San Vicente de Paúl y los Gondi: Capítulo 07

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Régis de Chantelauze · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1882.
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Capítulo VII

Viaje de Vicente de Paúl a Marsella. – La leyenda del forzado. – Hazañas del general de las galeras ante La Rochelle. – Muerte de su segundo hijo y de su hermano, Henry de Gondi, obispo de París.

Parecería natural creer que Vicente de Paúl, una vez investido de su nueva función de capellán general, partiera inmediatamente para Marsella y para Toulon, donde se estacionaban las galeras, con el fin de verlo todo con sus ojos e introducir enseguida reformas en el espantoso régimen en el que estaban sumidos los forzados. Sin embargo no fue hasta tres años después, según sus historiadores, cuando emprendió esta misión, que se vio sin duda retrasada, durante todo aquel tiempo, por la multiplicidad de sus ocupaciones de caridad.

Para esta primera misión en Marsella, remontémonos a la fuente, preguntemos al primer historiador y amigo de Vicente, el sr Fournier (bajo el nombre de Abelly), cuyo testimonio nos ofrece la mayor garantía.

Llegado a este punto de nuestro relato, pedimos al lector permiso para citar textualmente a Abelly, lo que nos parece indispensable para resolver una cuestión muy controvertida, la del episodio del forzado a quien habría liberado Vicente de Paúl para colocarse en su lugar.

«Este nuevo oficio (de capellán general de las galeras)1, dice, obligó al sr Vicente a hacer un viaje al Marsella, en el año de 16222, para visitar las galeras y conocer por sí mismo las necesidades e indigencias de los pobres forzados, para proveer a ellas y aliviarlas en cuanto le fuera posible. Llagado a este lugar, vio un espectáculo de lo más penoso que se pueda imaginar, a criminales doblemente miserables, más cargados por el peso insoportable de sus pecados que por lo pesado de sus cadenas, abrumados por las miserias y las penas que les quitaban el cuidado y el pensamiento de su salvación, y los llevaban de continuo a la blasfemia y a la desesperación. Era una verdadera imagen del infierno, donde no se oía hablar de Dios más que para renegar de él y deshonrarlo, y donde la mala disposición de estos miserables encadenados hacía todos sus sufrimientos y inútiles y sin fruto. Impresionado pues por un sentimiento de compasión hacia estos pobres forzados, se impuso el deber de consolarlos y asistirlos lo mejor que pudo: y sobre todo empleó todo cuanto su caridad le pudo sugerir para suavizar sus espíritus y hacerles, por este medio, susceptibles del bien que deseaba procurar a sus almas. Para ello, escuchaba sus quejas con gran paciencia, compadecía sus penas, los abrazaba, besaba sus cadenas, y empleaba, en lo que podía, por súplicas y advertencias a los cómitres y otros oficiales, a fin de que fuesen tratados más humanamente, insinuándose así en sus corazones para ganárselos más fácilmente a Dios3… Bueno pues, fue el deseo de asistir y servir a estos pobres forzados, y procurar que fueran del número de esos pecadores penitentes que alegran el cielo, que le hizo aceptar este cargo de capellán real, para que teniendo jurisdicción sobre ellos y vista sobre los demás capellanes de las galeras, tuviera también más medios de llevar a cabo este plan piadoso, que era muy digno de la caridad muy ardiente que ardía en su corazón y que le hacía abrazar con tanto afecto todas las ocasiones de procurar, de cualquier manera que fuese, la salvación y la santificación de las almas, y en particular de las que veía más abandonadas. Después de algún tiempo en Marsella, se vio obligado a regresar a París…»

Según la narración de Abelly, como se ve, Vicente de Paúl llega a Marsella, al parecer, en su calidad de capellán general de las galeras; visita a los forzados, y hace incluso advertencias a los cómitres 4y demás oficiales de a bordo, para que fueran tratados con más humanidad. Abelly no dice una palabra de la leyenda del forzado que Vicente habría liberado entonces para ponerse en su lugar, ya que ¿cómo admitir que los oficiales de la galera hubieran consentido en cargar de hierros al capellán general, o que éste asunto de un piadoso engaño para remplazar al galeote, no le hubieran reconocido?

Solamente al final de su volumen5 cuenta Abelly por primera vez esta leyenda, y sin asignarle ningún lugar, ninguna fecha precisa. Así se explica él» El sr Vicente, mucho antes de la institución de su congregación6, hizo una acción de caridad muy parecida a la que se refiere de san Paulino, quien se entregó él mismo para rescatar al hijo de una pobre viuda, ya que habiendo encontrado un día en las galeras a un forzado que se había visto obligado por la desgracia a abandonar a su mujer y a sus hijos en extrema pobreza, quedó tan movido a compasión por el mísero estado al que se veían reducidos, que se resolvió a buscar y emplear todos los medios que pudiera para consolarlos y aliviarlos, y como no encontraba ninguno, se sintió interiormente empujado, por un movimiento extraordinario de caridad, a ponerse él mismo en el lugar de este pobre hombre, para darle medio, sacándole de esta cautividad, de ir a ayudar a su familia afligida. Lo hizo pues de tal forma, por los medios que su caridad le sugirió, que aceptaron este cambio aquellos de quienes dependía este asunto, y puesto voluntariamente en este estado de cautividad, fue atado con la misma cadena de aquel pobre hombre, cuya libertad había logrado; pero al cabo de algún tiempo, vista la virtud singular de este caritativo libertador en esta ruda prueba, le retiraron de allí. Muchos han pensado desde entonces, no sin apariencia de verdad, que la hinchazón de sus pies le había venido del peso y la incomodidad de esta cadena que se ata al pie de los forzados. Y un sacerdote de su congregación habiendo encontrado un día ocasión de preguntarle si lo que se decía de él era verdad, que se había puesto tiempos atrás en el lugar de un forzado, dio media vuelta al discurso sonriente, sin dar ninguna respuesta a la pregunta».

Pero, añade Abelly, arrojando él mismo algunas dudas sobre su propio relato, «aunque este acto de caridad sea muy admirable, podemos decir con todo, por testimonios más seguros todavía, que el sr Vicente hizo algo más ventajoso para la gloria de Dios, empleando su tiempo, sus cuidados, sus bienes y su vida, como lo hizo, para el servicio de todos los forzados, que haber comprometido su libertad por uno sólo, ya que conociendo por su propia experiencia sus miserias y sus necesidades, les ha procurado socorros temporales y espirituales, en salud y en enfermedad, para el presente y el porvenir, más grandes y mas amplios incomparablemente de lo que habría podido hacer, si se hubiera quedado para siempre atado a ellos».

Nótese todo cuanto hay de vago y de incierto en este relato. Abelly no cuenta ni en qué año ni en qué lugar ocurrió el hecho, si Vicente estaba o no en casa de los Gondi, si era o no todavía capellán general de las galeras. Que lo fuera o no, la gracia, la puesta en libertad de un forzado no dependía más que del Rey sólo, y Vicente, por su propia autoridad, ni siquiera con el consentimiento de los oficiales de la galera, no podía poner en libertad a ninguno de ella. Si tenía lugar una evasión, se cortaba la nariz y las orejas al condenado que era capturado, y el oficial o el guarda de chusma, culpable de connivencia, era colgado. Pues bien, entre una evasión y la sustitución de un hombre en lugar del forzado que se evadía, no había ninguna diferencia: el delito cometido era el mismo, puesto que, de una manera o de otra, era un culpable a quien se había sustraído al castigo. Los oficiales y los cómitres de las galeras bajo la orden de un alto funcionario, de un intendente de marina, quien de por sí ni tenía ningún derecho de liberar a un galeote antes de expirar su pena. Entre los deberes que Vicente imponía a los sacerdotes bajo su dirección exigía de ellos rigurosamente que no se desprendieran nunca de su sotana, ni siquiera de la sotanela. Así pues, ¿cómo suponer que un hombre íntegro como él se haya podido quitar su ropa de sacerdote para poder sustituir con la ayuda de un disfraz? Y si la hubiera conservado ¿cómo creer que los oficiales de a bordo se habrían atrevido a permitir a un eclesiástico remar entre los doscientos cincuenta forzados que formaban la tripulación de una sola galera, sin preocuparse de los insultos y de las blasfemias a los que le habrían expuesto?

Acabamos de demostrar la primera forma dada a la leyenda por Abelly; estudiemos las principales transformaciones que ha sufrido después de él. Veamos cómo fue profundamente modificada por Collet, unos cien años después de la muerte de Vicente de Paúl. Collet, para darle más cuerpo y esquivar algunas de las dificultades que acabamos de detectar y que se presentaban de forma natural a su mente, supone sin apoyarse en la menor prueba, sin aportar el menor testimonio contemporáneo del hecho que adelanta, que el santo visitó las galeras en 1622, siendo capellán general, pero que tuvo cuidado de guardar el incógnito. Sobre este invento, del que él es el primer autor, construye él todo su relato, con el fin de darle más verosimilitud. No lo disimula, bien a pesar de que este hecho es rechazado por personas igualmente llenas de luces y de respeto por la memoria de san Vicente, que lo tienen por imposible (son sus propias expresiones), pero no se preocupa de presentarlo él mismo de una manera ingeniosa , para darle algo de crédito.

