San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Introducción y Prefacio

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1880.
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San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Por el Sr Abate Maynard, Canónigo de Poitiers.
Tercera Edición, enteramente refundida seguida de una tabla cronológica.
París, 1880.

Aviso sobre esta nueva edición.

Esta es una edición nueva de San Vicente de Paúl: la última y definitiva. No revisaré más este libro; no se le revisará ya. Durante más de diez años, no le he perdido un solo día de vista, y no he descuidado nada para llevarlo al punto de perfección de que soy capaz. He corregido escrupulosamente el estilo y mejorado el plan. Este plan, sin embargo, lógico más que cronológico, no le ha cambiado nada de esencial, a pesar de la extrañeza de algunos por su novedad. Le sigo teniendo por el mejor y hasta por el único posible en un tema parecido, y me atrevo a renovar el desafío s comprender y abrazar, siguiendo otro método, una sola fase de la vida, una creación cualquiera de san Vicente de paúl. Me he contentado con aligerarlo y trocearlo, mandando a las notas o a piezas justificativas cierto número de informes y de documentos que lo recargaban y abrumaban: el libro se ha convertido así, sobre todo en público,, de una lectura más fácil y más fluida. Una tabla cronológica, incluida en esta edición, reúne, por otro lado, los hechos ene. orden de los tiempos, y facilita las búsquedas.

Me he entregado de manera especial a enriquecer esta nueva edición con nuevos datos y nuevos documentos. Para rematar el libro titulado Virtudes y doctrina espiritual de san Vicente de Paúl, me había impuesto la ley de releer todas las cartas del santo, todos sus discursos o conferencias, todos los documentos auténticos de su historia, y una cantidad de detalles, que primeramente se me habían escapado, o me habían resultado ininteligibles, particularmente en la correspondencia, me han impresionado esta vez, o se han iluminado con el conocimiento más pleno que yo había adquirido del asunto en su totalidad y sus menores particularidades. Los he recogido con cuidado, sirviéndome de ellos para mejorar ciertos relatos, que se habían quedado incompletos u oscuros.

Además, la llamada que yo había lanzado fue comprendida y los hijos de san Vicente de Paúl, y personas incluso extrañas a su doble familia, han tenido la bondad de comunicarme algunos documentos interesantes.

Y eso es todo. Mies y manojo, en adelante todo queda hecho, y ya no se hallará otra cosa de alguna importancia y valor. Esta es la razón por la que he dicho que no se revisaría más este libro de lo que yo mismo lo he revisado. Será saquearlo, despedazarlo, acuñar la moneda con otra efigie, como se ha hecho ya en Francia y en el extranjero, con una crítica más o menos explícita por toda justificación.

Por lo demás, la crítica en general ha sido buena en este libro. Y lo agradezco. He hecho uso de sus observaciones imparciales, y he dejado a un lado o desdeñado lo que me ha dirigido de inteligente o personal.

Al despedirme de este libro, doy gracias a Dios por permitirme darle la última mano. San Vicente de Paúl  es el honor de mi vida literaria; es mi mejor título para las oraciones de la tierra y las bendiciones del Cielo.

Poitiers, 25 de enero de 1874, día de la Conversión de san Pablo, aniversario del primer sermón de la Misión, en 1617, en Folleville.

Prefacio de la primera edición.

Después de tantas Vidas de san Vicente de Paúl publicadas en todos los formatos y lenguas, perece que no haya ya lugar a reemprender un trabajo parecido. Todo lo demás se puedan multiplicar los compendios, para uso del clero o del pueblo, de las comunidades religiosas o de las asociaciones caritativas; pero una historia voluminosa y completa, ¿para qué más? Y ¿qué decir qua no se haya repetido cien veces, que no esté ya a la vista de todo el mundo, en manos de todos, en todas las memorias?

Notemos en primer lugar que las Vidas de san Vicente de Paúl, Vidas al menos originales, no son tan numerosas como se cree comúnmente. A decir verdad, no ha habido más que dos: la publicada en 1664, con el nombre de Abelly, obispo de Rodez, y la de Mollet, que apareció en 1748.

