San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (02)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Iginio GIordani · Traductor: A. O. León. · Año publicación original: 1964.
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II. Vicente en París (1608-1611)

El encuentro con de Bérulle

Vicente fue conducido a Roma.

Justamente se ha observado que, si en la esclavitud había encontrado la libertad, en el trabajo servil había descubierto aquella piedra filosofal, que es la caridad, que todo lo convierte en oro.

Pero la liberación había sido y seguía siendo tra­bajosa: los peligros se habían cambiado.

En Roma, el Vicelegado continuó cultivando en Vi­cente proyectos de carrera ; pero Vicente, más aún que la primera vez, fue sensible a las sugestiones religiosas de la ciudad santa : y recibió una impresión duradera de la acción apostólica del papa Clemente VIII, cuya san­tidad era reconocida aún por los herejes : hombre de Dios, que humedecía con sus lágrimas la Escala Santa, cuando, contrito, la subía de rodillas. El santo no olvi­dará jamás el rostro ascético de aquel Pontífice, cuyas palabras invocaba como sello de la virtud de la obedien­cia religiosa. El papa Aldobrandini, en efecto, había asimilado el espíritu de su director espiritual, san Felipe Neri.

Vicente de Paúl, en cierto modo asimiló su piedad y rectitud, ahondando aquel corte con el mundo que la esclavitud había realizado. Roma completó la obra libe­radora de Berbería.

En la capital del cristianismo donde, como para ex­presar el ímpetu del renacimiento religioso y de la auto­ridad papal, promovidos por el Concilio tridentino, es­taban brotando monumentos de arte, con la exuberancia del barroco, deslumbrante en fuentes, pinturas, cúpulas y columnas, con el honor tributado por pintores, arquitec­tos y escultores a Jesús, contemplado en la Encarnación, y a María, vista como Madre, y a los santos, considerados como héroes, se preparaba el poder y fuerza de Bernini para completar, con la columnata monumental, la basí­lica de San Pedro, expresión del resurgimiento del Pa­pado, que Lutero se había ilusionado sepultar.

Durante todo un año Vicente recorrió las iglesias, los oficios y la periferia de la Ciudad, haciéndose amar en todas partes, porque en todas partes se presentaba con su rostro abierto y sonriente y con su carácter sen­cillo y servicial y, además, con los inventos fascinantes de la medicina espagirista y de la mecánica, aprendidos en Túnez.

Durante su permanencia junto a la Curia aprendió, lo necesaria que es la prudencia en el trato para des­pachar asuntos eclesiásticos, un poco de italiano y algu­nos conocimientos sobre Italia.

A finales del año 1608 volvió a Francia y apuntó a París.

París podía significar la carrera eclesiástica segura, siendo el centro principal de la distribución de los benefi­cios eclesiásticos para Francia. Y Vicente fue a vivir en un barrio central, Saint-Germain-des-Prés, contentándose con repartir una modesta habitación con un paisano suyo, el juez de paz, Sore.

Pero en vez de cortejar a personajes distinguidos, se acercó a de Bérulle.

El haber buscado la amistad y la dirección espiritual de una de las almas más grandes que entonces ilumina. ban la Iglesia de Francia, el padre Pierre de Bérulle, fu­turo cardenal, amigo de san Francisco de Sales, teólogo y escritor insigne, que había contribuido a introducir la reforma del Carmelo en su patria y se disponía a fundar allí la Congregación del Oratorio, según el modelo de la de san Felipe Neri ; el haberse confiado a un alma de Dios, superior por sus dotes y por sus obras; revela el espíritu de Vicente, ahora ya resueltamente orientado ha­cia el objetivo de la santidad. Serio y lógico en todas sus cosas, una vez que se había hecho sacerdote, marchaba ha. cia la única meta señalada al sacerdocio, aunque por amor a los padres, fomentara todavía, con cierta pasividad, la idea de cierta sistematización económica.

Sobre este argumento nos queda una carta suya es­crita a su madre, con fecha del 17 de febrero de 1610, pa­ra asegurarle que, una vez que arreglara sus cosas, volve­ría a su tierra para vivir junto a los suyos y echar una mano de ayuda a sus hermanos.

Esto si algo significa es que, en la vida de Vicente, el heroísmo de su segunda conversión, —si queremos lla­mar así, con una expresión ignaciana, al desasimiento to­tal de los bienes de este mundo— no fue de carácter fulminante: de acuerdo con su temperamento de campesino que daba sus pasos con cautela, sin prisas, marchó derechamente, pero con calma, con el estilo de su tie­rra, cuyos trabajadores andan leguas pero tranquilamente, para no perder fuerzas. Es evidente, sin embargo, que ya desde entonces su formación había alcanzado una pro­fundidad no ordinaria. Y la prueba se tuvo cuando, de repente, se vio acusado de hurto por su compañero de habitación, a quien habían robado un saquito de 400 es­cudos. Vicente fue acusado de hurto, con expresiones vio­lentas, en presencia del mismo de Bérulle; y sin embargo no se defendió ; se limitó a responder: «Dios conoce la verdad». En esta actitud se ve ya al santo, resuelto a res­ponder al mal con el bien.

Como había predicho se descubrió la verdad seis años más tarde, cuando el ladrón, detenido en Burdeos por otros crímenes, confesó también aquella culpa. En­tonces el juez acusador, confundido, escribió a Vicente una carta conmovedora, pidiéndole perdón.

Semejante conducta reveló, sobre todo, una madurez ascética, de carácter heroico, con dominio de la caridad, que en adelante constituiría el rasgo característico de toda su acción religiosa. Ciertamente ya no pensaba en bienes de la tierra ni en éxitos mundanos quien se dejaba pi­sotear de aquella manera, por amor a Jesucristo.

Podemos, pues, estar ciertos de que fueron las vir­tudes, y no las recomendaciones y solicitaciones, las que le hicieron hallar un puesto de trabajo honrado, cuando, probablemente por mediación de su amigo Carlos de Fres­ne o de Saint-Martin, esposo de Catalina de Comet, la rei­na Margarita de Valois, esposa repudiada de Enrique IV, le escogió entre los capellanes para encargarle de la dis­tribución de las limosnas. Esta reina fastuosa que, conforme con los gustos de la época, pasaba el día entre prácticas de piedad y sesiones de salón, conciertos y asuntos de Estado, secundó, quizás sin saberlo, la vocación de De­paul, de servicio a la gente pobre.

Por otra parte, en mayo, le llegó el beneficio por el que antes tanto había suspirado : una abadía cisterciense, la de Saint-Léonard-des-Chaumes, que pertenecía al ar­zobispo de Aix ; y estuvo tan ocupado entre los asuntos judiciales de ésta y los servicios a la reina, que ya no se acordó de volver a Pouy, como lo había prometido, para consumir allí las rentas abaciales en el ocio y en el aburrimiento.

Aquel mes París se sintió conmovido por un crimen espantoso. La mañana del 14 el rey cayó muerto bajo el puñal de un visionario fanático, Francisco Ravaillac que, expulsado de un convento de Feuillants, vagabundeaba con la presunción de restablecer la ortodoxia católica con­tra las invasiones de la herejía protestante. El gesto re­velaba el desorden de los espíritus, en la atmósfera de convulsiones políticas y religiosas del siglo, en vísperas de la guerra de los treinta años.

El desgraciado subió al patíbulo, donde se le quemó una mano con azufre y se le desgarraron las carnes con tenazas y líquidos incandescentes, siendo descuartizado por la muchedumbre antes de ser arrojado a las llamas.

No sabemos si Vicente asistió al suplicio. Ciertamen­te, aun al oírlo contar, tuvo que experimentar horror y sen­tir aún más la necesidad de una infusión de piedad en aquellas almas, para que recobraran la fraternidad en­tre sí con la filiación divina. Y su sentimiento tuvo que ahondarse aún más durante las convulsiones políticas que siguieron al crimen de Ravaillac, después de que los hugonotes se levantaron para defender desde sus cien ciu­dades fortificadas los derechos conseguidos por el Edicto de Nantes, doce años antes, mientras los nobles se lanza­ban contra el poder central, representado por una mujer, María de Medici, regente de su hijo de nueve años, con el fin de recobrar los privilegios feudales perdidos con la concentración de poderes en manos del monarca. Enton­ces se convocaron —por última vez antes de la Revolu­ción— los Estados Generales, donde la burguesía se re­veló con un poder insospechado.

Aquellos pocos meses transcurridos en París, en con­tacto con almas abiertas de par en par, como de Bérulle, y grandes miserias, como las que veían pulular en los su­burbios parisinos, sirvieron para vincularle más a la causa de la Iglesia.

