San Vicente de Paúl y la beata Teresa de Calcuta: dos santos para nuestros días

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jesús Larrañeta, C.M. · Año publicación original: 2004.

A las Hijas de la Caridad que, por amor a Jesucristo presente en los pobres y marginados, gastan, con gozo, la totalidad de sus vidas en ellos.


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San Juan dice en el capítulo 3, 16 de su Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único…» Y los Santos Padres comentan que Dios-Padre envió a Aquel a quien más amaba, como prueba irrefutable de su amor al mundo.

Para San Vicente de Paúl y para la Beata Teresa de Calcuta, la prueba de nuestro amor a Dios y al mundo, dada la misión que Dios les encomendó, debe estar y manifestarse en el servicio amoroso y en el cuidado esmerado de los pobres, en los que siempre está presente Dios.

San Vicente lo dice así, en 1657: «Vosotras, Hijas de la Caridad, estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de los pobres enfermos… debéis servirles con cordialidad y con gran dulzura, incluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidaros de decirles alguna buena palabra… y teniendo siempre presente que en ellos está Dios»1.

Teresa de Calcuta, al hacer -abril 12/1953- junto con sus once primeras Hermanas, los votos de pobreza, castidad, obediencia y añadiendo el cuarto voto de «servir de todo corazón y gratuita­mente a los pobres más pobres2«, hará que la luz del Espíritu ilumine una idea expresada siglos atrás por nuestro Fundador; por eso recordemos su hermosa «invocación»-1640- ante las pri­meras hermanas, que Santa Luisa de Marillac nos ha transmitido con gran amor : «¡Oh, Dios mío! Nos entregamos a Ti; concédenos la gracia de vivir y morir en la perfecta observancia de una ver­dadera pobreza…. concédenos también la gracia de vivir y morir castamente… y en una perfecta observancia de la obediencia. Nos entregamos a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vi­da a nuestros señores los pobres, y te pedimos esta gracia por tu santo amor’3

Sin necesidad de ser providencialistas y limitándonos a leer, estudiar y respetar los hechos que nos ha transmitido la Historia, vemos que Dios no sólo ama al mundo, sino que se preocupa por él, lo dirige e impulsa, respetando siempre la libertad con la que El ha dotado y enriquecido a todo ser humano.

San Vicente, testigo privilegiado de esta realidad, dirá a las Damas de la Caridad, en 1657: «Vuestra Compañía es una obra de Dios’.’4

Con las Hijas de la Caridad se atreverá a ser más categórico al decirles, en 1642:»¿Quién os ha hecho lo que sois más que Dios?… No me cansaré nunca de decirlo. Nosotros jamás hubié­semos tenido esa idea’.’5

Y en 1654, «Dice esta hermana …. que la Compañía ha sido instituida por Dios. En efecto, es una regla de San Agustín que lo bueno que los hombres no han hecho viene de Dios. Pues bien, no hay ningún hombre en la tierra que pueda decir: «yo he he­cho esto» No lo puede decir la Señorita, ni el Sr Portail, ni nin­gún otro. No, hermanas mías, nadie puede decir: «soy yo el que ha hecho esta obra!’ ¡Salvador mío! Entonces has sido Tú el que ha hecho esta gran obra de la que sacas tantos bienes. ¡Seas ben­dito por siempre!’.’6

Teresa de Calcuta recordará siempre la presencia de Dios en su llamada personal o vocación, y en la fundación de las Misione­ras de la Caridad; he aquí sus palabras: «Sucedió el 10 de sep­tiembre de 1946, viajando en el tren que me llevaba a hacer los ejercicios espirituales anuales en Darjeeling, India. Mientras oraba, percibí con claridad la llamada del Señor, que me indicaba que debía dejar mi Congregación de nuestra Señora de Loreto, para entregarme al servicio de los pobres más pobres, viviendo entre ellos. Fue una llamada de Dios, dentro de mi llamada como reli­giosa de Loreto».

«Poco tiempo después, al ver cierto día que no querían acep­tar en el Campbell Hospital de Calcuta a una mujer muy enferma, abandonada en la calle, que yo llevaba en mis brazos, únicamente porque era pobre, creí, en ese doloroso momento, que la voluntad de Dios era clara y firme: yo debía realizar esa labor y pro­curar una muerte digna a los y las que yacían en las calles de Calcuta. La Providencia de Dios se valía de mi humilde persona para que los pobres más pobres experimentasen, antes de morir, una prueba palpable de su amor’.’

