Capítulo V
I: Los últimos días del sr. Pouget
«Creo que se debe vivir como si no se tuviera que morir, decía con frecuencia el sr. Pouget. Cuando se llega a viejo, hay que hacer todavía proyectos. Si se pierde la cabeza, entonces ya no hay nada que hacer. Estad contentos, seamos felices de vivir: la vida bien empleada es un medio de perfeccionarse. A nosotros toca progresar: los medios no faltan… Después de todo, trabajo quizá demasiado para un hombre de mi edad. Cuando uno no se dedica a probar la verdad de la religión (como ha hecho Pascal al final de su vida), se puede trabajar sin desgastarse mucho: no queda más que repetir lo que se ha leído en los libros, revistiéndolo mal que bien. De otra suerte, se abarca mucho y eso os arruina». El sr. Pouget no temía «estropearse» así hasta el final, y yo creo que ésa era una de las razones de su juventud.
Encuentro entre mis papeles una señal de esa voluntad de vivir, que se manifestaba hasta en la disposición de su celda.
«Querido señor, escribía el año antes de morir, tenía el texto griego de Platón en ocho volúmenes en pequeño in-12 (14 por 9). Edición Tauchnitz o Halsche. No me lo han robado, sino que se lo ha llevado alguien de los que venían a verme… y que lo habrá metido en su cartera sin darse cuenta: usted podrá ser de ellos.
Mirad a ver, seguía diciendo, si mi volumen no se encuentra por casualidad entre vuestros numerosos libros. Si así fuera, me lo traeríais cuando vengáis a París. Si no está ahí buscaré por otra parte; y además, me puedo morir dejando a mi Platón desparejado. (Esta frase quería decir lo contrario: el sr. Pouget se negaba a morir con un Platón incompleto). En cuanto a mí, terminaba, me sumerjo cada día en la tumba o más bien en el más-allá. Rece un poco por mí, por favor. Todo de usted en Nuestro Señor».
En 1926 había sufrido más que nunca y había corrido peligro de morirse. La suerte dispuso que me encontrara en su casa la tarde en que se sintió enfermo y pude observarle en uno de esos momentos en que la naturaleza habla más que de costumbre. Comenzó filosofando sobre las causas: «había llevado las cosas algo lejos», y la máquina se había descompuesto en pocas horas. Quiso primero acabar la tarea y cumplir la regla del oficio del día siguiente recitando un nocturno, y hubo que ayudar su memoria apuntándole como en el teatro. Entonces me di cuenta, según he dicho ya, de su ropa interior terrosa y vestimenta del chuán y del forzado. Se había deslizado entre las mantas a medio vestir, como lo deben de hacer los pobres. Únicamente se había preocupado de cambiarse el bonete por un gorro gigantesco y en punta que le daba el aspecto de brujo. La fiebre le desataba la lengua, y se le escapaban observaciones ingenuas. Mezclaba lo más elevado y lo más común, el alma y el cuerpo, la eternidad y el tiempo de una manera que habría sido del gusto de Shakespeare. Yo le había preguntado sobre la muerte.
«El alma, me decía interrumpiendo estas vistas con toda clase de reflexiones sobre sus males, sobre la fiebre que podía tener, sobre qué hora era (como hacen los ilustres enfermos que se aferran a la cronología como a un salvavidas), el alma, pues bien, tendrá una forma de existencia, probablemente no encadenada a la materia. A Dios le veremos como es. Y con todo, él será sin embargo misterio para todos. A los que quedan no veo por qué no se va a seguir queriéndolos. La inmortalidad no exige que estemos en un desierto… ¿De qué estábamos hablando? Ah sí, ya me acuerdo. De hecho, la mayor parte de los moribundos no tienen sus facultades lúcidas: cuándo se va a morir uno creo que no se sabe. Me sucedió tener un síncope cardiaco. En 1915, me caí redondo diciendo misa, sin conocimiento; me desperté: estaba muy tranquilo; veía dos lamparillas, así como en un sueño. La muerte debe de ser un síncope. Pero el alma no está obligada a salir inmediatamente, porque la vida no cesa enseguida… Después de todo, la muerte no me preocupa sobremanera. Somos hombres de eternidad. Cuando os vayáis, tomaréis del cajón mis papeles y os los llevaréis: si me voy, hay peligro de que todo acabe en el fuego. Esta vez me parece que estoy dando el paso a la otra orilla». Y, luego de un sueñecito, al despertarse de repente:
«¿Qué cosa será esta nueva vida?. Me pregunto si no será más bien una vida que una visión, como se nos dice. Porque la vida es más que la visión. Así, como veis, yo que no tengo vista, eso no me impide vivir. –Cuando reflexionamos, damos a veces con un hallazgo. Es un momento, es el acto en su punta más afinada. Si pudiera continuar, sería la actividad misma, la actividad subsistente. Así es como me represento la vida eterna, y estoy con Aristóteles, quien lo había tomado de la observación. Y así mismo, en la Trinidad hay una producción continua. (Cuando os vayáis, decid abajo que me suban una redomita de agua caliente. Veo que al despedir calor mis pies se cansan). Intra in gaudium Domini tui, eso debe de ser algo espléndido y curioso a la vez. Yo me olvido del pasado. Bueno o malo me olvido de él ya que nada puedo a ese respecto. Cierto que yo no he abrazado a Cristo como él lo ha hecho conmigo. San Pablo no sigue inmóvil; tiende hacia el futuro. Hacia allá voy yo también. Mire en el armario. Hay un vaso y creo que también tres medios trozos en el azucarero. Deles unas vueltecitas con el dedo, así se fundirán antes. Confío en el azúcar: es el alimento de los músculos, se asimila sin demora. Me lo dijo un capitán de cazadores alpinos».
