Régis Clet, Carta 15: A Su Hermano Francisco, Cartujo

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Francisco Régis CletLeave a Comment

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Autor: Francisco Régis Clet .
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6 de noviembre de 17991

Muy querido hermano,

Has hecho mal, yo creo, al no aprovechar la misma ocasión que nuestro Padre General para darme noticias. Así yo sabría dónde estás, y quizá me quedaré sin la carta que has debido entregar a nuestros misioneros de China. ya que no sabemos si podrán llegar a su destino. Y no lo digo para quejarme de ti sino de mí mismo por verme privado del dulce consuelo de tener noticias tuyas y de la familia. No he reci­bido más que una carta tuya que no era más que un bosquejo de otras más largas que se suponía yo había recibido y nunca me llegaron. El año pasado te di noticias e incluí la carta en la del Padre General, con el ruego de que la cursara. No sé si la recibiste, y lo mismo me ocurre este año cuando estoy sin saber a qué país has dirigido tus pasos, des­pués de vuestra expulsión de Roma. Como norma, notifica con regula­ridad al Padre Cayla el lugar de tu residencia, ya que, mientras dure la revolución, seguiré dirigiéndole mis despachos para ti, como a quien es conocido y más fácil de descubrir…

En vista del estado desastroso en que se encuentra Europa. no puedo por menos que bendecir a la Providencia por haberme sustraí­do a tantos males. El filosofismo no deja asilo a la piedad. Se podía creer con algún fundamento que Roma al menos estaría al abrigo de sus persecuciones, ¡y Roma se ha convenido en su presa! Después de eso ¿qué asilo buscar? Quizá no haya otro que las cuevas y los bos­ques. Por lo demás, estoy convencido de que Roma no puede ser por mucho tiempo una república. Muchas veces este pueblo ha intentado constituirse en república, y pronto el hambre le ha forzado a llamar de nuevo y recibir con los brazos abiertos a su dueño legítimo. El pueblo romano de hoy no es ya el de antes. Constituye un sueño engañoso de nuestros filósofos persuadirse que este pueblo hoy inconstante, cobar­de, perezoso, podrá hacer revivir el siglo de los Escipiones, de los y de los Brutos. Como quiera que sean los sucesos subsiguientes, no digo ya a la toma, sino a la entrada de los Franceses en Roma, que lo ignoro, deseo saber hacia qué país te has dirigido, y cuál es tu lugar en medio de este trastorno casi general de Europa.

Nosotros gozarnos casi de paz, administrarnos nuestras cristianda­des dispersas sin problemas. Los rebeldes de China, llamados lien­-kiao, de quienes te había dicho el año pasado que nos habían produci­do muchas alarmas serias. no se han acercado a nosotros tanto este año; parece ahora que estos rebeldes no se mantienen en situación de revuelta, porque no podrían tener seguridad alguna al dispersarse y con toda certeza serían masacrados como todos los que han caído pri­sioneros. Si se les propusiera una amnistía, es probable que la acepta­ran; quizá tampoco la aceptarían por miedo a que después de disper­sarse no se les guardase la palabra. pues no hay que fiarse más de la palabra de los infieles que de la de los filósofos franceses. Están redu­cidos pues al estado de errantes y vagabundos que, perseguidos en un cantón, se trasladan a otro, y su paso se parece a un huracán que lo derriba y devasta todo. Queman las casas y los productos que no pue­den consumir y asesinan a los que no han podido huir. El año pasado asolaron por completo una de mis cristiandades bastante numerosa, sólo el oratorio quedó a salvo, siendo presa de las llamas el resto de las casas; sólo mataron a un cristiano demasiado lento en huir a los lugares escarpados.

