San Vicente; tantos como los reglamentos que redactó o corrigió. En 1630 funda la Caridad de su parro­quia. San Nicolás de Chardonnet, siendo su primera presidenta. Al año y medio deja el puesto de presidenta y se extiende a más carida­des. Comienza a ser protagonista al lado de San Vicente.

La actividad se va apoderando de aquella mujer que encerrada en sí misma no tenía más objetivo que estar unida a la divinidad individualmente.

Ahora piensa y expone a San Vicente la evolución de las Cari­dades. Tiene jóvenes que ayudan con su trabajo físico a las señoras de condición. En fin, concibe unas Caridades nuevas formadas por señoras de dinero y mujeres trabajadoras. Es lo mismo que estaba pensando San Vicente. Aquellas, burguesas y de la nobleza, serán las superioras; éstas, generalmente campesinas, serán las sirvientas.

Y más adelante: Conviene reunir y formar a estas campesinas como una rama aparte. Ahora comprende el porqué de su estancia en el pensionado.

También San Vicente va pensando la misma idea; sólo que él es más cauto y espera los signos de la Providencia. Así llega el 29 de noviembre de 1933. Pero comprende el valor y el papel de su di­rigida.

3. Dirección de San Vicente

El encuentro de San Vicente tuvo para Santa Luisa tanta im­portancia como el que tuvo San Vicente con el cardenal Bérulle. De aquí en adelante Santa Luisa queda unida a San Vicente. La perso­na de este hombre se proyectará continuamente en la santa. Ella le venera y le ama profundamente en Dios y él la dirige y la ama tier­namente también en Dios.

Ya no se puede examinar a Santa Luisa separada de San Vi­cente. Casi se podría decir que una faceta de su personalidad es la relación con su director; casi se podría descubrir en cada acción de esta mujer la presencia de su director. Ciertamente como un instru­mento de Dios.

Sin violentarla y sin imposiciones él la va haciendo y realizan­do. Sin San Vicente, Santa Luisa no sería ella.

Correspondencia.

Por las cartas sólo conocemos la actuación de San Vicente sobre Santa Luisa en lo referente a las obras. Son cartas para la acción, organización o dirección de las obras en favor de los pobres. A tra­vés de las cartas descubrimos la epopeya de unos hombres y unas mu­jeres encarnados en la redención entera del pobre. Pero no nos di­cen casi nada de la dirección de un sacerdote en la espiritualidad de una mujer concreta, no sabemos casi nada de cómo dirigía San Vi­cente el interior de Santa Luisa.

Primero, porque se han perdido muchas cartas de esta época, cuando Luisa de Marillac estaba más preocupada de su unión con Dios por medio de la devoción que a través de los pobres. Es fre­cuente leer en algunas cartas de San Vicente: «Cómo me consuelan sus cartas y los pensamientos en ella consignados!», «En cuanto a la pena que tuvo y que me indica al final de su carta, ya hablaremos de ella», «Y si la otra pena le sigue afligiendo, escríbame, que ya le contestaré». Pero esas cartas a las que alude, se han perdido.

Segundo, porque la dirección de su vida interior se hacía en con­versación privada, en un diálogo que no ha dejado huellas escritas: «Ya hablaremos», «cuando tenga la dicha de verla, ya le diré el pensamiento que tuve un día», «nada le digo de lo que me ha escrito, porque espero verla a finales de este mes y poder hablar juntos».

Todas estas conversaciones tuvieron que ser bastante frecuen­tes, dada la inseguridad de Santa Luisa en lo tocante a su vida inte­rior: «Si pudiera darle a conocer mis temores, cuánto me consolaría! Todos se fundan en el sentimiento de verme abandonada de Dios». Este sentimien­to es bastante frecuente en ella:

«Se ha olvidado de mí en la necesidad que le dije tenía de hablar con usted. No sé lo que nuestro buen Dios me quiere dar a entender, pero espero que su caridad me lo advertirá».

«Permítame que ocupe ante usted el lugar de una pobre vergonzante, que le ruega por amor de Dios que le haga el favor de concederle la limosna de una pequeña visita, que necesito mucho, ya que no puedo señalarle el motivo; es algo que me impide hacer muchas cosas y que me obliga a importunarle».

Por eso sabemos que, cuando los dos están en París o cuando van entrando en la ancianidad y ya no pueden ausentarse, las cartas escasean, porque viven cerca el uno del otro y no tienen nada más que cruzar la calle para entrevistarse. A lo más, aparecen pequenOs papeles que, debido a las prisas o al mal tiempo, tiene que llevar un criado. Venían a suplir las llamas telefónicas de la actualidad.

La dirección

Con todo, estas notas y cartas, a veces de paso, a veces como una insinuación, nos señalan que hay papeles que pueden introdu­cirnos en la profundidad de esta dirección. Se conservan bastantes de estos papeles. Son pensamientos o resúmenes de la oración para su intimidad, para las hermanas o para que los conozca su director. Todos ellos rezuman sinceridad. Ella ha sido muy sincera abriéndo­se totalmente a él:

«Esto me obliga a suplicarle, por amor a nuestro Señor, que busque un poco de tiempo para conocerme por completo. No le ocultaré nada que pueda impedir ese conocimiento, según la gracia que Dios me ha dado siempre de desear que viera usted con toda claridad todos mis pen­samientos, acciones e intenciones, para que los conozca su bondad» (V, c. 1766).

A pesar de esta sinceridad y de esta insistencia a su director, o por eso mismo, San Vicente sabe que él es sólo un instrumento de Dios. Sabe muy bien que Dios tiene designios maravillosos sobre esta mujer que ha puesto en sus manos y le ha encomendado a él que la ayude, pero el Director es Dios. Por eso se retira cuando sien­te que Dios está presente. No puede meter su hoz en la cosecha de Dios (1, c. 530). A veces tiene que explicárselo a su dirigida, que le cuesta comprenderlo. El 24 de marzo de 1646 le escribe Santa Luisa:

«Padre: Tengo muchos motivos para humillarme al ver cómo se porta Dios conmigo, a pesar de ser tan indigna de esa gracia que deseaba (hablar con San Vicente) antes de nuestra fiesta tan querida de la Encarnación. Le ruego a la bondad de Dios que pueda ser antes de que acabe la Pascua».

San Vicente le contesta al día siguiente:

«Bien. Le gustaría a usted hacer su revisión y una comunicación más íntima con aquel con quien Nuestro Señor le ha dado cierta confianza, y no ha querido Dios que haya podido hacerse esto, para que la haga usted interior e íntimamente con él mismo, que al honrarle con su amor excesivo — como dice el Apóstol — quiere, por unos celos divinos, ser él con quien haga usted esa ansiada comunicación. e. Tiene usted motivos para quejarse, si es así?»

No tiene motivos, y poco después le responde:

«Me siento indigna de esa conducta de la divina Providencia que usted me ha hecho el honor de señalarme».

A pesar también de esta sinceridad en las notas que nos ha de­jado Santa Luisa y aunque descubramos la profundidad de la direc­ción vicenciana debemos tener en cuenta que estas notas no están fechadas, y que así como las cartas se refieren más a las obras, las conferencias se dirigen más a las Hermanas.

San Vicente la dirige sin forzarla, suavemente la guía confor­me a la espiritualidad que la inculcaron sus primeros directores. «Yo conservaré en mi corazón las (palabras) que me esribe de su genero­sa resolución de honrar la adorable vida oculta de Nuestro Señor, tal como le dio nuestro Señor deseos desde su juventud», (I, c. 50) le escribe hacia 1630. En esta dirección parece como si el director se propusiera tres objetivos:

  • Convencerla de que tiene que vivir alegre, a pesar de ha­berla marcado el dolor por su nacimiento, por las dificultades de su hijo, por el abandono de la familia y por la marginación que le dan las leyes civiles.
  • Controlar la afectividad hacia su hijo y, al pasar los años, hacia él mismo.
  • Sacarla de ella misma, del encerramiento de llevar una es­piritualidad para ser una devota, para salvarse, poniéndole otro ob­jetivo a su vida, servir a los pobres.