Después el azúcar. –Entonces la muerte, ¿qué piensa de ella, sr. Pouget, por fin?
«Le ruego que crea que me repugna. Me parece difícil pensar que la humanidad haya sido creada para la muerte. ¿Por qué estropear esta necesidad de supervivencia con la tumba siempre abierta? Acaban de dar las seis, hora ya de que vaya al refectorio. Esta tarde no puedo. De paso, al salir decídselo al hermano de la portería. Sentiría ganas de ir con Dios, pero tengo algo de miedo. Bien examinado todo (y se mordisqueaba las uñas de la mano izquierda), no estaré descontento de morir. Yo me encomendaré a Dios, ¡y que ruede la bola! ¿Sigue usted ahí? –Sí sr. Pouget. –Ya saben, cuando sea la hora, no se preocupen. Habrán de salir. Se lo dirán al hermano. Después de todo, saben, se honra más a Dios con la confianza que con el temor. Mire en mi cajón, a la derecha, debajo de las tijeras, encontraréis el ordo; querría saber si he dicho todas las misas que había prometido. Un momento, el 21 de noviembre, qué señal hay en el margen? Una H, ¿no?… Sí, ya me siento tranquilo. Mi cajón está ordenado y eso ya es algo. ¿No tengo cartas? Eso es que las había contestado o que no tenía que contestarlas. Tengo ochenta años pero aún puedo cumplir más, ya que en mi familia morimos viejos. Tenía una tía que murió a los ciento tres años; lo he comprobado».
Esta enfermedad no fue más que un aviso. Se repuso y no se volvió a hablar más. No le gustaba que se le recordase. Pero yo había visto todos los movimientos de su corazón.
Querría recordar ahora dos encuentros que tuvo ya en los últimos años de su vida y que le sacaron por un instante de la oscuridad.
El primero fue el de Lord Halifax. Se sabe que este noble lord había dedicado su vida a la causa de la unidad de los cristianos y que había dirigido sus esfuerzos a llevar a la cristiandad anglicana a la unidad católica. Lord Halifax estaba unido por una amistad espiritual absoluta a un humilde lazarista, el padre Portal, que era cohermano del sr. Pouget, e incluso su penitente en sus últimos días. Y después de la muerte del sr. Portal, de paso por París, se había preocupado a pesar de su avanzada edad de visitar al sr. Pouget para oír hablar de su amigo. Era el 18 de junio de 1927. Lord Halifax llegó a pie, apoyado en su capellán, que no le dejaba un momento.
Fue introducido en la sala de las Reliquias: los lazaristas conservan allí bajo las vitrinas los recuerdos de sus mártires con objetos que hayan pertenecido a santos o a papas. Lord Halifax pudo ver los instrumentos de suplicio chino, un reloj que había indicado la hora del cura de Ars, y una mulita que había servido a León XIII. Le dio por hablar, y según su costumbre, en la conversación familiar que no tenían necesariamente relación entre sí, a no ser por un carácter agudo o cómico. Sus recuerdos le llevaban hacia el pasado. «Gladstone, dijo ese día, dedicaba a la Reina sermones y Lord Beaconsfield, (así llamaba a Disraeli) cumplidos. Los cumplidos son más agradables, don’t you think so?» Después hubo que explicarle a grandes rasgos lo que era el sr. Pouget. «Oh! I see, respondió, he is a kind of a saint». Enseguida la conversación entró por derroteros agradables, y contó cómo, esa misma mañana, había tenido que hacer una expedición en busca de su pantufla que precisamente se encontraba… No se debía saber nunca el lugar, porque en ese preciso instante entró como un bólido el sr. Pouget y con el bastón al frente. Le había retrasado una sopa demasiado caliente. Se descubrió, extendió las manos bajando la frente para buscar dónde se encontraban nuestras sombras. Había preparado una especie de frase que contenía las palabras gran honor para mí y de venerable lord, y la lanzó en primer lugar, pero en dirección equivocada.
Los sentamos en sillas ordinarias y muy cerca al uno del otro, para que pudieran hablar. El sr. Pouget no veía, el sr. Halifax no oía muy bien. Y de vez en cuando sus caras se rozaban. Lord Halifax tenía las manos enguantadas en ante sujetas al pomo de su bastón que coronaba su suave sombrero. La cara, muy pálida en su parte inferior, se confundía con la sombra por estar inclinado hacia delante, como si se confesara. Tan sólo se veía su bella frente en la que descansaba la luz. El sr. Pouget no había tenido tiempo de asearse. Simplemente se había quitado el gorro redondo, que tenía también en la mano en señal de respeto. Había una diferencia notable entre estos dos hombres en cuanto a la condición se refiere. Lord Halifax tenía acceso a las cortes de Europa, había conocido a los principales jefes de Estado del siglo pasado, y yo creo que en ese momento su hijo gobernaba las Indias. En cuanto al sr. Pouget, aparte de sus pobres padres, los misioneros de la calle de Sèvres y algunos laicos de las Escuelas, no conocía más que su Biblia y su casa. A sus ojos, el ciudadano menor tenía derecho al título de «Señor». Lo que por lo pronto indicaba que no era ya campesino y que había subido un peldaño. En cuanto a Lord Halifax, no sentía acepción de personas.
No se habían visto nunca. Daría la impresión de que se reconocían. Hablaban como discuten los lores de los asuntos del Imperio en los rojos cojines de Westminster o como hablan de la guerra posible dos campesinos mientras llevan sus animales a beber. Ni de uno ni de otro se habría podido decir que no era educado, si al menos queremos entender por educación la observancia de ese código mundano que supone cierta afectación y la conciencia de las buenas maneras. Ninguno de los dos tenía raíces en esa clase que se llama burguesía y que, en el siglo pasado, regentaba los Estados y las costumbres. Pertenecían al terruño y daba la impresión de que si se hubieran encontrado en el siglo XIII, en cualquier camino campestre, ante las labores o las cosechas, se habrían sentido mucho más cómodos. Habrían conversado con mucha más sencillez todavía y con más familiaridad como Ulises y Alcinoo, ya que por encima de todo lo que es cortesía, educación y buenas costumbres, veo una nobleza natural y primitiva que se transmite por la sangre.
He aquí cómo se desarrolló la conversación entre estos dos sabios. Tenían ya algo de común y de comunión en las enfermedades de la edad avanzada. Habían comenzado por sus ojos. Lord Halifax había insinuado que se había descubierto cómo operar el glaucoma. –¡Qué pena! Dijo el sr. Pouget, es demasiado tarde. Usted y yo ya podemos decir que somos mayores. –Cuando se tienen 88 años, respondió Lord Halifax, se sabe muy bien que lo más largo debe ser corto. –Nunca se sabe, dijo el sr. Pouget; tengo un tío que murió a los 97 años y una tía a los 103. Es verdad que eran campesinos sin preocupaciones y que vivían al aire libre. Lo que acorta la vida son las inquietudes y el trabajo de cabeza. – Ni que lo diga, dijo Lord Halifax y repitió: las inquietudes, el trabajo de cabeza. Luego, después de sopesar sus cartas, al igual que los ancianos, llegaron al tema en cuestión. Viendo a este campesino y a este gran señor, me maravillaba de cuánta igualdad establece el cristianismo entre los hombres. El sr. Pouget: «En el entierro del sr. Portal, había hombres en cantidad. Había gente que tenía un nombre. Para que tanta gente se molestara, era preciso que fuera estimado quien no poseía ningún título social». Sabemos que era costumbre del sr. Pouget medir a los seres: cubiquemos el sol, expresaba en su clase, y de esta forma calculaba la fama del sr. Portal por la longitud de su último cortejo.
Lord Halifax: Era imposible conocerle sin apreciarle. Era imposible no sentir por él el mayor respeto y el mayor amor. –El sr. Pouget: Se había preocupado por los jóvenes y, en los últimos tiempos, por los que enseñan en las escuelas de los pueblos. La corrupción llega con la irreligión. Tenemos el ejemplo de Rusia, que es terrible. Es verdad, después de una guerra en la que ha habido ocho millones de caídos, se entiende que las potencias hayan querido firmar la paz a cualquier precio, pero… Lord Halifax: Me alegro de que Inglaterra se encuentre ahora fuera de todo eso. –El sr. Pouget: Vosotros nos habéis dado el ejemplo de un gobierno moderado. Hay que confesar que los imperialismos no sirven de nada. «Nosotros, los ingleses, decía ante mí un día vuestro Briggs, queremos tener garantías contra la corona». Y Briggs decía también: «El decreto del Concilio de 1870 sobre la infalibilidad no nos asusta, porque es limitativo». De hecho, Pío IX sólo ha proclamado la Inmaculada Concepción. Cuando vi llegar a Pío X me dije: éste va a darnos definiciones. No ha dado ninguna. Definir es atar a los demás, pero también a sí mismo. En la práctica, hay que definir lo menos posible. En cuanto a vuestras órdenes, añadió el sr. Pouget, os voy a decir lo que pienso. ¿Hay alguien más en la sala?» Le tranquilizaron.
Tiempos atrás el sr. Portal había sacado a luz la cuestión de las órdenes anglicanas; León XIII había nombrado una comisión para estudiar la validez de las órdenes: y ésta había declarado que las ordenaciones anglicanas no eran válidas. Esta decisión había afectado a Lord Halifax. Había paralizado durante veinticinco años sus campañas. El sr. Pouget había estudiado la cuestión por su parte. Las órdenes anglicanas, decía, son «por lo menos dudosas» y hay que ser tuciorista en materia de sacramento.
Cualquiera otro que no fuera él ante Lord Halifax habría soslayado la cuestión o habría velado su parecer por educación o se habría parapetado tras la disciplina romana. Ahí es donde me di cuenta de la vanidad de lo que se llama diplomacia en materia de fe y cómo la línea recta es el camino más corto entre las conciencias.
«En vuestras órdenes, pues, continuó, habrá siempre una duda entre vosotros y nosotros. Ni usted ni yo podemos evitarlo. Pero Cristo que nos ha sometido a los sacramentos, no se ha sometido a ellos él mismo». Esto se decía para indicar que la gracia va más lejos que las fronteras visibles. El sr. Pouget dio entonces un salto hacia el porvenir, y se preguntó cómo podría legalizarse el regreso de la Iglesia anglicana cuando llegase el momento de la unión. Se esforzaba a su manera en determinar lo mínimo que Roma podría exigir, y se basaba en el estilo de la Iglesia primitiva mucho más que en las teorías de los teólogos. «En el fondo, decía, sería suficiente que el papa reconociera a vuestros obispos como obispos de la Iglesia católica. Y para ello, le veo imponiendo las manos a vuestro arzobispo de Canterbury, quien, a su vez, impondría las manos a los otros obispos». Y añadía: «Sería un asunto considerable». Luego, sonriendo: «Si yo fuera papa, le ruego que crea que habríamos acabado pronto». Sabemos que el sr. Pouget era expeditivo y poco pagado de normas. Admiraba cómo Elías al encontrar a Eliseo en sus trabajos le había echado el manto sobre la cabeza para consagrarle profeta. Y admiraba también, en el libro de los Hechos, cómo se había realizado, bajo el impulso repentino del Espíritu, la ordenación de Pablo y de Bernabé. Su idea era que los Ingleses eran un gran pueblo y que tenía con justicia su orgullo; que era preciso, para bien de la paz y de la unidad, suprimir todo lo que no era necesario en las exigencias. Lord Halifax escuchaba y aprobaba en silencio. Entonces el sr. Pouget continuó, como si representase a todo el catolicismo romano: «Sentimos una estima inmensa por vuestra Iglesia y, dejando aparte los cumplidos, la vista de gente como usted no puede por menos de aumentarla. Es una obra admirable el trabajo por la Unión. Hay que esperar que ésta se realizará, puesto que representáis a un inmenso Imperio. Y yo deseo la unión con todas mis fuerzas, no para que el catolicismo se extienda sino para que sea glorificado el nombre de Dios. «Entonces Lord Halifax se levantó, y haciendo ademán de echar una rodilla en tierra: «Padre, dijo, quiere darme su bendición». El pensamiento de impartir una bendición nunca se le había ocurrido al sr. Pouget; entre los católicos, eso queda casi reservado a los obispos. Y aun si el sr. Pouget hubiera sido obispo, se habría sentido confundido. Bien sabía yo cómo le gustaba aquel rasgo del primer papa, quien al ver posternarse al centurión Cornelio, había dicho:
«Levántate, Cornelio, yo también soy un hombre». Con este espíritu respondió él a Lord Halifax, arrodillándose a su vez: «No soy más que un pobre sacerdote. Vamos a pedir a otro que nos bendiga». Como ambos veían mal y mal habían calculado las distancias, se golpearon la frente. Lord Halifax, levantándose, besó las manos del sr. Pouget, como solía a veces con las damas.
Otra visita digna de reseñar es la que el sr. Pouget hizo al sr. Bergson. Ya hemos dicho el respeto que sentía por el sr. Bergson, cuyas clases había seguido, cuyos libros había leído con sumo cuidado. El último libro que pudo devorar con la vista fue L’Évolution créatrice. El último libro que le leyeron fue Les deux sources. Yo alucinaba siempre, cuando hablaba de Bergson, la equidad de su interpretación. Las metáforas, las gracias, el talento, el aparato dialéctico o literario, la insistencia sobre lo moviente y lo que dura, la timidez ante el trabajo de la razón con sus solas luces, en suma todo la que había contribuido hacia 1910 al triunfo del sr. Bergson en este mundo, no se ve verdaderamente en qué pudo eso seducir al sr. Pouget. Pero él sabía saborear y alabar en los demás aquello de lo que carecía, y a todo le daba la mejor interpretación. Su máxima era aceptar a la gente tal como es. Recuerdo haberle leído páginas de L’Évolution créatrice que eran difíciles de comprender bien, sobre todo al escucharlas sin poder recordarlas con la mirada que repite o se adelanta. Veía plegarse sus labios, arrugarse su frente que se encorvaba hacia la mesa, igual que cuando se labra la tierra se encuentra una roca. Y decía tan sólo: «Poned una señal. Me tendrán que volver a leer eso».
Recuerdo cómo defendía al sr. Bergson cuando se acusaba a L’Évolution créatrice de no hablar de Dios. «Qué diablos, decía, no está uno obligado a decirlo todo. Él no niega lo que no dice». Su idea era que había que respetar el espíritu y no apagarlo, sino solamente filtrar lo que era bueno. Ahora bien, había mucho bueno y hasta excelente en Bergson. No veía sólo en él a alguien que había recuperado las fuentes de lo espiritual o también como Péguy que había enseñado a los espíritus habituados la novedad y la frescura del ser. Creía que Bergson (que él pronunciaba a la francesa, igual que maison) había aportado un nuevo modo de concebir la sustancia: allí donde se veía algo inmóvil o abstracto, nos había hecho adivinar un surtidor agudo y una energía en acto. «Somos una vibración instantánea que se repite. Eso, Bergson lo ha visto bien y lo ha dicho bien».
El sr. Bergson había devuelto a los hombres el sentido de la creación, no de buenas a primeras y al hablar del Creador, sino dando a entender que las realidades tomadas de la experiencia presentaban dos caracteres opuestos de energía extrema y de proceso inacabado, lo que no se explica, cuando se quiere reflexionar, sin el impulso y el soporte de una realidad infinita y que se baste. Había también en Bergson un horror a las teorías, un sentido de la existencia concreta que no dejaban de apasionarle. Porque, partiendo de una especie de cientismo a lo Spencer, iba al encuentro del alma, y el sr. Pouget de la escolástica antigua había ido al encuentro de los hechos. Uno se había elevado cada vez más hacia Dios, el otro se había inclinado cada vez más hacia el hombre. En el término medio podían encontrase.
Pero era bien difícil hacerles encontrarse en este mundo: las distancias sociales, las enfermedades, la discreción, todo eran obstáculos. Añadid a eso que, a partir de noviembre de 1932, el sr. Pouget se debilitó cada vez más y no salió ya de la enfermería, no comió más, afirmando que si fuera Chino se le daría ya por muerto. Resultaba cada vez más imposible lograr que saliera. Sin embargo las circunstancias le llevaron, muriéndose como estaba, al salón del sr. Bergson. Su amigo, el sr. Chevalier, había sido condecorado, y el sr. Bergson había aceptado entregarle su cruz. En esta ocasión invitó al sr. Pouget a almorzar: a continuación asistiría a la ceremonia. De almuerzo no había que hablar con un enfermo así. Pero los vientos soplaron a favor para la expedición. Aquel domingo 12 de febrero, hacía un hermoso sol radiante. El sr. Pouget se vistió. Consintió en dejarse cepillar. «Ya ve, decía al hermano, voy a casa del sr. Bergson; tengo que estar presentable». Y el hermano seguía cepillando con ese fervor indiferente de los religiosos que no necesitan tener razones para hacer las cosas que les piden. De sus dos sombreros el sr. Pouget había elegido no el sombrero grande de pelos sedosos que le habría hecho parecer demasiado anticuado y que por lo demás estaba cubierto de una capa de polvo venerable, sino el sombrero pequeño de verano, el que no le cubría la cabeza. Se armó de su bastón que debía explorar el horizonte por última vez. Y así mismo de un tratadito de la Redención que quería regalar al filósofo.
