Libro IX: Muerte de san Vicente de Paúl
Capítulo I: Retrato y Jornada.
I. Retrato.
Antes de que san Vicente de Paúl nos sea robado por la muerte, contemplemos por última vez sus rasgos, esbocemos su fisonomía física y moral, y sigámosle en el empleo de una de sus jornadas, todas uniformemente llenas de piadosos ejercicios y de obras de caridad.
Vicente de Paúl era de una talla un poco por encima de la media, bien sentada y proporcionada, Su cabeza, calva muy temprano, era grande, pero en relación justa con el resto del cuerpo. Tenía una frente hermosa, ancha y majestuosa, nariz gorda, ojos vivos y penetrantes, los labios finos y sonrientes, el oído sutil, el rostro ni demasiado lleno ni demasiado flaco, los rasgos fuertemente acentuados y componiendo un conjunto que impresionaba a la mirada y quedaba impreso en la memoria. Era una de esas fisonomías que no está en el poder, ni siquiera del lápiz más torpe, de hacer desconocidos, como no se puede juzgar por tantos retratos, que en su diversidad con frecuencia a la ligera, guardan sin embargo del original una huella indefinible, haciendo inútil toda letra inútil. Delante de cada uno de estos retratos, hasta de los peores, toda mirada que ha visto tan sólo otro nombre inmediatamente a Vicente de Paúl. La mayor parte se equivocan sin embargo en cuanto a la resultante de esta fisonomía, a la que dan un aire de bonhomía que un respeto religioso impide solo decir un tanto tontuelo. Esto se inspira menos en la verdad que en el deseo de pintar en este rostro esa tierna bondad cuya expresión llega hasta la mueca y la caricatura. No era ése, ciertamente, el aire de san Vicente de Paúl. De un temperamento sanguíneo y sobre todo bilioso, era por naturaleza triste y melancólico, y necesitaba todos los esfuerzos de la virtud para quitar a sus rasgos un no sé que de duro y de arisco1. Si acabó por impregnarlos de bondad, como asunto principal y conjunto de su persona, les dejó siempre, igual que a su actitud, a su porte, a su talante, gravedad y nobleza.
Por lo demás, es a pesar suyo como se tiene la suerte de poseer la imagen de sus rasgos según naturaleza. Toda su vida le apuraron para posar ante un pintor, sin que su humildad consintiera nunca. El abate de La Pinsonnière, de visita para agradecerle después de un retiro hecho en San Lázaro, le rogó que se dejara pintar para consuelo de sus amigos. A esta propuesta el santo se prosternó rostro en tierra exclamando: «Yo, miserable, yo, una nada!».Y suplicó que en adelante le ahorraran un dolor semejante.
Lo que él había negado a La Pinsonnière, se lo negó a las instancias de las personas de condición que tenían más derecho sobre él, como a las presidentas Gousault y de Lamoignon; se lo negó incluso a las súplicas y a las lágrimas de sus hijos.
No obstante era más que octogenario y se sentía la amenaza de perderlo pronto. Con la desesperación de vencer frontalmente su resistencia, los Misioneros tomaron el partido de usar de un fraude piadoso e hicieron venir en secreto a San Lázaro al pintor Simón François, a quien retuvieron por mucho tiempo. Éste debía ver sin ser visto. Descubierto, sin embargo, no habría levantado las sospechas de Vicente que no le conocía y le habría tomado por uno de los numerosos laicos que hacían los ejercicios espirituales en San Lázaro. En efecto, para tener ocasión de estudiar mejor la fisonomía del santo anciano, el pintor seguía todos los ejercicios a los que asistía y se pegaba a él como su sombra. Los días de fiesta, cuando oficiaba Vicente, Simón François estaba allí en primera fila; y allí estaba también cuando el santo decía o asistía a la misa; en el refectorio lo habían colocado enfrente de él. Después de cada una de estas sesiones y de estas poses no sospechadas por el anciano, el pintor iba a encerrarse en una habitación que le habían dado, donde trabajaba de recuerdos. Así fue como poco a poco hizo el retrato reproducido por el gravado en la cabeza de esta obra2.
Para acabar esta descripción física de nuestro santo, digamos que era de una complexión bastante robusta. Pero bilioso, hemos dicho, guardando siempre las funestas consecuencias de su cautividad de Túnez, cada vez más sensible a las impresiones del aire, y cada vez más también era objeto de los ataques de la fiebre.
Más aún que sus rasgos, con mucha frecuencia se ha formado una falsa idea de su espíritu. Hombre de una bondad, una caridad maravillosa, se ha dicho, pero de una inteligencia mediocre; hombre de un corazón inmenso, pero de un cerebro estrecho, o más bien en quien el corazón parecía haber absorbido en su provecho todas las facultades del alma.
Sin duda Vicente no tenía la imaginación que hace al artista, ni el genio que produce las brillantes creaciones literarias; pero adonde nosotros hemos llegado de su historia, después de ver tan grandes empresas tan bien concebidas y mejor realizadas todavía, tantas obras de todas clases, cada una de las cuales habría pesado en una naturaleza poderosa, llevadas a la vez sin doblegarse, sin que una dañara a la otra, y conducidas hasta el último punto de su desarrollo, tantas fundaciones fecundas y lanzadas, de alguna manera, para la eternidad, ¿necesitamos nosotros ahora decir que Vicente tenía un espíritu penetrante, extenso, idóneo para abrazarlo todo, las cosas grandes como las pequeñas? Poseía ante todo, en un grado supremo, ese buen sentido que Bossuet ha llamado el maestro de la vida humana; ese buen sentido, más raro tal vez, en el punto que él lo tenía, que lo que se llama el genio, pues supone en el alma un ensamblaje y un equilibrio de facultades más numerosas y más inconciliables: la perfección que se adueña de una idea o de un asunto, la extensión que abraza sus relaciones, la perspicacia que descubre todas sus circunstancias y se adelanta a todas las consecuencias, el juicio que reglamenta su puesta por obra y su ejecución, la fuerza que desafía y triunfa de los obstáculos, la paciencia por último que no se cansa jamás y maniobra con tanta habilidad y constancia que siempre llega; la paciencia larga, perseverante, que, en estas condiciones, Buffón ha dicho ser el genio mismo. Tal era el buen sentido de Vicente de Paúl, con el que habría gobernado un reino, con el que ha gobernado asuntos más difíciles que los de los Estados; tal el buen sentido que dinamizaba sus opiniones, sus palabras, sus empresas y todos sus comportamientos.
Es este buen sentido el que le mantuvo siempre lejos de las rutas singulares, de las doctrinas extremas, del espíritu de cambio y de novedad. La singularidad, el exceso, todo lo que se salía de este medio, en el que lo verdadero y lo bueno han fijado su trono, le parecía mentira y locura. Condenaba las innovaciones en materia religiosa y política, porque se encuentran fuera de las condiciones de la vida de los Estados y de las almas. El pretexto mismo de lo mejor no podía hacer ilusión a su virtud. En caso de necesidad, habría inventado el adagio: «Lo mejor es enemigo de lo bueno,»pes lo tenía como una de sus máximas. Decía también: «El espíritu humano es pronto y bullanguero. Los espíritus más vivos y más esclarecidos no son siempre los mejores, si no son los más comedidos. Se camina con seguridad cuando uno no se aparta del camino por el que el grupo de los sabios ha pasado».
El buen sentido, siempre franco, directo, le hacía enemigo de las vías oblicuas, del lenguaje doble, desconsiderado e indiscreto. Su palabra era siempre la expresión exacta de su pensamiento. Pero la sinceridad en él no dañaba a la prudencia. Nadie ha sabido mejor callarse, cuando la palabra podía violar un secreto, herir la caridad, comprometer un asunto, o cuando era simplemente inútil. Sabía escuchar, ciencia rara si bien necesaria, sin interrumpir nunca. Interrumpido a su vez, se detenía al instante; pero como nada era capaz de doblegar su inflexible buen sentido, acabada la interrupción, volvía a tomar el hilo de su discurso e iba directamente al grano. Tenía un hablar algo lento, por reflexión. Sus razonamientos eran precisos, justos y terminantes, expresados en términos claros y netos, animados de un dulce calor, y llevaban la persuasión a los corazones al mismo tiempo que la convicción a los espíritus. Si hablaba el primero, desarrollaba y exponía una cuestión con tal orden y nitidez, con tanta profundidad y amplitud, que todos, hasta los más hábiles, se decían: «¡Eso es!» en homenaje a su sentido infalible. Por lo demás, el buen sentido le hacía adoptar también todos los tonos y todos los lenguajes, según la medida de los espíritus, de suerte que el hombre mediocre se creía estar a su nivel, mientras que los genios más altos no le consideraban nunca por debajo de ellos.
Y es porque tenía el discernimiento de los espíritus como de las doctrinas y de los asuntos. Veía enseguida el alcance de todos como de las doctrinas y de los asuntos. Él veía enseguida el alcance de cada uno y adaptaba a ello su conducta y su lenguaje. Penetraba lo fuerte y lo débil, las cualidades buenas y malas de todos, y sabía reglarles así el puesto y el empleo. En todo, discernía lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo menos bueno, bajo las apariencias más engañosas, las más hábilmente hipócritas.
Eso es lo que hacía su dirección tan segura, su decisión tan infalible, su acción tan firme y resuelta, cuando había tomado partido. Le consultaban, era a veces lento en responder, ya que él mismo pedía consultar antes a Dios y a los sabios; pero le respuesta que daba por fin iba siempre marcada con la sabiduría y la experiencia.
Era lento también en resolverse y en emprender, siempre en virtud de ese buen sentido que necesitaba penetrar antes y combinar entre sí la naturaleza, los medios y el fin de todas las cosas. Sus hijos, sobre todo los más jóvenes, se lo reprochaban, y él respondía ordinariamente como lo hizo el 7 de diciembre de 1641, en esta carta dirigida a Codoing, superior de la Misión de Annecy:
«Me contestaréis que soy demasiado largo, que esperáis a veces seis meses, y que sin embargo se pierde la ocasión y todo sigue igual. A lo que yo os respondo, Señor, que es cierto que soy demasiado lento en responder y en hacer las cosas; pero que a pesar de ello nunca he visto todavía echarse a perder un asunto por mi atraso, sino que todo se ha hecho a su tiempo, y con las vistas y la precaución necesarias, y que no obstante me propongo en lo sucesivo daros respuesta lo antes posible, después de recibir vuestras cartas y considerar la cosa delante de Dios, que se honra mucho por el tiempo que se emplea en considerar con madurez las cosas que tienen que ver con su servicio. Vos os corregiréis pues, por favor, por vuestra prontitud en resolver y hacer las cosas, y yo trabajaré en corregirme de mi indolencia… ¿Me atreveré a decirlo sin sonrojarme, Señor? No hay otro remedio, es preciso que lo haga. Porque, pensando volviendo la mirada a todo lo ocurrido en nuestra compañía, me parece, y es muy demostrativo, que si se hubiera hecho antes de lo que lo ha sido, no habría resultado tan bien. Lo digo de todo sin exceptuar nada. Por eso tengo una devoción particular por seguir al paso a la adorable Providencia de Dios, y el único consuelo que me queda es que me parece que es Nuestro Señor solo quien ha hecho y hace incesantemente las cosas en esta pequeña Compañía.»
Vicente comparaba algunas veces a los espíritus demasiado apresurados, irreflexivos, que se agitan y abrazan el vacío, con las ruedas de molino que giran sin trigo, que, decía él, se inflaman y queman el molino.»3
Era pues amigo de la lentitud, o mejor enemigo de la precipitación: efecto al mismo tiempo de su buen sentido y de su virtud. Percibía en los asuntos, sobre todo en los difíciles y los importantes, una cantidad de obstáculos contra los cuales van a romperse a la primera los impacientes, y que él quería cambiar a fuerza de circunspección y de lenta prudencia. Acaba de decirnos, y le gustaba decirlo con frecuencia, que no veía otra cosa más común que el más éxito de los asuntos precipitados.
La virtud se aliaba en él con el buen sentido para mandarle, antes de obrar, largas y prudentes deliberaciones. Siempre temía, según su palabra ordinaria, adelantarse a la Providencia: es decir anticiparse al tiempo fijado por la sabiduría divina, actuar sin su concurso y su gracia, adelantarse a su acción, en lugar de seguirla. Tenía de sí una idea tan baja, y una tan alta del soberano dominio de Dios, que habría querido no a parecer en nada ni actuar jamás, para dejar a Dios toda gloria, para dejarle también la iniciativa y la consumación de toda empresa.
Pero nada, en ello, que pareciera misticismo oriental, ni ese quietismo ocioso y blando, que no se borra delante de Dios más que para dar una especie de consagración sacrílega a la cobardía y a la pereza. Nunca una vida más activa, más ocupada, más llena. «El Sr. Vicente ha hecho más bien por sí solo, decía la Srta. de Lamoignon, que lo que han hecho otros veinte santos.» Cuántas obras, en efecto, en los cuarenta últimos años que hemos recorrido, en los veinte últimos sobre todo, correspondiendo no obstante a una vejez fatigada y enfermiza. Produce sorpresa que un solo hombre haya podido concebirlas, más aún que las haya emprendido y realizado. La lentitud de Vicente tenía por único principio el temor de contrariar a Dios, el deseo de asegurarse su concurso, la necesidad de echar los fundamentos de una obra sin la certeza, o al menos, la esperanza probable de poder llevarla al remate. De allí, la sabia combinación, la duración y la permanencia de las suyas(obras).
Pero, una vez seguro de la voluntad de Dios y de los recursos de su Providencia, nada podía ya detenerlo. No le asustaban ni el número ni las dificultades de los asuntos. Él las seguía con una fuerza de espíritu, una intrepidez de valor que ningún obstáculo podía moverle, vinieran de las personas o de las cosas, de la conjuración de los elementos o de las pasiones humanas. Se entregaba con una sagacidad llena de orden y de claridad; soportaba el peso, las lentitudes, con una calma que provenía de una santa seguridad, con una perseverancia que sacaba de la certidumbre religiosa del éxito.
Alma verdaderamente superior por su sentido positivo y práctico, cuyas pasiones no venían nunca, como en la mayor parte de los hombres, a perturbar las combinaciones, cuya virtud, por el contrario, inspiraba, dirigía y llevaba a término todos los planes.
El fundamento de esta virtud, -¿vamos a tener que decirlo más veces?- era la humildad que ningún santo, después de Aquél con quien nada puede compararse, después de Aquél, que estando en la forma de Dios, se anonadó y tomó la forma de esclavo, después de Aquél que ha sacado de su bajeza el principio de su grandeza, que ningún santo ha poseído en el mismo grado que Vicente de Paúl. Humildad prodigiosa, que espanta no sólo nuestro orgullo, sino nuestra inteligencia, cuando vemos a este hombre admirable descender a las profundidades y a los infiernos, buscarse los más perversos, los forzados, los ajusticiados y hasta los demonios. Humildad sin embargo la única que explica a Vicente de Paúl, la única que ha producido su caridad, prodigiosa como ella. el orgullo, ¿quién no lo sabe? odia a sus superiores y a sus iguales, desprecia a sus inferiores. Apunta a un primer rango único, donde se complacerá, vivirá en sí mismo, en la indiferencia y el desdén hacia todo lo demás: antípodas de la caridad! La humildad se queda en su rango, o más bien desciende para atraerse todo, teniendo para lo que le es superior o igual, no la envidia o las aspiraciones ambiciosas, sino solamente el amor y el respeto. Vicente de paúl no humilde habría aspirado a las dignidades eclesiásticas y se habría agotado en su búsqueda; habría perdido el recuerdo de su baja extracción y de las miserias de su cuna, y al mismo tiempo la compasión; se habría alzado a una altura tal, que no hubiera visto más a los pequeños y a los pobres, muy lejos de ponerlos por encima de él
para hacerse su muy humilde y devoto servidor. La entrega es el sacrificio de sí, es decir del orgullo; y cuanto más sacrificado es el orgullo, más llena y entera es la entrega. Vicente de Paúl no veía por encima de él más que alturas de las que le debían venir las aguas de una misericordiosa Providencia: alrededor de él. qué cooperadores más hábiles y más bendecidos de Dios que él mismo; por debajo, -si acaso hay un debajo de en este hombre,-más que un abismo de miserias y de necesidades adonde él esperaba descender para confundirse allí y consumirse en provecho de todos; o más bien descubriendo, por la fe y la humildad, a superiores en los pobres y los pequeños, a señores y amos, según su expresión sublime, se daba a ellos como un presente de ningún precio. Ha sido el más caritativo, porque ha sido el más humilde de los hombres4.
Y en verdad, sorprende que este carácter esencial de la virtud de san Vicente de Paúl, que este principio fundamental de todas sus obras haya sido desconocido, hasta el punto que sus biógrafos mismos, Collet después de Abelly, se hayan creído obligados a defenderle contra la acusación de un tal defecto que se contentan en llamar una singularidad. Singularidad, sin duda, como el genio y el heroísmo; pero no es eso lo que se entiende; se quiere que se haya excedido en este punto, sin comprender que de otra forma no hubiera excedido en caridad, si es posible exceder, sin embargo, en una virtud que, por parte de Dios, no tiene límites más que el infinito de sus perfecciones y, por parte del hombre, que lo indefinido de sus necesidades y de sus miserias. Vicente ha podido excederse en la buena opinión que tenía de los demás y en la hipérbole de sus elogios; pero no, para entenderle bien, en el bajo sentimiento que tenía de sí mismo. En comparación con el demonio y los mayores pecadores, inferior a los cuales se creía, sin duda, él no se ponía en su lugar; pero en comparación con Dios, su grandeza, su santidad, ¿qué es el mayor y el más santo, sino bajeza e imperfección? Ha sido este sentimiento más verdadero y más profundo de Dios el que ha hecho a los santos, aunque relativamente más grandes, más humildes que los demás hombres, y de ahí incluso más caritativos y más entregados.
Se ha dicho: «Si la clemencia fuera desterrada de la tierra, debería buscarse un refugio en el corazón de los reyes.»
Es la palabra que del cardenal de la Rochefoucauld aplicaba a la humildad y al corazón de Vicente de Paúl. Lo podría haber dicho, y por la misma razón, de la caridad que, compañera inseparable e hija necesaria de la humildad, tuvo siempre en esta alma su santuario privilegiado y, a falta de otro cualquiera, se habría reservado en ella su último asilo.
Por lo demás, Vicente no creía que se pudiera exceder en humildad y en caridad, cuando consideraba a Aquél que se anonadó y entregó hasta la muerte. En sus pensamientos, en sus palabras, en sus acciones, Vicente no se inspiraba más que en Jesucristo, no repetía más que su lenguaje, no se portaba más que según su modelo. Jesucristo, siempre, Jesucristo en todas partes, Jesucristo en todo y en todos; ésa era su doctrina, su moral y su política, lo que él solía explicar con una palabra: «Nada me satisface sino en Jesucristo.»
Esta visión continua y universal de Jesucristo iluminaba, elevaba, encendía su caridad. Jesucristo, él le veía pontífice supremo en el papa, obispo y príncipe de los pastores en los obispos, soberano sacerdote en los sacerdotes, maestro y doctor único en los doctores, rey de los reyes, juez de los jueces en los príncipes y en los magistrados, grande y noble en los gentilhombres y pequeño en los pequeños, obrero en los artesanos, divino negociante en los hombres de tráfico, pobre en los pobres, prisionero en los prisioneros, enfermo y agonizante en los enfermos y moribundos, de donde su respeto y su ternura con todos los hombres y, en particular con todos aquellos cuya bajeza y sufrimientos le presentaban una imagen más parecida al Dios anonadado y al Hombre de dolores.
Esto, en cuanto a lo físico y lo moral de Vicente de Paúl. Veámosle ahora en el trabajo durante una de sus jornadas, lo que nos servirá de muestra de toda su vida.
II. Jornada.
Son las cuatro de la mañana. Aunque anciano, enfermo, acostado hace escasas horas, y encima transcurridas muy a menudo en el insomnio, Vicente se levanta, y el segundo golpe de la campana no lo encuentra en la misma postura que el primero. Esta obediencia a la regla de levantarse es para él la primera en importancia como en el orden del día, y es la primera también que recomienda a los suyos. Obediencia, les dice, tanto más agradable a Dios por ser la primera, tanto más honorable porque le ofrece las primicias de la jornada y de nuestras acciones; obediencia impuesta por el ejemplo de Nuestro Señor quien, después de dejar el paraíso, no tuvo donde descansar la cabeza; obediencia cada vez más fácil con la costumbres; provechosa al espíritu y al cuerpo, y que alarga nuestra vida demasiado corta; obediencia por último cuya diligencia y fervor aseguran el fervor y la diligencia, de la que depende todo lo demás.
Así pues, al primer toque, sale de la cama, hace la señal de la cruz, se prosterna y besa el suelo. Adora la majestad de Dios, le da gracias por su gloria, por la que ha dado a su hijo, a la santísima Virgen, a los santos ángeles, al ángel custodio, a san Juan Bautista, a los apóstoles, a san José y a todos los santos y santas del paraíso. Le agradece también las gracias hechas a la santa Iglesia, y a él mismo y, en particular haber sido conservado durante la noche. Le ofrece sus pensamientos, sus palabras, sus acciones, en unión con las de Jesucristo; le pide que le guarde de todo pecado y ayude a cumplir fielmente todo lo que le sea más de su agrado5.
Después de estos primeros actos de religión, hace la cama y se va a la iglesia donde, a pesar de la hinchazón de sus viejas piernas que han tenido que vendárselas, ha llegado antes que los más sanos y más jóvenes. La vista de su familia reunida ante Nuestro Señor regocija y consuela su alma.. Felicita a los más diligentes. Los retrasados le afligen. En cuanto a él, él nunca deja de hallarse en la oración de la mañana, en medio de la gran multiplicidad de los asuntos, aunque tuviese que sangrase, en el día, o tomar alguna medicina, y la fatiga que ello le supondrá no le impedirá acudir al día siguiente.
Y es que sentía por la oración la estima más profunda y más religiosa. .La considera como el maná que se ha de recoger cada mañana, so pena de morir en el desierto de la vida. Por eso se entrega a ella con ardor. Se le oye emitir suspiros de un amor que no puede contener, y él es el único que no se entera de su explosión. ¿Qué pasa entre Dios y él? Su humildad lo ocultará con cuidado. Ero al descender de la santa montaña, su frente parece a veces luminosa como la de Moisés, y el fervor de su alma brota por toda su persona, pasa a sus palabras y a sus acto. Sus palabras, al salir de la conversación divina, son más abrasadoras todavía de fe y de caridad; su humildad, su mortificación, su paciencia, todas sus virtudes, brillan con un nuevo resplandor en su conducta.
Esta oración tan querida, él se entregará a ella en sus largos insomnios; a ella dedicará todos los espacios libres que le dejen el desempeño de su cargo y el servicio del prójimo: y cada año, sean las que fueren sus ocupaciones, les dedicará al menos ocho días enteros, durante los cuales interrumpirá las más santas ocupaciones para no hablar con nadie más que con Dios.
Esta oración de la mañana, lleva a ella a rodos aquellos sobre quienes tiene algún trato; quiere que se forme en ella a los ordenandos y a los ejercitantes y que se lleven su resolución y su práctica como el fruto más precioso de su retiro. Él por su parte compromete a los eclesiásticos de su conferencia, incluso a las Damas de su Asamblea.
Pero él no deja de exhortar a ello a sus Misioneros, por su interés y por el del prójimo. «Dadme, les dice, un hombre de oración, y será capaz de todo, podrá decir con el santo Apóstol: ‘Todo lo puedo en aquél que me sostiene y me conforta’» Y añade: «La Congregación de la Misión subsistirá mientras el ejercicio de la oración se practique fielmente, porque la oración es como un muro inexpugnable que pondrá a los Misioneros a cubierto contra todas clases de ataques; que es como un arsenal místico, o como la Torre de David que les dará toda clase de armas, no sólo para defenderse, sino también para asaltar y poner en fuga a todos los enemigos de la gloria de Dios y de la salvación de las almas.»
No exime de ella ni a los enfermos, a quienes compromete a practicarla menos por una aplicación imposible del entendimiento que por los afectos de la voluntad, por actos reiterados de resignación, de contrición, de paciencia, de confianza, de perseverancia y de amor. La exige, y de una hora entera, los días de descanso como los días de trabajo, en la multiplicidad de las ocupaciones como en el tren ordinario de la vida. Monseñor el príncipe de Conti, dice a este propósito, será una día nuestro juez, por lo menos el mío. Es admirable en su fidelidad a la oración. Hace todos los días dos horas, una por la mañana, la otra por la noche. Por grandes ocupaciones que tenga, por mucha gente que le rodee, no se la pierde nunca. Verdad es que no está apegado a ninguna hora, que no la adelanta o la retrasa según la exigencia de los asuntos. Quiera Dios darnos este atractivo para unirnos a él por la oración.»
Se la recomienda en particular a los predicadores, a los catequistas y a los directores de almas: «La oración, dice, es un gran libro para un predicador; Ahí es donde sacará las verdades divinas en el Verbo eterno que es su fuente para difundirlas después entre el pueblo; es mediante la oración como será capaz de tocar los corazones y de convertir a las almas.»
Por la mañana, al salir de su propia oración, es cuando Vicente da estos consejos y estas enseñanzas a sus Misioneros. Al menos dos veces por semana, el domingo y el miércoles. Les hace dar cuenta también de los buenos pensamientos y de los buenos sentimientos que les ha dado Dios. Esta repetición de oración le edifica y le encanta. Fuera de su comunidad, de viaje, , la practica también. Si viaja con seglares, les hace que vean bien, no sólo que se emplee todas las mañanas algún tiempo en la oración, sino que también se converse luego sobre las comunicaciones que el espíritu de Dios ha hecho a cada uno. Los criados son invitados a hablar a su vez, y uno de ellos nos cuenta: «Habiendo considerado que Nuestro Señor ha recomendado el servicio de los pobres, he creído que debía hacer algo por ellos; pero como no puedo yo, pobre como ellos, darles nada, he resuelto al menos rendirles honor, hablarles graciosamente, cuando se dirijan a mí, hasta quitarme el sombrero para saludarlos.»
A este relato, Vicente bendice a Dios que ama comunicarse con los sencillos y, al comprometer a las damas piadosas a establecer la costumbre de la repetición de oración entre sus criados, se confirma en su propia costumbre de preguntar al menor de sus hermanos en San Lázaro, los mismo que al más elevado de sus Misioneros.
En efecto, en cada repetición de oración, invita siempre a tres o cuatro a hablar y, por muy importantes que sean los asuntos que llaman a otra parte, los escucha con bondad y satisfacción horas enteras. Es una mutua y común edificación; también una escuela, una lección práctica, donde los recién llegados y los inexpertos se forman en el gran arte de la oración.
«Hermano, pregunta a uno de ellos, ¿qué método seguís en vuestra oración? –Padre, yo divido siempre el asunto n ciertos puntos, -Hacéis muy bien, hermano mío. Sin embargo cuando se trata de algún misterio como tema de la meditación no es necesario ni conveniente detenerse en una virtud particular y hacer vuestra división sobre el tema de esa virtud; pero es más oportuno recordar la historia de del misterio y prestar atención a todas sus circunstancias, no habiendo ninguna, por pequeña que pueda ser en la que no haya grandes tesoros encerrados, si sabemos buscarlos bien. Yo lo reconocí últimamente en una conferencia de estos Señores que se reúnen aquí. Tenían por tema de su charla lo que se necesitaba para emplear santamente el tiempo de la Cuaresma. Era un tema muy común, del que tenían la costumbre de hablar todos los años; y no obstante se dijeron tantas cosas buenas que todos los asistentes quedaron grandemente impresionados, y yo en particular; y puedo decir de verdad que no he visto conferencia más devota que aquella, ni que hubiera causado más impresión en los espíritus; ya que si bien habían hablado del tema muchas veces, parecía que no se trataba de las mismas personas las que hablaban; Dios les había inspirado en la oración otro lenguaje. Así es, hermanos míos, cómo Dios oculta tesoros en estas cosas que parecen tan comunes, y en las menores circunstancias verdades y misterios de nuestra religión. Son como pequeños granos de mostaza que producen grandes árboles, cuando Nuestro Señor quiere derramar su bendición. Nuestros asuntos de meditación se parecen a tiendas de comerciantes; y como hay tiendas en las que no se encuentra más que una clase de mercancía, otras en las que se encuentra todo lo que se necesita. Hay también asuntos de meditación que nos instruyen tan sólo en una virtud, y otros que contienen tesoros de toda clase de virtudes; como son los misterios del nacimiento, de la vida, de la muerte y de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Para aprovecharlos bien, hay que adorar a Nuestro Señor en el estado en el que el misterio nos le representa, admirarle, alabarle, darle gracias por habérnoslas merecido, representarle humildemente nuestras miserias y pedirle los auxilios y gracias necesarios para imitar y practicar las virtudes que nos ha enseñado en ellos.
«-Hermano mío, pregunta a otro, ¿aprovecháis la oración? .-Poco, padre. –Y ¿por qué eso? replica Vicente. Mientras se repetía la oración, pensaba en mí mismo de qué podía depender que algunos hicieran tan poco progreso en este santo ejercicio. Hay motivos para temer que la causa de este mal sea que no se ejercitan lo suficiente en la mortificación, y conceden demasiada libertad a sus sentidos. Que se lea lo que los mayores maestros de la vida espiritual han dejado por escrito respecto de la oración, y se verá que todos unánimemente han sostenido que la práctica de la mortificación es absolutamente necesaria para hacer bien estas oraciones, y que, para disponerse bien, se necesita no sólo mortificar, sus ojos, su lengua, sus oídos y demás sentidos exteriores, sino también las facultades de su alma, el entendimiento, la memoria y la voluntad. Por este medio, dispondrá a hacer bien la oración y, recíprocamente, la oración ayudará a practicar bien la mortificación. –Otra causa de este escaso progreso es que algunos tienen buenos pensamientos y buenos sentimientos, pero no se los aplican a sí mismos y no hace suficientes reflexiones sobre su estado interior. Y no obstante se ha recomendado muy a menudo que cuando Dios comunica algunas luces o algunos buenos movimientos en la oración, hay que hacerlos servir a sus necesidades particulares. Hay que considerar sus propios defectos, confesarlos y reconocer ante Dios, y a veces incluso acusarse delante de la compañía pata humillarse y confundirse más, y tomar una fuerte resolución de corregirse, lo que no se hace nunca sin gran provecho.»
En esto, un hermano cae de rodillas y pide perdón por no hacer nada desde hace tiempo en la oración, incluso por no poder dedicarse a ella. «Dios os bendiga, mi querido hermano, responde el santo. Él permite a veces que se pierda el gusto que se sentía y el atractivo que se tenía por la oración, e incluso que llegue a desagradar. Pero es de ordinario un ejercicio que nos envía y una prueba que él quiere hacer de nosotros, por la que no se ha de sentir desolación, ni dejarse llevar al desánimo. Hay almas buenas que son tratadas a sí, como muchos santos lo han sido también. Sí, conozco a muchas personas que son muy virtuosas que no sientes más que hastío y sequedad en la oración; pero como son muy fieles a Dios, hacen de ello muy buen uso. Lo que contribuye no poco para su adelanto en la virtud. Es verdad que cuando estos hastíos y sequedades llegan a los que comienzan a darse a la oración, hay algunas veces motivos para temer que ello provenga de algunas negligencias por su parte; y es en esto, hermano mío, donde debéis prestar atención. Tal vez sin embargo no tenéis culpa. ¿No os duele la cabeza? –Sí, padre; y es por haber querido, en mi último retiro, hacerme sensibles las cosas en la oración. –No hay que obrar así, hermano, ni esforzarse por hacerse sensible en la oración lo que no lo es por su naturaleza, porque es el amor propio el que se busca en ello. Debemos obrar por espíritu de fe en la oración, y considerar los misterios y las virtudes que meditamos en este espíritu de fe, dulcemente, humildemente, sin esforzar la imaginación, y aplicar más bien la voluntad para los afectos y resoluciones que el entendimiento para los conocimientos. Y no obstante, debemos perseverar con valor, en la imitación de Nuestro Señor, el cual, fractus in agonia, prolixius orabat. La oración es un don que nos ha dado Dios, que hay que pedirle con insistencia, diciendo con los apóstoles: Domine, doce nos orare; y esperar esta gracia de su bondad con humildad y paciencia.»
Otro hermano habla a su vez: «Yo no tengo espíritu para hacer oración bien. de las facultades de mi alma, sólo hay una de la que me pueda servir, que es la voluntad. Ella comienza nada más proponer el asunto, y sin usar ningún razonamiento, a producir sus afectos, ya dando gracias a Dios, ya pidiéndole misericordia y excitándose en la confusión y al dolor de sus pecados; o bien suplicándole que le dé la gracia de imitar a Nuestro Señor en alguna virtud, y por último tomando algunas resoluciones…-Espere un momento, hermano, interrumpió Vicente, y no se preocupe de las aplicaciones del entendimiento, que no son más que para mover la voluntad. Porque la vuestra, sin estas consideraciones, llega de esta manera a los afectos y a las resoluciones de practicar la virtud, Dios os conceda la gracia de seguir así y de haceros cada vez más fiel a todas sus voluntades. El alma se parece a una galera que boga en el mar con los remos y las velas. Y como no se recurre a los remos sino cuando el viento llega a faltar y, cuando es favorable se navega más agradablemente y más rápidamente; así, hay que ayudarse de las consideraciones en la oración cuando el espíritu santo no nos hace sentir sus movimientos; pero cuando ese Espíritu Santo empieza soplar en nuestros corazones, hay que abandonarse a su dirección.»Así Vicente se aprovecha de todo para instruir a los suyos en esta materia importante de la oración. Él les define en primer lugar la naturaleza: «La oración, dice, es una predicación que se hace uno a sí mismo para convencerse de la necesidad que uno tiene de recurrir a Dios, y de cooperar, con su gracia, para extirpar los vicios de nuestra alma y para plantar en ella las virtudes. Conviene que nos apliquemos a en particular a combatir la pasión o la mala inclinación que nos reprende, y a tender siempre a mortificarla porque, una vez conseguida aquella, el resto sigue fácilmente. Pero hay que mantenerse firme en este combate. También es importante ir despacio en esto, y no quebrarse la cabeza fuerza de insistir y querer sutilizar; de elevar su espíritu a Dios y escucharle, pues una de sus palabras hará más que mil razones y que todas las especulaciones del entendimiento. Deseo que estemos en esta práctica de oración, de elevarnos de vez en cuando a Dios, manteniéndonos en un humilde reconocimiento de nuestra nada, a la espera de ver si le place hablar a nuestro corazón y decirnos alguna palabra de vida eterna. No hay otra cosa que lo que Dios nos inspira y lo que viene de él que nos pueda aprovechar. Debemos también recibir de Dios para dar al prójimo a ejemplo de Jesucristo, el cual, hablando de sí mismo, decía que él no enseñaba a los demás más que lo que él había oído de su Padre.»
Así, la oración que aconseja y enseña es positiva y práctica, según el carácter de su espíritu y de su virtud. Él respeta esta oración extraordinaria y sublime, a la que Dios eleva a ciertas almas por una operación particular de su Espíritu más que por la industria y los esfuerzos de sus facultades; él reconoce que su dirección en estas almas privilegiadas es admirable, y sus caminos incomprensibles; pero él tiene sin embargo la máxima del Apóstol de no creer fácilmente en todas clases de espíritus, y experimentar bien si son de Dios; sabe también por san Pablo que Satán se transforma a menudo en ángel de luz, y que engaña por el atractivo del bien como por la sugestión del mal; sabe por su experiencia que hay maneras de oración elevadas y perfectas en apariencia, que no obstante acaban en falso. Por eso aconseja seguir el camino más bajo y más humilde como el más seguro y más al alcance de todos, hasta que Dios, pero Dios mismo, solo Dios, nos tome de la mano para conducirnos por otro. Mientras tanto, quiere que se juzgue de la bondad de una oración únicamente por las disposiciones que se llevan y por los frutos que se sacan, y entonces dice: «Se conoce a los que hacen bien oración , no sólo por el modo de contarla, sino más aún por sus acciones y por sus comportamientos. Se ha de decir lo mismo de los que la hacen mal, de suerte que es fácil ver que aquéllos adelantan y que éstos retrasan. Pues bien, para sacar provecho de su oración, hay que prepararse, y faltan gravemente los que descuidan este preparación, y que no vienen a hacer oración sino por costumbre, y porque los demás van: Ante orationem, prepara animam tuam, dice el Sabio. Pues la oración es la elevación del espíritu a Dios para presentarle nuestras necesidades y pedirle el auxilio de su misericordia y de su gracia. es pues razonable que teniendo que tratar con una majestad tan alta y tan sublime, se piense un poco qué se va a hacer, ante quién se va a comparecer, qué se le quiere decir, qué gracia se le va a pedir. Sucede no obstante a menudo que la pereza y la flojera impiden pensar en ello; o bien, por el contrario la precipitación y la desconsideración nos apartan de esto. Se ha de tener cuidado también con nuestra imaginación vagabunda y curiosa y pararle los pies, y con nuestra ligereza de nuestro pobre espíritu para mantenerlo en la presencia de Dios, sin por el contrario hacer un esfuerzo demasiado grande, ya que el exceso es siempre dañoso.
«La oración tiene tres partes: cada uno sabe el orden y el método; hay que seguirlo. El tema es de una cosa sensible o insensible. Si es sensible, como un misterio, hay que representárselo y prestar atención a todas sus partes y circunstancias; si la cosa es insensible, como si es una virtud, se ha de considerar en qué consiste y cuáles son las principales propiedades, así como cuáles son sus señales, sus efectos y en particular cuáles son sus actos y los medios de llevarla a la práctica. Es bueno también buscar las razones que nos mueven a abrazar esta virtud y detenernos en los motivos que más nos mueven. Se pueden tomar de la Sagrada Escritura, o bien de los santos Padres; y cuando algunos pasajes de sus escritos nos vienen a la memoria sobre este tema durante la oración, está bien que los rumiemos en su espíritu; pero no hace falta que los busquemos, ni siquiera entregarse a varios de estos pasajes; ya que ¿de qué sirve detener el pensamiento en un montón de pasajes y de razones, sino tal vez para iluminar y sutilizar nuestro entendimiento, lo que es dedicarse al estudio antes que hacer oración?
«Cuando se quiere hacer fuego, nos servimos de una acero, se golpea hasta que prende el fuego en la materia dispuesta, se enciende la vela; y haría el ridículo aquél que, una vez encendida su lámpara, continuara golpeando la piedra; de la misma manera, cuando un alma está bastante iluminada por las consideraciones, ¿para qué buscar otras, y golpear y más golpear nuestro espíritu para multiplicar las razones y los pensamientos¿ ¿No ven ustedes que es perder el tiempo, y que entonces se ha de dedicar a inflamar la voluntad y hacer brotar los afectos por la belleza de la virtud y por la fealdad del vicio contrario? Cosa nada dificil, puesto que la voluntad sigue la luz del entendimiento y se dirige a lo que se le propone como bueno y deseable. Pero no es todavía suficiente: no basta con tener buenos afectos, hay que pasar más adelante y entrar en las resoluciones de trabar lo mejor posible en lo futuro para la adquisición de la virtud, proponiéndose ponerla en práctica y realizar sus actos. Aquí está el punto importante y el fruto que se debe sacar de la oración; por eso no se ha de pasar ligeramente por estas resoluciones, sino reiterarlas e interiorizarlas bien; también es bueno prever los obstáculos que se pueden presentar, y los medios que pueden ayudar para llegar a esta práctica, y proponerse evitar unos y abrazar los otros.
Pus bien, en esto, no es necesario, ni con frecuencia oportuno tener grandes sentimientos de esta virtud que queremos adquirir, ni siquiera desear tener estos sentimientos; pues el deseo de hacerse sensibles estas virtudes, que son cualidades puramente espirituales, puede a veces dañar y producir pena al espíritu, y la demasiado grande aplicación del entendimiento calienta el cerebro y causa dolores de cabeza; como también los actos de la voluntad, con demasiada frecuencia reiterados o demasiado violentos agotan el corazón y lo debilitan. Hay que moderarse en todo, y el exceso no es nunca laudable se trate de lo que se trate, en particular en la oración. Se ha de actuar con moderación t suavidad, y conservar ante todo la paz del espíritu y del corazón.»
Vicente se dedica entonces a distinguir los pensamientos venidos del hombre y los pensamientos inspirados de Dios: «Ved, dice él, la diferencia que existe entre la luz del fuego y la del sol. Durante la noche, nuestro fuego nos
Ilumina y, por medio de su resplandor, vemos las cosas, pero no las vemos sino imperfectamente, no descubrimos más que la superficie, y este resplandor no va más lejos; pero el sol llena i vivifica todo por su luz; no descubre tan sólo el exterior de las cosas, sino por una virtud secreta, penetra en el interior, y las hace obrar y hasta fructuosas y fértiles, según la calidad de su naturaleza. Bueno pues, los pensamientos y las consideraciones que vienen de nuestro entendimiento no son sino pequeños fuegos que muestran solamente un poco del exterior de los objetos y no producen nada más; pero las luces de la gracia, que el sol de justicia difunde en nuestras almas, descubren y penetran hasta el fondo y en lo más íntimo de nuestro corazón que ellas excitan y conducen a producciones maravillosas. Hay pues que pedir a Dios que sea él mismo quien nos ilumine y nos inspire lo que le es agradable. Todas estas consideraciones altas y rebuscadas no son oración; son tal vez de vez en cuando cirujanos de lo soberbio. Y lo mismo sucede con aquellos que se detienen en ello y se complacen, como de una predicador que se pavoneara de sus bonitos discursos y que toda su complacencia fuera ver a los asistentes satisfechos por lo que él declama; e lo cual es evidente que no sería el Espíritu Santo, sino más bien el espíritu de soberbia el que iluminaría su entendimiento y que llevaría al exterior todos estos hermosos pensamientos; o mejor dicho, sería el demonio el que le empujaría a y le haría hablar de esa manera. Lo mismo en la oración, cuando se rebusca hermosas consideraciones, se juega con pensamientos extraordinarios, en particular cuando es para recitarlos en el exterior al repetir la oración, con el fin de produzcan estima en los demás. Eso es una especie de blasfemia; es de algún modo ser idólatra de su propio espíritu; ya que, al tratar con Dios en la oración, meditáis en cómo satisfacer a vuestra soberbia, empleáis este santo tiempo en rebuscar vuestra satisfacción y en complaceros en esta bella estima de vuestros pensamientos; sacrificáis a este ídolo de la vanidad.
«Ah, hermanos míos, guardémonos mucho de de estas locuras; reconozcamos que estamos llenos de estas miserias; no busquemos más que lo que nos puede ayudar más a humillar y llevarnos a la práctica sólida de las virtudes, descendamos siempre en la oración hasta la nada y, en nuestras repeticiones de oración, digamos con humildad nuestros pensamientos; y, si se nos ocurren algunos que nos parecen hermosos, desconfiemos mucho de nosotros mismos y temamos que sea el espíritu de soberbia el que los produzca y el diablo el que los inspire. Por eso debemos siempre humillarnos siempre profundamente cuando nos llegan estos pensamientos bonitos, sea haciendo oración, sea predicando, sea en la conversación con los demás, Ay, el Hijo de Dios podía embelesar a todos los hombres con su elocuencia toda divina, y no lo quiso hacer; sino al contrario enseñando las verdades del Evangelio se sirvió siempre de las expresiones y palabras comunes y familiares; él prefirió más bien verse envilecido y despreciado que alabado y estimado. Veamos pues, hermanos, cómo le podremos imitar y, para ello, cortemos esos pensamientos de soberbia en la oración y en otras partes; sigamos en todo los pasos de la humildad de Jesucristo; usemos de palabras sencillas, comunes y familiares; y, cuando Dios así lo permita, aceptemos que no se tenga cuenta de lo que digamos, que se nos desprecie, que se burlen de nosotros, y tengamos por cierto que, sin una verdadera y sincera humildad, nos es imposible adelantar ni a nosotros ni a los demás..»
Los sentimientos más que los pensamientos, las resoluciones antes todavía que los sentimientos, en eso radica el sentido práctico. «Dudo que yo deba tomar resoluciones en adelante, dice, repitiendo su oración, un Misionero, mientras soy infiel a los ejercicios. –Señor, responde Vicente al punto, esa no es una razón suficiente; del mismo modo aunque no parezca provechosa la alimentación, no por eso se deja de tomar. Es una de las partes más importantes, hasta la más importante de la oración, hacer buenas resoluciones; y es en eso donde debemos detenernos, y no tanto en el razonamiento y en el discurso. El principal fruto de la oración es resolverse firmemente, en fundamentar bien n sus resoluciones, en convencerse bien, en prepararse bien a ejecutarlas y prever los obstáculos para superarlos. Eso no es todo. Ya que por último nuestras resoluciones no son por sí mismas más que acciones físicas y morales; y aunque hagamos bien en formarlas en nuestro corazón y afirmarnos en ellas debemos sin embargo reconocer que cuanto tienen de bueno, sus prácticas y sus efectos, depende absolutamente de Dios. ¿y de dónde creen ustedes que proviene casi siempre que faltamos a nuestras resoluciones? es que nos fiamos demasiado; nos aseguramos de nuestros buenos deseos; nos apoyamos en nuestras fuerzas, y esto es la causa de que no sacamos ningún fruto. Por eso, después de tomar algunas resoluciones en la oración, hay que pedírselo mucho a Dios e invocar con insistencia su gracia con un a gran desconfianza en nosotros mismos, para que tenga a bien comunicarnos las gracias necesarias para hacer fructificar estas resoluciones. Y aunque, después de esto, viniéramos a faltar, no sólo una o dos veces, sino muchas ocasiones y durante un largo tiempo, incluso cuando no hubiéramos puesto en ejecución, no conviene nunca dejar por ello de renovarlas y de recurrir a la misericordia de Dios, e implorar el auxilio de su gracia. las faltas pasadas deben naturalmente humillarnos, pero no hacernos perder los ánimos; y, en cualquier falta que se caiga, no por ello se va a disminuir la confianza que Dios quiere que tengamos en él, sino tomar siempre una nueva resolución de levantarse y poner más empeño en no recaer, mediante el auxilio de su gracia que le debemos pedir. Aunque los médicos no vean ningún efecto a los remedios que dan a un enfermo, no dejan por ello de continuarlos y reiterarlos, hasta que reconocen alguna esperanza de vida. Si pues se continúa así aplicando remedios para enfermedades del cuerpo, aunque largas y extremas, aun sin ver ninguna enmienda, con mayor razón de debe hacer lo mismo para las debilidades de nuestras almas, en las que, cuando Dios quiere, la gracia opera grandes maravillas. »
Acabadas la oración y la repetición, Vicente recita él mismo en alta voz las letanías del santo Nombre de Jesús y, entre los gloriosos epítetos que le da la Iglesia, insiste con un gusto singular en éste: Jesu pater pauperum! De ahí, casi todos los días va a confesarse, no pudiendo sufrir en él la apariencia misma de pecado. Casi nunca su confesor encuentra materia de absolución: Ah, Señor, le dice el humilde santo, si supierais las luces que me da el Señor, me juzgaríais de otra manera!»
Hace luego su preparación a la misa y, si bien apenas salido de la oración, le dedica un tiempo considerable. Se reviste por fin y celebra. Parece en el altar como otro Jesucristo, víctima y sacrificador; víctima, él se rebaja y se humilla, es como un criminal, como condenado a muerte como pronuncia el Confiteor, el Domine non sum dignus y todas la palabras de la liturgia que expresan la humildad y la contrición, sobre todo el Nobis quoque peccatoribus, sobre el que él escribirá: «Cuando lleguen ustedes al Nobis qioque de la santa Misa, acuérdense de mí, como del mayor pecador que haya en la tierra;»6 sacrificador, es grave y majestuoso como el Salvador, y al mismo tiempo lleno de dulzura, de serenidad y de misericordia; con estos sentimientos pintados en su rostro y en su actitud, se vuelve hacia el pueblo y, en el tono de su voz y el modo como extiende los brazos y abre las manos, se ve la dilatación de su corazón y el deseo que tiene de abrazarlo, como en otro calvario, en la caridad de Jesucristo. Recita las oraciones de la misa y en realidad las ceremonias sin lentitud ni precipitación, de manera que alcance pero no pase de la media hora. Pronuncia todas las palabras con una voz media y agradable, distinta y devota, en manifiesto acuerdo de la boca y del corazón. Su respeto y su atención se doblan en la lectura del santo Evangelio y, si se encuentra con alguna palabra de Nuestro Señor, las repite con un tono más tierno y más afectuoso; a la doble afirmación del Dios de verdad: Amen, amen dico vobis, se recoge para estar más atento a las palabras siguientes, donde él sospecha mas importancia y misterio, y las lee lentamente, con fe y sumisión, para ponerlas bien el corazón. Todos los asistentes quedan edificados. «Dios mío, dicen, éste sí que es un sacerdote que dice bien la misa!» –»Es preciso que sea un hombre santo,» añade éste, y aquél: «Es más bien un ángel en el altar!»7
Y así todos los días, menos los tres primeros de su retiro anual, que abstiene de celebrar, según la costumbre de la Compañía. Fuera de esos días de penitencia y de purificación más perfecta, en la ciudad o en los campos, en residencia fija o de viaje, sano o enfermo, él no omite nunca el sacrificio cotidiano, y eso hasta en las últimas semanas de su vida, en que sus piernas se negarán a sostenerle.
Celebrada la misa, oye una segunda o a veces la ayuda. Está abrumado de asuntos, y es anciano, tiene ochenta años y no puede andar ya sin bastón, ni ponerse de rodillas sin mucho trabajo: pero no importa, el venerable superior con la sencillez ingenua del clérigo y más aún de respeto y devoción, sirve en el altar al menor de sus sacerdotes. Lo hace por fe y con amor. Lo hace también para dar ejemplo a sus clérigos, para que ellos no permitan que un seglar ayude en la misa estando ellos delante: «Es un asunto de vergüenza en un eclesiástico que tiene el carácter para el servicio de los altares, les dice con Bourdoise, que en su presencia los que no lo tienen hagan su oficio.»
Los días de fiesta y en los oficios solemnes, su piedad se muestra con nuevo esplendor. Ha previsto todas las ceremonias y se ha informado cuidadosamente8. También, ni una rúbrica violada por él, ninguna que él permita que se alejan. Se humilla mucho delante de Dios y de sus hermanos por no poder hacer las genuflexiones de la manera prescrita por la Iglesia y, si cree haber faltado a alguna otra ceremonia, pide, después del oficio, perdón de rodillas a toda su comunidad9. Se imputa a sí mismo las faltas cometidas por los demás, lo que no le impide, a pesar de su gran dulzura, reprenderlos por ello severamente. Por lo demás, él da tal ejemplo y tal edificación, que los oficios de San Lázaro se distinguen en todo París por la religión, la dignidad y la modestia que presiden allí. . Vicente mismo, cuando canta o salmodia en el coro, se parece menos a un hombre que a un ángel del cielo cantando las alabanzas de Dios. Sus sacerdotes y sus clérigos imitan su respeto y su piedad. Se los ve con los ojos bajos y detenidos en el libro, en una inmovilidad modesta, sin traicionar la vida más que por el piadoso resplandor de sus voces y los impulsos del amor divino.
Cómo se muestra en los oficios públicos, Vicente, lo es también a la vista de Dios solo, en la recitación privada de su breviario. Lo recita siempre con la cabeza descubierta, de rodillas exceptuados los dos o tres últimos años de vida, que sus debilidades, al prohibirle esta postura humilde y respetuosa, le fuerzan a permanecer sentado. De rodillas también y cabeza descubierta hace su lectura cotidiana de la Sagrada Escritura y en particular del Nuevo Testamento.
