San Vicente de Paúl y el realismo de la Fe

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Miguel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1981 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Como ya hemos dicho, estos artículos sobre San Vicente, escritos con motivo del 4.° centenario de su nacimiento, se proponen sencillamente ofre­cer unas líneas de reflexión personal y comunitaria.

Nuestro nuevo Superior General, el P. McCullen, nos recordaba última­mente: No basta con repetir, muy ufanos, «somos los hijos o las hijas de San Vicente», como hacían los judíos cuando se tranquilizaban a poca costa diciendo: «somos hijos de Abraham». Juan Bautista les replicaba: «si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham». A nosotros nos diría: «Si sois hijos de San Vicente, haced, pues, las obras de San Vicente».

Yo pensaba en esto intensamente cuando celebrábamos las fiestas del 27, 28 y 29 de noviembre. Si María es, verdaderamente, «la Única Madre de la Compañía», si somos sus hijos, hagamos, entonces, las obras de María, quien, por lo demás, nos remite inmediatamente a las de su II-lijo: «Haced lo que Él os diga». Y así San Vicente centró su vida y quiere que centremos la nuestra en Jesucristo «Regla de la Misión» y «Regla de la Caridad».

Cristo en el centro. Nunca lo diremos bastante y, sobre todo, nunca habremos logrado desposeernos bastante de nosotros mismos para re­vestirnos de Él. ¿Qué resultado tendrá este año vicenciano —como este año mariano— si no consigue llevarnos efectivamente a una conversión más profunda en el espíritu de nuestra vocación, si no consigue llevarnos a una entrega más radical al servicio de los pobres, si ese servicio no se traduce en nuestras vidas en un compromiso más auténtico? Cuando se celebra un gran acontecimiento colectivo o su aniversario, se suele, a veces, erigir un monumento conmemorativo. ¿Qué «momento espiritual» dará fe del impacto causado por los jubileos que estamos celebrando? ¿Con qué «piedras», por lo menos, quedará ornado el Cuerpo de la Igle­sia y de la Compañía?…

Las siguientes palabras de Santa Catalina me han impresionado:

«Haced que se rece; que Dios inspire a los Superiores honrar a Maria Inmaculada. Es el tesoro de la Comunidad. Que se re ‘e bien el rosario. Las vocaciones serán numerosas… si sabemos aprovecharlas. Disminuirán, por el contrario, si no somos fieles a la regla, a la Inmaculada Concepción; al rosario… ¡No somos ya plenamente las siervas de los pobres!»

Todo esto lo dice sin rodeos, sin orden ni concierto, corno le viene a la mente. Yo pienso que Santa Catalina, a fuer de buena hija de San Vi­cente, dice las cosas como las vive: con unidad, sin distingos sutiles. Tiene, en efecto, una conciencia muy clara de pertenecer a una Comunidad cuyo fin principal es servir a Jesucristo en la persona de los pobres y que no podría subsistir si no se renovase incesantemente en esa finalidad. Pero sabe también que esa fidelidad esencial es, precisamente, inseparable de un conjunto de convicciones doctrinales y prácticas, de toda una «espiri­tualidad» de la que la Regla (y las Constituciones) nos da el armazón in­dispensable. No deja de tener importancia, sobre todo, el que ponga de relieve la Inmaculada Concepción —con su total receptividad a Dios— y el rosario —oración de pobres por los pobres—. ¿No han notado ustedes también esta expresión tan sugestiva: «las vocaciones serán numerosas… si sabemos aprovecharlas»? Yo lo interpreto: «si no las echamos a perder en manera alguna, si las formamos como es debido (Catalina se dirigía a una formadora), si se pone a su disposición el marco de una comunidad fervorosa y, sobre todo, si pueden apreciar que somos fieles a nuestra vocación propia, si nos ven únicamente preocupadas por vivirla de manera auténtica».

Volvernos a los «frutos de conversión» de que hablaba Juan Bautista dirigiéndose a los fariseos y saduceos, al mismo tiempo que concretaba: «Ya está puesta el hacha en la raíz de los árboles y todo árbol que no dé buen fruto será cortado». A su vez, la parábola dirá de la higuera estéril: «¡Córtala, ¿por qué ha de ocupar la tierra en balde?»… Felizmente, la Mi­sericordia inagotable del Señor es paciente y continúa prodigándonos su gracia, dándonos confianza.

1. Hay que empezar por la Fe

«Hay que empezar por la Fe», dice San Vicente. Así pues, hemos de colocarnos inmediatamente en ese plano, en él conviene que nos manten­gamos primordialmente y que avancemos dando respuesta a la gracia de Dios que no cesa de adelantarse a nosotros, de atraernos, de ayudarnos.

Y ello es tanto más necesario cuanto que la crisis de fe hiere singular­mente al mundo en que vivimos y la noción misma de fe parece haberse oscurecido no sólo entre los incrédulos, sino en los que la profesan. Como hemos visto, ya San Vicente desconfiaba de que las perspectivas reveladas quedasen reducidas a simples consideraciones humanas y a doctrinas de­masiado elaboradas que no desembocan en el amor. Con frecuencia insiste en esto:

«Ruego a Nuestro Señor os otorgue la gracia de mirar esas casas como son en Dios y no como aparecen fuera de Él, porque, de otro modo, podría­mos engañarnos y obrar de manera distinta a como Él quiere.»

Por eso, dirige siempre su mirada hacia Jesucristo, coma a la Regla que debe moldeamos e iluminamos.

«Todas sus acciones, dice, eran otros tantos actos de virtud propios (le un Dios hecho hombre para servir de ejemplo a los demás hombres.»

Recuerda a menudo, tanto a las Hijas de la Caridad como a los Sacer­dotes de la Misión, que deben, en su propia condición y según su vocación, hacer lo que Nuestro Señor hizo y proseguir así su obra de Amor.

No se cree en «algo», se cree a «Alguien». Se habla con frecuencia de una fe existencial, para oponerla a una fe puramente verbal o puramente intelectual. En realidad no hay otra fe que la existencial: el Dios en quien creemos es el Dios vivo que se ha revelado a nosotros por amor y nos invita a participar en su propia vida y en su propia felicidad, que, en la per­sona de su Hijo, encarnado, muerto y resucitado, ha entrado, en nuestra raza y en nuestra historia, que, por su Espíritu, prosigue sin cesar su obra en el mundo para llevarla hasta su perfección.

«Las verdades necesarias para la Salvación» son, para San Vicente, ante todo la Trinidad, la Encarnación y la Eucaristía. Lo que trata de anun­ciar esencialmente es que todos los hombres están llamados a sumirse en la vida divina, por el bautismo, y que esa vida la encuentran en Je­sucristo. La fe es, en efecto, según la Epístola a los Hebreos: «la garan­tía de lo que se espera, la prueba de las cosas que no se ven». Esta intui­ción oscura pero cierta nos permite percibir en todo la presencia de Dios, de ese Dios de Amor, que no cesa de actuar, y unirnos a ella.

En la Constitución sobre la Revelación, el Concilio Vaticano II —sir­viéndose, por cierto, de muchas expresiones del Vaticano I— dice: «…Dios quiso manifestarse a Sí mismo y sus planes de salvar al hombre para que el hombre se haga partícipe de los bienes divinos, que superan totalmente la inteligencia humana (D. V. 6).

Se deduce aquí claramente la finalidad de la Revelación y, por lo mismo su rigurosa unidad, como tan bien lo expresa el admirable Prefacio de Adviento:

«…Cristo, Nuestro Señor, quien al venir por primera vez en la hu­mildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación: para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar.»