«Es, decía, el que me ha llevado a mi mayor unión con Cristo». Una vez en el coche, el sr. Pouget observó que antes de los ensanches de París debía de haber jardines en lugar de estos bonitos barrios. Llegaron al apartamento. «Qué suave es el calor aquí», dijo mientras un criado vestido de negro le tomaba el sombrero, el bastón, a los que añadió el parabrisas de paño que le cubría los ojos, un criado impertérrito, tan indiferente, tan servicial como el hermano de hacía un momento, pero sin duda por otros motivos.
El sr. Bergson estaba sentado en el centro de su sala, dando la espalda a la ventana y en la posición del estratega que puede verlo todo sin ser observado. El sr. Pouget le saludó con profunda reverencia no sin antes asegurarse de que «se trataba del sr. Bergson a quien tenía el honor de hablar». Y añadió: «Aquí tenéis a un hombre al borde de la tumba», lo que permitió contradecirle a coro; ¡ay! era más cierto de lo que todos pensábamos.
El contraste de estos dos hombres era impresionante. El sr. Bergson, sin dejar su sofá, parecía lleno de savia y de juventud. Su rostro estaba coloreado por el aflujo de una sangre fresca. Sus ojos eran claros, móviles, llenos de agudezas, pero a la vez tímidos y ligeramente interrogativos. Se advertía en él, como siempre, ese respeto un tanto celoso de su propio pensamiento, un aire de hacerle esperar para revelarle, y el cuidado extremo de no decir nada que sobrepasase su certidumbre del momento presente. Pero aquel día se notaba aún una especie de deferencia hacia su viejo servidor que iba un poco más allá de la educación y que era bien admirable en un espíritu semejante. El sr. Pouget hablaba como lo habría hecho en su celda: la ceguera y proximidad de la muerte le quitaban esos cuidados que habría tenido si se hubiera encontrado en un salón en el que hubiera sospechado la presencia de damas. Conservaba el sentimiento de sus orígenes campesinos y de la humildad lazarista; sin embargo se sentía dueño por un espíritu de sumisión a la verdad y por esa autoridad que recibía de la Iglesia, de la que tal vez se sentía embajador.
No entraba en su estilo servirse de esos cumplidos sinceros que tributamos a los grandes. Se dejaba llevar a sus digresiones, empujado por el deseo insaciable de instruir y de instruirse al mismo tiempo; y cuando le veía contar con los dedos la edad de los patriarcas en el Pentateuco samaritano, a fin de ilustrar el problema de la antigüedad del hombre o también de establecer a qué edad había engendrado Matusalén, según la Biblia, me preguntaba si no se encontraba todavía en clase; pero él no podía permitirse hablar sin pruebas. Cuando el sr. Bergson se explicaba todo era diferente. Cada frase era lenta, ritmada y balanceada, con sus acentos y sus silencios que son los plenos y los sutiles de la palabra, como si leyera sus frases dentro de sí mismo. Se habría podido copiar al dictado y transportar a la imprenta sin que se hubiera tenido que cambiar una iota o un apex. El encuentro me traía a la memoria el de Lacordaire con el cura de Ars. Era el arte más perfecto que se encontraba con la naturaleza más concreta y más simple, no para luchar contra ella, sino para respetarle, para envidiarla de algún modo y unirse a ella. Entre todos los vericuetos del sr. Pouget se podía adivinar con facilidad lo que el sr. Bergson habría llamado en otros lugares su «hilo conductor». Quería demostrar cuánta libertad dejaba la verdadera religión a la investigación y cómo concordaba la fe bien entendida con los resultados que el sr. Bergson había alcanzado por métodos positivos y sin mezclar en ello deseo alguno. La memoria captaba al paso los puros pensamientos, bellos por lo precisos y prudentes que afloraban a los labios del sr. Bergson. «El dios de Aristóteles no es aquel a quien se dirigen nuestras plegarias». Y luego: «Lo que me ha llamado la atención en el Jesús de los Evangelios, a quien he llamado el príncipe de los místicos, es la consigna de caminar siempre al frente, de forma que se pueda decir que el elemento estable del cristianismo es la orden de no detenerse nunca». Y, de vez en cuando, el sr. Bergson se inclinaba sobre su bastón y aprobaba: «¡Qué interesante es todo esto!» De esta forma hablaron casi una hora. A todas luces se veía al sr. Bergson feliz de oírse decir por un católico notable que no había nada en su última obra contrario al espíritu de la Iglesia. Se informaba del sentido de ciertos dogmas, de los dominios dejados a la investigación y a la interpretación. Sobre la antigüedad del hombre, sobre el monogenismo, sobre el pecado original, sobre la autoridad de santo Tomás, sobre la inspiración de las Escrituras, sobre la resurrección de los muertos, sobre la eternidad de las penas, sobre los diversos grados de asentimiento que se podía dar a las fórmulas de la creencia, él hizo preguntas. Al final, como había que cerrar la entrevista, el sr. Bergson, sopesando una vez más sus palabras, rebuscándolas con el fin de darse el placer de encontrarlas mejor, dijo: «Cómo sería de desear que se estudiaran estas cuestiones tan importantes, en particular las que se refieren a la Biblia, bajo una nueva luz, sin tomar partido, decididos a olvidar todas las especulaciones antiguas a las que nos hemos podido entregar, decididos a rechazar también en las afirmaciones de los sabios todo lo que no es la constatación, pura y simple, de los hechos. Pues es un método deplorable estudiar una cuestión con la preocupación de probar de antemano esto o aquello, o de refutar a éste o al otro. Y parece que hasta hoy no se han estudiado los problemas religiosos con estas miras».
Entretanto se quiso dar a gustar al sr. Pouget una copa de champán. Se puede decir que apenas llegó a humedecer sus labios. Se había cansado con este gran esfuerzo, y sus rasgos se alteraron. En el taxi que traíamos, decía: «Miren, nosotros somos los sencillos y nos lanzamos todavía más arriba que estas grandes mentes». Y añadía: «Hay que tener presente todo eso de vez en cuando y no por demasiado tiempo pues nos daría fácilmente dolor de cabeza». Yo debía pasar un examen. Me daba consejos campesinos: «No se apresure, hable despacio, como si fuera un anciano, pero un anciano todavía inmaduro. Sea cortés con su juez. Dígale: «Señor, yo no puedo medirme con usted, que se lo sabe mucho mejor que yo; pero luego, suelte su rollo y diga lo que sabe». Después volvía al sr. Bergson: «El sr. Bergson me gusta con su religión sin límites». Ya en casa, volvió al estado de moribundo. Pero en los intervalos pensaba en la conversación que le había proporcionado un inmenso gozo; pesaba con respeto las dificultades que se pueden erigir ante un alma grande llegada al umbral de la religión verdadera, sin haberse sentido ayudada por la herencia y por la enseñanza de las madres; cuando le preguntaban al sr. Bergson sobre la impresión que este anciano sacerdote le había podido causar, respondía con su precisión acostumbrada: «Yo me acuerdo que me habló de la Escritura, que me dijo en este sentido cosas muy atrevidas, muy originales, de las que me preguntaba yo si serían aceptadas por los teólogos. Pero yo me decía que esto debe de ser la verdad, tan sencillo es. Tenía la impresión de alguien que no trata de ser rebuscado, que dice algo que todo el mundo hubiera debido ver, pero que necesitaba de una intuición de espíritu singular para verlo tal como es».
En los momento en que era dueño de sí se había puesto a componer de cabeza un pequeño trabajo sobre la resurrección para ofrecérselo al sr. Bergson. Había sacado a relucir el problema de las apariciones en Jerusalén y su concordancia con las apariciones de Galilea.
«Se da cuenta, me decía la última vez que le ví, me pregunto si proagó quiere decir » preceder», como se traduce por lo general ‘yo os precederé en Galilea’. He mandado consultar el Bailly, de manera que… de manera que…». Aquí ya no pudo decir más, y nunca llegué a entender su idea. Quizá las cosas empezaban ya a embrollarse un poco.
Y decía asimismo suspirando: «Es extraordinario qué paciencia he tenido en mi vida. Oh! ¡qué paciencia he tenido! No sé si he trabajado bien. Pero he trabajado mucho. Puedo decir que no he tenido nunca vacaciones». Luego: ¡Ah! si no fuera por Cristo, le confieso que, por mi parte…». Y también decía: «La muerte es un detalle sin importancia. Y hasta diría que morir es dulce. Lo duro es dejar a quienes se ama». Era la primera vez que se le oía decir una palabra de este género; como los campesinos, era tierno, no expresaba nunca el amor
Durante los últimos días estuvo bajo la vigilancia de un hermano, quien fue el único testigo de su muerte. Esta es la carta que me escribió:
«La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros.
Desde el mes de mayo último ha debido usted preguntarse qué podía ser del hermano V… Mi querido señor, yo no le había olvidado, pero mire por dónde, en París, en la enfermería dispongo de un poco de tiempo y me dije que aquí donde he llegado como todos los años para tomar algún descanso podré, en la medida de mis escasos medios y con mucho gusto, contaros en cuanto me sea posible los últimos días de la hermosa y dulce muerte del sr. Pouget. Yo entraba en la enfermería a principios del año en que murió el sr. Pouget, es decir algo antes de su muerte, pero ya le conocía bien antes, siempre he admirado en él al sacerdote, al religioso y su gran sencillez hasta el final. ¡Oh! qué bien se sentía uno con él. Estaba privado de la luz terrestre, pero su espíritu veía por decirlo así. Ya conoce, querido señor, todos sus sufrimientos, todas sus enfermedades, no me detendré en ello. Habituados como estábamos todos a ver al sr. Pouget sufriendo y caminando despacito, no nos esperábamos un final tan rápido. Así pues, una tarde, aunque hubiera celebrado la misa por la mañana, experimentó un malestar y me mandó a buscar al hermano Brion que era para él un antiguo amigo. Este buen hermano, a quien una larga experiencia con los enfermos y sobre todo con los ancianos le ha hecho precioso, le dio a entender que Dios podría muy bien llamarle a Sí y que era prudente recibir los últimos sacramentos. El sr. Pouget no puso ninguna dificultad y envió a buscar a su confesor, el actual superior general, el sr. Souvay, nuestro muy honorable padre. Cuando llegó el momento del sacramento, respondió él mismo a las oraciones con una gran calma y la fe que usted ya conoce, querido señor. Acabada la ceremonia, el padre Pouget exclamó: «¡Ah! se me olvidó (acababa de confesarse) eso es, continuó, en mi pobre vida con la gracia de Dios he realizado unas cuantas cosas, habría debido devolverle toda la gloria; ¡ay! cierto es que a veces se me han subido los humos (en su propia expresión)».
El señor asistente le tranquilizó. ¿No cree que el buen Dios habrá perdonado este pequeño olvido? A partir de ese día, el sr. Pouget no se levantó más de la cama, debía vivir aún ocho días si no recuerdo mal. Se confesó la antevíspera de su muerte, y fue hasta el fin lo que había sido siempre; se veía en él esa sencillez encantadora. Un día, muy ocupado en escuchar un relato que le interesaba, respondió algo bruscamente a un cohermano que había llegado sin previo aviso a su cuarto. Y cuando algunos días después este cohermano volvió a verle, se sintió feliz de presentarle sus excusas. Pero todos conocían la brusquedad del sr. Pouget y hasta les gustaba esta forma de responder a veces. Al pedirle la bendición, era conmovedor verle quitarse el gorro de noche, gesto que mostraba su gran respeto por todo lo que se refería a las cosas de Dios.
El último día de su muerte, su palabra se le embarullaba y por la tarde cayó en coma. Se recitaron a su lado las preces de los agonizantes. Por la noche yo estaba ocupado en el servicio de los otros enfermos y uno de nuestros seminaristas estaba a su lado. Al darse cuenta de que la respiración disminuía sensiblemente, nos llamó. En torno a su lecho, arrodillados, con toda el alma pedíamos al Maestro que viniera a buscar el alma de su siervo y que le descubriera esta luz que constituye la felicidad de los santos y que ha debido compensarle tan ampliamente por la que le faltó en la tierra. Y entonces, con toda dulzura, sin debatirse y, por lo que puedo acordarme, dibujó una sonrisa, bien grabada se me quedó, su cara se contrajo levemente en último instante, su mandíbula trazó un pequeño movimiento pero ese movimiento era una sonrisa.
Y cuando de todo corazón le decía una y otra vez estas bellas invocaciones: Padre eterno, os ofrezco las plagas de nuestro Señor Jesucristo por la salvación de su alma. Mi buen Jesús, perdón y misericordia para nuestro buen padre Pouget por los méritos de vuestras santas llagas, nuestro buen padre entraba en la posesión de su Dios.
Suplicando perdón por el largo retraso en contestar a su amable carta, me declaro en el amor de Nuestro Señor y de María Inmaculada su servidor incondicional.
A.V., indigno hermano de la Misión.
El sr. Pouget había muerto el 24 de febrero. Yo llegué a París el día siguiente por la tarde, y sin atreverme a pronunciar la palabra fatídica, pregunté «el sr. Pouget» al hermano de siempre de la portería, como si todavía fuese de este mundo. El gorro del portero no se movió, pero en su mirada hubo un gesto de duelo. El hermano estaba a su servicio, que era el de introducir ante los vivos y también ante los muertos. La diferencia era que los muertos recibían en la planta baja, en una sala especial y que no se hacían esperar.
El cuerpo del sr. Pouget estaba expuesto en una capilla completamente vacía, revestido de un roquete blanco y ornamentos violeta, con un rosario entre las manos juntas, y tocado con un bonete. No recordaba haberle visto con bonete. Un gorro redondo era todo su tocado. Allí estaba pues, con todos los ornamentos sacerdotales, pero callado para siempre.
Sus pies me parecían enormes, desproporcionados con el resto del cuerpo, y con zapatillas de cuero que no recuerdo habérselas visto. Me debían explicar que eran los calzados comunes a los muertos, que deben ser muy grandes para adaptarse a los pies. Dos novicios situados frente a frente recitaban el oficio con voz juvenil, monótona y blanca; y de paso, yo reconocía varios versículos que el sr. Pouget me había hecho comparar en el pasado con el original y también, si era preciso, corregir y recomponer, por no estar conformes a la hebraica veritas; porque llevaba mal un contrasentido, por venerable que fuera. Esta vez había entrado en la indiferencia.
Ahora los que salmodiaban no se percataban del sentido de lo que estaban haciendo. Para ellos el sr. Pouget era un sacerdote de la casa muerto la víspera, a quien habían encontrado por los pasillos cojeando y tanteando y de quien habían oído contar algunos de sus rasgos curiosos y legendarios. Cuando se fueron, me acerqué al sr. Pouget, me quedé mirándole por última vez. Hace falta mucho tiempo para familiarizarse con la belleza de los muertos. ¡Qué cambios en sus rostros que podríamos creer apagados pero que son todo espíritu! Le volvía a ver tal como le había conocido, en particular en cuanto a la parte superior de la cabeza, esa frente monumental, las cavernas de los ojos que la muerte se había reservado hacía tiempo. La cara era grave, con una especie de sonrisa escéptica; y a veces esta sonrisa parecía convertirse en una mueca de disgusto, como si se hubiera quedado en sus labios una broma demasiado amarga. Al retirarme un paso, la cara se volvía severa, huesuda, con un no sé qué de yerto y glacial. Bien parecía reflexionar sobre una dificultad temible, bien parecía enseñar todavía, pero sin digresiones, con la dureza del que define. Pero de pronto se volvía diferente y sin cambiar de gesto, una luz juvenil, una especie de sonrisa deliciosa iluminaba de nuevo su rostro: se diría que acababa de comulgar y la forma, al fundirse bajo los labios, rejuvenecía todo su ser. Entonces había en su cara algo delicado, melancólico y virginal; si se le hubieran separado los trazos, se habría dudado si pertenecían a un hombre o a una mujer.
Observaba también la sinuosidad de sus orejas inmensas. Su cabello todavía negro, a pesar de su edad, y rizado al natural como el de las estatuas antiguas. Y mientras tanto se tenía la impresión de que iba a abrir la puerta, acercarse, palparse, medirse a sí mismo haciendo observaciones de toda clase y con referencias a varios textos. Me venían a la memoria multitud de advertencias suyas; me sorprendía de que no tuvieran ya eco. Me había dicho que según él el alma no abandonaba el cuerpo en el momento de la muerte física, que permanecía quizá hasta que la corrupción la expulsaba. Quizás, me decía, el alma anima todavía esa cara haciendo pasar por ella imágenes de sí misma; y en verdad, si su fisonomía estaba privada del movimiento de la vida, tenía una movilidad de otra clase, como un paisaje de invierno cuando el sol juega en él con las nubes. Me acordaba de lo que decía sobre «su eternidad»: «Está muy cerca y hacia ella voy bogando a velas desplegadas. Cuando uno está ante la muerte, ¡pobrecito! Toda la tierra se viene abajo. Uno avanza hacia regiones de tal manera, de tal manera nuevas». De modo que todas las preguntas que la semana pasada se hacía aún, ya están resueltas para él. Pero yo sólo sentía una ausencia inmóvil e irrespirable. Todo cuanto había en él de dulce, de curioso, de agradable, de cotidiano, cuanto había de sufrimiento, de inquietud, de búsqueda, todo había desaparecido, y ese rostro no era sino una máscara. No se podía esperar ya ni siquiera un gemido. Y experimentaba toda la estupidez de la muerte.
«Dónde os encontráis, le decía yo una vez más; en qué clase de luz me veis?» Y, en los instantes en que el dolor me dejaba un respiro para reflexionar, trataba de definirme lo que él había sido. Por supuesto había amigos que se extrañaban de verme frecuentar a un anciano tan oscuro… Ya he contado que un director de conciencia me había dicho: «El sr. Pouget tiene todas las cualidades, pero no es un director de conciencia». Un filósofo me había dicho: «Él no sabe nada de filosofía. No creo que haya leído a Kant». Un teólogo me había dicho: «Dígase lo que se quiera, no es un teólogo». Y más tarde, tenía que oír a un exégeta reconocer que el sr. Pouget no era un exégeta. «Mi dulce maestro, le decía yo entonces, erais pues muy ordinario como el pan y el alimento. Y no habéis tenido que ocultar siquiera los talentos, porque la naturaleza no os había dado lo que el mundo llama talentos. Pero en cada tema podíais ser el maestro de los otros maestros. Y, puesto que erais completo en humanidad, sin esa suficiencia que da la posesión, podíais parecer inacabado para muchos. Y ahora, yo querría reparar ese gran silencio dándoos a conocer a algunos. Me parece que entonces muchas objeciones hechas a la religión caerían por decirlo así por sí mismas: entonces los hombres de buena voluntad podrían amarse más «. Nacía en mí el pensamiento de escribir este libro.
Los novicios volvieron a presentarse, después de la cena; se pusieron de nuevo uno frente al otro para terminar el oficio de Difuntos antes de la hora del toque de queda. Se oyeron esta vez los lamentos de Job, donde se han dado cita toda la miseria y la esperanza humanas y que el sr. Pouget se recitaba de buena gana en el texto hebreo. Un versículo se destacó del latín, un versículo que antes se había aplicado a sí mismo, porque en él encontraba escrito el momento de su vida en que perdió su enseñanza y su vista: «Miseremini mei, miseremini mei, saltem vos, amici mei, quia manus Domini tetigit me»: Acordaos, acordaos de mí, al menos vosotros que sois mis amigos, ya que la mano del Señor me ha tocado». Esta vez había sido tocado de nuevo.
Le celebraron funerales ordinarios a los religiosos de su congregación. El féretro estaba colocado en el centro del gran coro, como si presidiera el oficio. Y, desde el Sanctus hasta la Comunión, los cirios de todos los sacerdotes y de todos los clérigos, encendidos a una, multiplicaron las claridades en torno suyo. Algunas personas siguieron el cortejo de los pobres hasta el panteón del cementerio de Montparnasse. El sr. Pouget reposa allí en medio de sus hermanos, bajo la protección de san Vicente de Paúl.
Cubierta de lanzamiento.
No dudo de que el Retrato del sr. Pouget haya sido leído en los medios católicos. Pero bueno sería que lectores muy diferentes tengan la ocasión de meditar este libro y yo querría traer aquí con justicia el testimonio de una mente extraña al catolicismo.
El Retrato del Señor Pouget pertenece a ese género difícil de definir, más delicado aún de emparentar. No es la amistad la que lo inspira. Montaigne hablando de La Boétie; sería más bien la veneración, Alain tratando de hacer revivir a Jules Lagneau. Hay siempre algo emotivo en el homenaje que un hombre rinde a otro. Pero ¿quién pudiera presumir de definir este sentimiento tan apasionante que une a ciertos espíritus con los lazos del respeto y de la admiración? Es una afinidad más sólida a veces que la de la sangre.
¿Quién era el sr. Pouget? Un viejo sacerdote lazarista, ciego durante la mayor parte de su vida, que reflexionaba sobre la tradición y recibía a algunos estudiantes en la pequeña celda donde se consumía su vida. Hoy, cuando la India está de moda, está uno seguro de darse a entender si se habla de Guru. Piensa uno efectivamente en uno de estos maestros espirituales al pensar en él. Este Guru singular ha hecho de la crítica histórica un instrumento de ascesis. Se dirige al sentido común para fundamentar la revelación de cuanto sobrepasa el sentido. No me siento en condiciones de decir si fue recompensado por todo aquello por lo que luchó.
Albert Camus






