San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (01)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Lavedan · Traductor: I. Fernández. · Año publicación original: 1928.
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Presentación

Por el P. Pierre Coste, sacerdote de la Misión.

Fue una excelente suerte para san Vicente de Paúl tener al Sr. Henri Lavedan como biógrafo. La vida que el eminente académico acaba de publicar en la colección La novela de las grandes existencias, es de verdad nueva, no porque se halle cosa nueva sobre el gran reformador, sino por el encanto y el interés del relato. Non nova, sed nove,[No algo nuevo, sino por la novedad]. El libro está lleno de cuadros deliciosos que nos conmueven, nos encantan, nos atraen hacia el hombre cuya carrera sigue haciéndonos admirar sus virtudes. El Sr. Lavedan es un artista incomparable. Cuando nos muestra a su héroe en las Landas o en Berbería, en casa de los grandes de la tierra o en casa de los miserables, cuando nos cuenta sus creaciones magníficas o nos retiene a la vera de su lecho de agonía, es siempre el mismo encanto el que nos acompaña.

«Vicente, a la edad de doce años, va a abandonar a su familia, sus rebaños, su perro fiel para ir a estudiar al colegio de Dax. Se acerca el día de la separación. Como si estuviéramos allí. » Es mañana cuando Vicente debe partir.. .. Entonces, a la primera estrella, se levanta, entra. Pero antes, mientras está solo todavía, se despide [en} la piadosa oscuridad, un adiós muy sencillo, muy tranquilo, a sus animales indiferentes. No son muchos. De siete a ocho. Acaba pronto. Los acaricia. Hunde la mano, como si fuera grato al niño Jesús, en la espesura de su cabellera. El cencerro que tintinea en su cuello le parece tener, en la sombra, un sonido más bonito que nunca. Y luego habla a su perro, que le comprende y se lo muestra ; le encomienda las ovejas, la gorda oveja perezosa y el corderito loco. El perro dice que sí. Ya nos vamos acercando a la casa. Se detiene para para dar un beso en la frente ardiendo al fiel amigo de su vieja infancia, con quien ha andado tanto, corrido tanto, bebido, dormido, y rezado, y que ha sido también con frecuencia –que Dios me perdone esta confesión- el consolador de sus largos aburrimientos «.

Hay que acostarse. «Sobre su pequeña y dura cama, que huele a establo, se tiende para la última noche de pesebre y de familia y en ella se duerme. Calmado sueño como un agua azul que fluye. Se despierta él solo muy temprano, se viste de prisa. Mas, aunque sus ropas son las mismas, él sin embargo ya no es el mismo que ayer. El escolar despide al pastor. Fuera las alforjas y el cayado. Ahí se quedan, colgados del clavo, donde seguirán… Dios sabe cuánto tiempo. Vamos, ha llegado la hora. Hay que acostarse». Los grandes abrazos de todos, los besos de la madre… A un lado, qué bullicio. Ah, es el perro que ladra y rasca «para seguir «, y al que han encerrado, porque después, ya le conocen, ya no se le podrá retener. Querría él tambien entrar en el convento. Las ovejas balan. Es el peor minuto. Por fin Vicente se aleja con su padre. Desaparecen por el campo donde sale el sol».

Qué cuadro más encantador. Nosotros querríamos citarlo todo, pues todo está escrito con la misma gracia ; pero hay que poner límites ; este extracto dará una idea de lo que es la nueva vida del » Señor Vicente «.

Tras este homenaje tributado al artista, que lo merece y más todavía, pasemos al historiador. El célebre escitor no ha escapado a los peligros que acechan, en historia, a los artistas y a los romanceros. La búsqueda de la verdad pertenece a la razón, y todo el mundo sabe que cuanto más fuerte es la imaginación, más debe luchar la razón para salir a flote en su empresa. Lo bello atrae a los artistas, los seduce, los fascina, los deslumbra, y este deslumbramiento les oculta la realidad. El corazón cautiva la voluntad, y esta, a su vez, arrastra a la inteligencia. Entre lo bello y la frialdad de los textos, la lucha no es larga ; es lo bello lo que triunfa.

El romancero debe reaccionar contra otra tendencia. Habituado a crear sus personajes, a conducirlos como quiere y a donde quiere, se ve en estrecheces en el terreno en el que se mantienen los documentos, y el espíritu de libertad que le anima le lleva por donde salir de este espacio apretado para moverse en el dominio, mucho más distendido, -de la imaginación.

Para concederse el derecho de evolucionar más cómodamente, el Sr.Lavedan ha preferido elegir un género de biografía hoy de moda : la biografía novelada. Bajo su pluma, el hecho histórico o supuesto como tal se rodea de las circunstancias que le sugieren, no los textos, sino su propio espíritu. Este hecho él lo ve en su realidad concreta, como ha debido ocurrir, y nos lo cuenta como él lo concibe, esforzándose por quedarse en el marco de la verdad histórica, o, más exactamente, de evitar la contradicción entre lo que escribe y lo que los libros le han enseñado. Método peligroso, que no garantiza lo suficiente contra las inexactitudes. Los eruditos de nuestra región landesa se aperciben de ello desde las primeras páginas.

