San Vicente de Paúl, biografía: 01 – Una infancia campesina

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1981.
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Primera parte: La infancia sin historia (1581-1600)

Capítulo I: Una infancia campesina

La etapa peor conocida de la vida de Vicente de Paúl es, como la de otros muchos personajes célebres, su infancia. ¿Quién podía tener interés en consignar para la historia las correrías de un insignificante muchacho pueblerino? ¿No estaba destinado a la misma oscura existencia de generaciones y generaciones de antepasados? ¿No sería también un anónimo campesino extenuado en la agotadora tarea de explotar unas tierras ingratas? Días llegarían, sin embargo, en que los ojos de millares de hombres se volverían con curiosidad hacia el pueblecito francés donde había dado los primeros pasos un hombre cuya fama ha traspasado todas las fronteras y al cabo de cuatro siglos continúa desafiando el paso del tiempo.

Una fecha discutida

Los problemas acerca de la infancia de Vicente de Paúl comienzan con la fecha misma de su nacimiento. Hasta hace unos sesenta años no existía duda alguna de que el Santo había nacido el 24 de abril de 1576, martes de Pascua. Así lo afirma Luis Abelly, su primer biógrafo1. Ya antes, a raíz de su muerte, se había calculado el año de 1576 como el del nacimiento de Vicente. En la lápida sepulcral se había esculpido: «Murió el día 27 de septiembre de 1660, octogésimo quinto de su edad»2. Lo mismo repetían otros documentos contemporáneos: el semanario La Gazette de France y el poeta Jean Loret en su Muze historique, ambos de fecha de octubre de 16603. A partir de entonces, tanto los biógrafos como los documentos eclesiásticos oficiales han repetido invariablemente la misma fecha.

En 1922, el P. Pedro Coste publicaba un documentado estudio, sorprendentemente titulado La verdadera fecha del nacimiento de San Vicente de Paúl4. En él demostraba que, en contra de la unánime creencia tradicional, Vicente de Paúl no había nacido en 1576, sino cinco años más tarde: en 1581. La argumentación de Coste era sencilla, pero sólida y convincente, pues se basaba en las palabras del mismo biografiado. Podría resumirse así: existen, espaciados a lo largo de más de treinta años, doce testimonios de Vicente de Paúl sobre su propia edad. Todos ellos coinciden en remitir a 1581 como fecha de nacimiento. Ahora bien, ¿quién podía saber mejor que él la edad que tenía?5.

La tesis de Coste, a pesar de las dificultades que implica, y de modo especial la de la edad del Santo en el momento de su ordenación sacerdotal, de que más adelante nos ocuparemos, parecía tan bien fundada, que a partir de su publicación fue aceptada prácticamente en todas las instancias por historiadores, biógrafos y autoridades eclesiásticas. El único punto débil de la exposición de Coste es el de suponer que, cuando el Santo habla de su edad, cuenta por años incoados en vez de hacerlo por años cumplidos, lo que no parece suficientemente probado. Si se admite la segunda hipótesis, los mismos testimonios aducidos por Coste llevan, inevitablemente, al año 1580, que cuenta en su favor con otras razones muy plausibles6. En todo caso queda definitivamente descartada la vieja fecha de 1576. El error de toda la antigua historiografía en favor de la misma se puede explicar perfectamente, sin necesidad de atribuir a los discípulos e inmediatos sucesores del Santo ni una mentira piadosa ni una deliberada voluntad de engaño, como ha hecho algún biógrafo apasionado y sugiere el mismo Coste7. El único documento fehaciente que obraba en poder de los compañeros del Santo para fijar su edad, y, por lo tanto, la fecha de su nacimiento, era el testimonio oficial de su ordenación sacerdotal, que afirmaba que, en el año 1600, el ordenando Vicente de Paúl tenía la edad legítima, es decir, veinticuatro años. Bastaba, pues, hacer una sencillísima resta. Ellos no tenían a la vista, catalogada y ordenada, la serie de testimonios de Vicente sobre sus años, sino, a lo sumo, recuerdos de declaraciones suyas, imprecisas seguramente en cuanto a la fecha en que fueron pronunciadas o escritas. Así nació el error y así se perpetuó hasta las concienzudas comprobaciones de Coste.

