Pobreza de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1979 · Fuente: Segundo encuentro de animadores espirituales de las Hijas de la Caridad, Salamanca, Octubre-Noviembre de 1979, propiciado por el Secretario de la Comisión Mixta Española.
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Me propongo exponer los criterios inspiradores de la po­breza de las Hijas de la Caridad.1

1. Contenido espiritual de la pobreza vicenciana

1. Consideraciones previas

San Vicente se encuentra con una teología de la pobreza y, muy especialmente, con una teología y una práctica del llamado consejo evangélico de pobreza, sus variantes y sus problemas concretos.

Ni entonces, como tampoco hoy, la teología sobre la pobreza había conseguido marcar con claridad el campo y límites de la misma. El esquema tomístico de las virtudes no señala a la pobreza un lugar definido. Los bienes materiales —objeto material de la pobreza— entran dentro del campo de otras muchas virtudes. El mismo objeto formal, la libertad espiritual ante los bienes temporales, entra en juego al configurar otras virtudes, v. g.: la templanza en cuanto modera el deseo de dichos bienes, la abstinencia, la sobriedad, la modestia. La pobreza se relaciona también con la liberali­dad, virtud que dispone al recto uso, evitando el despilfarro y la avaricia. Se emparenta con la justicia y con la fortaleza capacitando al hombre para que soporte las privaciones na­turales y no sea víctima de la angustia, tristeza e inseguri­dad. Todo esto lo insinúo porque, leyendo a san Vicente, nos damos cuenta de que tampoco él se mantiene dentro de un campo bien definido. Al hablar de la pobreza, habla de la sobriedad, de la moderación, del desprendimiento, de la ayuda al pobre, de la conformidad y alegría en las privacio­nes; invade el campo de las virtudes teologales haciendo re­ferencia a la Providencia, al agradecimiento y confianza a Dios y en Dios, sin temer que falle porque falten los bienes materiales.

Al hablar de la pobreza preferimos hoy referirnos a ella como una actitud, un talante que informa toda una existen­cia y marca el comportamiento de una persona o comuni­dad en relación con los bienes materiales, o mejor, con rela­ción a todos los bienes personales o comunitarios, espiritua­les o materiales.

El padre Chenu ha visto a la pobreza como un dinamis­mo espiritual, creador de una nostalgia sobre algo que nun­ca se alcanzará plenamente.

Creo que la pobreza vicenciana hay que verla también en esta perspectiva, desde el talante vicenciano, para quien los fines que pretende en su acción caritativa y apostólica, las circunstancias de las personas, de la Comunidad, la misma historia de la pobreza practicada en otras comunidades, son criterios para resolver muchos casos concretos e iluminar situaciones.

San Vicente se siente libre ante los bienes materiales. Desde esta libertad los busca a veces, los aprecia y se mues­tra agradecido a quien se los ofrece y, otras veces, se alegra de la privación, prescinde de ellos, no se fía porque no son un valor absoluto, pero tampoco los desprecia, porque tienen su valor. Busca tener lo suficiente, le irrita el abuso pensan­do en el que tiene menos.

II. Lo que san Vicente entiende por pobreza

Dos veces, por lo menos, san Vicente aborda directa­mente esta cuestión. En la conferencia del 13 de agosto de 1655 responde:

«Es una renuncia absoluta y voluntaria a todos los bie­nes de la tierra por amor a Dios, para mejor servirle y para conseguir la propia salvación». En la explicación insiste en lo de renuncia, desprendimiento, abandono y abnegación.

El Santo distinguirá entre pobreza interior y exterior. La interior es la del corazón, la que mata el apego, la prin­cipal, la que Dios pide. Si no se da la pobreza interior uno se queda con lo principal, con lo mejor, es decir, con el corazón.

En la conferencia del 14 de noviembre de 1659 respon­de distinguiendo: Hay una pobreza que se refiere a los bienes materiales: «El que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo. Oh, hermanos, exclama: ¿Llevaremos la cualidad de discípulos del Señor si no renunciamos a todo, sí, a todo?

La otra pobreza va más allá, porque es renunciar a uno mismo, a la propia opinión, a la propia voluntad, a los de­seos e inclinaciones…».

Si comparamos lo que nos dice san Vicente con lo que podemos leer lo que entonces estaba escrito, veremos que san Vicente repite lo mismo. No basta con recordar lo que escribió santo Tomás: la pobreza es «Abjectio temporalium rerum, quae fit spiritu, id est, propia voluntate, per instinc­tum S. Sancti». Existe otra pobreza, la interna, que, según el mismo santo Tomás, se define como: «exinanitio inflati spi­ritus, superbi spiritus».

