Retablo del P. Ramón Arana (1)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: José Herrera, C:M. · Year of first publication: 1970 · Source: Anales españoles.
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CAMPAÑA 1878 a 1879

Al parecer, había cierto empeño el que el Padre Arana predicara los sermones. En realidad, los había predicado en los últimos pueblos de la campaña anterior y es posible que los estuviera preparando durante las vacaciones. El Padre Sainz, hombre famoso y de rompe y rasga, en la crónica que hizo de ésta lo indica al decir que en esta terna todo fueron cambios. Era nuevo el que vino diputado por Cuba a la Asamblea de 1878, en que fue elegido Superior General el Padre Fiat y a quien rogó el Padre Maller se incorporara a la terna de Teruel en calidad de Director y sermonero; era nuevo el Padre José Pastoriza, que fue cam­biado de Sigüenza en calidad de doctrinero, mientras que el Padre Arana, que era el único de la terna anterior, fue nombrado para las pláticas de la mañana.

LOS PUEBLOS MISIONADOS

La geografía de los pueblos misionados es de lo más áspera y fría, he aquí su elenco: Gea de Albarracín, Cella, Santa Eulalia, Torremocha, Torrelacarne, Alba, Villarquemado, Singra, Albarracín, Monterde, Ori­huela del Tremedal, Motos, Pozondón y Ródenas.

Como por toda España, por todos estos pueblos había pasado la re­volución de septiembre, la monarquía de Saboya y la República, de­jando detrás de sí rastros de indiferencia religiosa, de ignorancia supina y de discordias. En Gea trataron los misioneros, y no sin resultado, ganarse a los mayores por medio de los niños. Su misioncita bordada toda ella de cánticos y ceremonias infantiles, culminó en una procesión devota y entusiasta que trajo a la Iglesia mucha gente, cosa que el Padre Director aprovechó para predicarles uno de los sermones más emotivos, que es el perdón de los enemigos, que surtió buenos efectos, reconciliándose varias familias divididas. Dio otra misión de ocho días a las jóvenes y fundó entre ellas la Asociación de Hijas de María con ocho coros de a doce, haciendo con ellos una procesión con la Inma­culada, que terminó en las Capuchinas, a las que también dieron ejer­cicios. Con esto y con el fervor que ponían en sermones, pláticas y doctrinas, los misioneros conquistaron al pueblo, confesándose casi todos, «aún los más renuentes», que cuando la revolución septembrina habían hecho escapar al cura para poder escapar de sus asesinas manos. No quedó ningún divorciado, se hicieron varias reconciliaciones y hubo no pocas restituciones. Tales resultados obligaron al Obispo a enviarles una carta de felicitación y acción de gracias que publicó un periódico ca­pitalino, «La Fe», que a la sazón era el portador del cristianismo tu­rolense.

UN PUEBLO QUE RECHAZA LA MISION

Si en un principio Gea no quería la misión, Cella la quería menos. Los caciques hicieron su campaña de presiones y mentiras para indis­poner al pueblo contra ella, que si los misioneros traían mala suerte, que si en la misión que el 67 hicieron los Paúles puso loca y se murió una mujer, que si traían la división, etc., etc,

El mismo párroco escribió al Obispo que él no podía recibir ni aten­der a los misioneros para quitárselos de encima y no se pudiera enterar de la, división que había entre él y sus coadjutores. Esto y la mala fama de indiferencia religiosa que se habían conquistado sus vecinos, que en esto iban por delante de todos los pueblos ribereños al río que allí nace y lleva su nombre, presagiaba una misión difícil y laboriosa. El Obis­po, conocedor de la necesidad que Cella tenía de una misión, lejos de condescender con los deseos del señor Cura, hizo responsable de ella a un coadjutor, que les buscó buen hospedaje en casa de una señora, viuda ella y más piadosa que rica, con serlo mucho.

Los misioneros, al estudiar el panorama y darse cuenta del terreno que pisaban, en vez de echarlo todo a rodar y pasar de largo a otro pueblo, resolvieron tascar el freno, afincarse allí y armarse de paciencia y mansedumbre y poner a presión su inventiva. Empezaron por sacar una procesión con la gente que acudía espontáneamente antes de los actos misionales, cantando, rezando e invitando a las gentes. El «A mi­sión os llama errantes ovejas» con su canto y su comentario iba calando en los vecinos. La misión a los niños y la de los jóvenes, ocho días cada una, con sus procesiones y ceremonias entreveradas entre los actos generales de la misión, la fundación de Hijas de María con doce Coros de a doce, el volver ‘todas las noches a casa cantando con la gente los cánticos de misión, el haber brotado los primeros días de la misión la famosa fuente de Cella, tiempo hacía seca, que llenó de júbilo a la gen­te, que en ello veía la prosperidad de sus campos, todo ello contribuyó a que la misión triunfara en toda la línea, confesándose casi todo el pueblo, el Ayuntamiento en pleno y la mayoría de los oponentes se con­fesaran, se reconciliaron muchos enemigos y se disminuyeron los ren­cores que consigo traen los partidos políticos.

Otra fuente de trabajo para los misioneros y misionados fueron los temporales de lluvia, nieve y hielos, que entre otras molestias regalaron un catarro al Padre Sainz, tan fuerte que perdió la voz, de suerte que se vio imposibilitado por tres días de predicar, supliéndole en los ser­mones el Padre Arana. El Padre Sainz pudo celebrar en esos días en el oratorio particular de la señora de la casa en que se hospedaban, la cual, además, se esforzó en ponerles estufas en las frías habitaciones y braserillos junto a los pies, mientras confesaban.

LAS CONCLUSIONES DE LOS MISIONEROS

Los misioneros llegaron a unas conclusiones tan sensatas como apos­tólicas, que el cronista expresa así: «La paciencia continuada en sufrir las oposiciones, la mansedumbre en tratar a los antimisioneros, las bue­nas maneras en las formas y el no ser precipitados ni impacientes para irse bruscamente a otros puntos, por evitar contradicciones y el posible fracaso que se tiene del escaso fruto que se vislumbra, de todo esto se vale Dios para hacer fructificar el trabajo de las misiones y sirven de no poco al misionero para aguzar su inventiva, con que puede intro­ducir y enriquecer la misión con nuevos elementos y así evitando la mo­notonía del «eumden sermonem dicens».»

LA ANTIMISION EN SANTA EULALIA

El ministerio del misionero es una continua lucha contra el libe­ralismo, la masonería, la indiferencia y la caciquería. Así empieza el cronista de Santa Eulalia. Y para conducir la lucha el arma indicada es «la paciencia», sobre todo para el Director de la Misión, el cual se ha de persuadir que en estos combates populares se ve la situación del conquistador que con batallas parciales ha de ir conquistando a palmos el terreno.

Los antimisioneros, agrega, como ilustrados que se creen, tienen sus «púlpitos de contradicción y antagonismo» en los cafés, casinos, taber­nas, círculos de cocina, salas y calles, donde con la mentira, el ridículo y las máximas anticristianas tratan de descatolizar a las sencillas y poco instruidas turbas. Esta es la triste situación en que se hallan los pue­blos de la península ibérica y la en que se encontraba Santa Eulalia el 28 de diciembre de 1873, en que allí hacían su entrada los Padres Sainz, Arana y Pastoriza y el Hermano González Hilario.

Pero antes que ellos había hecho su entrada la «antimisión». Aunque sólo tiene 300 vecinos el pueblo, por sus muchas familias pudientes y su señorío, es llamado la Corte de los ribereños del río Cella. Ello la daba cierto empaque intelectualoide, con ribetes de liberalismo, cuyos adalides ya habían puesto su paño a sus púlpitos callejeros, desde donde trataban de desacreditar la misión con las ridículas patrañas de «la mala suerte» de sus vecinos de Cella, que habían fracasado, sino con las armas volterianas del ridículo y la calumnia. Era cosa visible que él no trataba de disimular, que el Padre Sainz era cojo. Esta circunstancia que los espías mandados por ellos a Cella les comunicaron, les sirvió para ponerle en ridículo, sino también para inventar la calumnia. El bulo fue, y la bola rodó, que el Padre Sainz había peleado en las hues­tes carlistas en la pasada guerra, que acababa de sofocar la monarquía liberal de Sagunto, que no tenía más que tres años de nacida. Por aque­lla época, los liberales llamaban carlista al que no pensaba como ellos, también les llamaban «retrógados», «obscurantistas», careas y otros lin­dezas, que hoy repiten los comunistas y sus epígonos los progresistas, nombre con el que también se autodenominaban los liberales del siglo pasado. Sólo que ahora en vez de carlistas los llaman fascistas. Decían, pues, que el Padre Sainz, que era el Director, era «un carlistón que per­dió la pata en una barricada». Algo parecido a esto le había oído a un «llorentista», o secuaz del apóstata, masón y cismático J. A. Llorente, el gran falsificador de la Historia de la Inquisición española, cuyos archi­vos quemó para que nadie pudiera probar la inexactitud de los datos que manipuló a su gusto. Sus amigos, los masones, le premiaron el ser­vicio poniéndole por la fuerza en el obispado de Santiago de Cuba.

Cuando el Padre Sainz se enteró de lo que de él decían, dijo para sus adentros: «¡Bravo, bravo! Así me gusta. ¡Al tronco, al tronco! ¿A qué andarse por las ramas? «Pero con un soplo echó abajo todo el tin­glado. Le bastó decir: «Mal podía yo recibir un balazo en Cuba durante la guerra carlista. Yo estuve en Cuba durante ocho años y apenas hace cinco meses que vine de allí para asistir a una asamblea que hemos tenido en París. La gente comprendió y la antimisión quedó desbaratada, aun­que no del todo desarmada.

Cuando los misioneros llegaron a Santa Eulalia, ya el señor Cura había ganado la primera batalla, sacando muy a las afueras a recibirles al Ayuntamiento en corporación, a los niños, a las Hijas de María, que tenían siete coros y a un grupo, no pequeño, de fieles, con que ya tu­vieron con qué poner la marcha a la misión. Ayudaron mucho a crear el ambiente misional el Cura de Torremocha, que tocaba el órgano, el Cura de Santa Eulalia, que dirigía un buen conjuntado coro a base de las Hijas de María y hasta una orquesta de varios instrumentos mú­sicos que acompañaban tocando y cantando los cánticos de la Misión al ir y salir de la iglesia.

Con esto y el fervor de los misioneros fue mucha la concurrencia por la mañana, al decir del cronista, y mayor por la noche, grande el concurso al confesionario, bonita la comunión de los niños, concurridos los Ejercicios de las Hijas de María y numerosas las señoras que se inscri­bieron en las Conferencias de San Vicente de Paúl. El caso del aldeano de Gannes se repitió aquí muchas veces. La despedida fue clamorosa, emocionante, plena de lágrimas y multitudinaria y en orden, rezando y cantando hasta la ermita de Nuestra Señora del Molino, a media legua del camino, donde cantaron la Salve, el Padre Sainz les predicó el ser­món de la perseverancia y a duras penas los misioneros pudieron su­birse al carruaje que les llevó a Calamocha.

De la relación que el Cura envió al Obispo es este párrafo: «Su Seño­ría Ilustrísima no ignora los esfuerzos heroicos y eminentes servicios que estos infatigables obreros de Viña del Señor han prestado a los pueblos de esta Diócesis. No bastaría con decir con el Rey profeta: «Sicut andivimus sic vidimus», sino que habría que añadir parodiando a la Reina de Saba hablando con Salomón: «Mucho había oído yo hablar de estos verdaderos evangelizadores de los pueblos, pero no es ni la mitad de lo que en ellos he visto». Con operarios tan celosos, tan cons­tantes en incansables, bien puede prometerse cualquiera una abun­dante cosecha, como ha sucedido en este pueblo, que casi en su tota­lidad ha acudido diaria y constantemente a los actos misionales y luego a la confesión. Esto no es para descrito, sino para haberlo presenciado.»

UN MILLONARIO QUE SE METE A MISIONERO

El 9 de enero entraron los misioneros en Torremocha. La recepción, fría y escasa, era al parecer signo de irreligiosidad e indiferencia, y así era en efecto. Entre los más indiferentes había un millonario, cuya opi­nión era tenida por un oráculo y la generalidad de los hombres se atem­peraba a su conducta. Conquistarle a él equivalía a abrir el portillo de la indiferencia de los demás y arrastrarlos con su ejemplo. Así lo compren­dió desde el primer momento el P. Director y convocó a consejo a todo el presbiterio, los dos compañeros y el Sr. Cura; los expuso el plan de ataque y con la «triple arma», como dice el P. Sainz, de la mansedumbre, hilaridad y condescendencia, se encaminaron a casa del millonario, con las tres armas a punto. Y a fe que fueron eficaces. Hablaron, rieron, se hicieron simpáticos y abordaron la cuestión.

Miren ustedes, a los actos de la misión iré pero a confesar, eso es ha­rina de otro costal, hace ya muchos años que no voy.

El primer «round» ya estaba ganado; ya era mucho que fuera a los actos misionales. Los misioneros de ayer, como los de hoy, sabemos que el que asiste a todas las predicaciones misioneras termina en el confe­sionario. Pero el P. Sainz quiso apresurar la batalla y le dió un segundo asalto, cuando al siguiente día, con el pretexto de ir a su casa a bende­cir algunos objetos piadosos de su esposa, volvió a la carga, animándole a dar el paso sin miedo alguno y asegurándole que con la gracia de Dios en el alma quedaría contentísimo. El rico se rindió, se confesó delante de todos y salió del confesionario radiante de alegría, dispuesto a hacer participantes a sus amigos de aquella felicidad. Ante su ejemplo y ex­hortaciones, los otros se fueron rindiendo y tras los ricos los demás. El P. Sainz destaca tres casos que lo merecen.

El primero es uno que, si bien no estorbaba el que los de casa asis­tieran a los actos, él se propuso en seguir en sus trece, pues ya hacía años que no había puesto los pies en la iglesia; lo peor es que exhortaba a sus amigos a que siguieran su ejemplo y lo lograba. No bien, el millo­nario se confesó. Se fue a casa de su amigo, le habló de cómo le había recibido el Misionero, de la caridad con Cita’ le había tratado y de la alegría que él sentía de verse libre de sus pecados. La alegría de toda la familia fue grande y el ejemplo no menor, cuando todos vieron por la tarde, a los pies del confesor, al que tanto tiempo había estado alejado de la Iglesia.

Otro de la misma cuerda y ralea indiferentista, ante la insistencia del nuevo misionero, entró por la curiosidad en el momento que el P. Sainz empezaba el famoso sermón del «Curavimus Babylonem et non est sanata», sobre los cargos de las gracias de la misión. La artillería de este sermón fue impresionante de derribar la fortaleza de la indiferencia.

Otros muchos siguieron a éstos y a éstos todo el pueblo. Entre otros, unos amancebados, cuya conversión la atribuye el P. Sainz a su perse­verancia de asistir a las predicaciones misioneras. Los dos asistieron des­de el primer día. Él tenía un hijo de su mujer y varios de su primera manceba; muerta ésta, se unió hace años con la actual, que también le dio varios hijos, viviendo juntos con su padre los hijos de las tres mu­jeres. La manceba lloraba todas las noches en el sermón y él todos no­taban que estaba conmovido. No pudiendo resistir los tormentos de su conciencia, pidió una entrevista con el P. Sainz, que terminó en confe­sión, de cuyas resultas se separaron ambos, comprometiéndose él a co­rrer con los gastos de la manutención y educación de todos sus hijos.

UN CASO DE MUSICA CENCERRIL

Existe, escribe el cronista, por estos pueblos de Aragón, una costum­bre que está reñida con la civilización, con los derechos imprescriptibles del hombre, tan cacareados por los nuevos redentores de la Humanidad, con la libertad personal, con la urbanidad pública, con la moralidad po­pular, etc… Su origen está en la avaricia, pues si dan dinero no hay «función» y se suspende, y el medio para sacar ese dinero, es el miedo al ridículo. Se trata de las «cencerradas» que estos pueblos dan a los viudos que se casan con una doncella, la víspera de la boda y cuando ésta se realiza. El ruido que meten los mozos con los cencerros es infer­nal, a lo que añaden el ridículo, pues preparan a la puerta de la Iglesia un mal carro tirado de una borrica y al salir los recién casados de la Iglesia, quieras que no, los cogen y los meten en el carro, y entre la infernal algarabía de cuernos y cencerros los llevan a sus casas. El que quiere librarse de esta indignante ceremonia ha de pagar a los mozos una buena contribución, para que a su costa puedan divertirse en la ta­berna. Todos quisieron hacer con uno de estos matrimonios al tercer día de la Misión. Para que los Misioneros no se asombraran, el alcalde se presentó en la que los hospedaban, les informó del caso y les dijo que tuvieran paciencia, que él no se sentía con la suficiente autoridad para impedirlo.

No se preocupe, señor alcalde, ya me encargaré yo de que se sus­penda, contestó el P. Sainz. Y, en efecto, aquella noche el sermón era de la muerte. Acabado éste, el P. Sainz se dirigió a «la gente del trueno, que son los mozos» y, con muy buenos modales y cierto gracejo, les dijo que tuvieran a bien el suspender aquella tal orquesta, ya por estar en misión, ya por no dar que hablar a las personas sensatas, ya, sobre todo, por no desacreditar ante los pueblos vecinos, que darían en decir que la cence­rrada iba por los Misioneros, cuando la verdad era que ellos, los Misio­neros, estaban tan agradecidos a los nobles vecinos de Torremocha. El aviso surtió su efecto; la cencerrada se suspendió aquella noche.

A la mañana siguiente se oyó por todo el pueblo la señal dada con un enorme cuerno, convocando al mocerío a 4a cencerrada matutina, que había lanzado un individuo enemigo de la misión y que estaba resuelto de llevar a cabo su propósito, aunque le metieran en la cárcel. El P. Sainz estaba en el confesionario y el Cura se le acercó y le preguntó: ¿Quid faciendum? Nada, case a los novios, ya me veré yo con ellos. Salió del confesionario y salió a la puerta, donde ya estaba el carro, el borrico y varios mozos con sus cencerros, con los que el Padre entabló el siguiente diálogo:

¿Se van a llevar ustedes en ese carro a los santos de la Iglesia? Y ese cuerno y esos cencerros, ¿para qué los quieren?

—El carro es para llevar a los casados y los cencerros para darles música.

Y si ellos no quisieran ir en el carro, ¿qué harían ustedes?

¡Toma!, meterlos por la fuerza.

Entonces, el P. Sainz, con palabras amables y razones familiares, les convenció a que abandonaran su propósito; retiraron el carro, desapare­jaron al borrico y cada cual se marchó a casa a colgar sus cencerros. También los recién casados, agradecidos, condescendieron al ruego que les hizo el Misionero de suspender el baile por razón de la Misión. Y el P. Sainz comenta:

«Tanto vale la mansedumbre y buenas formas con los fuertes y de­cididos aragoneses.»

El Sr. Cura, en su carta al Sr. obispo le dice que entre las dos co­muniones generales que hubo los días 12 y 19, y las particulares que hubo en los días intermedios, se acercaron al sagrado banquete todos los ha­bitantes que tenían edad para ello. También se instituyó la Asociación de Hijas de María.

A la solemne procesión vespertina, que se hizo el 19, acudió todo el pueblo en masa, más el cura y muchas personas de Santa Eulalia, que trajeron su orquesta musical, con que dieron gran realce al culto. La despedida fue apoteósica y llena de emoción.

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