El carácter de los sacerdotes es una participación del sacerdocio del Hijo de Dios. El les ha dado la potestad de sacrificar su propio cuerpo, y de darlo en alimento, para que los que coman de él, vivan eternamente. Es un carácter muy divino e incomparable, un poder sobre el cuerpo de Jesucristo, que los ángeles admiran, y una facultad para perdonar los pecados de los hombres, que, para ellos, es un gran motivo de admiración y gratitud. ¿Hay algo más grande y más admirable? Señores, ¡qué cosa más grande es el sacerdote! …¿Qué no puede hacer un buen Eclesiástico? ¿Qué conversiones no puede lograr? De los sacerdotes depende la felicidad del cristianismo. Abelly 416.
Este pasaje es célebre en la literatura vicenciana. Nos mete de lleno en aquello que constituye lo mejor de san Vicente de Paúl: él es sacerdote de Jesucristo y, ciertamente para los pobres, plenamente sacerdote. Su andadura es ligeramente caótica, pero va en «crescendo», si uno acepta que fue paso a paso como asumió la excelencia de la vocación sacerdotal, cual podía concebirse en el siglo XVII, en el momento mismo de despertar el espíritu del concilio de Trento.
La vocación le fue señalada. De temperamento activo y apasionado, Vicente acepta el reto; ¡al menos es «llamado»! Desde 1613 puede decirse que es un buen sacerdote y un pastor celoso. Ha interiorizado y personalizado la vocación, se ha hecho hombre de oración, lector asiduo de los autores espirituales, excelente predicador, catequista eminente, y está rodeado de fervorosos sacerdotes y seglares. Ha pasado de la proposición al proyecto sacerdotal, de la veleidad a un voluntad firme y tenaz; puede pronunciar esta oración: ¡Señor, danos este espíritu de tu sacerdocio, que tenían los apóstoles y los primeros sacerdotes que les sucedieron! ¡Danos el verdadero espíritu de este sagrado carácter que pusiste en unos pobres pescadores, en unos trabajadores y hombres sencillos de aquel tiempo, a los que, por tu gracia, comunicaste este grande y divino espíritu! Porque, Señor, nosotros no somos más que unos pobres hombres, trabajadores y aldeanos, sin proporción alguna con esa misión tan santa, tan eminente y celestial (SVP, XI, 204).
El año 1617 ha hallarle bien preparado espiritualmente para su misión. Sabe que todo lo debe a la gracia de Dios, según lo delatan sus confidencias. A propósito de un pariente que soñaba con el sacerdocio, escribe a su compatriota, el canónigo San Martín: En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que era, cuando tuve la temeridad de entrar en este estado, como lo supe más tarde, hubiera preferido quedarme a
labrar la tierra antes que comprometerme en un estado tan tremendo. (SVP,V, 450).
Estas líneas atestiguan su viva conciencia de la grandeza del sacerdocio. Sólo para exaltar la excelencia del sacerdocio se humilla él. Y ahí respira al aire de su tiempo. En París se codea con los pioneros de la Escuela Francesa de Espiritualidad, agrupados todos ellos en derredor de Bérulle, que ve al sacerdote como «otro Cristo».
Tiene, pues, en gran estima el sacramento del orden: No hay nada mayor que un sacerdote, a quien él le da todo poder sobre su cuerpo natural y su cuerpo místico, el poder de perdonar los pecados, etc.(SVP, XI, 391 El sacerdote anima todo el Cuerpo Místico, enseña; es factor de unión, de reconciliación, y ora con los suyos. La vía de la santidad por excelencia es configurarse según Cristo sacerdote. Todos, sacerdotes y seglares, son llamados a ello. Pero los sacerdotes lo son de una manera específica, ejercitándose como Cristo en dos grandes virtudes: la reverencia hacia el Padre y la caridad hacia los hombres. Const. I / 6. Adoración y misión, dos temas eminentemente berullanos. Según san Vicente, ese sacerdote celebrará con gran respeto: No basta con celebrar la misa; además hemos de ofrecer ese sacrificio con la mayor devoción que nos sea posible, según la voluntad de Dios, conformándonos en cuanto podamos con la gracia de Dios, con Jesucristo, que se ofreció a sí mismo, en su vida mortal, en sacrificio a su Padre eterno (SVP, XI, 787)
Sobre todo, el sacerdote construye el Cuerpo Místico de Cristo, tomando sobre sí el fardo de las desdichas del pueblo: Esos pobres nos dan sus bienes para esto; mientras ellos trabajan, mientras combaten contra estas miserias, nosotros somos el Moisés que levanta continuamente las manos al cielo por ellos (SVP, XI, 121).
Vicente no separa la espiritualidad del sacerdote de la del bautizado; gusta de repetir que su Compañía se compone «de eclesiásticos y de laicos», los cuales siguen la vía común a los cristianos, pues sus miembros son «de la religión de san Pedro». No disocia una espiritualidad, que sería propiamente sacerdotal, de una espiritualidad pastoral, misionera. Para él, ser Hermano remite a la dignidad bautismal y colorea toda su Compañía en ese sentido. Dicho lo cual, san Vicente conserva una espiritualidad sacerdotal que él orienta hacia los ordenandos y las Conferencias de los Martes, a quienes han de formar sus misioneros: quiere a éstos formadores.
¡Qué grande es el servicio de formación de sacerdotes! A necesidades nuevas hombres nuevos. Para que haya una espiritualidad sacerdotal radiante, se imponen con urgencia los seminarios. Se ocupa de los ordenandos en 1631, y en 1641 abre el primer seminario en Annecy. Formar buenos sacerdotes es desde ahora su gran
preocupación: Doy gracias a Dios por el número de eclesiásticos que les envía el señor obispo de… Hará usted bien en realizar todos los esfuerzos posibles por educarlos en el verdadero espíritu de su condición, que consiste especialmente en la vida interior y en la práctica de la oración y de las virtudes; porque no basta con enseñarles el canto, las ceremonias y un poco de moral; lo principal es formarles en la devoción y en la piedad sólida. Para ello hemos de ser nosotros los primeros que nos llenemos de ella, pues sería casi inútil darles la instrucción y no el ejemplo. Hemos de ser embalses llenos de virtud para hacer que se derrame nuestra agua sin agotarnos jamás, poseyendo ese espíritu que queremos que anime a los demás; pues nadie puede dar lo que no tiene (SVP, IV, 555).
En el fondo, se trata de la salvación de todos, y en particular de los abandonados por la Iglesia. El estilo propio de la formación vicenciana está sobre todo en la atención deliberada a los pobres: He aquí otra consideración: la necesidad que tiene la Iglesia de buenos sacerdotes, que reparen tanta ignorancia y tantos vicios, de los que está cubierta la tierra, y que libren a la pobre Iglesia de este lamentable estado, por el que las almas buenas deberían llorar lágrimas de sangre (SVP, XI 392).
Esta consideración coincide con la andadura espiritual de Vicente; refrenda su acción y señala su personalidad hasta obligarnos en conciencia: ¿No son los pobres los miembros afligidos de nuestro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? (SVP, XI 393).
Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca







