San Vicente de Paúl, presbítero (1581-1660)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Enzo Lodi · Traductor: Ezequiel Varona Valdivielso. · Año publicación original: 1992 · Fuente: Los santos del calendario romano.
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1. Nota histórico-litúrgica

La memoria obligatoria de san Vicente de Paúl, muerto en París el 27 de septiembre de 1660 y canonizado en 1737, ha sido trasladada a su dies natalis de la fecha anterior del 19 de julio (elegida para permitir a los seminaristas dirigidos por los Padres Lazaristas celebrarla como clausura del año escolástico).

Vicente de Paúl, nacido en Pouy (Gascuña, cerca de los Pirineos) el 24 de abril de 1581, de una familia de humildes labriegos (él mismo se denominaba por humildad «un porque­rizo, un harapiento»), se ordenó sacerdote a los diecinueve años (1600), esperando que el oficio eclesiástico le sirviese para me­drar socialmente. Se estableció en París (1608) en busca de un beneficio, después de haber sido prisionero de los mahometa­nos por dos años, en Túnez, capturado por los piratas, y de haber convertido a un renegado, su patrón de esclavitud. En la situación social de aquel siglo, azotado por la peste y el hambre, Vicente fue aconsejado por el padre De Bérulle (gran teólogo y luego cardenal), que lo guió en el camino del espíritu, a que asumiera primeramente la cura pastoral de una parroquia jun­to a París (1612), en Clichy, donde reunió en torno suyo no a sus parientes, sino a un grupo de jóvenes (entre los que se encontraba su primer seguidor, Antonio Portad); y luego que se hiciera capellán (preceptor) de una familia de la alta aristocra­cia (Felipe Emanuel de Gondi), que tenía como en cura la dió­cesis de París (transmitida de tíos a sobrinos) y era almirante de la flota del Mediterráneo. Permanecerá con los Gondi doce años, durante los cuales sufrió interiormente por cuatro años (1612-1616) una grave tentación contra la fe, que tuvo cierto influjo sobre su vida de perfección.

En su servicio en las galeras, desde 1618 (con el título de capellán real), desempeñó un intenso apostolado entre los hom­bres que trabajaban en los navíos, descendiendo a las bodegas de aquellas cárceles flotantes y junto con la célebre «Compag­nie du Saint-Sacrament» trató de confortarlos. En 1617 se pro­dujo un viraje que marcará su vida de misionero de los campe­sinos pobres, porque a la cabecera de un labrador moribundo, monsieur Vincent (como se le llamaba entonces) percibió la falta de sacramentalización en la Iglesia de su tiempo. Su huida de París (1617) para hacer de párroco en Chátillon-les-Dombes (en el sudeste) sigue sin explicar; pero él hizo allí una nueva experiencia pastoral, convirtiendo a un conde duelista empe­dernido; y sobre todo tuvo la posibilidad de intuir, frente a una familia enferma a punto de morir de hambre, que era menester organizar una ayuda de modo sistemático. Para ello reunió a grupos de asistencia, que fueron las Confraternidades de la Caridad (Confréries de la Charlie), de las que luego saldrá la Compañía de las Hijas de la Caridad. En 1619 conoció a san Francisco de Sales y a santa Juana de Chantal, y se convirtió en superior de los monasterios de la Visitación de París (desde 1622), manteniendo este cargo hasta su muerte.

En 1625 reunió a los primeros compañeros para que le ayu­daran en las misiones en favor de los campesinos de las cam­piñas, sentando las bases de la Congregación de la Misión, for­mada por sacerdotes y hermanos, que tuvo el reconocimiento romano en 1633, estableciéndose más tarde en el priorato de Saint-Lazare. Los sacerdotes de la Misión, a quienes el pueblo llamará lazaristas por su barrio de residencia, hubieron de de­dicarse también a la preparación del clero, carente de forma­ción intelectual y sobre todo moral. En 1633 reunió a las prime­ras doce muchachas en torno a una penitente suya, santa Luisa de Marillac (j 1660), a fin de dar una forma más estable y mejor organizada a la Confraternidad de las Dames de la Cha­rité, para la atención de las masas proletarias de la ciudad especialmente durante la terrible guerra de los treinta años. En lugar de estar en el claustro, debían acudir a las casas de los enfermos.

Su fama era conocida en París, hasta el punto de que la regente Ana de Austria lo nombró miembro del Consejo de Conciencia (que se ocupaba de los nombramientos eclesiásti­cos) con el cargo de ministro de la caridad; pero luego abando­nó este cargo por la oposición primero de Richelieu y luego del mismo Mazarino. Además de las dos principales instituciones ya nombradas, añadió a las Damas de la Caridad también la rama masculina de los Siervos de los Pobres. De estas obras surgieron posteriormente las Hermanas de la Caridad de San Antidas y las Conferencias de San Vicente, fundadas por el beato Federico Ozanam (1813-1853) para la visita de los pobres a domicilio, especialmente por parte de los jóvenes. En 1640 fundó también en París un instituto para niños huérfanos. Du­rante sesenta años Francia se benefició de la caridad incansanble de este hombre, proclamado por León XIII (1883) «patrono de todas las obras de caridad extendidas por el mundo». Que­brantado de salud desde 1665, sufrió un ataque de parálisis, permaneciendo, empero, lúcido hasta su muerte. Su funeral fue un triunfo. Su cuerpo, expuesto en una caja de plata en la capilla de la casa madre de París, es un recuerdo perenne de su rol en la historia de la cristiandad. Con razón se ha dicho que «así como Dios suscitó a Ignacio de Loyola contra Lutero, así suscitó a Vicente de Paúl contra el jansenismo». Además, sus cerca de dos mil cartas (que han quedado de las más de tres mil dispersas) son una mina de informaciones sobre la vida religiosa de la primera mitad del gran siglo de Francia (el si­glo xvii).

2. Mensaje y actualidad

Las tres oraciones, tomadas del «Propio de la Misión» con pocas variantes, delinean la fisonomía de este gigante de la caridad.

a) En la colecta se invoca: «Señor, Dios nuestro, que dotaste de virtudes apostólicas a tu presbítero san Vicente de Paúl para que entregara su vida al servicio de los pobres y la forma­ción del clero». La idea del servicio es central en las obras del santo, que quiso ante todo «implicar a sacerdotes, laicos y mu­jeres, responsabilizándolos en un servicio completo de evange­lio testimoniado a los sin voz y de pan material a los que care­cían de él». Su magisterio está resumido en estos dos lemas: «No me basta amar a Dios si no amo a mi prójimo. Los pobres son mi peso y mi dolor». En la intercesión final se pide que también nosotros, «impulsados por su mismo espíritu, amemos cuanto él amó y practiquemos sus enseñanzas». Este gran evan­gelizador de la caridad afirma en la carta (n. 2546) que nos ofrece el oficio de lectura: «Si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que ese servicio se lo prestáis al mismo Dios». Para la formación de los ministros de Dios, Vicente empezó (en 1628) con la predicación de un retiro a los ordenandos de la diócesis de Beauvais, precedido por un examen previo de los ordenandos; luego prosiguió con la creación de un seminario menor y otro mayor, tanto en el colegio de los Buenos Muchachos como en la zona de Saint­Lazare; por fin, con las conferencias del martes, que reunían a la elite del clero parisino y suplían la misión que no era de su competencia o capacidad. Fue en una de estas conferencias, la de la cuaresma de 1658 en Metz, donde destacó el más tarde famoso Bossuet. En estos mismos encuentros, él, llamado (du­rante la vida de Luis XIII) a designar a los candidatos al episco­pado, podía elegir a sacerdotes dignos de confianza. En la mis­ma reforma de la predicación barroca de su tiempo difundió Vicente un método particular, que consistía en buscar la natu­raleza, los motivos y los medios más oportunos para practicar cualquier virtud específica, elegida como argumento. Por lo demás, también en los capítulos de sus Reglas para los sacerdo­tes se revela esta atemperación entre la espiritualidad contem­plativa berulliana, el humanismo salesiano y el ascetismo igna­ciano.

b) En la oración sobre las ofrendas se pide: «Señor, tú que concediste a san Vicente de Paúl la gracia de realizar en su vida lo que celebraba en estos santos misterios, concédenos… llegar a transformarnos en ofrenda agradable a tus ojos». Él, que decía que la «Iglesia estaba arruinándose en muchos luga­res a causa de la mala vida de los sacerdotes», fue un precursor de la teología del ministerio pastoral como objetivo primordial del sacerdocio, sacado, empero, de la celebración eucarística. Así corrigió la perspectiva de la escuela francesa (De Bérulle, Condren, Olier, Eudes), según la cual el sacerdote es para el altar en primera instancia, insistiendo en cambio en la línea agustiniana del hombre-para-los-otros; es decir, del sacerdocio no como condición, sino como servicio y misión. Frente a los protestantes, que se oponían al sacerdocio ministerial, jamás respondió con la polémica (más aún, prohibió todo confronta-miento de este tipo), sino con la reforma de las costumbres, con una orientación evangelizadora y con la formación del clero a través de nuevas iniciativas.

c) La oración después de la comunión se dirige al Señor: «Tú, que nos has alimentado con los sacramentos del cielo, concédenos que, a ejemplo de san Vicente de Paúl y ayudados por su intercesión, imitemos a Jesucristo, tu Hijo, anunciando el evangelio a los pobres». Monsieur Vincent (como se le cono­cía popularmente), «consuelo de los que sufren, defensor de los huérfanos y protector de las viudas», como lo celebra la antífo­na del Benedictus en laudes, siempre prefirió el hacer al ense­ñar. Así se justificaba del retraso en redactar las reglas para sus hijos, remitiéndose a la frase lucana: «Jesús hizo y enseñó» (He 1, 1 ). En efecto, imitó a Cristo, ocupándose de los expósitos, que con frecuencia eran rechazados entonces por otras institucio­nes; y de los condenados al remo (galeotes), buscando soluciones politicas a sus diversas necesidades, como la mejoría de los ambientes. El ofrecímíento de sus Hijas de la Caridad al servicio de los hospitales que estaban organizando; su mismo envío a los campos de batalla, para atender a los heridos de la guerra de Polonia; su preocupación por las visitas a los enfermos he­chas en sus casas, para no privarles de sus seres queridos…, son otras tantas expresiones en este sentido del hombre que, a imitación de Cristo, considera a los pobres como nuestros «se­ñores y amos» (según su expresión).

La actualidad de este mensaje, inspirado en el gran optimis­mo del evangelio, es para nosotros una invitación a seguir la primacía de ese sentido de la fe que hace sentir la urgencia de la misión en nuestras tierras carentes de evangelización, descu­briendo entre otras cosas los errores ocultos en la engañosa falsificación de los valores. Como hizo Vicente cuando, sin tan­tos razonamientos, supo intuir los errores jansenistas de un hombre, compatriota y amigo suyo (el abate de Saint-Cyran, Duvergier de Hauranne), a quien se opuso por sus desviaciones doctrinales, aunque apreciara sus virtudes (hasta el punto de que más tarde le acusaron de contradicción). Tampoco ha de chocarnos el juicio un poco sumario sobre los pobres expuesto en la citada carta: «Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que, con frecuencia, son rudos e incultos». El realismo de nuestros juicios, motivado a menudo por las apariencias, no nos excusa del descompromiso, sino que, por el contrario, nos ha de estimular a un servicio gratuito. Así actuó Vicente, que, consciente de sus límites, en el lecho de muerte respondía a todas las demandas de bendición para sus obras con la frase paulina (2Cor 8,6): «Qui coepit opus bonum ipse perficiet» («El que empezó esta buena obra la llevará a cabo»).

Prefacio (Propio de la Congregación de la Misión)

En verdad es justo y necesario
darte gracias siempre y en todo lugar
y bendecirte y alabarte,
en la solemnidad de san Vicente de Paúl,
Dios todopoderoso y eterno.
Tú le llamaste a gastar su vida
en la evangelización de los pobres
siguiendo las huellas de tu Hijo,
y en él, inflamado en celo por la dilatación de tu reino,
nos diste el ejemplo y la norma del ardor apostólico
para que, fortalecidos por tu espíritu
e impulsados por tu caridad,
entreguemos nosotros las fuerzas y la vida
a procurar la salvación de los necesitados,
por Cristo Señor nuestro.

Prefacio (MA II, 430)

Cristo, nuestro salvador,
vino a anunciar a los pobres la buena nueva
y quiso asumir todas las debilidades humanas
haciéndose totalmente partícipe de nuestra miseria
hasta la muerte.
El mismo camino de abnegación
fue recorrido por san Vicente,
que acogió a los pobres y enfermos con afecto fraternal,
convirtiéndose en testigo espléndido de tu amor por nosotros.

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