IV. Influencia vicenciana

Cuando la señorita le Gras encuentra al señor Vicente, llevaba una espiritualidad como tantas mujeres devotas que buscaban a Dios, pero con un sabor platónico y dionisiano.

Los documentos que mejor nos muestran esta espiritualidad son los Ejercicios que hizo en estos años.

1. – Ejercicios de adviento de 1628

San Vicente se los había aprobado. Minuciosamente le indicó el orden y el modo de hacerlos; él se los revisará cada dos días. Le señala las lecturas y las materias de la oración: las que monseñor de Ginebra pone al comienzo y al final de la Introducción a la Vida Devota.

Luisa de Marillac obedece y los cuatro primeros días sigue fiel­mente a San Francisco de Sales, pero los tres últimos no puede y aparecen los temas y las ideas de los primeros directores de tenden­cia nórdica.

Aún al meditar los temas de la Introducción se escucha un len­guaje distinto. En San Francisco resuena la devoción moderna, en San­ta Luisa la escuela abstracta. San Francisco se dirige a la sicología y a la práctica; Santa Luisa, a la metafísica y a la contemplación.

Suenan las ideas de ejemplarismo, emanación y retorno a Dios, anonadamiento y abandono en Dios, Cristo se presenta como Dios juez más que como hombre.

En un acto de la más pura mística renoflamenca, no quiere «bus­car las ternuras ni consuelos espirituales para excitarse a servir a Dios». Siente que «voluntariamente tiene que dejar todos los con­suelos sensibles para unirse a la esencia de la divinidad».

Cuando aparece Cristo, acentúa «honrar sus instrucciones» más que imitarle. Los pobres aún no aparecen como una parte de su vi­da, metidos en su carne. Parecen algo añadido, accidental.

2. – Ejercicios de adviento de 1631 y pentecostés de 1632

Desde el año 1629 se nota un cambio constante en la espirituali­dad de Santa Luisa. San Vicente la va llevando lentamente, sin violentarla, a una vida de Dios más humana, no tan especulativa, más centrada en Cristo y en la vida ordinaria.

En los ejercicios de 1631 San Vicente le pone los temas para el domingo, lunes y martes. Ella escoge los del sábado. Luisa pre­fiere meditar sobre la muerte y el juicio, él le indica la vida de Jesús. Las oraciones del sábado tienen un enfoque más abstracto que las de los días siguientes.

Los tres últimos días nos parece asistir a unos Ejercicios distin­tos. Medita en la vida de Jesús desde el nacimiento hasta la pasión. Jesús se presenta en todas las meditaciones. Como una fiel hija piado­sa saca resoluciones prácticas.

La influencia vicenciana se hace predominante unos meses más tarde, en los ejercicios de pentecostés de 1632. Son de ocho días y todas las meditaciones se ocupan de Jesús.

En la oración le invade el que Jesús se haya unido al hombre por amor, el seguirle e imitarle en su vida humana. Escoge a Jesús como modelo. Y toma la decisión de «imitar a Jesús como una es­posa intenta ser conforme a su esposo».

3. – Unida a la Divinidad

Durante todos estos años Santa Luisa se da cuenta que todo su­cede como si Dios tuviera casi determinado desde toda la eternidad que «es su voluntad que vaya a El a través de la cruz, que su bondad quiso que la tuviese desde mi mismo nacimiento, no dejándome casi nunca durante todos mis años sin ocasiones de sufrimientos» (A. 29). Y al preguntarse, por qué, tiene que ir a buscar la respuesta al seno de la Trinidad, en la eternidad, antes de nacer el tiempo; y allí descubre el decreto divino.

