Régis Clet, Carta 52: A Juan-Francisco Richenet, C.M., En Macao

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Autor: Francisco Régis Clet .
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Hacia1 setiembre de 18102

Padre y muy querido hermano,3

La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros.

Hemos llegado por fin al colmo de nuestros deseos. La Providencia a la que se confía por entero ha dirigido tan rectamente sus pasos, que la mercancía4 que tanto necesitábamos ha llegado a buen puerto sin sufrir daño alguno en una ruta tan peligrosa y larga.

Esta nueva mercancía de un país lejano nos era tanto más necesaria cuanto que está casi achacosa la que nos queda del mismo país,5 y aun estuvo a punto de faltarnos inopinadamente, poco antes de llegar la nueva; y entonces habría supuesto un gran déficit para nuestro comer­cio, que sólo se sostiene por la mezcla de la mercancía lejana con la del país. ¡Inmortales gracias a Dios!, ¡y a los cuidados y esfuerzos de usted, sincero y afectuoso agradecimiento! Persuadido como está de que el objeto que acaba de llegarnos no es todavía suficiente, estoy convencido, y así lo espero, de que aprovechará la primera ocasión para procurarnos más del mismo género, haciendo uso si es posible del mismo conductor, que me parece muy apropiado, intrépido en el peli­gro y al tanto de las buenas rutas no infestadas de bandidos.

Le he recompensado a su gusto, de manera que le creo dispuesto a echarle a usted una mano cuando le necesite. Incluso me ha dicho que podríamos prescindir de enviar hombres de aquí para ir a buscar la mercancía al lugar donde está depositada, lo que a mí me vendría de perlas, porque sólo tenemos hombres que se creen estar en el otro extremo del mundo nada más que han perdido de vista su campanario.

El miedo de que nuestras cartas sean interceptadas me impide darle una nota detallada de los rebaños de ovejas con los que comerciamos.

Tengo a la vista un cuadro que creo se hizo hace 4 ó 5 años, y que se ha visto incrementado algo desde esa fecha. Le cuento tan sólo algo, para que esté un poco al tanto de nuestras riquezas.

Tenemos al menos 7.000 ovejas,6 que forman 63 rebaños dispersos por 17 Fu o Hien de la provincia donde resido. En susodicha fecha no hallo más que 172 ovejas extranjeras reunidas en nuestro redil. Todos estos rebaños están dirigidos por 5 maestros pastores quienes, habida cuenta de las distancias de los lugares, no pueden visitarlas debida­mente, y ello muy de vez en cuando, de donde resulta que un gran número de ellas son devoradas por los lobos.

Tenemos en Kiang-sy otro rebaño de unas 1.500 ovejas, a las que sin pausa hay que enviar un pastor, de manera que no nos quedarán aquí más que 4. La metrópoli nos promete uno para el año próximo.

También tenemos ovejas en Tche-kiang de las que no tengo infor­mación, porque durante el breve lapso que estuve en la provincia veci­na no tuve tiempo de trasladarme allí, y después mandaron en mi lugar a un hombre convaleciente, que en 10 ó 12 años de permanencia ape­nas pudo hacer otra cosa que trabajar inútilmente por recobrar la salud.

Tenemos también en Kiang-nan varios rebaños cuyo estado ignoro, porque el hombre que envié hace más de un año todavía no ha regresa­do, y la distancia de los lugares no le ha permitido darme noticias.

Ho-nan abarca además 4 rebaños divididos en tres Hien, muy dis­tantes unos de otros, compuestos en total de unas 500 ovejas a las que visité hace un año, pero su mejora depende de una próxima visita.

Tenemos por último en las regiones montañosas de los dos Hien de Huq7 un número bastante bueno de ovejas, pero han sido tan castiga­das y tan dispersadas por los bandidos llamados Pe-lienkiao, que no he podido conseguir el visitarlas. Habrá que hacer nuevos intentos para llevarles auxilios. Si todo ello se encontrara reunido en dos o tres Hien, podríamos casi llevarlo a cabo; pero se pierde tanto tiempo en el viaje, que no queda suficiente para visitar cada distrito todos los años, y para mejorar las cosas habría que hacer la visita dos veces al año.

Se podrá decir de mi carta lo que se decía de las buenas obras de los antiguos, que olían a aceite, pues le escribo de noche, en casa de un hombre adonde he venido para asistirle en sus últimos momentos: así mi carta será a buen seguro más corta de lo deseado. Se queja usted de que escribo poco; lo confieso, pero a veces la gran distancia a que me encuentro de las rutas postales que van a los parajes de usted, y los variados itinerarios que conducen hasta usted a los correos se añaden a mi pereza para autorizarme hasta cierto punto al silencio. Deseo que el Padre Dumazel tenga más suerte que yo, en punto a buenas ocasio­nes, y buena voluntad.

En la última carta olvidé recordarle que necesitamos dinero, pero pienso que lo imagina usted sobradamente, pues aunque se nos acuse de simonía, le podrá asegurar que hay pocos lugares donde ejerzan el ministerio más gratuitamente que nosotros. Además de nuestra dispo­sición al respecto, existe una razón perentoria, y es que bajo nuestra dependencia no hay ricachones. Tampoco tenemos comerciantes, lo que, dicho sea entre paréntesis, me causa mucho agrado, porque en China más que en cualquier otra parte mercader y granuja son casi sinónimos. Los que tenemos son casi todos labradores, al menos dos tercios de los cuales no pueden cerrar las cuentas del año: estamos más bien en situación de dar, no de recibir, y todo nuestro consuelo se cifra en estas palabras de Nuestro Señor que cita san Pablo: Beatius est magis dare quam accipere (es mejor dar que recibir).

No tenemos casi nada que hacer en los burgos, ciudades y pueblos: lo que es muy consolador para un hijo de san Vicente y para un hom­bre cuyo patrón es san Francisco Regis. Se hace usted idea, pues, de que necesitamos dinero, y más ahora que en el lugar de nuestra resi­dencia acabo de construir una casa, y todavía tengo que reconstruir una cocina, que es una ruina; la construcción ha de ser sólida, por ello con mayor gasto, pues espero que la Providencia nos conceda una larga posteridad. El sitio donde edifico8 está rodeado de más de 400 fami­lias, entre las que vamos con la cabeza bien alta, hasta acompañar a los muertos camino de la sepultura con las vestiduras propias de esta lúgubre ceremonia.

Sin duda paso por ingrato ante usted, y con toda justicia, pues omití en mi última carta, por olvido en todo caso, agradecerle el vino, el queso, etc., que usted nos envió hace dos años. Le pedí el ario pasado varios artículos, lo que me causó enseguida grandes remordimientos de conciencia, de modo que creí debía hacerlos materia de confesión, juz­gándolos poco conformes con el espíritu de pobreza del que debe hacer profesión un sucesor de los apóstoles y un hijo de san Vicente: con todo, hoy me uno al Padre Dumazel en solicitar de usted para él cacao, del que está necesitada su salud. El vino nos es indispensable, porque los inten­tos realizados hasta ahora por cultivar la viña no han resultado; atribu­yo la causa a las lluvias demasiado abundantes que despojan la planta de todas las hojas y pudren los racimos. Lo intentaré de nuevo con más cuidado, pues querría ahorrar a su procura un gasto tan considerable.

Ese vino que le pedimos no es para deleite de nuestro paladar: si le pido una cantidad tan grande, es por miedo de no poder recibirla en dos o tres arios, debido a obstáculos imprevistos.

Quizás tendría más cosas que decirle, pero el dios Morfeo extiende sus adormideras en mis ojos: por eso buenas tardes y buenas noches, y luego ex totis medullis cordis in Domino (desde las medulas del cora­zón en el Señor), respeto, afecto, amistad, cariño en los que soy…

P.S. Un día antes del regreso de los correos del Padre Dumazel, lle­gan los correos de Qoang-tong: lo que me da renovada ocasión de agradecerle los nuevos envíos destinados a nosotros, que llegan al punto de empobrecerle a usted para enriquecerme a mí.

De entre los objetos enviados no he visto más que un reloj que, a juzgar por el aspecto, es de buena ley; ha costado 22 piastras. Después del vino de misa es lo más necesario y lo que más me agrada.

Hay quien tiene la caridad de pensar en mí. Le ruego pues que ofrezca mis muy humildes respetos, in capite libri, al Padre Marchini, luego a nuestros Padres de San José, al Padre Chaumont9 y también al Padre Laurent.

Y si escribo poco es porque tengo poco que decir, y además tengo poco tiempo y aun menos ocasión, razón por la que le escribí una carta en Ho-nan, donde quedó hace ya año y medio.

La conducta de Bonaparte demuestra cada vez más que su religión está en razón de su política; pero es menos hipócrita que Carlos V quien, habiendo hecho prisionero al Papa, mandaba a sus estados implorar de Dios su feliz liberación.

Aunque en China tengamos muchas miserias, somos más felices que en Europa; ¿aflige algo más a un hombre religioso que tener siem­pre a la vista ese derrumbamiento de todos los derechos? Tiempo lle­gará en que se dirá con verdad de este ambicioso insaciable lo que se dice de Alejandro Magno: Sufficit huic tumulus cui non suffecerat orbis (a quien no le bastaba el orbe ahora le basta una exigua tumba).

Otra vez buenas noches.

  1. Carta sin fecha, mas probablemente escrita en septiembre de 1810, pues en la 7ª línea dice el Bienaventurado que debe enviarse por fuerza a Kiang-si un sacerdote; ahora bien, en la carta precedente (n. 51) anuncia que el Padre Chen sale hacia allá hacia el final de la 8′ luna, que ese año duraba hasta el 28 de septiembre.
  2. CARTA 52. Casa Madre, original (Baros n. 41).
  3. Richenet (Juan Francisco), C.M., sacerdote, nacido en Petit-Noir, diócesis de Besangon, el 1 de septiembre de 1759. Fue recibido en el Seminario Interno de París el 22 de mayo de 1781 e hizo los votos el 23 de mayo de 1783. Llegó a Macao el 16 de febrero de 1801. Destinado a Pekín, esperó en vano durante cinco años para entrar. Fue encargado de la procura de las Misiones en Cantón. En 1815 hizo un viaje a Francia y no volvió. Llegó a ser asistente del Superior General. Murió en París el 19 de julio de 1836.
  4. La mercancía es el Padre Dumazel.
  5. El Bienaventurado habla de sí mismo.
  6. Ovejas: fieles cristianos.
  7. Dos Hien de Huq: sos dos prefecturas de Hu-koang.
  8. Se trata de Tch’a-yuen-keú.
  9. Dionisio Chaumont nació el 16 de noviembre de 1752 en Erangy (Oise). Entró ya diácono en las Misiones Extranjeras el 31 de agosto de 1775, y se ordenó sacerdote el 21 de septiembre de 1776. Ese mismo año, el 20 de diciembre, se embarcó en Lorient, destinado a la procura de Macao. Llegado a esta ciudad, cedió el puesto al Padre Descouvriéres, en compañía del cual había partido, y marchó a Fu-kien. Designado por la misión de Se-tchoan para el Seminario de Misiones Extan­jeras, llegó a París el 18 de septiembre de 1785. Se expatrió a Inglaterra obligado por la Revolu­ción. Volvió a Francia en 1814, año mismo de su nombramiento como Superior (15 de marzo). Murió en París el 25 de agosto de 1819 (cfr. A. Launy, o. c., p. 126-127).- En las Mémoires de la Congrégation de la Mission, vol. II, hay varias cartas del Padre Richenet al Padre Chaumont.

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