Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (III)

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Jean Guitton · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1939.
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Capítulo II: Retrato del Sr. Pouget hacia 1930 (cont.)

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011Ahora que hemos descrito su morada y su rostro, creo que habría que hablar de su modo de ser, de su acogida, de su forma singular de recibir a la gente, las ideas y las cosas, de su forma de estar entre los hombres.

El Sr. Pouget se molestaba con esos jóvenes con prisas que venían a él para recibir una respuesta inmediata, como si fuera un oráculo o una máquina automática. Para decirlo todo, esta impresión de impaciencia era recíproca, y si no tenía el poder de adivinación o una perfecta confianza, el que venía a preguntarle sobre el punto que causaba su tormento se retiraba a veces sorprendido y decepcionado. No pocos subieron donde él atraídos por su reputación, y no volvieron nunca: tenían la sensación de haber perdido el día. En parte se debía a que no tenía ninguno de esos defectos que constituyen el valor de un maestro: era a la vez el más torpe y el más perfecto de los iniciadores. Creo que no será del todo inútil insistir en este punto: por el camino, nos proporcionará más de una observación útil sobre el conocimiento humano y sobre la comunicación de los espíritus.

Por lo general, quien tiene una dificultad anda buscando una respuesta, como quien se ha cortado busca un vendaje. Cuando haya pegado el tafetán a la herida para evitar que sangre, ya no pensará más en ello y la cicatriz se cerrará. Así va la gente, cuando tiene una duda a un teólogo especialista quien, en un instante, os da la respuesta apropiada: después de lo cual añadirá que la cosa se acabó, y que si queda todavía alguna molestia, ya desaparecerá con el tiempo, puesto que os ha dado la respuesta oficial, la respuesta garantizada. En caso de que no tuviese efecto, sería porque el enfermo tiene alguna debilidad interna como sería una descomposición de los humores que impidiera la acción normal del vendaje; pero esto no puede ser culpa del remedio que ha sido aplicado según las reglas. La enseñanza común de la religión en las escuelas lleva a hacernos pensar que a toda «objeción» corresponde una «respuesta» decisiva cuya forma adopta. O, si así lo preferís, la obra del apologista es hacer huecos que él llama objeciones y obturarlos con esas piezas que llama respuestas: operación tanto más cómoda, notémoslo, cuanto, habiéndose fabricado el vacío según la idea de final pleno y reparador, estamos siempre seguros de que la respuesta recubrirá la objeción con toda exactitud, nos quedamos tranquilos de antemano en ese sentimiento de seguridad. En cuanto a las objeciones que nacen de la consideración atenta de la cosa en sí, varias mentes religiosas se inclinan a pensar que proceden de alguna malicia, de una falta de sencillez, de un contacto demasiado prolongado con el mundo y que no son en suma más que la sombra proyectada de nuestra resistencia a la luz. Se curarán menos mediante el examen que mediante una buena higiene del alma, la cual consistirá sobre todo en olvidarlas, en rezar, en fiarse ciegamente de las decisiones de la autoridad.

Por otra parte, en las escuelas, la enseñanza invita a encontrar en cada materia un orden análogo al de la geometría y a reducirlo todo a él. Si se abre S. Tomás, Descartes, y hasta Pascal, se percibe siempre este esfuerzo por deducirlo todo de algunos principios simples. Es la ley de toda ciencia y de toda exposición, y esta ley ha extendido su acción incluso hasta el dominio de la ciencia religiosa: los tratados de teología, en esto, se parecen a la Ética de Spinoza: tienden también al orden geométrico, como a su modelo ideal. Se trata siempre de pruebas y la exposición de los motivos toma la forma de demostración.

Al hacer estas advertencias, no estamos de ninguna manera criticando, ya que es prácticamente necesario que sea así. No se ve bien lo que sería de la apologética, si no diera respuestas y si no reparara exactamente las brechas: y menos aún se ve una enseñanza didáctica que no procediera según este orden natural y racional que va por delante de las consecuencias partiendo de los principios. Pero era preciso recordar este doble aspecto de la ciencia sagrada, tal y como se la presenta de ordinario a las mentes para explicar el estado de vacilación en que se hallaba un estudiante, formado en las escuelas, cuando escuchaba al Sr. Pouget por primera vez.

En apariencia, su enseñanza no contenía ni refutación, ni demostración. En otros términos, cuando se le había expuesto una objeción, o se le había pedido una lección, y que después de dos horas de audiencia, de vuelta en casa, se examinaban los recuerdos o los apuntes, no se encontraban prima facie, ni respuestas, ni principios. Cuando preocupado por una cuestión confusa o capciosa, venían a él, después de exponer el caso, parecían no haberlo entendido, y él los proyectaba en un laberinto. El Sr. Pouget era parecido al geólogo que, interrogado sobre la forma de un valle, hubiera reconstruido toda la historia de la cadena desde los tiempos primitivos. Me explicaré con algunos ejemplos.