Entre otros, conoció a un eclesiástico de la corte de Margarita de Valois, que, en el ocaso de su existencia, vivía presa de multitud de dudas religiosas, después de haber sido famoso controversista contra los hugonotes. La angustia había llegado hasta tal punto que el desgra­ciado amenazaba con suicidarse. Haciendo suya la angus­tia de aquel hombre, además de darle consejos y ánimos, Vicente se ofreció a Dios como víctima por su paz ; y Dios aceptó el ofrecimiento ; el teólogo murió tranquili­zado ; y Vicente cayó en la misma locura, iniciándose en él un período de dudas atroces contra la fe: la noche oscura de su santidad. Era aquella época en que demasia­dos espíritus o se enredaban en formas patológicas de creencia o se desviaban hacia formas protestantes, o ha­cia el escepticismo, fomentado por el Renacimiento y por el positivismo naciente. Vicente advirtió el peligro y se espantó, humillándose ante Dios ; y, con un recurso que revelaba su ingenuidad campesina, escribió los artículos del Credo en una hoja de papel y se la colocó sobre el corazón, llevándola sobre sí, día y noche, mientras que, para vencer al tentador, se dedicó a servir a los enfermos en el hospital de la Caridad, que estaba cerca de su casa. El 19 de octubre de 1611 le entregó una suma de 15.000 pesetas que había recibido como donación. Los enfermos le parecían la encarnación de Cristo libertador.

Pero la prueba no terminó.

El tormento entenebrecería su alma durante muchos años todavía hasta que ofreciera resueltamente su vida al Señor, para entregarse totalmente al servicio de los pobres.

En esta consagración halló la paz: confiándose a los pobres éstos le confiaron a Dios.

Desde entonces, también él, para dar a Cristo a los hombres, les dio los pobres, imágenes de Cristo.

Mientras tanto siguió frecuentando el trato de Bé­rulle, que en 1611 fundaba el Oratorio ; y se fue a vivir con él.

En su residencia se encontró con otras almas gene­rosas, entre ellas con Bourdoise, joven sacerdote, animado en su entusiasta celo reformador. Bérulle, Bourdoise y Depaul compusieron una terna de sacerdotes decididos a infundir una ola de santidad en el organismo eclesiás­tico; y entre sí discutieron los modos de la reforma de la Iglesia en Francia. Bérulle deseaba misiones de sa­cerdotes virtuosos enviados entre el pueblo para anunciar de nuevo las verdades de la fe ; Bourdoise aspiraba a reu­nir en comunidad a los sacerdotes de las parroquias para hacer de las parroquias otros tantos centros de difusión de la fe y de la virtud y escuelas para la formación de los futuros sacerdotes ; Depaul explicaba su vocación, que era servir con la palabra y la asistencia material a los pobres de los campos, religiosa y socialmente más aban­donados. Esta asociación de lo religioso con lo social tenía que resultar muy del agrado de Bérulle, que iba a merecer del papa Urbano VIII el título de «Apóstol del Verbo encarnado» hasta tal punto sentía el valor de la humani­dad del Hijo de Dios y de su presencia entre los hom­bres !

Los tres proyectos no se fundieron: evidentemente cada uno merecía desarrollarse plenamente, en formas autónomas. Se fundieron sus espíritus en un único pro­pósito de dedicarse al renacimiento de la religión en el terreno trillado por la Reforma y el Humanismo.

Había necesidad urgente de utilizar con unos la cul­tura, con otros el ministerio y con los más humildes la misericordia.

Cada uno de los ideales ayudó al otro. La escuela de Bérulle enseñó a Vicente el valor de la doctrina teo­lógica cuando se convierte en vida. Como reconocería mu­chos años más tarde, en 1643, hablando a sus sacerdotes, el fundador del Oratorio, Vicente había encontrado un hombre que estudiaba (y escribía) de modo que el amor correspondiera al conocimiento : efectivamente «tan pron­to como concebía una verdad, se daba a Dios o para prac­ticarla o para entrar en aquellos sentimientos o para producir sus actos ; de esta manera, alcanzó una santidad y una ciencia tan sólidas, que es difícil hallar otras se­mejantes».

Por su parte Bourdoise le iluminaba sobre la ur­gencia de arrancar a los sacerdotes de su individualismo y de su aislamiento, para fundirlos en una vida comunitaria, en la que circulara la caridad. «¡ Cuánto bien puede hacer un eclesiástico ! —repetiría un día a los suyos san Vicente—. ¡ Qué conversiones puede procurar ! ¡ Mirad al señor Bourdoise, a ese sacerdote excelente, qué no hace y qué no puede hacer…»1.

Párroco en Clichy (1611-1626)

Como era su deseo, San Vicente entró en contacto con las masas populares en la manera más común e in­mediata para un sacerdote: como párroco rural. Un pue­blo junto a París, llamado Clichy.

Se trataba de una aldea de unos seiscientos habitantes, la mayoría agricultores ; hasta entonces su párroco había sido Francisco Bourgoing. El 11 de noviembre de 1611, Bourgoing se había unido, con otros cuatro compañeros, a Bérulle, para constituir la Congregación del Oratorio y había dejado el cuidado de Clichy, por sugerencia de Bérulle mismo, al joven sacerdote Vicente de Paúl.

Vicente tomó posesión de la parroquia el 2 de mayo del año siguiente, pues hubo que esperar la confirmación de Roma.

Cuando se presentó a sus feligreses era un joven ma­duro de 31 años, vigoroso, de mediana estatura, de rostro abierto y risa de campesino, entre ingenua y astuta, sobre su boca vigilada por una nariz achatada, sobre el ribete de una barba zarzosa.

Inmediatamente se conquistó el corazón de todos, con su verdadera piedad y su entrega total. No se le veía más que en el altar celebrando, en el confesonario confe­sando o en la iglesia reparando cosas sagradas y pintando paredes, para hermosear la casa de Dios ; y si salía era para visitar enfermos o llevar consejos y ayudas a toda clase de necesitados.

Un sacerdote semejante, en aquella época, causaba sensación.

En las fiestas hablaba a los feligreses, con oratoria sencilla, tejida de ideas sencillas, de modo que todos le entendían: y entendían también que amaba a Dios y a Nuestra Señora ; y se sintieron satisfechos de amar más con él al Señor y a su Madre.

Introdujo el método de librar a las almas de sus tormentos mediante la confesión general ; y, dóciles, fomentó su alegría, asociándolas a los cantos de la li­turgia. Hizo de aquellos campesinos una Iglesia viva: un pueblo que, unido por el amor, tomaba parte en el culto, como en cosa propia y cantaba con un cuidado del ritmo y de las voces semejante al amor que expresaba. En me­dio de ellos Vicente se sintió más feliz que el Papa, más que el Arzobispo entre sus fieles ; y así se lo manifestó cándidamente a su prelado.

Un rasgo notable que hacía presagiar al fundador y la clase de su fundación fue éste, que saliendo al paso de una de las necesidades más graves de la Iglesia y a una de las más urgentes del Concilio de Trento, aun con sus me­dios escasos y con la modestia dé su posición, dio vida a una especie de pequeño seminario: a una escuela para futuros sacerdotes, compuesta de una docena de jóvenes, entre los cuales estaba Antonio Portail (1590-1660), que sería su brazo derecho en la dirección de toda la obra vicenciana. Al mismo tiempo fundó una confraternidad.

Después de un par de años de esta actividad, con la que un párroco santo daba vida a una parroquia santa que, a su vez, sostenía su santidad: por sugerencia del di­rector espiritual, el padre de Bérull e, aceptó el cargo de preceptor de la casa principesca de Felipe Manuel Gondi, que era el general de las galeras, como quien dice, almi­rante de la flota francesa.

Aceptó, sólo por obedecer a su director espiritual.

En casa de Gondi

Los Gondi eran una de aquellas familias de banque­ros florentinos enraizados con éxito en muchos países de Europa, preferentemente en Francia. Entonces era mi­nistro de la reina María de Medici el florentino Concino Concini, que había llegado a ser marqués de Ancres y mariscal del reino. No habiéndose atrincherado tódavía las naciones enteramente dentro de sus fronteras nacio­nalistas, aún había entre ellas un vasto intercambio polí­tico, cultural y comercial.

Los Gondi habían adquirido prestigio en los puestos de mando de la administración civil y eclesiástica; y tam­bién ellos, como tantos otros, oscilaban entre una vida devota y una concepción pagana de la misma. Se habían instalado en la sede episcopal de París, como en un feudo. Durante su carrera, san Vicente tuvo que habérselas con Enrique Gondi, obispo de París y primer cardenal de Retz, con su hermano Juan Francisco Gondi, arzobispo de París, y con Juan Francisco Pablo Gondi, su sobrino, arzobispo también de Retz.

Buen cristiano, fundamentalmente piadoso y honra­do, Felipe Manuel se veía sostenido por una esposa que, con todos sus escrúpulos, estaba animada de una caridad no común. Se llamaba Francisca Margarita de Silly y era baronesa de Montmirail.

Nombrado preceptor, desde el año 1613, del hijo mayor de Gondi, Pedro, de once años de edad, durante varios años Vicente se dedicó a hacer de él un cristiano ; y lo consiguió.

En el desempeño de su misión, llevado de su celo sacerdotal, se ocupó también de la servidumbre ; y cuando iba a las tierras de los señores se ocupaba de los cam­pesinos: aquí se encontraba entre su gente. Educando a aquellas pobres criaturas ignorantes, iniciaba por su cuen­ta la emancipación de esa clase de la sociedad.

En el capellán de los Gondi se había definido ya el rasgo típico de su carácter: el de mantenerse puro, cada vez más unido con Dios y cada vez más decidido a darse a los pobres, aun estando en medio del lujo. Los señores habían comprendido el valor espiritual del capellán y le amaban y él amaba a sus señores: pero católicamente, viendo en ellos a sus superiores: más aún, como confe­sará más tarde, viendo en el general de las galeras a Jesucristo y en su esposa a la Virgen María : proyección del sacramento del matrimonio, vivido con gravedad por los dos y entendido en su grandeza por el sacerdote, que se acostumbró a elevar las relaciones humanas a un plano sobrenatural. Así, con esta concepción profunda y ope­rante, cooperaba a hacer de aquella familia opulenta una pequeña Iglesia, induciéndola a ver en el poder humano un ministro social, para servicio de los hombres, por amor al Omnipotente.

Acostumbrándose a contemplar en toda criatura la imagen y la semejanza de Dios y, como dirá su joven ami­go Bossuet, la equivalencia de la sangre de Cristo, Vicente veía no sólo en los señores, sino también en los siervos y en los iguales, el rostro del Señor: por esto amaba y servía a todos: y tratando así a los hombres practicaba continuamente un acto de religión: estaba siempre en la presencia de Dios.

Allí, si no lo aprendió, ciertamente perfeccionó aquel estilo suyo, de hablar y de escribir, hecho de consideración y de ofrecimientos de servicio que, en él, no eran etiqueta del seiscientos, sino convicción cristiana: es decir infun­dió un alma religiosa aun en el estilo, aun en la etiqueta, aun en las costumbres: pues para él, si se amaba a Dios, todas las cosas concurrían al bien, purificadas con el agua de la caridad.

Por otra parte, si su trato cristiano no se apartaba nunca de la suavidad, no por esto, por la cortesía habi­tual, traicionó nunca a la verdad. Cierto día supo que su señor se preparaba para batirse en duelo, según una con­cepción, entonces general, del honor mal entendido: la gente se batía en duelo por motivos fútiles, poniendo la nobleza en ciertas precedencias y pretensiones. Morían más hidalgos a manos de connacionales en duelos, que a manos de los enemigos en batallas. Desde 1589 a 1607 habían quedado muertos en contiendas singulares 7000 nobles; y la manía homicida iba en aumento.

Vicente que comprendía lo criminal, no menos que lo grave, de la estupidez de aquella moda, cierta maña­na, después de la Misa, trató de verse un momento con el general; y, hallándose a solas con él, se hincó de ro­dillas a sus pies; y, con aquella sinceridad conmovedo­ra por la que todos le querían bien, le habló de esta manera: Señor, permitidme, os ruego, que con toda hu­mildad os diga una palabra. Estoy seguro de que vais a batiros en duelo; pero de parte de mi Salvador, a quien hace poco presenté a vuestra adoración, os digo que si no abandonáis este triste designio, él ejercerá su justicia sobre vos y sobre toda vuestra posteridad.

En aquel lenguaje había la deferencia del subordina­do y la independencia del sacerdote, que se alzaba ante el señor temporal, con dignidad de profeta. Después de haber hablado así, con caridad y verdad, se levantó, res­petuosamente y se retiró a su habitación.

El general de las galeras de Francia no estaba acos­tumbrado a discursos semejantes; y en general la reli-, gión se le había ofrecido siempre como sierva al servi­cio de su orgullo. Pero como era fundamentalmente reli­gioso y veía en aquel sacerdote al Señor que le hablaba, aceptó la lección y desistió de su propósito. En su tiem­po se necesitaba valor no común para hacer esto. En vez de ir al lugar del duelo, se dirigió con su familia a las tierras de Picardía. En él y en su esposa creció la estima del capellán, en quien habían descubierto al santo; y redoblaron sus atenciones con él para no perderle. Mada- me Gondi deseó tenerle como director de su conciencia y, haciendo intervenir al padre Bérulle, lo consiguió ; que­ría tenerle siempre junto a sí y cuando él estaba lejos, ella se volvía maniática. Para desarraigar en ella aquel culto morboso al propio yo, aquella su concentración en los defectos propios, con que se veía más a sí misma que a Dios, Vicente la lanzó a servir a los pobres y a los en­fermos de sus propias tierras; es decir a amar a los de­más, de modo que hallara en los pobres al Señor.

Mientras tanto los Gondi le procuraron una canon­jía en Ecouis, Normandía.

Es de creer que Vicente la aceptó por obediencia. Cuando se dirigió al lugar para tomar posesión de ella, el 27 de mayo de 1615, ofreció una buena comida a los canónigos ; y desde entonces no se le volvió a ver más. Probablemente renunció pronto a ella; así como, al año siguiente, renunció a la abadía de Saint-Léonard-des­Chaunes. Canonjías y abadías no eran para él ; su dina­mismo apostólico, que se intensificaba de año en año, no se compaginaba bien con el inmovilismo.

En 1615 trató de inmovilizarle durante algún tiem­po una enfermedad, de la que le quedarían continuos do­lores en las piernas, sufrimiento de toda su vida y causa principal de su muerte.

Después de levantarse, siempre que podía se diri­gía a estar en medio de los campesinos.

En una de estas excursiones, fue a parar al cas­tillo de Gannes, junto a Folleville.

Allí, en enero del año 1617, logró persuadir a que se confesara generalmente un anciano que, a los ojos de todos aparecía como un hombre justo, pero que en el fondo de su alma ocultaba desde hacía muchos años una carga de pecados, de la que no se sentía con ánimos pa­ra librarse.

El campesino, purificado por aquella confesión, mu­rió lleno de alegría, manifestando sin cesar su agradeci­miento al capellán; y el capellán se animó a proponer, en la iglesia de Folleville, el día de la conversión de san Pablo, la confesión general a todos. Le escucharon y la muchedumbre de fieles deseosos de realizar aquel acto de liberación fue tan grande que fue necesario hacer ve­nir a un grupo de jesuitas de Amiens. También la gene­rala comprendió entonces que mucha gente corría peli­gro de morir en pecado, por ignorancia propia y despui­do del clero local, con frecuencia estaba tan poco pre­parado que ignoraba hasta la fórmula de absolución. Ella misma tuvo que proporcionar al párroco su confesor el texto latino de la absolución; y Vicente mismo tuvo que experimentar que no pocos de aquellos sacerdotes, en el confesonario, murmuraban palabras ininteligibles porque no sabían qué es lo que debían decir.

De ahora en adelante Vicente empezará sus misiones con esa operación de catarsis radical y preliminar, que es la confesión general, para promover, partiendo de un terreno limpio, una vida de renovación.

Sobre pantanos de muerte, donde se corrompían al­mas y cuerpos, en la suciedad moral y material, había visto ahora cuál era la tarea más urgente del apóstol: reconstruir la vida de la gracia, curando las enfermeda­des de las almas y las miserias de los cuerpos.

Había comprendido e hizo comprender a todos que aquella población rural tenía necesidad de ser instruida, catequizada: tenía necesidad de misiones; y puesto que no se hallaron jesuitas que las dieran, ni oratorianos que pudieran dejar París, Vicente entendió que le tocaba a él proveerlo de misioneros. La primera idea de los sa­cerdotes de la Misión surgió del terreno ardiente de la necesidad: así como de ese mismo suelo ardiente le vino la primera inspiración de las confraternidades de la Ca­ridad. En adelante el Señor se reveló a Vicente con el lenguaje de las circunstancias, con el descubrimiento de

las necesidades actuales; de tal manera que él, fundador de obras sin fin, no creyó nunca haberlas fundado, sino simplemente haber obedecido al impulso de las ocasiones.

Ahora ya se le había abierto un camino claro, con una llamada segura: y con el beneplácito de Bérulle, se decidió a seguirla, aun a costa de producir un gran do­lor a Madame Gondi, que ya no sabía separarse de él.

 

  1. Abelly, Vie du vén, serviteur de Dieu Vincent de Paul, París, 1664, t. II, cap. V, p. 298.

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