San Vicente de Paúl, biografía: 06 – De Roma a París, cambio de escenario

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1981.
Tiempo de lectura estimado:

Capítulo VI: De Roma a París, cambio de escenario

Tercer proyecto, tercer fracaso

Volvamos a encontrarnos en Roma, en el palacio de Mons. Montorio, con nuestro Vicente de Paúl. Está embarcado en su tercer proyecto de empleo definitivo. Esta vez no lo ha elaborado él, sino el generoso prelado romano. Es también un proyecto humano. Montorio le había prometido repetidas veces un beneficio, un buen beneficio, un decoroso beneficio. Vicente espera confiado. Entre tanto procura aprovechar el tiempo. Realiza algunos estudios y entra en contacto con algunas iniciativas pastorales de la Ciudad Eterna. Conoce, por ejemplo, la cofradía de la Caridad del hospital del Santo Espíritu, en cuyo ejemplo se inspirará para fundar más tarde su primera asociación caritativa1. Conoce también, probablemente, la cofradía parroquial de San Lorenzo in Damaso, iglesia vecina al palacio de los Montorio, cuyo reglamento ofrece sorprendentes coincidencias con los que Vicente redactará para sus asociaciones2. Vicente es un estudiante aventajado en la escuela de la vida. Está viviendo sus años de peregrinación y aprendizaje. Ninguna de las lecciones aprendidas en estos años caerá en saco roto. Durante los dos o tres meses de estancia en Aviñón había tenido ocasión de tomar contacto con las misiones organizadas por el vicelegado para la conversión de los hugonotes3. Caridad y misión: casi sin darse cuenta está acumulando experiencias que un día le ayudarán a realizar su propia misión en la Iglesia. Por ahora no tiene aún el menor barrunto de ella. Continúa aferrado a su propio proyecto: el decoroso beneficio que le ha prometido monseñor. Pero también ese proyecto se viene abajo, sin que sepamos bien el cómo ni el cuándo. Lo único que conocemos es que dos años más tarde, el 17 de febrero de 1610, le escribe a su madre, desde París, una carta, la única que conservamos con tal destinatario. Hay en ella una humilde confesión de fracaso, que dista mucho de la petulante confianza con que se expresaba en las cartas a Comet. Vicente ha aprendido mucho de la vida:

«Me gustaría que mi hermano hiciese estudiar a alguno de mis sobrinos. Mis infortunios y el poco servicio que hasta el presente he podido hacer a la casa le podrán quitar, acaso, la voluntad de ello…»4.

¿A qué infortunios se refiere? ¿A los ya lejanos reveses de su captura y cautividad a manos de los corsarios berberiscos? ¿A más recientes desgracias, causantes de la pérdida del favor de Mons. Montorio? Es significativo que Vicente no volviera en toda su vida a tener relación ninguna con el antiguo vicelegado de Aviñón, quien, sin embargo, no moriría hasta 1643. Claro que también el monseñor cayó en desgracia después de la subida de Urbano VIII, el papa profrancés, al trono pontificio en 1623, y que antes de esta fecha son escasísimas las cartas vicencianas que se conservan5. El hecho es que Vicente abandonó Roma sin que las promesas de Montorio cristalizaran en nada tangible.

París: «La estancia que aún me queda en esta ciudad»

Contra lo que hubiera podido esperarse, Vicente no regresó de Roma a Toulouse o Dax, su región natal. A finales de 1608 hacía su entrada en París, procedente de la Ciudad Eterna. Abelly atribuye este viaje de Vicente a un motivo tan honroso como inseguro: el joven sacerdote habría sido encargado por el embajador de Francia ante la Santa Sede, cardenal d’Ossat, de una misión secreta para el rey Enrique IV; tan delicada y confidencial, que era peligroso dejar de ella constancia escrita. Sólo verbalmente podía ser tratada6. Tal noticia es sumamente dudosa por una razón muy sencilla: el cardenal d’Ossat había fallecido en 1604, y mal podía encargar a nadie una misión cuatro años más tarde. Biógrafos posteriores a Abelly, más al tanto que él de los datos de la historia profana, mantienen la noticia de la embajada, atribuyéndola no a d’Ossat, sino nada menos que a los tres ministros que en 1608 tenía acreditados en Roma la Corona francesa: el marqués de Savary de Brèves —el mismo que dos años antes había sido enviado a Turquía y Túnez para procurar la libertad de los esclavos franceses—, el auditor de la Rota, Denis de Marquemont, y el duque de Nevers, Carlos Gonzaga7. Es una pena que la noticia de la misión diplomática de Vicente repose sobre bases tan endebles. El ingreso de Vicente en la gran historia se retrasa en un reinado, y los aficionados a los contrastes históricos se ven privados de describir la entrevista del asendereado curita gascón con el jocundo y exuberante monarca bearnés.

