San Vicente de Paúl y los movimientos laicos vicencianos

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Antonino Orcajo, C.M. · Año publicación original: 1982 · Fuente: Congreso Nacional Vicenciano, Abril de 1982.
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Se ha afirmado justamente que Vicente de Paúl no ha cesado de inspirar su espíritu a lo largo de los cuatro siglos de pervivencia histórica. «La vocación de este genial ini­ciador de la acción caritativa y social ilumina todavía hoy la senda de sus hijos y de sus hijas, de los seglares que viven de su espíritu, de los jóvenes que buscan en la clave de una vida útil y radicalmente gastada en el don de sí mismos». (Carta del Papa Juan Pablo II al Superior General C.M., 12 de mayo de 1981). Esta es la convicción del Papa actual que, al abrirse el IV Centenario del nacimiento de Vicente de Paúl, expresaba sus sentimientos y anhelos de que el apóstol de la caridad «iluminara abundantemente el pue­blo de Dios, reanimara el amor de todos sus discípulos e hiciera resonar en el corazón de numerosos jóvenes el lla­mamiento al servicio exclusivo de la caridad evangélica».

La ingente obra vicenciana extendida por todo el mundo a través de los seguidores de la caridad que ardía en el corazón de San Vicente impulsó al Papa León XIII a de­clarar al santo «Patrón universal de las obras de caridad que de algún modo provengan de él» (16 de abril de 1885). La declaración de este liderazgo espiritual en un momento his­tórico en que el mundo se movía impregnado de ateísmo y contrario a la doctrina de la Iglesia presentaba al humilde y celoso misionero del siglo XVII como el imitador más fiel de Jesucristo evangelizador de los pobres. Es justo recordar en esta ocasión que setenta y cinco años más tarde Luisa de Marillac, confidente y cooperadora de Vicente de Paúl en las obras de caridad, era proclamada, por el Papa Juan XXIII. «Patrona de todos los que se dedican a las obras sociales cristianas» (10 de febrero de 1960). Ambos santos son inse­parables: la obra de uno se completa y se explica por la acción y espíritu del otro; a través de sus congregaciones y de las cofradías de caridad por ellos fundadas perpetuaron la misión salvadora de la Iglesia.

Propósitos y limitaciones de la presente comunicación

No es nuestro propósito en las presentes circunstancias hacer una relación completa de las congregaciones religiosas y de las asociaciones laicas que se han inspirado en el espí­ritu de San Vicente de Paúl para realizar la caridad en el mundo. Existen estudios sobre este particular. A tal respecto bástenos recordar por ahora que la herencia vicenciana espi­ritual apostólica es tan rica que pocas familias en la Iglesia acogen prole tan numerosa. Sin embargo, haremos mención explícita —sin detenernos en su evolución histórica— de los movimientos laicos más ampliamente aquí representados. Ellos se encargarán a continuación de completar con impor­tantes detalles del pasado y del presente lo que nosotros nos callamos.

Nuestra consideración fundamental se limita a desvelar la actitud de Vicente de Paúl frente a los seglares, a quienes comprometía en el ejercicio apostólico de la caridad, aten­dido su carácter cristiano. En este sentido nos parece Vicente de Paúl un adelantado del Concilio Vaticano II cuan­do éste dignifica la misión de los laicos alentando a todos los fieles cristianos por su condición de miembros de la Iglesia: «Todos los cristianos seglares participan de la mi­sión de la Iglesia. En virtud del bautismo y de la confirma­ción, están llamados a difundir el reino de Dios en la vida familiar, profesional, cívica, etc. A todos llama el Señor a dar testimonio de fe, con palabras y obras, en medio de la sociedad, y a construir la ciudad terrena, según los desig­nios de Dios. Esta acción del cristiano en el mundo, inspi­rada en la fe y en la caridad, es parte integrante de la misión de la Iglesia» (L. G., 17, 33).

Durante el año conmemorativo del IV Centenario del na­cimiento de Vicente de Paúl se ha difundido este mensaje en todos los tonos y a los cuatro vientos a través de los medios de comunicación. Pero tal vez no se haya insistido suficiente­mente quedando todavía Vicente de Paúl ignorado de la gran masa católica, y sobre todo oculto para los seglares con inquietud apostólica. Por ello nos toca ahora a nosotros, discípulos suyos, tomar conciencia de que todos somos Pue­blo de Dios, y por consiguiente, aunar nuestros esfuerzos para la implantación y extensión del Reino, siguiendo el modelo vicenciano que a todos llamó a formar parte para evangelizar a los pobres corporal y espiritualmente.

Vicente de Paúl, fundador de congregaciones y caridades

En rigor histórico podemos asegurar que el apostolado seglar nunca ha estado totalmente ausente en la vida de la Iglesia desde sus orígenes hasta la hora presente. Por el contrario, su acción insustituible quedó ponderada y desta­cada por los mismos apóstoles de Jesucristo. El testimonio de San Pablo demuestra cómo la cooperación seglar en la causa del Evangelio fue imprescindible y paralela al trabajo del apóstol. Cristianos valientes, fieles a las exigencias del bautismo, han dado en todo tiempo pruebas fehacientes de fe y de amor a Jesucristo y a su Iglesia hasta derramar su sangre, testimonio cualificado de la caridad que les asistía.

Durante el siglo XVII, Vicente de Paúl (1581-1660), ante el descubrimiento progresivo de la pobreza material y espi­ritual del pueblo, perfila su entrega total a Dios, expresada en la evangelización de los pobres. En la persona humillada de Jesucristo ve a los pobres, y en los pobres a Jesucristo con quienes ha querido identificarse como objeto de cari­dad: «Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis herma­nos más pequeños, a mí me lo hicísteis» (Mt 25, 40). El ejer­cicio de la caridad siempre renovada con amor nuevo para con toda clase de necesitados, enfermos, niños abandonados, ancianos, hambrientos, desnudos, encarcelados, etc., explica la fe viva de Vicente de Paúl y amplifica a la vez su visión universal del compromiso seglar para hacer frente a la po­breza que arruinaba la salud de tantos desgraciados y hacía peligrar su salvación eterna. La acción caritativa social de Vicente de Púl con ser extraordinaria nunca la creyó sufi­ciente, y hubo de echar mano de la generosidad laical para llegar a extremos de la sociedad empobrecida que él no alcanzaba. Incluso da su nombre a la «Compañía del Santí­simo Sacramento», compuesta de laicos principalmente, de­bida a la iniciativa de Enrique de Lévis, duque de Venta­dour. Un mismo ideal religioso, espiritual y apostólico, man­tiene unidos a todos sus miembros: el deseo firmísimo de imitar a Jesucristo pobre, humilde, maltratado, oculto en el Santísimo Sacramento y misteriosamente presente en la per­sona de los pobres. Vicente de Paúl que es el principal coordinador de esta sociedad «secreta» permanecerá al lado de los seglares y hombres de Iglesia, eclesiásticos distinguidos, hasta el fin de su vida en el mismo empeño de subvenir a toda clase de necesidades materiales y espirituales.

Impulsado por la caridad de Jesucristo funda la primera Cofradía femenina de Caridad en Chátillon, 1617, siendo pá­rroco de esta localidad. Este primer Reglamento de caridad constituye un ejemplo de ternura y previsión humana que arrastrará hasta nuestros días los pasos de miles de mujeres abnegadas hacia los pobres. Las antiguas Damas de la cari­dad, hoy Voluntarias de la Caridad, reivindican a Vicente de Paúl como autor y fundador de la Asociación Internacio­nal de las Caridades (AIC). Lo que sostiene y define a las Voluntarias de la Caridad en un mundo secularizado y suje­to a continuos cambios es la participación del espíritu vicen­ciano, inagotable por evangélico y universal.

La Cofradía de Chátillon fue el punto de partida de nue­vas «Caridades» que rápidamente se extendieron por el reino de Francia y pronto pasaron a otras naciones. Vicente de Paúl con sus compañeros de misión dejaban siempre como complemento de la evangelización de los pueblos el recuerdo de una Cofradía de Caridad que podía ser femenina, mascu­lina o mixta. Folléville, además de ser la cuna de las misio­nes vicencianas, dio origen a la primera Cofradía masculina (1620). Podríamos considerar a ésta como un anticipo de la Sociedad de San Vicente de Paúl que en 1833 fundara Fede­rico Ozanam. La Cofradía mixta de Mácon (1621) implica el ideal vicenciano más ambicioso de abarcar todas las fuerzas vivas laicales según un plan conjunto de asistencia caritativo social. Lo que aparece de manifiesto en esta Cofradía mixta es la voluntad decidida de Vicente de Paúl de comprometer el celo apostólico laical y de asegurar ayudas para los pobres.

La evangelización del pobre le empujó igualmente a fun­dar la Congregación de la Misión (1625). Para disipar toda duda entre sus misioneros de que han de vivir entregados a Dios, evangelizando de palabra y de obra por sí mismos y por medio de otros, hará la siguiente aclaración dos años antes de su muerte: «Si algunos entre nosotros creen que están en la misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asisterles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás» (6 de diciembre de 1658).

Mientras pronunciaba estas últimas palabras el fundador de la Misión, pensaba, sin duda, en la cooperación de los laicos, sin los cuales la misión de la Iglesia quedaría manca e incompleta. La histol a breve que llevaba vivida la Con­gregación enseña hasta qué punto son inseparables misión y caridad, evangelización clerical y laical.

La evolución de las Caridades femeninas dieron como fru­to más exquisito la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad (1633), entregadas a Dios para servir a los pobres. Tanto Vicente de Paúl como Luisa de Marillac gastan parte de sus mejores energías en la formación espiritual y apos­tólica de las primeras Hermanas que las capacita para ser y obrar como siervas de los pobres. Insistentemente y en distintos tonos oirán los misioneros y las Hijas de la Cari­dad de sus fundadores que los pobres son «nuestros amos y señores». «La caridad de Cristo apremia» a las Hijas de la Caridad, como reza su blasón. El carácter secular de las Hijas de la Caridad las acerca a las realidades del mundo, salvando siempre su vocación cristiana o de hijas de Dios y de la Iglesia, y miembros de una «sociedad de vida apos­tólica en comunidad».

La nota de unidad que ha destacado siempre en las obras vicencianas queda dignificada por el sentimiento vivo de la presencia de Cristo en los pobres. Cuantos reivindican a Vicente de Paúl como a su fundador neto y los que se inspiraron más tarde en su espíritu han proclamado sin titu­beos la enseñanza principal: «servir a los pobres es servir a Jesucristo». El secreto de esta consigna evangélica, extraí­da por Vicente de Paúl, engrosó las filas de la caridad con llamamientos continuos a seguir a Jesucristo.

La inspiración vicenciana en los movimientos apostólicos laicos

A partir del siglo XVII, la semilla sembrada por Vicente de Paúl ha germinado hasta convertirse hoy en árbol gigan­tesco. Además de las obras mencionadas, otras familias reli­giosas y asociaciones laicales que se ejercitan en la caridad beben en las fuentes vicencianas el espíritu que nutre su apostolado. El pueblo cristiano más sensibilizado ante la po­breza que padece hoy el mundo se postra, atraído por el ejemplo de Vicente de Paúl, a meditar «las maravillas reali­zadas por el Dios de ternura y conmiseración».

Hemos de señalar forzosamente dos movimientos apostó­licos laicos enraizados en lo más profundo del espíritu vicen­ciano. Los dos nacieron en pleno siglo XIX con poca dife­rencia de años, cuando los ambientes «seculares» disociaban como incompatibles fe y cultura, religión y ciencia. El pri­mero se llamó «Asociación de hijos e hijas de María», a ini­ciativa de Catalina Labouré, favorecida de las apariciones de María Inmaculada de la Medalla Milagrosa (1830). Hoy es conocido entre nosotros este movimiento apostólico con el nombre de «Juventudes marianas vicencianas». El estilo de sencillez y compromiso con los pobres, según el talante de María, Madre de la Iglesia, y con la participación del espí­ritu de Vicente de Paúl, expresan los jóvenes su fe en cre­cimiento practicando la caridad. En términos de «providen­cia», ¿no se deberá el nacimiento de esta asociación laical juvenil al interés vicenciano de poner bajo el amparo de María Inmaculada las Cofradías de caridad?

Por su contexto internacional y por su eficiencia socio caritativa destacamos la «Sociedad de San Vicente de Paúl», fundada en París, 1833, a instancias de Federico Ozanam, por seis estudiantes agrupados en torno al profesor Manuel Bailly. Ya hemos hecho notar, aunque fuera sólo de paso, la hostilidad que enfrentaba entonces a laicos e Iglesia como cuerpos separados y adversos. El joven estudiante de la Sorbona, Federico Ozanam, con sus compañeros, alimenta­dos por la fuerza de Dios que sostenía su fe, se dijeron: «¡Trabajemos! Hagamos algo que esté conforme con nuestra fe. Pero, ¿qué podemos hacer para ser católicos de verdad sino consagrarnos a aquello que más agrada a Dios? Soco­rramos, pues, a nuestro prójimo como hacía Jesucristo y pongamos nuestra fe bajo las alas protectoras de la caridad» (20-1-1853). Los pobres serán, por consiguiente, el objetivo de las Conferencias, y Vicente de Paúl será su patrono, pues «posee una inmensa ventaja por la semejanza del tiempo en que vivió, por la variedad infinita de los beneficios que repartió y por la universalidad de la admiración que in­funde» (Ozanam, 51). Los Presidentes Generales de la So­ciedad, lo mismo que los nacionales, no cesarán de procla­mar la condición laical de la Sociedad a la que se confiesan partícipes del genuino espíritu vicenciano para tratar a los pobres como a representantes de Jesucristo en la tierra e introductores del Reino. Las virtudes de caridad, humildad y sencillez que caracterizan no sólo el espíritu de la Com­pañía de las Hijas de la Caridad son el medio elegido por los socios de las Conferencias para acercarse a los pobres. Es sintomático y relevante en la vida de Ozanam el ejemplo de sor Rosalía Rendu, modelo de Hijas de la Caridad e ins­trumento humano de inspiración caritativa para la Sociedad de San Vicente de Paúl.

Como rama del mismo tronco brotaba en Bolonia, 1856, la Sociedad femenina de San Vicente de Paúl, paralela a la fundada por Ozanam, con el mismo reglamento inspirado en la vida y máximas de su santo patrono. (Excusadnos de no comentar expresamente toda la posteridad espiritual carita­tiva de Vicente de Paúl. Ello sobrepasaría con mucho el tiempo que nos han fijado. Habría que detenerse en algu­nos movimientos apostólicos laicos, como Cáritas, Socorro Católico, etc., que vuelven sus ojos hacia Vicente de Paúl a quien consideran modelo destacadísimo de humanismo cristiano).

El apostolado laico vicenciano a la luz del Concilio Vaticano II

Si fuéramos a recopilar todas las citas conciliares del Vaticano II que iluminan la originalidad espiritual y apostó­lica de San Vicente, quedaríamos sorprendidos no sólo por las coincidencias verbales, pero sobre todo por el espíritu que informa a los documentos, aparentemente registrado en la doctrina exhortativa del apóstol de la caridad. La Iglesia de los pobres, tan querida por San Vicente, recobra en el último Concilio todo el sabor y frescura con que el santo invitaba al compromiso apostólico. Este hecho convierte a Vicente de Paúl en el apóstol moderno con más fuerza persuasiva, y obliga a sus congregaciones y asociaciones lai­cales a una continua renovación espiritual y caritativa, de acuerdo con las directrices del Concilio que urge a todos los hijos de la Iglesia a cooperar en la única misión salvadora de Jesucristo, respetando la diversidad de vocaciones y mi­nisterios. La doctrina conciliar acerca del compromiso de los laicos suministra además los elementos esenciales que regularán las leyes del Nuevo Código de Derecho Canónico en cuanto al ser y al obrar de las asociaciones laicas en la Iglesia.

Por de pronto asistimos ya a la recuperación original del término «Laico», como algo santo, perteneciente al «laos», o Pueblo de Dios. Es muy significativo que el capítulo IV de la Constitución sobre la Iglesia «Lumen Gentium» lleve el título de «Laicos». Aboga en él por la misión que corres­ponde a los seglares dentro de la Iglesia, así como destierra el uso malgastado del laicado contrario al Cuerpo Místico de Cristo. Laicismo habíase convertido en épocas anteriores en lucha rabiosa contra la Iglesia. Las corrientes racionalis­ta, cientificista, iluminista, habían matado la peculiaridad laical que caracterizaba la función de los seglares en la Igle­sia, a diferencia de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso.

En efecto, por su participación en el sacerdocio de Jesu­cristo «especialmente los laicos están llamados a hacer pre­sente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circuns­tancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a tra­vés de ellos» (L. G., 33), lo mismo que a modo de fermento en el mundo «han de iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor» (L. G., 31). «Corresponde también a ellos la consagración del mundo a Dios mediante sus obras, sus oraciones e ini­ciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y del cuerpo, e incluso las mis­mas pruebas de la vida» (L. G., 34).

Enseña también el Conciilo Vaticano II que «todo ejerci­cio de apostolado tiene su origen y su fuerza en la caridad. Pero hay algunas obras que, por su propia naturaleza, ofre­cen especial aptitud para convertirse en expresión viva de esta caridad; Cristo nuestro Señor quiso que fueran prueba de su misión mesiánica» (Ap. Ac., 8). Los movimientos laicos vicencianos parten de esta enseñanza y se esfuerzan como Vicente de Paúl en ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Jesús, a quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da. Los discípulos de Vicente de Paúl han de cumplir con exactitud antes que nada «las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia, suprimir las causas, y no sólo los efectos de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos» (Ap. Ac., 8).

Asistencia y servicio espiritual mutuos

Digamos, por último, que los movimientos laicos vicen­cianos, fieles a un mismo espíritu «en las ocupaciones secu­lares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Jesucristo y alcancen su fin con mayor eficacia en la justi­cia, en la caridad y en la paz» (L. G., 36). A esta ayuda espiritual han de prestarse generosamente los misioneros de la Congregación y las Hijas de la Caridad, urgidos por la última Asamblea General de 1980. Si en algún momento se desentendieron un tanto de los movimientos laicos de inspiración vicenciana hoy nos reclaman con insistencia este servicio: «Como tales asociaciones tienen derecho a que las asistamos y fomentemos» (Const. Est., C. M., 24), recuerdan las nuevas Constitucienes a los misioneros. Por su parte las Hijas de la Caridad «colaboran con todas las fuerzas vivas de la Pastoral del lugar y hacen lo posible por promocionar y alentar a laicos responsables. La fidelidad a sus orígenes las induce a trabajar con los movimientos vicencianos y a suscitar el compromiso de jóvenes y adultos en favor de los necesitados» (Est. H. d. 1. C., 13). Todos unidos en la única misión salvadora repartamos el don espiritual particular en provecho de la Iglesia universal de los pobres. Vicente de Paúl se adelantó dándonos el testimonio de su entrega y colaborando incondicionalmente con los laicos por un mun­do más lleno de la riqueza de Dios y de la generosidad humana.

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