Pero la fe no puede ejercitarse y crecer si no permanecemos en con tacto con la Revelación misma y la meditamos en profundidad, con amor:

«Sólo las verdades eternas, dice San Vicente a sus Misioneros, pueden llenarnos el corazón y hacernos caminar con seguridad. Créanme, basta con apoyarse firme y sólidamente en alguna de las perfecciones de Dios, como por ejemplo, su bondad, su Providencia, su verdad, su inmensidad… Basta digo, con establecerse en esos fundamentos divinos para llegar a ser perfecto en poco tiempo. No es que no sea bueno también convencerse acudiendo a razones fuertes y sólidas que siempre pueden ser útiles, pero tendrá que ser subordinándolas a las verdades de la fe. La experiencia nos enseña que los predicadores que predican de conformidad con las luces de la fe, causan más efecto en las almas que los que llenan sus discursos de razonamientos humanos y de argumentos filosóficos, porque las luces de la fe siempre van acompañadas de cierta unción divina que se derrama misteriosamente en los corazones de los que escuchan. Por ahí se puede juzgar si es necesario o no, tanto para nuestra propia perfección como para procurar la salvación de las almas, que nos acostumbremos a seguir siem­pre y en todas las cosas las luces de la fe» (Coste, XI, 31).

En efecto, «nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’ sino movido por el Espíritu Santo». Hay, pues, que ir sin cesar a esa fuente. El lugar que San Vicente da a la Eucaristía, toma ahí toda su fuerza significativa.

II. La fe vivida

San Vicente saca algunas conclusiones para la vida de fe.

1.    La fe de los sencillos es, de ordinario, más viva

En la conferencia que el 21 de marzo de 1659 dirigió a los Sacerdotes de la Misión sobre la sencillez, San Vicente recuerda las palabras de Nues­tro Señor: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los peque­ñuelos», y añade:

«Vemos cómo se cumple esto, en la diferencia que se observa entre la Fe de los campesinos y la nuestra. Lo que me queda de la experiencia que de esto tengo, es la opinión que siempre he mantenido de que la verdadera religión, la verdadera religión, Señores, la verdadera religión se halla entre los pobres. Dios los enriquece con una fe viva; creen, palpan, gustan las palabras de vida. Nunca se les ve en sus enfermedades, aflic­ciones, hambre, dejarse llevar por la impaciencia, murmurar ni quejarse; de ninguna manera o muy raras veces. De ordinario, conservan la paz en medio de los disgustos y las penas. ¿A qué se debe ésto? A la fe. ¿Por qué? Porque son sencillos y Dios hace abundar en ellos las gracias que rehusa a los ricos y sabios del mundo…»

* ¿Sabemos nosotros reconocer esos «signos del Reino», esos «frutos del Espíritu» en la vida de los pobres?

* ¿Seremos lo bastante sencillos, lo bastante humildes, para poder ade­lantar en la fe?

Esta «infancia evangélica» no tiene nada que ver con el infantilismo. Lejos de oponerse a poder profundizar, como antes decíamos, nos da el verdadero espíritu de esa actitud: nos hallamos en presencia de una reve­lación divina muy superior a nuestros pobres alcances; sólo a quien busca al Padre con un humilde respeto a su Misterio, se lo revela el Hijo al revelarse El mismo y comunicándole el Espíritu Santo.

2.- Con frecuencia, la fe nos hará interpretar lo visible de manera desconcertante

Recordemos estas palabras de San Vicente:

«No debo considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según lo que hace pensar la cortedad de su espíritu, tanto menos cuanto que con frecuencia no tienen casi ni la figura ni la inteligencia de personas razonables, de tal modo son rudos y poco elevados.

Pero volved la medalla y, con las luces de la Fe, veréis que el Hijo de Dios ha querido ser pobre y se nos presenta en esos pobres… ¡Oh Dios mío! ¡qué hermoso es ver a los pobres si los consideramos en Dios y en el aprecio que de ellos ha hecho Jesucristo!» (Coste, XI, 32).

Este descubrimiento de ‘Cristo en los pobres se halla, evidentemente, en el centro del pensamiento vicenciano. En la perspectiva de fe que es­tamos estudiando aquí, bueno será aclarar que la presencia del Señor en el corazón y en la vida de los pobres no debe concebirse de una ma­nera estática y, si se me permite la expresión, inerte. Su Espíritu está en ellos de una manera operante, permitiendo a cada uno, como dice el Con­cilio, participar en el Misterio Pascual de una forma que Dios sólo conoce. Así es cómo nuestra vocación nos insta a que lo descubramos y a que nos unamos a Él para cooperar con El; tal es el centro mismo de la vida apostólica; y uno de los rasgos —no el menor— del genio de San Vicente es el de haber instituido una Compañía que tiene como misión la de unirse a la acción divina en medio de las realidades humanas, en medio de la existencia de los pobres. El mismo San Vicente se maravillaba de ello y en esa misma actitud de fe veía la acción de Dios.

No sólo servimos a Jesucristo en los pobres, sino que servimos a los pobres con Jesucristo:

«¿Qué hizo Jesucristo en este mundo sino servir a los pobres? ¡Ah! mis queridas hijas, conservad esa cualidad, porque es la más hermosa y ven­tajosa de cuantas podáis tener» (Coste, IX, 324).

El mismo Jesucristo, presente en el alma de los pobres, se halla en «estado de servicio», en «actitud de servidor»; su Espíritu trabaja porque se cumpla el proyecto del Padre, que no quiere que se pierda ni uno solo de esos más pequeños.

Pero es evidente que todo esto depende de una visión de fe y de una fe muy pura. Hay que leer, volver a leer, meditar, las conferencias de San Vi­cente sobre la vocación de las Hijas de la Caridad (5 y 19 de julio de 1640) y sobre el espíritu de esta vocación (2, 9 y 24 de febrero de 1653).

Prolongando y ampliando esa visión de fe, San Vicente encuentra a Cristo en todo y en todos.

«Escuchemos a Abelly, su biógrafo: La segunda máxima de este fiel siervo de Dios era la de mirar siempre a Nuestro Señor Jesucristo en los demás, para mover con más eficacia su corazón a prestarles todos los deberes de la Caridad. Miraba a este divino Salvador como Pontífice y Cabeza de la Iglesia en nuestro Santo Padre el Papa; como, Obispos y Príncipe de los Pastores, en los Obispos; como Doctor en los doctores, como Sacerdote en los sacerdotes, Religioso en los religiosos, Soberano y Pode­roso en los reyes…»

3. «Nada me agrada sino en Jesucristo»

¿Cómo podríamos continuar la misión de Jesucristo, encontrarle y unir­nos a Él en la acción incesante de su Espíritu en el corazón y la vida de los pobres, sin una fe viva que nos lleve a adoptar los mismos medios que El, a servirnos de «las mismas armas», a «revestimos de El» cada vez más, según expresiones paulinas caras a nuestro Fundador?

Propiamente hablando, no existe otro medio para descubrir a Cristo que el de una fe viva. A la inversa, siendo la fe ante todo una gracia, puede decirse que consiste en dejarnos coger por Cristo, y por eso no puede sino desembocar en la esperanza y en la caridad: Cristo nos coge, nos «prende» para la Vida Eterna y nos da el vivir va de esa vida. Ahí tenemos la se­milla, el núcleo central, sólido, irreductible de la fe. «Entendamos por se­milla no ese elemento duro, incomible, que se deja en el plato, sino el centro dinámico, del que estalla la vida y cuya misión es ser plantado en la tierra, porque tiene programado en él un gran árbol, pronto a nacer».

Ahora bien, el Cristo de San Vicente es ese Cristo manso y humilde, sencillo y misericordioso cuya vida interior es esencialmente Amor al Padre y Amor a los pobres. Ese Amor es el que está en el origen del anonadamiento de la Encarnación y la Redención así como de «todas sus operaciones inte­riores y exteriores». De Él, pues, debemos «revestirnos», por la fidelidad a su Espíritu, que actúa en nosotros para que vivamos nuestra fe bautismal de conformidad con nuestra vocación. Se comprende la enorme insistencia de San Vicente en la humildad; en efecto, ¿cómo podríamos, sin ella, alcanzar y unirnos a Cristo-Servidor? ¿Cómo, sin ella, podríamos dejarnos coger por Jesucristo, lo que —ya lo hemos visto— es la definición misma de una fe viva y vivida?

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