San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (14)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Iginio GIordani · Translator: A. O. León. · Year of first publication: 1964.
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XIV: En la furia de la Fronda (1648-1653)

De Paúl y Mazzarino

Con un respiro universal de alivio, los pueblos supie­ron que, después de decenios de carnicería y de vanas gestiones, al fin se había hecho la paz. Fue la paz de West­folia, firmada el 24 de octubre de 1648, con la que se puso fin a aquella larga y desastrosa competición, de la que Europa salía desangrada. Políticamente Francia lograba la hegemonía ambicionada contra los Habsburgo: pero ¡a qué precio! A precio de las últimas libertades políticas arrancadas y de la economía popular arruinada.

La paz significó el fraccionamiento definitivo de Ale­mania en centenares de pequeños estados discordes; la detención de la invocada obra de reunificación religio­sa; el sello del despotismo espiritual y político con que, remachando los principios de la paz de Augusta, se esta­blecía que la religión de un pueblo debía ser la del se­ñor de su país («cuius regio eius religio»); la ulterior vivisección de la cristiandad, con una ulterior dilapidación de bienes y títulos eclesiásticos y una merma más grave de la libertad humana.

Además, por lo que implicaba, la paz de Westfalia, si puso término a los conflictos internacionales no termi­nó con los conflictos en el interior: más aún los desenca­denó. En Francia victoriosa y en Inglaterra insular se iniciaron entonces graves convulsiones, que parecieron sa­cudir los regímenes desde sus cimientos.

En Francia la reacción tomó por blanco a Mazzarino: a él se atribuyeron las mayores responsabilidades de la subversión en curso, después que el cardenal había llega­do a ser —como se decía— «poderoso como Dios Padre al principio del mundo». No amado por la corte, aun­que protegido por Ana de Austria, detestado por los no­bles, era odiado por las masas populares, porque era ex­tranjero y porque era un déspota. Empezó a circular to­da una literatura injuriosa y burlesca: las Mazarinades, como se llamaron. Gondi, que, al decir del noble Molé, «mezclaba con los óleos sagrados la pólvora del cañón», excitaba a las turbas, esperando ocupar el puesto de Maz­zarino.

Precisamente aquel año entre los chismes y las de­nigraciones, se pronunció también el nombre de Vicente, susurrándose que, para regular las relaciones entre Ana de Austria, viuda, y el cardenal su primer ministro, Vicente los había unido secretamente en matrimonio. La patraña se prolongaría durante siglos. Pero era una calumnia. Vi­cente, a quien habló de ella su secretario, el hermano Ro­bineau, la desmintió resueltamente, como diabólica. La verdad era que Mazzarino no amaba a Vicente: encarna­ban los dos extremos de la concepción moral y civil: uno rapaz, mundano, insidioso; el otro caritativo, espiritual, sincero. Y aunque la reina se apoyó en el poderoso car­denal, no cesó —por lo menos del todo— de apoyarse es­piritualmente en el bondadoso sacerdote.

La antítesis entre los dos hombres, si nacía de bases morales, se había hecho más fuerte por el hecho de que muchos franceses enemigos de Mazzarino esperaban ver­se libres de su presencia, que juzgaban nefasta, mediante el contraste de Vicente, director espiritual de la reina y miembro influyente del Consejo de conciencia.

La nobleza difundía entre el pueblo francés la aver­sión a Mazzarino, porque además de ser un extranjero, había sucedido al cardenal Richelieu, su protector, pa­ra continuar una tradición de gobierno interpuesto entre la corona y la aristocracia. Se abría el último episodio entre el feudalismo aristocrático y el despotismo monár­quico, en Francia, como en otras partes: y Mazzarino apa­recía a los nobles el primer instrumento de aquella con­centración de poderes que había tragado y unificado los privilegios feudales. El cardenal no estaba hecho para hacerse amar de los franceses. Abrucés, de Pescina, había abrazado la carrera eclesiástica por fines de carrera: sin vocación y, según parece, sin ordenación. Habiendo entrado al servicio de Francia, es decir de Richelieu, en 1639, había logrado el capelo cardenalicio, en 1640, a petición de Luis XIII, y dos años después había sucedido a su protector.

