Retablo del P. Ramón Arana (2)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: José Herrera, C.M. · Year of first publication: 1970 · Source: Anales españoles.
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UN ORIGINAL RECIBIMIENTO EN ALBA

Llegaron los Padres a las afueras de Alba y les dijeron que allí aguardaran a los que venían a recibirlos desde el pueblo. Su asom­bro fue grande, cuando los que iban llegando era el ganado com ponente de la dula del pueblo, que los pastores sacaban al campo: vacas, toros, burros, caballos, mulos, cabras, ovejas y carneros. Algo después apareció un pendón o estandarte negro, con los mona­guillos y el cura, como si de un entierro se tratara y, por fin, un gentío que les acompañó emocionado a la iglesia.

UN RELICARIO DE ARTE

Alba tiene una grande y hermosa iglesia: Su altar mayor posee un retablo con los relieves de los 15 Misterios del Rosario y en el centro la escena de la invención de la Santa Cruz, con las bellísi­mas imágenes de Santa Elena y San Macario, resucitando éste a un muerto aplicando a su cuerpo la Santa Cruz. Las naves colate­rales tienen cada una tres artísticos retablos y bellísimas estatuas del Carmen, San Javier y el Rosario, la del Evangelio, y de la Pa­sión.. San José y San Cristóbal, la de la epístola, más el altar de ánimas que por su dorado y construcción llama la atención.

«UN RETABLO DE SANGRE», PROBLEMA DE ALBA

En el estudio del panorama religioso y moral que los misione­ros hicieron con el señor Cura después de la recepción llegaron a la conclusión de que el principal problema que se les presentaba era «un problema de sangre».

La sangre de varios hombres, unos casados y otros solteros ha­bía corrido por sus calles o empapado las tierras de sus campos en ocasiones y tiempos distintos, la última no más allá de seis me­ses atrás. Un foso abierto por la sangre se abría entre las familias y parentelas de los asesinos y de las víctimas, con su amenazado­ra secuela de odios y rencores, alimentada con la sed de la vengan­za y el desquite.

Las familias afectadas eran muchas, mal ambiente para la mi­sión. El señor Cura, aunque confiaba en la eficacia de las misiones, dudaba con fundadas razones que produjeran tan desusados resul­tados en ánimos tan encontrados, sobre todo si se tiene en cuenta que eran las madres y las esposas de las víctimas las que lloraban muertos a sus maridos o a sus hijos. Y. sabido es por experiencia que es más difícil el perdón de las injurias en las mujeres que en los hombres.

 

LOS MISIONEROS PREPARAN SUS BATERIAS

«Los misioneros estudiaron la historia circunstanciada de los ya muertos y de las disposiciones de los que sobrevivieron para llorar sus pérdidas y se dispusieron a preparar sus baterías de púlpito con el fin de que hicieran mejor puntería contra los odios. El P. Sainz en sus sermones, principalmente del perdón de los enemigos, de la caridad fraterna, del Hijo Pródigo y del acto de desagravios. Por su parte los PP. Arana y Postoriza examinaron los lugares correla­tivos de sus pláticas y doctrinas desde donde pudieran abordar el tema. Al triunfo de la gracia contribuyeron además dos circunstan­cias, a saber, que todos asistían mañana y noche a los actos misio­nales, y que los tres misioneros desde el primer momento acorda­ron, una vez agotados los medios de persuasión, negar la absolu­ción a los que se negasen a perdonar y reconciliarse. Y ocurrió que al primero a quién hubo de aplicar esta medida, lo divulgó en­tre los que todavía vacilaban y llegó la noticia al cura; este tuvo miedo y trató de disuadir a los misioneros, teología en mano, de lo improcedente de la medida; mas ellos, también moral en mano, avalada por la experiencia, mantuvieron su decisión y el triunfo fue de ellos. Se desmoronaron las últimas resistencias, se confe­saron todos y se reconciliaron todos entre lágrimas de gozo por la gracia de Dios y la paz entre los hermanos recuperados. Hubo además varias restituciones, se fundaron las Hijas de Maria y todo fue gozo, sobre todo cuando el 2 de febrero todo el pueblo se sen­tó a la misma mesa, </comulgando primero el noble Ayuntamiento, corno dice el P. Sainz, en su carta al obispo, después todos los hombres de dos en dos, detrás las Hijas de María y, por último, las demás mujeres,

NECESIDAD QUE DE LA MORTIFICACION TIENEN LOS MISIONEROS

«Con razón San Vicente de Paúl exige a sus Hijos la virtud de la mortificación, como indispensable para el buen éxito de sus tra­bajos apostólicos…» Así empieza el P. Sáinz su crónica de la mi­sión de Torrelacárcel, porque la necesitaron de un modo extraor­dinario.

