San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (05)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: · Traductor: I. Fernández. · Año publicación original: 1928.
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La reina Margarita

En el suburbio de Saint-Germain, donde se radicó Vi­cente para sepultarse en el olvido, se elevaba a escasa dis­tancia de su residencia el palacio de la reina Margarita.

Sobre la calle que ahora lleva su nombre ocupaba una vasta extensión, rodeado de jardines y terrazas que avanza­ban hasta las orillas del Sena. La magnífica construcción que se ve en el número 6 puede ser, sino en su totalidad al menos en parte, la mansión donde vivió la hija de En­rique II después que abandonó el trono. Cuando Vicente se instaló en dicho barrio no ignoraba la terrible vecin­dad…, sin embargo no se arredra. ¿Habría alguna posi­bilidad de que la soberana de ayer, hoy moradora del pa­lacio, se preocupase por el pobre y mal vestido sacerdote de la calle, oculto en su vieja bohardilla? ¿Sabía siquiera que existía un tal Vicente? ¿Quién le hablaría de él? «¡El rey, temió un instante, el rey que me recibió!». Pero se tranquiliza: «Las razones que motivaron la entrevista secreta harían desistir al rey de comunicar sus asuntos polí­ticos a aquella alocada mujer. Además se veían sólo rara vez. Por consiguiente, no había que inquietarse por este lado».

Pero por apasionado que sea en alguien el deseo de no aparecer, es muy difícil evitar ciertas amistades aun contra la propia voluntad. Vicente trabó amistad, por aca­so y sin ningún género de desconfianza con un tal Du­fresne, hombre piadoso y probo, que le pareció digno de toda simpatía. Después descubrió que este amable perso­naje era el secretario privado de la reina Margarita. ¿Lo supo desde los primeros días o más tarde? Poco importa. M. Dufresne impresionado por las raras prendas del sacer­dote, habló de él a la princesa en forma tan persuasiva que ésta quiso elegirlo al punto por su capellán. Es de imagi­nar la sorpresa de Vicente decidido a vivir en adelante en el más completo ocultamiento. Pero sea que M. Dufresne hubiera desplegado suficiente elocuencia como para vencer sus escrúpulos, sea que el santo hubiese visto en la afirma­tiva un medio providencial de hacer mayor bien al am­paro todopoderoso de la reina que el que podía llevar a cabo en la vida mediocre a que se había confinado, el caso es que aceptó aunque con ciertos recelos la ventajosa oferta.

Es comprensible su inquietud. Ya no se parecía la princesa a la Margarita de los impíos tiempos de los úl­timos Valois, delirante por el lujo y cuya ligereza de cos­tumbres obligó a su marido, airado por sus amores escan­dalosos a pesar de su escasa severidad, a encerrarla en el castillo de Usson, en la soledad de las montañas.

Más tarde, cuando éste subió al trono de Francia, ob­tuvo del Papa Clemente VIII la anulación de su matrimo­nio; ello significó para la ex-reina la vuelta a la cordura y a la vida ordenada.

Tanto en París como en Auvernia se esforzaba por bo­rrar los escándalos de su juventud por medio de una vida re­gular en la que sobresalían las buenas obras. Frisaba por este tiempo en los cincuenta y seis años. A pesar de los afeites con que velaba su marchita hermosura no podía di­simular el avance de los años. Ostentaba sin embargo cier­ta frescura y un resto de ardor juvenil, pero empezaba co­mo su madre a envejecer en la obesidad. Había sido muy bella y jamás había atormentado su rostro con siniestros propósitos, por eso no tenía el taimado mentón maternal ni el labio flácido de los Médicis. Gozaba todavía de cier­ta fama y prestigio, más tal vez debido a los desórdenes de su célebre pasado que a la tardía dignidad de su retiro. A falta del trono perdido, sus faltas le erigieron un pedes­tal, desde el cual ejercía sobre su séquito y sus allegados cierta autoridad inofensiva y consentida. Sin incurrir en el desprecio, no pudo nunca granjearse la estima completa. Tal vez se hablaba de ella con sonrisas malévolas, pero ha­bía sido tan amable y amada que inspiraba una especie de consideración, porque a pesar de sus años conservaba cierta bondad y sencillez sin etiqueta.

La edad era incapaz de detener el torrente de libera­lidad y osadía que siempre brotara de ella; de igual ma­nera el ceremonial y la etiqueta, exigidos hasta el fin por la difunta reina Catalina no tenían cabida en el palacio de Margarita. Sin embargo su vida transcurría en una ver­dadera corte, con sus fiestas, sus luces y sus horas de bri­llantez.

La hija de Enrique II heredó de sus padres la pasión por los espléndidos caballos, pos ‘los mastines, por la ale­gre algazara de una lujosa servidumbre.

De su madre heredó aquella cultura de espíritu ra­yana en lo pretensioso así como el cariño por las bellas letras, por los manuscritos iluminados, por los libros her­mosamente encuadernados, de los cuales Catalina poseía en su gabinete verdaderos tesoros. Por lo mismo gustaba rodearse de autores, de músicos y de poetas. Tenía entre manos la redacción de sus memorias.

En este ambiente deslumbrante y nuevo iba a entrar Vicente, como un libro de oraciones arrojado en medio de un palacio.

Dos años permaneció en el palacio de la reina Mar­garita. Sólo es posible sospechar cuántas cosas vió y oyó en este breve tiempo, aun con los ojos y oídos cerrados y a pesar de la modestia con que desempeñaba su cometido. Es de lamentar que guardara siempre, fiel a su ordinaria reserva, el más completo silencio acerca de su estada en la Corte. Intentemos sin embargo un ligero esbozo, no por el vano placer de describir, sino para formarnos una idea sensible y útil de la vida del santo en esos momentos. Espectáculo curioso y atrayente que no podía dejar de inte­resarlo a pesar de su despego de las cosas del mundo y que debió impresionarlo con rudas lecciones y recuerdos imborrables.

Cuando vio a la reina Margarita adornada con sus joyas más espléndidas, sentada frente al retrato de su madre en vestiduras solemnes pintada por Francisco Clouet acariciando soñadora uno de sus falderos, o cuando escu­chaba los numerosos episodios que solía narrar de su in­fancia, de su desgraciado noviazgo con Enrique de Navarra que no amaba y con quien se había casado obli­gada por su madre, y cuando con brusco salto pasaba a evocar las fastuosas fiestas de su casamiento en el Louvre y en Nôtre-Dame sin olvidar detalle : » …Y yo, Padre, deslumbrante de piedras preciosas, vestida, de reina con corona y manto de arminio moteado y gran capa azul con cola de cuatro varas de largo llevada por tres princesas, y el pueblo abajo estrechándose y ahogándose por ver­nos… «, ¿qué pensaría el encogido sacerdote negro desde lo más profundo de su respetuoso y triste silencio?

Y cuando en el ejercicio de su ministerio escuchaba la confesión de los últimos pecados, tal vez no más mor­tales, de aquella «Margot» y cuando usando de toda la generosidad de su corazón depositaba la sagrada hostia sobre la lengua en otros tiempos pecadora, ¡cuántas com­paraciones y estremecimientos surgían en su espíritu, ilu­minado siempre por la plegaria! Todo esto debió aumentar su compasión y madurar las fuerzas de su alma. ¿Dónde hubiera hecho mejores experimentos acerca de las grande­zas y miserias humanas? Los Franciscanos, Zaragoza, To­losa, fueron escuelas donde comenzó y perfeccionó sus es­tudios.

Y ahora la Corte. ¡Qué Universidad!

