Régis Clet, Carta 65: A Juan Francisco Richenet, C.M., En París

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Author: Francisco Régis Clet .
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Desde las prisiones de U-tchang-fu 28 de diciembre de 18191

Padre y muy querido hermano2

La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros

El lugar de donde escribo le indica en primer lugar que no me falta razón si empleo estas palabras del Profeta: Deus… adjutor in tribula­tionibus quae invenerunt nos nimis (Dios es… nuestro auxilio perma­nente en la desgracia).3

En el mes de diciembre de 1818, una enfermedad de 7 a 8 días nos arrebató al Padre Dumazel.4 La Providencia ha querido, yo creo, aho­rrarle a su alma, muy sensible, el dolor de la desolación de las cris­tiandades en las montañas de Cu-tching. En el mes de febrero de 1819 fue vendido el Padre Chen a los pretorianos por un nuevo Judas en 20.000 denarios,5 de los que fue despojado por otro granuja tan malo como él. Fue conducido a Cu-tchin, de donde fue trasladado a la metrópoli, U-tchan-fu, después de recibir sesenta bofetadas. Yo fui cap­turado en las proximidades de Nan-yang-fu,6 en Ho-nan, y de allí lle­vado a la capital de dicho Ho-nan,7 donde, después de haberme honra­do en varias ocasiones con una treintena de bofetadas y de tenerme arrodillado sobre cadenas de hierro durante tres o cuatro horas, me lle­varon a U-tchang-fu por un camino de veinte días, con grilletes en los pies y esposas en las manos y cadenas al cuello, sin otro albergue que las prisiones que se encontraban. Era intención del mandarín enviarme a una prisión, donde sería el único cristiano y habría perecido, sin auxi­lios, encontrándose mi salud en lamentable estado después de la per­manencia en la prisión de Ho-nan y el largo camino: pero la Providen­cia quiso que los carceleros de esta prisión no quisieran recibirme.

Me hallaba entonces en un pobre estado, una gran delgadez, larga barba que hormigueaba de piojos, con una camisa bastante sucia sobre un pantalón del mismo calibre, lo que preconizaba a un hombre pobre que no tenía un céntimo.

Esta negativa hizo que me llevaran a una prisión vecina, donde reci­bí el consuelo de encontrar al Padre Chen8 y a diez buenos cristianos todos reunidos en una habitación donde hacemos en común las oracio­nes de la mañana y de la tarde y de las fiestas, sin ser molestados por los carceleros ni por una multitud de paganos prisioneros que ocupan otras habitaciones que dan a un vasto patio, donde cada uno es libre de pasear desde el amanecer hasta la noche.

Al ver esto, le confieso que no pude menos de derramar lágrimas de consuelo y alegría, al ver el cuidado paternal del buen Dios para con su indigno servidor y sus fieles hijos que no podían confesarse más que conmigo Todos hicimos la confesión y el Padre Tchin, que continúa en secreto visitando a los cristianos de los lugares circunvecinos de esta ciudad, celebró la misa en una casa poco distante, nos trajo la sagrada comunión sin que se enteraran nuestros convecinos.

Hay otras prisiones en esta ciudad, pero esta es la única donde tenemos la libertad de recibir las visitas de los amigos mediante el pago de 100 sapecas por cabeza, es decir de unos 20 céntimos de nuestra moneda.

Hace cinco meses y medio que me encuentro aquí en esta prisión, esperando con paciencia y resignación de parte del Emperador, la deci­sión sobre mi suerte para vivir o para morir. Si mi destino dependiera tan sólo de los mandarines de aquí, mi único castigo seria ser devuel­to a mi patria; pero el Emperador que teme a los europeos, no sé por qué, ha decretado pena de muerte contra los misioneros que entran en su imperio sin su conocimiento.

Otros tres sacerdotes,9 más o menos dichosos que yo, han empren­dido la huida lejos y no sé dónde.

He encontrado en Ho-nan a mandarines bastante duros conmigo.10 Pero los de aquí son menos severos, tienen compasión, nos hacen sentar cuando la audiencia es larga, y tres veces nos dieron de comer habién­dose informado por nosotros, si habíamos comido; y una vez nos dieron carne al contestar que no a su pregunta de si era día de abstinencia.

No sé cuál es el estado de las prisiones de Francia; usted podrá compararlas con las de la capital de Hu-pé.

1°. Doce taéls11 han hecho caer de nuestro cuello, manos y pies, las cadenas, las esposas y las trabas, en latín compedes, si no me engaño. Para eso cada prisionero da más o menos según sus posibilidades.

En el amplio patio existen hornos elevados en los que cada cuál cueceel arroz que es suficiente para un hombre que no come mucho. Nos dan en leña, el combustible, y en dinero lo suficiente para la coc­ción del arroz. Pero no nos dan ni aceite ni sal, de manera que los muy pobres hacen una comida muy ligera. Pero la mayor parte tienen de casa algunos denarios (5 ó 6 sueldos de Francia por día), para tener aceite, sal y hortalizas. Los que son más ricos viven como las familias comunes de Europa. Nosotros vivimos en común. Tenemos un recade­ro que va todos los días al mercado para compramos lo que necesita­mos de hortalizas, téu-fu (especie de queso de habas), a veces carne, pescado, etc. Los cristianos de los lugares vecinos nos ofrecen a menu­do carne, pescado, fruta de diversas clases, etc. Como ve, no es como para tenernos lástima. Pero no nos faltan sufrimientos. Llegada la noche, en los días largos y cortos, hay que acostarse y poner una pier­na en una traba hasta el amanecer del día siguiente.

Esta traba está formada por dos planchas de dos pulgadas de espe­sor, que el carcelero junta y cierra con candado después de que cada prisionero ha metido una pierna en un agujero formado en redondo, de donde no puede salir hasta el día siguiente al abrir el candado.

No es la pierna trabada lo que sufre, excepto de frío para los que no están provistos de buenas medias, es la otra pierna que no se puede extender cuando se quiere y esto, le confieso, es muy incómodo.

En la prisión de Ho-nan, donde estuve un mes, existe otra incomo­didad no dolorosa, pero muy molesta, es una cadena de hierro que nos ata a todos a nuestra cabecera y no deja levantar la cabeza; sólo pode­mos, no sin esfuerzos, volvernos de costado y de espaldas.

Vuelvo sobre mis pasos para describir el origen y los progresos de esta persecución.

Un pagano, para vengarse de un cristiano a quien odiaba, quemó él mismo su casa y fue a acusarle de haberle quemado la casa a ins­tigación mía. Esta acusación de incendiario fue aceptada, y el man­darín civil y militar, sobre todo este último, empezaron a buscar a este Europeo.

300 ó 400 hombres, soldados, pretorianos, paganos invadieron nuestras montañas, atraídos por una promesa de 1.000 taéls a quien me apresara; recorrieron todos los antros, todas las cavernas, y sólo llega­ban cuando ya había marchado para refugiarme en otra. Sobre todo una vez, hacía once días que me encontraba en una caverna de diez pies de profundidad, cuando al anochecer un pagano dijo en voz alta a su com­pañero: «Quizá hay ahí alguno escondido». Estas palabras nos pare­cieron una voz del cielo, salimos por la noche y al día siguiente fue visitada en vano.

Por fin cansado de recorrer las grutas, muchas de ellas peligrosas, emprendí la huida por la noche y fui a Ho-nan, donde creyéndome seguro fui hecho prisionero, como he referido antes.

Por las mismas fechas, todas las casas de los cristianos fueron asal­tadas, devastadas, sometidas al pillaje con una ferocidad inconcebible; no les dejaron, por decirlo así, más que los ojos para llorar, etc.

Tuve la desgracia de comprometer el Padre Lamiot, de manera que Pe-tang se encuentra en el mayor de los peligros. Ha llegado aquí y parece que su asunto se va a arreglar. Pero el mío está a punto de con­cluir. Acaban de anunciarme que dentro de poco, quizá mañana, seré sometido a suplicio; tal vez también el Padre Chen.

Pero guárdese mucho de considerarme como mártir. Mi impruden­cia me ha hecho comprometer nuestra casa de Pekín y a tres cristian­dades que sufren persecución por ello; por eso no debo aparecer sino como el asesino de muchas almas, quien, como culpable de lesa majes­tad divina, sufre aquí abajo la pena que merece. Dichoso, si con ello, puedo evitar los tormentos eternos.

Mis homenajes muy respetuosos al Padre Verbert12 nuestro gene­ral, a quien no puedo escribir. Mis respetos también al Padre Boulangier,13 y a otros que se acuerdan de mí, y encomiéndeme a las ora­ciones de todos.

Me entero con satisfacción de la resurrección de nuestra querida Congregación y soy con el más profundo respeto…

Post-scriptum (26-1-1820)

Hoy, 26 de enero, todavía sigo vivo. Ayer, fiesta de la Conversión de San Pablo, día memorable por la Institución de nuestra Congregación, el Padre Chen y yo hemos recibido la santa comunión de las manos del Padre Tching, y a mediodía hemos celebrado un pequeño festín, donde éramos tres sacerdotes y seis laicos, dos de la prisión y cuatro de fuera; sólo faltaba el Padre Lamiot que pagó los gastos de la comida, pero aunque no esté encarcelado como nosotros, no tiene la libertad de visi­tarnos.

El Padre Lamiot, el Padre Chen, yo y un buen número de cristianos hemos sido juzgados definitivamente y en última instancia por el gran mandarín Ta-gin (gran hombre) quien tiene el título de Fu-yuen (gobernador de provincia), el uno de enero que caía en sábado.

En primer lugar presentaron a los apóstatas carne de cerdo, que en estas circunstancias es signo de apostasía. Todos comieron, y a renglón seguido los enviaron a sus casas, con una doble apostasía en el cuerpo.

Después comparecieron 23 cristianos fieles quienes, perseverando en la profesión de nuestra Santa Fe, fueron devueltos a prisión a espe­rar la decisión del Emperador.

Por fin comparecimos los Padres Lamiot, Chen y yo; después de interrogarnos dos o tres veces, el Ta-gin declaró al Padre Lamiot libre de toda acusación, y recibió orden de levantarse.

El Padre Chen y yo seguíamos de rodillas; el Ta-gin exhortó al Padre Chen a apostatar; al negarse, se le declaró sujeto a castigo. Por fin dicho Ta-gin dijo algunas palabras para excusarme sobre mi estancia en China, lo que confirmó otro mandarín inferior. Al Padre Lamiot le devuelven en silla de portadores a su hotel y al Padre Chen y a mí, con los grilletes en los pies, en las manos y cuello, nos devuelven a la pri­sión, donde al punto nos quitamos estos instrumentos, de los que sólo nos vemos adornados cuando hay que comparecer ante el mandarín.

Esperamos ahora la decisión del Emperador que imaginamos debe llegar en 5 ó 6 días. Ahora bien, aunque el Ta-gin haya escrito algo en mi descargo, se duda mucho que el Emperador consienta en dejarme vivir. Me preparo pues a la muerte, diciendo a menudo con san Pablo: Para mí la vida es Cristo, y morir significa una ganancia (Flp 1, 21).

Como he oído a menudo hablar en Francia de mazmorras y negros calabozos donde se encierra a los criminales hasta la decisión de su proceso, me creo obligado a darle una breve noticia de las prisiones de China, para al menos hacer enrojecer a cristianos por ser mucho menos humanos que los chinos con estas víctimas desdichadas de la vengan­za humana, triste preludio de la venganza divina de la que poco se hace para preservarlos.

De esto puedo hablar con conocimiento de causa, ya que he reco­rrido 27 prisiones para ser trasladado desde Honan a U-tchang seng.14 Pues en ninguna parte hay calabozos ni mazmorras. En la prisión donde estoy hay asesinos, salteadores, ladrones, etc.; todos gozan del amanecer a la noche de libertad para pasear, jugar en un patio y respi­rar este aire puro tan necesario a la conservación de la salud. He visto a un hombre que había envenenado a su madre ¡Crimen horrible! Estuvo libre en este patio hasta el día de su suplicio…

Para darse una idea más precisa de las prisiones en China: Estas pri­siones pueden ser más o menos grandes, pero quien ve una es como si hubiese visto un ciento.

Imagínese pues un patio más o menos largo de una anchura pro­porcionada, alrededor del cual están construidas habitaciones más o menos largas en la planta baja. Este patio se barre cada día y se man­tiene limpio

Estas habitaciones, en los grandes lugares, pueden contener a unos 25 prisioneros: se las llana jaulas, en chino long, por estar revestidas de barrotes de madera del grosor de una pierna, de abajo arriba y hasta el suelo, a la distancia de una pulgada de un barrote al otro. Esta pre­caución es para impedir que los prisioneros dañen los muros. La parte anterior es como un largo vestíbulo; hay una puerta grande que, no estando cerrada más que por la noche, ilumina este vasto local con un gran ventanal a ambos lados de la puerta.

Los prisioneros se acuestan unos al lado de otros en planchas levan­tadas un pie del suelo, para evitar la humedad. A la llegada del invierno se entrega a cada uno una estera de paja para resguardar del frío, y en el verano un abanico para moderar el calor. Una lámpara debe alum­brar cada habitación toda la noche, y un vigilante, que duerme en una cama, mantiene el buen orden, v. gr. disputas y atención a las necesi­dades inesperadas de los prisioneros.

En el patio hay 3 ó 4 hombres contratados para golpear toda la noche uno tras otro un instrumento más o menos sonoro, cuyo ruido, a los 4 ó 5 días, no impide dormir.

Cada habitación se cierra con candado y se lleva la llave al manda­rín de la prisión.

Fuera de la puerta exterior hay una pequeña habitación donde varios carceleros se relevan para guardarla, abrirla y cerrarla cuando haga falta. Los prisioneros más notables nombran a uno de entre ellos a dedo para cortar las disputas inevitables entre un montón de gente sin reglas y sin costumbres. Si llegan a golpearse se avisa al mandarín que viene con toda seriedad a propinar unos bastonazos a los culpables y a hacer una pequeña, exhortación sobre la paz a todos los oyentes.

Y no se debe olvidar que la conmiseración china llega hasta dar a los prisioneros, durante los calores, te en abundancia o bien alguna bebida refrescante, y en invierno, ropas y pantalones forrados de algo­dón a los más pobres.

En Francia se predica sobre la conmiseración en favor de los pri­sioneros. Los sedicentes filósofos, no por caridad, sino para tener oca­sión de lanzar invectivas contra nuestra santa Religión, que es toda caridad, elevan también la voz para reclamar contra la dureza, por no decir inhumanidad, con los prisioneros. Y yo levanto mi voz al morir para oponer a unos paganos a los cristianos.

Los predicadores en las cátedras cristianas reclaman la caridad de los fieles en favor de los prisioneros; y yo reclamo el Cristianismo y la bondad de nuestros monarcas y la tierna vigilancia de los magistrados en favor de un gran número de infelices que mueren mil y mil veces antes de perder realmente la vida en el último suplicio.

El socorro que las almas buenas prestan a los prisioneros, sólo es un socorro momentáneo; pertenece y es deber del ministerio público mejorar de tal manera su suerte, que puedan con paciencia y resigna­ción encarar el suplicio que los espera como un medio de satisfacer a la justicia divina y darles derecho a la felicidad eterna proMetida a los pecadores penitentes.

Con esta descripción de las prisiones de China intento, si así le parece a nuestro Padre General, que la mande insertar en los papeles públicos con el título de extracto de una carta de un francés misionero apostólico en China, detenido por la fe en las prisiones de U-tchang, capital de Hu-pé.

Suprimirá mi nombre, que no deseo, ni quiero estar inscrito más que en el libro de la vida.

Antes de terminar quiero añadir que nuestros cristianos de las mon­tañas, a instigación de un mandarín vecino, indignado por las atroci­dades cometidas contra ellos, han acusado al jefe de los pretorianos, autor de este bandidaje, y a sus adherentes, al tribunal de los crímenes cuyo jefe tiene el título de Ngan-tcha-sze15 y que es ta-gin.

Este proceso de lo criminal, que al principio parecía deber perder­se, comienza a presentar mejor aspecto por el favor de algunos man­darines indignados; y este jefe de los pretorianos que antes iba con la cabeza bien levantada comienza a temer por su piel. Se ha atrevido a proponer un arreglo fraudulento, pero el mandarín lo ha rechazado con desprecio, y el Ngan-sze ha declarado por escrito que un proceso de lo criminal no se podía terminar.

Este proceso se entabló sin saberlo yo; sin embargo pedimos, ayu­namos por su feliz resultado, puesto que, si los cristianos de las Mon­tañas lo ganan, podrán esperar disfrutar en adelante de la paz; si por el contrario lo pierden, lo perderán todo, y se verán probablemente redu­cidos a emigrar no sé a dónde.

Lo que empeora su causa es que sus principales defensores, justa­mente intimidados, han emprendido la fuga, y este Ya-yi o jefe de los pretorianos no puede darse a la fuga.

Y ya este proceso fue llevado adrede a la capital de Hu-pé, es decir, a 100 leguas de distancia de nuestras montañas…

  1. CARTA 65. Casa Madre, original (Baros n. 55).
  2. Padre Richenet, cfr. Carta 52, nota 1.
  3. Sal 46, 2.
  4. El Padre Dumazel murió el 15 de diciembre de 1818.
  5. 20.000 denarios; se trata de 20 Tiao o ligaduras (la ligadura comprendía mil sapecas) que podría valer en aquella época 200 francos.
  6. El Padre Clet fue capturado en el pueblo Kin-Kia-kang, cerca de Nan-yang-fu. Actual­mente la residencia del Vicario Apostólico de Nan-yang se encuentra ene ste pueblo.
  7. La capital de Ho-nan es K’ai-fong-fu, llamada también Pien-leang.
  8. Todas las vidas de Clet dicen que fue visitado en la prisión de U-tch’ang por el Padre Tchang (Juan). Están equivocadas. El Padre Tchang estaba entonces en Kiang-nan. Fue el Pa­dre Tcheng (Antonio) que no había abandonado Hu-pé, quien le prestó este servicio.
  9. Estos tres sacerdotes eran: Pablo Song, Antonio Tcheng, Estanislao Ngai.
  10. En el tribunal de Nan-yang-fu, el primero a donde fue conducido, el Padre Clet dijo al mandarín: «Hermano mío, tu me juzgas ahora; pero en poco tiempo, mi Dios te juzgará a ti mismo». Este mandarín cayó enseguida en desgracia y a comienzos de 1820 sufrió el suplicio reservado a los sediciosos y criminales de lesa majestad: su cuerpo fue seccionado en diversos pedazos y sus miembros fueron arrojados al río (Dememuid, o. c., p. 375).
  11. El cambio del taél es variable; en la época de que se trata, tenía el valor de 10 francos..
  12. Verbert (María Carlos Manuel), C.M., sacerdote, nacido en Pont-de-Beauvoisin, diócesis de Lyon, el 5 de noviembre de 1752, fue recibido en el Seminario Interno en Lyon el 25 de noviem­bre de 1769, emitió los votos el 10 de diciembre de 1771. Vicario General de la Congregación de la Misión en agosto de 1816, murió en París el 4 de marzo de 1819 (Coste, o. c., p. 615).
  13. Boulangier (José Mansuet), C.M., sacerdote, nacido en Fonteney-le-Cháteau, diócesis de Besangon, el 30 de agosto de 1758, admitido en el Seminario Interno el 2 de enero de 1779, emi­tió los votos el 10 de febrero de 1781 y murió en París el 1 de diciembre de 1843 (Coste, o. c., p. 83).
  14. U-tch’ang seng. Capital provincial de Hu-pé.
  15. Ngan-tcha-sze, juez provincial.

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