Y en efecto, el alojamiento que se les dio estaba más cerca del portal de Belén que de cualquier casa de vecinos; el Hermano Gon­zález tuvo que dormir en el granero; para recibidor hubieron de habilitar el zaguán, aunque tenía el gallinero al lado; el suelo era de tierra y para no manchar la sotana o el balandrán con la tierra, se arrodillaban durante la oración sobre las sillas, hasta que el vicario de Santa Eulalia, D. Serafín, que vio tanta miseria, les tra­jo unas viejas esteras. Esto y otras privaciones aguantaron los mi­sioneros; lo que no aguantó el P. Sáinz fue el baile ruidoso que or­ganizaron el primer domingo de la misión delante de la iglesia y a las barbas de los misioneros, después de haber recorrido los mo­zos con sus cantos y guitarras, convocando a las mozas a tal jol­gorio. «Me van a oír», se dijo para su capote; y le oyeron aquella misma noche, porque la filípica aunque les endilgó fue tan «de padre y señor mío», que se les quitaron las ganas de hacerlo otra vez

De cómo las espinas se convierten en rosas

A pesar de todos estos y otros contratiempos y tal vez a causa de la paciencia que en ellos tuvieron, la misión triunfó en toda la línea, y las espinas se fueron trocando en rosas. El primer con­vertido fue el cura, que tan mal los había cuidado, y fue el primero en cantar las hazañas de las misioneros en carta que escribió al Señor Obispo, de la que son estos datos.

«Llenos de satisfacción piadosa e instruidos en sus deberes reli­gioso y sociales por los infatigables hijos de San Vicente de Paúl, se han acercado a la sagrada mesa todos o casi todos los feligreses, sobre todo el domingo de sexagésima, en que no sólo por la ma­ñana, sino sobre todo en la procesión del Santísimo por la tarde, acudieron muchas personas de los pueblos vecinos, deseosos de presenciar estas cosas no vistas por estos pueblos y oír la fácil, correcta y conmovedora palabra de estos misioneros». Como en to­das partes hubo reconciliaciones, restituciones, revalidación de numerosas confesiones y tal entusiasmo que la despedida del día 18 fue una ovación y apoteosis a lo largo de varios kilómetros hasta el santuario de la Virgen del Molino.»

UNA CONCENTRACION DE HIJAS DE MARIA

Para ir a Vallaquemado los misioneros tenían que retroceder y pasar por el famoso santuario de la Virgen del Molino, centro de devoción para los pueblos comarcales recién misionados. Cuando estos pueblos lo supieron determinaron acompañarlos hasta allí y salieron a su encuentro los curas de Alba, Santa Eulalia y Torremocha, al frente de las Hijas de María, sus Ayuntamientos con el pueblo y los maestros con sus escuelas, incorporándose a los que venían de Torrelacárcel. Toda esta muchedumbre «repletó», como escribe el P. Sáinz, el amplio santuario mariano con sus tres naves

capillas; predicó a todos y, en especial a las Hijas de María, «acer­ca de vivir siempre unidas con los más estrechos lazos de la ca­ridad y del buen ejemplo que debían dar, apartándose de las diver­siones mundanas, especialmente, de los bailes de los próximos car­navales». Y, cantada la Salve y bendiciendo de nuevo a todos. los misioneros prosiguieron su viaje a Villarquernado.

LA CRONICA DE DON CARLOS FUERTES

De «extraordinario» califica Don Carlos el fruto de esta misión, en su crónica enviada al Obispo de Teruel. De la última, dada once años hacía, apenas podían descubrirse débiles señales, «algo así como en un campo, azotado por horroroso temporal, son raras las espigas que se ven derechas»; mas tan pronto como, al eco de las verdades eternas, el pecador sobrecogido ha empezado a llorar sus pasados extravíos, el empuje de la divina palabra, tan diestramente manejada por estos ilustrados sacerdotes, ha hecho saltar de los corazones la escoria del indiferentismo, viéndose retornar por de­bajo, lozana y cargada de verdes esperanzas, aquella fe, que here­damos de cíen generaciones cristianas». Desde el primer arto, en que la iglesia ya resultó pequeña para tantos fieles deseosos de escuchar la divina palabra, era fácil de presagiar un feliz éxito; mas los resultados han superado todos los cálculos. La divina semilla ha caído en tierra fértil, que produjo el ciento por uno. ¡Qué di­choso es el pueblo después de una misión escuchada con respeto! Nótase en los fieles un cambio radical de costumbres, una aversión mortal al vino y un generoso estímulo para practicar los consejos de los misioneros. Sólo dos datos de los muchos que pudiera adu­cir el cronista, resalta entre los ocurridos en la misión.

El primero fue lo ocurrido con el carnaval, en que «muchos cris­tianos parecen olvidarse del nombre de cristianos y de la fe que procesan, para cometer los más graves desórdenes»; todo el pueblo consagró sus tres días a la penitencia y a la oración, sin que se die­ra el caso de un disfraz ni ningún otro atrevimiento capaz de ofen­der al sentimiento general. La segunda cosa fue que, constando este pueblo de 650 almas de comunión, la recibieron en estos días de la misión 940, por haberse aprobado también algunos de las cercanías, datos ambos, señala el cronista «que hablan muy alto de los misioneros y de los misionados». Lo que por nada del mundo quiso pasar por alto, aún a costa del «riesgo de desfigurarlo con sus frases», fue el acto de despedida.

«Con su arrebatadora elocuencia en el púlpito y con su trato fino y cortés en la conversación con los particulares, estos hijos de San Vicente de Paúl se habían hecho dueños de todas nuestras sim­patías, en términos de que, al anunciar ayer el Director desde el púlpito que a la una y media de esta tarde se separarían de nues­tra compañía, un doloroso ¡ay! salió de más de 700 corazones, re­sonó en todo el templo, indicio revelador de la inmensa pena con que se escuchaba tan triste noticia.»

Y en efecto, prosigue el cronista, llegada la hora prefijada, al salir de la casa habitación, viéronse rodeados de todo el vecindario que allí esperaba para dar a sus bienhechores el último y más so­lemne testimonio de cariño. Precedidos de los niños de las escuelas, de las 80 jóvenes inscritas en la asociación de Hijas de María, se­guidas de la multitud, nos dirigimos a la iglesia y desde allí, en el mismo orden, a las afueras del pueblo, donde esperaban los carrua­jes y donde iba a pronunciarse el triste adiós. ¡Qué espectáculo el de todo un pueblo apiñado en derredor de tres humildes sacerdo­tes! Allí se veía al encorvado anciano hacer esfuerzos por abrirse paso para atravesar la muchedumbre y acercarse a los misioneros para pedirles la bendición para la hora de la muerte; allí el padre de familia, suplicándoles rogasen a Dios por él y por sus hijos; allí el rico propietario, admirando a los que consideraba como los guardianes más desinteresados de sus bienes, y al lado el pobre jor­nalero, expresando con emoción el sentimiento con que ve alejarse a los defensores de sus más imprescriptibles derechos; allí todos, hombres, mujeres, jóvenes y niños, que por espacio de tres días he­mos visto levantarse victoriosas sus manos para romper cadenas y sembrar bendiciones; allí, en fín, una de las grandiosas escenas don­de no se escucha otro idioma que el misterioso lenguaje de los afec­tos recíprocos. ¡Oh Religión sacrosanta! ¿Quién como tú domina los corazones? Sólo tu poderoso influjo sabe inspirar el verdade­ro entusiasmo, porque sólo tú tienes el secreto de herir las fibras más sensibles de un alma naturalmente cristiana… ¡Loor eterno a estos venerables misioneros; bienaventurados los que así regene­ran los pueblos y dichosos los pueblos que como Villarquemado escuchan su palabra!

SINGRA

Singra es un pueblo que a la sazón pertenecía a la archidióce­sis de Zaragoza, muy próximo a los lugares que estaba misionan do la terna de Teruel. Acaso, porque los de Singra lo pidieran, o porque así lo juzgaron por conveniente, se pusieron de acuerdo los prelados de ambas jurisdicciones para que Singra fuera misio­nado, y mientras se preparaba esta misión, el de Teruel rogaba a los misioneros que ayudaran a los párrocos cercanos en las tareas del cumplimiento pascual, como efectivamente lo hicieron los días 3 y 4 en Torremocha, 5 y 6 en Torrelacarcel y 7 y 8 en Alba, con­fesando todos los habitantes de los tres pueblos con rarísimas y contadas excepciones.

El día 9 fue el señalado para la entrada en Singra, hasta donde los acompañaron el cura de Alba, el ayuntamiento en pleno, todas las Hijas de María, un buen grupo de hombres a caballo, y cuatro ca­rros destinados para los que se fatigaran en las dos leguas de mal camino que de Singra los separaba. En las afueras los esperaba el pueblo en masa. El encuentro fue de una gran emoción y devotí­sima la procesión de los los pueblos a la iglesia, donde el P. Sáinz sacó sus registros que hicieron salir lágrimas de los ojos de todos, Y explicó el plan de los actos de la misión, dándola por abierta. Después de la confraternización de ambos pueblos en la misma fe, vino la confraternización en la misma alegría, porque mientras el señor Cura invitaba a tomar un refresco en la casa parroquial a las Hijas de María y mujeres de Alba, el ayuntamiento hacía otro tanto con sus colegas y demás caballeros de la misma población. El P. Sáinz llama a esto un «acto lleno de generosidad y de entu­siasmo, digno de narrarse y de imitarse», como también son dig­nos de loa y de imitación el orden y la religiosidad con que se van desarrollando los actos de la misión. La asistencia fue masiva y fervorosa y las comuniones se fueron escalonando y hechas con or­den, de dos en dos y con perfectas evoluciones, dignas de colegiales, sin exluir a los hombres. Primero fueron los niños el día once, jun­to con los que fueron de padrinos que fueron preferentemente sus padres sus abuelos u otros caballeros y personas más visibles de la población que les sirvieran en adelante de guías y ejemplares en la vida cristiana. Ocuparon los puestos de honor en la nave prin­cipal. Todo: cánticos, ceremonias y evoluciones lo habían ensaya­do el día anterior; mas lo que más llamó la atención fue el fervor y recogimiento con que comulgaron. Los misioneros les repartie­ran unas libretas, como recordatorio de tan santo día. Otro tanto hicieron las jóvenes el día 12, preparadas con varias conferencias los días anteriores, las cuales dieron sus nombres a la Asociación de Hijas de María Inmaculada. El 13 llegó turno a las casadas y viu­das, que en perfecto orden, como si fueran colegialas y sin faltar una, se acercaron a la sagrada mesa. Igual orden y disciplina siguie­ron los jóvenes y los hombres los días 14 y 15. Esta confesión y co­munión les sirvió para el cumplimiento pascual, y para ganar el jubileo concedido por León XIII; todos se reconciliaron el sába­do y se reunieron de nuevo el domingo en torno a la mesa euca­rística todos los feligreses, chicos y grandes, de Singra, aumentados con otros muchos fieles venidos de los próximos pueblos de Villa- franca, Peracense y Ojos Negros. Al cronista le es difícil historiar la comunión general de todo un pueblo y personas limítrofes, la procesión del Santísimo por las calles, y el acompañamiento compuesto de los párrocos, ayuntamiento, Hijas de María y masa po­pular de Singra, Torremocha y Torrelacárcel.

Dando una ojeada de conjunto a los frutos cosechados en los pueblos misionados en esta primera etapa del curso, el cronista ha­ce esta observación digna de tenerse en cuenta:

«Cualquiera que sea el estado de las creencias y de las costum­bres de los pueblos en que cae el grano de la divina palabra, si se emplea el celo sacerdotal con las debidas condiciones, son gran­des y copiosas los efectos de la divina gracia. ¡El campo no se ha esterilizado! No ha podido lograr tanto el soplo maligno de la impiedad e indiferencia. Algunas veces he pensado que si el celo de todos los sacerdotes estuviera a la altura debida y que la Iglesia quiere ver sublimado, por pocos que fueran, la loca impiedad de nuestro siglo pronto se vería reducida a la impotencia e ignominia a que merece ser condenada.» Durante unos diez días los misio­neros ayudaron al cumplimiento pascual de Alba, Santa Eulalia, Cell y Gea, encaminándose desde allí a Albarracin.

J. HERRERA

 

 

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