Todas las demás no son más que reproducciones, de ordinario muy abreviadas, de ésas dos, y no se diferencian más que por el espíritu, el orden y el estilo. Ni uno solo de los numerosos biógrafos  de Vicente de Paúl, anteriores o posteriores a Collet , se ha molestado, ni siquiera se le ha ocurrido hacer investigaciones nuevas y personales: unos han vivido de Abelly, otros de Abelly doblado por Mollet; pero nadie se ha preguntado si existían aún documentos originales para darles mejor empleo que estos dos historiadores o que, desconocidos de ellos, arrojasen nuevas luces sobre la vida del héroe.

Quedan pues Abelly y Mollet, con demasiada frecuencia destrozados para que sea útil en adelante recomenzar por centésima vez con ellos esta dolorosa operación. Más valdría resucitarlos y reproducirlos totalmente. Pero ni uno ni otro, por razón incluso del mérito propio de cada uno responde sólo a la idea que se debe tener de san Vicente de Paúl. Gusta Abelly por su unción, por la puesta en escena continua de su héroe; se estima a Collet por sus investigaciones más exactas y más completas. Pero Abelly es ilegible de principio a fin, y no puede interesar más que por fragmentos. Los lugares comunes con los que traza el exordio de casi todos sus capítulos o que arroja en comentarios a través de sus relatos, rompen, entorpecen su marcha y cansan al lector. Además, no hay orden, ni método, ni estilo. Cuenta primero la vida del Sr. Vicente  de su nacimiento  a su muerte; luego la vuelve a tomar sucesivamente con las obras y las virtudes: tres libros distintos, tres veces la misma historia, en la que todo va en pedazos, se repite, sin que se pueda nunca ver un conjunto.

Pero, otra cosa, Abelly interesa porque representa con ingeniosidad la figura de Vicente, ya que se eclipsa siempre delante de él, le cede todo lo que puede la palabra, y se cree siempre en sus páginas verle y oírle. Y ¿podía ser de otra manera un libro compuesto por sus discípulos e hijos que no querían sino reproducir al maestro y al padre que habían perdido, conservar el recuerdo y la expresión fiel de sus lecciones y de sus ejemplos? Porque se ha de saber que Abelly no hizo más que prestar su nombre a la obra de la que se le ha creído autor hasta nuestros días, servir de padrino a un libro de familia hecho en familia.

Desde 1657, tres años antes de la muerte de Vicente de Paúl, el hermano Ducourneau, secretario del santo durante siete años, había tenido la idea de recoger sus actos y sus palabras. Nadie era más capaz que este testigo, que este oyente de todos los instantes del día y hasta de la noche; pues en los últimos años en particular, no se separaba casi nunca de Vicente de Paúl: por el día, le acompañaba a todas partes en sus recorridos a través de París, en sus viajes; y por la noche, escribía al dictado. Nadie ente todo lo podía hacer con mayor amor y celo religioso que este hijo, este discípulo, este fiel que honraba a Vicente hasta descubrirse hasta descubrirse al pronunciar su nombre, hasta emplear todo su tiempo libre en componer versos en su alabanza.

Con la autorización de sus superiores, el hermano Ducourneau se dispuso pues a recoger en vivo todos los actos y todas las conferencias de Vicente, y compuso con ello con qué llenar dos o tres volúmenes. Proyecto desdichadamente concebido demasiado tarde, demasiado tarde realizado. He ahí por qué los Misioneros son menos ricos en conferencias dirigidas a ellos por su santo fundador que las Hijas de la Caridad quienes, mucho más temprano de hicieron estenógrafas de todos sus discursos1.

Sin embargo, el hermano Ducourneau prestó en eso un servicio inapreciable; a él y sólo a él se debe la conservación de gran cantidad de conferencias que se admirarán en este libro. También, él suplió, en lo posible, después de la muerte de san Vicente de Paúl lo que él no había hecho antes durante su vida. Almeras, segundo superior general de la Misión, habiendo dado, durante varios meses, al santo fundador como tema de las conferencias ordinarias de San Lázaro, el hermano Ducourneau tomaba en ellas con frecuencia la palabra, y su memoria, excitada por el público, recuperaba una cantidad de rasgos y de palabras de los que había sido oyente o el testigo y que consignaba luego en colecciones2.

Tales han sido, con algunas otras memorias de todas partes por orden de Almeras, los principales materiales de la primera Vida de san Vicente de Paúl. Fueron revisados y preparados por los Misioneros mismos, y es Fournier, uno de ellos, quien fue casi su único redactor. Acabado el libro, se le buscó un autor adoptivo, para conformarse a las máximas y a la práctica, dejadas por Vicente a los suyos, de no publicar libros, y el obispo de Rodez, íntimo amigo del santo y de su congregación consintió en darle su nombre y en hacerse el editor responsable3. –Se ve, digamos de paso, con qué razón los Jansenistas acusaron más tarde a Abelly de haber recibido de los jesuitas las memorias sonre las que él podía redactar la Vida de san Vicente de Paúl4.

Se ve sobre todo lo que debe ser un libro así compuesto: libro de familia, repitámoslo, , destinado a los hijos más que al público, libro hoy de edificación más que monumento histórico.

Otro muy distinto es el carácter del libro de Mollet. Tan untuoso, meloso5, es Abelly, en el buen sentido de la palabra, como frío y seco es Mollet, algo así como un gran número de teólogos. Pero él había hecho un gran número de estudios; se había impuesto la ley de seguir en todo los pasos de Vicente y de sus obras; se rodeó de todas las piezas y cartas que habían servido a la composición del libro de Abelly, y de una multitud de otras cartas y documentos recuperados en un espacio de cerca de una siglo; finalmente tenía a su disposición todos los trabajos, todos los debates del proceso de canonización, acabado hacía apenas diez años. Es decir lo suficiente que es más exacto que Abelly, cuyos relatos le era tan fácil controlar; que es más completo sobre todo, habiendo podido añadir a este primer trabajo no sólo la historia de la canonización y del culto de san Vicente, sino un gran número de detalles que el tiempo solo debía revelar.

Su libro está así mejor ordenado que el de Abelly; nos atrevemos a decir mejor escrito, aunque menos anticuado y menos cargado de inutilidades, ya que se preferiría hoy el estilo ingenuo del viejo historiador tan impregnado  del carácter mismo del héroe al estilo más correcto, es verdad, del nuevo, pero al propio tiempo pretencioso y común, enfático y frío.

El principal reproche que merece Collet, -y por ello sobre todo su sequedad y su frialdad, -es de haberse sustituido a san Vicente de Paúl. De Vicente cita palabras y frases; raramente un discurso seguido, una carta completa: lo suple por análisis pesados sostenidos por un gran refuerzo de  penosas conjunciones. Ha analizado hasta la carta sobre la cautividad de Túnez! Y todavía lo que cita, lo dispone, lo corrige, para ponerlo, cree él, en mejor estilo. Pues Mollet, excelente sacerdote, excelente Misionero, tenía todas las pretensiones del escritor, y se le habría sorprendido diciéndole que su Padre, a pesar de todas sus incorrecciones, hablaba y escribía mucho mejor que él, con más agudeza y encanto. Tal era el gusto del tiempo, en el que no se sentía ya el perfume d los viejos días, en los que la regularidad y la fría corrección parecían las cualidades maestras del estilo, en que las ocurrencias y las asperidades, con frecuencia tan impregnadas de fuerza y de gracia debían ser borradas debajo de un llano nivel..

Se ha tratado de unir la ciencia y la exactitud de Collet a la ingenuidad  piadosa de Abelly; y en 1818, apareció una Vida completa de san Vicente de Paúl  en la que el texto del primero servía de trama, y los discursos del segundo de bordado. Era tomar de Abelly su principal ventaja y quitar a Collet su principal defecto; era mejor que uno o el otro, tomados aisladamente; pero estaba lejos de ser aun así el Camino adecuado al papel que ha desempeñado Vicente de Paúl, en el lugar que ocupa en la historia, la Vida en relación con el progreso moderno de los estudios históricos y la idea que se tiene hoy de una monografía.

Con el pretexto de que Abelly había despreciado casi por completo la cronología, Mollet cayó en el extremo contrario, y se apegó servilmente a un orden cronológico que es a menudo un desorden extremo. Sigue a Vicente año por año, lo que le obliga de ordinario a tomar, a dejar, a volver a tomar el mismo relato. Con la sabia lentitud del santo, la concepción y la plena eclosión de una obra duraban casi siempre largos años; pero, en el intervalo, otras obras nacían o seguían su curso.. que se transforme en annales  la biografía de san Vicente de Paúl, y todo se mezclará y confundirá; a cada momento habrá que usar de llamadas, repeticiones, para relacionar el fin con el medio, el medio con el principio, para soldar a distancia las partes disjuntas, troceadas y rotas de una misma narración; y más aún, casi siempre no se tendrá más que fragmentos, nunca un total; rasgos dispersos, no una fisonomía. Que se pruebe, incluso después de una lectura, un estudio atento de Mollet, comprender, abrazar de un vistazo una fase de la vida, una creación cualquiera de san Vicente de Paúl, la Misión p las Hijas de la Caridad, tal establecimiento para la instrucción o el alivio de los pueblos: no se podrá; apenas  se conseguiría yendo a buscar aquí y allá, en cien páginas, a un volumen de distancia, los elementos dispersos de una misma obra, para reconstruirle y formar un todo.

Finalmente Collet, como casi todos los biógrafos hasta nuestros días, ha aislado a su héroe; no ha colocado el retrato en su marco, el cuadro en su medio. De los personajes, de los sucesos contemporáneos, ni rastro; todo lo más una alusión, una mención rápida, cuando de otra forma el relato no tendría ni oportunidad ni sentido.

Pues bien, solamente rodeando a Vicente de Paúl de los hechos y de los personajes contemporáneos, es como se puede trazar una idea de este hombre, el más comprometido que estuvo siempre en todas las clases y todas las cosas de su tiempo; que llegó a todo, a la religión y a la política, a la Iglesia y al Estado; que trató con toda la sociedad francesa, la corte y la ciudad, las ciudades y los campos, con los ricos y con el pobres; que planeó o dirigió todas las empresas caritativas, reformó o dirigió todas las comunidades religiosas, negoció todos los tratados de paz en los desórdenes civiles o teológicos; que abrazó Francia y el mundo con su solicitud..

De todo ello es fácil concluir la necesidad y las condiciones de una nueva Historia de san Vicente de Paúl6.

Para no reproducir, ni siquiera en un mejor plan, en un medio más vasto, en un estilo más legible hoy, la obra de Abelly y de Collet, era necesario, recurriendo sin cesar a ellos como a fuentes originales, cuestionarse si los documentos sobre los que habían trabajado existían aún, en todo o en parte. Se sabía que después de la expoliación de San Lázaro, en 1792, una cantidad de actas de fundación, de memorias, escapadas al pillaje de 1789, habían sido transportados a los Archivos del Estado. Era una primera mina que excavar y explotar. Y, en efecto, hemos encontrado un gran número de documentos, originales o copias auténticas, que nos han informado más completamente de lo que lo habrían hecho las dos biografías de san Vicente de Paúl sobre sus fundaciones fundamentales y sus obras principales.

En segundo lugar, los sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad, a pesar de las violencias y de los robos de que habían sido víctimas, debían haber salvado, con el cuerpo de su Padre, muchas más reliquias de él, cartas o discursos, monumentos o recuerdos contemporáneos; quizás también biografías y escritos de sus primeros discípulos, memorias sobre sus trabajos comunes, en Francia y fuera de Francia, en Europa y en ultramar. En estos archivos de familia, si se pudiera penetrar en ellos, había sin duda mucho que recoger.

Aquí es donde debemos la expresión pública de nuestro agradecimiento al S. Étienne, sucesor de san Vicente de Paúl quien, con una confianza y una generosidad que nada, por nuestra parte, justificaba, nos ha abierto todas las cajas de San Lázaro, sin excepción ni reserva, y nos ha permitido leerlo todo, extraer todo, según las necesidades y las conveniencias de nuestro trabajo. No ha habido secretos para nosotros; y añadamos que no podría haberlo para nadie, ¡hasta tal punto estos archivos respiran la sola gloria de Dios, el solo amor de la salvación y del alivio de los pueblos! ¡Admirable protección de Dios y de san Vicente de Paúl! En dos siglos, ¡nada verdaderamente, ni en los hombres ni en las cosas que, sacado a la luz del día, pudiera hacer subir a la frente del Padre y de los hijos otro rubor que el de la humildad traicionada!

Sentimos que nos haya sido prohibido nombrar a quien más nos ha ayudado en nuestra búsqueda y examen de los documentos; quien, en su familia, sea natural sea religiosa, encuentra tantas razones de decir: Nos filii sanctorum sumus!  Nunca hijo veneró ni amó más a su padre: basta con decir con qué afecto y celo ha llenado la misión que la benevolencia de su superior le había encargado con nosotros, y nos ha puesto los más preciosos documentos a nuestro alcance.

Pues, aparte de los archivos de San Lázaro y de los archivos del Estado, existían varios en otros depósitos públicos; una mayor número todavía había sido dispersado a los cuatro cabos del mundo. Por él hemos hallado algunos de los más importantes; por él también nos hemos puesto en comunicación con las principales fracciones  de la doble familias de san Vicente de Paúl, no sólo en Francia, sino en Inglaterra y en España, en Italia y en Polonia, en el Levante y en América, etc., y de todas artes nos han llegado memorias y castas que nos han ayudado a construir o a esclarecer varios puntos de esta historia. También se debe a las numerosas conferencias del santo que hayamos podido leer también varios millares de estas cartas que dirigía cada semana a todas sus casas para dirigirlas y comunicarles noticias generales de la congregación: especie de gaceta semanal de San Lázaro, en la que cada hecho y cada obra tiene su mención en términos siempre edificantes, con frecuencia admirables.

Hay pocos documentos, creemos nosotros, importantes al menos, que añadir a este relato algunas graves revelaciones o bien para cambiarle algunas grandes líneas que hayan escapado a nuestras pesquisas. Nos habían hablado sin embargo de una correspondencia de san Vicente de Paúl con el padre de Gondi, de la que estaría en posesión una dama salida de esta ilustre familia: no hemos podido hallar el rastro.

En esta ocasión, que nos sea permitido en el interés de nuestro gran tema de hacer una llamada a cuantos tengan en mano alguna carta desconocida e inédita de san Vicente de Paúl. Tras tantas dispersiones y tantas ruinas, antes de otras dispersiones y otras ruinas posibles, ¿no es oportuno recordar las palabras del Evangelio: Colligite fragmenta, ne pereant? Este libro tiende a ser un monumento definitivo al honor de san Vicente de Paúl, a la gloria de la religión de caridad y de la Francia caritativa: que los que pueden aporten su oración. No les hablamos de nuestro agradecimiento, que sería bien poca cosa; sino lo que sería mejor, ellos adquirirían derechos a la protección de san Vicente de Paúl y a las oraciones de sus hijos.

La última fuente en la que hemos bebido, es el proceso de canonización de san Vicente de Paúl y la colección de las cartas testimoniales dirigidas desde todos los puntos del mundo al soberano pontífice, por los reyes y los obispos, por los magistrados de las ciudades y los superiores de órdenes religiosas, con miras a conseguir su elevación a nuestros altares: ocho o diez volúmenes in-folio que, recogidos en una tradición constante y viva, a menudo entre los testigos y los actores, discutidos luego por la crítica y por la fe, formarán siempre los materiales más auténticos y los más sagrados de la historia del santo.

Con la ayuda de todos estos documentos, o nuevos y desconocidos, o antiguos y revelados ya, pero insuficientemente explotados, era fácil extender las proporciones de la historia de san Vicente de Paúl y de abrirle nuevos horizontes. Más rico todavía que Abelly en préstamos hechos a los discursos y a la correspondencia del santo, este libro, en una tercera parte más voluminoso que el de Mollet, encierra en realidad  una vez más materias, gracias a su plan que excluye toda repetición.

Este plan, más bien lógico que cronológico, procede por vastos cuadros y no ya por rasgos dispersos. Desde que san Vicente de Paúl, moldeado e instruido por la Providencia, entró en su papel y puso mano a las grandes obras de su caridad, cada una de estas obras es vista en su origen, incluso en sus antecedentes, pues está seguida en sus desarrollos y en sus progresos, su fecundidad y duración, y por fin es llevada a nuestros días. Puesto que hay dos vidas en los santos: la vida ordinaria y natural, y la vida sobrenatural y póstuma, ésta ordinariamente más bella y más rica que aquélla. Sobre la tierra, siguiendo las palabras del salmo, iban y lloraban expandiendo sus semillas: resucitan en el gozo, llevando sus gavillas en las manos; o más bien, continúan viviendo, sin más que recoger, en la tierra como en el cielo, una mies siempre renaciente e imperecedera. De todos los santos, tal vez ninguno se ha sobrevivido como san Vicente de Paúl, en sus hijos y en sus obras: ¿de cuál de sus ilustres contemporáneos se podría decir otro tanto, incluido, ay, el gran Luis XIV?

De este modo se explica y se justifica una parte del título de este libro: San Vicente de Paúl… sus Obras, su influencia.

Y para hacer resaltar más aún la importancia y la duración vivaz de su acción, no nos hemos achicado ante ninguna

cuestión religiosa y teológica, económica y social que surgía incidentalmente; ante ninguna de las empresas o de las utopías de beneficencia, ensayadas o soñadas según o contra sus ideas; ante ninguno de los renacimientos contemporáneos de tal o cual de sus obras, que tuviera por autores a sus hijos o a extraños, que se hubieran seguido a sabiendas o sufrido sin sospechar la influencia inmortal de este hombre, de donde todo procede en adelante, a quien hay que volver siempre cuando se trata de fundación  u organización de la asistencia pública.

Y, no obstante, en este inmenso recorrido, en esta multiplicidad de puntos de vista, reina, así lo creemos, una verdadera unidad, ya que a lo lejos como cerca, en todos los intervalos de distancia o de duración, no hay verdaderamente, después de Dios, más que un solo héroe y un solo autor: Vicente de Paúl! Es siempre él quien inspira y dirige, cuando no actúa en persona, y todo cuanto se hace después de él no es más que la puesta en práctica de una de sus recomendaciones o de sus ideas, que una especie de ejecución testamentaria confiada por él a sus hijos o al mundo de la caridad.

Así estudiadas en su conjunto y en su permanencia inmortal, así seguidas sin interrupción y abrazadas bajo una misma mirada, las creaciones caritativas de san Vicente de Paúl , congregaciones de Misioneros o de Hijas de la Caridad, cofradías de hombres o de mujeres, seminarios u hospitales, etc.,  toman una proporción que las precedentes historias no dejaban sospechar. Hay mucho inédito en este libro; pero muchas cosas antiguas, presentadas de otra forma, han parecido muy nuevas, aun a aquellos que habían hecho el estudio de ellas en su vida.

No se hallará aquí el libro de las Virtudes, que ocupa un espacio tan grande en todas las obras de esta naturaleza, y que nos ha parecido siempre o una repetición inútil y fatigosa, o asunto de un trabajo especial e independiente. Comprendemos y nos gusta ese libro encantador que se llama el Espíritu de san Francisco de Sales,  libro que pide gracia para todas las novelas insípidas y malas de su autor; pero no lo saborearíamos en una historia completa del santo; ya que entonces, o nos haría retroceder a cada instante para colocarnos en las vías ya recorridas o nos cansaría con evocaciones incesantes, alusiones continuas que dejarían todavía sus relatos y sus enseñanzas incompletos. Un libro de las Virtudes es la flor y el fruto que nacen de forma natural del tallo; es la miel que cada lector quiere recoger y componer por sí mismo en el campo de una vida santa. En esto él no quiere, no necesita que le ayuden: claro que haría falta que una historia de san Vicente de Paúl fuera singularmente hecha para que existiera la obligación de escribir luego, por ejemplo,  dos largos capítulos con el objeto de probar que fue el más humilde y el más caritativo de los hombres7.

Por lo demás, de lo que se había dicho de interesante bajo este título de las Virtudes,  ni discursos, ni palabras, ni hechos, ni anécdotas se ha omitido en este obra; sólo que cada cosa ha sido remitida a su verdadero lugar, y en él encuentra su luz y su alcance. De las cosas como de las palabras es verdad decir que, puestas en su lugar, tienen todo un poder distinto.

Nos quedaba situar a san Vicente de Paúl mismo en su medio, o mejor en su pedestal, en esta primera mitad del siglo XVII, que llenó y que él domina.

En nuestros días se han distinguido dos mitades en el siglo XVII, de las que la primera ha sido preferida a la segunda. Mal fundada bajo el punto de vista literario, a pesar de Corneille y Pascal, esta preferencia es legítima bajo el punto de vista religioso: la primera mitad del siglo XVII es lo que hay de mas hermoso, desde san Luis, en los anales de la Iglesia de Francia; y si la tesis moderna hubiera sido transportada a este terreno, el triunfo le estaba asegurado. Pero no es ahí donde se la ha formulado. Unos la han llevado a la literatura, llena de savia y de juventud en esa época, sin duda, pero no teniendo todavía esa fuerza y esa regla, esa grandeza y esa sencillez, esa originalidad y esa perfección que son los caracteres del espíritu francés; otros la han trasladado a Port-Royal, que precisamente bloqueó el movimiento religioso de esa época, y señala su decadencia con su triunfo; otros finalmente se encerraron en los salones y los tocadores de la galantería, los gabinetes de los príncipes y las cámaras de los parlamentos, los campos de batalla del espíritu, de la intriga o de la política; pintaron con amor a los héroes y heroínas de la Fronda, refirieron todos los sucesos políticos y militares: pero ni unos ni otros dijeron nada o casi nada del espíritu religioso, que es el carácter distintivo del reinado de Luis XIII más todavía que del reinado de Luis XIV. Cuando la Iglesia y el Estado, el clero y la corte, el mundo y el claustro, tenían en común tantas relaciones y se hacían mutuos préstamos, no se puede desunir su historia, y es truncar la historia general de ese tiempo si relegamos la parte religiosa a los libros de piedad.

Con tanta mayor razón, repitámoslo, esta época es, bajo este punto de vista, magnífica. Apenas desembarazada de las guerras de religión y recuperadas sus fuerzas, la Iglesia se repliega sobre sí misma, se reforma y se regenera. En todas partes restablece sus fundaciones viejas y construye de nuevo. ¡Cuántos hombres y mujeres admirables! ¡Cuántas Vidas! Ninguna época fue más rica en esto; se llenaría una biblioteca entera. ¡Cuántos establecimientos y obras, instituciones de piedad y caridad!

Pues bien! el centro y el alma de todo ello es san Vicente de Paúl! Nacido y formado en la pobreza, se ve empujado de un mundo al otro con el fin de conocer sus y experimentar todas sus necesidades y todas sus miserias. Atraviesa todos los rangos de la jerarquía social, y hasta lo que está fuera de toda sociedad, las prisiones y las mazmorras. Está ya en la ciudad ya en los campos; vive sucesivamente y al mismo tiempo, entre los grandes y los pequeños, entre los ricos y entre los pobres, hasta que sea llamado a los consejos de la realeza. La Historia no le ha visto en estos consejos, ejerciendo allí una acción profunda, no sólo religiosa sino política; ella no le ha visto con el correr de los años, curando las heridas de la guerra, levantando las ruinas, salvando por miles y miles las víctimas; no le ha visto, o al menos no lo suficiente, como gran capellán del siglo. Providencia y salvador de Francia, simultáneamente reforma a los pueblos por medio de las Misiones; al clero por los ordenandos, las conferencias, los retiros, los seminarios, la hoja de beneficios; las comunidades de hombres y de mujeres por sus reglamentos y su dirección; los príncipes y los grandes por la caridad enrolándolos en cofradías dedicadas al servicio de los pequeños y de los pobres.

De esta forma fue como todas las clases de la sociedad reciben su impulso, como todo por medio de él se reforma y reflorece, como todo se funda y organiza. Desde entonces, es una santa prodigalidad de la Iglesia. No se decía: Ut quid perditio haec? pues se sabía que las gentes que no hacen nada por ella, que no construyen templos, no levantan apenas hospitales; que la limosna hecha a Dios es el grano sembrado en tierra que produce mies para la pobreza; que vestir a Jesucristo en sus ministros y en sus altares, es pronto vestirlo en los pobres. y, en efecto, al lado de cada iglesia se levanta un hospital, y al mismo tiempo que de edificios religiosos el suelo se cubre de monumentos caritativos.

Ése es san Vicente y su tiempo. Todos los acontecimientos políticos y religiosos en los que se mezcló, todos los principales personajes de la Iglesia y del Estado de los que hizo sus cooperadores y los tesoreros de sus obras, reviven en este libro. Y como todo lo que es verdaderamente grande, ni los actos ni la persona de san Vicente de Paúl se ven aplastados por esta vecindad: al contrario, reciben más brillo y elevación. No es el amor propio del autor, es la opinión de los jueces más competentes y los más interesados, la que no teme decir que san Vicente de Paúl, su papel y su influencia, cobran aquí proporciones hasta entonces desconocidas. Se ha escrito el Siglo de Luis XIV; este libro –con el concurso benévolo de la crítica y las generosas comunicaciones de los poseedores de algunos documentos nuevos- aspira a ser el Siglo de san Vicente de Paúl.

París, 19 de julio de 1860, fiesta de san Vicente de Paúl.

En el tomo III, pp.258-262 hemos citado, según una Revue d’Anjou, una carta probablemente de la señorita Le Gras, que contaba que ella había hecho un viaje a Angers el mes de abril de 1633. Después –demasiado tarde- hemos buscado el original de esta carta, y lo hemos encontrado en Santa Genoveva. No está firmado, la escritura no es de la señorita Le Gras, y algunas fórmulas, como mi Reverendo Padre no le han pertenecido nunca. Pero está bien dirigida a san Vicente de Paúl, y los piadosos ejercicios de viaje de que se da cuenta están de acuerdo con sus prescripciones. Quizás sea una carta dictada por la señorita Le Gras a alguna de sus hijas. De todas las maneras no podríamos darla por auténtica, y dejamos al lector toda la libertad de darle su valor.

  1. Era la hermana Hellol o la hermana Margarita Guérin, segunda superiora de las Hijas de la Caridad, las que escribían cuanto podían de las conferencias de san Vicente; después esta primera redacción, tomada a vuelo, era puesta en limpio, y se recurría, para llenar las lagunas, a la memoria de las demás hermanas.
  2. Vie mss, del hermano Ducourneau, por Pedro Chollier, hermano de la misma congregación (Archives de la Mission).
  3. Hist. générale de la congrégation de la Misión, commençant depuis la mort du B. Vincent de Paul et finissant vers l’année 1720, por el Misionero Claude-Joseph Lacour, 1 vol. in-fol.,mss. (Archives de la Mission).
  4. Para mayor sencillez y concisión, citaremos siempre en el curso de esta historia el libro de 1664 con el nombre de Abelly, pero pidiendo al lector que  recuerde que es la obra de los sacerdotes de la Misión.
  5. «… El blando Abelly… (Boileau, Lutrin, c. IV.)»
  6. Aquí, la iniciativa pertenece al editor que, sobrino del Sr.  Dewailly, primer superior general de la Misión restaurada, sucesivamente alumno y profesor en uno de sus colegios, comprendía mejor que nadie la necesidad y la naturaleza de un libro que, nadie más que él, tal vez, hubiera pensado emprender.
  7. Este libro, por otro lado, nosotros lo hemos hecho después,  en un volumen aparte, con el título de Virtudes y doctrine spirutuelle de saint Vincent de Paul.

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