Uno de los más sangrientos períodos de la Revolución francesa es, sin duda alguna, el designado con el nombre del Terror, en 1793, en cuyo tiempo, algunos miembros de la familia de San Vicente de Paúl sellaron con su sangre su fidelidad a la Religión, según hemos hecho notar en otros números de nuestros ANALES.
Unos años después de esta terrible fecha aparece otro período llamado con justicia el segundo Terror, el cual comprende, bajo el gobierno del Directorio, desde el Vindemario, año VI, hasta fines del Pradial, año va (22 de Septiembre de 1797 hasta 18 de Junio de 1799). En estos veintidós meses fueron condenados al destierro muchos Sacerdotes, pena que sustituyó a la de muerte, y con frecuencia equivalente a ella. M. Víctor Piérre cita, entre otros muchos, no pocos decretos relativos a Sacerdotes de la Misión; por lo que creemos oportuno reproducir algunos, y aunque nos separa el intervalo de cien años, saludar tan gloriosas memorias. (Véase Víctor Piérre: La Déportation ecclésiastique sous le Directoire, et Louduvic Sciout: Le Directoire.)
Como que se quería proscribir al Clero católico a todo trance, y no hallando motivos justos para ello, recurrieron a ciertos pretextos, alegando el fanatismo, la perturbación del orden público, el realismo, la hostilidad a las instituciones de la República, y el negarse a prestar juramento de fidelidad a la Revolución.
A continuación ponemos, como otros tantos títulos de gloria, los decretos hallados y publicados recientemente acerca de los Sacerdotes de la Misión durante el segundo Terror. No sería difícil hallar otros.
I.- Justo es que figure en primer lugar el Sr. D. Pedro Renato Rogue, Sacerdote de la Misión, muerto el año anterior (1796), pues no dejó de correr sangre ni aun en los días más pacíficos de la Revolución draconiana.
El Sr. Rogue residía en la Casa-Misión y Seminario de Vannes, el cual, aun después de haberse negado a prestar el juramento cismático, permaneció impávido en la Casa a fin de administrar en secreto los Santos Sacramentos a los fieles del pueblo. Habiendo sido arrestado una noche cuando llevaba el Santo Viático a un enfermo, estuvo en la cárcel por espacio de dos meses, hasta el 2 de Marzo, día en que compareció ante el tribunal revolucionario. Como quiera que era tan conocido y apreciado de todos, el acusador público, Nicolás Bourgerd, por delicadeza que honra su memoria, se excusó de tomar la palabra contra el Sr. Rogue.
Entre los asistentes al juicio público hallábase la madre del valeroso Misionero, la cual fue a visitarle y abrazarle a la cárcel, mostrando un valor parecido al de las más heroicas mujeres. El Sr. Rogue pasó la última noche de su vida mortal haciendo oración y consolando a sus compañeros de prisión.
Habiendo subido al tablado, con paz y tranquilidad verdaderamente cristianas y dado su vida por Cristo, los católicos, que le apreciaban sobremanera, empaparon algunos paños en la sangre que derramaba. Sucedía esto el 3 de Marzo de 1796. Una persona que presenciaba la inhumación de su cadáver en el cementerio de Vannes escribió el nombre del Sr. Rogue en una pizarra y la colocó sobre el ataúd, antes que echaran tierra sobre él, para que más adelante pudieran reconocerse tan preciosos restos.
Edificóse más tarde en el mismo lugar un sepulcro de granito, descollando sobre él una cruz de mármol blanco. Léese en él una inscripción, que traducida, dice así: Aquí descansan los restos mortales del Sr. D. Pedro Renato Rogué, Profesor del gran Seminario; nació en Vannes el 17 de junio de 1758, y murió el 3 de Marzo de 1796, mártir de la fe. (Véase Circ. des Supérieurs généraux de la Mission, t. II, p. 613).
II.- El Sr. Bonnabé (Claudio), Sacerdote de la Misión, fue condenado al destierro el 7 de Octubre de 1797. He aquí el texto del decreto:
«Extracto de los registros de las deliberaciones del Directorio ejecutivo de Vosges, 16 de Vindemario (7 de Octubre de 1797).
«El Directorio ejecutivo, habiendo sido informado por el Inspector de policía general acerca de la conducta de ciertos Sacerdotes, refugiados en los alrededores de uno de los departamentos de Vosges, fomentan el fanatismo, trastornan la tranquili dad pública, inquietan la conciencia de los que han adquirido bienes nacionales, y emplean cuantos medios están a su alcance para restablecer el trono; considerando que un tal Bonnabé (Claudio), ex-lazarista, domiciliado en Sainte-Marguerite, es designado como uno de los Sacerdotes más perturbadores y perniciosos; considerando que el único medio de pacificar y conservar el orden en dicho departamento (que, en todo el tiempo que dura la Revolución, tantas pruebas de patriotismo ha dado), es el de alejar de él y de todo el territorio de la República a los que de ninguna manera puede convencerse a que obren en conformidad con lo dispuesto,
Decreta:
Artículo Iº Usando de la facultad que le concede el artículo 24 de la ley de 19 de Fructidor último, y por los motivos anteriormente expuestos, el tal Bonnabé será exportado.—Sellado: L. M. Reveillire-Lepealix».
El Sr. Bonnabé pudo sin duda eludir la ejecución del decreto en virtud del cual se le ordenaba a destierro, pues en 1816 era Cura de Raon-l’Etape, cerca de Saint-Dié, en Vosges.
Antes que ésta, habíase dado una sentencia semejante contra el Sr. Peliard (Javier-Benito), en 23 de Septiembre de 1797 o 2 de Vindemario, año VI. El Sr. Peliard, nacido en Luxen, Diócesis de Besangon, el 1º de Enero de 1756, admitido el 17 de Junio de 1774 en San Lázaro, en donde hizo los Santos Votos el 18 de Junio de 1776, hallábase a la sazón retirado en Fontenoy, cantón de Bains (Vosges). Ignórase si se cumplió el decreto. (Víctor Pierre, íbid., p. i.)
III.- También se expidieron decretos parecidos contra otros Misioneros, particularmente contra el Sr. Perrín (José), residente en La Neuville-Chátenoy, Diócesis de Toul. La sentencia está fechada en 26 de Vindemario (17 de Octubre de 1799). Ya anteriormente había sido desterrado y sometido a injusta condena en los pontones de Rochefort, en 1794. Restituído a Saintes, a la caída de Robespierre, desempeñaba de nuevo, y con un celo verdaderamente apostólico, el ministerio eclesiástico, cuando segunda vez fue desterrado como «por haber retractado su juramento de la manera más escandalosa y empleado toda clase de medios para alterar el orden público «, decían los revolucionarios.
Pudo, no obstante, en esta ocasión evitar el destierro o la «guillotina seca», como lo llamaban los verdugos del segundo Terror. (Véase ANALES DE LA MISIÓN, t. LI, p. 317.)
Otro de los Misioneros exportados fue el Sr. Barraud (Pedro Simón); que hacía tres años era Profesor de Teología en Mans cuando se negó a prestar el juramento cismático en 1790. Habiendo sido trasladado a Longuemain, cantón de d’Orchamps, fue desterrado en virtud de un decreto del 22 de Floreal (II de Mayo de 1798), aunque sobrevivió a la Revolución. Otros dos Misioneros, los Sres. Rambaud (Juan), Giroz (Claudio), conducidos, el primero a Dombrot y el segundo a Saulx, fueron asimismo condenados a la pena de destierro por el Directorio ejecutivo de Doubs el 26 de Vindemario (17 de Octubre de 1797) y el 24 de Floreal (13 de Mayo de 1798), respectivamente. No se sabe si estos decretos, en lo que afecta a los Sres. Rambaud y Giroz, tuvieron cumplimiento. (Véase Víctor Pierre, íbid., páginas 16, 216 y 223).