Después de mas de tres horas dedicadas así a la oración por la mañana, incluso durante los inviernos más rigurosos, siempre de rodillas en el pavimento de la iglesia, sin permitir nunca que le cubran el lugar con una estera sencilla, Vicente vuelve a su habitación. Habitación más que modesta, habitación pequeña, pobre y desnuda, paredes blanqueadas de cal, un suelo sin estera; por todo mueble una mesa de madera sin tapiz, dos sillas de paja y una cama de la que hablaremos más tarde cuando la descubra; por todo ornamento un crucifijo de madera y algunas imágenes de papel que un hermano, en diversos tiempos, ha pegado a las paredes, y que el santo acabará por mandarlas quitar, como contrarias a la pobreza, para quedarse con una sola. Ni fuego, ni siquiera chimenea, y eso hasta la edad de más de ochenta años, que sus discípulos le forzaran a ocupar otra habitación porque necesita un poco de fuego para vendar sus úlceras. Pero cómo se humillará! Cómo se acusará de pecados por haberle reducido a una miseria semejante, que él llamará escandalosa10. Qué parsimonia pondrá en el uso de leña, que él llama, como a todo lo demás, el bien de los pobres! Y todavía teme que haya demasiado lujo en su casa. Por eso, cuando se hace la visita de las habitaciones, exige que se visite también la suya para quitar todo lo que sea superfluo. «Hay en mi habitación, dijo un día, dos mantas, de las que me sirvo para hacerme sudar: que se las lleven.» La misma indigencia en la habitación de abajo, donde recibe a las personas del mayor mundo. Un hermano a puesto u pedazo de tapiz una puerta por la cual se cuela un aire muy frío: lo manda quitar ese mismo día. Ya se ha visto las pobres ropas que lleva en la corte; así de miserables son los objetos que usa; se conserva aún, por ejemplo su paraguas, trozo de tela encerada parecida a los pabellones en que se cobijan las pobres mujeres de nuestras plazas.
Veámosle entregado del todo a las visitas y a los asuntos. Su diversidad y su número no le quitan la calma en nada, su ecuanimidad y su recogimiento. Recibe con bondad,, y escucha con su atención ordinaria a toda clase de personas del interior y del exterior. No las interrumpe nunca, más aún, antes de tomar él mismo la palabra, pone siempre entre sus relatos o sus demandas, y su respuesta un intervalo de algún instante, para reflexionar y consultar a Dios. San Lázaro es la casa de consulta universal, o más bien es la casa del vidente, como en el tiempo de los jueces de Israel, donde se dan cita, de París y de las provincias, todos aquellos que necesitan consejos para su persona o sus empresas. Nada se hace, por la religión o por la caridad, sin el parecer de Vicente y sin la cooperación al menos de sus oraciones.
Y no es suficiente con sus ocupaciones a domicilio. Todos los días, dos veces por semana, lo más ordinario, el santo sacerdote sale y recorre todos los barrios de París, donde se reclama su presencia, donde hay que visitar alguno de sus establecimientos caritativos. Va a la corte para asistir a una sesión del consejo, o solicitar la caridad de la reina o mediar en las querellas de los partidos; tres veces por semana preside la Asamblea de las Damas y de los Señores; muchas veces es llamado a otras asambleas particulares, bien de prelados, bien de doctores, bien de superiores de comunidades o por último de personas de condición. De ahí se dirige a un monasterio, o a una familia, para restablecer el orden y la paz; va a animar a alguna cofradía de la Caridad, a consolar a los presos y a los forzados, a visitar a los enfermos a domicilio y en los hospitales, a alegrar a los ancianos del Nombre de Jesús, a divertir a los pequeños niños expósitos.
En el paso de un lugar a otro, emplea cuidadosamente el tiempo. Reza, combina una obra, prepara una instrucción; a veces incluso, cuando va en vehículo, escribe: «Esta carta, dice una vez, se hace en plena calle de París, donde me hallo con un espacio para escribiros.»11
Pero en el tumulto de las calles, de la corte y de las asambleas, lo mismo que en el silencio y la soledad de su habitación, no pierde de vista a Dios ni su santa presencia. Piensa en ello lo menos cuatro veces a la hora. Suena el reloj: en seguida se descubre, hace la señal de la cruz y levanta los ojos al cielo. Normalmente los tiene bajos, y hasta cerrados cuando va en carroza y no los abre más que al crucifijo del rosario que lleva siempre en su cinturón. Para no ver nada, no ser visto de nadie y poderse dirigir a Dios más fácilmente, corre casi siempre la cortina del vehículo. Por lo demás, la vista de las criaturas, muy lejos de distraerle, le lleva a su autor. Campos cubiertos de mieses, árboles cargados de frutos le dan lugar a bendecir la bondad de Dios y su paternal Providencia; las flores, los pájaros o todo otro objeto agradable le hacen exclamar: «¿Qué hay que se pueda comparar a la belleza de Dios, que es el principio de toda la belleza y perfección de las criaturas? ¿Acaso no toman su lustre y esplendor de él?»
Lo más común sin embargo es privándose de la vista de los objetos agradables y mortificando sus sentidos, que honre a dios y se mantenga unido a él. No mira ni los hermosos campos, ni los brillantes edificios. No recibe nunca flores. A su perfume él prefiere el olor malo de los hospitales o de las habitaciones de enfermos. A pesar de su sensibilidad a las temperaturas extremas. Él no se cuida ni contra el frío ni contra el calor; ni siquiera guantes en invierno, y sus manos se hinchan y se agrietan como sus piernas.
Si se encuentra con alguien en estas santas prácticas, que él aconseja a todos, se humilla como si él mismo faltara en ello. Una persona del mundo se acusa a él de haber estado tres veces al día distraída del pensamiento de Dios, y él exclama: «Esa gente serán nuestros jueces que nos condenen ante la majestad divina del olvido que tenemos de ella, nosotros que no tenemos otra cosa que hacer que imitarle y manifestarle nuestro amor con nuestras miradas y nuestros servicios.»
Si camina a pie por las calles, observa el mismo recogimiento y las mismas prácticas. Al pasar por delante de una iglesia, entra y se prosterna con el rostro en tierra. Que suena el Angelus, en medio de la gente como en la corte, se descubre, cae de rodillas y lo recita. No ve a nadie, si bien todos le miran y admiran, los niños mismos se le señalan y dicen: «Mirad al santo que pasa!»
Regresa por fin. Saluda enseguida a la santísima Virgen y al ángel de la guarda, como lo ha hecho al salir, como lo hace siempre y como prescribe que se haga a la entrada y al salir de una habitación; como al salir también va a adorar al Santísimo Sacramento, que él llama el amo de la casa. Es muy tarde a veces, y sin embargo se olvida allí muchas horas. Acaba por entrar en el refectorio12. Si la comunidad se encuentra, él se sienta donde encuentra libre, lo más frecuente en el último asiento, incluso detrás de los hermanos. Ninguna distinción entre él y los suyos, por la alimentación como por el lugar, hasta en las debilidades de una extrema ancianidad. Si la comida comunitaria se ha terminado, su mortificación se alegra, pues no le quedan más que restos, y cuanto más escasos y poco apetitosos, más deliciosas le parecen las sobras. Además parece no sentir apetito por nada, menos todavía preferencia. Le sirven huevos crudos por un descuido: se los come sin decir palabra, y nadie se entera hasta el día siguiente por el cocinero. Si se ha servido todo, él no pide nada y se contenta con un poco de pan. En cuanto al vino, no lo reclama nunca y no bebe más que agua clara. Acabada esta comida sobria en un instante, es lo primero que toma y a menudo lo único en todo el día, ya que ha llegado muy tarde y, según su costumbre, no ha comido nada por la mañana. En su extrema vejez, le insisten para que tome algún caldo antes de salir. «Vos me tentáis, señor, dice al sacerdote que se lo presenta. ¿No es el demonio el que os hace persuadirme que alimente así a este miserable cuerpo, a esta despreciable carcasa, es esto justo? Que Dios os lo perdone! «No obstante en sus últimos días, consiente en tomar por la mañana una poción, pero tan sólo a modo de medicina: pues es un caldo sin carne, preparado con achicoria salvaje y cebada mondada, donde no entre ni sazón, ni grasa, ni mantequilla, ni aceite.
Y a pesar de todo tiene un gran apetito. Un día, enseñando un pan de dos o tres libras, dijo: «Si me hiciera caso a mí mismo, me comería todo eso». No es suficiente para su mortificación con un alimento malo y tomado en demasiada pequeña cantidad; tiene también en reserva polvos amargos que los mezcla para hacerle más desagradable al gusto. La naturaleza a veces sucumbe, y por la noche necesita llevar un pedazo de pan seco en un desfallecimiento, único confort que quiera aceptar.
Es toda la comida para reparar las fuerzas perdidas en una larga jornada de trabajo, y además se lo reprocha y, cada noche, sentándose ante su pobre pitanza, exclama: «Ah, miserable, no has ganado el pan que te comes!»
Es un ayuno continuo. No obstante, guarda uno más riguroso dos veces por semana y todos los días mandados por la Iglesia. Con más ochenta años se contenta con las salazones servidas a la comunidad. Quieren engañarle cuando llega después de los demás y servirle pescado fresco, pero se informa de lo que se ha dado a todos y, si no se le trata como a ellos, no come. La noche, un poco de pan, una manzana y agua roja constituyen toda su colación. Se abstiene de todo cuando llega un poco tarde de la ciudad; entonces, sin comer, se retira a su habitación, o va a la iglesia a presidir una conferencia espiritual. Es tan duro consigo mismo, que es preciso, para moderarle, hacer intervenir a las autoridades mayores y, ante las súplicas de sus hijos, el cardenal de La Rochefoucauld le ordena cuidar una salud preciosa en la Iglesia.
Después de la comida, los suyos tienen una hora de recreación; él no se la toma nunca. Por último, todos se retiran y pronto San Lázaro se sumerge en el silencio; él solo vela. Sus noches son casi siempre tan laboriosas como sus días. Se ha encontrado, a su vuelta por la noche una multitud de cartas; es por la noche cuando las responde. Le llegan de todos los puntos del reino, de Italia, de Polonia, de Berbería y de Madagascar. Es un obispo, un abad, un director quienes le consultan sobre los asuntos más importantes y más delicados; son grandes señores, grandes damas que le proponen misiones en sus tierras o alguna obra de caridad; es la congregación de Propaganda, la compañía de las Indias las que piden sacerdotes para Asia y para África; es una pobre madre quien le ruega que se interese en un hijo cautivo en Argel, o bien un renegado quien le suplica que le arregle su regreso a la fe; son los nuncios en Francia que quieren tener su parecer sobre las cuestiones que interesan a la Iglesia galicana o incluso la Iglesia universal; son jefes de religiones, superiores de comunidades que reclaman su concurso para la reforma de su orden o de su casa, o bien un religioso, una sencilla novicia quienes le consultan sobre su vocación o cambio de estado; es una multitud de párrocos, de sacerdotes quienes le someten la dificultades de su ministerio o de su conciencia; por fin, y sobre todo es su doble familia de misioneros o de Hijas de la Caridad la que exige sus cuidados de todos los días. Al menor de sus hijos responde con una exactitud que iguala sola su bondad; a todas sus casas escribe regularmente cada semana, y a cada una transmite, aparte de los consejos y de las decisiones, las noticias generales de la Compañía: sus cartas son así una especie de gaceta de la Misión y de su obras.
Con la mayor frecuencia le dan las doce de la noche, y está todavía trabajando. Piensa al fin en tomar algo de reposo. Pero no será sin castigarse por tantas buenas obras, en las que él no descubre más que imperfección
y pecado, con una dura disciplina; por la mañana se había preparado por un penitencia parecida. Un hermano, su vecino, y cuya habitación no está separada de la suya más que por unas planchas, afirma que hace doce años que dura eso. Hay mucho más: se remonta por lo menos a Châtillon, donde sus huéspedes le oyeron con frecuencia entregarse a esta dura gimnástica, donde se le encontró bajo su cabecera, después de su partida, un instrumento de penitencia olvidado. Desde entonces, ni de viaje, ni siquiera en enfermedad, ha dejado de usarlo. Pero eso no deja de ser más que el ejercicio reglado y cotidiano de su mortificación. Se impone penitencias extraordinarias en las desgracias públicas, en las necesidades generales y particulares de su Compañía, y sobre todo cuando se entera de alguna falta cometida en alguna de sus casas. Entonces, comienza por darse la disciplina dos veces por noche durante una semana, para expiar las faltas de los demás, que él se imputo siempre a sí mismo: «Mis pecados, dice, son causa de todo el mal que sucede; ¿no es justo que haga penitencia? » Luego busca el remedio y lo aplica. En todo tiempo, a la disciplina añade el cilicio, los brazaletes, los cinturones de cuero con puntas, que él sustituye a veces por una camisa de penitencia conservada aún, que hace temblar nada más verla.
Por último cae de rodillas para las últimas oraciones y para hacer su preparación cotidiana a la muerte. Descubre la cama, que no es sino un rudo jergón, sin colchón, sin cortinas, y hasta sin sábanas los últimos años de su vida. Por lo menos cuarenta años se ha acostado de esa manera, ya que, con ocasión del viaje de Macon, los Oratorianos que le habían alojado, habiendo entrado una mañana temprano en su habitación, vieron que había quitado el colchón de su cama. Por corresponder a las peticiones de los suyos, acabó por consentir que le pusieran una cortina, pero él continúa acostándose en la paja. Y encima, cómo se culpa por este lujo de cama, esta cama con cortinas. Se puede juzgar también de este lujo hoy, a la vista de estas cortinas preciosamente conservadas, que se parecen a la gruesa sarga que rodea la cama de los más pobres granjeros de nuestros campos.
Muy a menudo, en este lecho miserable, no encuentra ni descanso ni sueño. La fiebre le devora, sus úlceras le torturan, se ahoga en sudores; durante esos largos y crueles insomnios, bendice a Dios, ora o combina sus santas empresas.
Esto es una jornada de san Vicente de Paúl, el tejido uniforme de su vida. Natural que después de una serie de días tan larga, estuviera preparado a comparecer ante Dios, y parece que no tuvo otra cosa que recibir su recompensa. Pero Dios, admirable en sus santos, celoso de su más grande perfección, quería todavía probar a su fiel servidor. Por eso, poco antes de su muerte, le golpeó en los bienes de su comunidad, yen las personas que le eran más queridas.
- Yo me dirigí a Nuestro Señor, decía él en 1621 y le pedí con insistencia que me cambiara este humor seco y desabrido, y me diera un espíritu dulce y benigno. Y, por la gracia de nuestro Señor, con un poco de atención que he puesto en reprimir los borbotones de la naturaleza, he perdido un poco de mi humor negro.»
- Es el original, creemos, de este retrato, o bien, ciertamente, una copia al óleo auténtica, que se conservó hasta la Revolución, en la abadía de Moutier-Saint-Jean, ocupada por el abate de Chandenier, el discípulo tan querido de san Vicente de Paúl y que transportaron más tarde al hospital de esta ciudad, donde hemos hecho tomar una fotografía exacta. –Hemos contado la historia de este retrato según las memorias manuscritas del hermano Du Courneau, conservadas en los archivos de la Misión.
- Carta del 11 de julio de 1645.
- En medio de sus empleos más gloriosos, se le vio a menudo ir a la cocina a lavar la vajilla (Summ., nº 204, p. 243).
- Extraído textualmente de un escrito de la mano de san Vicente de Paúl, entregado por él como regla a una persona de condición.
- Carta a Gaultier, en Richelieu, 26 de abril de 1648.
- Vicente decía y mandaba decir a menudo la santa misa por las almas más olvidadas del purgatorio, recomendando volar en socorro de los pobres más miserables y más desprovistos: devoción que ha dejado como preciosa herencia a sus hijos y que el soberano pontífice Pío IX ha animado abriendo el tesoro de las indulgencias y una asociación a favor de estas pobres almas, dirigida por los sacerdotes de la Misión, y otorgando un privilegio perpetuo a todos los altares de su iglesia para los asociados difuntos.
- Se deseaba con razón en San Lázaro, para guardar la uniformidad, que muchas ceremonias, demasiado poco detalladas, y por otra parte oscuras en el misal, fuesen desarrolladas y explicadas en un Manual especial. Se trabajó en él viviendo todavía san Vicente de Paúl, quien autorizó conferencias sobre esta materia, no sólo con Misioneros, sino con hábiles externos. T como nos pudieron mandar transcribir suficientes copias del Manual para todas las casas, se creyó necesario mandar imprimirlo. Dos ejemplares fueron enviados a cada fundación de la Misión. Almeras los acompañó, en 166, de una memoria sobre las ceremonias, que no contenía nada sobre las fiestas particulares del año, tanto móviles como fijas, y no distinguía los diferentes oficios de los ministros del altar, del celebrante, del diácono, etc. Todo esto se reservó a un segundo tomo que no apareció hasta mucho tiempo después. El primer volumen tuvo una segunda edición en 1670. (Histoire générale de la Ccongrégation de la Mission, mss., archivos de la Misión).
- Summ., p. 285.
- Summ., p. 352..
- Carta a Martin, en Génova, del 28 de julio de 1651.
- Vicente había establecido la costumbre de un examen particular antes de la comida, que hacía seguir de un De profundis por los bienhechores de la Compañía; costumbre que ha sido adoptada por un gran número de comunidades.






