San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (12)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Henri Lavedan · Translator: I. Fernández. · Year of first publication: 1928.
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En camino

Habiendo Vicente roto los lazos familiares y munda­nos, libre después de la desaparición de sus protectores de toda obligación para con la familia de los mismos, se en­contraba en plena libertad para dedicarse a la gran obra cuyos cimientos había echado con la ayuda de los señores de Gondi. La situación no era muy brillante. El colegio de los Buenos Hijos albergaba escasos discípulos. Estos formaban el núcleo de la pequeña familia recién formada de la cual él era, sin sospechar el mérito y número de los que le sucederían, su primero y humilde director. Pero no todos podían prestar un concurso eficiente. Uno solo de ellos, Antonio Portail, sacerdote de la diócesis de Arlés, su discípulo decidido desde hacía quince años, se declara­ba ahora dispuesto a imitarle activamente y a consagrarse sin desmayo a la evangelización de los campesinos. Dos hombres… para tantas almas, para toda Francia… Pero el hecho no descorazonó a Vicente; sólo le hizo reflexionar, Se contentaba con poco, como debe hacerlo el cristiano dos veces más que el sabio. «¡Si al menos fuésemos tres!», pensaba. Y llegó el tercero, quien por un tiempo consin­tió en reunírseles. Partieron, pues, los tres. Largo era el camino y no se vislumbraba el fin. Pero ellos no extendían su mirada a la lejanía, limitada por la aurora de cada etapa cotidiana. Por la tarde, donde la noche detenía sus pasos, se entregaban al reposo con el cuerpo quebrantado, pero con el alma en paz. No llevaban equipajes; sólo un modesto paquete bajo el brazo que les servía de dura al­mohada y unas pocas monedas de escaso valor estrictamen­te administradas en la compra de alimentos.

Era tal su pobreza que careciendo de medios para dejar un casero, entregaron a un vecino la llave del co­legio de los Buenos Hijos. Nada había en él que sustraer, pues todo lo habían dado a los pobres.

Llenados do legítima gratitud comenzaron por los do­minios de la casa de Gondi. «Íbamos, declara Vicente años más tarde, buena y sencillamente a evangelizar a los po­bres como lo hizo Nuestro Señor. Eso era todo. Dios por su parte hacía lo que tenía previsto desde toda la eter­nidad». Buena y sencillamente; estas palabras que vibra­ban sin cesar en sus labios podrían servir mejor que cua­lesquiera otras para compendiar a la vez su vida y su obra. Ellas fueron su divisa terrestre y expresan toda la pacien­cia y la confianza que constituían su fuerza y su for­tuna. El tiempo no les interesaba. No lo perdían, pero lo usaban como si tuvieran siglos por delante. Consideraban el tiempo con las aparentes decepciones de su duración y la lentitud razonada de su empleo como un medio de éxito superior a su utilización atropellada. El tiempo era para ellos un amigo y un auxiliar que maduraba los asuntos a él confiados. Era, pues, menester esperar su obra como se espera brotar el trigo, subir la plegaria, arder el cirio, como se respeta en toda la marcha y el orden de la natu­raleza. El tiempo, como Dios, nunca tiene prisa. Tal era la teoría y en la práctica la piadosa política de Vicente seguida con campesina sabiduría; por eso en lugar de co­rrer en pos del éxito, éste corría a su encuentro. Estos resultados podrían parecer de menor importancia a ca­racteres más ardorosos, pero a él le parecían buenos y aun excelentes para lo poco que hacía. Adelantar paso a paso significaba 4vanzar siempre, jamás retroceder.

Al principio fueron tres, después ocho, más tarde on­ce…

Al cabo de diez años no eran más que treinta y cinco… Alguien exclamará sorprendido: «¿Nada más? I Qué escaso número!». Pero esos treinta y cinco poseían un extraordinario poder de multiplicación moral. Renovaban ca­da día el eterno milagro de los panes y de los peces. Sus redes no eran de gran capacidad, pero bien manejadas y siempre llenas. Precisamente por ser pocos, pudo unirlos, instruirlos, modelarlos y convertirlos en escuadrón mara­villoso. Eran sacerdotes como él los quería, como los había soñado, humildes, modestos, dóciles, dulces, desprendidos de todo, devorados por el deseo de seguirle cumpliendo sus órdenes, adornados de aquel espíritu campechano, de buen sentido y de gravedad tan apropiado para convencer a las gentes del campo. Vicente, hijo también de la tierra, guar­daba por la campaña y sus hijos desventurados una ter­nura especial de predilección. Sin duda los pobres de las ciudades recibían de él can igual generosidad la misma parte ‘de sus desvelos y socorros, pero los del campo, más cercanos a él por su origen le interesaban y conmovían mu­cho más, parque entre ellos se encontraba en familia.

¿En qué forma ejercitaban su misión los abnegados servidores del santo? Ya lo hemos dicho en dos palabras: «buena y sencillamente», conforme a su precepto. Marcha­ban de a tres, de aldea en aldea, deteniéndose en cada una para hablar, confesar, exhortar. Estos fatigosos ejercicios les servían de reposo. Eran los peregrinos, los gitanos de Dios que ni siquiera disponían de carpas. Algunas veces su visita era anunciada con anticipación, muy a su pesar. Entonces eran esperados con curiosidad, pero casi siempre se presentaban de improviso en las aldeas.

Al ver llegar a los forasteros, mendigos polvorientos, con más aspecto de pedir limosna que de hacerla, las gen­tes se sorprendían benévolamente impresionados por la po­breza de su continente. Los portadores del pan y del vino invisibles inspiraban con su sola presencia un deseo: el de la grata acogida. Las puertas se abrían con un «¡en­trad!», pero ellos permanecían afuera porque allí había más lugar que bajo techo y porque la predicación es más solemne bajo la bóveda del cielo y al soplo del aire que lleva sus acentos a través de las paredes y por sobre los tejados hasta los surcos donde habrá de germinar. Los sermones tenían lugar siempre a la intemperie. Apenas llegados, en la humildad y el exquisito candor de su re­clamo se «exhibían» imitando el procedimiento de los ti­tiriteros ambulantes que ya por entonces recorrían el mun­do. No podría afirmar con seguridad si el tono o la canción eran idénticas, pero sí la manera de comenzar. «— ¿Quiénes somos? ¿Para qué hemos venido?… ¡Pues bien, para esto! … «. Y lo explicaban empleando la fór­mula adoptada por Vicente: el Humilde Método.

El humilde método

¿En qué consistía? En usar un lenguaje familiar, ca­paz de ser comprendido por el más rudo de los oyentes, lenguaje referido a su manera de vivir, con ejemplos entre­sacados de los oficios y trabajos a que estaban habituados. ¿Qué prescribía a los oradores? (Digo oradores para no emplear un término menos adecuado, pues el sistema de Vicente tenía poco de oratorio). Tres cosas bien definidas: «Exponer los motivos que llevan a la virtud y apartan del mal; en qué consiste la virtud; cómo se la adquiere».

Vicente explicaba a sus sacerdotes la manera parti­cular de desarrollar estos tres puntos sin abandonar nada al acaso o a la fantasía. En las conferencias íntimas en que los reunía a su alrededor, les explicaba con todos los pormenores la manera correcta de predicar, de preparar y componer un discurso con sus divisiones y subdivisiones y el modo de pronunciarlo. La teoría era breve, la práctica abundante. Una vez construida esta fuerte, sabia y sutil armadura, la ejecución que había de recubrirla no debía dejar traslucir su rigidez. Lo esencial era: buenamente, sencillamente, con bondad y sencillez. Recomendaba no ha­blar muy alto. Era más conveniente el tono bajo porque a lo menos excita la atención, mientras el estridente provoca deseos de taparse los oídos. Los buenos predicadores del Evangelio no necesitan alzar ni bajar demasiado la voz. Desde que se despliegan sus labios todos escuchan, pues su palabra es clara. Basta oírla para atenderla y retenerla. Nada de exclamaciones imponentes ni meneos exagerados. Cuanto menos gestos, mejor. La predicación es una conversación: miradas, sonrisas…, una efusión constante del corazón y de las manos, que va expresando entre frase y frase la bondad que las anima.

Si dispusiéramos de espacio, reproduciríamos aquí la admirable conferencia de 1655, en que Vicente repetía los motivos de predicar según su «Humilde Método», el mis­mo, señala, de que se sirviera Jesús y los apóstoles… Con malicioso donaire y mordaz benevolencia critica los conceptuosos sermones de los predicadores de su tiempo y el énfasis tan de moda. «¿A qué viene toda esa fanfa­rria? ¿Alguien desea demostrar que es buen teólogo y buen retórico? Cosa extraña, toma para ello el camino menos conducente: para granjearse la reputación de sabio y la estima de hombre elocuente, es necesario persuadir al au­ditorio y apartarlo de lo que debe evitar. Esto no se con­sigue acicalando palabras ni construyendo períodos, ni pro­nunciando el discurso en tono resonante que se pierde en la altura sin penetrar en el alma. ¿Obtienen su fin los tales predicadores? ¿Persuaden el amor a la piedad? El pueblo al oírlos, ¿corre conmovido en pos de la peniten­cia? ¡Todo menos ésto!». Y prosigue: «Mi predicación es el método del buen predicar… «. Allí expone: 1.° Los motivos que hacen aceptable este método; 2.° en qué con­siste y 3.° los medios conducentes para su adquisición.

La primera razón es «su eficacia» (que comentará y probará continuamente) para inducir a la práctica de la virtud. «¿Basta acaso declarar las obligaciones de prac­ticar una virtud cuando se ignora esa virtud, en qué con­siste y cuáles son sus obras y sus funciones? He aquí el segundo punto que subsana estas dificultades. Descúbrase la belleza esplendente de esta virtud, haciendo ver en qué consiste con sencillez y llaneza, y qué actos se han de prac­ticar, descendiendo siempre al particular».

Así continúa el razonamiento preguntando y respon­diendo, adelantándose a las preguntas de sus oyentes a quienes el respeto retiene mundos. «Perfectamente, ahora veo qué es y en qué consiste tal virtud… en qué acciones resplandece… Todo ello muy necesario y conveniente, pe­ro, señor, ¡cuán difícil! ¿Y los medios para conseguirla? ¿Por qué medios y manera he de lograrlo? ¿Cómo he de hacer una cosa, por necesaria que me parezca si carezco de los medios conducentes? Imposible; pero dad a este hombre los medios… ¡Quedará satisfecho!».

A continuación los propone; y cuando los ha expues­to, continúa: «¿Qué he de añadir? Nada. Porque, ¿qué se hace cuando se quiere persuadir el amor y la práctica de algo a alguien? Se le describen las grandes ventajas que de ello se siguen, las desventajas de lo contrario, se le hace ver cuál es el objeto, su belleza; y en fin, puestos los medios a su alcance ya no queda más que hacer… He aquí en qué consiste y a qué conduce nuestro método. Os aseguro que en todos mis años, jamás he oído que sea me­nester más para persuadir a un hombre».

Enseguida vuelve sobre estas consideraciones, las apli­ca y las explica, como se disecciona una flor después de haber ofrecido su aroma, separando sus pétalos para me­jor estudiar sus particularidades. Todo ello sin perder de vista el «Humilde Método» ni la consideración de los grandes beneficios que de él se siguen. «Tendría para nun­ca acabar si hubiera de narrar una mínima parte de lo que Dios ha tenido a bien obrar por medio de este método. Son tantos los ejemplos que me extendería toda la noche. He aquí uno nunca visto hasta ahora. Casi todos vosotros sabéis, que en Italia existen compañías de salteadores, que dominan la campaña, roban y despojan donde pueden, mul­tiplicándose los asesinatos a causa de las venganzas y de los odios imperdonables. Esta gente después de despachar a sus enemigos para hacerse justicia, huye a los bosques donde asaltan y despojan a los viajeros indefensos. Se les llama bandidos y los hay en tan gran número que Italia está llena de ellos; apenas hay aldea libre de bandidos.

Pues bien, habiéndose predicado la misión en uno de es­tos villorrios, los bandidos que asistieron abandonaron aquel infame género de vida convirtiéndose por la gracia de Dios que en aquella circunstancia quiso servirse del humil­de método. ¡Cosa hasta entonces inaudita! ¡Jamás se vio a ningún bandido dejar a un lada sus correrías, sea cual fuere el motivo!».

Entonces se dirige al señor Martin, uno de sus prin­cipales discípulos: «¿No es cierto, señor Martin, que los bandidos de Italia se convirtieron en nuestras Misiones? Vos estuvisteis presente. Ya que estamos en tertulia fami­liar, decidnos, si os place, cómo sucedió aquello. —Sí, se­ñor, replica el señor Martin, así fué. En las aldeas donde misionamos, tanto los bandidos como los que no lo eran, acu­dieron a confesarse. —¡Oh, prodigio, exclama Vicente, los bandidos convertidos! ¡Gracias al humilde método!».