No tenía la amplitud de miras de éste; era más bien insinuante e intrigante, enemigo de los «devotos», conven­cido de tener contra sí a los religiosos. Su verdadero dios fue su Yo, a quien adoraba y enjoyaba, con ornamentos y perfumes, sobre su pedestal de oro acumulado avara­mente. Se había hecho asignar como encomienda el obispado de Metz y con él, 29 entre abadías y prioratos, de los que sacaba unos diez millones de francos en oro al año. Con esta riqueza pagaba su fastuosidad, uno de cuyos nú­meros más sorprendentes era el cortejo personal, com­puesto de 72 mulas, 12 caballos, carruajes vistosos, entre ellos 11 carrozas arrastradas por seis caballos cada una y una arrastrada por 8 caballos; y además 50 caballeros, 21 pajes y una servidumbre vestida con brocados pla­queados de oro macizo.

Podemos imaginarnos qué efecto debería producir, al término de una guerra que había sumido a Francia en el hambre más negra, aquel espectáculo de lujo y osten­ il tación tan provocadores, aun en el sentimiento moral y religioso. Por fortuna de la Iglesia, frente a aquella os­tentación, se erguía la pobreza de Vicente de Paúl. Mazza­rino fue un producto y un motivo de la decadencia de las costumbres y del mismo concepto de la política en Fran­cia. Su ideal fue elevar el poder del rey, como medio para elevar el poder personal. Sin decirlo fue un discípulo de Maquiavelo, y no paró en medios para llegar a poner la monarquía de Francia sobre todos los poderes de la cris­tiandad, empezando por el poder eclesiástico. Por eso educó al futuro rey en el culto del propio poder y, pro­pugnando el estado laico, se opuso a toda influencia ultra­montana. «Omnia quae voluit, potuit», afirmó de él Guy Patin.

La síntesis con Vicente estaba, pues, en las cosas, an­tes que en las almas: y estalló con la explosión de la Fron­da.

La Fronda (del francés Fronde) designa la guerra civil que hubo en Francia, entre los años 1648 y 1653; al principio se manifestó en forma caótica, como rebelión de los franceses, después de las angustias de la guerra, contra el poder de Mazzarino y como rebelión de los no­bles contra el absolutismo del monarca. En una primera época la rebelión brotó de los parlamentos, pero después, desde 1650, fue fomentada sobre todo por la aristocracia. Fue guerra civil y desencadenó la furia de una soldadesca asalariada que, llegando de las experiencias del conflicto europeo, cayó sobre las provincias destruyendo los restos de la larga depredación y asesinando a cualquiera, como azote de Dios. La corte huyó de París y se atrincheró en el castillo de Saint-Germain-en-Laye; y la ciudad fue presa de soldados, fugitivos y hambrientos.

Frente al espectáculo de aquella ruina, en que el asesinato y el hambre se veían agudizados por el rigor del invierno sin leña, recogiendo los gritos de piedad de miles de criaturas, Vicente decidió presentarse a la sobe­rana y representarle el estado de las cosas, hecho de sa­queos, robos, ocio forzado y hambre. «i Miseria sobre mi­seria! —escribía desde Port-Royal la famosa Madre An­gélica—. La guerra es un azote horrible. Es un milagro que no hayamos muerto todos, bestias y cristianos… Da lástima ver este pobre país». El pueblo enfurecido atri­buía aquel cataclismo a Mazzarino.

En aquella laceración de los ánimos, entre las sospe­chas y los peligros, san Vicente, para calmar los espíritus y volverlos a la paz, con riesgo personal, se dirigió, de noche, en compañía del hermano Ducournau, el 14 de enero a Saint-Germain, donde estaba la corte. Admitido a presencia de la reina, en una conversación intensa de una hora, expuso el único remedio invocado por todos: el alejamiento «por algún tiempo» de Mazzarino.

Salió de allí y se dirigió a verse con el mismo Mazzarino, a quien repitió, con su caridad e insistencia acos­tumbradas, la invitación a que se retirara: «Ceded —le di­jo— a la desgracia de los tiempos; arrojaos al mar para que se calme la tempestad».

Palabras de cristiano a cristiano, más aún de hombre a hombre; pero el cardenal no veía la miseria del pueblo: veía los intereses personales.

«Me marcharé, Padre —le respondió—, si el señor Le Tellier es de vuestro parecer».

Le Tellier era un ministro de Estado, del que más tarde san Vicente haría el elogio, llamándole una de las personas de bien que él había conocido1. No se sabe cómo transcurrió su conversación con Mazzarino: el hecho fue que éste no se retiró. Y se comprende por qué.

El paso dado por Vicente era indicio del valor del anciano, pues darlo significaba hacerse sospechoso tanto al parlamento como a la corte, y en todo caso enemistarse con la reina y con su ministro, cada vez más unidos en­tre sí.

«El ministerio de la reconciliación»

Aunque frecuentaba la corte y aunque tenía relacio­nes con el gobierno, Vicente siempre se atuvo, con ló­gica y coherencia, a la distinción evangélica: «Dad al César…»; y, si no escatimó nunca su respeto a la autori­ridad civil, reconociendo su fundación altísima en servicio del bien público, no permitió nunca que los suyos se en­trometieran en pleitos políticos, en asuntos de partido y de personas de gobierno; y, por su cuenta, supo ejercer su alta misión en el Consejo de conciencia y junto a los mis­mos soberanos, sin apartarse nunca de sus deberes ecle­siásticos, Lo hacía por convicción, por conciencia del de­ber y al mismo tiempo porque tenía ante sus ojos la ex­periencia de las ruinas provocadas por las intromisiones. Si esta vez intervino, lo hizo, no por política, sino por caridad; para salvar la paz y ahorrar al pueblo otros horrores de guerra civil.

Y sin embargo no lo logró. El maquiavelismo político de un Mazzarino se reía de los ideales religiosos de un Paúl. Este no volvió de San Germán a París. Se dirigió, en el corazón del invierno y con los riesgos de la guerra civil, a visitar a sus comunidades de Villepreux, Cohors, Marsella y otros centros. A donde quiera que fue no es­tuvo ocioso: predicó, confesó, organizó, tuvo lecciones de catecismo, aun en cabañas, aun en la hostería. En un paraje estuvo a punto de ahogarse al atravesar a caballo una corriente de agua; en otro le amenazaron con un pistoletazo; en otro le colmaron de honores. En todas partes dio ánimo y fe a los misioneros y a las religiosas. Mientras tanto llegaba a su conocimiento que algunas propiedades de la comunidad eran desvalijadas por los soldados, cosa que hacía más difícil la obra de asistencia a los pobres.

Víctima de un acceso de su «calenturilla» –la fie­bre terciana— en Richelieu, vio llegar a toda prisa al hermano Alejandro, enfermero de San Lázaro, enviado por el señor Lambert. Al verle, el Santo tuvo un movimien­to de desagrado: ¿qué necesidad había de hacer venir a un enfermero de París por tan poca cosa? Pero inmediata­mente se arrepintió y se arrodilló para pedir perdón al buen hermano. Como si esto no bastara, llegó también la carroza de dos caballos de la duquesa de Aiguillon. La buena señora no cesaba de vigilar la salud de Vicente, pareciéndole que él la descuidaba demasiado, mientras su existencia era tan preciosa para la Iglesia y para el pueblo. De mala gana Vicente subió a la carroza, para vol­ver a París, donde le llamaba la reina. Tan pronto como llegó a San Lázaro devolvió los caballos a su dueña. Pero ella los rechazó; y durante un mes luchó contra el señor Vicente que no se acomodaba a subir a un vehículo de lujo, arrastrado por dos corceles. «Las piernas —le de­cía— se hinchan y se debilitan con la edad. Tal vez no está lejos el día en que ya no podréis andar a pie ni mon­tar a caballo».

La duquesa venció, pero sólo porque hizo llegar al santo sacerdote una orden formal de la reina y del ar­zobispo para que usara la carroza. El Santo se vengó, dan­do al vehículo el título de «mi infamia» y «mi vergüenza» y usándolo para trasportar a enfermos y pobres.

Y el número de los pobres y de los enfermos, con las convulsiones frondistas, en París había crecido desmen­suradamente: «y es esto —decía el Santo— mi peso y mi dolor».

Sobrevinieron ásperas luchas, sin ahorro de golpes, entre Condé y Mazzarino, que, obligado a huir de París a Alemania, volvió de allí con un ejército. Desórdenes graves estallaron en la capital durante los cuales un día Vicente, detenido por un grupo de facinerosos, fue obli­gado a bajar de su carroza y detenido, entre insultos y amenazas de muerte. Pero aun esta vez su candor y su cortesía le salvaron. También San Lázaro sufrió incur­siones, por lo que tuvo que proveerse de guardias armados; hasta tal punto las mentes desvariaban y ya nadie entendía nada.

Los príncipes, entre ellos el duque de Orleans y el inquieto Condé, se hicieron dueños de la metrópoli, en medio de la enemiga de los ciudadanos, qúe no prometían sino nuevas calamidades. Como de costumbre Vicente qui­so ejercer «el ministerio de la reconciliación», al que le llevaba su vocación; y aunque le repugnaba ocuparse de política, se aplicó a reconciliar la nobleza con la corte, por la paz del pueblo. No lo logró principalmente por la oposición de Mazzarino que temía que la concordia se restableciera en perjuicio propio. Y entonces Vicente recurrió al papa, Inocencio X, como a padre, a quien no podía menos de llegar al corazón la tragedia de tantos hi­jos suyos. Y le escribió: «Santísimo Padre, lleno de con­fianza en la bondad paternal con que acoge y escucha a los más pequeños entre sus hijos, me atrevo a exponer a su Paternidad el estado lamentable y ciertamente digní­simo de compasión de nuestra Francia. La casa real dis­corde en sus miembros; los pueblos divididos en faccio­nes; las ciudades y las provincias afligidas por la guerra civil; los pueblos, las aldeas y los barrios aterrorizados, arruinados e incendiados; los agricultores imposibilitados de recoger lo que han sembrado, ya no siembran para los años siguientes. Los soldados se abandonan impunemente a todos los excesos. Los pueblos están expuestos, por su parte, no sólo a las rapiñas y pillaje, sino también a los delitos y a toda clase de torturas. Los habitantes del campo, que no mueren pasados a cuchillo, casi todos mue­ren de hambre; los sacerdotes, a quienes los soldados no perdonan más que a los que no lo son, son tratados inhumana y cruelmente, torturados y muertos. Las vírgenes deshonradas, las religiosas mismas expuestas a su libertinaje y a su furor, los templos profanados, despoja­dos o destruidos; las iglesias que quedan en pie son aban­donadas en su mayor parte por los pastores, de tal manera que los pueblos están casi privados de sacramentos, de Misa y de todo otro socorro espiritual. Finalmente, algo horrible para pensarlo y mucho más para decirlo, el Augustísimo Sacramento del Cuerpo del Salvador es tra­tado, aun entre los católicos, de la manera más indigna; ya que, para apoderarse de los vasos sagrados, tiran por tierra y pisotean la Santísima Eucaristía. ¿Y qué no ha­rán los herejes que no tienen fe en estos misterios? No me atrevo, ni puedo expresarlo. No basta oír o leer cosas semejantes; es preciso haberlas visto.

«No ignoro que Vuestra Santidad puede acusarme con todo derecho de gran temeridad: atreverme, yo, simple privado sin nombre, a exponer estos males a la cabeza y al padre común de los cristianos, tan precisamente y ampliamente informado de los asuntos de todas las na­ciones, sobre todo de las naciones cristianas. Pero, os con­juro Señor, que no os irritéis, si os hablo. Hablaré a mi Señor, aunque yo no sea más que ceniza y polvo. Efecti­vamente no queda otro remedio, Santísimo Padre, a nues­tros males fuera del que puede venirnos de la solicitud paternal, del afecto y de la autoridad de Vuestra Santidad. No ignoro que ella está grandemente afligida por nuestras miserias y que ya ha intentado muchas veces sofocar es­tas guerras civiles, aun en su origen; que, a este fin, ha enviado cartas pontificias, que ha ordenado al Ilustrísimo y Reverendísimo Nuncio Apostólico que intervenga efi­cazmente en su nombre; lo que él ha hecho, lo sé muy bien, con celo de apóstol; y, en cuanto estaba de su parte, ha trabajado admirablemente, aunque inútilmente, hasta el día de hoy, en servicio de Dios y de Vuestra Santidad. Pero, Santísimo Padre, doce son las horas del día y lo que una vez no resultó puede resultar si se ensaya de nuevo.

«¿Por qué insistir ahora? El brazo del Señor no se ha cortado, y yo creo firmemente que Dios ha reservado a los ciudadanos y a la solicitud del Pastor de su Iglesia universal la gloria de obtenemos, al fin, el descanso des­pués del trabajo, la alegría después de tantos males, la paz después de la guerra; devolver la unión a la familia real, tan profundamente dividida, restaurar a los pueblos oprimidos por la larga guerra, restituir la vida a los pobres abatidos y casi muertos de hambre, venir en ayuda de los campos enteramente desvastados, de las provincias arrui­nadas; reconstruir los templos destruidos, restituir la se­guridad a las vírgenes, devolver a sus iglesias a los sacer­dotes y pastores de las almas, resucitarnos, finalmente, a todos a la vida»2.

Esta era la crisis mortífera tan vivamente descrita por el Santo porque la había vivido dolorosamente. ¿Có­mo solucionarla?

La solución se buscó, una vez más, en el proyecto de alejamiento de Mazzarino, como medio para una re­conciliación general, facilitada por una amnistía concedi­da a todos los complicados en la sedición de la Fronda. Aquellos días de negociaciones, Vicente intervino para disuadir a los gobernantes de toda veleidad de venganza, viendo en las represalias, a la luz de los acontecimientos de la misma Francia, un modo funesto de restaurar el orden. A través de una distensión gradual de los ánimos —razonaba—, con el tiempo, aun Mazzarino podría gozar del favor del pueblo francés.

Esta era la política que sugería Vicente en una carta. Como era una política racional, sencilla y sincera desa­gradó al poderoso ministro, que no perdonó a Vicente aquella intervención.

Pero al fin el joven rey, Luis XIV volvió a París, en­tre las aclamaciones del pueblo cansado de la anarquía y de las prepotencias frondistas; Mazzarino, por precau­ción, se alejó. París volvió trabajosamente a vivir, tra­tando con todos sus esfuerzos de superar la crisis de des­composición administrativa y económica, que, con cien mil mendicantes por las calles, había rozado la muerte. En aquel esfuerzo, por el hambre y el descuido, sobrevi­no una epidemia que, dentro del recinto de la ciudad, abatió a no menos de diez mil personas al mes; mientras fuera del recinto, los estragos de la enfermedad se acre­centaban con saqueos, sacrilegios, asesinatos y con todas las locuras de la guerra civil. Parece como que sobre las regiones francesas se precipitaran las miserias elaboradas en treinta y cinco años de conflictos y de anarquía. Los misioneros de Vicente recorrieron los campos sembrados por todas partes de cadáveres en putrefacción y de carroña de caballos, muertos, en medio de los cuales, se movían los supervivientes, como sombras espectrales.

Después de haber tratado arriba y abajo de poner un poco de orden, Vicente no pudo oponer a aquellos horrores más que penitencia y oración; y todo el día, como Moisés, tenía levantados sus brazos suplicantes al cielo; y mandaba a los suyos que hicieran lo mismo. Cuando por la mañana, al fin de la oración, en el rezo de las letanías del Santo Nombre de Jesús, llegaba a las pa­labras: Jesu, Deus pacis, su voz tomaba un acento más grave, y conmovido repetía la invocación para dar más fuerza a la oración, Y mientras tanto, como podía, redu­ciendo su comida y la de los suyos al mínimo, socorría a multitud de miserables, Como de ordinario, el instru­mento de su caridad fueron las Damas, las Hijas de la Caridad y los Sacerdotes de la Misión. Estos, desde San Lázaro, distribuían personalmente miles de comidas; las Hijas de la Caridad, desde su casa madre, quitaban el hambre diariamente a 1500 pobres vergonzantes y a 800 refugiados y, sólo en la parroquia de San Pablo, daban de comer a 5000 hambrientos y cuidaban de 60 a 80 en­fermos.

Lo mismo hacían por todas partes las otras religio­sas y las demás mujeres de las confraternidades de la ca­ridad.

Y con las comidas, las misiones a los prófugos y la asistencia a los sacerdotes refugiados, a las religiosas ex­pulsadas de los monasterios y a las jóvenes expuestas a los peligros, Para ellas Vicente abrió casas que, mientras las educaban y reeducaban les proporcionaban trabajo. En esa asistencia colaboró eficazmente la Compañía del Santísimo Sacramento, de la que era miembro Vicente; mientras en otros campos toda la Iglesia movilizada lla­maba al pueblo a las obras de misericordia. bajo la guía heroica de párrocos y seglares, y de los religiosos de ór­denes antiguas y nuevas. Por prodigarse entre hambrientos y apestados no pocos misioneros cayeron enfermos y al­guno murió; las cajas de San Lázaro se vaciaron; las Damas de la caridad se sacrificaron hasta el límite extre­mo, las religiosas fueron las heroínas de la tragedia, Una de ellas, por nombre María Josefina, moribunda por los trabajos excesivos, fue requerida por un enfermo para una sangría, lo hizo y murió en el esfuerzo. «A esta bue­na hijita —comentó san Vicente, al enterarse de la noti­cia por Etampes—, se la puede llamar mártir de la ca­ridad.

Como si el cúmulo de miserias no fuera suficiente, en aquel tenebroso 1652, sobre la capital se abatió una inun­dación del Sena, que llenó de agua y fango las calles de numerosos barrios. También en este sector intervino Vi­cente confiando una embarcación a hermanos coadjuto­res para que llevaran socorros.

La asistencia universal

Mientras tanto Vicente organizó una asistencia seme­jante a la practicada en Lorena, en otras regiones domi­nadas también por la mortandad, por la carestía y por la peste: como Artois, donde socorrió a no menos de vein­ticinco ciudades e innumerables pueblos y aldeas; como en Picardía y en la Champaña donde más se dejaron sen­tir los horrores de la Fronda.

Para asistir a aquellas poblaciones pobres, Vicente se valió, entre otras cosas, de las relaciones (Relations) de sus misioneros, pero reunidas con mayor cuidado por el culto Berniéres, jansenista de Port-Royal y, más que ma­nuscritas, impresas en miles de ejemplares.

San Vicente periodista! Publicó una especie de pe­riódico, que le permitió dar a conocer —y hacer que to­maran parte— en las miserias de algunas zonas de Fran­cia todos los franceses.

Las Damas de la caridad fueron sus diligentes distri­buidoras.

En cuanto a la colaboración de un jansenista, se ha discutido mucho. Teniendo que hacer una obra de cari­dad, Vicente no dudó en valerse de la aportación de un espíritu religioso y, aunque infectado de herejía, honra­do: por su medio aun los jansenistas ofrecieron sumas considerables.

En estos años la acción de las Hijas y de las Damas de la caridad, así como la de los misioneros, fue particular­mente onerosa —y heroica—, puesto que con el transcurso de los años las limosnas disminuían y las necesidades au­mentaban. En aquella desolación, san Vicente, como pa­dre del pueblo, sobre la base de su pobreza, no cesaba de excitar los ánimos y de excogitar recursos: sus interven­ciones parecieron a aquellas gentes intervenciones de un ángel: literalmente dio para vivir —para sobrevivir— a miles de personas abandonadas y desesperadas.

Los regidores de Rethel reconocieron que los dona­tivos de las Damas de la caridad «habían substraído al sepulcro a infinidad de miserables».

Una de las empresas de socorro fue la institución de las comidas populares, para la que los misioneros encon­traron el concurso de mujeres piadosas. Y mientras ali­mentaban a los hambrientos, procuraron su vuelta al tra­bajo, para lo que suministraron útiles y simientes: y Vi­cente tenía gran empeño en esta reanudación del trabajo. Mientras tanto cuidaban de la limpieza de las calles y de las casas y de la higiene de los cuerpos, para detener el contagio; sepultaban los cadáveres; y asistían a los enfer­mos. Entre ellos, numerosos, miles de niños huérfanos, abandonados dentro de casas, que permanecían cerradas, porque ya nadie se preocupaba de abrir la puerta. Cuidaban también de la reanudación del culto en las iglesias, las más de ellas despojadas y destechadas, prove­yendo al clero de víveres, de sotanas y ornamentos.

Mientras el Santo levantaba así a las víctimas de la guerra, no descuidaba a los soldados que habían quedado heridos o enfermos; y, respondiendo a una llamada de la reina, envió Hijas de la caridad a numerosos hospitales, desde Sedan a Chalons, desde París a Calais. «Son la edi­ficación de toda la ciudad», reconocía su Padre, tan parco en alabanzas.

Entre los prófugos, como se ha indicado, hay que po­ner muchos irlandeses, arrojados de su patria por la persecución de Cromwell. Vicente acudió con limosnas en su ayuda: tenía compasión particular de ellos, sabiendo que eran víctimas y casi mártires de la fe. Sobre todo asis­tió a sus sacerdotes que mendigaban y trató de solucionar sus problemas, ayudándoles hasta a estudiar en las univer­sidades, si querían. Para esta obra encontró incompren­siones con abandonos dolorosos, de los cuales se echó la culpa a sí mismo, sacando de ello motivo para redoblar su caridad con cuantos se habían mostrado más ingratos.

Mientras atendía a estas obras apremiantes de mise­ricordia, Vicente tenía puestos sus ojos en todas sus fun­daciones y, en cuanto podía, suscitaba otras, para servir al Cuerpo místico en todas sus necesidades. Así siguió ocupándose de los seminarios, convencido cada vez más de que sólo de ellos podía salir un clero nuevo, para la nueva sociedad.

Su «brazo derecho», el señor Portail, logró, en 1648, fundar un seminario en Marsella, ciudad en que los sa’- cerdotes de la misión atendían sobre todo a la asistencia de los forzados de las galeras y de los esclavos de Berbe­ría, aunque sin descuidar el apostolado de los campos y los retiros espirituales para ordenandos y para no orde­nandos. Después de San Lázaro y la casa de Roma, aquel era el centro más importante: casa de unión entre Fran­cia y los países de ultramar, que más tarde sería dirigida por un sacerdote inteligente, activo y sencillo: el señor Get.

Misiones cerca y lejos

El señor Vicente, achacoso como estaba físicamente, siguió incansablemente promoviendo misiones, en cuanto las obras de asistencia lo permitían y poniendo orden en sus formaciones.

En cuanto a las misiones de ultramar, Vicente había visto con gran alegría una floración estupenda. Ante su expansión, al Papa le había parecido útil instituir en Ro­ma una Congregación especial para dirigirles: la Congre­gación de Propaganda (1622), encargada de promover y regular la evangelización de las tierras abiertas reciente­mente a la colonización, además de las adquiridas en par­te en las naciones de Europa. La acción de Roma era tanto más urgente cuanto las conquistas de Holanda e Inglate­rra, protestantes, amenazaban más con substraer a la Iglesia católica zonas inmensas. En 1650 Vicente propuso al papa Inocencio X la institución de un clero indígena para Asia oriental, bajo la dirección de doce obispos. Con aquella propuesta recogía la idea del jesuita P. Roberto Nobili, gran misionero de la India que se había quedado casi ciego y próximo a la muerte (1656); y había sido la idea de su precursor animoso, el P. Mateo Ricci, muerto en 1610, después de haber aplicado en China aquella inte­ligencia de las costumbres y de las ideas que los primeros Padres de la Iglesia habían aplicado a la civilización de Grecia y de Roma.

La sensibilidad siempre aguda de Vicente, solicitada por las relaciones de sus mismos misioneros, se manifestó también en aquellas circunstancias; pues fue de los pri­meros que tomaron parte en el esfuerzo por animar aque­llas misiones lejanas; y su firma se encuentra junto a la de eclesiásticos y seglares y autorizados en la petición diri­gida, en 1653, a la Propaganda, para enviar dos o tres obispos a Tonquín y a la Cochinchina. El nuncio de París, Nicolás Bagni, propuso los nombres de Pallu, de Laval y Pique. Portugal se opuso: reivindicaba los derechos de nombramiento episcopal y, según la política de la época, manejaba las misiones como instrumento de expansión colonial. Las monarquías católicas, lo mismo que las pro­testantes, sobreponiendo al ministerio religioso el cálcu­lo político, sembraban las semillas de la reacción indis­criminada de aquellas poblaciones contra colonizadores y misioneros.

La propuesta, precisamente por las interferencias po­líticas, no tuvo acogida en Roma, aunque Vicente, con los ofrecimientos de la duquesa y otras damas de la caridad, se declara dispuesto a financiar toda la empresa.

Se buscaron otras soluciones Pallu fue enviado a ne­gociar en Roma, donde se hospedó en casa de los Sacerdo­tes de la Misión. Allí se juntó con él otro sacerdote, que tenía vocación de misionero, Pedro Lambert de la Motte, aconsejado ya en San Lázaro por Vicente. El resultado fue que la Propaganda halló una salida, enviando prelados de nuevo cuño: los vicarios apostólicos, representantes del Papa, nombrados directamente por él, sin pasar por los gabinetes de las potencias coloniales; y escogió precisa­mente a Pallu y Lambert. Estos, enviados como vicarios apostólicos a China, recibieron el título de obispo in par­tibus.

Para sostener la empresa, en París surgió la Sociedad de las misiones extranjeras, con el aliento y la ayuda con­creta de san Vicente.

  1. t. V, p. 89 (marzo 1654).
  2. t. IV, p. 455,

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