San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (18 y último)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Iginio GIordani · Translator: A. O. León. · Year of first publication: 1964.
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XVIII: La muerte

La asistencia a los mendigos

Los últimos años de la existencia mortal de Vicente fueron sufrimientos físicos, bajo los cuales el vigoroso organismo del sacerdote campesino se fue doblegando y poco a poco inmovilizándose. No se doblegó ni inmovi­lizó el espíritu, que el amor a Dios hacía cada vez más activo. En torno suyo las obras crecían, alguna desapare­cía; y así sucedía con sus hijos. En 1653 le llegó de Polonia la noticia de la muerte de su Lambert y de An­necy la de su Guérin; y poco a poco, en los años sucesivos, segados por la vejez y más aún por las fatigas y por las enfermedades contraídas sirviendo a la gente pobre, mu­chos de sus primeros compañeros vinieron a faltarle. y sin embargo nunca jamás disminuyó su fervor.

De 1653 es su impulso más decisivo para la solución del viejo problema de la mendicidad.

El fenómeno de la mendicidad era común a la Euro­pa del siglo XVII: el despojo de los conventos y de las iglesias lo había aumentado enormemente en las naciones de la Reforma; las guerras lo habían extendido por to­das las regiones. Los poderes públicos trataban de varias maneras de combatir la mendicidad, favorecida por los desórdenes políticos, por la inercia económica y por la ociosidad de tantos trabajadores. Sólo en París, normal­mente, circulaban de nueve mil a diez mil mendigos, que vivían de limosnas y recursos miserables. María de Medici, el Parlamento y el clero habían intervenido ya para recoger a aquella masa de miserables en almacenes, campos de trabajo y hospicios; pero preferían mendigar más que trabajar. En 1612 se había recurrido a los azotes para castigar a los recalcitrantes: látigo, picota y galeras para los hombres, látigo y cabeza afeitada para las mu­jeres.

En una memoria de 1617 se refiere que en París los hospitales pululaban de pobres, «la mayor parte vo­luntarios y las iglesias y las calles estaban tan rebosantes de soldados, obreros, lacayos, campesinos, hombres y mu­jeres que mendigaban» que no se podía rezar un Pater o entablar una conversación sin ser interrumpidos por mendigos, petulantes y agresivos, que llegaban a las in­jurias y a las blasfemias.

La Guerra de los treinta años primero y la de la Fronda después habían aumentado la plaga, reuniendo sólo en París a cien mil mendigos que se convirtieron en un peligro público, por los delitos que cometían: en el hambre y en el abandono la mendicidad se estaba con­virtiendo en una escuela de criminalidad y de ateísmo.

«París es la esponja de toda Francia», decía san Vi­cente; París absorbía toda la mendicidad del país.

Junto con otras instituciones, también San Lázaro intervino para aliviar aquella plaga, dando comidas, pan y la palabra de Dios. Pero se trataba de un problema económico, social y pedagógico, complejo y se requería al­go más que aquella asistencia fragmentaria. Y también Vicente estudió este problema. Con los medios de que pudo disponer, empezó por preparar un hospicio-labora­torio en la casa llamada «Nombre de Jesús» y, de acuerdo con la Marillac, que por su parte había estudiado el fe­nómeno para hallar sus remedios, y por su prudente con­sejo, introdujo en el hospicio, junto a verdaderos mendi­gos, una serie de obreros, con la tarea de portarse como huéspedes pobres como los otros, pero en realidad con el encargo de enseñar a todos un oficio. Santa Luisa pro­puso especialmente obreros tejedores, zapateros, botone­ros y, entre las mujeres, encajeras, guanteras y costure­ras; y proporcionó los instrumentos para el trabajo. Al frente se puso un Consejo de administración, compuesto de tres miembros: el Superior general de los sacerdotes de la Misión y dos personalidades escogidas por él, que fueron el consejero del rey Desbordes-Gorder y el mer­cader de paños Lobligeois: dos nombres que designaban dos funciones importantes, una en relación con los poderes públicos y otra en relación con los oficios que había que enseñar.

La solución revelaba la sensibilidad y la modernidad de los criterios de los dos santos, que buscaban la solución en el orden productivo más floreciente y prometedor de su tiempo.

La obra empezó en marzo de 1653 y tuvo un resul­tado magnífico: los mendigos no sólo tuvieron comida y alojamiento, sino también oficio y un trabajo, de tal ma­nera que se hicieron productivos y recobraron su digni­dad. Y esto conforme al programa preciso formulado por el Santo, que, financiando el hospicio, había dicho: «Doy este dinero no sólo para aliviar la miseria de los pobres; sino además para que se les instruya y se les enseñe cuanto necesitan para su salvación».

Al año siguiente llegaron la aprobación del arzobis­po y las franquicias del rey, que pidió a los cuarenta al­bergados que rogaran por la tranquilidad del Estado y la prosperidad de los monarcas. Se añadió al hospicio una casa contigua y Vicente iba allá a veces, arrastrándose desde el vecino hospicio de San Lázaro, para enseñar la doctrina cristiana, con aquel método pedagógico suyo de sonriente paciencia y sencillez. Decía: «Mirad, yo empiezo preguntándoos; pero si no sabéis responder no tengáis miedo. Yo os preguntaré si sabéis hacer la señal de la cruz; y, si no sabéis hacerlo, ¡paciencia! No sois voso­tros los únicos. ¡Cuántos habrá, aun en la Corte, y aun presidentes, que no lo saben hacer…!»

E invitaba a uno después de otro a persignarse. Si uno se equivocaba, el anciano maestro, sonriendo, le co­rregía, persignándose él.

Después explicaba el misterio de la Santísima Trini­dad: «Como en el sol hay tres cosas y estas tres cosas no hacen tres soles, así en la Santísima Trinidad hay tres personas y las tres no hacen más que un solo Dios. En el sol, decía, hay tres cosas: el cuerpo del sol, la luz, el calor…».

Mientras tanto se hacía ayudar por un niño, que, sa­biendo el catecismo, intervenía dando respuestas, facilitan­do aun psicológicamente el aprendizaje de los ancianos. E inculcaba el amor al trabajo, que era una de las leccio­nes más urgentes que había que enseñar a una muchedum­bre, destrozada moralmente por la inacción.

«¿Qué más podéis desear? —preguntaba—. Os dan de comer, no como a los presidentes, pero bastante para satisfacer vuestra necesidad. ¡Cuántos pobres hay en París y en otras partes que no tienen la suerte que vosotros te­néis! ¡Cuántos pobres nobles que se sentirían felices si pudieran tener la comida que vosotros tenéis! ¡Cuántos pobres agricultores que trabajan desde la mañana a la noche y no comen tan bien como vosotros! Esto os obli­ga a trabajar manualmente cuanto podáis, según vuestras fuerzas y a no pensar: aunque no haga nada, nada me faltará. ¡Ah!, hijito, guárdate bien de hablar así y di más bien que hay que trabajar por amor a Dios, porque El mismo te da ejemplo, trabajando continuamente por nosotros».

Reeducados en el espíritu, refocilados en el cuerpo, los mendigos recobraban una finalidad para su vida, con un sentimiento de paz, en la que la religión de la caridad, enseñada por Vicente, Luisa, los misioneros y los religio­sos, evocaba una atmósfera de alegría, Entre los refugia­dos, se prefirieron a los parientes de los misioneros y de las hermanas. Tal vez Vicente recordaba el estado de mendicidad de sus hermanos en Pouy.

El éxito de reconstrucción humana fue tal que la du­quesa de Aiguillon y otras damas pidieron a Vicente que ampliara el hospicio y le ofrecieron los medios para ello. Convencido por ellas, fue a ver a la reina para pedirle la Salpetriere, edificios y cercado, para la obra: y lo ob­tuvo. Se opusieron a ello personalidades ultrapotentes, a la., cuales no gustaba que se quisiera combatir la mendi­cidad con las casas de reeducación más que con las casas de detención, El contraste fue tal que se llegó a la funda­ción de un hospital general para los pobres, del que Vicente obtuvo que no se excluyeran indiscriminadamente los mendigos de las provincias. Sin que él hubiera sabido nada, el rey había confiado la asistencia espiritual del hospicio a los misioneros de San Lázaro, conociendo «cuánto había bendecido Dios su trabajo y cuánto fruto habían recogido en la asistencia a los pobres»; pero, por escasez de sujetos, Vicente no pudo aceptar. En compen­sación logró constituir un cuerpo de capellanes, compues­to de eclesiásticos de la Conferencia del martes y de otros centros, bajo la dirección del magnífico párroco parisino, Luis Abelly, que sería su primer y autorizado biógrafo. En la asistencia de las mujeres se empleó a las Hijas de la Caridad. A ellas y a las damas —y al frente de ellas la d’Aiguillón y a la Miramion, sus colaboradoras—, se de­bió en gran parte el que durara la Salpetriere.

Aquel su inculcar el trabajo se derivaba también del hecho que él había sido y seguía siendo esencialmente un trabajador. Para él el medio ordinario de santificación era trabajar. Sobre esto solía recordar la respuesta inva­riable dada siempre por san Antonio a quien le pregun­taba cómo se salvaría: «¡Trabaja!» Y recordaba también a’ aquel campesino del Alvernia, que durante toda su vida no había hecho más que amar y pastorear, y «en aquella actividad se había aplicado a Dios» de tal manera y ha­blaba de él con tal profundidad que ningún teólogo ha­bría podido superarle. Se había instruido oyendo algún sermón y después Dios se le había comunicado copiosa­mente en el trabajo.

Ahora Vicente trataba de llegar al mismo resultado entre los mendigos: y en gran parte lo consiguió.

Galeotes

Las cárceles seguían siendo, en el orden del mal mo­ral, lo que los hospitales en el orden del mal físico: lu­gares donde se miraba más a aislar que a curar: más aún, allí se facilitaba el mal por las contaminaciones, por la falta de higiene y de cuidados, y por la depravación de los carceleros, puestos sobre los detenidos, frecuentemen­te con intenciones de vejación y con cálculos de especu­lación. Una promiscuidad espantosa amontanaba en las celdas y en los dormitorios a hombres y mujeres, jóvenes y viejos, criminales comunes y detenidos políticos o por deudas. La religión no penetraba allí; la compasión es­taba proscrita.

Para una asistencia religiosa se movilizó primera­mente a la Compañía del Santísimo Sacramento, de la que Vicente era miembro; con la asistencia religiosa, llevó ayudas de diversas clases a aquellos lugares de la desesperación y del vicio. Intervinieron también otros espíritus generosos, hombres y mujeres: entre ellos estu­vieron los componentes de varias Confraternidades de la caridad e ilustres Damas de la caridad, sobre todo en la Conciergerie, introdujeron servicios religiosos, llevaron luz a las almas y aseguraron una asistencia sanitaria. San Vicente logró romper aun las resistencias legales opues­tas de la cárcel de la Bastilla, en que estaban detenidos los presos políticos, apartados, con una vigilancia des­piadada, de cualquier clase de comunicación con el exte­rior. Defendió su causa en el Consejo de conciencia y ob­tuvo que un sacerdote de la Conferencia del martes en­trara allí como capellán.

San Vicente, que durante toda su vida había practicado esta obra de misericordia, empezando por los más desgraciados, los galeotes, había puesto expresamente en­tre los deberes de algunas Confraternidades de la cari­dad, —como las de Montmirail y Folleville—, la asisten­cia a los encarcelados. Una cárcel había también dentro del recinto de San Lázaro, donde se metía a los hijos díscolos. En el aceptarlos y retenerlos, el Santo practicó siempre el criterio reeducativo, e impidiendo las viola­ciones de la justicia, pedidas a veces por padres extravia­dos y exaltados, reguló las relaciones siempre con la ca­ridad. En aquella especie de reformatorio acogió aun a sacerdotes vagabundos y mendicantes, enajenados y de­pravados, de varias clases: una cincuentena de «pensio­nados», como los llamaba el anciano sacerdote. Exigía que se los tratara como a los sacerdotes de la Misión y ca­lificaba de «injusticia» toda tentativa de tratarlos dis­tintamente,

Con un trabajo paciente de reeducación, dirigido a curar y no a castigar, la mayor parte de aquellos liberti­nos se enmendaban y eran devueltos a la sociedad ente­ramente transformados. Se decía que en San Lázaro se trataba a los detenidos con tanta amabilidad y orden que se los transformaba en una especie de comunidad reli­giosa: de hecho no pocos salían de allí para entrar en un claustro. Por esto hubo quien dio a san Vicente el título de Refugium peccatorum.

Mientras tanto, seguía llevando y lo conservó hasta el fin de su vida y para desempeñar su misión, el título de capellán de las galeras. Había puesto al servicio de los forzados a las Hijas de la Caridad, encargándolas de su asistencia espiritual y corporal. Suministraban todos los días la comida a los galeotes, por los cuales no dudaban en pedir limosna, les llevaban medicinas y vestidos y los instruían en las prácticas religiosas. Todos los sába­dos les llevaban la ropa interior limpia. Y puesto que a veces se encontraban con temperamentos rebeldes y de mala catadura, frente a ellos levantaron siempre la ba­rrera de la pureza y de la dulzura, según las normas que les había inculcado su padre y maestro; si eran insulta­das, sabían que debían vengarse con el perdón y el ser­vicio, como san Esteban de los que le lapidaron.

Y en este servicio algunas de ellas alcanzaron las cumbres del heroísmo, como Bárbara Angibous. Cuando algún galeote le tiraba a la cara la escudilla con el caldo, cosa que no ocurrió una sola vez, recogía la comida sin decir una palabra y continuaba sirviendo, bajo una ráfa­ga de contumelias, como si no hubiera ocurrido nada. Más aún, se oponía a que los carceleros intervinieran para gol­pear al galeote.

«Ah, hermanas —les decía el Santo—, ¡qué suerte servir a estos pobres forzados, abandonados en manos de personas que no tienen compasión de ellos He visto tra­tar a estos pobrecitos como bestias… Dios ha querido que fueran servidos por sus mismas hijas, porque decir hija de la caridad es lo mismo que decir hija de Dios»1.

La asistencia múltiple

Si hubiera mirado al pasado, Vicente habría podido declararse satisfecho de que otra empresa se hubiera aña­dido a tantas escalonadas a lo largo de los años de su trabajo: las confraternidades de la caridad, las misiones, cer­ca y lejos, los retiros, los seminarios, la asistencia a los for­zados, a los esclavos, a los expósitos, a los enfermos, a los pobres, las visitas a los encarcelados, los cursos de instruc­ción y de catecismo, el cuidado de los prófugos…

Pero Vicente no miraba al pasado: tenía demasiado que hacer. Se consideraba siempre por debajo de su de­ber, siempre en deuda con las criaturas, siempre en esta­do de falta de correspondencia a las gracias que se le da­ban. Y aunque anciano y con las piernas que le pesaban y la espalda que se le encorvaba y la fiebrecilla que le abra­saba casi continuamente, no pensaba más que en servir. La duquesa de Aiguillon, con sensibilidad de mujer, veía que destruía su salud y se descuidaba demasiado, y pedía a Portail que interviniera para poner un límite a aquellos trabajos excesivos. No lograba convencerse de que en San Lázaro se consintiera a un anciano recorrer los campos de misión en los meses de calor sofocante, cuando se conocía el valor que la existencia del fundador tenía para la Com­pañía y para la Iglesia y decía que los superiores de la Misión estaban obligados en conciencia «a ir a relevarle», mientras que por todas partes se murmuraba contra ellos por el «poco cuidado» que tenían de él, como si no cono­cieran «el tesoro que Dios les había concedido y lo gran­de que sería su pérdida».

Esto escribía el 20 de mayo de 1653, casi en respues­ta a una carta del Santo, que se excusaba con ella de no poder tomar parte en una asamblea, porque debía ir a mi­sionar en Sevran. «Me parecería ofender a Dios, no hacer cuanto puedo por la pobre gente de los campos»2.

Pero no solamente se afanaba por la gente de los cam­pos, sino también por la gente de la ciudad. Por el clero, por ejemplo, por los seminarios, por los enfermos y úl­timamente también por los locos.

Como se ha indicado, de la experiencia en los Bons­Enfants y en San Carlos había sacado una desconfianza casi completa de los seminarios de adolescentes, porque veía que los niños, cogidos en una edad en que todavía no estaban en disposición de hacer una elección en su vida, después de algunos estudios, frente a los primeros resulta­dos, con demasiada frecuencia deseaban cambiar de rum­bo y dejaban plantados a maestros y bienhechores.

Por esto había aceptado la dirección de un seminario para clérigos y sacerdotes en Tréguier, en donde habían sido escogidos sus misioneros. Como había reconocido el gran penitenciario, que era también el financiador en aquel siglo, aquellos parecían los sacerdotes que trabaja­ban «con mayor bendición» en la Iglesia.

Y se necesitaban, puesto que entre los eclesiásticos se recrudecía la embriaguez con las consecuencias imagina­bles. Vicente había enseñado a oponer a semejante falta de interioridad de la vida eclesiástica el espíritu de ora­ción, para que a los sacerdotes, decía, «les gustara conver­sar con Dios más que buscar las compañías y para que atendieran a sus deberes en vez de estarse ociosos».

De una manera semejante, en Agen, se había confia­do a los Sacerdotes de la Misión el seminario, hasta en­tonces dirigido por sacerdotes diocesanos. El seminario vivió trampeando por escasez de medios.

Peor anduvieron las cosas en Perigueux, donde el obispo Filiberto Brandon, por sugerencia de Mons. Solmi­nihac, los había llamado, a fines del año 1650. Después de cerca de tres meses, habían sido despedidos. Vicente había tomado la cosa a su estilo; y así había escrito al obispo: «…somos enteramente indignos de prestar servicio a Dios bajo un prelado tan bueno como vos; y si pienso en las razones que la Providencia ha tenido para hacernos pa­sar por tales, no veo otras que mis pecados…»3.

De un modo semejante en 1655 tuvo que escribir al superior del seminario de Agde, cuando se vio obligado a llamarle con los otros sacerdotes de la Misión, por las difi­cultades que abajo se exponen: «Habiendo visto lo que sucede, os pido, señor, que después que hayáis rendido cuenta a los señores vicarios generales y retirado recibo de las cosas recibidas con inventario que pondréis en sus manos, os despidáis cortésmente de ellos, sin una palabra de queja ni demostración de que os alegráis de salir de allí; y pediréis a Dios que bendiga a la ciudad y a toda la diócesis. Sobre todo os pido que no digáis nada desde el púlpito ni demostréis en ninguna parte disgusto. Pediréis la bendición de aquellos señores y haréis que se la pida toda la pequeña familia y la pediréis también para mí, que deseo postrarme con vosotros a sus pies para pedir per­dón de los pecados cometidos en ese lugar»4.

Pero las cosas, por lo menos entonces, se arreglaron.

En 1657, Monsieur Vincent fue invitado a poner or­den en el seminario de Meaux, regido por el clero secular de la ciudad, entre una penuria de medios paralizadora y cuestiones judiciales escandalosas. Todavía un siglo des­pués, en una memoria al Papa, el cardenal de Bissy podía afirmar que la disciplina eclesiástica, destruida en aquella diócesis por una larga serie de guerras, había revivido «gracias a los cuidados y a los esfuerzos de los operarios enviados por Vicente de,Paúl».

Entre estos operarios, se recuerda en primer lugar al sacerdote de la Misión, Brin.

En Saintes, desde el año 1644 los misioneros se ha­bían encargado también del seminario, que no empezó a funcionar hasta el año 1647, por falta, según parece, de vocaciones: la corrosión heretical con el desprecio, fo­mentado por la mayoría protestante, de los sacerdotes, ha­bía creado el vacío espiritual en torno al seminario. Los padres se desdeñaban de mandar a sus hijos a él: los hijos rehuían abrazar un estado de ignominia.

El sacrificio de los misioneros empeñados en destruir la opinión anticatólica de los campesinos y de los arte­sanos, poco a poco consiguió estimular las vocaciones.

En medio de este ímprobo trabajo, ocurrió un episo­dio curioso, que dice la presencia de espíritu y la sereni­dad de juicio de Vicente. En 1656 se le escribió que en ca­sa, se escuchaban de noche rumores misteriosos y se le pre­guntó si no los creía obra de espíritus o duendes. Vicen­te respondió que utilizaran el agua bendita, pero que an­tes averiguaran si aquellos rumores no eran provocados por algún espíritu deseoso de divertirse a su costa o aun de hacerles desalojar el edificio…

Las pesquisas confirmaron el fundamento de las su­posiciones de Vicente.

Como distribuía a sus sacerdotes para roturar el te­rreno por diversos puntos de la viña del Señor, así tam­bién enviaba a sus religiosas a donde podía.

En 1655 se le suplicó que las enviara, como asistentas y enfermeras, al Manicomio, llamado también Hospicio de los tiñosos, atestado de centenares de dementes, ancia­nos y tiñosos: y las mandó.

Tres años después, cediendo a las instancias, a veces apremiantes, de monseñor Alano de Solminihac, envió a un grupo de hermanas para que prestaran sus servicios en un orfanatrofio femenino en Cahors: que era otro campo de asistencia abierto a su caridad. Es notable el criterio pedagógico, introducido allí por la Marillac: tratar a las huérfanas como «hermanitas» asociándolas, desde la ado­lescencia, a una responsabilidad notable y, pacificándolas consigo, elevarlas en la conciencia de su propia dignidad cristiana.

En medio de estas y otras numerosas actividades su­yas, le asaltó otro ataque y de los más virulentos, de su mal en las piernas, con accesos de fiebre. El mes de mar­zo de 1655 lo pasó en la cama o en su habitación; el mes de noviembre sufrió la hinchazón de una pierna, que le obligó a la inmovilidad. Se añadió una artritis en las rodi­llas, por la que le resultaba penoso levantarse y más aún moverse, aun con la ayuda de un bastón. La fiebre empe­zó a consumirle casi diariamente.

Y sin embargo, entre tantos cuidados, estaba el acu­ciante, de toda su vida, de dar una regla definitiva a su Congregación.

Naturaleza y regla de los misioneros

Como no quería que las religiosas se encerraran en conventos, así tampoco quiso que sus sacerdotes fueran re­ligiosos. Por esto dudó durante mucho tiempo antes de introducir los votos, aun comprendiendo el beneficio que de ellos se derivaría en orden a la perseverancia y a la interioridad. En la incertidumbre, algunos de los prime­ros misioneros —una decena— habían hecho votos sim­ples de pobreza, castidad y obediencia, a los que habían añadido el voto de estabilidad: y esto agradaba mucho al Santo, que había sufrido al ver alejarse a algún sacerdote aunque dignísimo. Para salir de esta situación, pensó en un tipo de votos, de los que sólo el Papa y el Superior ge­neral pudieran dispensar, más un quinto voto de obedien­cia a los Ordinarios, con el fin de remover la desconfianza.

Con este fin envió a Roma al señor Lebreton, para que obtuviera semejante facultad, acompañada de un reco­nocimiento explícito del carácter de clérigos seculares.

Durante las negociaciones romanas de Lebreton, Vi­cente, que le seguía con sugerencias prudentes, expresó de varias maneras su preocupación principal: de que, con aquellos votos, sus sacerdotes pudieran ser contados entre los religiosos. Mientras tanto, por su cuenta, trataba con el arzobispo de París; y con él, después de tres años de dis­cusiones y de dudas, llegó a un proyecto, por el que se es­tableció para todo aspirante un bienio de prueba en el seminario; con la obligación de concluir el primer año con un «propósito» de observar durante toda la vida, en el seno de la Congregación, la pobreza, la castidad y la obediencia y terminar el segundo año con la profesión de los tres votos acostumbrados, más el voto de estabilidad: votos simples de los que sólo el Sumo Pontífice o el Su­perior General podrían dispensar, con la cláusula bien clara de que, a pesar de esto, la Compañía seguiría per­teneciendo al clero secular y no pasaría a formar parte del número de las órdenes religiosas.

La ordenanza episcopal que se redactó agradó bas­tante al fundador, porque respondía a su designio, y agra­dó a la mayor parte de sus sacerdotes; los cuales quedaron en libertad de pronunciar o de no pronunciar los votos, dado que la ordenanza se refería únicamente a los futuros candidatos.

Aun así, la ordenanza fue discutida y criticada aun dentro de la Congregación por los que veían en ella un primer paso hacia la constitución de un nuevo cuerpo religioso: y a esta eventualidad se oponían tanto en Ro­ma como en Francia; razón por la cual san Vicente trató de añadir una sanción papal a la ordenanza del arzobispo.

Para esto movilizó al Señor Alméras y también al embajador de Francia, compartiendo el parecer del di­funto comendador de Sillery, según el cual «en Roma con el tiempo y con paciencia se consigue todo»: y de una paciencia de trabajador campesino era rico el Santo, que, después que la acción de Alméras resultó inútil (entre otras cosas también porque Alméras no compartía la opi­nión de Vicente sobre los votos) envió a Roma al señor Berthe. Pero Berthe fue precisamente el superior a quien correspondió hospedar, en la casa de la Misión romana, al cardenal de Retz; y de ahí surgió la cólera de Maz­zarino, que hizo llamarle a Francia. En su lugar san Vicente envió al señor Blatiron.

Festina lente. La táctica de Vicente era la única válida. «Esperemos pacientemente —escribía todavía el 9 de julio de 1655 a Blatiron—, no se puede hacer otra cosa, ya que tenéis a la cabeza de la oposición a tal car­denal y a un cuerpo tan grande (el Oratorio). Esto no impedirá, aunque me arrancaran los ojos, estimarlos y amarlos tiernamente como hacen los hijos con sus padres: putant enim obsequian:, praestare Christo. Ruego y pido a Nuestro Señor que cada uno de nuestra Congregación haga otro tanto… Los Padres jesuitas emplearon más de veinte años… Apresurémonos lentamente en la negocia­ción de una de las cuestiones más grandes que tendrá nun­ca nuestra Congregación»5.

Muerto el papa Inocencio X, el sucesor Alejandro VII, con el breve Ex commissa nobis, con fecha del 12 de septiembre de 1655, confirmó la ordenanza episcopal. ¡Podemos imaginar la alegría del anciano patriarca de San, Lázaro! La conclusión era como la había deseado. Como tuvo que declarar: «Se dice de los religiosos que están en un estado de perfección: nosotros no somos re­ligiosos, pero podemos decir que estamos en un estado de caridad, porque estamos entregados continuamente a la práctica efectiva del amor, o en disposición de estarlo».

La aprobación eclesiástica de la regla de los misio­neros no fue fácil ni pronta, entre otras cosas también porque Vicente no había definido en seguida sobre el papel su estructura; sino que había dejado que se defi­niera por sí misma, a base de la experiencia. Así sólo muy tarde llegó un reglamento. En la enfermedad que le había inmovilizado en el lecho, durante largo tiempo, en 1635, el fundador, ante el pensamiento de la muerte, había notado que lo único que le desagradaba era no haber formulado todavía las reglas de la Congregación de San Lázaro.

Sólo en 1642 había podido presentar a los superiores de la Compañía un esbozo redactado con la ayuda del fiel Portail. El esquema preparado debía recibir la aprobación de las autoridades eclesiásticas, es decir del arzo­bispo de París, Juan Francisco Gondi, Pero Vicente sabía que en la curia arzobispal las cosas iban muy lentas y trató de saltar el obstáculo mandando las reglas directa­mente a Roma. En el fondo, un sentimiento de roma­nidad actuaba en la conciencia católica del Santo, que tanto más advertía el valor de aquel centro de la cristian­dad cuanto más se espesaban en París las presiones para erigir una Iglesia nacional, de hecho, si no de nombre, dependiente del poder político.

Roma, para no suscitar oposiciones, no intervino: había ya demasiados motivos de fracción entre la corte de Francia y la Santa Sede.

No se había obtenido todavía nada ni siquiera en París, el año 1651, cuando Vicente, teniendo en cuenta las experiencias mág recientes, de acuerdo con los diri­gentes de la Compañía, introdujo otras modificaciones en las reglas, en las cuales, cuando se imprimieron, en 1655, introdujo todavía algunos cambios, a base tam­bién de las sugerencias enviadas por sus sacerdotes.

Mientras tanto, en 1654, a Gondi había sucedido el cardenal Retz en la sede de París; y el cardenal Retz, hombre intrigante, que había entrado en conflicto más in­trigante con el cardenal Mazzarino, había huido —como se ha referido— de Francia; con esto había surgido otro motivo para detener los esfuerzos en pro de las aproba­ciones.

De todos modos, al fin, las aprobaciones llegaron, y el 17 de mayo de 1658, el anciano padre de las misiones pudo entregar a sus hermanos en religión conmovidos una copia del librito impreso de las reglas. Los religiosos, uno a uno, fueron a arrodillarse a los pies del anciano, que ahora ya no podía mantenerse de pie y, besando el libro, después la mano que lo entregaba y por último la tierra, recibieron la bendición paternal. Al fin, a rue­gos del vicario asistente, señor Alméras, el Santo, ponién­dose de rodillas con gran trabajo, como un antiguo pa­triarca de ojos radiantes bajo la blanca cabellera, oró al Señor y después bendijo a aquella reunión de hijos, dispuestos en orden de batalla como ejército de salvación.

Luego, en las conferencias que tuvo con sus misione­ros hasta el 9 de diciembre de 1659, antes de meterse en cama definitivamente, no hizo más que explicar e in­culcar la regla, cuyos puntos principales sabía poner de relieve con una sabiduría teologal, pedagógica y pastoral, hecha para enamorar a las almas.

La aprobación pontificia llegó diez años después de la muerte del fundador, con el Breve Ex iniuncto del 2 de julio de 1670, del papa Clemente X.

Las últimas directrices

En la cuaresma, para satisfacer un deseo que le había manifestado Ana de Austria, Vicente hizo que la Confe­rencia del martes tuviera una misión intensiva en Metz, la ciudad fronteriza poblada de hugonotes y de judíos, donde sobre los católicos se sostenía, con el título abusivo de obispo, un hijo natural de Enrique IV, que no estaba ordenado. Dieciséis misioneros se dirigieron a la ciudad, a unirse allí con Bossuet. No fue un viaje fácil, entre otras cosas porque, por razón de las lluvias, como escribía el Santo el 1.° de marzo, en París mismo, en muchas calles se veían pasar más barcas que carrozas. Lo mismo sucedía en Metz, donde diluviaba, según escribía Bossuet a Vi­cente, diciéndole: «No queda más que orar a Dios que abra el camino en medio de las aguas a sus servidores». Los misioneros se repartieron entre las diversas parro­quias: Bossuet se escogió una iglesia modesta, San Juan de la Ciudadela, donde habló a soldados y obreros. Hubo conversiones, entre explosiones de furor de los herejes. Muchedumbre de fieles siguieron los cursos. Las relacio­nes se leyeron hasta a la reina, que experimentó una gran alegría al oírlas. Muy feliz, Vicente. tuvo que doblar el número de misioneros, tan grande se había hecho la pre­sión del pueblo de aquella ciudad.

La misión duró dos meses, durante los cuales, la gente se edificó no sólo de los discursos, sino además de la con­ducta de los misioneros: decían que nunca habían visto cosa semejante, es decir, que nunca habían visto una modestia igual. De aquella misión surgieron una Confe­rencia del martes semejante a la de París y un seminario para la diócesis. Bossuet pidió a san Vicente que uniera aquella conferencia a la de San Lázaro y que fuera él su superior.

Bossuet atribuyó el mérito principal del éxito a san Vicente, como le escribe en una carta y como repe­tiría, algún año después, en una súplica al Papa para pedir la introducción de la causa de su santo amigo y maestro.

En el crudo invierno del año 1658-1659, dentro de los fríos muros de la celda pobre de San Lázaro, se vol­vieron a abrir las antiguas llagas en las piernas, que em­pezaban a gotear un pus fastidioso. Un estado de agota­miento aumentó su gravedad. Reaccionaba más de lo que podía, pues lo que había que hacer era mucho, cada vez más… Y no era fácil dirigir tantas obras y tantas cabezas.

Y sin embargo, de aquel cuerpo en descomposición parecía salir una luz cada vez más viva: casi una juven­tud creciente del alma, cada vez más enderezada hacia la santidad de su obra, concebida como obra de santifi­cación.

«El tercer fin de nuestro pequeño instituto, —ex­plicó todavía el 6 de diciembre de 1658 a los Sacerdotes de la Misión, después de haber dicho que el primero de los fines era la perfección y el segundo la salvación de los pobres— es instruir a los eclesiásticos, no sólo en las ciencias que tienen que saber, sino además en las virtu­des que deben practicar. ¿De qué serviría mostrar unas sín las otras? De nada o casi nada. Es necesaria tanto la capacidad como la bondad de la vida; sin esta, la otra es inútil y peligrosa»6.

Cada vez más prudente, confiaba, como pocos, en la Providencia; no la tentaba, como tampoco admitía acti­tudes quietistas. Providencia en el cielo, prudencia en la tierra.

Todavía en julio de 1659, escribiendo a la superiora del segundo monasterio de la Visitación en París, que quería aventurarse en empresas costosas sin tener las su­mas necesarias, escribe, entre otras cosas: «Reconozco que es lícito esperar algo de la Providencia, pero no hay que tentar a Dios, que habiéndonos dado honestamente con qué empezar y sostener un instituto observando la regla de pobreza religiosa, no quiere que se haga un gasto supérfluo para después ponerse en manos de su Provi­dencia, Ahora no puedo menos de deciros, querida her­mana, que vemos en París muchas comunidades arrui­nadas, no por falta de confianza en Dios, sino por haber hecho construcciones magníficas, que no solamente las han desangrado, sino que además las han obligado a con­traer deudas; y como el espíritu religioso debe confor­marse con Nuestro Señor que quiso practicar una po­breza grandísima sobre la tierra, hasta no tener una pie­dra sobre la que descansar su cabeza, cuanto las personas religiosas se apartan más de él, tanto más sufren por mantenerse, porque Dios no ama las hermosas construc­ciones, tan poco conformes con su profesión. Pero no hay que censurar a las que las tienen si han tenido con qué hacerlas y con qué mantenerse, y yo me guardaría muy bien de impediros hacer lo mismo si las fuerzas presentes fueran tales que os lo permitieran. Pero podríais sucum­bir bajo el peso de una casa tan cara y que exigirá gran­des gastos, porque es vieja y habrá que repararla continua­mente… Qué disgusto sería el vuestro, querida hermana, si, por haber acometido esta empresa, un día vuestra fundación tuviera que declararse en quiebra o vuestro monasterio tuviera que sufrir por ella, por no haber prac­ticado aquel día la santa pobreza a la que os habéis obli­gado por voto, como, gracias a Dios, lo observáis en toda otra cosa!»

En aquel tiempo (1659) la Congregación de la Pro­paganda confirmó los nuevos criterios de evangelización en armonía con los elementos nacionales y morales de las civilizaciones asiáticas, ilustrados, en Francia, entre otros, por el padre de Rhodes, en Instrucciones, con las cuales la Sagrada Congregación, remitiéndose a normas dadas desde el principio, es decir desde el año 1623, cuando había exhortado a no poner el Evangelio como antítesis de cuanto fuera indio o chino o de cualquier modo indígena, enseñaba a los Vicarios Apostólicos y a los misioneros a no europeizar los usos locales y a valorizar las virtudes naturales de los indígenas.

Aunque enfermo, Vicente participaba, por lo me­nos con sus deseos y con sus ayudas, en esta cruzada mi­sionera; y decía a sus hermanos en religión: «Viejo y caduco como soy, no debo cansarme de estar en dispo­sición de ir a las Indias y ganar allí almas para Dios, aun­que tuviera que morir por el camino».

Cansado e inmovilizado en el lecho, con un ojo que también echaba pus, siguió teniendo cuidado de todas las obras y de todos los misioneros y hermanas. Las car­tas que dictó desde el lecho conservan una vivacidad sor­prendente, con el vigor acostumbrado de su voluntad y la audacia de su acción. El 6 de agosto de 1659, por ejemplo, escribiendo al hermano Juan Parre, en Saint-Quentin, sobre la miseria de la Champaña y de la Piccardía, le ex­hortaba a trabajar en la reconstrucción, reuniendo semi­llas e instrumentos para el laboreo de los campos y ruecas para hilar y lana para las amas de casa, con el fin de que trabajando los más pobres pudieran poco a poco rehacer­se. Y le exhortaba a que se ocupara de los trabajos para techar de nuevo las iglesias destechadas y derruidas, por lo menos en la parte que cubre el altar, «para poder decir allí misa con un poco de decencia»7.

—¡Animo! —Lleno de confianza en Dios, se sostenía con las resistencias de una voluntad de acero. Y se necesitaban, porque, con las noticias buenas, llegaban también otras malas y que preocupaban, pero que por otra parte no tenían poder para turbarle, ¡hasta tal punto su espí­ritu se había instalado en el Omnipotente!

Por ejemplo, las noticias de Roma.

En Roma, donde desde el año 1642 se había empeza­do a dar cursos de ejercicios para los clérigos que se pre­paraban a recibir la sagrada ordenación, con los fondos de la incansable duquesa de Aiguillon, en 1659 el papa mis­mo, Alejandro VII, había pedido al Vicario que prescri­biera a todos los ordenandos pasar diez días por los ejer­cicios en la casa de la Misión; y personalmente quiso siempre informarse de la marcha de dichos ejercicios. De los resultados estuvo tan contento que expresó su satisfac­ción por ello en consistorio.

En los retiros sucesivos, entre los ordenandos se mez­claron también cardenales, prelados y obispos. Entre éstos, el obispo de Plasencia, que, edificado, quiso introducir la práctica en su diócesis, en España.

Frente a estos éxitos y al favor mostrado por el Papa y por cardenales, brotaron envidias: y algunos miembros de una orden religiosa de renombre —los jesuitas— se al armaron.

Informado de ello por el superior de Roma, Jolly, san Vicente, próximo a su muerte (estamos en junio de 1660), habló de ello, como de costumbre, en una conferencia a los suyos en su habitación. Dijo que según la sabidu­ría del mundo, debería exponer sus quejas a esos señores; pero que, según la sabiduría de Cristo, debía conducirse’ de otra manera. «Si escuchamos a Jesucristo, no diremos nada ni a esa Compañía, ni a sus amigos, ni a los nues­tros, y no sólo no haremos nada contra ella, sino que nos pondremos de su parte, la alabaremos y nos sentiremos di­chosos de que otros la alaben; y la serviremos…»8.

Inculcaba esta conducta de paz, tolerancia y amabili­dad respecto de los acatólicos, que él había observado en su larga carrera. Cuando un sacerdote suyo, Felipe .Patte, en el invierno de 1659, a punto de zarpar para Madagas­car, le preguntó cómo tendría que portarse con los pasaje­ros herejes, le resumió las normas acostumbradas de es­ta manera: «Estad muy atentos a evitar toda discusión e invectiva contra ellos; mostraos paciente y afable con ellos, aun cuando arremetan contra vos o contra vuestras creencias y vuestras prácticas. La virtud es tan hermosa y tan amable que se verán obligados a amarla en vos, si vos la practicáis bien. Es de desear que, en los servicios que prestéis a Dios en el barco (con el ejercicio de la cirujía), no tengáis acepción de personas y no hagáis visiblemente diferencia entre católicos y hugonotes, para que éstos aprendan que los amáis en Dios»9.

La muerte de un santo

Un hombre dinámico, como san Vicente, inmoviliza­do en una celda, parece un prodigio de paciencia: quien le contemplaba podía entender el contraste entre el espi­ritu lanzado a la acción y el cuerpo sujeto a una yacija: y entender la virtud del Santo que aceptaba, con agrade­cimiento, aquella condición de «pobre esqueleto» como se definía a sí mismo.

Toda Francia y muchas almas fuera de Francia se apenaron por su enfermedad; las hermanas de la Visi­tación y del Carmelo, socorridos y bienhechores, obispos, religiosos y laicos, oraron por su salud.

Como era natural, los que más sufrían por ella eran los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la caridad, y a su cabeza la Marillac, que no cesaba de enviarle jarabes, caldos, tés, pomadas y vendas, y la siempre vigilante du­quesa de Aiguillon, que multiplicaba sus recursos sin fin; mientras el obispo de Cahors le mandaba doscientas píl­doras, el Papa le dispensaba del rezo del oficio y los car­denales Durazzo, Bagni y Ludovisi le rodeaban de aten­ciones.

Pero el 15 de marzo moría la Marillac: y fue como si se hubiera adelantado a anunciar la llegada de su maes­tro, padre y hermano. «Vos marcháis antes —le había dicho Vicente—, pero yo os alcanzaré pronto».

Luisa había sido la criatura que había estado más cer­ca de él, su más preciosa colaboradora. Su muerte, lejos, sin que él la hubiera podido asistir, era la señal más do­lorosa, y sin embargo también la más dichosa de la inmi­nente del término terreno de su propia existencia: un es­tímulo más para unirse aún más con Dios y prepararse al juicio supremo. Debían morir el mismo año, después de haber desarrollado la mayor parte de su obra en una cola­boración casi diaria: él como sacerdote y hermano; ella como virgen y madre, que, habiéndole confiado su alma, le había seguido con una fidelidad, humildad y afecto fi­lial y al mismo tiempo maternal, que había sido la más pura proyección del amor del Hombre-Dios. La suya había sido pura amistad cristiana: la que ve en la persona ami­ga la imagen de Jesús y cultiva en ella el aumento de la gracia y de la verdad y al mismo tiempo la salud física, como medio para hacer el bien. Se habían fundido en el amor a los pobres por amor a Dios, Vicente la había he­cho crecer, día a día, en su mismo ideal, arrancándola de los temores y de los escrúpulos —»de las inclinaciones malignas»— de su juventud, educándola en una «santa indiferencia», en la alegría y en la sencillez. Se puede de­cir que durante años se aplicó a hacer de ella una herma­na de la caridad, «enteramente sencilla y enteramente humilde», trasladándola de los pensamientos del mundo al pensamiento de Dios: «a ser fiel a su fiel amante, Nuestro Señor»10. Y durante años, reprendiéndola dul­cemente de que se diera a la asistencia de los pobres has­ta hacerse «suicida», le había ordenado «procurarse la santa alegría del corazón con todas las diversiones posi­bles»: que era una pedagogía directamente opuesta a la de los jansenistas, llevados a la murria. «Adiós, querida hi­ja —le escribía los primeros años—, manteneos muy ale­gre… Impedid a vuestro corazón murmurar contra el mío por el hecho de que me marcho sin hablaros…»

«Estad alegre, mademoiselle, en la disposición de querer todo lo que Dios quiere. Y puesto que su volun­tad es que nos mantengamos siempre en la santa alegría de su amor, mantengámonos en ella, unidos a ella en es­te mundo inseparablemente, para ser un día una sola cosa en él, en el amor del cual yo soy, mademoiselle, vuestro humilde y obediente servidor, Vincent Depaul»11.

Paso a paso había seguido la evolución de su espíritu, librándola de escrúpulos y fortaleciendo su voluntad; o mejor, disponiéndola a conformarse totalmente con la voluntad de Dios, hasta el punto de hacer de ella una copla de María, (ecce antilla Domini): y Nuestra Señora fue amada de entrambos como virgen, esposa, madre y viuda.

Su amistad, pues, era el amor de Dios entre ellos: un hacerse uno en él.

Con este espíritu de amor y alegría, que brotaba de la aceptación de la voluntad divina, a través de una plas­mación continua, verbal y epistolar (se nos han conservado unas 400 cartas suyas a la Marillac), atendió a sustraerla del gusto por las penitencias refinadas —cilicios, cade­nas, ayunos y abstenciones de la misma Eucaristía– pa­ra formarla en una práctica de moderación, en la sereni­dad…

Una amistad luminosa y tersa, realmente angélica, En cierta ocasión le había escrito: «He recibido tres cartas vuestras en ésta semana, lo que me produce un consue­lo que sólo podría expresarle Dios, el único que me lo puede dar; pero este consuelo experimenta aquí y allí in­tervalos por lo que me decís sobre el estado de vuestra sa­lud». Y la había invitado a proveerse de una litera para volver de Angers a París12.

«Dios sabe —le decía— lo que soy para vos y lo que vos sois para mí».

«Os pido que tengáis cuidado de vuestra salud, que ya no es vuestra, pues la habéis destinado a Dios; y mi corazón realmente no es mi corazón y así el vuestro, en el de Nuestro Señor, que deseo sea el objeto de nuestro úni­co amor»13.

Y Luisa le pagaba en la misma moneda conjurándole, a la vez que le enviaba pan reciente, confituras y fruta, a que tratara a su cuerpo como al de hombre pobre.

Cuando ella se preocupaba demasiado de la suerte del hijito Miguel, y al mismo tiempo temía estar fuera de la voluntad de Dios ocupándose tanto del niño, él la arranca­ba de aquella turbación, con un lenguaje que, de una ma­nera insólita, se hacía severo, aunque permaneciendo siempre amoroso. «Es más hijo de Dios que vuestro… Vos pensáis demasiado en vos misma»14.

Otra vez le había dicho: «i Oh, ciertamente, Nuestro Señor ha hecho muy bien en no tomaros por madre suya, desde el momento en que no creéis hallar la voluntad de Dios en los cuidados maternales que El reclama para vues­tro hijo! O quizás pensáis que esto os impedirá hacer la voluntad de Dios en otras cosas, como si la voluntad de Dios pudiera oponerse a la voluntad (le Dios. Honrad, pues, la tranquilidad de la Santísima Virgen en un caso semejante»15.

Otra vez, insistiendo sobre este motivo, le había es­crito: «El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo: él reinará en vos si vuestro corazón está en paz»16.

Quizás, avivando en su memoria todas aquellas fases de la lejana juventud y madurez, ahora que Luisa descan­saba en paz sin turbaciones, Vicente meditaba sobre aque­lla muerte gloriosa.

Ahora ya Luisa no intervendría para sugerirle comi­das, medicinas, sangrías…; y él ya no intervendría para recomendarle que se abstuviera de hacer algo. Tal vez se acordó de cuando le escribió: «No hay razón ninguna pa­ra que hagáis inmediatamente el pequeño retiro. Primero curaos y después veremos. Haced el jubileo; pero no ayunéis: estáis enferma»17.

Cuántas veces le había recomendado las lecciones y el método de Francisco de Sales, primer maestro de ella: «Dios es amor y quiere que se proceda por amor».

Y ahora, muerta ella, próximo él a morir, volvía a pensar en las dramáticas vicisitudes, a través de las cuales su unión en Dios había suscitado tantas obras y salvado tantas almas: y daba gracias al Señor por el don que le había hecho poniendo a su lado a Luisa.

Ahora estaba ya solo, es decir, aún más unido con Dios: la primera familia, en buena parte, había pasado ya a Dios y con frecuencia por haberle servido casi hasta el martirio.

No buscaba alivios para su mal, pero seguía las pres­cripciones del médico, hechas de purgantes, sangrías y sudores copiosos, por lo que en pleno verano estaba en su celda asfixiante con tres mantas de lana y con dos bote­llas de agua caliente bajo las mantas: remedios todos que con frecuencia aumentaban sus congojas y lo agotaban. El hermano Alejandro Veronne, su enfermero devoto e incansable, le veía sucumbir al sueño, debido al agota­miento, en pleno día, aun delante de personas de respeto. Y sin embargo, tenía el valor de anunciar que, fuera de las «pobres piernas», que no le dejaban ni dormir ni andar ni estar de pie, «por lo demás» estaba «bastante bien».

Desde principios del año 1658 ya no había podido moverse de casa: sólo bajaba con gran trabajo para decir la Misa y presidir las reuniones de las hermanas y de los sacerdotes. A finales del año 1659 ya no pudo ni siquiera bajar a la iglesia: tuvo que contentarse con celebrar en la capillita de la enfermería. Después, como el mal se agravó hasta el punto de que las úlceras goteaban pus que caía hasta el pavimento, con inmenso dolor suyo, no pudo ya ni siquiera decir la Misa y tuvo que contentarse con arrastrar­se con las muletas hasta la capillita.

Sintiendo que se le acercaba el fin, con aquella sere­nidad que le venía de haber puesto sus cosas en manos de Jesús y de María y de la costumbre adquirida desde hacía cerca de dieciocho años de prepararse diariamente a la muerte, empezó a despedirse de los superiores y amigos.

Al cardenal de Retz, arzobispo de París, escribió pi­diéndole «humildemente» perdón de cualquier disgusto —miserable como era—, que le hubiera podido dar aun inconscientemente, ahora que se sentía próximo «al jui­cio de Dios»; y le recomendó a aquella «su pequeña Com­pañía de la Misión» que Su Eminencia —así es como decía la carta—, había «fundado, sostenido y favorecido».

Sentimientos semejantes expresó al padre Gondi.

Después el mal se agravó hasta el punto de que ya no pudo abandonar su estancia, donde se instaló un altar. El estómago rehusaba todo alimento, las piernas se pudrían con una purulencia dolorosa, bajo cuyas punzadas a veces gemía: «¡Ah! ¡Salvador mío! ¡Mi buen Salvador!» No le oyeron dar otra queja. Y a quien le pedía noticias so­bre el transcurso de la enfermedad, respondía: «Nuestro Señor padeció mucho más que yo»; o también: «esto es nada en comparación con lo que mis pecados me han me­recido».

En el sufrimiento físico, consumaba el último estadio de su conformación con Cristo.

Aun así, reducido, casi paralizado, con mente lúcida, con celo incansable, siguió hasta lo último desempeñando, en cuanto podía, su cargo de director general.

Todavía el 3 y el 24 de julio recibió a las hermanas, para tener con ellas dos conferencias sobre las virtudes de su madre que ya había muerto. Le parecía una deuda que no sufría dilación: y hablar de aquella criatura era volver a sacar fuerzas del Amor eterno, como para revi­vir la juventud al borde de la agonía. Las recibió todavía el 27 de agosto; también habló, ordenada y agudamente, a los sacerdotes y a las damas de la caridad. Así su ha­bitación donde se deshacía —donde moría poco a poco, a medida que su gangrena progresaba—, era capilla y es­cuela.

En septiembre fue el desenlace. El 18 la debilidad lle­gó a tal grado que espontáneamente renunció a la Comu­nión. El 25, después del sopor ordinario del mediodía, a quien le preguntó la razón, explicó: «Es el hermano que va a esperar a la hermana».

Y sin embargo diez días antes de morir, todavía ter­minó algunas negociaciones difíciles con el obstinado ar­zobispo de Narbonne, Mons. Francisco Fouquet, que que­ría cinco misioneros vicencianos en su diócesis, para el se­minario, las misiones y una parroquia. Para no ser descor­tés con su insistencia, Vicente aceptó, pidiéndole única­mente que les librara de la responsabilidad de párrocos y que continuaran dependiendo los sacerdotes de su supe­rior.

Inmovilizado sobre un diván o en el lecho, su pala­bra era: —¡Trabajemos!

Tres días antes de la muerte decía todavía esto a los suyos: «¡Trabajemos, trabajemos! Vayamos a asis­tir a los pobres del campo que nos esperan».

Evidentemente su pensamiento se esforzaba por lle­gar a todos los puntos de la cristiandad, a todas las casas de trabajo apostólico esparcidas ahora por el mundo: vein­tiséis casas de la Misión con 426 sacerdotes y 196 herma­nos; quince seminarios dirigidos por ellos; sus hijos esta­ban ya en Francia, Italia, Polonia, Irlanda, Escocia, Ber­bería y Madagascar.

Y después las Confraternidades de la caridad; las Damas de la caridad del Hotel-Dieu; las Hijas de la cari­dad; los Retiros a los ordenandos; las Conferencias del martes; los Retiros espirituales para todos; la Pequeñas escuelas. Y a su alrededor todas las obras de asistencia pa­ra forzados, mendigos, enfermos, esclavos, expósitos, en­carcelados, prófugos, mujeres en peligro o perdidas, ex­tranjeros, analfabetos… Cuánto había que hacer! Cuán­to había que trabajar…! Le parecía que perdía tiempo, así, en morir…

El domingo 26 se hizo llevar a la capilla y oyó la Misa, bajo el peso de aquella somnolencia que cada vez le acercaba más a la muerte. Y recibió a duras penas, por última vez, al Señor en la Eucaristía.

Vuelto a su habitación el torpor le postró. Sacudi­do con fuerza, a duras penas pudo dar, iluminándose con una última sonrisa, la última bendición a todos los herma­nos en religión, presentes y ausentes. Por la tarde muchos de ellos volvieron a la habitación y asistieron a la admi­nistracción de la Extrema Unción. Fue un momento de gran emoción: a duras penas los presentes podían ocultar sus lágrimas, mientras el señor Dehorgny hacía las pregun­tas rituales al moribundo, que respondía: —Sí.

Cuando se le preguntó: ¿Pedís perdón a todos? ­Respondió—: Nadie jamás… —y no pudo seguir adelante: pero todos comprendieron lo que quería decir: —Na­die jamás me ofendió.

A una pregunta semejante, Richelieu, en el lecho de muerte, había respondido: —No he tenido enemigos, fue­ra de los enemigos del Estado.

Después acompañó, como pudo, esforzándose, con amor y compunción, el rezo de las oraciones del rito, res­pondiendo: amen, al final de las fórmulas de la unción sagrada. Al final de la ceremonia su rostro se iluminó y sus ojos buscaron, como para saludarlos una vez más, los rostros de los hermanos. Y cuando éstos le pidieron por última vez la bendición, murmuró: —No me toca a mí… —y dejó caer su cabeza sobre la barbilla.

A las nueve de la noche, susurró: —¡Dios os bendi­ga! —Después, mientras los presentes oraban, especial­mente a las invocaciones del Miserere, le oyeron bisbisear algunas sílabas, como para asociarse a su oración. Más tar­de murmuró: Jesús; y por sugerencia de ellos, repitió: —Deus, in, adiutoriurn ineum, intende. —Y después: —Propitius esto.

Pocos minutos después de la medianoche, el hermano Survire le llamó fuertemente: —¡Señor! —El anciano le miró dulcemente y musitó: —¿Qué, hermano? —Dijo ¡gracias!, a Maillard, que se retiraba para celebrar la Misa; y bendijo, levantando la mano, una a una, a todas las instituciones para él tan queridas: a las conferencias de los eclesiásticos, a las Damas de la caridad, a los expó­sitos, a los pobres, a los bienhechores…

Respondió todavía a las oraciones: Credo… Spero… Confido…, besando el Crucifijo.

Poco antes de las cuatro, una palidez térrea se di­fundió sobre su rostro, mientras sus labios bisbiseaban todavía: —Deus in adiutorium mean intencie… ¡Jesús! Después de un cuarto de hora expiró.

Expiró sobre la sillita junto al fuego, sin esfuerzos, con una belleza trashumana sobre su rostro.

Era el 27 de septiembre de 1660: había tocado los ochenta años.

La noticia fatal de su muerte conmovió a la cristian­dad y, ante todo a Francia, como una desgracia irrepara­ble. Hacía años que se le consideraba como un santo, co mo un taumaturgo, como un testimonio vivo de la vitali­dad del Evangelio: como un apóstol de Cristo de una altura inmensa.

La humildad de la «pequeña compañía», herencia que él dejaba a la familia multiforme, y los acontecimien­tos históricos impidieron una rápida canonización. Esta fue pedida por obispos como Bossuet, Fénelon, Fléchier, el cardenal de Noailles… Fue inscrito entre los beatos el 13 de agosto de 1724, entre los santos el 16 de junio de 1737. Y se convirtió en símbolo y patrono de familias innumerables de apóstoles de la caridad y como tal, la Iglesia, por boca de León XIII, en 1883, le proclamó pa­trono particular de todas las asociaciones de caridad.

Y su actualidad es mayor que nunca, puesto que se ha hecho más evidente que nunca la verdad de que sólo el servicio al hermano, en el espíritu de Cristo, nos puede sacar de este cenagal de miseria amasado con sangre.

Fin.

  1. t. X, p. 645.
  2. t. IV, pp. 586-587
  3. t. IV, p 166.
  4. t. V, P. 325.
  5. t. V, pp. 395-396.
  6. t. XII, p. 83.
  7. t. VIII, p. 73.
  8. t. XIII, pp. 175-176
  9. t. VIII, p. 183.
  10. t. I, p. 30 (carta de octubre 1627).
  11. t. I, p. 39 (carta del 9 febrero 1628).
  12. t. IT, p 1 (carta del 11 enero 1640).
  13. t. I, pp. 556 y 170.
  14. t. I, pp, 301-302 (carta del 1635).
  15. t. I, p. 111 (carta de mayo 1631).
  16. t. I, p. 144 (carta del 1631).
  17. t. 1, p. 350 (septiembre 1636).

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