¿Quién es Jesús para Luisa de Marillac?

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la Caridad, Luisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. y Louise Sullivan, H.C. · Traductor: Félix Álvarez Sagredo, C.M.. .
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¿Por qué la Encarnación?

Luisa de Marillac ha comprendido bien las cosas. Reflexiona sobre las razones que han podido conducir a Dios a enviar a su Hijo a la tierra. Una sola frase puede resumir su pensamiento sobre la razón de la Encarnación: “Nunca Dios ha testimoniado un amor tan grande al hombre como cuando ha decidido encarnarse” (Escritos 698)

Después que Adán arrojase a Dios de su vida para constituirse él mismo en su propio dios, la Encarnación manifiesta la gran atención de Dios por sus criaturas. Dios quiere alcanzar al pecador en lo más profundo de su sufrimiento y devolverle la confianza en sí mismo. Quiere que comprenda bien su propia dignidad, puesto que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Este deseo divino, insiste Luisa de Marillac, no podrá realizarse más que en un respeto total a la libertad de la persona.

Cada uno podrá acoger o rechazar esta gracia divina de acuerdo con lo que él mismo decida. Dios no condiciona las decisiones humanas. El hombre es libertad, tiene capacidad para elegir, para decir si o no a las iniciativas de Dios.

Realización de la Encarnación

Luisa de Marillac ama contemplar la Trinidad deliberando, buscando cómo decir al hombre todo su amor, y decidiendo juntos la Encarnación del Verbo: “Tan pronto como la naturaleza humana hubiese pecado, el Creador, en el consejo de su Divinidad, quiso reparar esta falta. Y para eso, por un amor muy grande y puro, ordenó que una de las tres personas se encarnaría en lo que parecía, incluso en la Divinidad, una profunda humildad” (Escritos 697)

La promesa de la Encarnación de la segunda persona de la Trinidad se inscribe en el plan de amor de Dios sobre el hombre. Para Luisa, la humildad define a Dios tanto como el Amor. Dios no es más el Dios lejano y exigente, el Todopoderoso, presentado así al pueblo con cierta frecuencia.

La Encarnación misma sería suficiente prueba como para tenerlo que reconocer. Pero otros muchos actos de la vida de Jesús vienen a confirmarlo. Por su nacimiento en un establo “Jesús se ha hecho un niño pequeño para dar más libre acceso a sus criaturas” (Escritos 714). Considera “la humildad que nuestro Señor ha practicado en su Bautismo” (Escritos 715). Meditando sobre el lavatorio de los pies, la tarde del Jueves santo, Luisa observa: No puede existir nada que me impida humillarme, teniendo el ejemplo de Nuestro Señor” (Escritos 715). Tenía interés en hacerse honrar por sus Apóstoles, pero acepta abajarse hasta “lavar los pies de sus Apóstoles” (Escritos 715).

María, la madre de Jesús

La Encarnación del Hijo de Dios es real. El Verbo se hace carne en la Virgen María. Con mucha devoción y reconocimiento, Luisa de Marillac contempla la elección, hecha por Dios, de María, la sencilla mujer de Nazaret. “Dios la destinó a la dignidad de Madre de su Hijo” (Escritos 730).

Por experiencia personal, Luisa de Marillac conoce la alegría de dar la vida a un niño, y darle lo más íntimo de ella misma, su sangre. Querría expresar toda la felicitad que la invade: He ahí por consiguiente el tiempo del cumplimiento de vuestra promesa. Seas bendito por siempre oh mi Dios, por la elección que has hecho de la Santa Virgen… te has servido de la sangre de la Santa Virgen para formar un cuerpo a vuestro querido Hijo.” (Escritos 792).

Toda la gloria de María proviene de su maternidad divina. Luisa proclama que María es “la obra maestra de todo el poder de Dios en la naturaleza puramente humana” (Escritos 819). Honrar a María por la elección que Dios ha hecho de ella ¿no es glorificar al mismo Dios? Él ha amado tanto a los hombres que ha querido estar presente en medio de ellos recibiendo su humanidad de María.

La humanidad santa de Cristo

En 1652 Luisa de Marillac escribe a las Hermanas de Richelieu y les recuerda la importancia de contemplar la vida del Hijo de Dios durante su estancia entre los hombres. Ahí descubrirán ellas la verdadera Caridad: “La dulzura, la cordialidad y el apoyo deben ser el ejercicio de las Hijas de la Caridad, como la humildad, la sencillez y el amor de la humanidad santa de Jesucristo es la caridad perfecta, es su espíritu. Ahí está, mis queridas Hermanas, lo que he pensado deciros como un resumen de nuestros reglamentos.” (Escritos 405).

En su larga carta de agosto de 1655 a las lejanas Hermanas de Polonia, Luisa insiste también en la importancia de contemplar la vida humana de Cristo. “Honraréis a Jesucristo por la práctica de de las virtudes que su santa humanidad nos ha enseñado él mismo” (Escritos 470)

Las últimas cartas de Luisa retoman este mismo tema, así a Geneviève Doinel en 1659 con ocasión de la Navidad: “Me invitáis a acercarme al nacimiento para encontraros al lado del niño Jesús y su santa Madre… De él, mis  queridas Hermanas, aprenderéis los medios para practicar las sólidas virtudes que su santa humanidad practica desde su venida. De su infancia obtendréis todo lo que necesitáis para ser verdaderas cristianas y perfectas Hijas de la Caridad.” (Escritos 661).

La insistencia de Luisa sobre la contemplación de la humanidad de Jesucristo muestra cuánto deseaba que la vida de toda Hija de la Caridad fuese un reflejo del rostro de Cristo, de su infinita bondad, de su amor inconmensurable. Cristo es verdaderamente la regla de la Hija de la Caridad, lo mismo que lo es para toda la Familia Vicenciana.

Jesús el redentor

Luisa de Marillac, que tiene una buena formación teológica, reconoce que “la Encarnación del Hijo de Dios es, según su designio desde toda la eternidad, para la redención del género humano” (Escritos 818). La ruptura entre Dios y el hombre provocada por el pecado no puede permanecer para siempre. Al enviar su Hijo a la tierra, Dios desea renovar la Alianza, y permite al hombre encontrar lo que dará sentido a su existencia. La redención, subraya Luisa de Marillac, es una nueva creación, una re-creación, algo que no puede hacerse más que al final de un largo proceso de transformación, de muerte y de resurrección de vida.

La humanidad sufriente aparece en Luisa de Marillac como una prolongación de la humanidad sufriente de Cristo. El servicio de amor de todo vicenciano es una continuación de la Redención, permitiendo a todo pobre, humillado y desposeído, revivir, resucitar, volver a ser un hombre viviente, liberado de su mal, de su pecado, un hombre libre. Esta reflexión sorprendente coincide con aquella de Pablo que se atreve a decir: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. I, 24).

La Pasión del Hijo de Dios es un acto de amor tan profundo que Luisa va a inscribirlo en el sello de la Compañía de las Hijas de la Caridad “La caridad de Jesús Crucificado nos apremia”. Para Luisa, este amor debe animar e inflamar el corazón de toda Hija de la Caridad para los servicios de todos los necesitados. En la fórmula que utiliza para terminar sus cartas, Luisa menciona frecuentemente este amor inaudito manifestado por Jesús en la Cruz. “Soy, en el amor de Jesús crucificado, vuestra humilde sierva”. Luisa desea, para ella y para las personas a las que ella escribe, estar llenas del mismo amor que ha movido a Cristo a morir en la Cruz. Se apropia así las palabras de San Juan en su primera Carta: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Él, Jesús, ha dado su vida par nosotros, nosotros debemos dar también la vida por nuestros hermanos.” (I Jn. 4, 10,16).