Corno sus intenciones son sustraer el imperio chino a la dominación tártara, pensaron que la vejez del Emperador Kien-Long era un momento favorable para ejecutar sus proyectos. Se declararon pues en rebeldía, pero careciendo de jefe experimentado, aunque sean muy numerosos, no tomaron ninguna ciudad, no destruyeron más que alde­as sin defensa y no realizaron ningún acto de valor; destruyen, devas­tan, queman, asesinan, y eso es todo. Ahora que el sucesor de Kien­Long, Kia-King, es pacífico dueño del trono, todo parece indicar que la tranquilidad será restablecida…

Otro suceso que ha ocurrido en el centro de nuestras cristiandades ha estado a punto de suscitar una persecución. Algunos infieles mal intencionados han difundido el falso rumor de que los cristianos en tal fecha debían alzar el estandarte de la revuelta; por eso, ante e] rumor hubo un gran movimiento entre los paganos. El mandarín se entera, trae a su presencia a algunos cristianos notables quienesrlemuestran lo absurdo de tal calumnia, ya que, aparte de la infinidad de lugares donde no existen cristianos, en los propios lugares donde hay no constituyen más que una centésima parte del pueblo, y que, por el escaso número, sería una evidente y loca carrera hacia la muerte alzarse en rebeldía. El mandarín hizo prisioneros a tres de los autores de este rumor, castigando con la muerte a dos de esos calumniadores; el ter­cero está en prisión, destinado a correr la misma suerte, si los cristia­nos no se ponen en estado de insurrección, en la fecha fijada por él. Todo se ha apaciguado sin que haya habido un solo cristiano preso.

La religión cristiana avanza muy despacio sobre todo en mi pro­vincia.1Hu-Kuang. que. siendo muy extensa, sólo tiene tres misioneros; en la provincia de Pekín mejor provista de ministros, los progresos son más sensibles, pero no rápidos. La provincia de Sse-Tchuen es la única que presenta un incremento considerable de la fe; esta misión nunca ha estado desprovista de sacerdotes desde sus orígenes; ha tenido siempre un obispo para su gobierno y al menos 30 operarios evangélicos para administrarla. Esta provincia está gobernada por un virrey quien, sin profesar nuestra santa religión, aunque bautizado en la infancia, no deja de quererla y protegerla. Sin embargo, desde hace tres años la bús­queda de los Pé-lien-kiao, que se han multiplicado en esta provincia, pone a los misioneros en continua alerta.

Hace años se temía en Pekín que la muerte del viejo emperador y la instalación del nuevo diera lugar a una persecución ocasionada por la negativa de los misioneros a someterse a la ceremonia del Ko-theá ante el féretro del emperador difunto. Sabes sin duda que durante este siglo la ceremonia del Ko-theú ha removido a todas las cabezas sabias de Europa, viendo unos solamente una ceremonia civil, y otros una ceremonia religiosa y por lo tanto idólatra. Después del debate y del examen más riguroso, la Iglesia la ha declarado supersticiosa e idóla­tra y ha prohibido tolerarla, bajo cualquier pretexto. Y nosotros se la prohibimos expresamente a los cristianos y la bula concedida sobre este asunto se publicó en Pekín, en sus cuatro iglesias. Esta publicación ha ocasionado murmuraciones y hasta reclamaciones de varios cristia­nos indóciles, ha llegado a los oídos de los paganos y del Emperador por medio de los mandarines envidiosos del favor que otorga el Empe­rador a los europeos. Así las cosas, una vez muerto el Emperador Kien­Long, el sucesor ha llamado de nuevo a palacio a los artistas europeos, quienes hace varios años habían sido despedidos a sus casas respecti­vas, y ha hecho citar e invitar dos veces a los tres misioneros, miem­bros del tribunal de astronomía, a hacer la postración ante el ataúd del emperador difunto. Se han negado generosamente como debían hacer­lo, contestando que su religión no les permitía semejante ceremonia.

Ellos estaban preparados a mantenerse firmes y habían hecho de ante­mano hasta su testamento de muerte; pero por una disposición especial de la Providencia, que tiene en sus manos los corazones de los reyes, esta negativa no ha traído malas consecuencias; no han tratado de obli­garles y acuden como siempre al tribunal de astronomía. El Empera­dor, sin querer mucho a los europeos, ha dado testimonio favorable de su fidelidad inviolable, ante las gentes de su corte, fidelidad y rectitud que les ponen a salvo de toda sospecha.2 Por ahora no hay persecución a no ser que algún grande envidie a los europeos y los denigre ante el Emperador con turbios manejos o falsas acusaciones.

He aquí todo lo que sé de la China, no tengo ningún otro suceeso notable que comunicarte. Mi ministerio no presenta nada sobresalien­te; algunos de nuestros cristianos son tibios, pero gracias a Dios no tenemos filósofos ni mujeres teólogas. Todos o casi todos creen senci­llamente, vuestros incrédulos dirían a lo tonto, porque no saben que Dios, para humillar el orgullo de los pretendidos sabios del siglo, se escogió un rebaño fiel de entre los pobres, los débiles del mundo, para hacer triunfar la aparente locura de la cruz sobre la pretendida sabidu­ría del mundo; cosa que se cumple sobre todo en mis distritos, porque mis cristianos casi todos son pobres. La mayoría de sus casas son cho­zas abiertas al aire por los cuatro costados. A las dos terceras partes les faltan las ropas necesarias contra el frío bastante intenso de nuestras montañas, les faltan mantas de cama, y se ven obligados, para poder dormir algo, a enterrarse por así decirlo entre la paja; se ven en la nece­sidad de buscar en el campo, durante tres o cuatro meses al año, cier­tas plantas silvestres comestibles. No tenemos cristianos cuya abun­dancia superflua pueda suplir a la indigencia de los demás. Yo soy el Creso de mis distritos, ¡y qué Creso! sobre todo ahora que todas las fuentes pecuniarias se nos han cenado por la dura filantropía de Euro­pa. Lejos de pensar que nuestros cristianos scan impecables, pero casi todos vienen a escuchar la voz de su padre, a recibir instrucción y encontrar remedio a los males de su espíritu. La mayor parte, muy lejos de huir del tribunal de la penitencia, se confiesan más raramente de lo que desearían: la penuria de obreros evangélicos nos fuerza a rechazar a muchos del confesionario para dar audiencia a otros que no se acer­can hace tiempo. No llegan a nuestros oídos blasfemias ni el nombre de libertad. Con las debidas proporciones, hay más cristianos en China que en Francia…

Mi salud resiste por ahora. Desde mi llegada a China he tenido varias enfermedades, una sola seria; después de la gordura ha venido la delgadez que me permite recorrer con agilidad nuestras montañas. llago siempre los viajes a pie, me canso menos que a caballo, que me ofrecen a veces, pero lo rechazo.

La alimentación se diferencia poco de la de Europa, menos el vino que no tomamos, que suplimos con algo de aguardiente si nuestros cristianos la tienen aceptable. En la administración de nuestras cris­tiandades, vivimos a expensas de los cristianos que nos alimentan como quieren o pueden. Por lo demás, de la manera como nos alimen­tan no tenemos nada que decir: «Manducare quae apponuntu• vobis», nos dijo quien nos ha enviado.

Sólo te escribo a ti, pero dale cuenta a mi hermano y hermanas a quienes no olvido, sobre todo ante el Señor; entre los demás parientes al señor Gagnon, y de los amigos al señor Gigard. No puedo recordar­los a todos después de una ausencia tan larga.

Soy todo tuyo, tu más afectuoso hermano.

Clet, S. d. l. M.

Sobrescrito: Al muy Reverendo Padre Francisco Clet, religioso Cartujo en…

  1. CARTA 15. Casa Madre. original (Raros n. 9).
  2. Mons. de Glouvéa, obispo de Pekín, da la traducción siguiente de las palabras del Empera­dor en esta circunstancia: «Europaei Pekinenses sunt homines sinceri, agites el addicti suae Reli­gioni. Nc vexentur propter nostras caeremonias, permittantur servare omnes regulas suae Reli­gionis»: Los europeos que viven en Pekín son hombres sinceros, activos y adictos a su Religión. Les permitimos seguir todas las normas de su religión: que no sean inquietados por razón de nues­tras ceremonias (Mémoires, II. p. 221).

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