IV.- Otros tres Misioneros fueron víctimas inmoladas en la persecución del segundo Terror: los Sres. Guin, Rimbault y Martelet.
El Sr. Guin (Claudio- Francisco), nacido en Vilory, cerca de Vesoul, Diócesis de Besancon, el 4 de Mayo de 1759, ingresó en el Seminario de San Lázaro, en París, el día 9 de Agosto de 1775 é hizo los Santos Votos el lo de Agosto de 1777.
Al ser suprimidas las Comunidades religiosas en 1791, volvió a su país natal. Los errores de la Constitución civil del Clero hallaron en él un adversario decidido y temible, trabajando cuanto pudo por preservar de ellos a los fieles.
No quiso, durante la tormenta de 1793 a 1794, substraerse a la persecución, y en los años siguientes desempeñó públicamente el santo ministerio en la ciudad de Besangon. Mas el 18 de Fructidor se decretó contra él la siguiente sentencia de destierro:
«Haute-Saône, 25 Primario año VI (15 Diciembre 1797).
«El Directorio ejecutivo,
«En vista del proceso oficial y, principalmente, de la deliberación de la Administración Municipal del cantón de Colombier, departamento de la Haute- Saône, fechada en 8 de Brumario último; considerando que de dichos documentos resulta que D. Claudio Francisco Guin, ex-lazarista, no cesa de perturbar el orden y contrarrestar los efectos de la Revolución; que ha empleado toda clase de medios los más criminales para corromper el espíritu público, predicando al efecto constantemente la desobediencia a las leyes del Estado, y el menosprecio de las autoridades constituidas «Decreta: Artículo 1.°—El citado Francisco Guin será inmediatamente desterrado. Sellado: Barras».
El Sr. Guin fue arrestado, conducido a Rochefort y embarcado con dirección a la Guyana el 12 de Marzo en la fragata Charente, de la cual fue transbordado el 25 de Abril a la Décade, la cual le llevó a Cayenne a mediados de Junio. Murió en dicho lugar a consecuencia de una calentura pútrida el 3 de Enero de 1799, a la edad de cuarenta y cinco años. (Véase Circ. des Sup. Gen. de la Mission, t. II, p. 609.
El Sr. RIMBAULT (César Augusto), nacido en Tours, Parroquia de San Saturnino, el 7 de Julio de 1742, entró en el Seminario de París el día 3 de Enero de 1762, e hizo los Santos Votos el 4 de Enero de 1764, en presencia del señor Didier.
No bien fue destinado a la Casa de Tours, cuando enseguida se encargó de la Parroquia de Bruleau, Diócesis de Blois. Había ya logrado evadir el furor de los perseguidores de 1793, mas en la crisis de 18 Fructidor (4 de Septiembre de 1797) fue condenado al destierro. Como el señor Guin, cuya muerte acabamos de referir, fue embarcado en Rochefort en el buque Charente el 12 de Marzo de 1798, y transbordado después a la fragata Décade el 25 del mes siguiente. Ésta le dejó en la Cayenne a mediados de Junio, siendo trasladado al punto al desierto de Counama. Viendo a sus hermanos extenuados y anémicos a causa del aire pestilencial de tan insalubre país, constituyóse enfermero de ellos, prodigándoles toda suerte de cuidados con una caridad y amor verdaderamente cristianos. Ocupado como se hallaba en tan santas tareas, aspiró los gérmenes de la peste de que los demás morían, llevándolos inoculados en su sangre a Sinnamari, a donde se trasladó en compañía de los que sobrevivían, el 23 de Noviembre de 1798. Estos gérmenes, multiplicándose lentamente en su interior, minaron poco a poco su vida, constituyéndole en una verdadera tisis, que a los seis meses ya le había colocado a las puertas de la muerte. Añadiendo el mal de la extrema miseria a los que ya experimentaba, se vio precisado a vender cuantos utensilios tenía, para poder subsistir, no teniendo cosa alguna cuando espiró el 29 de Mayo de 1799. Sus compañeros sintieron sobremanera su muerte, por cuanto se había captado el amor y estima de todos por las bellas é insignes cualidades naturales y sobrenaturales de que estaba adornado, por su tierna y sólida piedad, no menos que por su caridad universal y ferviente. (Circ. des Sup. Gen. de la Mission, t.II, p. 622.)
El Sr. MARTELET (Francisco Leonardo), nacido el m de Diciembre en Jussey, Diócesis de Besancon, entró en la Congregación de la Misión en París el 18 de Marzo de 1780. Habiendo sido destinado al Seminario de Mans, se dedicó, cuando la Revolución quería envolver en el cisma a los católicos, a sostener principalmente a los Sacerdotes que se mantenían en la santa fe. Mas como se viera precisado a huir de la persecución, regresó a Francia después del 9 Termidor (27 de Julio de 1794), dedicándose con incansable celo a sus santos ministerios. Habiendo sido arrestado, luego que la Revolución renovó su comenzada obra irreligiosa y cruel, prometióle el juez ponerle en libertad si «renunciaba a su estado sacerdotal». El Sr. Martelet respondió que tenía a gran honor y se gloriaba, por el contrario, de ser Sacerdote, y sobre todo, Sacerdote de la Misión. Viéndose obligado el juez a proseguir el interrogatorio, le preguntó si hacía poco que había ejercido funciones sacerdotales: respondió el celoso Misionero: » hélas ejercido cuantas veces he podido». Ante esta respuesta tan digna mandóle el juez conducir a la cárcel de Veroul, en la que enfermó, bien que pudo conversar y compartir su prisión con otros Sacerdotes que en ella le habían precedido. A fines de Enero de 1798 fue trasladado a Besancon, y desde la cárcel de dicha ciudad escribía a su hermana el 4 de Febrero, entre otras cosas, lo siguiente:
«Hállome en Vesoul con varios confesores de la Fe, aquí estoy con verdaderos mártires». Preparábaseles, en efecto, una muerte pronta. Conducido ante el tribunal militar, el Sr. Martelet fue condenado el 9 de Febrero de 1798 a ser pasado por las balas, por ilegalmente repatriado. Vuelto a su prisión, y teniendo en perspectiva a la muerte, escribía a los Sacerdotes que había dejado en su primera cárcel, en los siguientes términos: «Lo que más me alienta y me consuela en estos postreros instantes de mi vida mortal, queridísimos hermanos, es el haber presenciado vuestra firmeza inquebrantable, y la perfecta resignación de que me habéis dado ejemplo… A-Dios, voy a morir.— En las prisiones militares de Besancon, a las dos de la tarde del último día de mi vida, 9 de Febrero de 1798».
A eso de las cinco se le condujo al lugar en que había de ser fusilado, y por el camino oraba con indecible fervor. No se le permitió predicar a los circunstantes según estaba para ello preparado. (Cf. Víctor Pierre: Le 18 Fructidor, p. 273; Circ. des Sup. Gen. de la Mission, tomo II, página 611.)
Como quiera que se cumplen ahora cien años desde que tuvieron lugar tan heroicos sufrimientos, hanos parecido oportuno recordar a nuestros hermanos, estos confesores de la Fe. Pues que, si bien es verdad que es una verdadera gloria para la familia de San Vicente, no menos es una lección provechosa y estímulo para que los imitemos en las tristes y calamitosas circunstancias porque también nosotros atravesamos. El 18 Fructidor se reproduce con los nombres de Decretos; Leyes de Mayo, los Culturkampf, los cuales exigen, si no un valor hasta la efusión de la sangre, al menos una paciencia y una virtud semejantes a la de los confesores de la Fe que nos han precedido y, que verdaderamente hemos menester.