Un día ibais a preguntarle por la antigüedad del hombre y la diferencia entre los datos de la antropología y el cómputo del Génesis. Entonces, durante una hora os hablaba con gran precisión de la diferencia entre el hebreo masorético, el griego de los Setenta y el Pentateuco Samaritano. Todavía no había llegado el momento de encender su linterna diciéndoos, como yo lo escribo aquí, que tenemos tres textos diferentes del Génesis: dos en hebreo y uno en griego; pero, al cabo de diez minutos, adivinabais que  eso ya se presuponía por todo lo que él os estaba haciendo ver. Luego os mostraba, a propósito de Noé, de Tharé y de Sem, que, en las listas genealógicas del Génesis, estos tres personajes tienen la misma edad, en cualquiera de los documentos, cuando engendran a su sucesor.. Pero el griego de los Setenta añade, en las dos listas, cien años a la edad del patriarca antes de engendrar a su sucesor; el samaritano hace esta operación en la segunda lista, el hebreo mismo añade cien años en la primera lista a Jared, Mathusalem y Lamech. Se da uno cuenta, por este dato, de la aridez de una discusión que exigía comparaciones extremadamente precisas y pacientes, introduciendo la matemática hasta en la historia, con gran regocijo del Sr. Pouget, que era por vocación un físico. Pero se adivina que el joven interrogador podía preguntarse con alguna inquietud el lazo de esta medición con el problema de las relaciones de la ciencia y de la Biblia; el Sr. Pouget no siempre se lo decía. Ya por causa de su rapidez de concepto, ya para hacer trabajar a la mente, ya por una especie de exquisito pudor, no presentaba las ideas intermedias, las articulaciones, el enunciado de los principios y de las consecuencias. En el caso presente había querido mostrar, con un ejemplo duro como las rocas, que la propia Biblia enseñaba la relatividad de sus genealogías. Puesto que los autores inspirados se corrigieron, puesto que uno de ellos ha parecido querer adaptar la cronología hebrea a otra cronología considerada en esta época como más autorizada (así la cronología egipcia en el caso de los Setenta), es que la verdad de esta cronología no estaba garantizada por la inspiración y no formaba parte de la enseñanza bíblica. Por consiguiente, la ciencia era libre en la determinación de la antigüedad del hombre. Pero, todo eso había que concluirlo. Un poco después, el Sr. Pouget, abandonando las listas genealógicas, os hablaba como geólogo de los tiempos terciarios: os explicaba que en aquella época se encontraba el cocotero en Londres, si me acuerdo bien, y la palmera en Vézelay; la época cuaternaria en cambio es la época de las invasiones glaciares: hacía un frío intenso. Os preguntabais evidentemente si no se había olvidado otra vez del tema, y porqué, después de esta perorata sobre las genealogías, esta incursión en la geología. Luego os citaba de repente el versículo 21 del capítulo III del Génesis y había que verificar en un Genesius voluminoso y polvoriento cuál era el sentido preciso de los Kothnôth ôr (vestidos de piel) con los  que dijo que Yaveh Elohim revistió a Adán. La idea del Sr. Pouget era que, si el autor del Génesis había representado a Adán desnudo en el primer capítulo, y si ahora le pintaba cubierto de pieles de animales, él no excluía de ninguna manera la aparición de la humanidad en la era terciaria, y que, por consiguiente, no estaba quizás prohibido buscar en esos documentos tan antiguos ciertos recuerdos confusos sobre la prehistoria humana. Nuevo cambio, y ya estamos embarcados en una gramática hebrea, en la que buscamos el significado del artículo en hebreo: está claro que el artículo designa a veces un colectivo; por eso cuando se dice en el libro de los Cantares que la voz de la tórtola se ha hecho oír en los campos: ¿qué demonios? Dice el Sr. Pouget, no había más que una sola tórtola en los campos y, sin embargo, yo tengo aquí el artículo. Y además, en la introducción del Génesis, cuando Elohim crea animales, dice (sin artículo) creemos hombre y, mirad también en Génesis 2, veréis claramente que aquí hombre quiere decir toda la pareja. Os preguntabais de nuevo la razón de estos desarrollos gramaticales, y comprendíais al punto que se nos daban para responder a una objeción posible: la Biblia hace vivir a Adán 930 años; y es mucho con relación a nuestra duración presente, pero es infinitamente poco para cubrir la duración de las épocas geológicas y el paso del terciario al cuaternario: sería necesario que Adán fuera o pudiese ser un nombre colectivo. El Sr. Pouget quería demostrar no ciertamente que la Biblia lo enseñaba así, sino que ella no se opondría a ello.

Os llegabais para preguntarle sobre las pruebas de la existencia de Dios y os veíais obligados a escuchar un curso completo sobre la radioactividad o la degradación de la energía, sin que nunca se hablase de Dios. Llegabais a instruiros sobre el pecado original, y, al cabo de un rato, os hallabais inclinado sobre el artículo «Epi» del diccionario griego francés de Bailly, en la sección del dativo, todo ello para estudiar el verdadero sentido del en ô pantes êmarton que san Agustín, siguiendo aquí al Ambrosiaster, tradujo falsamente por en quien (se trata de Adán) todos pecaron. – Otro venía a hablarle de Jonás o del Cantar, y se lo llevaba a un texto del Nuevo Testamento para examinar con cuidado los nueve textos, en los que la palabra didascalia ocurría bajo la pluma de san Pablo, y en los que aparecía que ese término connotaba una enseñanza religiosa, buena o mala. Se le preguntaba sobre la Trinidad, se le enviaba a la gramática griega y al estudio del artículo, todo para mostrar que «to pneuma» no tenía el mismo sentido que «pneuma», que la primera palabra designaba al Espíritu y la segunda un efecto del Espíritu. O también un joven prometido venía a pedirle consejos, y entraba en profundidades sobre el capítulo VII de la Primera Carta a los Corintios. El que le preguntaba sobre su vocación no recibía respuesta y se veía conducido a comparar versículo por versículo entre la anécdota del joven rico en Mateo, luego en san Marcos…Haría falta un volumen entero para agotar la materia. Pero una vez, por un incidente, me viene la idea de que él me había entregado su dirección: «Me aferro a un punto, y me pongo a hacer piruetas.»

Se ve que al practicar este método, le sucedía a veces que se perdía, se atascaba. A fuerza de tomar atajos, los emprendía a veces que no llevaban a ninguna parte. El gusto que experimentaba en los desvíos le hacía perder el punto de vista, y se olvidaba de que sus alumnos tenían que preparar el programa de un  examen o que su visitante no disponía de tiempo infinito. El gusto que sentía por lo real era tal que se quedaba fascinado por los hechos como tantos otros lo hacen por las ideas: dado el juego normal de la inteligencia, esta tentación es tan rara que nadie habría querido apartarle de ella, y que siempre se tenía recelo en volverle a buen camino. Como la gente dotada de una memoria demasiado fuerte, el Sr. Pouget era también víctima de sus asociaciones, y quizás experimentaba la necesidad de dar aire a sus conocimientos, a fin de evitar que se marchitaran. Nadie negará que estaba amenazado de digresiones. Y no era cosa de la edad. Uno de sus antiguos alumnos refiere que «en clase le sucedía pasar así de una ciencia a  otra» y dar una lección de física en teología o al revés: «Nos reíamos un poco, decía él, pero no se perdía nada con ello.» Una tarea a la que no se adaptaba por naturaleza era la de examinador: cuando hacía una pregunta, la acompañaba, a modo de preámbulos, con una cantidad de reflexiones y de ideas generales, liberando así al candidato de la preocupación de improvisar la respuesta: este deber, por sabio que uno sea, es siempre penoso, y hasta resulta impracticable cuando no se sabe. Uno de sus antiguos me ha dejado a este respecto una anécdota sabrosa: al principio de una clase de Historia de la Iglesia, el Sr. Pouget había proclamado algo así: me acusan de que no mando decir la lección y tienen razón. Hoy voy a preguntar. – Vamos a ver, señor G…., podría decirme lo que se ha de pensar de tal hecho?… o mejor, hagamos bien la pregunta… Y ya lo teníamos lanzado en unas aclaraciones muy interesantes, pero durante tanto tiempo que la hora de finalizar la clase las interrumpió. El Sr. Pouget ignora todavía que el seminarista a quien había «preguntado» estaba ausente.

A pesar de estas digresiones, estos paréntesis, esta lentitud, prestaba a aquellos que tuvieron la paciencia de oírle hasta el final un servicio inestimable. Muchos de sus alumnos han dicho que les ampliaba la mente, que «abría las ventanas para mirar fuera del apartamento y algo más lejos.»  Pero eso no era nada, y los que habían pasado por la formación universitaria y tenían más ventanas que los jóvenes seminaristas de san Lázaro, aquellos recibían de él una lección irremplazable.

No existían en él esas ilusiones de conocimientos y esos recuerdos de conocimientos, fantasmas que abriga la mente y que le dan la idea de que sabe. ¿Qué sería de la mayor parte de los modernos, qué podrían decir si se les privara de las bibliotecas, de las revistas, y si se les hubiese prohibido este pensamiento por alusión, salido sin duda de la vida mundana y que ha pasado ahora a los periódicos, a las revistas y a los cursos? La alusión que produce la ilusión de que se sabe da la misma ilusión a quien os escucha; en todos los casos, ella le halaga, ya que estamos ansiosos de parecer, aun cuando sólo sea en secreto y en un espectáculo muy interior.

Habría mucho que contar sobre este pensamiento por alusiones, por puntos de vista, por verosimilitudes que viene de nuestra cultura múltiple, de nuestro bagaje enciclopédico y de una vida que se dirige a veces más al efecto que a la sustancia. «La imprenta nos ha vuelto charlatanes», decía el Sr. Pouget. Echaba de menos el tiempo en que se escribía por voluntad y para decir algo y sobre un asunto consistente, el tiempo en que se podía con todo rigor aprender un libro de memoria.

«Los Antiguos no tenían diccionario, decía, Si hubieran sido polígrafos, nos habrían inundado de libros. La Biblia está muy resumida como todos los libros de los Antiguos; con la imprenta en nuestros días, nos tragamos montones de bazofia. ¿Cómo quiere que se pueda retener todo eso?  – Comprendo al Teófilo de Lucas que quería un resumen[1]

Por el talante de su mente, así como por su enfermedad, fue llevado a adoptar este método antiguo y natural mal comprendido en nuestro tiempo, tan rico pero tan impaciente, y que consiste en conocer un objeto por una especie de contacto y de palpación.

Él que tenía una memoria tan poderosa, no tenía la memoria de la inteligencia: no parecía recordar más que hechos, jamás conclusiones ni razonamientos. Un texto que había leído cientos de veces, lo volvía a traducir con trabajo, como si fuera nuevo. Un razonamiento que le era familiar, lo volvía a construir delante de uno, no por preocupación didáctica, sino porque tal era el procedimiento ordinario de su pensamiento. Recordando todo lo que eran datos, olvidando todo lo que se había pensado, estaba pues siempre en la actitud del que es alumno: «Qué curioso, decía, aprendo cosas de mí mismo! ¡Caramba!…He ido a buscar por todas partes.» Había adquirido muchos conocimientos, y sin embargo no tenía nada de adquirido. Tenía muchas certezas, y sin embargo lo ponía todo a discusión. Sabía, y sin embargo se ponía siempre en la actitud de quien tuviera que aprenderlo todo.

Ahí estaba precisamente el secreto de esa fuerza de renovación que ponía en todo. Hasta la extrema vejez, él lo cuestionó todo. Él se corrigió. En ocasiones en que se hacía leer lo que había escrito el año precedente, nunca se encontraba satisfecho: había que tachar esto, añadir eso, intercalar incidencias para precisar. Se retractaba según la etimología de tal palabra que, según él, significaba: tratar de nuevo y no forzosamente condenar. Cuando tenía que haceros una advertencia sobre una exageración o una impropiedad de lenguaje, a fin de no humillaros, añadía enseguida que era todavía más severo consigo mismo, y que teniendo la mente por ley progresar, no debía nunca aprobar del todo sus expresiones antiguas. En su lecho de muerte, se planteaba problemas, y se trataba de problemas que creía haber resuelto más de una vez. Pienso que con este modo de ver las cosas y esta perfecta indiferencia por la notoriedad, no se habría resistido nunca a dar el visto bueno para imprimir algo, si el peso de la caridad, como decía san Agustín, no le hubiera obligado a ello. Estas eternas vueltas a empezar le aseguraron una juventud constante, y lograron que no conociera nunca la decadencia. Maurice Legendre decía bromeando: «El Sr. Pouget no envejece, rejuvenece».

Otro rasgo que se ha de apuntar aquí es que el Sr. Pouget no tenía prisas por concluir, tan pocas que se diría que tenía miedo de dar soluciones o respuestas. Cosa rara, había cuestiones fundamentales sobre las que parecía no tener consejos. Y aquí es bien difícil darse a entender, ya que en cualquier otro caso esta suprema duda estaría muy cercana al escepticismo. Pero en él, era por el contrario una discreción en relación con el misterio, un sentido de lo que hay de ficticio en la teoría, la preferencia concedida a una cuestión bien planteada sobre una solución un poco falsa y, en total, el homenaje que la luz rinde a la sombra.

Afirmaba también que, en muchas cuestiones, y sobre todo en aquellas que se refieren al infinito, existe necesariamente oscuridad al lado de la claridad: al forzar los límites de esta claridad se arriesga infringir una disposición profunda de la naturaleza. En el terreno práctico, tenía, según veremos, esa prudencia de la tierra que se ve en san Vicente de Paúl, y que tenía de su origen más aún que de su patrón. Pero siempre se trataba del cuidado por evitar siempre la intervención inútil del concepto y de seguir atento ante el ser.

A este aspecto de su naturaleza añádanse esos juicios limitativos que emitía sobre unos y otros y que eran parecidos a los del cultivador interrogado por su cosecha.

En ellos se verá este estilo humilde y pleno de colorido cual es el de nuestras fábulas, de Lafontaine, del soldado campesino y para decirlo de una vez  de nuestra raza cuando se vuelve sobre sí misma y su savia.

Un joven había querido presentarle a su prometida y le habría gustado una palabrita de ánimo. El Sr. Pouget se limitaba a decir: «Yo creo que ella es razonable.» De un personaje de quien todos decían que era un cristiano admirable, al cabo de diez minutos de conversación, decía escuetamente: «Es un hombre tranquilo.» Después de ver la catedral de Chartres: «Es una bonita pieza, habla fuerte.» El mayor cumplido era: «Ése es alguien con un valor moral no pequeño.» De un gran escritor: «Tiene, tiene pluma.» De un músico un tanto sutil, cuando escribía a religiosas contemplativas, me había dicho de paso el Sr. Pouget: «Para hablar a las monjas, me comprende, hay que mostrase un gastrónomo refinado.» De san Pablo exclamaba: «Tiene aletazos.» Del Cristo de los sinópticos: «Habla sencillamente y lo dice todo.» De un crítico que razonaba mal y de manera flameada: «Esto me recuerda a los tambores mayores de mi infancia. Diantre! que si iban majos con su doble decalitro.» A propósito de las almas piadosas pero perezosas, decía: «No me gusta la gente que tiene siempre al Buen Dios en la boca.» Después de ver un bonito paisaje: «Eso no me llena tanto como la Biblia.» Después de cerrar a san Marcos: «Después de todo, el Evangelio es Cristo predicado al pueblo.»  Y, en sus momentos de misticismo: «Ando con el ánimo por los suelos. Pero otras veces vuelo muy alto. Me veo transportado no sé hasta dónde…»

Se podría llegar a creer que una enseñanza dócil a la complejidad de las cosas, tan reservada en las conclusiones, dejaba tras sí un reguero de confusión y de problemas. Nada de eso, y en su lugar quedaba la impresión de una extraordinaria sencillez. No esa simplicidad siempre un tanto ficticia, que es la de la ciencia libresca, no esa simplicidad que tiende a la evidencia de los geómetras como a su límite y en la que Descartes veía el ideal de todo conocimiento. Sino otra simplicidad, la que figura y simboliza la geometría  en el otro polo extremo: la simplicidad de la cosa, la simplicidad del hecho, la simplicidad de una fuente inagotable y límpida. Decimos de un teorema que es simple, y lo decimos también de un niño: en este último sentido es en el que su enseñanza era simple. Lo era tanto que después de probarla no se podía ya encontrar satisfacción en los textos: uno ya se creía artificial y sistemático. Todos han conocido esta confusión que se recibe ante una persona simple en extremo: se habían preparado unas fórmulas de acercamiento y de educación, se había adoptado sin saberlo bien una actitud que tendía a agradar o a adular, y luego todo se esfuma. Se creía uno natural, y se ve lleno de recovecos. Tal era el género de purificación que os procuraba una entrevista con el Sr. Pouget.

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Había, nos damos cuenta, muchos caracteres del campesino en el Sr. Pouget; esa tenacidad extraordinaria, ese gusto por el trabajo duro las vueltas a empezar, el amor de lo palpable, la necesidad de sopesar, de medir y de percatarse por sí mismo de todo, la dificultad en expresarse en lengua culta, el sentido del lenguaje concreto y conciso; – la habilidad campesina también, la que consiste parecer siempre derrotado por el trabajo, siendo así que se sabe bien en el fondo cómo es preciso hacerlo, la habilidad que consiste en parecer sin apariencia para dejar pasar las apariencias, la habilidad que consiste en simular verse aplastado por las necesidades para arrancar de los poderes condiciones mejores; los gruñidos que son como una canción; la manera de hablar de las mujeres con un poco de desprecio; el cuidado de contar, de ahorrar, de recoger y también de no dejarse perder nada, de reparar, de remendar, de hacer durar; el respeto a los grandes establecidos con la convicción íntima de que no hay más grandeza que la interior; la impresión de que nada se tiene, que se está en las últimas, y siempre volver a empezar; la queja ante el trabajo sin aflojar nunca; ningún descanso sino trabajos nuevos; una independencia total y sin embargo una sumisión muy humilde a todos. También habría que apuntar esa lentitud en la decisión que se encuentra en san Vicente, costumbre del campesino para quien no existe el tiempo. El Sr. Pouget sentía horror por los que le apremiaban: iba a su paso, abría su surco. Después de una tarea pasaba  a la siguiente; pero la idea de realizar un trabajo en un tiempo limitado o de entregar un trabajo a fecha fija, o de evitar una digresión cautivadora para mejor lograr el fin, o de tener que dar una decisión inmediata, esa idea no le era soportable: si hubiese hablado el lenguaje místico habría podido decir como san Vicente que las prisas eran una especie de sospecha que el hombre aceptaba contra Dios, ya que conducían a «adelantarse a la Providencia».

Sólo encuentro una nota por la que se salía de la raza campesina: era su pobreza. No tenía el amor a la pobreza como una virtud que hubiera deseado y adquirido con esfuerzos sobre sí: no, era algo anclado en su naturaleza y tanto que él no se sabía pobre, igualmente que no se sabía humilde. Tenía una especie de horror al dinero. Ponía en desprenderse de él el mismo cuidado que otros ponen en amasarlo. A veces le ayudaba yo a hacer las cuentas. Su dinero se hallaba en un cajón oculto a la vista y cuya llave guardaba en su cajón usual, junto a las tijeras, al Ordo, y al veronal. Este cajón, del que aún no he hablado, contenía lo que él consideraba más precioso: algunas cartas de los suyos, recuerdos de Jean Bouvier y Jourdain, dos ex alumnos de J. Chevalier que habían venido a consultarle al comenzar la guerra y que habían dado la vida por Francia. Luego, junto a las cartas, o mejor encima, a la vista, estaba toda su fortuna, figurada por un viejo billete de diez francos bien colocado y que representaba la paga del mes, puesto que devolvía a la comunidad el dinero que le daban por las misas. Esta paga mensual daba lugar a cálculos y a divisiones: el Sr. Pouget pensaba en la compra del azúcar, y del veronal, este remedio a veces necesario para asegurarle algunas horas de sueño. El resto se iba en limosnas, o en suscripciones a algunas revistas de tercer orden que quería mantener, como la de los antiguos alumnos de Saint-Flour. Cuando este desdichado billete de diez francos había desaparecido, cuando ya no quedaba en la caja fuerte más que el dinero de las misas que debía decir, cuando había verificado que esta suma correspondía exactamente a las misas prometidas y señaladas, en el margen de su Ordo, con ciertos signos cabalísticos, cuando había nivelado de esta forma su presupuesto y que, aparte de algunos escrúpulos por el azúcar, había tranquilizado su conciencia, entonces mostraba una visible satisfacción al saber que sus finanzas se encontraban en tan buen estado. Había asimismo en este cajón misterioso un portamonedas de cuero en forma de bolsa, con un cierre. Lo palpaba con suavidad, y hacía el inventario; luego se veían aparecer en el extremo de sus dedos dos o tres monedas que desde la guerra ya no tenían curso legal. Y un día que le había sorprendido acariciando este dinero, me declaró con la mayor seriedad: «Tengo ahí tres francos de los que no puedo lograr desprenderme.» Si uno entra en ese momento y le ve arrodillado ante ese cajón entreabierto, y con estas piezas en la mano que brillaban en la penumbra, creo que le tomaría por avaro. El Sr. Pouget era muy avaro, pero de pobreza.

Esta avaricia tan extraña se manifestaba en sus ropas que eran todas de préstamo.  Prefería llevar hábitos que habían pertenecido a cohermanos difuntos, sobretodo cuando habían sido piadosos personajes, y su atuendo era como un cementerio, en que cada tumba hace revivir un fragmento de pasado. «Esta muceta, decía, perteneció al pobre (fulano de tal)…» En cuanto a su ropa interior, tenía el color terroso de los viejos campesinos. Habiéndole cuidado mientras estaba enfermo, y habiendo asistido a las operaciones de desnudarse, puedo decir qué silueta más extraña ofrecía en camisa, en pantalón y en medias: un leñador del bosque; sin la sotana, se habían atravesado diez siglos y más, uno se creía en plena Edad Media; y cuando se había puesto el gorro de algodón puntiagudo y trasteaba así por el cuarto con los tirantes reparados con cuerdas y el pantalón con remiendos, podría dar miedo, como un brujo en su antro. El hermano que le velaba en su última enfermedad se había asustado de la pobreza de sus ropas: harapos, trapos inservibles.

Los hábitos que estaban en su armario (el armario del azúcar y la jofaina) habrían podido figurar en una exposición retrospectiva del traje eclesiástico, y tenían ya ese tinte de las momias, esas formas tiesas de objetos colocados en vitrinas. Una palabra más aquí en el capítulo de los sombreros.

El problema del sombrero era para él insoluble. Medía 61 cm de cabeza: en el sombrerero no encontraba por tanto nunca sombrero de su talla. Que por eso no sea, diréis, no tenía más que encargar un sombrero a medida. Pero el Sr. Pouget era pobre y quería seguir así. Nunca habría permitido que su congregación le encargara una teja, además que ello habría sido singularizarse y llamar la atención sobre el perímetro de su cráneo. Quedaba la solución de andar mal cubierto, y pasaba por ello, a riesgo de que se hiciesen comparaciones entre zapateros y sombrereros, descorteses en los últimos. «Se hacen zapatos a medida, no sombreros. Con todo, permitidme esto, la cabeza se lo merece más que los pies.» Tenía de esta forma, en su guardarropa, dos sombreros que no le caían nada bien. Su preferido por la talla era un viejo sombrero de pelo, demasiado ancho y cubierto de un polvo venerable. Pero había que apartarle de esta tentación: ya que este sombrero paleolítico habría causado una sorpresa general. Tomaba entonces el otro, del tipo flojo, que sólo le cubría a medias y que llevaba en todo lo alto. En los últimos años, cuando salía a la calle, acompañado de un amigo, presentaba una silueta muy curiosa. La gente se volvía a mirar a este anciano, avanzando con precaución, tanteando las bocas de gas con el bastón, temiendo molestar y descubriéndose por educación la masa enorme de su cráneo con el pelo rizado. Conocía y le gustaba París que había recorrido en todas las direcciones, en especial en la imperial de los ómnibus, observatorio perfecto y cuyo lugar no ha podido ser reemplazado por nada. Le gustaba dar paseos a pie, tanto para demostrar a los demás como para demostrárselo a sí mismo que, siendo como era ciego, tenía todavía las piernas fuertes. Una de sus coquetearías consistía en no tomar la diligencia reservada a los sacerdotes ancianos; cuando se iba a Gentilly, la casa de campo de San Lázaro, hacía todo el camino a pie, a buen paso, apoyado en el brazo de un joven.

Esta pobreza se manifestaba, como lo hemos visto, en un terreno en el que parecía razonable que se debía proscribir del todo, en la compra y uso de los instrumentos de trabajo. La concordancia de la ciencia y de la pobreza es algo difícil: ya que, para saber, hay que tener y, cuando la orden de san Francisco se volvió hacia la ciencia, fue una necesidad que poseyera libros y renunciara al espíritu primitivo. Para apreciar sin exageración esta pobreza, se ha de recordar que el Sr. Pouget, ya ciego, no podía consultar mucho, que su método consistía en trabajar en todos sentidos la tierra paterna sin hacer incursiones en los terrenos vecinos y por fin que tenía una memoria sorprendente. Pero había también en su desprendimiento algo voluntario: si recopiaba un diccionario o una gramática, no era sólo para fijarlos mejor en su mente al confiárselos a esta memoria visual (que, según él, localiza, cosa que no hace la memoria auditiva o la memoria motriz), era también para someterse a las exigencias de la pobreza y a los inconvenientes que Cristo había querido conocer. Se servía de papeles con los que se habrían podido fabricar cigarrillos de tan finos como eran, y con frecuencia escribía en las dos caras del folio, cosa que hacía que sus trabajos fueran tan difíciles de leer. La tinta era vieja, el papel carbón usado hasta el agotamiento. En todo se veía este cuidado por ahorrar. Lo que le guiaba era haber vivido entre gente pobre; cuando su padre era aguador en París, el pequeño Guillermo había debido comprender la dignidad del dinero y su poder de compra y no había perdido nunca el hábito de traducir el dinero en el lenguaje del trabajo, de la miseria y del hambre. «Por qué no tomar el ómnibus, le decían en otro tiempo, cuando se trataba de ir de Gentilly a San Lázaro.  – Es porque, sabe, son tres reales, y eso representa mucho pan para un pobre».

A pesar de todas estas privaciones, se veía demasiado rico. Tenía una cama, una mesa, un techo. Tenía el porvenir asegurado. «Hay días, me decía, en que sentiría tentaciones de quejarme. Después de todo, soy viejo y los he visto crecer a todos: se podrían acordar de que soy ciego. Ha habido años atrás en que habría necesitado comprar un libro, y mis zapatos están my gastados… Entonces pienso en ese logion de Mateo, que por lo demás se encuentra también en Lucas… Mire, usted que es joven, vea en el Testamento gordo por san Mateo, en el capítulo VIII, versículo… espere… versículo diecinueve o veinte: oi alôpekes pôléous échousi… alôpex? La Vulgata lo ha traducido por vulpes, zorro. Me pregunto si no estaría mejor los chacales: veremos un poco… Kai ta peteina tou ouranou kataskènôseis, los chacales pues tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos; o de uios tou anthrôpou ouk eché ou tèn kèphalèn klinè, ¿es eso?… Pero el hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza. Ya sabéis lo duro que es dormir en el suelo, a la cabeza le gusta dormir sobre algo mullido. Sabe, cuando pienso en Cristo que no tenía casa propia, que era perseguido, siempre obligado a huir de un lugar a otro, me digo que todavía soy  muy rico».

Al hablar de virtudes heroicas, se entiende por ello virtudes que superan en altura y constancia a las fuerzas comunes. Sin conocer bastante los recursos humanos y sobre todo lo común de los verdaderos religiosos, no puedo decir si su pobreza llegaba al heroísmo. Pero, sabiendo lo que significa el trabajo intelectual, por haberlo practicado desde mi edad juvenil, puedo decir que durante los diez años que le conozco su forma de trabajar era verdaderamente prodigiosa.

Hay que decir en primer lugar que no estaba de ninguna manera obligado en conciencia a trabajar, que hubiera podido muy bien pasar el tiempo en su celda en seguir viviendo; sólo estaba obligado a guardar las reglas de su congregación, y también, hallándose ciego, creo que habría obtenido con facilidad el permiso de recitar cada día la misma misa o de reemplazar el breviario por un rosario. Pues bien, como lo diremos al hablar inmediatamente sobre su memoria, este anciano ciego recitaba cada día, leyéndola en su cerebro, la misa del día y la mayor parte del oficio. En cualquier caso no estaba obligado a trabajar con la cabeza a la edad que tenía: después de sesenta años pasados en servir y sin tomar vacaciones nunca, tenía todo el derecho a un respiro y un descanso. Ahora pensemos en un ciego de ochenta años, sin ayuda, sufriendo de continuo de la vista que era tan sensible a la luz, molestado con frecuencia por cohermanos, penitentes, estudiantes que le tiranizaban, sin ningún descanso, recitando, rezando, componiendo en la cabeza lo que iba a pasar a la máquina, escribiendo con letra grande, pequeños tratados y hasta grandes tratados para aquellos que sabía se encontraban en dificultades, otras veces sencillamente para sí mismo y para el avance de la ciencia sagrada, y eso buenamente y con naturalidad, como si fuera su estricto deber, se tendrá una idea de esta extraordinaria aplicación. Al acabar un pequeño trabajo, lo ataba con cuerdas para evitar que se escapasen las hojas y lo metía en su cajón, sin preocuparse de la suerte que podía correr: tenía la seguridad de que después de su muerte todo iría a parar a la papelera. Ya he dicho que no tenía ningún sentimiento de propiedad sobre sus trabajos. Era de una indiferencia absoluta en este aspecto, y estaba persuadido en su candidez de que los demás debían experimentar los mismos sentimientos: después de todo, si uno se proponía decir sólo la verdad, importaba poco quién la sacara a la luz, y la firma de las obras debería ser algo casi inútil, sobre todo entre los autores cristianos, o religiosos que han renunciado al espíritu de propiedad. El Sr. Pouget tenía sus sentimientos, lo que no le impedía cuidar en lo posible su estilo y escribir en una  lengua que le era propia. Pero habría lamentado que «apareciese» uno de sus libros, y los que se han publicado con algunos ejemplares lo han sido bien a pesar suyo. Lo que no quería decir que no deseaba difundir sus ideas y compartirlas con otros presentando pruebas rigurosas. Nada le habría sorprendido que se las hubieran copiado y difundido, y hasta pienso que se habría sentido dichoso al ver extendida la verdad y el éxito volar a algún otro. La obra que escribió sobre los orígenes sobrenaturales de la Iglesia, hablaba de ella como si fuese la obra de otro. «La obra del Sr.- X…», decía, o también «nuestra obra.» La palabra «mi libro» no habría pasado la barrera de sus labios. Y sin embargo a veces tenía un lapsus y se le escapaban frases como ésta: «La obra del Sr. X… de la que de hecho yo soy casi el autor total».

Ahora ha llegado el momento de decir unas palabras de lo que le creó una leyenda, y que impresionaba al visitante como una curiosidad natural, su gran memoria. Había yo oído más de una vez decir a uno de sus cohermanos, medio riendo, medio en serio, que, desde Pico della Mirandola, no se había debido ver una memoria así. Quitando todo epíteto peyorativo a la expresión, se habría podido decir que poseía una memoria monstruosa, una memoria tal que, si no hubiese tenido una gran inteligencia y una entera posesión de sí, ella se la habría merecido sin duda. Dejo a un lado todo lo que conocía de las ciencias, por no haber tenido nunca suficiente capacidad para apreciarlo. Pero en historia y en historia religiosa, era capaz de contar la historia de un pontificado o de un reino, como si os hablara de un asunto de familia. Pienso que cuando había leído una obra de historia con atención, se sabía casi la materia. Pero lo más impresionante era lo que se sabía de memoria. Un día, habiendo echado la cuenta, me decía saberse l0 800 versos latinos y franceses. Otro día, me lo encontré después de repasar, según su cómputo, 5 342 versos de Horacio y 4 575 de Virgilio (6 de marzo de 1928). En latín, se sabía varios cantos de la Eneida, varios libros de las Geórgicas; en suma se puede decir que se había aprendido la mayor parte de Virgilio. En francés se recitaba principalmente a los clásicos: La Fontaine, Boileau y Molière. A este propósito decía: «un poco de arte no hace daño en la vida. Antes, cuando tenía sufrimientos, me decía: Ah! si tuviese un violín.  – Ahora, cuando estoy aburrido, me tomo una buena dosis de poesía, profana o sobre todo bíblica: eso os coloca en un mundo superior. A pesar de no tener vista, he podido estudiar. Tengo cantidad de salmos en la cabeza, y todo el Nuevo Testamento.»

Se sentía agradecido a los Antiguos por expresarse con concisión y fórmulas que se graban. «Los libros de los Antiguos eran cortos: uno se los podía aprender. Mientras que hoy, vaya usted a meterse un libro en la cabeza». Se adivina por ahí su primera tendencia ante lo que él estimaba que era una obra maestra: poseerla aprendiéndosela.

Se sentiría uno inclinado a pensar que esta memoria era un don natural que un hada benéfica había colocado en su cuna. Y no seré yo quien niegue que hubiese recibido una aptitud rara de observar y de retener, que debía de consistir en la intensidad de la atención más que en la fuerza de la retención. Pero su memoria era la obra de su voluntad. La cuidaba con perseverancia hasta su edad avanzada. Podéis todavía ver en nuestros campos a ancianos o ancianas que se imponen pesadas cargas inútiles contra el parecer de toda la familia; les demuestran que no está bien, que no es necesario y que sería mejor descansar. Pero ellos hacen oídos de mercader, y tienen razón. Saben que, si se detuvieran un día, se detendrían para siempre, y que el descanso sería su muerte. Si el Sr. Pouget se hubiera parado de ponerse al día, de repasar y si se puede decir de abrillantar sus recuerdos, se habría acostado en la tumba. Este esfuerzo perpetuo e inútil de acordarse era el secreto de su higiene; su memoria era su fuerza, como la cabellera de Sansón.

La conservaba pues, con la paciencia de un mecánico o de una avaro. Se hacía con frecuencia el inventario, lo más preciso posible. Se imponía tareas ficticias como si fuera su propio maestro: repasar Marcos, repasar Lucas. Y se imponía este repaso como la ocupación principal: y llegaba hasta quejarse al modo que se queja el niño de un maestro demasiado exigente con las lecciones.

«Me aprendo a san Lucas, recito la Sabiduría, revisto de hebreo el libro de los Reyes. ¿Se da cuenta? Estoy reventado». Habría sentado mal si se le hubiera dicho que ese reventón no le interesaba a nadie más que a él.

Cuando un visitante entraba sorprendiéndole en esta continua composición de recitar en que se medía a sí mismo para sí mismo, era contratado al punto para hacer verificaciones. Entonces tenían lugar incidentes bien graciosos. Se recitaba hebreo y dudaba en una palabra. Se presenta un personaje. Lo requisa. El otro tiene que confesarle que, a pesar de su buena voluntad, sin saber ni letra de hebreo, no puede servirle de ninguna ayuda . Provenía de la alta Auvernia y conocía muy bien el arte de saber escuchar como el arte de no querer entender. «Vamos a ver, le decía, señalándole le palabra en un gran libro; ¿cómo está hecha esta letra? Supongo que tiene primero una gran asta como nuestra I mayúscula, luego que gira a la izquierda como una T mayúscula a la que se hubiese cortado el palo derecho.  – Algo de eso hay, señor Pouget.  – Bueno, lo que yo esperaba. (Aparte.)  Es un Caph final. – Y luego, la letra siguiente, ¿se parece a una puerta?  – Ah! no, señor Pouget, es como un pezón pequeño. – Pero, ¿qué dice? Un pequeño pezón…» Se ve por qué atajos andaban metidos. Este sistema no permitía avanzar mucho, y no conducía más que a una certeza relativa. Pero él no tenía nunca prisa, y le chiflaban las dificultades. Su método era de lanzarse siempre en alta mar, arreglárselas como podía, enfrentarse a las cosas, abordar las dificultades, y desarmarlas con su testarudez.

Su memoria se ejercitaba principalmente en la liturgia y en la Biblia. Aunque ciego, decía el oficio del día. Desde hacía tiempo se sabía el salterio como el Pater. Evitaba la leyenda del santo que no lograba aprenderse, compartiendo en este punto las ideas del Mons Duchesne quien decía, según parece, «mentiroso como un segundo nocturno». Sabía sin embargo las historias de los viejos oficios romanos, santa Cecilia, santa Lucía y santa Inés. Cuando no podía recitar la leyenda, la sustituía por «algo de Escritura». En la primera lección del tercer nocturno, en lugar de decir después del versículo del Evangelio et reliqua, recitaba el Evangelio entero, creyendo que muchas veces vale más que su comentario.

Las Homilías de san León se acomodaban con mayor facilidad en su memoria que las de san Agustín. Mandaba leer los textos de la misa la víspera por la tarde, y era suficiente una palabra para ponerle en marcha: echaba pestes a veces contra la complicación de las secretas o de las poscomunios, y le habría sentado mal que se le dijera que las oraciones de la misa no están ahí para ser aprendidas de memoria o que la industria de los misales habría periclitado si hubiera tenido muchos discípulos. Pero ya sabéis lo que pensaba en sus adentros de los breviarios en cuatro tomos y de los bellos misales: y se preguntaba qué habría pensado Cristo, de quien nos dice el Evangelio, en el capítulo X de Mateo, que quería a su misionero sin «equipaje» y con el solo aparejo de la pobreza». Era un espectáculo totalmente impresionante asistir a su misa: con las manos apoyadas en el libro, cuyo texto recitaba sin poderlo leer, con rapidez y como si estuviera leyendo, con mayor respeto de lo que le había costado.

Del Antiguo Testamento, El Sr. Pouget había confiado a su memoria, en hebreo, en latín, y a veces en griego, los primeros capítulos del Génesis, en particular los tres primeros. También sabía en hebreo una gran parte de Job y el Cantar de los Cantares. Se sabía en griego y con toda exactitud el libro de la Sabiduría. Y naturalmente sabía largos pasajes de los otros libros: me limito a citar sus preferencias. En cuanto al Nuevo Testamento, estaba en posesión de todo el latín, echando siempre en falta no habérselo aprendido en griego cuando joven. Había fijado en su memoria incluso la matemática de los versículos; sabía, al menos en cuanto a los textos que él creía más importantes, que esto estaba en el versículo tal y tal del capítulo cual; muy raramente se equivocaba. Llegaba uno a darse cuenta de que simulaba no conocer la posición del versículo, a fin de no abrumar al interlocutor por el bagaje de su ciencia y para pasar por el común de los mortales.

Pero hacía gala de toda su capacidad cuando se le presentaba una objeción, en particular cuando le leían un pasaje capcioso y falsamente impasible del último libro de los críticos radicales. Entonces, por poco que se encontrara en forma, llovían los textos como balas. Aquello hacía pensar en efecto en un bombardeo que se preparaba y en el que los disparos, siempre precisos en extremo, pero al principio alejados del punto por la dispersión, venían a cubrir exactamente el objetivo. Sabemos que, en su primera juventud, al Sr. Pouget le habría gustado ser oficial de artillería para repartir golpes, decía él, y «a riesgo de recibirlos». Y había claramente en su carácter volcánico algo del  artillero, con una especie de satisfacción en combatir y en vencer por la precisión del cálculo más que por la furia. Entonces se veía cómo la memoria estaba siempre a la disposición de su mente. Las municiones al alcance de la mano. No necesitaba, como la mayor parte de nosotros, ir a buscarlas en algún libro, comentario o biblioteca. No necesitaba clasificarlas sistemáticamente, ni darles a fuerza de referencias inglesas y sobre todo alemanas un aparato temible. Las citas pertinentes salían de sus almacenes con su referencia exacta; y el pobre estudiante, si quería agotarse anotándolas, caía vencido por la rapidez. A veces llegaba la noche al campo de batalla cubierto ya de textos y de reflexiones, de refutaciones precisas, y él era el único que no se daba cuenta de las tinieblas, puesto que todo era noche para él. Había sin embargo que decirle que era de noche, al no poder los ojos del vidente controlar ya al ciego. Pero temíamos interrumpir este surtidor y esperábamos hasta el último momento. Porque, cuando le decíamos: «Sr. Pouget, no veo nada», había que cambiar la mesa de lugar y llevarla junto a la lámpara al otro lado de la pieza, y sabido es que no se ha de interrumpir nunca el trabajo de la mente cuando se realiza con facilidad. Repito que era una escena solemne esta batalla que seguía en la sombra. Entonces era cuando se podía calibrar la ciencia del Sr. Pouget: cuando otro cualquiera hubiera pedido gracia y acusado ignorancia (¿qué somos todos sin nuestros libros?) él, pues se divertía, como la Sabiduría durante la creación del mundo. Una sencillez antigua, ningún despliegue de saber raro, nada de poses, ni lecciones, ningún deseo de revancha, o de triunfo, sino hechos que estallaban como cohetes a vuestros ojos con algo de brutal y fulgurante.

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