Poco a poco se deslizaron leyendas en la vida de san Vicente. Es de temer que la obra del Sr. Lavedan no reafirme las que están en curso y que no aumente su número.

No podemos discutir aquí todos los puntos, sobre los cuales su manera de obrar no concuerda con la nuestra ; contentémonos con tres: el año que comienza la vida de san Vicente de Paúl, la leyenda de la esclavitud voluntaria y la de las excursiones nocturnas en busca de niños abandonados.

Entre las dos fechas, hoy discutidas, del nacimiento del santo sacerdote -24 de abril de 1576 y el 24 de abril de 1581- prefiere la primera, porque, dice él, ha sido » considerada durante tres siglos y medio como la buena »

No, durante tres siglos y medio, ya que hasta en 1660 la segunda fecha fue solo la recibida. San Vicente ha dicho con frecuencia su edad y siempre esta edad parte del año 1581. «No la puedo hallar larga, escribe a uno de sus sacerdotes, el 12 de octubre pues entraré en el mes de abril próximo en mis sesenta «.

Veinte días después de la elección de Alejandro VII, es decir Yo 27 de abril 1655, felicita al nuevo papa en estos términos :»Annum ago septuagesimum (minium; multorum Summorum Pontificum promotionem jam vidi; at qui tanto populorum et nationum con-sensu lectus sit sane non adhuc vidi, «

En otra carta, dirigida, el 15 de julio de 1659, al cardenal de Retz, arzobispo de París, habla de su fin próximo «teniendo ahora, declara, los setenta y nueve de edad».

La edad que se atribuye en sus conferencias a los misioneros y a las Hijas de la Caridad está de acuerdo con lo que leemos en su correspondencia y demás documentos.

Su entorno no tenía ninguna razón de pensar de otra manera que él. Pero, un avez muerto, se examinan los papeles encerrados en sus pupitres ; las cartas de ordenación atestiguan que ha recibido el sacerdocio el 23 de setiembre de 1600 ; qué extraño, pues entonces no tenía veinte años, la ley eclesiástica reclama veinticuatro años cumplidos y se ignora que a finales del siglo [XVI] los obispos, o al menos unos obispos, no tenían en consideración esta formalidad. Se empieza a dudar; ¿no habría cometido error toda su vida sobre su edad? Los sobrinos o sobrinos segundos de Pouy podrían tal vez informar ; pero Pouy está lejosy hay que decir sin demora la edad del difunto.

¿Qué hacer? Se razona. Este santo sacerdote, este fundador del clero no ha podido entrar en el sacerdocio por la puerta de la irregularidad ; se le otorgarán pues cuatro o cinco años de, más, sin precisar demasiado. Se escribe sobre el registro mortuorio » de edad de unos ochenta y cinco años «, y en la placa de cobre clavada en el féretro aetatis suce circiter octogesimo cuarto». » alrededor de «, » más o menos «, era la confesión de una duda. Se estimó que era mejor expresarse más categóricamente en la losa de piedra que encerraba la entrada de la tumba situada en medio del coro de la iglesia de San Lázaro, y las plabras » en su 85º año » fueran elegidas. Esta inscripción exterior, visible a los ojos de todos los que venían a orar ante sus restos, fijó la tradición. Abelly escribió que san Vicente había nacido el 24 de abril de 1576 y todos los demás biógrafos le copiaron.

¿Este cambio de fecha se hizo sin recriminación? Nos atrevemos a afirmarlo. Lo que hay de seguro es que después de 1660 el secretario de san Vicente, que era al mismo tiempo archivista de la Compañía, continuaba sosteniendo la antigua fecha por verdadera.

En esta materia, ya que el acta de bautismo no existía es la palabra de san Vicente la que da fe ; se ha de seguir y rechazar la tradición de dos siglos y medio, falseada por un primer error.

Rechacemos también sin titubear la leyenda que nos representa a Vicente de Paúl atándose a los pies los hierros sueltos de los pies de un forzado.

De dos cosas una 😮 esta sustitución se hizo al margen de las autoridades con la única complicidad del guardián, complicidad necesaria, ya que solo él tenía la llave que permitía soltar los lazos ; o el intendente de las galeras intervino para aprobar el intercambio.

A primera hipótesis apenas contribuiría a producirnos admiración por la virtud de san Vicente. Veamos más bien : cree de palabra, sin examen previo de un forzado que se dice inocente o gime por la suerte de su desdichada familia ; aparta a un funcionario de sus deberes ; es causa de que sean condenados, ya que tales eran las sanciones, el primero, un avez pillado, a la amputación de la nariz y de las orejas, el segundo, a la horca ; por último impide por sí la ejecución de una sentencia judicial, lo que es una falta contra la obediencia debida al Estado. Ingenuo, mal consejero, descerebrado, así nos parecería Vicente de Paúl, si la primera hipótesis fuera verdadera.

Estas objeciones han parecido tan decisivas que los partidarios de la leyenda prefieren en general la segunda, adoptada por Abelly. Pero cuántas dificultades por ese lado también. ¿Cuál es pues el intendente de las galeras que habría consentido en liberar a un forzado culpable para poner en su lugar a un sacerdote inocente de este mérito y de este carácter? La liberación de un condenado sobrepasaba, además, los poderes de las autoridades locales ; habría sido necesario recurrir a París.

Supongamos por un instante la realidad de esta hipótesis. Habría sido fácil, más tarde, establecer el hecho : se habría encontrado el nombre de Vicente de Paúl en los registros, en la lista de los galeotes ; Felipe Manuel de Gondi, general de las galeras, en cuya casa el heroico cautivo ejercía las funciones de capellán, no habría dejado de ser informado. Y entonces no se comprendería que Abelly no haya tenido más que una prueba que dar; y qué prueba. Interrogado un día sobre este punto por uno de sus cohermanos, Vicente de Paúl, nos dice, desvió la conversación » sonriendo». Prueba vaga y frágil. Vaga, para nosotros al menos, la pregunta del cohermano, ya que no conocemos sus términos. Vaga también la actitud del santo, ya que esta sonrisa caritativa puede corresponder a lo que sería, entre los demás, un encogimiento de hombros. Sonriamos, nosotros también, y sigamos.

Leyenda también los paseos de san Vicente por las calles de París, de noche, en busca de de los niños abandonados. No se necesita disertar mucho pasras demostrarlo. Nosotros conocemos a quien, el primero, ha imaginado estos recorridos nocturnos : es Capefigue, autor de una Vida de san Vicente de Paúl, publicada en 1827 : Invoca, es cierto, la autoridad de un manuscrito contemporáneo, a saber : el diario de una de sus hermanas empleada/s hacia 1640 en el servicio de los niños expósitos. Por desgracia, este diario que no se puede hallar que nadie ha visto antes de él y despoués de él, está escrito, si juzgamos por las líneas citadas, en un estilo y con expresiones que recuerdan al siglo XVII y no el XVIII. En estas codiciones, inútil insistir.

La vida de san Vicente es bastante rica en maravillas para no tener necesidad de leyendas. Que un artista y un novelista como el Sr. Lavedan se haya dejado seducir por relatos legendarios, no nos extraña nada. No se propuso, por otra parte, pasar por la criba de la crítica lo que otros cuentan de su héroe, sino tan solo contarlo a su modo, en un estilo vivaz, imaginado y gracioso, que transmite fisonomía del buen «Señor Vicente» agradable y atractivo.

Nota introductoria

No ignoro que la fecha del nacimiento de Vicente, fijada hasta estos últimos tiempos en 1576, ha sido puesta en, duda por el P. Coste, sacerdote de la Mi­sión, muy autorizado en la materia, según el cual el santo habría nacido en 1581; no obstante, sin re­chazar categóricamente esta opinión, me atengo a la primera de estas fechas, que alega en su favor el haber sido juzgada durante tres siglos y medio co­mo la exacta.

Finalmente, incurro con tanto menor escrúpulo en este error —si error va en ello— cuanto que éste nada quita al ardiente y piadoso homenaje que me propuse tributar a Vicente, lo cual para mí era lo principal.

Esto dicho, sólo me queda recomendar insistente­mente a mis lectores ¡ávidos de documentarse acer­ca de esta cuestión, las, hermosas y sabias obras del R. P. Coste: Saint Vincent de Paul. Correspondance, documents, 14 vol. in 8°, Gabalda.

Primera parte

Las Landas

Nada existe sobre la tierra que a cada hora y aun a cada segundo no sufra incesante cambio y transformación. Todo evoluciona en la naturaleza y en la historia, en el hombre y en su obra efímera, en todo lo cual vemos cum­plirse como en virtud de un orden necesario, un perpetuo y regular trabajo de construcción y destrucción, de ruina y restauración en orden a un fin ignorado al par que exi­gido, tan difícil y lejano que parece fuera de alcance, ex­ceptuando a aquel Ser divino en quien encontramos úni­camente lo inmutable y perfecto.

Toda naturaleza, aún la más intangible, ofrece ejem­plos perspicuos de las profundas modificaciones que en el decurso de las edades y a pesar de su aparente estabilidad realiza por sí misma o sufre bajo las manos de quien la reduce a servidumbre. Las regiones más aisladas y salva­jes cuyos desiertos habían opuesto durante muchos años barreras infranqueables a toda empresa humana, se han visto obligadas a ceder ante la ofensiva reiterada del «ma­vimiento», misterioso como una ley venida de lo alto.

Dos mapas del África con un siglo escaso de distancia nos asombran. En el de ayer medio continente se extiende lúgubremente desierto ocupado por estas solas palabras: «Hic sunt leones». En el de hoy la misma extensión desapa­rece bajo un aluvión de nombres nuevos y bajo el trazo de las largas carreteras construidas a través del desierto por el paso de los vehículos motorizados.

En todos los países del mundo sucede lo mismo, y en Francia igual o más que en otras partes. Especialmente en algunas de sus regiones es más visible tal variación de población, de vida y de topografía que el tiempo cons­truye, destruye y reconstruye.

Las Landas, nuestro punto de partida, nos ofrece un ejemplo útil y adecuado de semejantes diferenciaciones históricas. Aunque esta región, poco afortunada a pesar de su especial belleza, se cuenta entre las menos evolucio­nadas, no se asemeja actualmente en nada a lo que fuera en las postrimerías del siglo XVI, cuando ostentaba a la par de las provincias más favorecidas cierto aspecto de «contemporáneo» en el cual si la Francia de hoy día se mirase le sería imposible reconocerse. Aspecto inquietante y tenebroso, exacerbado por continuas preocupaciones y perpetuas angustias. Días aquellos vividos bajo el azote de las guerras civiles y religiosas, mutuamente agravadas y exacerbadas. Nadie se libraba de participar en ellas. Am­bas acosaban a todos y siendo una y otra la misma reali­dad, acechaban al ciudadano, y lo embanderaban individual o colectivamente, de grado o por fuerza. ¿Era posible per­manecer neutral y no decidirse por ninguno de los dos bandos? ¡Imposible!

«¡Adelante, levanta tu mano, jura sobre la Biblia o sobre la Cruz y decídete inmediatamente! Estás por la Iglesia o por la Reforma? No hay término medio, o católico o protestante, pero decídete por algo. De lo contrario sospechoso a ambos bandos, defendido por ninguno, te ha­rás dos veces acreedor a la muerte».

Vida de ansia en el espanto y la audacia cotidianas. En el umbral de cada puerta, en el oscuro hueco de la bóveda, en el ángulo de la poterna, en lo profundo de la bodega la emboscada se agazapa invisible y segura, el cri­men acecha y el asesinato merodea, Y de improviso , entre el revuelo de las capas, gritos, ayes, blasfemias y cla­mores. Nombres de santos y de caudillos vociferados con el de Dios entre el relámpago de las dagas; el fuego de los pistoletazos y de las espadas brota de alguna oculta grieta crepitando en el puño de gentes embozadas y des­pués… la fuga inopinada a uña de caballo, cosidos los jinetes a la cabalgadura, dejando tras de sí los cadáveres «en cruz» del bando rival empapados en su sangre entre­mezclada.

Tal era en esa época de fanatismo y de odio el curso de la existencia, no solo durante las horas de la noche sino a la luz del pleno día. Los rayos del sol al alumbrar el tu­multuoso cuadro parecían hacerlo más cálido y extenso. Pero las gentes concluían por habituarse a él.

Los humildes quehaceres del vulgo apenas eran inte­rrumpidos. Pasada la avalancha, volvía el trabajador al ca­llejón estrecho, teatro de emboscadas, para reparar los mu­ros batidos por los estoques, el vitral desmenuzado del cual pendían las guarniciones de plomo, o la muestra que se ba­lanceaba maltrecha en el dintel de la tienda.

—Sin duda, pensará alguno, tal era la suerte fatal de las ciudades, de los lugares donde pululan las grandes mu­chedumbres, donde forzosamente por inevitable contacto estallan al menor choque las pasiones siempre dispuestas a lo trágico, al tener como cómplices la concupiscencia del crimen y la sed del incendio. Pero… en la campaña, al menos en ciertos rincones donde la casi completa ausen­cia de habitantes hacía imposible todo conflicto, afirmar tal no sería un absurdo? ¿No reinarían allí la paz y el bienestar?

—Tampoco. ¿Por qué? Porque allí imperaba la mayor miseria, sin esperanza de recibir auxilio en toda la vaste­dad del horizonte, sin que nadie se acercara a remediarla trayendo víveres o limosnas, inexorablemente circundada de soledad postradora que alargando la duración de los días doblaba y agravaba el sufrimiento de las víctimas.

Tratemos de imaginarnos aquella región de las Landas como era hace cerca de cuatrocientos años antes que va­rios siglos de construcciones, de cultivos, de plantaciones, de cultura civilizadora, de mejoras de diversa índole, la transformaran en su casi totalidad. Afligía y descorazo­naba el aspecto de su extensión desértica donde sólo a tre­chos brotaba una hierba corta y pálida. Enseguida las estepas donde el agua, cuando no se estancaba en peque­ñas marismas formaba vastas lagunas de tristeza infinita que bajo los cambiantes de la luz o la bruma cenicienta inundaban el alma de melancolía.

Sin embargo tal desolación no era general en toda la extensión del infausto país y afectaba principalmente las inmensidades pantanosas que se extienden desde Capbre­tón hasta los alrededores de Born y desde las dunas de la costa hasta los límites del reino de Albret hasta el Adour ; pero hacia la costa, en la zona rodeada, diríase protegida por el río, se extendía a la izquierda de su corriente una región que guardando un carácter de melancólica grave­dad y sin ser extraordinariamente rica, ofrecía en aquella época lejana un aspecto bastante amable y tales recursos que aunque modestos hacían allí la vida menos precaria. Al suelo inculto y llano sucedíase un terreno ligeramente accidentado, compacto y en comparación casi rico, salpica­do de ralos plantíos, preludio del bosque, a través de los cuales se divisaban claras lontananzas ornadas de peque­ñas espesuras rumorosas. También allí reina la soledad ine­vitable e indestructible pero tan distinta de aquella otra, la de las marismas muertas e inanimadas… Porque exis­ten, aunque parezca contradictorio, «soledades animadas» que gracias a la presencia y a la particularidad de los se­res que turban su quietud se vuelven más acabadas, más bellas y hasta diríanse dichosas…

Cuando el agua viviente alberga en su corriente rego­cijada cambiantes azules y bullir de peces, cuando un ave furtiva se posa y trina en la rama del árbol, cuando la bes­tia huraña, jabalí o raposa, deslumbrada un instante des­garra de súbito el matorral espeso, el rincón más oculto en el confín del universo y más sumido en la soledad posee un alma que se revela y lo transfigura.

En tales sitios el hombre adulto es raro como si te­miera romper su secreto. Sólo se ven niños que lejos de ocultarse discurren libres, audaces y cándidos: los pas­tores.

Un pastor de tantos

Tiene apenas siete años. Aunque robusto, es algo cur­vado de espaldas y de pesado andar. En la redondez de su cabeza fuerte y rudamente modelada se incrusta, tallada como a buril para los bustos de la historia, una nariz de­primida bajo dos pupilas negras que centellean en las ór­bitas a la sombra de una frente prominente, roca de pa­ciencia y de voluntad. Se cubre con una gorra oscura, del color de los tejados, encasquetada hasta las orejas, que po­see privilegiadamente —como los destinados a una larga ancianidad— de amplios pabellones, hechas para escuchar confidencialmente muchas cosas y para guardar con sigilo las palabras confiadas.

Cubre sus piernas a modo de polainas con el «trabuch» de usanza inmemorial. Pende de sus espaldas una capa de lana a rayas de colores vivos y el zurrón de lienzo donde ha puesto sin prisa y en confusión pintoresca una flauta, un cuchillo, tres monedas de cobre, y la pequeña cruz de madera que tallara mientras silbaba una melodía… jun­to con el queso y la galleta que serán su almuerzo del me­diodía, pues es de mañana, una mañana de primavera fres­ca y deliciosa adornada de neblina blanca que poco a poco se disipa dejando al descubierto el modesto rebaño, los abundantes copos de lana de los carneros y un perro ove­jero de larga y pendiente lengua.

A manera de cayado empuña una vara terminada en horqueta en la cual se apoya andando a pasos cortos. Los carneros son de marchar lento y hay que darles tiempo de mordisquear a su placer las hierbas y. el musgo empapado en rocío.

Al ver al muchacho avanzando, deteniéndose, volvien­do a marchar, diríase que erra al azar según su capricho o el de las bestias. Parece ir tras ellas y sin embargo las guía. Y es que suavemente, con el ademán y la voz, con el roce del bastón y con el pensamiento que ellas adivinan, las dirige según su voluntad. Instintiva y decididamente sabe a dónde va, adonde las lleva, lo más conveniente pa­ra sus ovejas y las ama y vive para ellas. Tiene presente que le han sido confiadas y que es su obligación restituir­las al redil exentas de daño. Así transcurre el tiempo has­ta la hora del mediodía, reconocida por la posición del sol; entonces se sienta sobre la tierra y come con apetito su pan y su queso. Entre bocado, y bocado obsequia algún trozo a su perro, sentado también él como un ser humano mientras en las inmediaciones los carneros, para quienes la vida es pacer, prosiguen con el extremo de sus hocicos segando el suelo eterno.

Después el niño, el perro y el minúsculo rebaño vuelven a partir a igual paso, prudente y lentamente hasta termi­nar el recorrido cotidiano. Este itinerario no es idéntico todos los días. Ayer por el bosque, hoy por el llano, maña­na por la ribera. Pero sea cual sea, a la hora en que la noche se eleva de la tierra hacia el cielo descolorido, el pequeño grupo entonces más compacto, se reúne en el pun­to habitual desde el cual vuelve a la casa paterna.

La casa

Es tan humilde, oculta y agazapada que sólo se la dis­tingue desde muy cerca. Muy baja y extendida, sin altos, está construida a base de paja y barro, con tabiques de ma­dera. Entre dos pequeñas ventanas guarnecidas de posti­gos, una puerta sólida y rústica da acceso al vasto local con piso de tierra endurecida que sirviendo a la vez de cocina, sala y dormitorio, constituye todo el alojamiento de la familia.

Frente a la entrada entreabre su boca de horno, en­negrecida por el fuego de tantos inviernos, la chimenea coronada por penachos de hollín. En el medio, la mesa maciza y larga, ocupada por un plato y un fuentón, reúne en torno suyo dos bancos y varios taburetes. Las herra­mientas penden de las paredes y sobre repisas descansan los utensilios domésticos. Por fin arrinconados en los án­gulos y en discreto alejamiento, los lechos extienden su si­lueta augusta y reposante.

La tela de sus doseles ondea al menor soplo como el vuelo de un manto. Y eso es todo.

Pero no. ¿Qué es ese rumor que se escucha tras la cocina a través del tabique? ¿Vive alguien allí? Sí; son seres amigos, valiosos, necesarios. Es el establo que comu­nica con la habitación principal por medio de postigos co­rredizos situados a la altura de un hombre para poder vi­gilarlo y además porque entre los campesinos de carácter humano y bondadoso los animales forman parte de la fa­milia por tradición perpetua.

No sería justo, estando ellos tan cerca y siendo pro­pensos a resentirse, darles el disgusto de tenerlos aislados y como en penitencia. Por eso después de oscurecer, desde fines de otoño y durante el invierno cuando todos rodean el lugar donde se columpia y ensortija la llama y en verano cuando puertas y ventanas permanecen abiertas hasta el alba como extáticas ante el cielo :tachonado de estrellas, mientras la madre golondrina duerme en su nido prima­veral cobijando a sus pequeñuelos… entonces los posti­gos de separación se deslizan sobre las ranuras, el buey asoma su cabeza, mugiendo, no estrepitosamente como en el campo, sino sólo para dar las gracias y los carneros de escasa altura pero deseosos también ellos de ver, se ende­rezan sobre sus patas traseras para apoyar sobre el borde, al menos un instante, su mandíbula siempre rumiante como entre sueños…

Pero las dulzuras de tal intimidad y comunicación se gustan más en invierno que en verano.

En la bella estación los rebaños no pasan de ordinario la noche en el redil y quedan fuera hasta la mañana siguien­te, mientras que en la estación rigurosa las prontas tinie­blas y los días breves con sus noches interminables reser­van a la vida vesperal del campesino los más sólidos en­cantos siempre dispuestos a grabarse en los espíritus sen­cillos. También ellos debieron impresionar al extraordina­rio niño cuya historia intentamos reanimar piadosamente hasta en sus más sencillos pormenores.

Su familia

Al regresar del pastoreo no encontraba un hogar frío y triste. Su dulce claridad se insinuaba en el alma del ni­ño aun estando ausente. Se sabía esperado en su lugar ha­bitual siempre reservado aunque se retrasara.

Conservaba viviente en su corazón infantil las imáge­nes de los seres queridos que constituían para él toda la humanidad: su padre, su madre, sus tres hermanos y sus dos hermanas. Por eso apresuraba el paso conforme se acercaba a la intimidad alentadora del hogar y divisaba su lejana humareda. Al llegar, las bestias se encaminan por sí mismos al abrigo en procura del sueño reconfortante.

Vuelve a contemplar los mismos rostros que desde la mañana han cambiado tan poco como las cosas. Se sienta a la mesa. Durante la cena se habla poco.

Cada cual narra según su edad y ocupación los menores acontecimientos del día. El a su vez cuenta los suyos: la espina extraída de la pata de su perro, la garza que pasó tan alto que ni el pico se distinguía… Lo escuchan con atención: esos hechos tienen su importancia. Después sí no hay motivo especial para velar no permanecen inertes perdiendo el tiempo. A una señal del padre que preside comienza de rodillas la oración en común. Los animales que escuchan el murmullo y que tal vez oscuramente per­ciben su sublimidad, retroceden bajando la cabeza. Des­pués de la señal de la cruz los postigos corredizos se cie­rran como el ventanillo de un claustro; la pequeña lám­para suspendida en la pared, de antigua forma y llama oscilante con evocación de catacumbas, siente su luz apa­gada de un solo soplo, y cada cual se tiende, según su sitio, en la oquedad de los viejos lechos o en el colchón extendido en el suelo sobre la hojarasca de maíz.

¡Cuán bello es el sueño en común de esta familia! Sue­ño profundo de fatiga y de paz, puro y tranquilo, ininte­rrumpido como el de los niños y durante el cual mientras el cuerpo reposa se recogen los pensamientos. Sueño en que el alma continúa pidiendo y dando gracias mientras las plegarias musitadas cuando el espíritu y los ojos todavía vigilaban caminan silenciosas a su destino.

No eran los Depaul gente basta y nada tenían de gro­sero o brutal. Dios los había librado de la miseria y de sus males. Poseían el mayor de los bienes : un retazo de tierra. Eran modestos campesinos pero más amantes de la altivez y de la honra que un habitante de la ciudad, ricos en su pobreza con la fortuna sabia del que no ambiciona ni envidia, aparentemente desdichados pero realmente di­chosos con la felicidad de quien se contenta con poco y to­do lo agradece.

Nobles, en fin, pero en la más alta acepción del vo­cablo y del objeto, de las ideas y de los sentimientos con la prueba auténtica de ambo apellidos paterno y materno, él Juan de Paul, ella Bertrade de Moras, nombres que hu­bieran reclamado con justicia sus pergaminos y ejecuto­rias. ¿Pero cómo hubiera sido posible a gente tan pobre enorgullecerse de su nobleza? Tan lejos de ellos estaban que para disipar toda duda y no aparecer estimándose por sobre su condición, el jefe de la familia no quiso hacerse llamar más que «Señor Vicente». Estas dos palabras des­pojadas así de todo título le bastaban para mantener su rango de simple, labrador. Señor Vicente…

Tal era el nombre que pensaba legar a sus hijos: os­curo, desconocido pero sin tacha, que el tercero de ellos, su preferido, habría de coronar de gloria en los cuatro ángulos del mundo, y con el honor de los altares en la eter­nidad.

En espera del futuro custodiaba el rebaño paterno. Genoveva, Juana de Arco, Vicente… Tríptico pastoril íntimo y sublime que extiende su influjo más allá de las tres tablas que lo componen sin limitarlo. Semejanza misteriosa, enseñanza y prueba que esclarece la mente y la sumerge en el ensueño…

¿No es conmovedor y sobremanera instructivo consi­derar que las más sublimes vocaciones han tenido su prin­cipio en ocupaciones tan vulgares que apenas emergen de lo común? ¿ Cómo no percibir en ello intencionalmente oculta la necesidad, el honor de la elección divina e invi­sible Cuánto echaríamos de menos en esos tres salvado­res si no hubiesen sido pastores! ¿No nos parecerían faltos de poesía —lo cual no disminuiría su mérito— pero lo que es más grave por debajo de sus actuales grandezas? Su exaltación a la apoteosis, ¿sería concebible sin semejante punto de partida? ¿Hubiera sido posible sin él? Pregun­tas precipitadas y apasionantes surgen ante los pasos de estos tres adolescentes en su marcha pastoril por los bos­ques de Lutecia, de Lorena o por los campos arenosos de Las Landas en seguimiento de idéntica ruta. ¿Será tal vez en virtud de un contraste efectivo y patente que la custodia de los hombres, de las almas, de la patria, haya de apren­derse entre ovejas? Lo cierto es que siempre será signi­ficativo el que estos tres modelos de energía, de actividad física y moral ininterrumpida, de heroísmo entusiasta, ha­yan tenido su preparación en semejante escuela de lenti­tud, de silencio y de inacción. Tal vez la tranquilidad pa­cífica y casi deprimente de los prados los templó para el tumulto de sus existencias, para los ‘Choques de sus com­bates futuros y la sujeción a innumerables pruebas. Sea como fuere, el hecho persiste soberano, ante el cual sólo resta doblegarse o mejor arrodillarse.

Después de tales reflexiones lo que parecía ofrecer as­pectos contradictorios se desvanece. Lo asombroso se disi­pa para transformarse en luminoso.

Probablemente hacia el 6.° año de su vida comenzó Vi­cente a guardar el rebaño y continuó haciéndolo hasta los doce. Seis años en compañía de sus ovejas, de la mañana a la noche, viviendo a la intemperie y lejos de los hombres. Alejarse de los hombres es acercarse a Dios, se pensará. Inmejorable educación para tan cortos años. ¿Pero cómo a tal edad obtendría provecho de la majestuosa y benéfica compañía? Difícil suponerlo. Tal vez aún el niño lo igno­ra. Sólo Dios sabe que está muy cerca de aquel hombre del mañana y en camino hacia El.

Examinémoslo sin embargo y observémoslo vivir en ésta época de su vida carente de historia.

¿Qué ve? Siempre los mismos paisajes limitados o prolongados por los mismos horizontes en variación eter­na según el colorido de los meses, los cambiantes de la luz o el capricho del viento en los matorrales de las parcelas vecinas, en el árbol, en la nube.

¿Qué oye? El canto entrecortado del ave, el quebrar­se de la rama, el rodar de la piedra, el balar de sus ove- judas, el reteñir de cencerros en los cuellos oscilantes de las mismas, el extraño vibrar de su propia voz dirigida al rebaño y el pisotear de menudas patas en la arena… Y dominando el conjunto, el rumor arrollador e imponente del silencio donde vibran los ecos del mar que en los leja­nos confines de la llanura bate sus olas contra el Golfo de Gascuña. Allí no resuenan otros rumores. Ni siquiera el ladrido de su perro. ¿A qué ladrar en tamaña soledad? ¿A los lobos? Los hay en verdad, pero en lo profundo del bosque de donde no salen más que en las noches inverna les cuando los fríos rigurosos los aguijan y arrojan de sus escondrijos.

¿En qué pensaría Vicente en el curso de las horas monótonas en el correr de las cuales sólo se le ofrecía la ocupación de pensar? La respuesta es fácil. A través de las ondas de luz y de sonido que herían suavemente sus ojos y oídos, consideraba ante todo sus humildes deberes cotidianos, campestres y domésticos. Pensaba en el pese­bre del establo, en el heno de las yacijas, en la hierba, la leña y el agua fresca … insistiendo mentalmente para no olvidar ningún detalle. Después arreaba el recuerdo de sus hermanos y hermanas reunidos en torno a los padres ve­nerados a cuyos pies se ponía con ternura, desde la au­sencia lejana, atento a lo que habían conversado la víspe­ra y los días anteriores.

Por la noche, especialmente en la estación invernal, la conversación familiar reunía a todos en torno a la lum­bre crepitante de los piñones. Siempre el mismo inagota­ble tema: la inmensa desolación del reino de Francia, pre­sa de la guerra civil y religiosa. Remontando el curso de los años anteriores a la falsa paz de Basilea evocaban des­de el fondo de sus espíritus acontecimientos dolorosos e inolvidables, volviendo a trazar incansablemente la dolo­rosa historia: católicos y protestantes despedazando la Igle­sia, desgarrándola, obligándola a seguir sus inspiraciones; los primeros para conservarla intacta y defenderla, los se­gundos para reformarla y rejuvenecerla, sin otro recurso para lograr su intento que la violencia y el crimen. Con ellos se mancharon y degradaron en especial los Hugono­tes. ¡Cuántas provincias mostraban al desnudo las heri­das por ellos abiertas! Pero entre todas el Béarn y la re­gión de Gascuña habitada por los Depaul había soportado el furor de sus estragos. Evocaban, santiguándose de espanto, al Señor de Montgomery, hombre nefasto y diabó­lico, tal cual lo vieran pasar entre el estrépito de sus ban das, a caballo, armado de pies a cabeza, cubierto de negro casco tudesco cuyo penacho de plumas negras y rojas le azotaba la espalda hasta la silla. Así debió mostrarse en otros tiempos el día en que con lanzada furiosa y colérica —o tal vez traidora— hirió en la cabeza a su rey.

«En esos endemoniados tiempos, declara el padre vol­viéndose a Vicente, nos viniste al mundo por el año 76. El 24 de abril», completa la madre.

A continuación hablaban de la Liga Santa, de su Jefe el señor de Guisa y de aquel otro jefe protestante Enrique de Navarra, famoso después de la paz de Bergerac y de Fleix. Simpático y popular en aquel país del mediodía por ser originario de allí cerca, se conciliaba los corazones a pesar de su religión. Su casamiento con la reina Margarita había sido grato. En fin, se buscaba excusarle y simpati­zar con él. Sin duda era necesario que estuviese dotado de dones singulares y de una atracción irresistible para ser tan popular después de las atrocidades cometidas por sus partidarios.

Estos formaban en la región el bando más considerable y fuerte. Desde Orthez, lugar escogido por centro de operaciones, dominaban y atemorizaban en un extenso ám­bito. Sus depredaciones exacerbadas por el choque de las represalias sembraban el temor por doquier. Granjas in­cendiadas, ganado robado o degollado, violaciones de do­micilios, saqueo de conventos, chozas y capillas entrega­das por igual a las llamas o la piqueta, la abadía de Sorde destruida hasta los cimientos. Nuevos suplicios reno­vaban la era de los mártires. Se les mutilaba o vaciaba los ojos. Las pilas de agua bendita estaban secas o hume­decidas de un líquido oscuro y sanguinolento que enro­jecía los dedos y la frente. Las fuentes bautismales eran desmenuzadas por los impíos a golpes de maza o arranca­das de sus pedestales y convertidas en comedero de las piaras. Intranquilidad y sobresalto durante la semana, batalla los domingos. Todos acudían armados a los oficios o al sermón, los unos con la Biblia pendiente del pomo de la espada, los otros empuñando el rosario y el puñal. Las vísperas solemnes acababan casi siempre en escándalo. A las miradas de los escasos fieles que indignados y temblo­rosos se arriesgaban a misa, las iglesias ofrecían estatuas de­capitadas bajo pórticos oscilantes, santos convertidos en San Dionisios diferenciados de su «Jefe» por las extremida­des convertidas en muñones. Las pétreas manos orantes arrojadas entre la hierba eran recogidas de noche por las mujeres que afrontando el temor las guardaban en sus ca­sas como reliquias. Entre los santuarios más azotados se contaba especialmente uno del mismo territorio de Pouy impotente para evitar el furor del sacrilegio. Era el más modesto y pobre pero el más venerado desde antiguo: la capilla de N. Señora de Buglose, lugar de innumerables peregrinaciones para los habitantes de Las Landas y los Piri­neos. De él solo quedaban ruinas informes. Los protestan­tes lo habían incendiado y la estatua milagrosa había desa­parecido, según unos presa de las llamas, según otros ro­bada y escondida. Tal destrucción e incertidumbre acerca de la santa imagen había enfervorizado más aún la fe de los habitantes en su protectora.

Y así, en la incesante y letánica evocación de viejas calamidades, que sin „vislumbre del final, azotaban y sa­cudían a los hombrecomo espigas en la era… y en la exhortación serena a la paz y confianza en Dios… trans­currían las tardes y las vigilias en el tranquilo solar de los Depaul. Estas narraciones hogareñas casi siempre repeti­das en los mismos términos, a las misma’ horas, eran es­cuchadas por Vicente como por vez primera; entre sus imá­genes se adormecía, de ellas se nutrían sus sueños, ante ellas despertaba, con ellas recorría eriales y bosques don­de persistían obsesionándolo. Así pasaron seis años de so­lícita vida pastoril entre un grupo de ovejas, seis años de profundo silencio y soledad perfecta, implacable en su mo­notonía.

¿Quién podrá sospechar el contenido de planes fan­tásticos, de pensamientos lúgubres, pesimistas, de recogi­miento, de meditación, capaz de encerrarse en ese perío­do, aun en el caso de un niño cuyos proyectos, deseos, pa­siones apenas nacidas pugnan por manifestarse al exte­rior? Mundo y abismo, sima o cúspide que igualmente pro­ducen el vértigo. Tal género de existencia abate y embo­ta a no ser que liberándose en alas del espíritu todo el ser se eleve a lo excelso. Entonces de un pastor puede nacer un artista, un músico, un poeta, un soldado, un sabio, un genio o lo que es más un santo.

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