Y se plantea un interrogante ¿Cuál es el plan de Dios en la creación?

Por primera vez responde sencillamente en adviento de 1628: «Dios no ha tenido otro plan, al crear nuestra almas tan relevantes por encima de todas las criaturas, que el de ser su único y entero posesor».

La creación entera no tiene más razón de ser que la de servir al hombre a unirse con Dios. Las criaturas «son como los canales que conducen el agua a la fuente» (A. 19). Y por ello debe «amar las criaturas a causa del designio de Dios en la creación».

El medio elegido por Dios para llevar a cabo la unión del hombre con la divinidad es la encarnación del Verbo.

La encarnación del Verbo.

La encarnación estaba decretada desde toda la eternidad. No fue el pecado de Adán lo que determinó la encarnación, sino la cre­ación del hombre; y aunque Adán no hubiese pecado, el Verbo se habría encarnado para hacer esta unión.

La causa de esta unión es doble: el amor divino, pues Dios no puede dejar de amar al hombre cuando lo mira, ya que en él ve «la excelencia del ser que le ha dado y que participa del suyo» (A. 28).

La otra causa es la grandeza de Dios. Pues no puede recibir gloria verdadera fuera de El, si la humanidad no se une a la divinidad. Hecha la creación se exige la encarnación.

Esta doctrina debió escucharla a los capuchinos del Faubourg Saint-Honoré. Desde San Buenaventura y a través de Scoto era una doctrina familiar a los hijos de San Francisco de Asís.

San Vicente, sin violentar su espíritu, la irá inculcando la idea de que el Verbo es Jesús.

La Eucaristía

La encarnación ya se hizo y no se repetirá, pero Dos quiere una unión continua e inseparable, por ello inventó «el Santísimo Sacramento del Altar, en el que habita continuamente la plenitud de la divinidad» (A. 14). » Y como en el cielo Dios se ve en el hombre, por la unión hipostática del Verbo hecho hombre, ha querido estar en la tierra a fin de que ningún hombre estuviera separado de El» (A. 15). Y todo por «puro amor» (M. 5 bis).

Los méritos de Cristo

Santa Luisa descubre otra unión entre la humanidad y la divi­nidad a través de Cristo. Es una unión intencional o meritoria, «una unión continua, aunque invisible, por la aplicación del mérito de sus acciones sobre las de sus criaturas» (A. 14).

Esta unión está estrechamente unida a la comunión, ya que Dios al verse en nosotros «nos aplica tan eficazmente el mérito de su vida y de su muerte que nos hace capaces de vivir en El, teniéndolo vivo en nosotros» (M. 72).

Observaciones

De aquí en adelante, en las etapas siguientes, y por influencia de San Vicente, Santa Luisa hará de Jesús el camino para unirse a la divinidad, a través de la imitación de su vida, sobre todo de la vida de Jesús crucificado.

Pero encontramos cierta diferencia en el enfoque dado a la es­piritualidad que vivía esta mujer antes y después de encontrarse con San Vicente:

  • El designio de Dios se presenta como algo intrínseco a su naturaleza, como emanando de su experiencia vital. La doctrina de Jesús, sin embargo, aparece como algo que le ha venido de fuera; sabemos que fue a través de San Vicente. Aun­que ciertamente la va a asimilar de tal manera que la vivirá como vida de su ser personal.
  • El enfoque de los temas hasta dirigirla San Vicente llevan un sabor especulativo, aunque de vez en cuando, saque algunas conclusiones prácticas, especialmente para humillar su orgullo. La imitación de Cristo no llevará nada especulativo, todo será práctico y ocasional. Sabe a algo de la vida ordinaria de cada cir­cunstancia.
  • Cristo es Dios y hombre, es el Verbo y Jesús. Según las épo­cas y las circunstancias de los tiempos los hombres tienen distintas maneras de unirse a Dios. Unos hombres ansían unirse con la esen­cia divina sin intermediarios creados, aunque sea la humanidad de Jesús; otros prefieren poner a Jesús como meta de unión. Para lograrlo, éstos sienten la necesidad de seguirle e imitar su vida. Santa Luisa comenzó a caminar de la mano de los capuchinos y de Miguel de Marillac hacia la esencia de Dios; luego, guiada por San Vicente, descubre la fuerza del hombre Jesús y le imita. Al final de su vida hará la unión de las dos corrientes.
  • Leyendo la correspondencia hasta 1634 nos penetra un sen­timiento de sorpresa. El Santo continuamente habla de Nuestro Señor y apenas nombra la palabra Dios. La Santa, por el contrario, en las pocas cartas que conservamos de esta época, incesantemente le habla de Dios, pero apenas aparece la expresión Nuestro Señor.

4. – Unión de voluntades

Años más tarde, descubrirá que la verdadera unión del hombre con la divinidad se hace uniendo la voluntad libre del hombre con la voluntad de Dios, ya que Dios «no ha puesto en nuestro poder nada más que el simple acto de nuestra voluntad, y es lo único que El mira junto con la acción que procede de él» (A. 40).

Voluntad de Dios

En la Francia del siglo XVII la conformidad con la voluntad divina era un sentimiento enraizado, no sólo en los hombres piado­sos, sino también en la sociedad. Una sociedad que buscaba la solu­ción a muchos misterios físicos y humanos en la voluntad de Dios; una sociedad formada por clases inamovibles, fijas, admitidas por todos como una cosa normal porque era la voluntad de Dios.

Como en todas las corrientes ideológicas, los hombres conside­raban la voluntad de Dios de distintas maneras. Sobresalen dos concepciones:

  • Una es sicológica; se considera más el cumplimiento de los deseos de Dios para ser bueno; lleva un tinte moralista. Es una con­tinuación de la Devoción Moderna. Las palabras que la determinan pudieran ser: hacer y aceptar.
  • La otra concepción es metafísica: la voluntad de Dios en sí misma y en la naturaleza divina. Proyectada en el hombre es para la unión con Dios, para el ser del hombre y de Dios. El hombre se abandona en Dios que le posee. Es una prolongación del neoplato­nismo dionisiano. Sus palabras pueden ser: designio eterno, abandono, unión, ser.

Cuando Santa Luisa comienza a ser dirigida por San Vicente, camina por esta tierra, como todos sus contemporáneos, envuelta en la voluntad de Dios. Luisa sabe que desde la eternidad Dios ha dado su decreto sobre ella. A ella sólo le toca colaborar. Y por ello, impotente y pobre pecadora se abandona en Dios.

En todos los autógrafos de estos años se repiten continuamente las expresiones abandonarse, que la voluntad de Dios o el designio divino se cumpla en ella o sobre ella. Hoy nos asombra esta mentalidad que suena casi a determinismo, pero Luisa vivía en el siglo XVII.
Penetrando en una profundidad metafísica que nos admira por ser de los primeros años, identifica SER con VOLUNTAD LIBRE.

Idea que desarrollará en los últimos anos de su vida, cuando vuelva a la espiritualidad de su juventud.

Lentamente, durante muchos años, San Vicente irá convencién­dola de vivir la voluntad de Dios al estilo de San Francisco de Sales. El 20 de marzo de 1653 le dirá a San Vicente: «Su caridad me ha enseñado a amar la voluntad de Dios». Lo que le ha enseñado es otro aspecto de la voluntad divina, el de San Francisco de Sales.

5. – Contemplación

Santa Luisa había entrado en la oración mística con la noche pasiva de 1621 a 1623. San Vicente la ayudará a avanzar en la con­templación mística. Estos años de 1625 a 1633 son ricos en expe­riencias místicas; de ellas nos quedan algunos autógrafos. Podríamos ordenarlos, aunque ella no lo intentara:

  • en algunos trozos no aparece nítidamente el carácter místi­co de la oración. Son trozos dominados por el verbo sentir: sentir con­suelo, gran sentimiento, le ha dado sentimiento… Pero todo causa­do por Dios (A. 5, 8, 43…).
  • Otras veces aparece con claridad la experiencia mística. Son páginas en las que se respira la pasividad de la persona humana. La presencia de Dios, de una manera incontrolada por el hombre, la leemos entre líneas. No son palabras las que traen esa presencia, es todo el ambiente del escrito (A: 15, 19, 30…).
  • Hay momentos en que la comunicación mística nos sorpren­de con tanta claridad que quedamos admirados al ver cómo una mujer tan activa pudo sentir tales vivencias divinas. Las expresa frecuen­temente con el modismo me pareció. Es el lenguaje de lo inefable (A. 8, lunes, a la segunda; 12, 17, 18, 29…) (55).

Desposorio místico

Como el fin de todo caminar junto a Dios, San Vicente sabe llevarla hasta lo más alto de la mística, al desposorio espiritual del que habla Santa Teresa con tanto entusiasmo en la morada sexta, y al que pocos místicos han llegado. Santa Luisa, como siempre, se lo cuenta a San Vicente con lenguaje tan natural y en una situación tan ordinaria, que nos extraña que una oración tan sublime pueda presentarse tan sencilla. Por eso no se suele reparar en ello, y hasta se ha querido explicar como una prolongación de su matrimonio con Antonio Le Gras, ya que sucedió en el aniversario de su boda.

El autógrafo es un informe enviado a San Vicente sobre las vi­sitas a las Caridades de Asnieres y Saint-Cloud el 19 de diciembre de 1629 y el 5 de febrero de 1630 (A. 50). Tenía 38 años de edad, llevaba 22 años de oración y hacía unos 8 años que en la oración recibía la experiencia de Dios. Y cosa curiosa, en mayo de 1629 to­davía, no se había entregado al servicio de los pobres.

De la visita a la Caridad de Asniéres » Y a lo largo de todo el viaje, me parecía obrar sin ninguna intervención de mí misma» . De la visi­ta a Saint-Cloud escribe:

«En la santa comunión me pareció que nuestro Señor me daba el pensamiento de recibirlo como a esposo de mi alma, y aún que esto me era ya una forma de desposorio, y me sentí tan fuertemente unida a Dios en esta consideración que para mí fue tan extra­ordinaria; y tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal, y de soportar las dificultades que encontraría como recibiéndolas en comunicación de bienes».

Todo se presenta como en un desposorio místico:

  • Aparece el Otro que le comunica algo y ella experimenta una sensación sobrenatural, fuera de lo común.
  • El Otro, Dios o Nuestro Señor, le graba un sentimiento que le dura largo tiempo.
  • Ella no interviene, ella es sujeto donde Dios realiza.
  • Y le deja una sensación de bienestar.
  • Luisa es consciente de que Nuestro Señor ha realizado algo extraordinario en ella.
  • Este algo, a ella le parece un desposorio y lo considera realizado.
  • Indica que a raíz de este desposorio hay, como en lo civil, una comunicación de bienes.

Y en un momento ha sentido que el Otro, que le había po­seído, obraba en ella como sujeto de operaciones. ¿Unión transfor­marte?

Conclusión

De 1633 la nueva mujer que es Luisa de Marillas, unida a San Vicente, entrará en un mundo hasta ahora extraño para ella, el mun­do de los pobres. Se hará una Santa tan activa como contemplativa. En su espiritualidad se introduce el vicencianismo, pero nunca olvi­dará la formación y la espiritualidad de su juventud. Es la marca que le dejeron la niñez y la juventud. Nace así su espiritualidad, la propia: una mezcla admirable de vicencianismo y de Escuela abs­tracta.

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