«Esta Providencia de Dios está siempre presente a través de muchos detalles, a primera vista insignificantes, pero que para mí encierran una profunda lección espiritual»

«Cierto día, una de las Hermanas vino a decirme: «Madre, se han acabado todas las provisiones de arroz y, para mañana viernes y el sábado/no nos queda nada; por lo tanto, tendremos que decir a la gente que vuelvan a sus casas sin recibir la correspondiente ayuda’.’

«Quedé muy sorprendida al oír a la Hermana, pues nunca nos ha­bía acaecido nada semejante. Llegado el viernes, ante nuestra sor­presa, 1legaron varios camiones del Ayuntamiento de Calcuta, car­gados de pan, ya que, inesperadamente y sin previo aviso, habían cerrado todas las escuelas de Calcuta.’7

San Vicente habría completado así todo lo anterior:

«Hijas mías, la Providencia jamás os faltará… Dios ha pro­metido que las personas que cuidan de los pobres no carecerán nunca de nada’.’8

II.- Seis relatos tiene San Vicente acerca de Margarita Naseau, a quien califica, con admirable reiteración, de «la primera Hija de la Caridad’.’ En estos seis relatos vemos de manera nítida la presen­cia de la Divina Providencia, o sea, del amor de Dios hacia los pobres abandonados de aquella centuria, al igual que, en nuestros días, lo hemos visto presente en la vida y obras de la beata Teresa de Calcuta.

El 14 de junio de 1643, San Vicente, en una oración, súplica, con el fin de que Dios conceda a la Compañía de las Hijas de la Cari­dad fidelidad a su vocación de «sirvientas de los pobres enfer­mos «, y recuerda a «las Hermanas que tu bondad, oh Dios, ha querido llevar ya a tu presencia.’ Una de estas Hermanas era Margarita Na­seau, a quien San Vicente no sólo amaba, sino que admiraba, por ver en ella el prototipo de toda Hija de la Caridad. Además, se dio en ella el caso singular de que «no tuvo casi ningún maestro o ma­estra más que Dios, quien le movió, primeramente, a instruir a la juventud, y le concedió un despego tan grande de las cosas de la tierra, que daba todo cuanto tenía, aun a costa de carecer ella de lo necesario»;9 «Fue la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos, en la ciudad de París, parroquia de San Sal­vador. La llamaron después para la fundación de la Caridad en la parroquia de San Nicolás de Chardonet; allí se acostó con una mu­jer apestada, se contagió ella y la llevaron a San Luis, donde mu­rió’.’10

Margarita Naseau no hizo los tres votos, de pobreza, castidad y obediencia. Tampoco, el cuarto voto, de «servir a los pobres en-enfermos»; pero había llevado a la práctica lo que San Vicente expresa el 5 de julio de 1640: «Las Hijas de la Caridad, si son verdaderas Hijas de la Caridad, no dejan de estar en estado de per­fección’.’11 Y, en 1643: «Hijas mías: si sois fieles en la práctica de esta forma de vivir, seríais buenas cristianas. No os diría tanto si os dijere que seríais buenas religiosas’.’12

¿De dónde procede el alto concepto que tenía San Vicente de la misión-vocación de las Hijas de la Caridad? De su necesaria identificación con Cristo; con Cristo, «Padre de los pobres»13 y, por otra parte, uno de ellos, a la vez que su Evangelizador y Maestro. Nos dice el santo, en la conferencia del 5 de julio de 1640: «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad, hay que hacer lo hizo el Hijo de Dios en la tierra… trabajó continuamente por el prójimo, visitando y curando a los enfermos, instruyendo a los ignorantes para su salvación’,’14 . . . y » viendo siempre en ellos a Dios’.’15

Si prescindimos de esta visión de Dios en nuestro servicio a los pobres, practicaremos la filantropía, la solidaridad, la bene­ficencia, pero no la caridad, que San Vicente expone y que es la razón de ser de todas sus obras, y lo que explica toda su trayec­toria, tanto personal como histórica. Este es su pensar permanen­te e irrevocable, manifestado, por ejemplo, en 1646: «Queridas her­manas: servís a Jesucristo en la persona de los pobres, y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces al día a ver a los enfermos, y diez veces al día encontrará en ellos a Dios’.’16

Los últimos Papas ,en más de una ocasión, han advertido a las almas consagradas sobre el peligro de asumir «actitudes secularizantes» en sus trabajos apostólicos y les han invitado a que piensen que «lo importante no es lo que hacen, sino lo que son como personas consagradas a Dios’.’

Madre Teresa, en la misma línea que estos Papas, ha afirmado en repetidas ocasiones: «Nosotras, las Misioneras de la Caridad no somos enfermeras o trabajadoras sociales, nosotras somos reli­giosas. Todo lo que hacemos lo hacemos por Jesús. El es la expli­cación de nuestras vidas. Nuestra vocación y toda vocación reli­giosa debe estar basada, más aún, arraigada en Jesucristo. Nosotras, las Misioneras de la Caridad, por elección libre y de todo corazón, nos entregamos a Dios, para servir gratuitamente a los pobres más pobres, pero dejando bien claro, lo repito, que quien está siempre en primer lugar es Jesús, casi oculto, pero muy real en el pobre maltrecho, desfigurado y, a veces, abandonado por todos, fami1iares incluidos!.»17

Hagamos, ahora, un pequeño paréntesis, para preguntarnos con Madre Teresa, «¿quién ha hecho o creado a los pobres? Ciertamente no ha sido Dios, han sido los hombres; lógicamente, deberán ser los hombres –nosotros- los que les ayudemos, atendamos y socorramos; además de hacer todo lo posible para que salgan de esa pobreza obligatoria y forzosa y, con frecuencia, ofensiva para quienes son imágenes de Dios’.’18

Y, preguntémonos de nuevo, ¿quiénes son esos pobres, que con tanto amor cuidan las hijas de Madre Teresa? «Los pobres más po­bres, con independencia de castas, credos y nacionalidades son los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los deshauciados, los igno­rantes, los cautivos, los inválidos, los enfermos de lepra ,los al­cohólicos, los y las víctimas del sida, los indeseados… todos aque­llos que son considerados una carga para la sociedad y que han perdido toda esperanza y fe en la vida»19

Teresa de Calcuta, al igual que siglos atrás hiciera San Vi­cente de Paúl, añade a la lista anterior: «Aquellos que han per­dido a Dios; para ellos Dios «fue», ya no «es». Igualmente, a los hambrientos de la Palabra de Dios así como a los sedientos de paz, de la verdad, de justicia y de amor’.’20

Ampliando este punto tan importante, Madre Teresa ha dicho más de una vez: «Periodistas del primer mundo me han preguntado: existiendo en la India una pobreza tan grande, ¿cómo envía a sus Misioneras a países no solamente menos necesitados materialmente, sino incluso prósperos y opulentos? Mi respuesta ha sido y es siempre la misma»’: «La pobreza espiritual de muchos países próspe­ros es mucho peor que la pobreza material de la India. Ciertamen­te, en este país falta con frecuencia el arroz; pero los que mueren por no tener alimento, creen en Dios, en la otra vida, en el más allá, y aman de veras a su Creador y Señor. Por el contrario, en esos paí­ses prósperos no sólo no se cree en Dios, sino que muchos de sus habitantes viven como si Dios no existiese y parece que están convencidos ser ellos capaces de gobernar sus vidas sin contar para nada con Aquel que les creó y que continúa amándoles a pesar de su olvido, ingratitud e ignorancia. Esta pobreza espiritual es mucho más perniciosa/para todo ser humano, que la pobreza ma­terial de la India o Etiopía y, de todos es conocido, mucho más difícil de erradicar y eliminar. El Apostolado de las Misioneras es la Caridad en esos países se centra en demostrar, mediante nuestras vidas austeras y la ayuda, ante todo espiritual, a los sin amigos, sin familia, sin compañía, que la abundancia de las cosas materiales nunca ha llenado el corazón humano con la au­téntica y verdadera felicidad. Que hay otras formas de ser feli­ces, de sentirse realizados, de vivir llenos de alegría y de optimismo, y esto tiene que ver mucho con Dios, nuestro Creador; con Je­sucristo, nuestro Redentor; con la vida de oración, etc, etc.

Este es nuestro Apostolado en los países prósperos y opulentos, y manifiesto humildemente, que está de acuerdo con lo que el Señor hizo en sus tres años de ministerio apostólico en Palestina».21

San Vicente de Paúl, en un contexto social, cultural e histó­rico muy distinto del nuestro, participaba de las mismas ideas e inquietudes que Teresa de Calcuta, con relación a la pobreza espi­ritual, no tanto de los ricos, aunque también, sino de los pobres, para cuyo servicio había fundado la Compañía de las Hijas de la Caridad. Sus palabras son hoy en día necesarias, para contrastar la tendencia que se da, a veces, en algunos sacerdotes y religiosos de limitar su servicio a los necesitados, en el campo estric­tamente material, humano o social.

He aquí el pensamiento de nuestro Fundador en tema tan decisivo: «Mis queridas hermanas: Es muy importante asistir a los pobres corporalmente; pero la verdad es que no ha sido nunca ése el plan de Nuestro Señor al hacer vuestra Compañía: cuidar sola­mente de los cuerpos; porque no faltarán personas para ello. La intención de Nuestro Señor es que asistáis a las almas de los pobres enfermos, por eso tenéis que reflexionar dentro de voso­tras mismas: «¿Cómo me porto yo en mi parroquia? ¿Cómo sirvo a los enfermos? ¿Lo hago sólo corporalmente, o de las dos maneras al mismo tiempo? Porque si no tengo otra intención más que la de asis­tir al cuerpo, ¡ay! eso es poco; no hay nadie, cualquiera que sea que no haga otro tanto’.’ ‘Un turco, un idólatra, puede asistir al cuerpo. Por eso Nuestro Señor no tenía ningún motivo para instituir una Compañía solamente con esa finalidad, ya que la naturaleza obli­ga suficientemente a ello. Pero no pasa lo mismo con el alma. No todos pueden ayudarles en eso, y Dios os ha escogido principalmen­te para que les deis las instrucciones necesarias para su salva­ción. Pensad en vosotras mismas y decid: «¿He hecho yo acaso algo más que atender a los cuerpos durante todo el servicio que he he­cho a los pobres? Si hasta ahora no he atendido más que a proporcionarles el alimento, las medicinas y las otras cosas que se re­fieren al cuerpo, no he cumplido con mi obligación. ¡Perdón, Señor mío, por mi conducta pasada!’.’22

Juan Pablo II completa las palabras de San Vicente con el si­guiente texto, que cierra este trabajo: «La Iglesia, al promover la vida consagrada, no sólo quiere realizar su renovación interna, sino que también preste un servicio a la humanidad. El servicio más específico que se pide hoy a los consagrados es el de aliviar la mayor pobreza de nuestro tiempo: a causa del rechazo de Dios, muchas veces silencioso, pero desgraciadamente de­finitivo, no pocos han perdido el sentido de la vida y en ellos se ha instalado un ateísmo práctico y existencial. No combaten a Dios, pero prescinden de Él. No atacan a la Iglesia, pero ésta se ha convertido para ellos en hecho meramente cultural-histórico, no del presente, sino del pasado. Los consagrados deberán con sus obras, con su vida, con sus palabras, manifestar la felicidad exis­tente en experimentar el amor de Dios y la belleza 1iberadora, fru­to de este amor, que se transforma en un servicio total y desinte­resado al prójimo , en quien vive , también , este Dios de amor’.’23

  1. IX, 915, 916, 240
  2. to give whole-hearted and free service to the poorest of the poor
  3. IX, 43
  4. X, 650
  5. IX, 70
  6. IX, 611,612
  7. «Cristo en Calcuta’.’ pp.207, 208. Jamaica Editions
  8. IX, 3Q. Año 1634
  9. ‘IX , 89
  10. IX, 90, 542
  11. IX, 33
  12. IX, 132
  13. X, 680
  14. IX , 34
  15. IX, 747, 750, 751
  16. IX, 240
  17. «Cristo en Calcuta» pp. 31,32. Jamaica Editions
  18. o. c. p-210
  19. International Association of Co-workers of Mother Teresa. Annual Report-1995
  20. o.c. p.210
  21. «Mother Teresa’s Spirituality and Influence in the World’.’ PP.103, 104 Bombay
  22. IX, 917
  23. «En­señanzas al Pueblo de Dios de Juan Pablo II» p.117. Jamaica Editions.

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