Sobre las primeras líneas de su relato, en las que declara que el capellán general de las galeras llegó a Marsella de incógnito , Collet parece apoyarse en el testimonio de Abelly para probar esta circunstancia7. Pues bien, como ya hemos visto, Abelly dice todo lo contrario, ya que declara que Vicente, llegado a Marsella, conservó su carácter oficial y actuó ostensiblemente en esta calidad8. Collet no se apoya pues absolutamente sobre ninguna autoridad para establecer su sistema de incognito. Escuchemos su narración:

 «Parece que, por lo que vamos a decir, Vicente no quiso darse a conocer al llegar a Marsella. De esa forma, no sólo evitaba los honores unidos a su dignidad de capellán general, sino que tomaba también el medio más seguro de ponerse al corriente del estado de las cosas. También, tenía sus razones para guardar el incognito, y quizás que la Providencia tenía las suyas. En efecto, personas dignas de fe han depuesto que el santo sacerdote, yendo de una parte a otra, vio a un forzado que, afectado más que los demás por la desgracia de su condición, la sufría también con más impaciencia, y que sobre todo estaba inconsolable porque su ausencia reducía a su mujer y a sus hijos a la extrema miseria. Vicente se asustó del peligro al que estaba expuesto un hombre que sucumbía bajo el peso de su desgracia y que era tal vez más desgraciado que culpable. Examinó por algunos momentos cómo podría arreglárselas para endulzar la tristeza de su suerte. Su imaginación, con todo lo fecunda como era en soluciones, no le ofrecía ninguno que le contentara. De pronto, presa de y como en voluntad de un movimiento de la más ardiente caridad, conjuró al oficial que velaba en ese cantón que tuviese a bien que ocupara el lugar de aquel forzado. Dios permitió que el cambio fuera aceptado, y Vicente fue cargado con la misma cadena que llevaba aquél cuya libertad estaba logrando. Se añade, y la buena fe me compromete a advertir que esta circunstancia no es defendida no es defendida más que por el testimonio de un solo hombre; se añade, digo, que el santo, quien aparentemente había tomado sus precauciones para no ser reconocido, no lo fue en efecto hasta algunas semanas después, y que no lo hubiera sido tan pronto, si la condesa de Joigny, extrañada de no recibir noticias suyas, no hubiera mandado hacer pesquisas a las que le resultaba difícil escapar. Le descubrieron al fin, y todos de acuerdo que desde el tiempo de san Paulino, que se vendió a sí mismo para rescatar al hijo de una viuda, no se había visto ejemplo de una caridad más sorprendente y más heroica». Collet añade más adelante9: «La acción extraordinaria de que hablamos era tan conocida en la ciudad de Marsella, que el superior de los sacerdotes de la Misión que fueron fundados allí más de veinte años después, dan testimonio de haberlo oído de varias personas. Yo la encuentro también afirmada en un antiguo manuscrito por el señor Dominique Beyrie, pariente de nuestro santo, el cual, hallándose en Provenza algunos años después de que saliera Vicente, fue informado por un eclesiástico, quien le habló también de la esclavitud del servidor de Dios en Berbería, etc.,10«.

Así que el incognito es invención de Collet, de la que la mayor parte de sus imitadores han hecho uso para dar alguna verosimilitud a la piadosa leyenda. En cuanto a las «personas dignas de fe que han depuesto» para afirmar que la sustitución de Vicente al forzado había tenido lugar, no sólo no nos dice si se trata de testigos oculares, sino que no cita el nombre, ni la época ni el lugar, y por consiguiente sus testimonio no tiene ningún valor. Cuando Collet añade que Vicente examinó cómo podría habérselas para suavizar la suerte del forzado, y que su fecunda imaginación no descubrió ningún expediente, muestra demasiada confianza en la credibilidad de sus lectores. Se olvide de que Vicente es capellán general de las galeras, que es huésped y amigo del general de las galeras, que si el forzado es víctima de un error judicial, o solamente culpable de un pecadillo, nada más fácil a Vicente que decir una palabra, que escribir unas líneas a Manuel de Gondi, para obtener la gracia de este hombre. Supone que el espíritu ingenioso de Vicente no puede descubrir este medio bien sencillo de hacer desaparecer la dificultad. Vicente fue a Marsella para estudiar de cerca todas las miserias de los forzados, al menos en número de dos mil quinientos a tres mil, y en lugar de arreglarlo todo para socorrerlos, para introducir prontas y útiles reformas en el espantoso régimen al que están sometidos, con deliberado propósito, él, tan prudente y tan sabio, ¿él se reduce a la impotencia, se pone en la cadena, olvidándose de la suerte de todos los forzados, para no interesarse más que por uno? Y para que tenga lugar la sustitución, ¿cómo se las arregla? Propone a un oficial de la galera que viole las leyes, que cometa una acción doblemente culpable, que ponga a un inocente, a un sacerdote en el lugar de un hombre legalmente condenado, y que se exponga él mismo por esto a la horca. El oficial que sabe mejor que nadie a qué suplicio se le reserva si consiente en la evasión de un forzado que no ha sido perdonado, el oficial se presta complacientemente a esta sustitución(?).

En cuanto al hecho de que Vicente no habría sido reconocido sino algunas semanas después, y cuando la señora de Gondi, inquieta por su desaparición, hubiera ordenado búsquedas, Collet, según lo hemos dicho, declara que esta circunstancia tan sólo descansa en el testimonio de un solo hombre, y todavía sin nombrarlo. Por eso mismo, nos da la medida del escaso fundamento que presenta, y nótese que después de cien años desde la muerte de Vicente, es el primero que da estos nuevos detalles.

En buena crítica, ¿qué vale también el testimonio de otros, no menos anónimos que, veinte años después de la época de 1622, asignada a la leyenda, atestiguan al superior de los sacerdotes de la Misión en Marsella que el hecho es auténtico? Collet no se atreve a afirmar que eran testigos oculares, ya que con qué cuidado, qué presteza no se hubieran dado a conocer sus nombres?. Sucede lo mismo con el relato de Beyrie. No es de su pariente, del sr Vicente mismo de quien Beyrie tiene el dato, pues en tal caso no habría más que inclinarse. No se entera más que vatios años después, de un eclesiástico de quien no da el nombre. Collet, además, estaba tan poco convencido él mismo de la perfecta certeza de lo que trataba de probar que acabó por decir al final de su tesis: «Ruego al lector que perdone esta digresión, que le hará sentir que yo no daré absolutamente por cierto lo que me parezca que sufre dificultad»11.

Desde Collet, otras particularidades se han añadido aún a la leyenda. Así, por ejemplo, veo en una excelente historia del santo, que se lanzó a los grilletes del forzado, que los besó, los soltó y se los colocó a sí mismo en el pie, y el sabio biógrafo se olvida de que estos grilletes pesaban cincuenta kilos, que estaban remachados, y que por tanto no se soltaban tan fácilmente como jarreteras.

Lo que prueba una vez más que este rasgo de caridad excesivo, atribuido al santo, no era más que un ruido popular, es el silencio absoluto que guarda Antoine de Ruffi, el analista de la ciudad de Marsella, que era contemporáneo de Vicente de Paúl, y que escribía en 1640. En su historia impresa de los generales de las galeras, donde entra en los más minuciosos detalles sobre el número de los Turcos, cautivos en las galeras, que se convierten al cristianismo, y sobre hechos de poca importancia, no solamente no dice una palabra del episodio del forzado que hubiera sido liberado por Vicente, sino que ni siquiera habla d los viajes del santo a Marsella, en 1622 y 1633, mientras que cuenta, sin olvidar una solo, todos los hechos y gestas de Manuel de Gondi. ¿Cómo Ruffi, hombre de sincera piedad, se habría podido descuidar en señalar una acción tan extraordinaria? Su silencio es pues una nueva prueba de la inverosimilitud de la anécdota.

Añadamos que varios biógrafos de Vicente la han tenido por apócrifa dejándola pasar ellos mismos en silencio. Citaremos entre otros: a Dominique Acami, sacerdote del Oratorio de Roma, quien escribió en italiano una vida del santo según Abelly12, y un resumen bastante extenso de esta misma historia, que apareció en 1729, y que por consiguiente precedió al libro de Collet13.

Al principio de nuestro siglo, el sr de Boulogne, obispo de Troyes, en un panegírico del santo, compuesto en 1789, y que no se pronunció por primera vez hasta 1800, cuando el restablecimiento de las Hijas de la Caridad, pronunciaba estas palabras: «Nosotros no diremos aquí que Vicente haya llevado las cadenas de un forzado a quien quería devolver a su familia. ¿Por qué hechos dudosos en un discurso en que el orador sucumbe bajo el peso de las maravillas auténticas y en el que, para ser elocuente, sólo necesita ser verdadero?» y en una nota de su panegírico impreso: «El hecho que el abate Maury se ha complacido tanto en hacer valer, en su panegírico de san Vicente de Paúl, es más que inverosímil, es moralmente imposible, y en la suposición misma que el santo sacerdote hubiese querido llevar hasta ese punto una humanidad exagerada, no habría sido el dueño de ella, por muy capellán general de las galeras que fuera».

En apoyo de esta opinión, ha aparecido en Marsella, hace unos años, un estudio crítico muy concluyente en varios puntos de vista14.

Por fin, veamos lo que se lee en la bula de canonización, dada por Clemente XUU, el 16 de junio de 1737:: «Se refiere que Vicente, a ejemplo de Raymond Nonné, se entregó a la cadena, que habiendo visto a uno de sus compañeros de esclavitud miserablemente abrumado bajo el peso pesado de sus grilletes, y no teniendo nada que dar para aliviar las angustias de aquel desgraciado, se entregó a sí mismo a las ataduras de la servidumbre para rescatarle de la cautividad, a expensas de su propio cuerpo».

Cinco sacerdotes y religiosos, con ocasión del proceso de canonización, hablaron del rasgo de entrega atribuido a Vicente de Paúl, pero fue en términos tan vagos, tan escasos en pruebas, que el Papa, con una sabia y prudente circunspección, no creyó deber darlo él mismo como auténtico, y se sirvió de una expresión dubitativa: se narra, se cuenta.

Se verá además que el Papa no está en forma alguna de acuerdo con Collet y los biógrafos que sitúan el hecho buen en Marsella, bien en Toulon. ¿No se ve claramente que, según estas palabras de la bula: habiendo visto a uno de sus compañeros de esclavitud, sólo entiende hablar de la cautividad de Vicente en Túnez? Y aquí se presenta otra vez una dificultad sin solución. ¿Cómo, esclavo él mismo durante todo el tiempo en África, habría podido Vicente disponer de su persona para conceder la libertad a otro esclavo poniéndose en su lugar y puesto?.

Si el Papa admite que el hecho ha podido ocurrir en Berbería, es porque considera como imposible que haya podido tener lugar en las galeras de Francia, y por los términos de que se sirve excluye todas las suposiciones y las pretendidas pruebas alegadas en este punto15.

Esta leyenda de la vida del santo nos ha parecido demasiado interesante para no despertar toda nuestra atención y para que nos fuera permitido pasarla en silencio. El lector tendrá a bien perdonarnos la longitud de esta digresión, si hemos logrado demostrar que nunca ha existido más que en la imaginación de algunos historiadores demasiado crédulos o demasiado proclives a embellecer la verdad.

Este viaje de Vicente de Paúl a Marsella que, durante esta año de 1622, no pudo tener lugar hasta antes del mes de agosto, nos lleva con toda naturalidad a hablar de las gloriosas expediciones marítimas del general de las galeras durante ese mismo año y durante los años precedentes. Notemos de paso que en 1600, había sido encargado por Enrique IV de mandar construir en ese puerto sus nuevas galeras, con el fin de poder proteger a nuestros navíos mercantes contra los corsarios berberiscos16. De sus viajes por el Mediterráneo en esta época no ha quedado ningún rastro, y sólo veinte años después, nos enteramos por el Mercurio francés17 del importante papel que desempeñó a lo largo de las costas de Argelia. El 22 de junio de 1620, a la cabeza de siete galeras buen armadas y bien equipadas, partió de Marsella, el 22 de julio, avistando Orán, descubrió dos barcos de corsarios a los que mandó dar caza. Los mandó «cañonear con tanta furia, dice el Mercurio francés (del que damos algunos fragmentos dignos de citarse), que fueron capturados los dos. Eran dos navíos de Argel, de seis a siete mil quintales de alcance, cada uno llevando diecisiete piezas de cañón y bien armados en guerra». Su tripulación se componía de ciento cincuenta Turcos y de cuarenta cristianos de diversas naciones encadenados a los bancos de las dos galeras. No hace falta decir que los cristianos fueron liberados, y que se aplicó a los Turcos la pena del talión, enviándolos a remar a las galeras de Marsella. Cumplida esta hazaña, el sr de Gondi se dirigió hacia Argel y capturó un bergantín. Sus galeras, «hechas de nuevo a la mar, descubrieron un gran navío de alcance de doce mil quintales y le persiguieron a vela y a remo. Se encontraba entro el famoso corsario de Argel Soliman Rais, con cuarenta cañones y doscientos soldados, el cual, viéndose atacado a las dos de la noche, y cañoneado furiosamente por las galeras francesas, se escapó de ellas a favor del viento; pero viéndose todavía por la mañana perseguido, fue a dar en tierra, y temiendo caer vivo entre las manos de los cristianos, salió de su navíos y todos los Turcos que estaban dentro, y luego pegó fuego a las municiones y le hizo saltar por los aires, de tal forma que no quedó más que el armazón en la orilla».

Otro barco de piratas al ver las galeras «que iban hacia Argel», se lanzó a ganar la costa para salvar a su tripulación y sus objetos más preciosos; pero antes de que los piratas tuvieran tiempo de pegarle fuego, el sr de Gondi se apoderó de él, y tras retirar la artillería y las municiones, le hizo zozobrar. Habiendo obligado un fuerte viento a su flotilla a buscar un refugio en Mallorca, luego en Barcelona, cuando pudo saltar a la mar, descubrió un corsario turco que daba caza a dos barcas de Lisboa, y le persiguió tan vivamente a su vez, que el corsario fue a estrellarse contra las costas de Cataluña. Toda su tripulación fue capturada por los Catalanes, pero fue devuelta a los Franceses por el virrey, y el sr de Gondi se volvió a Marsella, con siete galeras y cuatro barcos argelinos, después de incendiar un quinto y hundir otro en el fondo.

El sr de Gondi hizo varias expediciones más, pero la más memorable de todas fue contra los de La Rochelle en 1622. Habían puesto en pie de guerra una flota de cincuenta y seis embarcaciones que se había hecho dueña del Océano y que hacía todos los días capturas considerables. Estaba comandada por Guiton, alcalde de La Rochela, que había tomado el título de almirante, y por Jacques Zauneau, que se había improvisado el de vicealmirante. Luis XIII, por si parte, se formó una cuyo mando entregó al duque de Guisa. El sr de Gondi que debía combatir a sus órdenes, recibió orden de atravesar el estrecho d Gibraltar con una escuadra de diez galeras. Llegó a abordar en Burdeos18 y se dirigió hacia la embocadura del Loira, donde estaba fondeada la flota del Rey.

Tomamos los detalles siguientes del Mercurio francés y sobre todo de una carta inédita de Guillaume de Montolieu, capitán de la galera patrona que escribía a su hijo, el caballero de Montolieu, el 4 de noviembre de 1622, después de la firma de la paz19.

Después de celebrar consejo en Nantes con el almirante, el general de las galeras partió del puerto de Morbihan y vino a fondear en la rada de Olonne, el 25 de octubre. El día siguiente 26, a la vista de la Isla de Ré, detectó la flota de los Rocheleses, «con un número de sesenta grandes barcos bien equipados d artillería y de hombres de guerra, dotados de cantidad de fuegos artificiales, aparte de otros tres barcos llamados dragones, hasta arriba de pez, alquitrán, azufre, que llevaban consigo con el propósito de pegarle fuego en lo más duro del combate y engancharlos a nuestro buque insignia (admirante: barco almirante) o al resto de nuestros galeones20«. Como reinaba una gran calma, que no permitía a la flota del duque de Guisa, compuesta de veinticinco navíos a velas, sin contar la retaguardia de ocho navíos, adelantarse, el conde de Joigny recibió la orden de reconocer y de hostigar al enemigo. El 27, el almirante, impaciente por tomar parte en la acción, ascendió a la galera real, comandada por el general y, desde las diez de la mañana hasta las cuatro, cañonearon al enemigo y le entablaron «un ataque furioso». Aprovechándose del desorden causado por nuestra artillería en la flota de los Rocheleses y del viento que se levantaba, el almirante se apresuró a unirse a su flota y, de pie en su bordo, dio la orden de entrar en una acción general. «Hacia las cinco de la tarde, el fuego comenzó de un lado y de otro más violento que antes hasta las siete. Los Rocheleses tuvieron entonces el viento a favor; se acercaron a nuestros navíos para pegarles fuego con sus dragones. El sr de Gondi se apercibió de que había alcanzado ya la popa de nuestra almirante, y mandó de inmediato dos galeras para socorrerle. Él entró en acción en la retaguardia de los enemigos la que presionó con toda la dureza de sus proas fulminantes. Hubo también un gran fuego de mosquetería. El sr duque de Guisa con su galeón se encontraba en todas partes donde le necesitaban con una prontitud increíble, y combatió como un león. Los Rocheleses se defendieron como gente valiente, pero fueron tan maltratados que, sin la noche que llegó para favorecer su retirada, no habría escapado un solo barco para ir a contar la noticia. Perdieron seis de los grandes, que fueron incendiados o hundidos, tuvieron dos mil hombres muertos, sin contar un número infinito de heridos, mientras que apenas hubo doscientos cincuenta hombres de pérdidas de nuestro lado. El campo de batalla fue nuestro toda la noche. El sr general dio testimonio de un valor muy varonil en esta ocasión, y pareció lleno de valor y de generosidad en medio de sus oficiales. El duque de Guisa se felicitó altamente por él y por sus galeras atribuyéndoles la mejor parte en el honor de esta victoria, y escribió al Rey en términos favorables21«.

Durante la noche, el enemigo se había refugiado en un largo canal , cerca de Saint-Martin (isla de Ré), colocando entre él y nuestra flota un banco de arena inabordable. Hacia las nueve de la mañana (28), el sr de Gondi fue de nuevo a atacarle haciendo llover sobre él una granizada de balas, esperando arrastrarle a una tercera acción; pero los Rocheleses le dejaron tirar sin abandonar el fuerte22«. «Se lanzó entonces contra dos de sus grandes barcos (uno de los cuales era su vicealmirante) que halló apartados del grueso de la flota a la que iban a juntarse, y los acribilló de tal forma a cañonazos que no quedaron en uno más que diez hombres con vida de los trescientos que había, y que iban a irse a pique los dos a su vista23«.

«Finalmente, el 29, dice la narración inédita de Montolieu, el duque de Guisa, lleno de dolor porque la calma, que seguía, no le permitía avanzar con sus navíos, se subió por segunda vez a la real con el sr general para ir a ver los posibles del enemigo, lo que no dejó de incomodarlos una vez más durante dos horas con furiosas descargas, ni sin llegar a las manos por su parte, pues si se defendieron aguerridamente como un jabalí junto a un árbol, sin querer dejar su puesto. Se dispararon muy bien en esas tres o cuatro acciones más de seis mil cañonazos de un lado y de otro. . de forma que el brazo de mar que está entre Saint-Martin y la punta del Éguillon se quedó durante tres días cubierto de deshechos de mástiles, de cureñas, de cordajes, la mayor parte ensangrentados, que la marea de aquellas islas hacía flotar a la vista de los dos ejércitos24«. Al día siguiente, 30 de octubre, se firmaba la paz entre los Rocheleses y el sr de Guisa, y Guiton, su almirante, deponía a sus pies su pabellón25. Así acaba esta expedición, que daba tanto honor al general de las galeras y que le colocó en el rango de nuestros más intrépidos marinos. Los aduladores del conde de Guisa le habían atribuido todo el éxito; un documento inédito, cuya autenticidad y veracidad nos garantiza el Mercurio francés, nos permite nos permite restituir su mayor parte a Manuel de Gondi. El valor invencible de que dio prueba con tanto lucimiento es tanto más digno de elogio porque acababa de experimentar dos perdidas crueles.

Su hermano Enrique de Gondi, el jefe del consejo, el obispo de París, acababa de sucumbir el mes de agosto de ese mismo año, y algunas semanas después, un trágico accidente se llevaba a su segundo hijo, el marqués de las Islas d’Or. Este joven, de grandes esperanzas, estaba destinado a la Iglesia, a ascender un día a la sede episcopal de París. Hemos visto antes cómo, desmontado en la caza, lo mató un caballo de una coz en la cabeza. Se puede formar una idea de la desolación de la señora de Gondi, de esta madre tan tierna para con sus hijos, y se debe creer que el excelente sr Vicente, que estaba entonces a su lado, lo puso todo por obra para hacerle soportar con resignación este espantoso golpe. Este suceso fatal tuvo terribles consecuencias para la Iglesia y para el Estado, pues fue el tercer hermano del difunto, el futuro cardenal de Retz, el llamado a sucederle en una carrera para la cual no había nacido y de la que era tan poco digno. El sr de Gondi pidió para este tercer hijo a la reina María de Médicis las dos abadías de las que el joven marqués había sido titular, y el mariscal de Schomberg, quien se había desposado en primeras nupcias con una hija de la señora de Maignelais, hermana del general de las galeras, apoyó con entusiasmo esta petición ante el cardenal de Richelieu. He aquí la carta que le escribió pocos días después tras el segundo y doloroso suceso que acababa de golpear a la familia de Gondi:

«No dudo de que estéis impresionado cuando sepáis que como consecuencia de la primera aflicción26 del general de las galeras, Dios quiso, por el más extraño accidente del mundo27, enviarle sin interrupción un segundo no menos sensible, quitándole a aquel de sus hijos por quien tuvisteis a bien emplearos ante la Reina madre para que tuviera las abadías de Buzay y de Quimperlé. Os suplico pues, con todo lo que queda de esta casa, que continuéis para uno de los otros hijos del sr general los mismos oficios que habíais tributado a éste».

Esta carta está fechada el 23 de septiembre de 1622, y esta fecha no deja de tener su precio, ya que nos enseña por primera vez, de una manera cierta, lo que se ignoraba hasta ahora, en qué época precisa fue condenado el futuro cardenal de Retz por sus padres a renunciar a la carrera de las armas, a la que se creía él llamado, para abrazar la vida eclesiástica, hacia la cual no sentía ninguna vocación. Tenía entonces nueve años cumplidos y, desde esta edad, con su espíritu despierto y precoz, sin duda que le fue doloroso y le produjo rechazo ver que le quitaban su pequeña espada de caballero de Malta para endosarle una sotana. A medida que avanzó en edad, se revolvió más y mas contra la violencia que se le imponía, contra esta vocación forzada, y en muchos pasajes de sus Memorias nos ha contado todos los escándalos, los expedientes y las travesuras que puso por obra para sustraerse a ello. Podrá parecer extraño que un padre tan bueno como lo era el sr de Gondi haya dispuesto así de la carrera de sus hijos. Esta es la explicación que da de su conducta este hijo que tuvo tanto que quejarse de ella: «No creo que haya habido en el mundo un corazón mejor que el de mi padre, y puedo decir que su temple era el de la virtud. Sin embargo mis duelos y mis galanterías no le impidieron hacer todos sus esfuerzos para unir a la Iglesia al alma menos eclesiástica que hubiera en el universos. La predilección por su hijo mayor y la vista del arzobispado de París que estaba en su casa produjeron aquel efecto. No se lo creyó ni lo sintió él mismo. Yo juraría que él mismo habría jurado en lo más íntimo de su corazón que no tenía en ello otro móvil que el que le había inspirado la aprehensión de los peligros a los que la profesión contraria hubiera expuesto a mi alma».

  1. Vie du vénérable serviteur de Dieu, Vincente de Paul, instititeur et premie sipérieur général de la Mission, egtc., por Abelly, obispo de Rodez, de. in-4º, París 1664. Lib. I, cap. XIV, p. 58 y 50. Hemos dicho en nuestro Prólogo que el verdadero autor de esta Vie era el sr Fournier, y que Abelly no ha hecho más que prestar el nombre.
  2. es seguro que las galeras estaban de estación en Marsella al comienzo de este año, hasta el mes de agosto en que se dirigieron a La Rochelle pata atacar la flota de los protestantes.
  3. Siguen algunas líneas que suprimimos y que en nada se refieren a esta misión de Marsella.
  4. El cómitre, o jefe de la chusma, estaba principalmente encargado de la maniobra de la galera y estaba de pie en la popa cerca del capitán para recibir sus órdenes.
  5. Lib. III, cap. XI, p. 114 y 115.
  6. De los sacerdotes de la Misión.
  7. Abelly, lib.III, p. 114.
  8. Abelly, lin. III, p. 114.
  9. P. 103.
  10. Manuscrito intoçitulado: Généalogie, etc., p. 14, folio 8.
  11. Edición in-4º de 1748, t. l, p. 103.
  12. Roma, in-4º 1677.
  13. Capefigue, en su Vie de saint Vincent de Paul (1 vol in-8º, París, 1827), es de l amisma opinión: «Se ha referido, dice p. 31, sin tener de ello pruebas, una acción de beneficencia de san Vicente para con un forzado cuyas cadenas tomó. Como la historia que trazo está fundada sobre monumentos incontestables, he relagado a las conjeturas y a los ruidos populares esta acción, que no está bien probada».
  14. D’une erreur historique à propos de saint Vincent de Paul et de sin voyage à Marseille en 1622, por Casimit Bousquet, miembro correspondiente de varias academias y de sociedades sabias de París y de la provincia. París, Poulet-Malassis, 1861, in-8º de 49 páginas.
  15. Se dice en el preámbulo del Mémoriale del proceso que las llagas que tenía Vicente en las piernas y que se atribuían a su cautividad voluntaria, le afligieron durante cuarenta y cinco años, lo que hace renintar este suceso a 1615, ya que el santo murió en 1660. Pero entonces, ¿cómo se podría suponer que Vicente, que estaba en casa de los Gondi, no hubirera usado al punto de toda su influencia sobre el general e las galeras para mejorar la suerte de los forzados, y que haya esperado siete años, hasta 1622, para reformar el régimen que se les aplicaba?
  16. Histoire de Marseille, por Ruffi, t. II, lib.XIV, p. 356.
  17. T. VI, año 1620, p. 470 a 472.
  18. Los historiadores de Vicente de Paúl han pretendido que durante este año de 1622, dio una misión en Burdeos, en las galeras; pero como se ve, el hecho no es verosímil, ya que apenas estacionaron allí.
  19. El R. P. Batterel, que tenía el original en las manos, y que no indica a qué archivos pertenecía, ha dadso de ello un análisis detallado en sus Mémoires domestiques pour servir à l’histoire de la congrégation de l’Oratoire, t. III, ln-4º, formando parte de de los maniscritos de la Biblioueca del Oratorio. En este volumen se encuentra la Vie (inédita) du P. Philippe-Emmanuel de Gondi, p. 168 y s.
  20. Carta de Guillaume de Montolieu. La relación del Mercurio francés, del todo favorable al duque de Guisa, confiesa sin embargo que en los tres grandes combates que se libraron, la calma que reinaba casi constantemente, impidió a los navíos a vela de la flota del almirante tomar la mayor parte en estas acciones, y que las tres victorias sucesivas que se consiguieron sobre los Rocheleses fueron debidas en parte a las galeras, que se pudieron unir a ellas de cerca y cuya potente artillería les causó el mayor daño.
  21. Carta de Montolieu.
  22. Ibid.
  23. Ibid. Este hecho queda confirmado por el mercurio francés, t. VIII, p. 864. Este navío se llamaba el San Loui. Las galeras, dice el Mercurio, «le batieron a cañonazos con tal furia, que le rompieron por completo, le hicieron encallar en los arenales de Ré, y le mataron más de doscientos hombres».
  24. Carta de Montolieu. El Mercurio francés dice que «la mayor pérdida de los navíos y las roturas de mástriles fueron hechas por las galeras». (T. VIII, p. 866).
  25. Las galeras del sr de Gondi fueron a invernar a Tonné-Charente. (Mercure français).
  26. La muerte de su hermano, el cardenal de Retz, obispo de París.
  27. La muerte violenta del pequeño marqués de las Islas d’Or.

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