San Vicente de Paúl y las Virtudes: el celo apostólico

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy, Vol. 1.
Tiempo de lectura estimado:

I.- Introducción

En el libro del Apocalipsis (3, 15), el testigo fiel amonesta al Ángel de Laodicea de esta manera: «Puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca».

Quienes, en el siglo XVI, se consumían en un ardor salvaje por la causa de Dios, aquellos «rabiosos de Dios» como los llama, en el título de su libro, un autor reciente, ciertamente no merecían el reproche de tibieza, sino más bien el de fanatismo. Con el pretexto de religión, las guerras civiles del siglo XVI causaron, en nuestra patria, millares de víctimas y pusieron en peligro la misma existencia de Francia; aquel celo furioso tenía más de pasión política que de interés por la religión: empuñar la espada en una mano y la cruz o la Biblia en la otra ¡nada tenía de especialmente evangélico!

Hechas las paces, aquella pasión homicida por las cosas de Dios decayó y dio paso, en muchos, a la indiferencia. Exceptuando algunas almas escogidas, la mayor parte de la gente de Iglesia buscaba su tranquilidad y su interés en el servicio del Señor: querían seguramente ganar el cielo, ¡pero sin por eso perder la tierra!

En el momento en que el joven Vicente vuelve de Périgueux, adonde había ido a recibir la ordenación sacerdotal, todavía está muy preocupado de su futuro y de su carrera en la Iglesia, mucho más desde luego que de la extensión del Reino de Dios. Los desengaños, las esperanzas frustradas, hasta las adversidades, no le harán cambiar radicalmente a lo largo de los arios siguientes. Sin embargo, el ario 1617, el de las dos experiencias decisivas, descubre rasgos de la pobreza espiritual y material, cuyo recuerdo no se le borrará ya más. Poco después, en 1618 y 1619, encuentra en París a Francisco de Sales, a quien se le consideraba ya santo, cuyo celo apostólico había devuelto a la fe católica a los habitantes del Chablais.

El Sr. Vicente empieza entonces, también él, a dedicarse, con la ayuda de algunos sacerdotes de buena voluntad, a la evangelización de las aldeas de la región parisina. Y lo hace con tal entusiasmo que para él resulta, así lo dice, un tormento volver a París, abandonar el campo de batalla furtivamente al anochecer como un vencido, precisamente cuando lo esperaban todavía tantas almas.

El fuego que algunos pobres han encendido en su corazón, a lo largo del año 1617, se va a difundir en su vida y a prender alrededor de él como un incendio: él quisiera «extender ese fuego divino por todo el mundo».

Le pone furioso ver, en las ciudades, tantos religiosos inútiles, disfrutando de una ociosidad consagrada.

Comunica el celo, que en adelante le devora, a sus compañeros de apostolado. Les confesará un día que, para él, el verdadero misionero le parece que es quien se deja consumir por un celo apostólico tal, que termina muriendo de agotamiento detrás de un seto.

No está carente de ejemplos que citar: el de los misioneros de Génova, todos muertos, por atender a los apestados, alrededor de su superior, el P. Blatiron; el de los misioneros de Argel, que no pueden dar más, abrumados de trabajo, al servicio de los esclavos cristianos; el celo de los voluntarios de Madagascar, inflamado con el ejemplo de los Nac­quart y de los Bourdaise, y que no fue a menos durante 30 años con los fracasos y las muertes: ¡ésos sí que son verdaderos misioneros!

Por el contrario, el Sr. Vicente no tiene comparaciones suficientemente morda­ces para azotar la pereza, el espíritu de la indolencia, de quienes sólo merecen los nombres de «gallinas mojadas», de «esqueletos de misioneros», de «caracoles», cuya energía sólo se gasta en encerrarse en su concha. Con lo anciano que es, y está cerca de los 80 años, dice que está dispuesto a partir a países lejanos para anunciar el Evangelio.

Pero, el Sr. Vicente no desea en absoluto un celo indiscreto. Corrige con firmeza a uno de sus cohermanos, el Sr. Escart, que quiere hacer demasiado, y se permite motejar a los demás de cobardía y de sensualidad: «Es el espíritu maligno quien ins­pira los celos menos discretos y todo lo que lastima el respeto, el aprecio y la cari­dad» (Cf. II, 63).

A los cohermanos que trabajan en Sedan, ciudad en parte protestante, les reco­mienda mucho la prudencia, y les ruega que reduzcan el celo en las cosas de su voca­ción, sin ir a mezclarse en los negocios temporales, resistiendo sobre todo a la tenta­ción de intervenir en los pleitos (Cf. II, 376).

El celo misionero que san Vicente insufló en sus discípulos, continuará animándo­los a lo largo de los siglos, y los llevará a los primeros puestos del combate apostólico.

Sin hablar de los más ilustres, a quienes la Iglesia ha colocado ya en los altares, nos bastará con evocar a: un Juan Le Vacher, mártir de su abnegación al servicio de los cautivos de Argel; un Pedrini, que tardará en su viaje 8 años para llegar a China; un De Andreis, fundador de la Compañía en los Estados Unidos; un Durando, cuya energía reorganizará la provincia de Turín; un Dom Vigoso, cuya santidad iluminará la iglesia brasileña en el siglo pasado; un Mons. Gnidovech, un santo de vidriera de la Edad Media, en Yugoslavia del siglo XX; una Sor Rosalía, en medio de los pobres de su barrio y tantas otras «Sor Rosalía» a lo largo y a lo ancho del mundo: ya sea en los bosques del Zaire o en los campos de refugiados de Tailandia.

Aún hoy, el hervidero de iniciativas que surgen por todos los lados, en la Iglesia, nos demuestra que el celo apostólico no ha muerto y que el fuego, encendido por Cristo, sigue ardiendo.

Pero la sabiduría y la ponderación del Sr. Vicente nos son más necesarias hoy que nunca. Porque, en efecto, se trata de trabajar para el advenimiento del reino de Dios, y no para levantar la cortina ante una «gran tarde» preparada por la lucha de clases, ni para la vuelta de una teocracia, cuyos integrismos de las diversas religiones nos dan una primera impresión ácida: «el buen vino se convierte fácilmente en vinagre».

Eso sería volver una vez más a la tentación de siempre, que consiste en mezclar la política con la religión, y descuidar la enérgica consigna del Sr. Vicente a Guillermo Gallais: «No es conveniente, Padre, que nos mezclemos en negocios seculares, aunque tengan alguna relación con las cosas espirituales» (II, 376).

II.- San Vicente y el celo

En la conferencia del 22 de agosto de 1659 sobre las cinco virtudes fundamentales del misionero, san Vicente decía acerca del celo: «¿Flay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios es un fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor de Dios». Y añadía: «Pongamos la mano en nuestra conciencia, ¡sentimos en nosotros este deseo! ¡Sí lo sentimos¡ ¡Qué dicha! Reconozcamos que no somos misioneros, pues los verdaderos misioneros son sencillos, humildes, mortificados y llenos de ardor por el trabajo» (XI, 590-591).

De este texto se pueden ya deducir dos evidencias: la primera: que en «la jerarquía Vicenciana», el celo ocupa un lugar muy preferente: «¿Existe en el mundo algo más perfecto? Es lo más puro que hay en el amor de Dios». La segunda: que san Vicente es, como siempre, concreto y si compara el celo y la llama al rayo de sol, así llega sin tardar a una definición más «práctica»: el ardor en el trabajo. Finalmente podemos destacar la frase «¿Lo sentimos? Si lo sentimos, ¡oh, qué felicidad! ¡Si no lo sentimos!» Ahí reside también una de las características del celo, según san Vicente. No se trata de una convicción fría y determinada, sino de un calor, de un entusiasmo, que debe ser comunicativo.

Esta forma de concebir el celo parece profundamente enraizada en la misma experiencia de san Vicente. Antes de 1617, conoció muy bien lo que él llama «la insensibilidad», y también «la comodidad» y la ociosidad. Folleville y Chátillon han libera­do su celo para la evangelización de los pobres. Pero seguramente son las Misiones lejanas las que le procurarán la ocasión de expresar lo mejor de esta virtud, que hace al verdadero misionero.

2.1.- La insensibilidad

En todos los textos siguientes, es posible encontrar algo así como el eco de una experiencia dolorosa y fecunda.

«Conocí a un célebre doctor, que había defendido muchas veces la fe católica contra los herejes, por ser teólogo en su diócesis. La difunta reina Margarita lo llamó a su lado, impresionada por su ciencia y por su piedad, por lo que se vio obligado a dejar sus ocupa­ciones. Y como no predicaba ni catequizaba, se vio asaltado, en medio de la ociosidad en que vivía, por una fuerte tentación contra la fe. Esto nos enseña de pasada, qué peligroso es vivir en la ociosidad, tanto de cuerpo como de espíritu; pues lo mismo que una tierra, por muy buena que sea, si se la deja algún tiempo sin cultivar, enseguida produce cardos y abrojos, también nuestra alma, al estar largo tiempo en el descanso y la ociosidad, expe­rimenta algunas pasiones y tentaciones» (XI, 725-726).

2.2.- Insensibilidad, hermanos míos, insensibilidad

«Es verdad que van a la iglesia a rezar, a cantar, a decir la misa y a tener las demás fun­ciones eclesiásticas, pero todas esas cosas las hacen sin sentimiento, sin gusto, sin devo­ción. ¿Cuál es la causa de esa insensibilidad? Es que no practican las ceremonias según su finalidad, que es la de mover a los pueblos a devoción. Cuando nos golpeamos el pecho en la misa, esto no nos conmueve. ¡Insensibilidad, hermanos míos, insensibilidad! Tengamos ese celo de edificar al pueblo, haciéndole ver cómo hay que tratar la palabra de Dios, tratándola nosotros mismos como es debido; pues, créanme, él se porta con respeto en la igle­sia y aprecia la palabra de Dios, si ve que nosotros la estimamos Hermanos míos, si somos fieles en hacer las ceremonias y las oraciones, recibiremos de Dios esa sensibilidad, que hará que nos animemos mutuamente en la devoción y saboreemos con gusto esas ceremo­nias; por el contrario, si no tenemos esa sensibilidad, desedificaremos al prójimo.

La insensibilidad hace también que no nos impresionen las miserias corporales y espiri­tuales del prójimo; no se tiene caridad, no se tiene celo, ¡no se sienten las ofensas contra Dios. No seamos de esos misioneros sin celo: cuando los mandan a las misiones, van; cuando hay que trabajar con los ordenandos, trabajan; cuando hay que atender a los ejer­citantes, los atienden; pero, ¿Cómo lo hacen? ¿Dónde está su celo? Su celo está apagado por la insensibilidad» (XI, 601).

2.3.- Buscamos la sombra

«Buscamos la sombra; no nos gusta salir al sol; ¡nos gusta tanto la comodidad! En la misión, por lo menos, estamos en la iglesia, a cubierto de las injurias del tiempo, del ardor del sol, de la lluvia, a lo que están expuestas esas pobres gentes. ¡Y gritamos pidiendo ayuda, cuando nos dan un poquito más de ocupación que de ordinario! ¡Mi cuarto, mis libros, mi misa! ¡Ya está bien! ¿Es eso ser misionero, tener todas las comodidades?» (XI, 120).

«El P. Duval, un gran doctor de la Iglesia, decía que un eclesiástico tiene que tener más faena de la que puede realizar; pues, cuando la vagancia y la ociosidad se apoderan de un eclesiástico, todos los vicios se echan encima de él: tentaciones de impureza y otras muchas. ¿Me atreveré a decir? He de pensar en ello; quizá lo diga en otra ocasión. ¡Oh Salvador! ¡Mi buen Salvador! ¡Quiera tu divina bondad librar a la Misión de este espíritu de ociosidad, de búsqueda de la comodidad, y darle un celo ardiente de tu gloria, que la haga abrazarlo todo con alegría, sin rechazar nunca la ocasión de servirte!» (XI, 121).

2.4.- Creo que es una cobardía de la voluntad

«Para curar su mal hay que conocerlo. A mi parecer, creo que es una cobardía de la voluntad y una pereza del espíritu por las cosas que Dios le pide. No me extraño de ello, ya que naturalmente todos los hombres están en esta situación. Y si me pregunta, ¿de dónde viene la diferencia que hay entre ellos, ya que unos son fervorosos y otros flojos?, le responderé que aquéllos sobrepasan mejor que éstos las repugnancias de la naturaleza y que éstos no se esfuerzan en superarlas; que los primeros están en paz, puesto que no tienen el corazón repartido, por habérselo dado enteramente a Dios, mientras que los otros están inquietos, ya que, queriendo amar a Dios, no dejan de amar a otras cosas que no son Dios, y esas cosas son las satisfacciones del cuerpo que hacen al alma pesada para la práctica de las virtudes. Esto es lo que engendra y alimenta la pereza, que es el vicio de los eclesiásticos. Es el estado que más horroriza a Dios. Sí, la tibieza es un estado de condenación» (VIII, 100).

III. La dicha de evangelizar

Después de la revelación de Folleville-Chátillon, san Vicente experimenta la alegría que hay al evangelizar a los pobres, cualesquiera que sean las molestias y las contrariedades El celo en cierta manera es para él la alegría de compartir: «¡qué dicha, Padres, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra» (XI, 324).

«Dadme un hombre que ame a Dios solamente, un alma elevada en contemplación que no piense en sus hermanos; esa persona, sintiendo que es muy agradable esta manera de amar a Dios, que le parece que es lo único digno de amor, se detiene a saborear esa fuente infinita de dulzura. Y he aquí otra persona que ama al prójimo, por muy vulgar y rudo que parezca, pero lo ama por amor de Dios. ¿Cuál de esos dos amores creéis que es el más puro y desinteresado? Sin duda que el segundo, pues de ese modo se cumple la ley más perfectamente. Ama a Dios y al prójimo. ¿Qué más puede hacer? El primero no ama más que a Dios, mientras que el segundo ama a los dos. Hemos de entregamos a Dios para imprimir estas verdades en nuestras almas, para dirigir nuestra vida según este espíritu y para hacer las obras de este amor. No hay nadie más obligado a ello que nosotros y ninguna Comunidad que tenga que dedicarse más al ejercicio de una caridad cordial.

¿Y por qué? Porque Dios ha suscitado a esta Compañía, como a todas las demás, por su amor y beneplácito. Todas tienden a amarlo, pero cada una lo ama de manera distinta: los cartujos por la soledad, los capuchinos por la pobreza, otros por el canto de sus alabanzas; y nosotros, hermanos míos, si tenemos amor, hemos de demostrarlo llevando al pueblo a que ame a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo. Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas. ¡Si supiéramos lo que es esta entrega tan santa! ¡Jamás lo comprenderemos bien en esta vida, pues si lo comprendiéramos, obraríamos de una manera muy distinta, al menos yo, miserable de mí!

Por tanto, nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni a una sola diócesis, sino por toda la tierra. ¿Para qué? Para abrasar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo? Mis queridos herma­nos, pensemos un poco en ello, si os parece. Es cierto que yo he sido enviado no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi pró­jimo» (XI, 552-553).

3.1.- Trabajemos, trabajemos.

«Cuando ustedes, Señores, quieren apoyar un argumento en algún pasaje que se encuentra en algún Padre de la Iglesia, que vivió en los primeros siglos, dicen: este pasaje se encuentra en tal Padre de la Iglesia, que vivía en los primeros siglos. Eso es lo que se dice. Lo mismo se dirá de los que actualmente forman parte de esta Compañía: en tiempos de los primeros sacerdotes de la Misión se hacía esto; se portaban así; estaban en vigor tales y tales virtudes»; y así en todo lo demás» (XI, 316).

«¡Miserable de mí, que digo y no hago! ¡Le digo a los demás lo que tienen que hacer, pero yo mismo no lo practico! Rezad a Dios por mí, Padres, rezad a Dios por mí, hermanos, para que me convierta.

Bien, pongámonos de corazón en las manos de Dios, trabajemos, trabajemos, vayamos a asistir a las pobres gentes del campo que nos están esperando. Gracias a Dios, hay casas en las que casi siempre están trabajando, unas más y otras menos, en esta Misión, en aquélla, de esta aldea a aquella otra, trabajando siempre, por la misericordia de Dios» (XI, 316-317).

3.2.- Qué gran celo demuestran esas pobres Hermanas

«La reina le ha escrito a la señorita Le Gras, y a mí también, para que enviemos otras Her­manas a Calais, a fin de asistir a esas pobres gentes; así lo haremos. Hoy saldrán cuatro para allá. Una de ellas, de unos cincuenta arios, vino a verme el viernes pasado al hospital, donde yo estaba, para decirme que había sabido que habían muerto dos Hermanas en Calais y que venía a ofrecerse para ser enviada en su lugar, si me parecía bien. Le dije: «Hermana, pensaré en ello». Y ayer vino a saber la respuesta que iba a darle. Fijaos, her­manos míos, qué gran celo demuestran esas pobres Hermanas al ofrecerse de ese modo. ¡Ofrecerse para ir a exponer su vida como víctimas, por amor a Jesucristo y por el bien del prójimo! ¿Verdad que es admirable? Yo no sabría qué decir a todo esto, sino que esas pobres Hermanas serán nuestros jueces en el día del juicio; sí, hermanos míos, esas Her­manas serán nuestros jueces en el juicio de Dios, si no estamos dispuestos, como ellas, a exponer nuestra vida por Dios. Y el que todavía no ha llegado a eso, creedme, puede decir­se de él que está todavía muy lejos de la perfección.

¡Miserable de mí, que no siento o siento muy poca disposición y atractivo por ese grado eminente de virtud! ¿Qué no he de temer? ¡Hermanos míos! ¿Qué no he de temer? ¿Y qué no deberán temer conmigo todos los de la Compañía de la Misión que estén en el mismo estado, que no sientan dentro de sí esa disposición, que es uno de los más eminentes grados interiores que se puede tener, o mejor dicho, el más eminente de todos? Por eso, los que no se encuentren en ese estado, tienen que pedir incesantemente a Dios que los ponga en él, esto es, en la disposición de dar su vida por Jesucristo»» (XI, 353-354).

IV.- Un corazón que nos haga ir a todo el mundo

Desde el momento en que evoca la disponibilidad, particularmente para las misiones lejanas, el celo de san Vicente parece que se inflama. Los misioneros de Génova, de Polonia, de Berbería, de Madagascar, sobre todo, llegan a ser los ejemplos de la Misión, y a menudo conjura a su Comunidad, que no ceda nunca en el futuro, ante los que él llama «la cobardía». «¡Qué importante es nuestra vocación: «Evangelizar a los pobres».

«Nuestros misioneros de Berbería y los que están en Madagascar, ¿qué no han emprendido? Un hombre solo se atreve con una galera donde hay a veces doscientos forzados: instrucción, confesiones generales a los sanos, a los enfermos, día y noche, durante quince días; y al final los reúne, va personalmente a comprar para ellos cante de vaca: es un banquete para ellos; ¡un hombre solo hace todo esto! Otras veces se va a las fincas donde hay esclavos, y busca a los dueños para rogarles que le permitan trabajar en la instrucción de sus pobres esclavos; emplea con ellos su tiempo y les da a conocer a Dios, los prepara para recibir los sacramentos, y al final los reúne y les da un pequeño banquete.

En Madagascar, dijo también el padre Vicente, los Misioneros predican, confiesan, catequizan continuamente desde las cuatro de la mañana hasta las diez, y luego, desde las dos de la tarde hasta la noche; el resto del tiempo lo dedican al oficio y a visitar a los enfermos. ¡Ésos sí que son obreros! ¡Ésos sí que son buenos misioneros! ¡Quiera la bondad de Dios darnos el espíritu que los anima, y un corazón grande, amplio, inmenso! «Magnificat anima mea Dominum»: es preciso que nuestra alma engrandezca y ensalce a Dios, y para ello, que Dios ensanche nuestra alma, que nos dé amplitud de entendimiento para conocer bien la grandeza, la inmensidad del poder y de la bondad de Dios; para conocer hasta dónde llega la obligación que tenemos de servirlo, de glorificarlo de todas las formas posibles; anchura de voluntad, para abrazar todas las ocasiones de procurar la gloria de Dios. Sí, la Misión lo puede todo, porque tenemos en nosotros el germen de la omnipotencia de Jesucristo; por eso, nadie es excusable por su impotencia; siempre tendremos más fuerza de la necesaria, sobre todo, cuando llegue la ocasión, el hombre se siente totalmente renovado» (XI, 122-123).

4.1.- Ese corazón que nos hace ir a cualquier parte

«Bien, pidámosle a Dios que dé a la compañía ese espíritu, ese corazón, ese corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo de Dios, el corazón de nuestro Señor, que nos dispone a ir como él iría y como él habría ido si hubiera creído conveniente su sabiduría eterna marchar a predicar la conversión a las naciones pobres. Para eso envió él a sus apóstoles; y nos envía a nosotros como a ellos, para llevar a todas partes su fuego.

Pidámosle todos a Dios este espíritu para toda la Compañía, que nos lleve a todas partes, de forma que cuando se vea a uno o dos misioneros, se pueda decir: «He aquí unos hom­bres apostólicos dispuestos a ir por los cuatro rincones del mundo a llevar la palabra de Dios». Pidámosle a Dios que nos conceda este corazón; ya hay algunos, gracias a Dios, que lo tienen, y todos son siervos de Dios. ¡Pero marcharse allá, oh Salvador, sin que haya nada que los detenga, qué gran cosa es! Es menester que todos tengamos ese corazón, todos con un mismo corazón, desprendido de todo, con una perfecta confianza en la misericordia de Dios, sin preocuparnos, ni inquietarnos ni perder los ánimos. «¿Seguiré con este espíritu en aquel país? ¿Qué medios tendré para ello?» Padres, cuando oigamos hablar de la muerte gloriosa de los que están allí, ¿quién no deseará estar en su lugar? ¿Quién no ten­drá ganas de morir como ellos, con la seguridad de la recompensa eterna? ¡Oh Salvador! ¡No hay nada tan apetecible! Así pues, no os atéis a cosa alguna; ánimo, vayamos donde Dios nos llama; él mirará por nosotros; nada tendremos que temer. ¡Bendito sea Dios! Pidámosle por esta intención» (XI, 190-191).

4.2.- Yo mismo, aunque ya soy viejo y de edad

«Mirad, Padres y Hermanos míos, hemos de tener en nuestro interior esta disposición, y hasta este deseo, de sufrir por Dios y por el prójimo, de consumirnos por ellos. ¡Oh, qué dichosos son aquéllos a los que Dios les da estas disposiciones y deseos! Sí, Padres, es menester que nos pongamos totalmente al servicio de Dios y al servicio de la gente; con­sumirnos por esto, dar nuestras vidas por esto, despojarnos, por así decirlo, para revestimos de nuevo; al menos, querer estar en esta disposición, si aún no estamos en ella; estar dis­puestos y preparados para ir y marchar adonde Dios quiera, bien sea a las Indias o a otra parte; en una palabra, exponernos voluntariamente en el servicio del prójimo, para dilatar el imperio de Jesucristo en las almas. Yo mismo, aunque ya soy viejo y de edad, no dejo de tener dentro de mí esta disposición, y estoy dispuesto incluso a marchar a las Indias, para ganar allí almas para Dios, aunque tenga que morir por el camino o en el barco» (XI, 281).

4.3.- Ahí está el anticristo

«¡Pues qué dirá un misionero flojo! ¿para qué tantas misiones? ¡Ir a las Indias, a las Hébridas! ¡Es demasiado! ¡A las cárceles, a los Niños expósitos, al Nombre de Jesús! Todo esto es emprender demasiadas cosas; hay que dejarlo; la verdad es que, cuando muera el Padre Vicente, habrá que cambiar las cosas; habrá que dejar todas esas ocupaciones, por no poder atenderlas, ¡por no poder atenderlas! ¡Las Indias, las Hébridas, las cárceles, los Niños expósitos!, etc. De forma, padres, que habrá que decir: «Adiós misiones; adiós Indias; adiós Hébridas; adiós cárceles, Nombre de Jesús, Niños expósitos, Berbería! ¡Adiós todo esto!» Y ¿cuál es la causa de todo este mal? Una persona floja, unos misione­ros flojos y llenos de amor a su propia comodidad y descanso.

¡Ay Padres! ¡Ay Hermanos míos! Cuando veáis esto, podréis decir: ¡Adiós todas estas ocu­paciones! San Juan decía: «Cuando veáis a esas personas entre vosotros, tenedlas por anti­cristo». Hermanos míos, yo os digo lo mismo; cuando veáis a un misionero flojo, que tenga semejantes discursos, o queriendo que se dejen todos esos bienes que acabo de deciros, decid con valentía: «Ése es un anticristo» Sí, Hermanos míos, es un anticristo. Decid: «Ha nacido el anticristo, está ahí está» Pues qué: si estando todavía la Compañía en su cuna (pues la Compañía acaba de nacer ahora; está en la cuna), si a pesar de eso, por la gracia de Dios, ha podido abrazar tantos bienes tan agradables a su divina Majestad y a los que ha dado su bendición, ¡con cuánta mayor razón tendrá que aceptarlos, cuando se encuentre más avanzada en edad y haya adquirido más fuerzas! Vemos que si un niño tiene bastante fuerza y coraje, a pesar de ser joven y delicado, para lograr realizar alguna cosa, con mucha mayor razón la hará, cuando sea mayor y tenga veinticinco o treinta arios. Así tiene que pasar también en la compañía de la Misión» (XI, 114-115).

4.4.- Nuestra vocación es: Evangelizar a los pobres

«Os hablo de todas estas objeciones, hermanos míos, antes de que se presenten, porque pudiera ser que algún día se presentasen. Yo no puedo ya durar mucho; pronto tendré que irme; mi edad, mis achaques, y las abominaciones de mi vida no permiten que Dios me siga tolerando por mucho tiempo en la tierra. Podría suceder que después de mi muerte, algunos espíritus de contradicción y comodones. Pero, Dios y Señor mío, ¿no enviaste tú a santo Tomás a las Indias y a los demás apóstoles por toda la tierra? ¿No quisiste que se encargaran del cuidado y dirección de todos los pueblos en general y de muchas personas y familias en particular? No importa; nuestra vocación es: «Evangelizar a los pobres»» (XI, 395)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *