…Por claustro las calles de la ciudad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Alberto Vernaschi · Traductor: Rafael Sainz. · Año publicación original: 2004 · Fuente: CEME.
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hijas_caridadLa parte III del Libro II del Código de Derecho Canónico de 1983, que lleva el título «De los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica», contiene afirmaciones y distinciones fundamentales importantes. Vale la pena recordar algunas.

Se afirma que los consejos evangélicos son un don divino hecho a la Iglesia (c. 575) y que en ella son muchos los institutos de vida consagrada que tienen dones diferentes según la gracia propia de cada uno (c. 577). La Iglesia entiende que la vida consagrada pertenece a su vida y santidad (c. 574, § 1), y que esa vida consagrada, une a la Iglesia y a su ministerio de manera especial, a los que la profesan (c. 573, § 2), que contribuyen a la edificación de la misma Iglesia (c. 573, § 1). Consiguientemente a la Iglesia corresponde «interpretar lo consejos evangélicos, regular con leyes su práctica y determinar mediante la aprobación canónica las formas estables de vivirlos, así como también cuidar por su parte de que los institutos crezcan y florezcan según el espíritu de los fundadores y las sanas tradiciones» (c. 576). Tiene la Iglesia mucho interés en que se observen con fidelidad la voluntad e intenciones de los fundadores, corroboradas por la autoridad eclesiástica competente, acerca de la naturaleza, fin, espíritu, carácter de cada instituto, y sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del instituto (c. 578). De donde la necesidad de que todos los institutos tengan un código fundamental que determine tales elementos (c. 587). En función de esto, sobre todo, se reconoce a cada uno de los institutos una justa autonomía, especialmente en el gobierno (c. 586).

La distinción fundamental, que determina las dos distintas secciones de la parte III está entre «institutos de vida consagrada» (c. 573) y «sociedades de vida apostólica» (c. 731). Los institutos de vida consagrada (= IVC), a su vez, comprenden a los «institutos religiosos» (cfr. sus características en el c. 607) y los «institutos seculares» (cc. 710 ss.).

Queriendo poner de relieve las peculiaridades de las Sociedades de vida apostólica (= SVA), el Código dice que accedunt a los IVC: en la más reciente edición italiana del Código encontramos traducido ese verbo por «junto a… están» (se juntan, se añaden) (traducción mucho mejor que la de «se asemejan», como decía la traducción precedente). El hecho de que a las SVA se le apliquen bastantes cánones que se refieren a los IVC es una cuestión de técnica jurídica y de eficacia práctica, y no indica voluntad o tendencia a «religiosizar» a las SVA, como con alguna frecuencia ha acaecido en el pasado. Los elementos esenciales de las SVA son: el fin apostólico, la vida fraterna en comunidad según un estilo propio, y la tendencia a la perfección de la caridad mediante la observancia de las constituciones (c. 731§1). Estos elementos esenciales merecerían una atenta consideración. Nos limitaremos a unos cuantos puntos relevantes.

El fin apostólico es la razón de ser de las SVA y el motivo por el que la Iglesia las ha aprobado. Han nacido para realizar un fin apostólico, para responder a precisas exigencias pastorales; su presencia en la Iglesia se justifica por tal fin. Éste, por su parte, determina y especifica todo el resto: desde las actividades de la formación inicial y continua, a la práctica de los consejos evangélicos y al estilo de vida.

Otro elemento importante de las SVA es la vida fraterna en comunidad, tan importante, que en el Código de 1917 estas Sociedades eran llamadas simplemente «sociedades de vida común». La vida fraterna en comunidad empero, aun siendo como tal un valor, no es fin en sí misma sino que está en función del fin apostólico que hay que realizar.

La aspiración a la perfección de la caridad es propia de todo cristiano: en la perfección de la caridad, de hecho, consiste la santidad. La observancia, no puramente formal, de las constituciones constituye un medio eficaz de santidad.

La profesión de los consejos evangélicos no es un elemento esencial de la SVA, mientras lo es para los IVC. Ello se ve claramente en el c. 731, § 2, donde se dice que entre las SVA «hay algunas cuyos miembros abrazan los consejos evangélicos mediante un vínculo determinado por las constituciones». Queda, de todas las maneras claro que, aun en el caso de que tales vínculos sean los votos (como acaece para los Sacerdotes de la Misión y para las Hijas de la Caridad), serían siempre votos no religiosos. Es cuanto consta, aunque con alguna diversa acentuación, en la Exhortación Apostólica Vita Consecrata del 25 de marzo de 1996. En ella Juan Pablo II habla de «las sociedades de vida apostólica o de vida común… las cuales buscan con estilo propio, un específico fin apostólico o misionero» y después de haber recordado que en algunas de ellas se asumen expresamente los consejos evangélicos, añade: «Sin embargo, incluso en ese caso, la peculiaridad de su consagración las distingue de los Institutos religiosos y de los Institutos seculares. Se debe salvaguardar y promover la peculiaridad de esta forma de vida…». Se usa la expresión de «peculiaridad de su consagración». ¿Quiere decirse que también los miembros de las Sociedades de vida apostólica son consagrados? Creo que convenga distinguir: sí, en el sentido de personas que han hecho una «elección que se expresa en el radicalismo del don de sí mismas por amor al Señor Jesús y, en Él, a cada miembro de la familia humana»; no, si se habla de la consagración mediante la profesión de los consejos evangélicos.

1. Las Hijas de la Caridad son una «Sociedad de vida apostólica»

En el Código de Derecho Canónico de 1917 la Compañía de las Hijas de la Caridad era considerada una «sociedad de vida común». Hoy es reconocida y configurada como «Sociedad de vida apostólica». Las Constituciones precisan: «La Compañía de las Hijas de la Caridad es una sociedad de vida apostólica en comunidad, que asume los consejos evangélicos mediante un vínculo definido por las Constituciones». Los elementos esenciales de las SVA arriba indicados encuentran en las Constituciones sus determinaciones.

Se vuelve a llamar la atención sobre el fin. Digo que se vuelve a llamar la atención, porque desde los orígenes ha estado siempre muy claro y nunca se ha puesto en cuestión el fin, aunque con formulaciones diferentes: «… honrar a Jesucristo, su Señor, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los Pobres…»; «… honrar a Nuestro Señor Jesucristo como el manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los Pobres…»; en las Constituciones de 1954 se distinguía entre el fin general de la Compañía (procurar la gloria de Dios y la santificación de sus miembros) y el fin especial (servicio de los pobres), las Constituciones actuales se expresan así: «Las Hijas de la Caridad, fieles a su bautismo y en respuesta a un llamamiento divino, se consagran por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los Pobres, sus hermanos, con espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad» y hablan de la unidad dinámica de la vida de las Hijas de la Caridad citando la sintética expresión de san Vicente: «Vosotras sois pobres Hijas de la Caridad dadas a Dios totalmente para el servicio de los Pobres». Formulaciones con diversos acentos o matices, según la sensibilidad de los tiempos y de las personas, pero sustancialmente idénticas.

El elemento del fin está constantemente presente en las Constituciones. Miguel Pérez Flores afirma que el fin es «como el hilo que da color a todo el tejido». Justamente el mismo autor observa que, » dada la presencia del fin de la Compañía en todo el tejido normativo, la cosa más importante es el criterio operativo que lo acompaña y que nunca se debe olvidar, a saber: «Las Hijas de la Caridad… se esfuerzan por beber en sus fuentes las inspiraciones e intuiciones de los Fundadores para responder, con fidelidad y disponibilidad siempre renovadas, a las necesidades de su tiempo»(C.1. 3). Esta Constitución es un claro llamamiento a la renovación vista como creatividad, adaptación, inculturación. La fidelidad y la disponibilidad deben responder a las exigencias del Evangelio, de los signos de los tiempos, de las llamadas de la Iglesia, teniendo siempre presente el servicio de los Pobres».

Se habla de la vida fraterna en comunidad. En la C.1.6 se dice: «Los Fundadores vieron en la vida fraterna uno de los apoyos esenciales de la vocación de las Hijas de la Caridad. Esa vida común y fraterna se desarrolla en la comunidad local…». Dios ha «llamado y reunido» a las Hijas de la Caridad. Nadie puede dudar de que san Vicente quiso dar a todas sus instituciones una forma comunitaria. Por lo que se refiere a las Hijas de la Caridad es conocida la insistencia de los Fundadores respecto a la comunión fraterna. La vida de comunión fraterna tiene, sin duda, un valor en sí y por sí: como expresión de la comunión de la vida de la Trinidad, como reconciliación, como fuerza evangelizadora’. Pero la vida de comunión fraterna está orientada al servicio. Y hay que decir que de la calidad de la vida fraterna depende la calidad del servicio de los pobres.

Se alude también a la tendencia a la perfección de la caridad mediante la observancia de las Constituciones. Las Constituciones (san Vicente hablaba de Reglas) expresan el proyecto de Dios para la Compañía, son una aplicación del Evangelio para sus miembros, trazan para ellos un específico camino de perfección.

Las distinciones y las clasificaciones son inevitables y útiles, sobre todo a nivel jurídico. Pero constituyen también un peligro, especialmente cuando, como en el caso de la vida de la Iglesia, se trata de clasificar fenómenos espirituales difíciles de captar y medir. Se puede terminar nivelando, achatando, macerando las libres expresiones del Espíritu.

En este sentido, ¿era exacto, después del Código de 1917, definir a las Hijas de la Caridad como «sociedad de vida común»? ¿Es exacto decir hoy que son una «sociedad de vida apostólica»? Los Fundadores ¿se encontrarían en esta configuración? Son preguntas legítimas. Es sabido: los vestidos ya confeccionados nunca les caen bien a ciertas personas. Pero en todo caso, es necesario ponerse un vestido…

2. Las Hijas de la Caridad son «seculares»

– «Jóvenes que van y vienen como seculares…»

En textos inequívocos de san Vicente y de santa Luisa se afirma que las Hijas de la Caridad no son religiosas, sino seculares. Escribiendo al E Santiago de la Fosse, el 7 de febrero de 1660, Vicente precisa que las Hijas de la Caridad no son religiosas, sino «hermanas que van y vienen como seglares; son personas de las parroquias». Una expresión semejante «mujeres que van y vienen continuamente para asistir a los pobres enfermos» se repite en la carta que el santo escribe en enero de 1658 a la Hermana Sirviente de Saint-Fargeau.

Los términos usados por el Santo corresponden prácticamente a los que encontramos en la descripción que Luisa hace de su experiencia mística de Pentecostés de 1623: «Se me advirtió… que llegaría un tiempo en que estaría en condiciones de hacer voto de pobreza, de castidad y de obediencia, y que estaría en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que sería esto en un lugar dedicado a servir al prójimo; pero no podía comprender cómo podría ser, porque debía haber (movimiento) de idas y venidas»».

Este movimiento, este ir y venir, no es sino la consecuencia de la identidad profunda de las Hijas de la Caridad, las cuales, en el pensamiento de los Fundadores, han sido elegidas por Dios «para ser las apóstoles de la caridad» ; «la verdadera Hija de la Caridad pertenece a Dios para el servicio de los pobres». Ello exige que puedan ir y venir en todo momento, para servir a los pobres, a todos los pobres, en cualquier situación, en todas las partes: «… Una Hija de la Caridad está siempre en medio del mundo. Tenéis una vocación que os obliga a asistir indiferentemente a toda clase de personas, hombres, mujeres, niños y en general a todos los pobres que os necesiten…». De ello se deduce que las Hijas de la Caridad deben permanecer fuera de las estructuras de la vida religiosa, tal como han venido conformándose, estas estructuras, a lo largo de los siglos, retomando ellas, las Hijas de la Caridad, el modelo de vida consagrada de los primeros siglos de la Iglesia: «No siempre se hizo así, ya que al principio las religiosas no estaban encerradas; iban, lo mismo que vosotras, por todas partes…».

El texto fundamental, o Carta Magna, para las Hijas de la Caridad es el que figura en el Reglamento particular de las Hermanas de las Parroquias donde se expresan bien las características de todas las Hijas de la Caridad. Es un texto rico, sugerente, lleno de aliento carismático. Precisamente por tal motivo ha pasado sucesivamente a las Reglas comunes de la Compañía y hoy figura en las Constituciones. Traigo aquí el texto del art. 2 de las Reglas de las Hermanas de las Parroquias, tal como lo leyó y comentó san Vicente en la conferencia del 24 de agosto de 1659:

«Considerarán que no pertenecen a una religión, ya que ese estado no va bien con las ocupaciones de su vocación. Sin embargo, como están más expuestas a las ocasiones de pecado que las religiosas obligadas a la clausura, no teniendo más monasterio que las casas de los enfermos y aquella en que reside la superiora, ni más celda que un cuarto de alquiler, ni más capilla que la iglesia parroquial, ni más claustro que las calles de la ciudad, ni más encierro que la obediencia, no teniendo que ir más que a casa de los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio, ni más rejas que el temor de Dios, ni más velo que la santa modestia, y como no han hecho ninguna otra profesión para asegurar su vocación más que una confianza continua en la divina Providencia por la ofrenda que le han hecho de todo cuanto ellas son y por el servicio que le prestan en la persona de los pobres, por todas estas razones tienen que tener tanta o más virtud que si hubieran profesado en una orden religiosa. Por eso procurarán portarse en todos esos lugares al menos con tanto recato, recogimiento y edificación, como las verdaderas religiosas en su convento…».

– «No podrían ser Hijas de la Caridad, si fueran religiosas»

Si los Fundadores quieren a las Hijas de la Caridad como seculares, no es por desprecio a la vida religiosa. Al contrario, tenían una profunda estima de la vida religiosa, como aparece en todo su comportamiento. Pero cuando hablan a las Hijas de la Caridad o de lo que éstas son ponen de relieve la incompatibilidad de ser al mismo tiempo Hijas de la Caridad y religiosas. Las expresiones son netísimas, drásticas, a veces hasta amenazadoras. Baste algún ejemplo.

«Está además el señor obispo de Nantes. Él dice que sois religiosas, porque le han dicho que hacéis votos. Si os habla de esto, respondedle que no sois religiosas… En efecto, no puede decirse que las Hijas de la Caridad sean religiosas, ya que si lo fueran, no podrían ser Hijas de la Caridad, pues para ser religiosa hay que vivir en el claustro. Las Hijas de la Caridad no podrán jamás ser religiosas ¡maldición al que hable de hacerlas religiosas!». Todavía: «… Si os llevan a ver al obispo de esa diócesis, le pediréis su bendición… Si os pregunta qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, y que no se trata de que no estiméis mucho a las religiosas, sino que si lo fueseis, tendríais que estar encerradas y que, por consiguiente, tendríais que decir: ‘Adiós al servicio de los pobres’. Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad que os habéis entregado a Dios para el servicio de los pobres, y que se os permite dejarlo y también se os puede despedir. Si os pregunta además: ¿Hacéis votos religiosos?, decidle: ‘No, señor, nos entregamos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras por un año’. «…Si se presentase entre vosotras algún espíritu enredador, idólatra, que dijese: `Habría que ser religiosas; eso sería mucho mejor’, entonces, hermanas mías, la Compaña estaría para la extremaunción. Temed, hermanas mías, y si todavía estáis con vida impedidlo; llorad, gemid, decídselo al superior. Pues quien dice religiosa dice enclaustrada y las Hijas de la Caridad tienen que ir por todas partes».
Santa Luisa dice que «es necesario hacer comprender a las jóvenes que piden ser recibidas en la Compañía de las Hijas de la Caridad, que no se trata de una religión ni de un hospital del que no se mueve una; sino que hay que ir continuamente en busca de los pobres enfermos a diferentes lugares y haga el tiempo que haga y a horas fijas».

Con particular insistencia defiende la Santa el uso del término «Cofradía». En agosto de 1655 escribe a san Vicente: «me tomo la libertad… de decirle una vez más que la mayoría de nuestras Hermanas sentirán repugnancia por la palabra Cofradía sin más; es muy de desear que la Compañía no cambie nunca su primitiva forma para que el servicio a los pobres se haga siempre de la misma manera; el ejemplo de los que empezaron siendo Cofradía no sería satisfactorio porque se habría acabado en religión».

San Vicente tuvo en cuenta las precisiones de santa Luisa. En la conferencia del 8 de agosto de 1655 (la carta de la Santa es del día anterior) se expresa así: «Hermanas mías, se ha creído oportuno que continuaseis con el nombre de sociedad o de cofradía, y así lo ha ordenado el mismo señor arzobispo, por miedo a que, si se os diese el nombre de congregación, os quisieran, quizás, en el futuro cambiar la Casa en claustro y haceros religiosas, como ha pasado con las Hijas de Santa María… No consintáis nunca en ningún cambio de ninguna clase; huid de él como de un veneno y decid que ese nombre de cofradía o de sociedad se os ha dado para que permanezcáis en el primer espíritu que Dios ha dado a vuestra congregación desde su cuna…».

En enero de 1659 Luisa vuelve sobre el tema: «Algunos espíritus puntillosos de la Compañía sienten repugnancia por esa palabra Cofradía y no querrían más que Sociedad o Comunidad. Yo me he tomado la libertad de decir que dicha palabra nos es esencial porque podía servir de mucho para mantenernos con firmeza sin innovar nada, y que para nosotras significa secularidad; y ya que la Providencia ha querido se añadiera Sociedad y Compañía, esto nos enseñaba que debemos vivir como regulares observando las reglas que hemos recibido al ser erigida nuestra Cofradía, tal como se nos ha explicado».

Para proteger la identidad de las Hijas de la Caridad los Fundadores evitan cuidadosamente respecto a ellas todo lo que es propio de la vida religiosa: votos, hábito, terminología, usos, como rejas en el locutorio, cambio del nombre del bautismo, etc.; insisten, además, en que las Hijas de la Caridad no frecuenten a los religiosos por miedo de que asimilen su espíritu. Las palabras de san Vicente son tajantes: «No penséis en la grandeza de las religiosas; estimadlas mucho y no busquéis excesivamente su trato; no porque ese trato no sea bueno y muy excelente, sino porque la comunicación de su espíritu particular no es propio para vosotras. Y esto es verdad tanto de los religiosos como de las religiosas. No tenéis que dirigiros jamás ni a los unos ni a las otras en vuestras necesidades, ya que tenéis que tener mucho miedo de tomar parte en otro espíritu diferente del que Dios ha dado a vuestra Compañía…».

– «… un grado de perfección para las monjas,… dos para las Hijas de la Caridad»

Aun siendo seculares, libres de tantas estructuras, las Hijas de la Caridad tienen reglas precisas y exigentes que observar. Los Fundadores hablan en diversas ocasiones de la necesidad de la fidelidad en su observancia. Más aún, insisten en que tengan una perfección todavía más grande que la de los religiosos y religiosas. La recomendación está motivada por la consideración tanto de la grandeza de la vocación de las Hijas de la Caridad, como de los peligros a los que su misión las expone, dado que están siempre en el mundo sin la protección de la clausura.

San Vicente no duda en decir: «… no conozco ninguna Compañía religiosa más útil a la Iglesia que las Hijas de la Caridad…»; «hablaba uno de estos días con un gran siervo de Dios sobre vosotras, hijas mías, y me dijo que no veía nada tan útil en la Iglesia, y me lo expresó con mucha admiración»; «… nadie duda de que esta obra sea buena en sí misma, ya que es de tal categoría que no hay nada más grande en toda la Iglesia de Dios; yo no veo ninguna otra más excelsa para las jóvenes». Su vocación, de hecho, que continúa la misión de Cristo, es muy útil, es un testimonio eficaz del amor de Dios, un verdadero martirio.

Por lo tanto, religiosas no, pero más perfectas que las religiosas. Los textos son inequívocos: «Me preguntaréis quizás si las Hijas de la Caridad están obligadas a tener tanta virtud como las religiosas. O aseguro, hijas mías, que tenéis más necesidad que ellas… no hay religiosas a las que Dios les pida tanto como a vosotras, que habéis sido llamadas a unas cosas a las que no ha sido llamada una religiosa, ni de la manera como vosotras lo habéis sido. Por esta razón Dios quiere de vosotras mayor perfección que de ellas… Cuanto más les pide Dios a unas personas, tanta mayor perfección tie-nen que tener para hacer lo que la Providencia les ordena». «Aunque no estéis encerradas, es menester, sin embargo, que seáis tan virtuosas y más que las Hijas de Santa María. ¿Y por qué? … No hay nadie que se mueva entre el mundo como las Hijas de la Caridad y que encuentre tantas ocasiones como vosotras. Por eso es muy importante que seáis más virtuosas que las religiosas. Y si hay un grado de perfección para las personas que viven en religión, se necesitan dos para las Hijas de la Caridad…».

– Una secularidad siempre afirmada y defendida

La afirmación de que las Hijas de la Caridad no son religiosas, sino seculares, es parte de la constante tradición de la Compañía. La secularidad de la Compañía ha sido siempre proclamada y defendida a nivel constitucional, aunque de formas diversas.

Los Superiores Generales de la Congregación de la Misión la han reafirmado y defendido muchas veces. Así el P Jolly en 1680: «El espíritu, el fin, así como el modo de vivir de esta comunidad se diferencian mucho de los de las religiosas, que hacen principalmente profesión de imitar la vida interior de María, mientras que las Hijas de la Caridad tienden igualmente a la perfección en la práctica de las dos vidas: de Marta y María». También el P François Verdier el 29 de junio de 1918: «Vosotras no sois religiosas. Si alguna vez y por analogía se os da este nombre, es un modo impropio de hablar, que no tiene nada de canónico, y contra el cual está bien reaccionar… Vosotras sois y debéis seguir sien do las ‘Hijas de parroquia’ de las que tan bien habla san Vicente…».

Asimismo las varias ediciones de los Monita ad Confessarios Puellarum Caritatis repiten que las Hijas de la Caridad no son monjas, no son religiosas, no son religiosas propiamente dichas.

El P. Fiat en 1913 trabajó con empeño para que no se aplicara a las Hijas de la Caridad el decreto Cum de Sacramentalibus de la Sagrada Congregación de Religiosos: «Permítaseme decir aquí que el Decreto emanado para las monjas y para las religiosas no obliga a las Hijas de la Caridad, que no son ni monjas ni religiosas, sino un instituto secular aparte, como la misma Santa Sede lo ha reconocido y declarado».

Particularmente precisos y elocuentes son algunos puntos de los contenidos en la exposición presentada al Papa en 1882: «… El Santo Fundador quiso al dicho Instituto absolutamente laical, asignándole por claustro los hospitales, las cárceles, las habitaciones de los pobres abandonados, por velo la modestia, por oficio la Caridad, por confesor el párroco o un sacerdote no regular aprobado por el Obispo diocesano.

En consecuencia, ni noviciado formal, ni examen canónico de las postulantes, ni delegación de confesores ordinarios y extraordinarios, ni recitación prescripta de algún Oficio, ni siquiera el de la Bienaventurada Virgen María, y tampoco votos manifestados públicamente y aceptados en nombre de la Iglesia. Y si generalmente después de un periodo de algunos años pasados en la Compañía emiten votos anuales, estos votos son de carácter meramente privado, sin otros testigos que Dios y la propia conciencia: a lo más como los votos que cualquier persona piadosa decidiera hacer al propio Director para su mayor provecho. De esta manera y por mucho tiempo han vivido y viven todavía con conocimiento de los Ordinarios, y también de Roma, bajo los ojos de la Santa Sede, sin que nunca se haya pensado aplicar a esta Compañía aquellas leyes canónicas, que tan constantemente la Sagrada Congregación de los Obispos y Regulares procura dar para los Institutos modernos. Y el solo hecho de que sus Estatutos nunca hayan sido sometidos a la aprobación de la Santa Sede, demuestra que han sido siempre consideradas como meramente seculares (y también el hábito que llevan, en su origen era el vestido de las campesinas de los alrededores de París); están unidas para ejercer las obras de Caridad cristiana para con los pobres, sin otro vínculo que la mutua Caridad y la común dependencia del Superior General de la Misión». Estas expresiones son tan claras que, cuando la Sagrada Congregación de los Obispos y Regulares recibió de la S. C. de Propaganda Fide la petición de que se le informara sobre la naturaleza de la Sociedad de las Hijas de la Caridad, la S. C. de los Obispos y Regulares no hizo otra cosa que transcribir el texto arriba mencionado, añadiendo: «El carácter de esta asociación ha sido y ha permanecido siempre por consentimiento de los Sumos Pontífices, completamente laical o secular y consiguientemente no son aplicables a ella las disposiciones relativas a otros Piadosos Institutos….».

3. ¿Vale la pena insistir todavía?

Ateniéndonos a los documentos, sea de la Iglesia o de la Compañía, queda bien asentado que las Hijas de la Caridad son una sociedad de vida apostólica y secular. Se han dado notables pasos en la profundización de uno y otro aspecto. Estoy plenamente de acuerdo con E Quintano, cuando afirma que lo que tiene que preocupar a las Hijas de la Caridad, probablemente, «no es la aclaración doctrinal, sino el modo de expresar hoy la secularidad con un estilo de vida consecuente». Y prosigue: «Las situaciones de la Compañía en el mundo son muy diversas. Hay Provincias en las que la cultura dominante puede empujar a las Hermanas hacia el secularismo, en otras, por el contrario, hacia el conventualismo. Con una recta comprensión del significado de la secularidad de la Compañía, se podría concluir: ni conventualismo, ni mundanización. Se trataría más bien de flexibilidad y libertad al servicio del fin de la Compañía, sin disminuir las exigencias evangélicas y vicencianas.

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