«He aquí otro ejemplo, continúa entusiasmado. No hace mucho dos de nuestros seminaristas misionaban en una aldea de la costa junto a la cual había naufragado un navío. Las mercancías y equipajes habían sido arrojados por la borda. Los habitantes de la aldea e inmediaciones acudieron al saqueo y se apoderaron de cuanto pudieron llevar, quien de un fardo, quien de telas, quien de otros bultos. Esto significaba el despojo de los infelices náufra­gos. Predicada la misión según el humilde método, se res­tituyó todo a sus dueños. ¡He aquí, señores, los efectos del humilde método! Buscad algo parecido en el aparato y la pompa de la vana elocuencia. Apenas si se convierte uno en adviento o cuaresma con tales predicadores, como lo vemos en París. Y sin embargo el humilde método es también útil en la Corte. En dos ocasiones el humilde mé­todo ha hecho su aparición en la Corte y me atrevo a decir que ha sido bien recibido… que triunfa en ella, donde ha producido frutos maravillosos pese a todas las oposiciones. ¿Dirá alguno que sólo es útil para gentes bastas de las aldeas? La experiencia dice que en París, en la Corte y en cualquier lugar no existe mejor método ni más eficaz. ¡Sacad, pues, la, consecuencia y admitámoslo de una vez!».

¡Con qué cálida gracia resuenan sus acentos! Las pa­labras, las ideas, los sentimientos, los consejos, las instruc­ciones, parecen distribuías al acaso y sin embargo ocupan su lugar propio en el orden más conveniente.

Es el lenguaje corriente y sencillo que se eleva hasta la elocuencia en alas de la sinceridad, del entusiasmo, de la te­nacidad continua y serena. No teme incurrir en repeticio­nes, por el contrario, parece emplearlas advertidamente a fin de inocular su convicción personal en lo más profun­do del ánimo. Vuelve y revuelve su humilde método pre­sentándolo bajo todos los aspectos para probar que como quiera se lo considere es perfecto y sin defectos. Cuando creemos que ha terminado, vuelve a empezar; hasta tal punto lo lleva en la sangre y en su alma inagotable y fuerte. Es el pensamiento continuo que hace destilar del principio al fin de sus discursos como gota que al caer en el mismo sitio horada y traspasa la roca. No se con­tenta con recomendar y propagar su humilde método; sien­te legítimo orgullo al enterarse de los éxitos de los que lo practican. «Nuestro método, del que se han servido y se sirven grandes personajes, es el método de los predicado­res que hacen maravillas. El obispo de… me decía que aun cuando hubiese de predicar cien mil veces no se ser­viría de otro. ¡Y Monseñor de Sales! Este gran varón de Dios me decía lo mismo. En la misión de Saint-Germain, las gentes acudían de todas partes, de todos los barrios de sata gran ciudad. Había allí personas de todas las parroquias, de toda condición y hasta doctores. Pues bien allí predicaba según al humilde método. El señor obispo Boulogne que predicó, lo siguió al pié de la letra. ¡Y, oh Dios, qué gran fruto se obtuvo! Hubo, tantas confesiones generales como en las aldeas. ¡Bendito sea Dios! ¿Cuándo se vieron tantas conversiones en los sermones de predica­dores refinados? Sus palabras vuelan sobre los techos. To­dos los convertidos exclamaban «Este sí que sabe y dice grandes cosas… «. Y esto es tan cierto que para pasar hoy por buen predicador en las iglesias de París y en la corte, es menester predicar sin afectación. Entonces los oyen­tes dicen: «Este hombre es maravilloso: predica a la mi­sionera».

Quizás se diga que pecamos de extensos al comentar el famoso «humilde método» y las conferencias en que renovaba sus ideas; pero hemos querido ofrecer un esbozo de la forma en que Vicente instruía en la privanza de sus reuniones. Gracias a la reproducción fiel de sus palabras nos es permitido conocer las vibraciones de su pensamien­to junto con las de su voz. Con verdadero placer se escu­chan las variadas inflexiones, la dulzura comunicativa, la incansable perseverancia, en fin, ese encanto especial tan propio suyo. Podríamos decir sin faltarle al respeto que charla, parlotea, machaca y repite; pero esas charlas, par­loteos y repeticiones continuas y voluntarias del ideal que lo obsesiona poseen una fuerza, un poder de seducción y conquista inauditos. Sus pláticas, aparentemente deshilva­nadas, tienen sin embargo tal trabazón, tal ilación, los conceptos y argumentos presentan tal cohesión que muy pronto el oyente queda preso en su sereno engranaje; y el candor, la bondad, la fe, todas las gracias ingenuas de su alma, dan a sus lecciones el encanto luminoso de un rayo de luz.

Estas páginas que podrían creerse heladas por el tiem­po, conservan hoy todo su ardoroso arrastre. Se leen con la sonrisa en los labios y placer subyugante.  ¿Qué sería  escucharlo teniéndolo a pocos pasos, fijando la mirada en su asombrosa fisonomía? Oírlo y contemplar en su vejez la vasta frente marmórea, los rasgos enérgicos, el semblan­te terroso surcado por la reja de todos los sacrificios, ofre­ciendo el aspecto de uno de esos ancianos de apretada ves­tidura, de robusta cabeza y dura barba rapada, de ojos brillantes refugiados en el nido de las cejas que con tanto fuego trazara el lápiz sombrío de Lagneau. Pero la ternu­ra y candor del alma que se echan de menos en los crue­les retratos del artista, rayanos en lo burlesco, campean en la boca avellanada e indulgente del santo y en el venera­ble rostro con mentón de abuelo. Al escucharlo lo vemos revivir al natural, mientras de pie como lo hacía casi siem­pre, prosigue su plática.

Viste de negro, con sobrepelliz almidonado y corto co­mo nuestros niños de coro. Sin detener el discurso va y viene, camina de un lado a otro, observando y visitando, por decirlo así, a cada uno de los oyentes, tocándoles el brazo, golpeándoles la espalda. Habla largo despacio y lo sabe. Cuando advierte la hora se excusa humildemente: «¡Han pasado los tres cuartos, señores; soportadme un poco más, os lo ruego, soportad a este miserable!». Al cabo de un instante, confuso otra vez, se golpea el pecho y pide perdón, repitiendo el humilde «soportadme». Pe­ro nadie deja de seguir escuchando. Nada de catedrático en este maestro. Sus palabras eran las de un amigo que pien­sa en voz alta, diciendo lo que el oyente piensa pero mucho mejor. ¡Qué delicia oír esta charla sublime, beber en esta fuente exquisita!

La leprosería

En 1630 el colegio de los Buenos Hijos resultó estrecho para el número de misioneros que aumentaba cada año. A esto se añadieron descalabros económicos tales que la dotación de Gondi no bastaba para conjurarlos. Vicente no se atribuló y puso todo en manos de Dios, quien le re­compensó esta buena costumbre. La antigua leprosería de San Lázaro, ocupada desde el siglo XVI por clérigos re­gulares a las órdenes de un prior nombrado por el ar­zobispo de París, era una rica señoría eclesiástica. Sus ren­tas eran considerables.

Establecida sobre el camino a Saint-Denis, compren­día vastos edificios donde ya no moraban leprosos y sólo al­gunos canónigos. En 1632 el superior, terminados sus com­promisos, decidió retirarse y ofreció su beneficio a Vicente. Este, a pesar de todas las ventajas que en él veía, lo rehu­só. La idea de que «su pequeña compañía» y de que él mismo pudieran ser objeto de tal fortuna y tamaño honor, lo confundía e inquietaba. Así lo confesó con ingenuidad.

¿Es posible, señor, tembláis?» exclamó el prior, Adrián le Bon sorprendido ante su resistencia. —»Es verdad, Padre, repuso el santo, que vuestra proposición me espanta y me parece tan sobre nosotros que no me atrevo a eleva hasta ella mi pensamiento. Somos pobres sacerdotes que vivimos en la simplicidad, sin más intenciones que servir a los pobres de la campaña. Os quedarnos sobremanera obli­gados y os damos humildemente las gracias, pero permitid­nos declinar vuestra oferta». Y se mantuvo firme.

Hubo de transcurrir un año para que cayeran sus es­crúpulos. Era siempre lento en decidirse por excesiva pru­dencia, pero una vez determinado lo decía y lo hacía. El 7 de enero de 1632 tomó resueltamente posesión del prio­rato de San Lázaro con sus misioneros que de la noche a la mañana fueron bautizados con el nombre de lazaristas.

El enorme establecimiento vacío y desierto que sólo albergaba en el fondo de los jardines algunos pobres de­mentes encerrados en chozas, hubo de parecer a Vicente y a su congregación, cuando hicieron su modesta entrada, una inmensidad triste y desconsoladora. ¿Tendría alguna vez sacerdotes como para colmarla? Lejos estaban de so­ñar que el colosal conjunto de construcciones semejantes sería un día reducido para albergar las obras de las cua­les ésta sería el centro y el hogar.

Hoy, retrocediendo en la historia, nos preguntamos si el gigantesco priorato de San Lázaro no fue construido y dispuesto expresamente para ser, a su hora, la cuna y el domicilio titular, la casa madre de todas las órdenes a las cuales Vicente debía vincular su nombre y su gloria. En adelante sería su residencia y su palacio; palacio sin ar­tesonados de oro ni cielorrasos al óleo, de murallas des­nudas y galerías embaldosadas, de patios y jardines seve­ros encuadrados por claustros, salas de estudio, refectorios, dormitorio, guardarropas, celdas… pero asimismo mora­da y mansión real que será convertida por Vicente, con ra­pidez e inteligencia admirables, en Louvre de la caridad y Vaticano de su humilde genio.

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