Quizá el mismo día de su nacimiento, el nuevo vástago de la humilde familia de Paúl recibió las aguas bautismales, y, con ellas, el nombre de Vicente, que él habría de ostentar toda la vida como su único apelativo social. Su patrón era el diácono de Zaragoza, martirizado en Valencia. En una ocasión rogó a un importante personaje que disponía de amistades y conocimientos en España que pusiera en juego sus influencias para obtener sobre el mártir informes más amplios de los que se encontraban en el compendio de su historia8.

Entre 1581 y 1600 se extienden, pues, la infancia y la adolescencia de Vicente. ¿Qué sabemos de esos diecinueve primeros años, años de descubrimiento del mundo, años clave en la formación de la personalidad, años básicos, cuyo influjo sobre su destino ningún hombre consigue sacudir nunca del todo?

Todas nuestras noticias acerca de ellos – fuera de unos pocos y muy escuetos datos cuasi notariales – nos llegan por el único canal de Luis Abelly. En los primeros capítulos de su libro confluyen las escasas fuentes que pudieron, a ochenta años de distancia, arrojar alguna luz sobre la infancia de Vicente de Paúl. Nosotros no las poseemos ya.

Una de esas fuentes eran los informes de un viejo amigo del Santo, el canónigo Juan de Saint Martin, quien se encargó de recoger en la región natal del Santo recuerdos de familiares y amigos. A pesar de algunos errores en datos fácilmente contrastables, como las fechas de ordenación de Vicente como subdiácono y diácono, el informe de Saint Martin no carece de autoridad9. El canónigo había pertenecido al círculo de los amigos más íntimos de Vicente y, sobre todo, había sido durante muchos años, y para multitud de asuntos, el intermediario habitual de las relaciones del Santo con su propia familia. Así, por ejemplo, en 1630, dos miembros de la familia Saint Martin aparecen como depositarios de todos los bienes que Vicente lega en su testamento a sus hermanos y sobrinos10 y, en 1656, el mismo canónigo Saint Martin será el encargado de distribuir entre los parientes un donativo de 1.000 libras que Vicente había recibido con este fin de otro amigo suyo, el Sr. Du Fresne11.

Por otra parte, a través del matrimonio de un sobrino suyo, el canónigo había emparentado con los Comet, la familia que más datos podía poseer sobre la infancia de Vicente, ya que los Comet habían sido los primeros protectores del prometedor muchachito. Según se desprende del segundo biógrafo, las memorias del canónigo Saint Martin se componían de varios manuscritos redactados por diversas personas12. Es lógico que el grado de fiabilidad variara de unos testimonios a otros.

Además de las memorias de Saint Martin, Abelly y Collet dispusieron de otro manuscrito, hoy perdido, sobre la genealogía del fundador de la Misión, que se conservaba en el archivo de San Lázaro13.

Finalmente, Abelly disponía de datos recogidos personalmente. Según él mismo dice en el prólogo de su obra, había visitado el pueblo natal del Santo y conocido a sus parientes más cercanos en un viaje que realizó hacia 1639. Por eso asegura: buena parte de las cosas narradas en mi libro las «he visto con mis propios ojos u oído con mis propios oídos»14.

Veamos ya lo que nos dicen esas fuentes.

Enraizado en el terruño

Vicente de Paúl era francés, natural de Pouy, pueblecito cercano a Dax, en las landas de Gascuña, no lejos de los Pirineos15. Pouy, que desde el siglo XIX se llama Saint Vincent de Paul en honor de su más ilustre hijo, es hoy un elegante pueblecito de veraneantes y jubilados, con asfaltadas calles, lindos chalés de bien cuidados jardines y modernos y funcionales edificios públicos. Hace cuatro siglos era una mísera aldehuela compuesta de caseríos diseminados, como pequeños islotes, en medio de los pantanosos terrenos de las landas. En uno de esos caseríos, el de Ranquine, vivía, a fines del siglo XVI, la familia formada por Juan de Paul y Beltrana de Moras. La casa que hoy se ofrece a los peregrinos en el lugar conocido como «le berçeau de Saint Vincent», a unos dos kilómetros del núcleo principal del pueblo, tiene muy poco de común con la que vio nacer a Vicente de Paúl. Pero ocupa la misma área, y delante de ella se alza aún, apuntalada con cemento, una vieja encina, reliquia del pequeño grupo de árboles – encinas, castaños, manzanos – que en otro tiempo crecían en el espacio de verdor – el «airial» o «eriaou» – que se abría entre las construcciones correspondientes a la vivienda, el establo, las pocilgas, el gallinero…16

El paisaje de las landas ha cambiado mucho desde el siglo XVI. No existían entonces ni los profundos pinares ni las verdes plantaciones de maíz. Junto al río se extendía una estrecha franja de prado comunal; más arriba, la tierra de labor, de difícil cultivo a causa de lo arenoso del terreno; y, por fin, una vasta superficie semidesértica abundante en charcos de aguas estancadas y traidores barrizales, cubierta por la típica vegetación de landa. Acá y allá surgía, junto a un riachuelo o en el fondo de un vallecito recoleto, un oasis de verdor, efecto del movimiento de colonización de la landa, emprendido ya en la Edad Media e intensificado a partir de los siglos XVI y XVII17.

En Pouy estaba establecido en 1581 —se ignora desde cuándo— el matrimonio Paúl-Moras. El marido se llamaba Juan o Guillermo18; la esposa, Beltrana. El primer biógrafo español del Santo, Fr. Juan del Santísimo Sacramento, hizo notar, ya en 1701, que los apellidos más bien parecen españoles que franceses, y apuntó hacia un posible origen español de la familia: «apellido que no corresponde a la lengua francesa y que parece propio español; lo que fácilmente se puede creer, por ser la aldea donde vivían estos dichosos casados muy vecina a la raya de Cataluña»19. Evidentemente, las nociones de Fr. Juan sobre la exacta ubicación de Pouy eran poco precisas, pero ello no resta fuerza a su testimonio. Coste se inclina a pensar que el origen del nombre familiar está en el arroyo de Paul, que a medio camino cruzaba la carretera que va desde la casa natal al santuario de Buglose, o en una casa del mismo nombre existente en Buglose. Pero su apoyo documental en este punto es decididamente escaso20. La hipótesis del origen español – en cuanto independiente del problema, del lugar de nacimiento – tiene sólidas probabilidades21, sobre todo si se tiene en cuenta que, precisamente en la época del nacimiento del Santo, la libre circulación de hombres, rebaños y mercancías de una a otra vertiente de los Pirineos estaba garantizada por una serie de acuerdos llamados de «lies et passerles», que aseguraba el derecho de españoles y franceses a comerciar y tratar libremente incluso en tiempo de guerra. La «passeríe» acordada en 1513-1514 fue tan importante, que se ha llegado a hablar de un «Estado pirenaico», subsistente hasta finales del siglo XVIII22. En tales circunstancias, la emigración y establecimiento en Francia de antepasados aragoneses, más o menos inmediatos de Vicente de Paúl, no resulta nada inverosímil.

En 1581, la familia Paúl y Moras contaba ya con dos hijos: Juan y Bernardo. Después de Vicente, que fue el tercero, nacerían todavía otros tres: Domingo, conocido familiarmente por los diminutivos de Gayon y Menion, y dos Marías, una que andando el tiempo contraería matrimonio con Gregorio Delartigue y otra que se casaría con Juan Daigrand, llamado también de Paillole por la casa en que vivía. Todos los hermanos, menos el mayor, vivían todavía en 163023. Seis hijos no constituían una familia excesivamente numerosa para las costumbres de la época. Era una sólida y patriarcal familia campesina que necesitaba brazos en abundancia para la unidad económica rural que constituía.

«Honesta y pasablemente según su condición»

En su ancianidad de santo, Vicente de Paúl, empeñado en empequeñecer cuanto de cerca o de lejos se refería a su persona, insistirá una y otra vez en sus humildes orígenes familiares24, en su baja condición social25, en su pobreza y miseria26. Si le tomáramos al pie de la letra, le creeríamos nacido en una familia de desheredados, casi de pordioseros. No es ésa la verdad. Eran, sí, campesinos, y en ese concepto ocupaban los escalones más bajos de la sociedad estamental, rígidamente jerarquizado, del Antiguo Régimen. Pero eran campesinos libres, no simples braceros; ni siquiera arrendatarios o colonos, sino pequeños propietarios, poseedores de algunos pedazos de tierra, de bosque y de sembradura, con casa, granja y variedad de animales domésticos: ovejas, bueyes y vacas, cerdos27: la clase social cuya historia, como se ha escrito, sería la verdadera historia de Francia, una Francia donde la aldea constituía el encuadramiento social fundamental28. Collet asegura incluso que por parte de la madre habían logrado el modesto relieve social que en el campo y en las pequeñas ciudades provincianas procura el desempeño de ciertos oficios menores. Algún miembro de la familia había llegado a ejercer como abogado en el Parlamento de Burdeos29, y por el lado paterno contaba con eclesiásticos relativamente bien situados: un Esteban de Paúl, que era prior del hospital de Poymartet30, y un Domingo Dusin, tío de Vicente, que en la juventud de éste sería párroco de Pouy31.

Familia modesta, pero que, en expresión del propio Vicente, gracias al trabajo, podía «vivir honesta y pasablemente según su condición» y cumplir el mandato divino de «ganar el pan con el sudor de su rostro»32. Necesitaba, como ha sucedido siempre en el campo, de la colaboración laboriosa de todos sus miembros apenas llegados a la edad de poder realizar algún trabajo útil. Vicente recordará en su ancianidad, con velada ternura, la hacendosa y sacrificada actividad de su madre y de sus hermanas: proponiendo a las Hijas de la Caridad, como modelo, las virtudes de las buenas aldeanas, que «conozco – dice – por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador y he vivido en el campo hasta la edad de quince años»33, describe una escena que sus ojos de niño habrían contemplado infinidad de veces:

«Vuelven fatigadas de su trabajo a casa, para tomar un ligero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre o su madre les mandan que vuelvan, enseguida vuelven, sin pensar en su cansancio ni en el barro y sin mirar cómo están arregladas»34.

Vicente ha evocado también la sobriedad de la mesa familiar, con pinceladas que recuerdan los cuadros de tema campesino de los hermanos Le Nain o de Jorge Latour:

«En el país de donde yo procedo se alimentan con un pequeño grano llamado mijo, que se pone a cocer en un puchero; a la hora de la comida se echa en un plato, y los de la casa se ponen alrededor a tomar su ración y después se van a trabajar». «La mayor parte se contentan muchas veces con pan y sopa, aunque trabajan incesantemente y en trabajos fatigosos35.

Vicente de Paúl idealiza, sin duda, en un doble sentido: en el de presentar un retrato idílico de las virtudes aldeanas y en el de exagerar, acaso, la escasez de recursos alimenticios; pero sus sobrios trazos descriptivos concuerdan extrañamente con los modernos estudios de los historiadores de la economía y tiene el valor inestimable de poner ante nuestros ojos el ambiente de su propia infancia.

«Yo he guardado animales»

En el seno de una familia modesta y laboriosa, el niño Vicente hubo de empezar a aportar muy pronto su propio esfuerzo. Un trabajo parece estar destinado, por su propia naturaleza, a los hijos de labradores en sus años más tiernos: el cuidado del pequeño o grande rebaño familiar. Vicente fue muy pronto pastor. Pastor de ovejas, de vacas y de cerdos36, aunque él, por creerlo más denigrante, haya acentuado con frecuencia este último aspecto. Su contribución a la economía doméstica no era despreciable. En la organización agropecuaria de la landa, el pastor es figura clave. Debemos imaginarnos al joven hijo de los de Paúl encaramado en sus altos zancos, que permitían franquear sin riesgos el pantanoso y embarrado terreno, vestido con gruesa pelliza de cordero, apoyado en el largo bastón, cuya horquilla le servía de precario asiento durante las interminables paradas impuestas por el lento pastar de las ovejas o el ávido hozar de los cerdos bajo las encinas. Pendientes de los hombros, el zurrón de cuero, con el magro almuerzo, y el cuerno, empuñado a la hora de reunir el rebaño para la vuelta a casa o para dar la alarma cuando se divisaba al lobo. En las manos, la gaita campesina con que entretener la soledad o, acaso, la rueca de hilar, otra industria con que contribuir a la economía familiar. Así es por lo menos como la investigación sociológica y costumbrista ha logrado en nuestros días reconstruir la figura del pastor landés de fines del siglo XVI37. No siempre regresaba a casa al anochecer. En busca de buen pasto, sus desplazamientos le llevaron a veces hasta Montgaillard, a unos cincuenta kilómetros de Pouy. Lo sabemos porque así se lo dijo él un día al obispo de Saint Pons, Persin de Montgaillard, creyendo que el castillo que daba nombre a la familia del prelado era el Montgaillard de su tierra: «Lo conozco bien; de niño, yo guardaba los animales y los llevaba hacia ese lugar»38. Preciosa equivocación que nos permite a nosotros seguir sobre el mapa uno de los itinerarios del pastorcillo y hacernos cargo de la importancia relativa del rebaño confiado a sus cuidados: no se lleva tan lejos un número escaso de animales.