La Eucaristía

La Encarnación no se limita al tiempo de la vida de Cristo. Jesús, cuando se acerca su Hora, encuentra el medio de prolongarla, de actuar de tal manera que esté siempre con nosotros. Luisa de Marillac se maravilla ante esta invención extraordinaria de la Eucaristía. “El Hijo de Dios no se ha contentado con tomar un cuerpo humano y habitar en medio de los hombres, sino que queriendo una unión inseparable de la naturaleza divina con la naturaleza humana, ha hecho después de la Encarnación el invento admirable del Santísimo Sacramento del Altar, en el que habita continuamente la plenitud de la Divinidad en la segunda persona de la Santísima Trinidad.” (Escritos 776)

Le parece que Dios quiere decir y repetir al hombre toda la profundidad de su Amor. La Encarnación manifiesta ya este profundo deseo de unión, la Eucaristía lo realiza de una manera todavía más grande. Luisa de Marillac no se detiene sobre el aspecto “memorial y sacrificio” de la Eucaristía, sino que habla ampliamente de la comunión, “esta acción tan admirable e incomprensible al sentido humano”  (Escritos 811).

Recibir el cuerpo de Cristo, es, dice Luisa de Marillac, hacerse partícipes de esta Vida de Dios. Cristo se entrega en alimento para que el hombre desarrolle en él una energía nueva y realice su tarea en el mundo. A imitación de Cristo, el cristiano está llamado a hacer un don de todo su ser si quiere llevar vida y amor a su prójimo. La recepción de la comunión aporta una fuerza excepcional porque da “capacidad de vivir en Jesucristo, teniéndole vivo en nosotros” (Escritos 812).

Respondiendo a este don de Dios, Luisa desea para ella y para las personas que acompaña en su camino espiritual “una suave y amorosa unión con Dios” (Escritos 811). ¿Es ciertamente posible para un ser humano tener tal unión con su Dios? El tiempo de acción de gracias que sigue la comunión va a permitir repetir a Dios toda su alegría, todo su agradecimiento, porque viniendo Cristo a nosotros ¡nos hace semejantes a El! Alegrémonos “al admirar este maravilloso invento y esta amorosa unión por la que Dios mirándose en nosotros, nos hace totalmente sus semejantes por la comunicación, no solamente de su gracia, sino de sí mismo” (Escritos 811). Luisa no sabe cómo agradecer a su Señor y a su Dios haber querido permanecer de este modo sobre la tierra para que todos los hombres puedan ofrecerle toda la gloria que su Humanidad Santa recibe ya en el cielo.

Conclusión

Luisa tiene una percepción muy fuerte y totalmente interior del Amor divino. Como los autores bíblicos, Luisa reconoce que “Dios es un fuego devorador” (Heb. 12, 26). En lo cotidiano de su vida, las Hermanas y todos los que comparten el carisma vicenciano, están invitados a permitir que este fuego divino invada su ser, a acoger la plenitud del amor que el Espíritu derrama en su corazón. En esta relación encontrarán fuerza, energía, creatividad para cumplir su servicio de amor al lado de los que sufren la pobreza bajo todas esas formas antiguas y nuevas.

Luisa reconoce que ir en pos de Cristo, servirle en sus miembros sufrientes, es amar con un “amor poco común” (Escritos 817), es decir, un amor fuerte, sólido, que no se deja intimidar ante la menor dificultad. Este amor fuerte se traduce, concretamente y cada día, por la atención a cada uno, la dulzura, la bondad hacia todos. Cuanto más crece el Amor de Dios, más se tendrá conciencia de la dignidad de cada uno, de su libertad, del respeto que le es debido. Así es como Cristo ha manifestado su amor.

Preguntas para la reflexión personal y en grupo

¿Qué aspectos del Jesús presentado por Luisa de Marillac resuenan en tu corazón?

¿Cómo profundizamos juntos el carisma vicenciano para que pueda impregnarnos y orientar nuestro servicio?

Power Point:

Realizado por Sor María Vicenta Díaz, Hija de la Caridad, de la Provincia de Madrid-Santa Luisa.

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