I.- Introducción
Pacificada por el buen rey Enrique, Francia, cuando san Vicente inició sus actividades apostólicas, sólo había logrado el silencio de las armas. La unanimidad religiosa no era más que un recuerdo lejano, y en el campo del Padre de familia los eriales habían invadido numerosas tierras de labor. Sin embargo, aunque estaba dividida, la cristiandad seguía existiendo: todos, como estaban bautizados, se consideraban hijos de la Iglesia, en marcha por el camino de la salvación. Hablar de evangelización como lo hizo san Vicente a propósito de la pobre gente del campo, debió parecer absurdo a más de uno, tal como hacia el año 1940 sonó a cosa rara en nuestros oídos el provocativo título del libro de los abates Godin y Daniel: «Francia, país de misión». Exactamente igual que en tiempos de san Vicente, nos creíamos que vivíamos en cris-tiandad. Ha sido necesario, en nuestro tiempo, igual que entonces, desviarnos de nuestra visión tradicional y convenir que se trata de evangelizar, cuando se debe anunciar a Jesucristo a quienes no lo conocen.
San Vicente no dejó escrita ninguna teoría de evangelización, no se preocupó de eso. Pero, dispuesto a seguir paso a paso a la Providencia, le adjudicó a la evangelización unas dimensiones sobre las cuales vamos a insistir hoy: ella se dirige a todo el hombre, y se propone a todos los hombres.
A todo el hombre. Ella propone un cuerpo de doctrina para que se adhieran las mentes, un conjunto de «verdades necesarias para la salvación», como decía el Sr. Vicente, al describir después de la misión de Folleville, la espantosa ignorancia en la que la pobre gente se condena. Se da cuenta rápidamente, y esto fue para él evidente después de su experiencia pastoral de Chátillon, que la evangelización debía dirigirse a todo el hombre, a su espíritu, pero también a su corazón y a su cuerpo.
El espíritu no se entrega, si no se toca antes el corazón. Toda adhesión de fe, toda conversión debe incluir un lado práctico, traducirse en un «compromiso» al servicio del prójimo, individual o «colectivamente», como diríamos hoy. San Vicente desconfía de los pensamientos nobles y de los grandes sentimientos, los cuales, en frase suya, «se malogran», cuando se trata de sufrir o de molestarse por el prójimo. Son suspiros piadosos que sólo exhalan viento. Después de la creación de la primera «Caridad» en Chátillon, en 1617, la fe del Gran Siglo cubrió la cristiandad con una floración de instituciones de beneficencia, que han marcado a la Iglesia y a toda la sociedad con una primavera de gracia.
Además, era una cosa clara para san Vicente, como lo ha sido después para nosotros, que es inútil querer predicar a los hombres que son hijos de Dios y que Cristo murió por ellos, si están muriéndose de hambre, si la sociedad les escupe su desprecio y si los perros están mejor tratados que ellos. Se trata de evangelizar con palabras y con hechos.
Hasta en las discusiones del último sínodo, se ha podido resaltar la actualidad de esos aspectos de la evangelización: ciertamente hace falta un cuerpo de doctrina, si no, no sería más que un poco de humo sentimental; pero ella no está dirigida solamente a la inteligencia, sino a todo el hombre, para anunciarle que Jesucristo vino a liberarlo del pecado y de su opresión: es promoción de todo el hombre. También en nuestros días el apóstol Santiago sigue interpelando la fe de los cristianos, si dicen a sus hermanos que carecen de lo necesario: «Id en paz, calentaos, y buen provecho», dejándolos en la miseria.
Pero la evangelización se dirige también a todos los hombres y es promoción de todos los hombres, pues, según la consigna de Jesús, tiene por sí misma un carácter universal. En san Vicente, toma esa dimensión a partir del momento en que varios de sus hijos se embarcan para Madagascar. Las noticias que recibe de ellos, la preocupación que siente por ese asunto, iluminan todo su universo con un día nuevo, como si la luz de los trópicos hubiera cambiado todo el juego de las claridades y de las sombras de su mundo habitual.
De igual modo, la misión de evangelización universal de la Iglesia no nos permite dormir en paz, en la comodidad de una fe tranquila durante tanto tiempo, mientras nuestros hermanos más lejanos mueren en la ignorancia y la miseria. La indigencia del mundo es un desafío para todos los hombres, pero en primer lugar para los cristianos y para la Iglesia: nunca los pobres querrán creer que son hijos de Dios y la «Buena Noticia» seguirá siendo para ellos una burla, si nosotros no hacemos nada, para que su dignidad sea reconocida.
En fin, la experiencia y la enseñanza de san Vicene hacen resaltar en la evangelización un segundo movimiento, complementario del primero. Se necesita, desde luego, anunciar el Evangelio a quienes no lo conocen (y en primer lugar a los pobres), y anunciárselo de palabra y con obras. Mas a su vez, fueron ellos los que en cierto modo evangelizaron a san Vicente, fueron ellos los que le transmitieron la llamada del Señor. En las horas cimeras de su vida, ellos estaban en el cruce de los caminos para decirle a dónde había que ir: fueron ellos quienes le revelaron a Jesucristo.
Son los pobres, quienes en los momentos cruciales de la historia de la Iglesia, volvieron a llevarla a lo esencial, como en el siglo XIII con san Francisco. Así pues, con qué humildad debemos llevarles la Buena Noticia de Jesucristo, seguramente serán ellos mismos, que, casi sin saberlo, nos lo revelarán. Si nuestra fe es bastante viva, si nuestros ojos están bastante limpios, adivinaremos el resplandor de su gloria a través de los agujeros de su capa (de ellos).
Aturdido por el estrépito del poder y deslumbrado por los letreros de la publicidad, el mundo da vueltas sobre sí mismo como un perro loco. En esta feria de las ilusiones, la Iglesia debe, con todo, hallar su camino y el camino de la humanidad, y no lo encontrará, sino dirigiéndose a quienes no tienen parte en ese tumulto y en esa fiesta, porque el mundo los ha marginado. Ellos no tienen nada, pero son el todo: son el Señor en persona, en medio del mundo.
II.- San Vicente y la evangelización
Cuando se da cuenta de la ignorancia y de la miseria moral del pobre pueblo que se condena, san Vicente decide consagrarle toda su vida, imitando a Cristo. Hay que enseñar las verdades de la fe en todo lugar, en toda circunstancia. En la conferencia del 17 de noviembre de 1656, recuerda que ésa era la práctica de toda la compañía en sus comienzos, y llama la atención a sus misioneros contra un posible relajamiento.
– «No debemos dejar pasar ninguna ocasión»
«Voy a decir lo mismo que han dicho ya nuestros pobres Hermanos; yo no sé actualmente cómo se porta cada uno en esto; me pasa lo mismo que cuando voy a la ciudad y tengo que entrar en una casa: tengo que subir al despacho o entrar en el salón; por eso, ustedes, Padres, que van a misionar al campo, pueden ver ahora las cosas mejor que yo. Pero sé muy bien cómo se hacía esto al comienzo de la Compañía, y cómo seguíamos exactamente la práctica de no dejar que pasase ninguna ocasión de enseñar a un pobre, si veíamos, que lo necesitaba, fueran los sacerdotes, los clérigos que había entonces o los hermanos coadjutores, cuando iban o venían de algún sitio. Si se encontraban con algún pobre, con algún niño, con algún buen hombre hablaban con él, veían si sabía los misterios necesarios para la salvación; y si se daban cuenta de que no los sabía, se los enseñaban. No sé si ahora son todos tan cuidadosos en observar esta santa práctica; me refiero a los que van al campo, cuando llegan a alguna posada o por el camino Si es así, enhorabuena; habrá que agradecérselo a Dios, y pedir que persevere en ello nuestra Compañía; si no, si se advierte cierto relajamiento, habrá que pedirle a Dios la gracia de levantamos».
«Por lo que se refiere al segundo punto, de cuáles son las ventajas que se siguen del ejercicio de esta santa costumbre, son muy grandes; por el contrario, los que no sean fieles a ella están en peligro de cometer males importantes. Y hablo de males importantes porque, como muy bien ha dicho el que ya ha hablado, se puede matar a una persona de dos maneras: o hiriéndole y dándole el golpe de muerte, o no dándole lo que necesita para poder vivir; de forma que, fijaos, es una falta muy grande, si se ve que el prójimo no posee la debida instrucción de los misterios necesarios para la salvación, no enseñárselos cuando se puede. Y lo que nos debe incitar a esto más todavía es lo que dicen san Agustín, santo Tomás y san Atanasio, que los que no conozcan explícitamente los misterios de la Trinidad y de la Encarnación no podrán salvarse. Ésa es su opinión. Sé muy bien que hay otros doctores que no son tan rigurosos y que defienden lo contrario, puesto que, según dicen, es muy duro ver que un pobre hombre, por ejemplo, que haya vivido bien, se condene por no haberse encontrado con nadie que le enseñe esos misterios. Pues bien, en la duda, Padres y Hermanos míos, será siempre un acto de mucha caridad para nosotros, si instrui-mos a esas pobres personas, sean quienes fueren, y no debemos desaprovechar ocasión alguna de hacer lo que podamos» (XI, 266-268).
III. Evangelizar de palabra y con obras
Tributario del ambiente de cristiandad del siglo XVII, san Vicente empieza por considerar la evangelización de los pobres, a la manera de la Iglesia de su tiempo. Su iniciativa misionera parece limitarse a unos actos cultuales: predicación, catequesis, confesiones generales.
– «Inducirles a que hagan una buena confesión general»
El 17 de abril de 1625, el contrato de fundación define así el fin de la Compañía:
«Para que, con el beneplácito de los prelados en sus respectivas diócesis se dedicasen por entero y exclusivamente a la salvación del pueblo pobre, yendo de aldea en aldea a sus propias expensas, predicando, instruyendo, exhortando y catequizando a esas pobres gentes y moviéndolas a hacer una buena confesión general de toda su vida pasada « (X, 238).
– «Por no saber las cosas necesarias»
En 1631, a Francisco Du Coudray:
«Es preciso que haga entender que el pobre pueblo se condena, por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse. Si Su Santidad supiera esta necesidad, no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para poner orden en ello; y que ha sido el conocimiento que de esto se ha tenido lo que ha hecho erigir la Compañía para poner remedio de alguna manera a ello» (I, 176-177).
– «Predicar, catequizar y hacer que hagan confesión general»
En 1635, a Clemente de Bonzi, obispo de Béziers:
«Le diré, Monseñor: primero, nosotros estamos por entero bajo la obediencia de nuestros señores los prelados para ir a todos los lugares de sus diócesis, adonde quieran enviarnos a predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga la confesión general» (I, 341).
La conferencia del 6 de diciembre de 1658 sobre la finalidad de la Congregación nos revela cuál fue la evolución de san Vicente: no se trata sólo de enseñar a los pobres, era preciso además asistirlos de todas las maneras posibles. La experiencia de Chátillon fue un hito para él. Este hombre muy sensible quedó anonadado por la situación miserable de Francia; traza un cuadro conmovedor en muchas de sus cartas: la miseria de los enfermos, la desgracia de los galeotes, la espantosa situación de los niños abandonados, la cantidad de miserias producidas por las revueltas, la Fronda, las guerras. Esta situación de miseria es para él la llamada de Dios y le lleva a concebir la evangelización de forma más amplia y exigente.
– «Evangelizar de palabra y con obras»
«Pero, ¿para qué, me dirá alguno, encargarse de un hospital? Ahí están esos pobres del Nombre de Jesús que nos trastornan: hay que ir a decirles misa, a instruirles, a administrarles los sacramentos y a ocuparnos de todas sus cosas; y ¿por qué hemos de ir hasta la frontera a distribuirles limosnas, exponiéndonos a muchos peligros y apartándonos de nuestras funciones? Padres, es posible criticar estas buenas obras sin ser un impío. Si los sacerdotes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue también éste el oficio de nuestro Señor y de muchos grandes santos, que no sólo recomendaron el cuidado de los pobres, sino que los consolaron, animaron y cuidaron ellos mismos? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? De modo que, si hay algunos de entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me cuidasteis». Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo representan en la tierra, por su cargo y por su carácter, como son los sacerdotes. Y he oído decir que lo que ayudaba a los obispos a hacerse santos era la limosna» (XI, 393-394).
Las informaciones que los misioneros envían a san Vicente acerca de sus actividades indican claramente que era por ese doble camino, «de palabra y de obra», cómo trataba de comprometer a toda la Compañía.
«Hemos hecho la visita a los pobres de este lugar y de las demás aldeas de este valle, donde las calamidades que hemos visto sobrepasan a todo cuanto se le haya podido decir; por todas partes no se ven más que enfermos. Tenemos a más de mil doscientos, además de otros seiscientos que van desfalleciendo, todos ellos distribuidos por más de treinta aldeas arruinadas» (IV, 106).
«En muchas de las ciudades arruinadas los habitantes más importantes se encuentran en una vergonzosa necesidad. La palidez de sus rostros demuestra bien a las claras cuál es la necesidad y cómo es preciso socorrerles en secreto»
«Y lo que es más digno de lágrimas es que no solamente el pobre pueblo de estas fronteras carece de pan, de leña, de ropa, de mantas, sino que se encuentran sin pastores y sin los socorros espirituales. Nosotros hacemos lo que podemos, pero es un trabajo inmenso; hay que ir y venir continuamente, expuestos al peligro de los bandoleros, para asistir a más de mil trescientos enfermos de los que nos hemos cuidado en esta comarca» (IV, 107-108).
«Ya hemos repartido los ornamentos por las iglesias, y mantas y la ropa entre los enfermos. No podríamos decir la impresión que todo esto ha producido en todas estas fronteras, en donde no se habla más que de esta caridad. Nuestros obreros han cuidado tan bien de los enfermos que, gracias a Dios, de quinientos que había solamente en la ciudad de Guisa, han curado más de trescientos; y en cuarenta aldeas de los alrededores de Laón ha habido tantos que se han restablecido por completo que costaría trabajo encontrar a seis pobres que no estén en disposición de poder ganarse la vida; nos hemos creído obligados a buscarles los medios para ello, repartiéndoles hachas, podaderas y ruecas, para hacer trabajar a los hombres y a las mujeres, que de este modo no resultarán una carga para nadie, si sobreviene alguna otra calamidad que los reduzca a la misma miseria. También hemos repartido los granos que han enviado de París a esta comarca. Entregamos doscientas libras mensuales para sostén de varios sacerdotes pobres» (IV, 129-130).
Si san Vicente recuerda a los misioneros que asistir a los pobres de todas las mane-ras es obra de evangelización, exige a las Hijas de la Caridad, más comprometidas en el servicio corporal de los pobres, que no se olviden de enseñar, siempre que sea posible, las verdades de la fe.
– «Esto es lo que tienen ustedes más que»
«El amor de las Hijas de la Caridad no es solamente tierno; es efectivo, porque sirven efectivamente a los pobres, corporal y espiritualmente. Estáis obligadas a enseñarles a vivir bien; lo repito, Hermanas, a vivir bien, es lo que os distingue de otras muchas religiosas, que están solamente para el cuerpo y no les dicen a los enfermos ninguna palabra buena; hay muchas así. Pero ¡Dios mío!, no hablemos de ésas; bien, ¡Salvador mío!, la Hija de la Caridad no tiene que tener solamente cuidado de la asistencia corporal de los enfermos pobres; a diferencia de muchas otras tiene que instruir a los pobres. Esto es lo que tenéis sobre las religiosas del Hótel-Dieu y de la Plaza Real; y también que vais a buscarlos a sus casas, lo cual no se ha hecho nunca hasta ahora, puesto que las otras se contentan con recibir a los que Dios les envía. Por consiguiente, tenéis que llevar a los pobres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual. Hermanas mías, desde toda la eternidad estabais destinadas a servir a los pobres de la misma manera que nuestro Señor lo hizo» (IX, 534-535).
IV. Evangelizar: ¿anunciar el evangelio o encontrar a Jesucristo?
El descubrimiento de nuevos países fue para el Occidente cristiano una exigencia misionera. El Evangelio hay que llevarlo a todos los pueblos que no lo han oído nunca. La Iglesia del siglo XVII es plenamente consciente de que lo tiene que anunciar. San Vicente comparte profundamente esa óptica. Pero se le impone otra evidencia: el pobre no es solamente quien lo recibe, es también quien interpela y quien revela. La evangelización se convierte así, al mismo tiempo, en anuncio y en encuentro con Jesucristo.
– «Anunciar su santo evangelio»
«Entreguémonos a Dios, Padres, para ir por toda la tierra a llevar su santo Evangelio; y en cualquier sitio donde Él nos coloque, sepamos mantener nuestro puesto y nuestras prácticas hasta que quiera su divina voluntad sacarnos de allí. Que no nos arredren las dificultades; se trata de la gloria del Padre eterno y de la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo. La salvación de los pueblos y nuestra propia salvación son un beneficio tan grande que merece cualquier esfuerzo, a cualquier precio que sea; no importa que muramos antes, con tal de que muramos con las armas en la mano; seremos entonces más felices, y la Compañía no será por ello más pobre, ya que «sanguis martyrum semen est christianorum». Por un misionero que haya dado su vida por caridad, la bondad de Dios suscitará otros muchos que harán el bien que el primero haya dejado de hacer» (XI, 290).
– «Allí encontrarán a Dios»
«Otro motivo, como ha dicho una Hermana, (ved, Hijas mías, cómo no hablo más que por medio de vosotras) es que, al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pueden engañarse; pero las verdades de Dios no engañan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo considera, como habéis dicho, hecho a El mismo» (LX, 240).
V.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo
1. Superando un plan sólo cultual, poco a poco, san Vicente llegó a no separar nunca el servicio corporal y espiritual de los pobres: «Evangelizar de palabra y de obra». Las Constituciones hablan de «promoción humana y cristiana».
- ¿Qué quiere decir para nosotros la palabra evangelizar?
- ¿Cómo conciliamos la construcción del mundo, el testimonio de nuestra fe y el anuncio de la Buena Noticia?
2. Para san Vicente anunciar a Jesucristo es, al mismo tiempo, encontrarlo en la persona del pobre.
- ¿Estamos bastante atentos, en la fe, a los signos múltiples de la acción del Espíritu de Dios en el mundo donde vivimos?