¿Era religiosa la familia de Paúl? Los biógrafos primitivos nos desesperan un poco con los habituales tópicos hagiográficos: «la piedad, el candor y la inocencia de costumbres reemplazaban ante Dios la fortuna que les faltaba ante los hombres», escribe uno de ellos39; «pobres de bienes de fortuna, pero ricos de bendiciones del cielo», dice otro40. Vicente será más penetrante y menos convencional al retratar la religiosidad campesina sobre el telón de fondo de los recuerdos de su infancia:

«¿Habéis visto jamás a personas más llenas de confianza en Dios que los buenos aldeanos? Siembran sus granos, luego esperan de Dios el beneficio de su cosecha, y si Dios permite que no sea buena, no por eso dejan de tener confianza en él para su alimento de todo el año. Tienen a veces pérdidas, pero el amor que tienen a su pobreza, por sumisión a Dios, les hace decir: ‘¡Dios nos lo había dado, Dios nos lo quita; sea bendito su santo nombre!’ Y con tal que puedan vivir, como esto no les falta nunca, no se preocupan del porvenir»41.

Era la fe elemental y robusta de las viejas iglesias europeas, fe que ha dado su solidez a las cristiandades de Occidente y que de cuando en cuando ha hecho abrirse, como un milagro, sobre el añoso tronco de ciertas familias campesinas, esas delicadas flores de santidad que pueden llamarse Juana de Arco, Juan de la Cruz, Juan María Vianney o… Vicente de Paúl.

Florecillas infantiles

Educado en ese ambiente, nada tiene de extraño que el joven Vicente diera pronto muestras de piedad sólida e inteligente. Los testigos encuestados por encargo de Abelly recordaban que de niño, cuando iba hacia el molino, abría el saco de harina y repartía puñados de ella a los pobres que encontraba por el camino, lo que su padre, «que era hombre de bien, no llevaba a mal». Otras veces les daba parte del pan contenido en su zurroncillo de pastor, y en una ocasión, habiendo logrado ahorrar hasta treinta sueldos —una fortuna para su edad y para un país donde el dinero escaseaba—, se los entregó íntegros a un mendigo que le pareció especialmente necesitado42.

Los hagiógrafos tradicionales antiguos y modernos, sin excluir a Coste, han visto en esos relatos señales inequívocas de una santidad precoz, presagiadora ya de los altos destinos del futuro apóstol de la caridad. En el extremo opuesto, biógrafos supuestamente desmitificadores han pretendido negarles historicidad y desecharlos como fruto de la imaginación de los buenos paisanos, deseosos de encumbrar a «su» santo43. Nada hay en esos humildes relatos que obligue a desconfiar de su veracidad. En el fondo, los actos caritativos atribuidos a Vicente niño no pasan de ser la respuesta dócil de un corazón infantil, generoso y bueno, a la educación recibida en el seno de una familia cristiana. El mismo ambiente explicaría también otros rasgos piadosos atribuidos por la tradición al pastorcillo Vicente: sus frecuentes visitas a las ruinas del viejo santuario de Nuestra Señora de Buglose – el nuevo no existía todavía – o la colocación de una imagen de María en el hueco de la encina plantada en medio del «airial» paterno para ofrecerle, ante ese improvisado oratorio, el homenaje de sus plegarias44. Mucho más inciertos que los rasgos caritativos narrados por Abelly, acaso haya que cargar tales actos de piedad en la cuenta de la devota labor de realce que el cariño popular gusta de bordar en torno a las figuras que ama.

Lo que sabemos con certeza es que el joven Vicente destacaba entre sus hermanos y compañeros por un espíritu despierto y vivo, por la rapidez y frescor de su inteligencia. El calculador campesino que era su padre vio en ello un capital que debía ser explotado. Decidió hacerle estudiar. En la cerrada sociedad estamental, el estudio, sobre todo si conducía a las filas del clero, era el único camino hacia la promoción social abierto a los miembros del tercer estado. En la vecina ciudad de Dax, los franciscanos regentaban un internado adyacente a un colegio de lo que hoy llamaríamos de segunda enseñanza. La pensión no era excesivamente elevada: sesenta libras anuales, pero representaba un costoso gravamen para la apretada economía del labrador landés. Valía, sin embargo, la pena de hacer el esfuerzo: ante sus propios ojos tenía Juan de Paúl el ejemplo de un prior de nivel social parecido al suyo que con las rentas de su beneficio había mejorado sensiblemente la situación económica de sus familiares45. Corría el año 1594. Vicente estaba próximo a los quince años. Ya era hora de tomar una determinación.

  1. L. Abelly, La vie du Vénérable serviteur de Dieu Vincent de Paul… (París, F. Lambert, 1664) 1.1 c.2 p. 6. Nótese que Abelly no consigna expresamente el dato del 24 de abril, sino sólo los del año y el día litúrgico, que en 1576 cayó, efectivamente, en 24 de abril. Enseguida se verá que esta observación no es enteramente ociosa.
  2. «Obiit die vigesima septima septembris, anno millesimo sexcentesimo, aetatis vero suae octogesimo quinto» (Abelly, o.c., L.1 c.52 p. 259). El empleo del ordinal indica que los años se dan como incoados, no como cumplidos.
  3. Véase el texto completo de la noticia de La Gazette y los versos de Loret en Annales (1961) p. 493-494 y (1929) p. 729 respectivamente.
  4. P. Coste, La vraie date de la naissance de Saint Vincent de Paul, Separata del Bulletin de la Société de Borda (Dax 1922) 23 págs.
  5. He aquí, en orden cronológico, la lista de testimonios aducidos por Coste: 1º 17-4-1628: Testificación sobre las virtudes de Francisco de Sales: «annos quadraginta octo aut circiter natus» (S.V.P. XIII p. 19). 2º 31-3-1639: Declaración en el proceso del abad Saint Cyran: «âgé de 59 ans ou environ» (S.V.P. XIII p. 86). 3º 12-10-1639: Carta a Luis Lebreton: «J’entrerai au mois d’avril prochain en ma soixantième»: El mes de abril próximo entraré en los sesenta (S.V.P. 1 p. 593: ES p. 575). 4º 25-7-1640: Carta a Pierre Escart: «I’âge de soixante ans que j’ai»: los sesenta años que he cumplido (S.V.P. II p. 70: ES p. 61). 5º 21-11-1642: Carta a Beltrán Codoing: «J’ai… des expériences que soixante deux ans… m’ont acquis»: La experiencia que mis sesenta y dos años y mis propios errores me han proporcionado (S.V.P. II p. 314: ES p. 263). 6º 17-9-1649: Carta a Étienne Blatiron: «le support… que je le fais exercer despuis 69 ans qu’il me souffre sur la terre»: la paciencia que yo le he obligado a tener conmigo durante los sesenta y nueve años que me tolera en esta tierra (S.V.P. III p. 488: ES p. 443). 7º 27-4-1655 (= 5º kalendas maii): Carta al papa Alejandro VII: «Annun ago septuagesimum quintum»: Tengo setenta y cinco años (S.V.P. V p. 368: ES p. 346). 8º 3-11-1656: Repetición de oración con los misioneros: «pour moi, me voilà a la 76e année de ma vie»: yo ya he cumplido los setenta y seis años (S.V.P. XI p. 364: ES p. 253). 9º 6-1-1657: Conferencia a las Hijas de la Caridad: «Pour moi, cela se va sans dire, ayant soixante et seize ans…»: Por lo que a mí toca, que tengo ya setenta y seis años… (S.V.P. X p. 252: ES IX p. 851). 10º 17-6-1657: Conferencia a las Hijas de la Caridad: «Et moi qui, comme vous savez, sois âgé de soixante et dix et sept ans»: Yo que, como sabéis, tengo ya setenta y siete años (S.V.P. X p. 283: ES IX p. 796). 11º 15-7-1659: Carta al cardenal de Retz: «étant à présent dans la 79e de mon âge»: mi vida…, que ya cuenta setenta y nueve años de edad (S.V.P. VIII p. 26: ES p. 28). 12º 24-8-1659: Carta a François Feydin: «Ressouvenez vous, s’il vous plait, en vos prières d’un veillard de 79 ans»: Acuérdese, por favor, en sus oraciones de un viejo de setenta y nueve años (S.V.P. VIII p. 91: ES p. 82).
  6. En favor del año 1580 como fecha de nacimiento de San Vicente se han inclinado recientemente A. Pohar en su artículo Octogenarius ille, en Vincentiana (1959) p. 153-155, y F. del Campo, en 1580-1980. IV centenario del nacimiento de San Vicente de Paúl: Anales (1977) p. 551-555. El año 1580 cuenta en su favor con el hecho de que el martes de Pascua —que es la única fecha concreta que da Abelly— cayó ese año en el día 5 de abril, fiesta de San Vicente Ferrer, lo que podría explicar que se impusiera al recién nacido el nombre de Vicente. San Vicente de Paúl profesó siempre gran devoción al dominico valenciano y le tuvo por su segundo patrono. Cf. Abelly, o.c., L.3 c.9 p. 94. En favor de 1580 ó 1579 se inclina también J. Defos du Rau, La date de naissance de Saint Vincent de Paul (Auch, Frederic Cocharaux, 1958). Separata del Bulletin de la Société de Borda.
  7. A. Redier, o.c.,  p. 5-7 16-17. Lo mismo insinúa más cautamente Coste en M.V., t.1 p. 18.
  8. Abelly, o.c., L.3 c.9 p. 94. Coste da como patrón de Vicente de Paúl a San Vicente de Xaintes, primer obispo de Dax y patrón principal de la diócesis, martirizado en España, según el martirologio romano. Aparte de contradecir a Abelly, tal hipótesis choca con el hecho de que, según la tradición local, San Vicente de Xaintes había sido martirizado en el lugar de su apelativo, muy cercano a Dax. Si Vicente de Paúl hubiese tenido por patrono a ese San Vicente, no se le habría ocurrido pedir a España informes sobre su vida. J. Herrera ha argumentado muy convincentemente en favor de San Vicente de Zaragoza. Cf. J. Herrera, El santo Patrón de San Vicente: Anales (1961) p. 220-223.
  9. En todo caso, juzgo exagerada la tajante afirmación de Coste: «… las memorias del canónigo Saint Martin no tienen autoridad ninguna» (M.V.,, t.1 p. 37 en nota). El juicio se ha repetido sin examen crítico.
  10. Annales (1936) p. 705-706.
  11. Abelly o.c., L.3 c.19 p. 292-293.
  12. P. Collet, La vie de Saint Vincent de Paul (Nancy, A. Lescure, 1748) t.1 p. 109.
  13. Collet, o.c., t.1 p. 109.
  14. Abelly, o.c., Avis au lecteur.
  15. El nacimiento de San Vicente de Paúl en Francia, y concretamente en Pouy, aparte de gozar de la ininterrumpida adhesión de todos los historiadores, biógrafos y devotos del Santo, está avalado por una larga serie de documentos, entre los que acaso baste citar el contrato de arriendo de la abadía de San Leonardo de Chaumes, firmado el 14 de mayo de 1610, en el que Vicente de Paúl comparece como «natif de la paroisse de Poy (sic), diocèse d’Aqs» (sic) (Annales [ 1941-1942] p. 261), y el acta notarial de donación de los bienes patrimoniales del Santo a favor de sus hermanos y sobrinos, que se expresa en los mismos términos: «natif de la paroisse de Poy, diocèse d’Aqs, en Gascogne» (S.V.P. XIII p. 62). La lista completa de documentos en Coste, M.V.,, t.1 p. 19. A fines del siglo XIX se dio publicidad en España a la tesis de que Vicente de Paúl era español, nacido en Tamarite de Litera, provincia de Huesca. Dicha tesis pretendía fundarse en antiguas tradiciones locales y en la abundancia -innegable- de los apellidos Paúl y Moras en el Alto Aragón. El primer defensor público de la españolidad de San Vicente fue el catedrático de Barcelona B. Felíu y Pérez en un apéndice a la traducción española de la obra de A. Loth: San Vicente de Paúl y su misión social (Barcelona, Jepus, 1887). Por encargo del B. Felíu y Pérez, el catedrático de la Universidad de Zaragoza Dr. A. Hernández y Fajarnés asumió la tarea de dar forma científica a la pretensión española. Resultado de sus investigaciones fue un libro titulado San Vicente de Paúl. Su patria. Sus estudios en la Universidad de Zaragoza (Zaragoza, impr. La Derecha, 1888, 349 págs.). En San Vicente de Paúl. Biografía y selección de escritos, de J. Herrera y V. Pardo (Madrid, BAC, 1950) p. 35-40, puede verse un resumen de la argumentación de A. Hernández y Fajarnés, a la que respondió con apasionamiento J. Pemartín en un folleto titulado Saint Vincent de Paul est né en France (hay trad. española), y con irónico desdén Coste (M.V.,, t. 1 p.  19). La endeblez de la posición españolista no ha resistido el paso del tiempo.
  16. Coste, M.V.,, t.1 p. 20-21: S. Serpette, Le berçeau de Saint Vincent de Paul p. 12ss; Coste, Histoire de la maison de Ranquine avant le XIXe siècle, en el Bulletin de la Société de Borda (1906) p. 334ss.
  17. R. Cuzaco, Géographie historique des Landes, le Pays landais (Lacoste 1962); Parc Naturel regional des Landes de Gascogne (París, S.E.T.O.).
  18. Juan, según Abelly (o.c., L.1 c.2 p. 7); Guillermo, según el Ristretto cronologico… p. 1 y Collet (o.c., t.1 p. 5).
  19. Juan del Santísimo Sacramento, Vida del Venerable Siervo de Dios Vicente de Paúl (Nápoles 1701) p. 2.
  20. Coste, M.V.,, t.1 p. 21.
  21. Las pruebas acumuladas por A. Hernández y Fajarnés e incrementadas hasta 1936 por el párroco de Tamarite D. José Merigó y el abogado del mismo pueblo D. Joaquín de Carpi Zaidín sobre la difusión de los apellidos de Paúl y Moras en la comarca de la Litera y, en general, en el Alto Aragón son abrumadoras. Cf. A. Hernández y Fajarnés, o.c., p. 99-141.
  22. J. F. Soulet, La vie quotidienne dans les Pyrénées sous l’ancient régime du XVIe au XVIIe siècles (París. Hachette. 1974) p. 1ª c.3
  23. Los nombres de los hermanos y cuñados del Santo aparecen, con algunas variantes, en dos actas notariales: la donación inter vivos, del 4 de septiembre de 1626, publicada por Coste en S.V.P. (XIII p. 61-63) y el testamento, fechado el 7 de septiembre de 1630, publicado en Annales (1936) p. 705-706, y que Coste no conoció.
  24. S.V.P. II p. 3 y 51; IV p. 215; VIII p. 138; IX p. 15; X p. 681; XII p. 21 270 297: ES II p. 9, 51; IV p. 210; VIII p. 126; IX p. 34 1195; XI p. 337 559 582.
  25. Abelly, o.c., L.3 c.13 p. 204.
  26. S.V.P.. XII p. 220: ES XI p. 518
  27. Abelly, o.c., L.1 c.2 p. 7; Collet, o.c., t. 1 p. 5; S.V.P. II p. 3; IV p. 215; XIII p. 61-63: ES II p. 9; IV p. 210; Annales (1936) p. 705-706.
  28. V.-L. Tapié,  La France de Louis XIII et de Richelieu p. 34; R. Mandrou, Francia en los siglos XVII y XVIII p. 10.
  29. Collet, o.c. t.1 p. 110.
  30. S. Serpette, o.c., p. 9.
  31. S.V.P. IX p. 81: ES IX p. 92.
  32. Abelly, o.c., L.1 c.2 p. 8 y L.3 c.19 p. 291.
  33. S.V.P. IX p. 81: ES p. 92.
  34. S.V.P. IX p. 91: ES p. 101.
  35. S.V.P. IX p. 84: ES p. 94.
  36. S.V.P. II p. 3; IV p. 215: ES II p. 9; IV p. 210.
  37. Parc Naturel regional des Landes p. 22.
  38. Collet, o.c., t.2 p. 195.
  39. Collet, o.c., t.1 p. 5.
  40. Juan del Santísimo Sacramento, o.c., p. 2.
  41. S.V.P. IX p. 88-89: ES p. 99.
  42. Abelly, o.c., L.1 c.2 p. 9; Collet, o.c., t.1 p. 6-7.
  43. A. Redier, La vraie vie de Saint Vincent de Paul, (Paris, Grasset, 1947) p. 13.
  44. U. Maynard, Saint Vincent de Paul (París 1886) t.1 p. 5-7. Para los problemas suscitados por la historia del santuario de Buglose, cuya existencia no consta con seguridad sino a partir de 1620, cf. Coste, M.V.., t.1 p. 25-28.
  45. Abelly, o.c., L.1 c.2 p. 6-10; Coste, M.V., t.1 p. 29-30.

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