Vicente fue a París no simplemente porque se sintiera atraído por la capital, sino porque después de su nuevo fracaso romano sólo en París podía intentar de nuevo la obtención del ansiado beneficio, indispensable para la estabilización económica de su existencia. Pensaba, por lo demás, estar poco tiempo en la capital del reino. Lo dice él mismo en la carta a su madre:

«La estancia que aún me queda en esta ciudad para recuperar la ocasión de ascenso (que me han quitado mis desastres), me resulta penosa por impedirme marchar a rendirle los servicios que le debo»8.

Los asuntos de Vicente se habían complicado, y se complicarían aún más, hasta el punto de que la breve estancia acabaría convirtiéndose en una residencia vitalicia.

«Dios sabe la verdad»

Una de las más grandes complicaciones sobrevino sin que Vicente tuviera en ella la más mínima responsabilidad. A su llegada a París había instalado su domicilio en un barrio modesto de la orilla izquierda del Sena: el faubourg Saint Germain. No porque fuese, como lo es todavía, el barrio de la Universidad y de los estudiantes, sino, más prácticamente, porque era el barrio de los gascones. Vicente era demasiado pobre para tener casa propia. Alquiló habitación a medias con un paisano, modesto juez de pueblo en la localidad bordelesa de Sore. La vida en común tiene sus servidumbres. Vicente lo iba a experimentar pronto a costa suya. Un día, Vicente se sintió indispuesto y tuvo que guardar cama. Su compañero el juez salió temprano a la ciudad a despachar sus negocios. Vicente se hizo traer de una farmacia vecina las medicinas necesarias. El mancebo de la botica llegó, buscó un vaso en un armario, y encontró la bolsa del juez con unos 400 escudos. Era una tentación demasiado fuerte que el jovenzuelo no pudo resistir. Disimuladamente, mientras seguía trasteando en busca del vaso, se apoderó de aquella fortuna. En cuanto dejó servido al enfermo, salió para no volver. Quien sí volvió al poco tiempo fue el juez. Apenas llegado, echó de menos su dinero. ¿Quién podía haberlo robado? No cabía duda: el falso enfermo, que seguía en su cama como si nada hubiese pasado y que aseguraba no haberlo cogido ni haber visto a nadie cogerlo. El juez era hombre violento y precipitado. A voz en cuello acusó del robo a Vicente, le expulsó de su casa, le difamó ante amigos y conocidos. Hizo incluso que la autoridad eclesiástica lanzase contra él un monitorio9. El pobre Vicente, que empezaba apenas a levantar cabeza tras los desastres anteriores, se sintió de nuevo perseguido por el infortunio. Había comenzado a relacionarse en París con personajes influyentes. Acababa de conocer a Pedro de Bérulle, el futuro cardenal, un hombre llamado a tener en su vida una influencia decisiva. Ni ante él se detuvo la ira del despachado juez; en su presencia acusó a Vicente de ladrón. La reacción de Vicente fue ejemplar. Topamos aquí con uno de los rasgos anunciadores del temple de su santidad. No se le ocurrió siquiera desviar las sospechas hacia el malhadado mancebo de botica.

Mansamente se limitó a decir: «Dios sabe la verdad». Los hombres tardaron seis años en saberla. Porque el episodio tuvo un desenlace digno de novela bizantina, con anagnórisis final. Si no constara de ello por las palabras del propio Vicente, Coste habría puesto en duda toda la historia. En efecto, al cabo de seis años, el culpable fue arrestado en Burdeos por otro delito. Movido por el remordimiento, hizo venir a su calabozo al Juez de Sore y le confesó su falta. El juez no fue menos extremoso en sus excusas que en sus acusaciones. Le escribió a Vicente pidiéndole perdón y asegurándole que, si no se lo enviaba por escrito, iría él a París a pedírselo de rodillas, en público y con una soga al cuello. No fue necesario. Vicente otorgó su perdón generosamente10.

Todo esto sucedía en 1609. Tenía razón Vicente para quejarse a comienzos del año siguiente, en la carta a su madre que ya conocemos, de sus desastres e infortunios. Pierre Debongnie ha visto en la falsa acusación de robo el acontecimiento clave de la conversión de Vicente11. Demasiado simplista. La conversión de Vicente es un proceso más complejo y más lento, en el que a lo largo de varios años se encadena una serie de acontecimientos e influencias, de las que la acusación de robo no es sino el primer eslabón. No cabe duda, sin embargo, que la reacción de Vicente en aquella ocasión marca una inflexión significativa en sus criterios y en su conducta. «¿Te justificarás tú? Ahí tienes una cosa de la que te acusan a pesar de no ser cierta. ‘¡No! —se dijo elevándose hasta Dios—; es preciso que lo sufra con paciencia’. Y así lo hizo»12, cuenta él de sí mismo en tercera persona, añadiendo: «Dejemos a Dios el cuidado de manifestar el secreto de las conciencias»13. A pesar de ello, en febrero de 1610, Vicente parece todavía anclado en su anterior actitud de proyectar su propia vida contando con la fortuna y los recursos humanos: sigue en espera de una «ocasión de ascenso»; continúa confinando el horizonte de sus aspiraciones a la consecución de un «honesto retiro»; sus intenciones son aún dedicar el «resto de sus días» —¡a los treinta años!— a cuidar a su madre e interesarse por sus hermanos y sobrinos; profesa todavía la filosofía de la carta de la cautividad de que «el infortunio presente presupone la fortuna en el porvenir».

Pero, aparte del desencanto, se advierte ya, entre líneas, un sutil cambio de perspectivas: «Espero en Dios que él bendecirá mis trabajos y me concederá pronto el medio de obtener un honesto retiro»14. «Elevarse hasta Dios», «esperar en Dios»: he ahí la lección que la cautividad, la calumnia, los desastres no nombrados, le han hecho aprender. Pronto va a tener ocasión de practicarla a fondo. La vida que él consideraba terminada no había hecho sino empezar. A diez años de proyectos y tanteos humanos iban a seguir siete u ocho de lento y progresivo descubrimiento del verdadero plan: el plan divino, en que al otro lado de su proceso de conversión se concretaría su vocación.

  1. S.V.P. XIII p. 423.
  2. A. Armandi, Une étrange coincidence: Saint Vincent de Paul à Rome et les conférences dites de Saint Vincent de Paul: M. et Ch. n.10 (1963) p. 224-226.
  3. R. Chalumeau, Annales (1943-1944) p. 225ss.
  4. S.V.P. I p. 19: ES I p. 89.
  5. R. Chalumeau, Annales, p. 228.
  6. Abelly, o.c., L.1 c.5 p. 20.
  7. Ristretto cronologico… p. 14; Collet, o.c., t.1 p. 25.
  8. S.V.P. I p. 18: ES p. 83.
  9. El monitorio era un mandato de la autoridad eclesiástica, a demanda de un juez laico, para que, bajo pena de excomunión, se manifestase lo que se supiera de determinado delito. Los monitorios eran leídos por los párrocos en la misa durante tres domingos consecutivos. La facilidad en conceder monitorios llegó a constituir un grave abuso, lamentado por el estamento clerical. C.f. M. Marion, Dictionnaire des Institutions de la France aux X VIIe et XVIIIe siècles (París, J. Picard, 1969): R. Mousnier, Les institutions de la France sous la monarchie absolue t.2 p. 391.
  10. Abelly, o.c., L.1 c.5 p. 21; Collet, o.c., t.1 p. 27-28.
  11. P. Debongnie, o.c., p. 313-339.
  12. S.V.P. XI p. 337: ES p. 230.
  13. Abelly, o.c., L.1 c.5 p. 23
  14. S.V.P. I p. 18-20: ES p. 89-90.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *