San Vicente de Paúl y la Virgen María

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy, Vol. 2.
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A. María y Vicente de Paúl

Cuando se evoca al señor Vicente, no viene a la mente, para calificar su camino espiritual, hablar de su devoción mariana y, todavía menos, de la teología que de ella se deriva. Vicente es un hombre de la Encarnación. Su puesta en práctica del evan­gelio es una larga meditación de Cristo encarnado, evangelizador de los pobres.

Sin embargo, no es preciso negar a san Vicente su amor a la Madre del Redentor. Vicente tiene conciencia de su presencia discreta y humilde a lo largo de toda su vida. No cesa de invocarla y de citarla como ejemplo. Para Vicente, María tiene un lugar privilegiado en el misterio de la salvación. Tal como se puede leer en los evangelios, ella es la que vela, sin decir palabra, salvo la alabanza del Magnificat, sobre los hijos que Dios le ha confiado por amor, como él le confió a su Hijo único.

Vicente de Paúl nos invita a entrar en ese movimiento; él iluminará sin cesar nues­tro «carisma» particular para ponerlo a punto y siempre al servicio del más pobre, bajo la mirada de María.

Vicente y sus escritos sobre María

No hay por qué esperar encontrar en Vicente una conferencia entera acerca de la Virgen y menos aún una enseñanza teológica sobre ella. No era ésa su finalidad. Vicente creía en María, en su humildad fecundante, en su discreción intercesora, en su amor bienhechor, en su presencia benévola. Así dirá que María ha estado presen­te en todas las etapas espirituales que él ha vivido. A lo largo de las, más o menos, 8.000 páginas de Coste, María es la que, aún siendo citada parsimoniosamente al final de una carta o de una conferencia, es propuesta como ejemplo de sierva a sus Hijas de la Caridad y a sus Hermanos y Sacerdotes de la Misión: «Soy en el amor de nuestro Señor y de su santa Madre, señorita, su muy humilde servidor» (1, 107). Vemos igualmente que la presencia de María atraviesa las Reglas Comunes de la Misión (IV. 1; V. 1; X. 4) y colorea los Reglamentos de las diversas Caridades difun­didas en los viajes de Vicente.

Sin embargo, siempre es posible un intento de síntesis si se tienen presentes los casi 80 escritos desparramados aquí y allí en los tomos de Coste, pero sin intentar hacer decir a Vicente lo que nunca dijo.

¿Quién es María para Vicente?

Objetivamente, no podemos hablar de «doctrina» mariana en él. Le haríamos decir entonces al santo lo que el nunca dijo o escribió. Vicente nos indica solamente lo que María es para él. Es una guía discreta en el camino difícil del evangelio. Nos envía una y otra vez a aquél a quien buscamos. María recibió en su carne virginal al Hijo, de cuya alimentación tuvo el encargo y sobre el que veló incesantemente a pesar de la incomprensión y la espada en su corazón. «Recogía en su corazón las palabras de su Hijo; se llenaba de ellas y las meditaba luego, de forma que no perdía nada de todo cuanto decía….si la santísima Virgen…no dejaba de recoger con esmero las sagradas palabras de su Hijo, ¿qué no hemos de hacer nosotros por intentar conservar en nuestros corazones la unción de estas santas palabras?» (IX, 370-371). Ella es, desde entonces, el modelo ejemplar de los que quieren seguir a Cristo dándose a él: ella es Sierva, humilde Sierva y «os tiene que servir el ejem­plo de la santísima Virgen» (IX, 97). Ejemplo y modelo de la sierva: ésas son preci­samente las palabras que más exactamente definen a María, un modelo ejemplar lleno de cualidades en las que nuestra meditación siempre hallará temas:

  • María es muy obediente con Dios: «Entretanto, honremos la paz con que acep­tó la santísima Virgen, la voluntad de Dios en la muerte de su Hijo» (VII, 360).
  • María es la modestia misma: «Tenía tan gran modestia y pudor… que se turbó, sin mirarlo» (al ángel) (IX, 97).
  • María es discreta: «es mantenerse retirada, como lo hacía la santísima Virgen, sin hacer ninguna visita inútil y hablando poco» (IX, 315).
  • María, limpia de pecado: «La santísima Virgen no pecó jamás» (IX, 553).
  • María es la intercesora: «Recemos a la santísima Virgen, para que ella pida a su Hijo por nosotros» (IX, 733).
  • María es humilde: «¿Qué es lo que movió Dios a fijarse en la Virgen? Nos lo dice ella misma: «Fue mi humildad»» (IX, 1077), o también Vicente se dirige a María: «Se debió precisamente a tu humildad el que Dios hiciera en ti cosas grandes» (IX, 965).
  • María es perfecta: «Solamente Jesucristo y la santísima Virgen han estado libres de imperfecciones» (IX, 1031).
  • María es llena de gracia: «Cuando el ángel fue a saludar a la santísima Virgen, empezó por reconocer que estaba llena de las gracias del cielo» (XI, 606).
  • María es virgen: «Su madre siguió siendo virgen y fue siempre casta» (XI, 679).
  • María es inmaculada: (Dios) «no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la purísima e inmaculada Virgen María» (X, 43).
  • María es perseverante: «Perseveró en medio de todas las dificultades que se pre­sentaron durante la vida y hasta la muerte de nuestro Señor» (X, 937).

Todas sus cualidades y virtudes permiten comprender la misión de María y pue­den resumirse así en una sola:

María es la sierva del Señor: «Bien; es Dios el que así lo quiere; Yo soy la escla­va del Señor; ¡que se haga en mí según su palabra! Esto es lo que quiere decir: «Ecce ancilla». Y a continuación se dice: …El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (IX, 1104).

Eso está muy lejos de una definición «dogmática» del misterio mariano. Vicente confía en ese movimiento popular que se adhiere a la oración a María, sin olvidar por ello el sentido más importante a sus ojos: María, esclava de Dios, santísima Virgen, es la que nos lleva al Hijo único y es, en ese sentido, cómo puede acoger nuestra oración.

Vicente y sus escritos sobre María

«Le aconsejo que confíe usted mucho en nuestro Señor y en la ayuda de su madre, la Vir­gen inmaculada» (IV, 551).

María, la esclava de Dios, es presentada aquí como «asociada» a la obra del Hijo. Está unida a la salvación que él ofrece. Ella es el manantial de esta gracia divina «de cuyo canal procede toda misericordia» (IX, 1148). María está en comunión estrecha con ese manantial de Vida para interceder eternamente en nuestro favor humillán­dose por nosotros ante su Hijo (X, 834) y el deseo de humildad de la Virgen es un espíritu de sumisión lleno de gracia divina (IX, 1064).

Su oración mariana

Vicente está persuadido de la presencia de María a su lado. En su plegaria, escribe:

«Dios mantuvo siempre en mí una esperanza de liberación, gracias a las asiduas plegarias que le dirigía a él y a la santa Virgen María, por cuya intercesión yo creo firmemente que he sido libertado» (I, 80). Estamos en 1608 en el momento en que Vicente se deja verdaderamente burilar por el Espíritu de Cristo para ser el instru­mento de su amor que se derrama en sus fundaciones. Es también la primera carta (enviada al señor de Comet) que conocemos de Vicente en la que se menciona a María.

Por lo que toca a su «juventud mariana», según Abelly, no sabemos nada cohe­rente acerca de su infancia, exceptuando que celebró su primera misa en un santua­rio escondido de nuestra Señora.

Los consejos de Vicente para una verdadera devoción mariana

Recordemos en primer lugar la Bula de Aprobación de la Misión (12 de enero de 1633): «Promoverán también el culto especial a la santísima Trinidad, el sagrado misterio de la Encarnación y a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios», (X, 308).

A Vicente le gustaba recordar a sus discípulos la necesidad de orar a María: «Recemos a la santísima Virgen que, mejor que ningún otro, penetró en su sentido y las practicó» (XI, 428); y aún concreta más: «Hijas mías, os exhorto a que tengáis siempre mucha devoción a la Virgen» (IX, 213).

Igualmente, le gustaba recordar la intimidad que unía a María con su Hijo: «Nues­tro Señor… vivió siempre con san José y la santísima Virgen» (XI, 515), y aún más. «Obedeció a Dios su Padre… obedeció a su madre» (XI, 688), comprobando de la «santísima Virgen… que recogía en su corazón las palabras de su Hijo…no perdía nada de todo cuanto decía» (IX, 370).

María es la que se pone al servicio del Hijo, para que atienda plenamente a su Misión y «para ser verdaderas Hijas de la Caridad, hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra…Después de haber sometido su voluntad, obedeciendo a la santísima Virgen y a san José, trabajó continuamente por el prójimo, visitando y curando a los enfermos, instruyendo a los ignorantes para su salvación» (IX, 34). Entonces, para hacer la voluntad de Dios, «Hijas mías, …recurramos a la Madre de misericordia, la santísima Virgen, vuestra gran patrona» (IX, 1147).

En efecto, Vicente de Paúl «no ofrece otro modelo que esta Virgen de religión, paz, de abnegación silenciosa»,1 porque «santísima Virgen, humilde sierva de los pobres, tú que hablas por aquéllos que no tienen lengua y no pueden hablar» (IX, 733). La devoción propuesta por san Vicente de Paúl no es, pues, «elemento accesorio y sobre­añadido al culto de la santísima Trinidad y del Verbo Encarnado…Forma parte de su religión más íntima».2

¿Cómo rezar a María?

Además de los medios tradicionales, como la oración espontánea de petición, de acción de gracias, personal y comunitaria, además de la oración y la repetición de oración, además también del ayuno celebrado la víspera de las fiestas de nuestro Señor y de nuestra Señora (IX, 1153), Vicente sugiere tres caminos posibles para rezar a María: el Ángelus, el Rosario y las Letanías.

El Ángelus

El Ángelus se dice al terminar la oración de las Hermanas. Se empieza con la señal de la cruz y se dice: «Angelus Domini nuntiavit Mariae, et concepit de Spiritu Sancto».

«Se trata de una oración que se hace para dar gracias a Dios, por haber venido a este mundo a encarnarse por nuestra salvación» (IX, 1104), le gusta decírselo así a sus hijas. La oración del Ángelus le recordaba a cada uno el enraizamiento de la misión en la Encarnación y en el Amor de Dios para todos, porque «ha puesto sus ojos en su humilde esclava» (Lc 1, 48). El tema de la disponibilidad es el que mejor califica esta plegaria. El Ángel se pone a disposición de Dios y de María que dice su «fiat» del don total. Esta oración sencilla es la oración de acción de gracias, «seguramente lo sabéis, pero conviene renovar estas ideas de vez en cuando» (IX, 1105), porque la acción de gracias es cons­tante, cuando se hace la voluntad de Dios, como María.

El Rosario

El Rosario debe ser rezado lo mismo por los Misioneros que por las Hijas de la Caridad, siguiendo el ejemplo de Francisco de Sales. En efecto, Vicente decía de él:

«Nuestro bienaventurado Padre decía que, si no hubiese tenido la obligación de su oficio, no habría dicho más oración que el rosario…lo rezó durante treinta años sin faltar nunca, para alcanzar de Dios la pureza por la que él concedió a su santa madre, y también para bien morir» (IX, 212-213).

El Rosario es para Vicente una oración en la que se manifiesta, también en ella, todo el misterio de la Encarnación. Es la oración del pobre, pues lo pone, al rezarlo, en gran dependencia de Dios, en estrecha relación de amor con él, por intercesión de María. Es también, para san Vicente, una oración muy importante, porque con él puede suplirse la oración en caso de dificultad (IX, 212) y cuando se sabe el afecto que sentía por la oración, fácilmente se imagina lo que representaba para él la humil­de plegaria del Rosario.

El Rosario —que tanto los Misioneros como las Hijas de la Caridad debían llevar a la cintura, y sobre el cual no había que dudar en poner la mano «al comienzo de cualquier acto o de cualquier charla» (IX, 53)—, podía servir de breviario para las Hijas de la Caridad (IX, 1146) con la oración del «Pater noster» y la meditación del «Ave María», directamente inspirada por el Espíritu Santo (IX, 1145).

Letanías

Nos han llegado pocos detalles sobre este tercer modo de rezar a la Virgen. Sin embargo, cantar las letanías de María, a veces asociadas a las de Jesús, permitía ini­ciar el día o, a veces, la reunión de la Caridad, por ejemplo, en Chátillon. «El orden que se observará en estas asambleas consistirá en cantar ante todo las letanías de nuestro Señor Jesucristo o las de la Virgen, y decir luego las oraciones que siguen» (X, 581).

Los misterios de María sierva La Inmaculada Concepción

Dios «no encontró a ninguna (mujer) tan digna de esta gran obra como la purí­sima e inmaculada Virgen María» (X, 43). Vicente invita a sus Hijas y Misioneros a sumergirse en cuerpo y alma en el amor infinito que Dios ofrece a María, preparán­dola para que llegue a ser madre de su Hijo y esclava del reino.

A imagen de María, todos deben dejarse limpiar para dejar penetrar el don del Hijo y tener de ese modo un profundo aprecio de Dios, «y este aprecio tiene que hacernos anonadar en su presencia» (XI, 412). En su Inmaculada Concepción, María nunca cesa de dar gracias a Dios por el don misterioso que le ha hecho. Ella nos muestra así el camino de la alegría en el servicio evangélico de los más pobres.

La Anunciación

Es, por definición, el misterio de los pobres. María representa la muchedumbre de pobres que ponen su esperanza en Dios y a quienes Dios responde por amor. Vicen-

te nos recuerda que «es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la ver-
dadera religión, una fe viva; creen sencillamente, sin hurgar» (XI, 120). Es en ese

misterio, donde la humildad de María se revela magníficamente. Es una humildad anunciadora que permite la obra de Dios venir a encarnarse; entonces, no endurez­cáis vuestro corazón, «recurrid a la santísima Virgen, pidiéndole que os obtenga de su Hijo, la gracia de participar de su humildad, que la hizo llamarse esclava del Señor» (IX, 1077).

La Visitación

Este misterio tan bien meditado por Francisco de Sales hallará su plena realiza­ción con san Vicente. En efecto, impulsado por la realización de las visitandinas de monseñor de Ginebra, Vicente fundará «las visitandinas de los pobres», orden no reli­giosa que podía fácilmente visitar a la pobre gente del campo, visitar como María visitó a su prima. La Visitación así realizada es la continuación de la de María. Se trata de llevar a Cristo, yendo a su encuentro, dejándose interpelar por el más pobre que lleva en sí mismo la santa imagen divina. Vicente se sirve a menudo de este mis­terio para explicar a las Hijas de la Caridad la necesidad de la visita a domicilio. Igualmente les dice que debe hacerse con un corazón lleno de Dios, «hay que hacer-

la pensando solamente en Dios y como la hizo la santísima Virgen, cuando fue a visi-
tar a santa Isabel, esto es, con toda mansedumbre, con amor, con caridad» (IX, 246).

San Vicente nos ha entregado aquí su «pequeño método» para rezar a María. Ella es siempre y para siempre la humilde Servidora de Dios y la que nos pone en el camino difícil del servicio evangélico del más pobre. A su manera, María nos lleva a cada uno hacia Cristo, porque es en él solo donde encontramos al pobre y donde podemos amarlo con un amor gratuito. Así, hoy como ayer, «es necesario

que nos esforcemos por hacer que reine Dios plenamente en nosotros, y luego en los demás» (II, 82).

B. San Vicente y María esclava

1. María y los planes de Dios

Dios desde toda la eternidad, tuvo el designio de elevar a la humanidad hasta él. Eligió hacerlo por amor y para eso dar lo mejor de sí mismo al hombre pecador. Venir al mundo lo obligó a la Encarnación

Una mujer debió encarnar a su Hijo. Se lo pide a MARÍA, la mujer inmaculada. Ella, según san Vicente, sólo tiene un deseo: servir. Se convierte en servidora, siem­pre, plenamente preocupada por realizar el plan de Dios.

«…Era necesario que su Hijo tomara carne humana de una mujer…»

(Dios) «previó, pues, que como era preciso que su Hijo tomara carne humana de una mujer, era conveniente que la tomase de una mujer digna de recibirlo, una mujer que estu­viera llena de gracia, vacía de pecado, enriquecida de piedad y alejada de todos los malos afectos. Presentó ya entonces ante su vista a todas las mujeres que habría en el mundo y no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la purísima e inmaculada Virgen María. Por eso se propuso desde toda la eternidad disponerle esta morada, adornarla de los más admirables y dignos bienes que puede recibir una criatura, a fm de que fuera un tem­plo digno de la Divinidad, un palacio digno de su Hijo. Si la previsión eterna puso ya entonces sus ojos para descubrir este receptáculo de su Hijo y, después de descubrirlo, lo adornó de todas las gracias que pueden embellecer a una criatura, como él mismo lo decla­ró por boca del ángel que le envió como embajador, ¡con cuánta mayor razón hemos de prever nosotros el día y la disposición requerida para recibirlo!… El Espíritu Santo no quiso que aquella acción tuviera lugar sin contribuir él mismo a ella, y escogió la sangre más pura de la Virgen para la concepción de aquel cuerpo» (X, 43).

«…El misterio inefable de la Encarnación…»

«A los grandes, a los príncipes y a los reyes; a ésos es a quienes rendís vuestro homenaje. Tan cierto es esto que Dios observó este mismo orden en la Encarnación. Cuando el ángel fue a saludar a la santísima Virgen, empezó por reconocer que estaba llena de las gracias del cielo: «Ave, gratia plena»: Señora, estás llena y colmada de los favores de Dios; «Ave, gratia plena». Así lo reconoce y la alaba como llena de gracia. Y ¿qué hace luego? Aquel hermoso regalo de la segunda persona de la santísima Trinidad; el Espíritu Santo, reu­niendo la sangre más pura de la santísima Virgen, formó con ella un cuerpo, luego creó Dios un alma para informar aquel cuerpo y, a continuación, el Verbo se unió a aquella alma, y a aquel cuerpo por una unión admirable, y de esta forma, el Espíritu Santo reali­zó el misterio inefable de la Encarnación. La alabanza precedió al sacrificio» (XI, 606).

«…El plan de Dios…»

«La Providencia ha permitido que la primera palabra de vuestras Reglas sea de esta manera: «La Compañía de las Hijas de la Caridad se ha fundado para amar a Dios, servirlo y honrar a nuestro Señor, su dueño, y a la santísima Virgen». Y ¿cómo lo honraréis vosotras? Vuestra Regla lo indica haciéndoos conocer el plan de Dios en vuestra fundación: «Para servir a los pobres enfermos corporalmente, administrándoles todo lo que les es necesario; y espiritual­mente, procurando que vivan y mueran en buen estado». Fijaos, hijas mías; haced todo el bien que queráis; si no lo hacéis bien, no os aprovechará de nada. San Pablo nos lo ha ense­ñado: «Dad vuestros bienes a los pobres; si no tenéis caridad, no hacéis nada; no, aunque deis vuestras vidas». ¡Oh, mis queridas Hermanas! Hay que imitar al Hijo de Dios que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios, su Padre. De esta forma, vuestro propósito, al venir a la Caridad, tiene que ser puramente por el amor y el gusto de Dios; mientras estéis en ella, todas vuestras acciones tienen que tender a este mismo amor.

El medio principal y más seguro para adquirir este amor, es pedírselo a Dios, con gran deseo de obtenerlo. ¿De qué os serviría llevar una sopa, un remedio a los pobres, si el motivo de esta acción no fuera el amor? Ése era el motivo de todas las acciones de la santísima Virgen y de las buenas mujeres que servían a los pobres, bajo la dirección de nuestra Señora y de los apóstoles, santa Magdalena, santa Marta, santa María Salomé, Susana y santa Juana de Cusa, mujer del procurador de Herodes, a las que os sentís tan felices de suceder» (IX, 38-39).

II. María, modelo de la sierva

Siendo sierva en el plan de Dios, María llega a ser el modelo de todo vicenciano: Misionero, Hija de la Caridad, Laico. Ella nos señala el camino de la disponibilidad ante las necesidades de los demás.

«…Con total afabilidad, con amor, con caridad…»

«Hijas mías, el hacer la visita no es un asunto poco importante y se encuentran muy pocos espíritus que sean capaces de actuar de forma que la hagan útilmente…

Hay que hacerla pensando solamente en Dios y como la hizo la santísima Virgen, cuando fue a visitar a santa Isabel, esto es, con toda mansedumbre, con amor, con caridad. Ella no reprendió a nadie, sino que, con su ejemplo, instruyó a santa Isabel y a toda su familia en sus deberes. No reprendáis nunca» (IX, 245-246).

«…Piensen en la santísima Virgen…»

«Para hacer que vuestro viaje, o lo que vayáis a hacer sea agradable a Dios, tenéis que pro­poneros adorar a nuestro Señor en las personas con las que vais a tratar. Si tenéis que tra­tar con algún hombre, tenéis que imaginaros que es con nuestro Señor con quien habláis; si es con alguna mujer, pensad que es con la santísima Virgen» (IX, 1152).

«…Para atender a las necesidades…»

«La Asociación de la Caridad será instituida para honrar a nuestro Señor Jesucristo, su patrono, y a su santa Madre, a fin de atender a las necesidades de los pobres sanos e invá­lidos, darles catecismo, hacer que frecuenten los sacramentos, alimentarlos y proporcio­nar medicinas a los pobres enfermos» (X, 594).

«…Para honrar la gran caridad de nuestro Señor…»

«Conozco varias reglas, pero no creo haber visto ninguna que honre más a Dios que las vuestras; no, no he visto jamás a una Compañía que dé más gloria a Dios que la vuestra. Ha sido instituida para honrar la gran caridad de nuestro Señor. ¡Qué felicidad, mis queri­das Hermanas! Ese sí que es un fin noble. ¡Estar fundadas para honrar la gran caridad de nuestro Señor, tenerlo a él por modelo y ejemplo, junto con la santísima Virgen, en todo lo que hacéis! ¡Dios mío, qué felicidad! ¡Qué dichosas son las madres que llevan a sus hijos a que hagan este ejercicio, que debe ser la continuación de aquél que hicieron en la tierra nuestro Señor y su santísima Madre!» (IX, 739-740).

«…Para servir a los pobres enfermos…»

«La Providencia ha permitido que la primera palabra de sus Reglas sea de esta manera: «La Compañía de las Hijas de la Caridad se ha fundado para amar a Dios, servirlo y hon­rar a nuestro Señor, su dueño, y a la santísima Virgen». Y ¿cómo lo honraréis vosotras? Vuestra Regla lo indica haciéndoos conocer el plan de Dios en vuestra fundación: «Para servir a los pobres enfermos, corporalmente, administrándoles todo lo que les es necesa­rio; y espiritualmente, procurando que vivan y mueran en buen estado» (IX, 38).

III. En oración con María

San Vicente nos invita a rezar a María. Hasta lo convierte en Regla. Pero también da el ejemplo de una oración sencilla, filial y siempre apostólica. María esclava de nuestro Señor, debe guiar el servicio de sus hijos.

«…La Madre de misericordia…»

«Ruego a nuestro Señor que os bendiga y os llene de su espíritu, para que en adelante viváis de ese mismo espíritu, humildes y obedientes como él. Así es, mis queridas Her­manas, como podréis vivir de su vida. Salvador mío, te pido que estas Hermanas no vivan más que de tu vida por la imitación de tus virtudes. Hijas mías, para obtener esta gracia, recurramos a la Madre de misericordia, la santísima Virgen, vuestra gran patrona. Decid­le : «Puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu pro­tección, si otras veces te hemos llamado Madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hacemos de esta Compañía en general y de cada una de nosotras en particular. Y puesto que nos permites que te llamemos Madre nuestra y eres realmente la Madre de misericordia, de cuyo canal procede toda misericordia, y puesto que has obteni­do de Dios, como es de creer, la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu pro­tección». Hijas mías, pongámonos bajo su dirección, prometamos entregarnos a su divino Hijo y a ella misma sin reserva alguna, a fin de que sea ella la guía de la Compañía en general y de cada una en particular» (IX, 1147-1148).

«…La sumisión de la santísima Virgen..:’

«Salvador de mi alma, concede a nuestras Hermanas esta gracia por la sumisión que tuvis­te a las órdenes de tu Padre y por la sumisión que les has dado a nuestras Hermanas; con­cédenosla también por amor a la sumisión de la santísima Virgen; concédenos la gracia de que no pongamos en ninguna otra cosa, nuestra confianza más que en ti, por la conformi­dad que siempre tuviste con la voluntad de tu divino Padre» (IX, 1064).

«…Ruega, pues, a vuestro Hijo..:’

«Santísima Virgen, que dijiste a todo el mundo en tu cántico que la humildad es precisamente la causa de tu gloria, obtén para estas hijas que sean como Dios pide de ellas; adómalas de tus virtudes. Tú eres Madre y Virgen al mismo tiempo. Ellas son también vírgenes. Ruegan, entonces, a tu Hijo, por las entrañas de tu vientre en donde él estuvo alojado nueve meses, que nos conceda esta gracia» (IX, 1078-1079).

«La misma bula (de erección de la C. M.) nos recomienda expresamente que veneremos también con un culto especial a la santísima Virgen María, cosa que debemos hacer tam­bién por otras muchas razones. Nos esforzaremos en hacerlo a la perfección con la ayuda de Dios: 1° dando honor cada día con devoción singular a esta nobilísima madre de Cris­to y madre nuestra; 2° imitando sus virtudes en la medida de nuestras fuerzas, sobre todo, la humildad y la castidad; 3° animando con celo a los demás, siempre que se ofrezca oca­sión, a que también la honren constantemente en gran manera y la sirvan con dignidad» (RC., X, 4).

«Después de dar las gracias se dirá el Ángelus, y si no lo saben, tres Avemarías» (art. 5). «A las ocho acudirán al lugar señalado para hacer en común el acto de la tarde en la forma acostumbrada; a saber: leer el martirologio, donde se pueda, e inmediatamente los puntos

de la meditación del día siguiente, hacer el examen general, y después recitar las letanías de la Virgen, el Pater, Ave y Credo, y las demás oraciones ordinarias; después de ellas se leerá al menos el comienzo de cada punto de la misma meditación, y después se retirarán para acostarse» (art. 11).

«Además de lo señalado arriba, se dirá el rosario, y esto en diversos momentos, como una decena después de la oración de la mañana, dos cuando se está en la iglesia esperando a que empiece la misa, o si ha comenzado, hasta el evangelio, una después del Ángelus del mediodía y otra después del de la tarde» (art. 16).3

También sabemos por Maturina Guérin en su «Coutumier» de 1667, que «el día octavo, al terminar la conferencia, antes de la bendición del Director, la superiora u otra nombrada para el caso, leía en voz alta el acto de ofrecimiento a la santísima Vir­gen, y todas las Hermanas, de rodillas, dicen en voz baja, las mismas palabras, con afecto». He aquí el texto que, ciertamente es del tiempo de san Vicente:

«Nosotras, muy indignas Hermanas de la Compañía de las Hijas de la Caridad, constitui­das y puestas en la presencia de Dios y de toda la corte celestial, reconociendo por una parte las grandes necesidades que tenemos de las gracias de Dios, tanto para corregimos de nues­tros defectos, y adquirir las virtudes de nuestro estado como para desempeñar bien nuestras tareas; y, por otra, acordándonos, oh santísima y gloriosísima Virgen María, de vuestro gran poder ante nuestro Señor, Hijo vuestro, y de vuestra incomparable bondad para con los pobres cristianos; para obtener esas gracias acudimos a ti, como a la Madre de misericor­dia, con la confianza de que, por vuestro medio, seremos ayudadas y socorridas; por eso, misericordiosísima Virgen, prosternadas en cuerpo y en espíritu a los pies de vuestra Majes­tad, os suplicamos muy humildemente que aceptéis gustosamente el ofrecimiento irrevoca­ble de nuestras almas y de nuestras personas, que dedicamos y consagramos, en esta fies­ta, a vuestro servicio y a vuestro amor para todo el curso de nuestra vida, y para toda la eternidad; proponiéndonos, con la asistencia del Espíritu Santo, de teneros para siempre un respeto singular y una veneración muy particular, y de invitar a los demás a honraros, imi­taros e invocaros, para hallar gracia ante Dios. Nos tomamos incluso la confianza de pedi­ros, ¡oh santísima Madre de Dios!, que tengáis a bien recibir a todas en general, y a cada una en particular bajo vuestra santa protección, acogiéndoos por nuestra Señora y Dueña, por nuestra Patrona y Abogada; suplicándoos que nos obtengáis el perdón de todas las fal­tas que hemos cometido contra su divina Majestad y de nuestras negligencias en vuestro servicio; como también que nos consigáis de su infinita bondad, que la pequeña Compañía de las Hijas de la Caridad, de la que somos nosotras los miembros, os tenga siempre por su verdadera y única Madre, sienta vuestra singular asistencia para la práctica de las virtudes de la Caridad, Sencillez, Paciencia y otras más propias de nuestro Instituto, pero particu­larmente la Castidad, preservándonos en los grandes peligros, a los que estamos expuestas; conseguidnos, si os place, de nuestro Señor Jesucristo, las gracias que nos son necesarias para continuar fielmente nuestras ocupaciones en el servicio de los pobres enfermos, y a otros a los que estamos dedicadas: tened la bondad de pedirle para nosotras una gran unión entre nosotras, la fidelidad en la observancia de nuestras Reglas y, en fin, la perseverancia en nuestra vocación, para que, habiendo fielmente servido e imitado a vuestro queridísimo Hijo, lo podamos alabar contigo allá arriba, en el cielo, durante toda la eternidad. AMEN.4

Finalmente, de pasada, destaquemos cómo también santa Luisa sentía necesidad del acompañamiento maternal de María para la Compañía de las Hijas de la Caridad:

«…Bajo la protección de la santísima Virgen…»

«Mi muy honorable padre:

No me atrevo a decirle a su caridad, en nombre de toda nuestra Compañía de Hermanas, que nos juzgaríamos muy felices, si nos pusiera a todas, mañana, en su santo altar, bajo la protección de la santísima Virgen, ni me atrevo a suplicarle que nos obtenga la gracia de que podamos siempre reconocerla como nuestra única Madre, ya que su Hijo no ha per­mitido hasta el presente que ninguna usurpase ese nombre en un acto público. Le pido esta aprobación por el amor de Dios, junto con la gracia de que podamos conocer qué es lo que hemos de hacer para ello, si a su caridad le parece bien enseñárnoslo».5

C. Cuestiones para los intercambios

1. San Vicente ha sacado las fuentes de su espiritualidad mariana del Evange­lio y de la Tradición, evitando todas las exageraciones de lenguaje de su tiem­po y las formas desviadas de la devoción.

  • En la actualidad, ¿de dónde sacamos nuestra devoción mariana?
  • ¿Cómo alimenta ella nuestra vida espiritual?

2. ¿»De qué nos serviría llevar una sopa, un remedio, a los pobres, si el motivo de esta acción no fuera el amor de Dios»? Ése era el motivo de todas las acciones de la santísima Virgen, y de las buenas mujeres que servían los pobres bajo la direc­ción de nuestra Señora y de los apóstoles…a los que os sentís tan felices de suceder (IX, 38-39).

  • La espiritualidad mariana, ¿cómo nos compromete en nuestros servicios de Misión y de Caridad?

3. San Vicente nos recomendaba que rezáramos a la Virgen con los medios de la piedad popular: Ángelus, Rosario, Letanías, Peregrinaciones…

  • ¿Cuál es, hoy en día, nuestro modo de rezar para llegar a orar con y como los pobres, en su nombre?
  1. A. Dodin, «En priére avec Monsieur Vincent», p. 210.
  2. A. Dodin, o. c., p. 213.
  3. Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad: el texto más antiguo, probablemente contemporáneo de san Vicente y santa Luisa. Extracto de los archivos de las Hijas de la Caridad, Ms R57.
  4. Archivos de las Hijas de la Caridad. París.
  5. De santa Luisa de Marillac a san Vicente, VII, 335, 8 de diciembre de 1658. La fiesta, aquel año, se trasladó al 9, porque el 8 fue un domingo de Adviento.

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