El delfín

Entre las personas que por allí se dejaban ver, una sobre todo llamaba gustosamente su atención. Este gran personaje, aunque pequeño en edad, residía enfrente, en la orilla opuesta del Sena, en un palacio mucho más sun­tuoso que el de la barriada de Saint-Germain: en el Louvre. El joven delfín Luis, hijo de María de Médicis era llevado de vez en cuando al palacio de la reina Margarita. Lo distinguía con su afecto a causa de la extraña e instinti­va antipatía que el príncipe demostraba desde que tenía dos años por los hijos naturales del rey; y la recreaba el vigor inconsciente de su conversación en la que gustaba respirar la impetuosa lozanía paterna.

En aquel año de 1609 tiene ocho años. Héroard, su fiel médico, a quien Enrique IV le ha confiado desde su nacimiento y quien más tarde en un asombroso diario ano­tó escrupulosamente lo que el niño hacía y decía desde que se levantaba hasta que se acostaba, escribe el 24 de enero : «A la una de la tarde el rey lo lleva al palacio de la reina Margarita. El 10 de febrero va a la Cartuja y a la Feria, acompañado por vez primera por la reina Marga­rita quien le regala un camafeo y un collar de diamantes, valuado en diez mil escudos y ordena al orfebre, entre­garle lo que pida prometiendo pagar lo que fuere». De aquí se puede inferir cuánto le placía mimar al delfín. El 16 del mismo mes: «Lo llevan al palacio de la reina Margarita, a lo de M. Concino y a lo de M. Gond. El 7 y el 14 de agosto la vuelve a ver. El 13 de noviembre vuelve a estar con ella después de haber perseguido una liebre en el palacio de Luxemburgo. El 10 de diciembre y vuelve en carroza, y de nuevo el 21, día en que juega en los jardines, baila y oye música». La visita, pues, nueve veces en el año, aunque es posible y probable que hubiera es­tado otras veces y que Héroard no lo juzgara digno de con­signarlo. Esto basta para poder afirmar que Vicente lo conoció y habló con él, si no en todas las visitas, por lo menos en algunas. Luis era de carácter ardiente y arreba­tado, a tal punto que su padre ordenaba con frecuencia recurrir al látigo.

El 24 de junio, a pesar de sus ocho años, incurre en este castigo por haberla emprendido a raquetazos con uno de sus lacayos… Es pues muy verosímil que en vista de su difícil carácter, la reina Margarita lo pusiera en con­tacto con su capellán para que éste, llegada la oportunidad, lo aconsejase y atrajese a la suavidad. Si se pregunta por qué en el diario de Héroard no existen indicios de la inter­vención de Vicente, responderemos que el médico no se creía obligado a referir más que los nombres de personas importantes y que probablemente el capellán, víctima de su modestia, era considerado a pesar de sus virtudes como un buen sacerdote sin importancia.

El delfín oye regularmente misa con el rey, va a vís­peras a San Antonio des Champs, es conducido entre se­mana a la iglesia, lava el jueves santo los pies a los po­bres y el viernes santo oye el sermón del P. Coton con quien se confiesa el sábado y a quien vuelve a oír el do­mingo de pascua, reza mañana y tarde sus oraciones y al­gunas semanas va a misa casi diariamente, el 12 de agos­to a l’Abbaye, el 15, 21 y 22 al bosque de Vincennes, el 30 a los Mínimos, el 13 de setiembre a Picquepusse. Un día dice a su médico:

—Señor Héroard, acabo de inventar una sentencia. —Señor, decídmela, si tenéis en ello placer.

—Sí, señor. Dicen que Dios castiga a los niños malos. Pero yo he inventado esta otra: A los niños que temen a Dios, Dios los ayuda…

Ahora bien, es inadmisible que un niño educado en semejantes condiciones, no fuera presentado al capellán en ninguna de sus visitas, no más que por respeto y cortesía; en este caso nos parece necesario que Vicente conoció en­tonces al pequeño delfín, del cual había de recibir entre sus brazos, treinta y cuatro años más tarde, el último sus­piro de rey.

Pero nuestro santo no se encontraba en la corte de Margarita, en el verdadero lugar de su destino. A pesar de tantas ceremonias, la religión cortesana que se practi­caba en el palacio de la anciana y siempre frívola prin­cesa, no era más que pretexto de suntuosas solemnidades. En ellas se respiraba un incienso profano.

El arrepentimiento de la antigua coqueta era alimen­tado y endulzado con mil añoranzas, expiación de sus amoríos. No obstante los monjes, los altares, las procesio­nes, las visitas en carroza a los conventos y a los cemen­terios, Dios ocupaba el segundo lugar en la mayoría de estas piadosas diversiones en que las genuflexiones alterna­ban con los pasos de danza. Además de esto, meriendas con vinos de España, poesía, delirio por Ronsard, odas, justas de ingenio que anunciaban la venida de las «Pre­ciosas», comedias, jaulas de pájaros azules, música de M. de Bouillon «ejecutada por un laúd, un clavecín y una viola», algazara de alegres carcajadas que sobresalían so­bre el piafar y el relinchar procedente del piso bajo «de la gran cuadra de las caballerías… «.

Entretanto Vicente continuaba desempeñando su tra­bajo de hormiga, completamente calmo en medio de aque­lla pajarera humana. No se preocupó por abandonarla po­niéndose en manos de Dios y esperando que El le indicara el momento decisivo. Este vino pronto y de manera por él jamás imaginada.

Vicente y el demonio

La reina Margarita a quien gustaban sobremanera las conversaciones sabias, tenía en su palacio cierto doctor, controversista famoso por su celo y por sus trabajos contra los herejes, el cual se vió en la necesidad, a causa de sus nuevas ocupaciones, de renunciar al cargo de teólogo que desempeñaba en su diócesis. Con esto se descaminó su vida. Pero escuchemos a Vicente acerca del particular: «Como no predicaba ni explicaba el catecismo era turbado en su inactividad por una ruda tentación contra la fe; lo que de paso nos enseña cuán peligroso sea vivir en la ociosidad, tanto corporal como espiritual. Porque como la tierra por fértil que sea, viene a producir luego cardos y espinas si se la deja inculta, así también nuestra alma no puede permanecer largo tiempo en el ocio y la inacción sin ser víctima de pasiones y tentaciones que la lleven al mal. Este doctor, pues, viéndose en tan lamentable estado, vino a mí y me declaró que se sentía agitado de violentas tentaciones contra la fe y que hasta le venían a la mente blasfemias horribles contra Jesucristo y desconfianza de su salvación. A veces era víctima de la desesperación en grado tal que se sentía impulsado a arrojarse por una ventana y llegó a tal extremo que fue menester dispensarlo del rezo del breviario, de celebrar misa y hasta de hacer cualquiera oración ya que apenas empezaba a rezar, aunque sólo fuera el Pater, veía aparecer mil espectros que grandemente lo turbaban; y su imaginación estaba tan debilitada y su espíritu tan agotado de hacer actos contrarios a dichas tentaciones que le era imposible seguir haciéndolos». Parece probable que este pobre hombre trastornado por pavorosas visiones fuera víctima de una violenta neurosis. Pero en aquellos tiempos tales fenómenos se atribuían al diablo. Al primer síntoma anormal que la ciencia era incapaz de explicar, se acudía a la intervención del ma­ligno haciéndose cruces. Todos los desarreglos nerviosos se suponían efecto de su poder y maldad. ¿Alguien perdía la razón? Era bajo su soplo. ¿Un cuerpo se retorcía? Era bajo su garra…

Pero por otra parte cuando se han visto tantos cere­bros firmes, tantas almas escogidas como el P. Barré, Pas­cal, el cura de Ars… por no mencionar sino pocos nom­bres, asediados, revolucionados en lo más íntimo de su es­píritu por semejantes tempestades, ¿quién se atreverá a afirmar que la perfección y la santidad no atraen con pre­ferencia el rayo satánico y que tales conmociones sobre­naturales no son la condición misma de lo sublime a que tienden y el elemento indispensable de su salvación? Vi­cente quedó tan impresionado ante el lamentable infortunio de, aquel desventurado que concibió, en el ardor de su fe, la conmovedora resolución de sustituírlo en su tribulación. Y no solo por temor de que su amigo desesperado acabase abandonándose a la blasfemia, sino también por espíritu de penitencia y sacrificio, se ofreció al Señor como vícti­ma para soportar en vez del teólogo las torturas que die­ran con éste en el borde de la tumba.

Quien dijo por primera vez, «que no hay que tentar a Dios», pronunció ese día una verdad eterna. Dios, al hacer a Vicente el tremendo favor de escuchar su plegaria, la aceptó en toda su extensión. Por un primer milagro libró al enfermo de su tentación. Desaparecieron las angustias, sobrevino una profunda paz y los nubarrones
que ensombrecían su alma se disiparon. Su tierna piedad por Jesucristo volvió a florecer más viva que nunca y hasta la hora de su muerte pudo bendecir a su Creador por
haberlo librado del abismo en que estuviera sumergido. Pero al mismo tiempo, por un nuevo milagro tan asombroso como el primero, las tentaciones del liberado pasaron al espíritu de Vicente conmoviéndolo con su ímpetu. Como nuevo Job, parecía entregado a los furores del demonio, y hubiera sido el más doloroso de los espectácu­los ver a este santo, modelo de virtud, de bondad y de man­sedumbre, atacado de esta manera por el infierno y tortu­rado como un condenado, si al mismo tiempo este suplicio no le hubiera dado ocasión de demostrar a todos el más admirable valor y la más celestial resignación.

Como no conseguía aliviarse ni con la oración ni con la mortificación, se impuso la ley de proceder siempre en sentido contrario de las sugestiones diabólicas; redobló la humildad y la caridad entregándose a los pobres con todo el ímpetu del mal que lo aquejaba. Cuatro años duró la lucha. Vicente, a fuerza de resistencia, escribió el Credo en un papel que llevaba sobre el corazón, previniendo a Dios que cada vez que asaltándolo Satanás llevara la mano al pecho entendiese que rechazaba con horror sus ataques. «Un día en que no podía más, nos cuenta su confidente M. de Saint-Martin, determinó tomar una resolución fir­me e inviolable para honrar a N. S. Jesucristo e imitarlo como hasta entonces nunca lo había hecho entregándose toda su vida al servicio de los pobres». Sin duda se había ocupado de ellos, pero los cuidados que les dispensaba ca­recían del carácter de exclusividad total y sin límites en el tiempo. Pronunciar un voto tal significaba para él re­nunciar para siempre a todo honor, a todo bienestar, a toda riqueza personal, a toda ambición aun permitida, era po­darse para el mundo, formar su existencia de un modo «para volverse al otro» y permanecer en él para siempre. Apenas hubo encontrado el camino de su vida formulando este solemne propósito, cuando la tentación se desvaneció y la luz inundó su alma bienaventurada. Como otrora en las costas del Africa, debió cantar sonriente y «con la voz entrecortada por los sollozos» el Super flumina Babylonis.

Los ángeles de Clichy

Vicente, desde el final de la crisis que acababa de sortear, tomó la resolución de renunciar al cargo de cape­llán de la reina y de abandonar la Corte, demasiado agi­tada para él, de la cual lo apartaban además sus nuevos pensamientos. ¿Pero a dónde retirarse en busca del reco­gimiento deseado? Pensó que nadie como M. de Bérulle podía procurárselo. ¿No fue en el hospital de la Caridad donde sin conocerse se encontraron y trabaron amistad a la cabecera de los enfermos?

El recuerdo de aquella amistad efectuada en semejan­te lugar dirigió a Vicente de manera completamente na­tural por el camino que deseaba emprender en adelante. El P. do Bérulle también lo esperaba. Con gran regocijo le ofreció el retiro de su casa ya que precisamente enton­ces se dedicaba a congregar una falange de hombres capa­ces de reparar bajo su dirección los males del protestan­tismo y de restaurar la piedad perdida o entibiada.

¿Desempeñaba todavía el cargo de capellán en 1609, época en que María de Médicis no se ruborizaba de tomar parte en las danzas del palacio de la reina Margarita? Y algo más tarde, cuando fueron trasladados a París los restos de Catalina, ¿participó en las ceremonias?

Sin que sea permitido deducirlo del ceremonial fú­nebre, es sin embargo muy probable. Hacía veinte años que la viuda de Enrique III, fallecida y sepultada en Blois, aguardaba en una miserable fosa los honores del mausoleo que construyera para, sí en vida en San Dionisio, donde su imagen arrodilla oraría eternamente junto al rey su esposo.

Pero Margarita se preocupaba poco por su madre. Si Catalina ocupó al fin el lugar por ella elegido, no lo de­bió a su hija, sino a los buenos e inesperados oficios de una anciana, Diana de Augulema, duquesa de Montmoren­cy, hija bastarda de Enrique II. El traslado de los reales restos dio ocasión a suntuosas ceremonias en las que parti­ciparon ambas cortes, la del Louvre y la del barrio de Saint-Germain, con asistencia de la reina Margarita, el Delfín y dignatarios del Clero. Es pues difícil de creer que faltara el ex-capellán de la hija de Catalina. Entonces, delante del catafalco de la que había querido o permitido el crimen de San Bartolomé, el antiguo pastor de Pouy re­vivió los momentos de aquellas veladas en que sus padres mencionaban temblorosos la fatal noche de 1572.

El asesinato de Enrique IV ocurrido poco después de su partida de la Corte produjo sin duda en su alma iguales sentimientos de dolor y compasión. Aun no siendo testigo de los incidentes de aquellas horas de desorden, padeció sin embargo sus penosos efectos. A pesar de sus desvíos, estimó siempre a este príncipe ardiente pero justo y bueno al que apreciaba como gran rey y del cual pudo decir más tarde «que haciéndose hijo de la Iglesia se con­virtió en el padre de Francia». La pérdida le fue sensi­ble… y quién sabe si al oír la noticia del atentado no corrió al Louvre para contemplar una vez más y bendecir a aquel a cuyo lado lo reclamara hoy como ayer «una mi­sión».

No obstante la falta de pruebas, es lícito creer que Vi­cente estuvo presente a las escenas fúnebres que tuvieron lugar a la muerte del rey, así como a la ceremonia de la víspera, a la misa solemne celebrada igualmente en San Dionisio con motivo de la consagración de María de Mé­dicis, en la cual la primera mujer del difunto, Margarita, de la que hasta ayer fuera capellán, llevaba, erguida la frente; la cola del manto de su rival.

Por este tiempo vivía en París l’Oratoire, siendo designado a los dos arios para ocupar el curato de Clichy, a la sazón vacante. Aunque el nombramiento no fue muy de su agrado, concluyó por aceptarlo. Su modestia fue la única causa de su duda.

Ignorando sus méritos no se creía capacitado para ocupar puestos de responsabilidad. En Clichy como en otras circunstancias anteriores se reveló superior a toda esperanza, desplegando tan grande celo que a poco de entrar en contacto con sus feligreses, éstos le dispensaban ya el más sincero afecto. No contento con conocerlos a to­dos, interesarse de cada uno, visitarlos, confortarlos, ser su guía y su modelo, quiso ser también un amigo fuera de las funciones de su ministerio. No hacía acepción de per­sonas, antes bien, cada cual pensaba al dirigirse el santo a otra persona: «Yo soy el preferido» y no dando lugar a celos ni envidias gracias a su mansedumbre hábil y so­berana. De tal manera supo multiplicar alrededor de sí su acción bienhechora que al poco tiempo parecía no tener más que hacer en provecho de sus fieles. Llegó a realizar cuanto es posible imaginar. Volvió a las prácticas religio­sas a aquellos que las despreciaban, llevó la esperanza a los desconsolados y la salvación a los que parecían con­denados. Su iglesia estaba en ruinas: él la reconstruyó; estaba falta de mobiliario y ornamentos: él la abasteció de todo lo necesario y aun la enriqueció de modo que más de uno encontraba placer en visitarla. Para hacer frente a tantos gastos no andaba en busca de dinero. El dinero venía en su busca y sin que sus ovejas tuvieran que su­frir por ello debido al cuidado que ponía en administrarlo. El dinero provenía de París como venido de arriba, dispen­sado por el Gran Tesorero, pues su afabilidad era tan con­movedora que ya fuera Dios, ya fueran los hombres los importunados, con sólo desear obtenía lo deseado. Si se permite la expresión, seducía a cuantos trataba. Dicen sus contemporáneos que pintaba la virtud con colores tan atrayentes que la hacía aparecer deleitosa y digna de en­vidia. El sacrificio adquiría en sus labios un encanto tan poderoso que el oyente volaba a su encuentro. No pudien­do suprimir la cruz, que de grado o por fuerza todos he­mos de llevar, la presentaba cubierta de flores.

Su mano aun de lejos sostenía, su voz secaba las lá­grimas.

Los habitantes de Clichy de 1610 vivían con tal edificación que un contemporáneo asegura : «vivían como án­geles».

Sin embargo, estos pobres ángeles debieron resignar­se a que su serafín los abandonase : «Hecha la casa, se va el albañil», dice el refrán. Siendo más necesario en otros campos de mayor trascendencia, M. de Bérulle hizo un llamado a Vicente. Si éste escuchó su deseo se debió a la autoridad, que su maestro y amigo ejercía sobre él y a la cual su voluntad estaba lejos de sustraerse. Tratán­dose del deseo de un amigo de absoluta confianza, carecía de libertad. Sabía los riesgos de seguir la propia voluntad; ahora bien, este pedido no lo era. Sólo reconocía una volun­tad: la de Dios, que estaba siempre pronto a seguir, sobre todo cuando le era expresada por otro de más cualidades que él. En su sublime modestia sólo dudaba de sí mismo.

Vicente experimentó en Clichy tal contentamiento que decía para expresarlo: «El Papa es menos feliz que yo». Llegado el momento de abandonar el incomparable reba­ño de «sus ángeles», el corazón se le partió en dos. Lo acompañaron fuera del pueblo lo más lejos que pudieron, todos lloraban y él tanto o más que todos. En particular se lamentaban los pobres, pues a ellos dedicó sus prefe­rencias.

Después de muchos adioses y apretones de mano, lle­gó el momento de arrancar las suyas a los que las besaban, impartió la última bendición a su pueblo congregado de rodillas al borde del camino y partió, volviéndose desde el coche que lo llevaba «con su pequeño ajuar», no muy velozmente, porque el cochero no quería azuzar los caba­llos para que el pueblo pudiera verlo más tiempo agitando su sombrero. Para atenuar el pesar de los que quedaban y engañarse un poco a sí mismo, decía a su pesar: «¡Has­ta vernos otra vez!», pero sabía muy bien que había cum­plido allí su cometido y que no volvería jamás. Qué tremendo y profundo contraste entre la vida tranquila de la víspera y la que le aguardaba mañana! Al pensarlo se es­tremecía. ¿Volvería a la Corte? No, sino a un alto puesto que ocuparía en el palacio de Felipe Manuel Gondi, Con­de de Joigny, general de las galeras del rey.

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