No nos podemos fiar totalmente de estas explicaciones, porque al fin, san Vicente seleccionará y acentuará algunos aspectos y dejará en la penumbra a otros. Como siempre, san Vicente no se ata a unos conceptos preestablecidos.

El ejemplo de Cristo.

Tampoco la pobreza de Xto. es posible definirla. Va des­de el despojo total hasta el hecho de tener bolsa y dejarse servir por mujeres buenas. Los seguidores de Xto. pobre han ido desde un radicalismo apenas humanamente posible, hasta el uso moderado, pero confortable, de los bienes temporales. Hoy, hay quien defiende poder ser pobre evangélicamente aceptando gozoso todo lo que la sociedad supertecnificada nos ofrece, con tal de que todo se oriente a un servicio me­jor del prójimo. No es cuestión de concretar ahora las posi­bles formas de pobreza, pero creo que sí interesa señalar cuáles son los valores fundamentales de la pobreza evan­gélica.

  1. La pobreza de Jesús es un elemento importante en la proclamación del reino, en la comunicación de su mensaje.
  2. Es una pobreza de contenido religioso.
  3. Se muestra libre ante los bienes temporales.
  4. Lleva una vida sencilla.
  5. En ciertos momentos llega a grados extremos.
  6. Acepta el trabajo manual.
  7. Predica el desapego, el peligro de las riquezas.
  8. Confía en la Providencia.
  9. Hace partícipe a los otros de lo que El tiene.

A partir de ahí empiezan las interpretaciones: san Pablo, la primera comunidad cristiana, los fundadores.

El consejo evangélico de pobreza

Es una concretización de la pobreza evangélica, una mo­dalidad. Los seguidores de Xto. pobre se han visto sacudi­dos por la tensión de un desapego interior, sin paliativos, y la relatividad de la renuncia exterior.

La pobreza monástica exige la desapropiación personal, la Comunidad estricta de bienes, la liberación de preocupa-

ciones materiales para centrarse en la contemplación y servi­cio de Dios. No renuncia a la propiedad colectiva que da seguridad.

La pobreza de los mendicantes propugna una desapro­piación personal y colectiva para acentuar el valor del tes­timonio, mostrando el amor a los pobres participando de lleno en la pobreza y sus consecuencias.

Los institutos apostólicos darán preponderancia al fin apostólico y, según las exigencias del mismo, harán una selección de los valores de la pobreza. Esta se hará funcio­nal, evitando no hacer desaparecer el sentido propio de la pobreza tanto interior como exterior.

Creo que a san Vicente hay que verle en esta misma perspectiva.

2. Las opciones vicencianas

¿Cuáles son estas opciones?

Creo que la pobreza vicenciana se caracteriza:

— Por la renuncia afectiva de los bienes.

Esta afirmación tiene importancia porque se ha insisti­do, quizás con matices de exclusividad, en el recto uso de los bienes, lo cual es verdad, pero no toda la verdad de la pobreza vicenciana. Decir que la pobreza vicenciana no lleva consigo privación voluntaria y, por tanto, carencia de bie­nes, no me parece exacto, san Vicente nos habla de renuncia voluntaria, buscada, aceptada. Es decir, pobreza efectiva, tanto por decisión de las personas como por decisión de la Comunidad o sus órganos representativos.

Inmediatamente se presentará la cuestión de su exten­sión: ¿De qué debemos prescindir? No es cuestión siempre fácil el dar una respuesta. No ha sido fácil en la historia del consejo evangélico de pobreza. De ahí las respuestas tan diferentes que se han dado.

La privación o carencia no es un valor absoluto. Su valor relativo queda a merced de otros valores como es la Caridad, el apostolado, las exigencias de un estado de convivencia, e incluso el ambiente socio-económico, eclesial, etc.

Confieso que esta característica no está formulada con gran explicitación. Pero se deduce como consecuencia de otras características de la pobreza vicenciana y de otras exigencias, y es necesaria para que la pobreza vicenciana se presente como verdadera. La lectura de las R.C. y de las Reglas de las Hijas de la Caridad y de sus Constituciones actuales permiten afirmar lo que he dicho. Es interesante conocer lo que la M. Guillemin escribe en su circular del 2 de febrero de 1965 sobre la pobreza: «Las prescripciones de nuestras reglas sitúan nuestra pobreza en el plano del renunciamiento. Y quizá convenga insistir en ello en una época en la que no gozan de mucho favor el renunciamien­to y la mortificación» y añade: «Pero nuestra pobreza no consiste en la miseria, sino en la moderación». Antes, en otro pasaje, había afirmado: «En nuestros días, en los que tanto se insiste en la pobreza de espíritu, se corre el riesgo de ol­vidar, a veces, un poco la pobreza efectiva».

3. La pobreza vicenciana es principalmente afectiva

Casi me contento con el enunciado. Sin duda alguna, es la característica que san Vicente puso más de relieve. No podía ser de otra manera. Es lo fundamental de la po­breza evangélica, la que da valor a la pobreza efectiva, la que evitará que la pobreza de bienes sea, si no causa, al menos ocasión, de malestar, desequilibrio, frustraciones y compensaciones ilícitas y relajantes.

De nuevo se planteará la cuestión de los límites entre la pobreza afectiva seria y la efectiva. En el plano de lo perso­nal es cuestión de un discernimiento, teniendo en cuenta las exigencias vocacionales. En el plano comunitario, el proble­ma, creo, es más difícil. De hecho las normas han procurado establecer los mínimos. Estos mínimos no pueden, de ningu­na manera, ser criterios decisivos para la pobreza afectiva personal exigida como respuestas a gracias particulares. Es más, las exigencias personales debieran poner en tela de juicio, exigiendo una revisión, los cauces tradicionales de la pobreza comunitaria.

4. La pobreza vicenciana está en función de la misión

Esta característica es muy repetida y puesta de relieve. Parece lógica consecuencia de la naturaleza y fin de las comunidades vicencianas, de la naturaleza y fin de la en­trega personal.

Existen formulaciones bastante claras, v. g. el número 18 del c. 2 de las R.C. El número 14 de las Constituciones de las Hijas de la Caridad.

Existen experiencias vicencianas y de los vicencianistas v. g.: que san Vicente no se desposó con la pobreza, sino con los pobres.

Yo no dudo de este principio de la funcionalidad de la pobreza vicenciana. El principio de la funcionalidad parece invadirlo todo entre nosotros. Es claro, en este sentido, lo que el breve prólogo de la 2.a parte de las Constituciones de las Hijas de la Caridad establece: Todo está en función del servicio: la oración, la consagración, la vida fraterna.

Pero creo que este principio tampoco se debe extralimi­tar. La pobreza, aunque esté en función del fin, no es sólo un medio. Tiene valor en sí misma. Valor que debe orien­tarse al fin, para no evaporarlo ni diluirlo. Sería destruir la pobreza. Creo que esta cuestión puede tener importancia cuando se trata de los medios de apostolado y las exigencias de la pobreza, entre la pobreza efectiva y las exigencias de la vida comunitaria, la formación, etc.

El dilema pobreza-servicio se ha planteado en casi todas las comunidades apostólicas e instituciones seculares. Las respuestas han sido muy diferentes, pero el pensamiento de Pablo VI es claro: «La pobreza no se puede desvirtuar por razones de la eficacia en el apostolado».

No se trata de que la pobreza vicenciana sea preferente­mente testimonial, solamente quiero plantear una cuestión en busca de un equilibrio entre el servicio y la pobreza. Busco cierta lucidez para no preferir los valores de la po­breza vicenciana por la superficial interpretación de unos principios o slogan.

Otra cuestión muy importante es si la funcionalidad de la pobreza vicenciana lleva consigo el que sea plural en las formas y en el estilo de vivirse dentro de una misma insti­tución vicenciana.

Parece claro que el servicio, la misión, impone diversidad en las formas de pobreza y el estilo de vida. Entonces, ¿hay que aceptar las desigualdades dentro de un mismo Instituto, provincia, ciudad y hasta dentro de la misma comunidad local?

Prescindiendo de la igualdad absoluta por utópica e in­humana, parece cierto que la desigualdad en el ámbito de la Congregación también es posible por las circunstancias tan diversas en lo económico y en lo social, y en los ministerios que existen.

Si nos reducimos al ámbito de una nación tampoco pa­rece claro que se pueda alcanzar esa igualdad.

Volvemos a las mismas razones: la diversidad de las obras, el trabajo tan diferentemente remunerado. También estas razones pueden existir en el ámbito de la misma pro­vincia y ciudad.

Dentro de los límites de la comunidad local es más in­explicable. Para clarificar el problema es necesario distinguir entre la pobreza y su incidencia en el apostolado y la pobre­za que afecta al estilo de vida. En el primer aspecto, entra de lleno el principio de la funcionalidad de la pobreza y las desigualdades que se sigan. Hay que aceptarlas. No así en lo que se refiere al estilo de vida. Las diferencias en este cam­po hay que considerarlas como un mal y, por tanto, inadmi­sibles. Son escandalosas y causa de divisiones e injusticias.

Otra cuestión es cómo resolverlas. Un medio, aunque no pueda considerarse como definitivo es el respeto a los derechos que tiene cada Hermana. El otro medio, es el sen­tido de pobreza que pide no crear desigualdades por ningún motivo. En la Compañía ha sido constante la llamada a des­truir las desigualdades.

El Estatuto 14, p. 52, aunque se refiere a los bienes personales, va en este sentido.

5. La pobreza vicenciana es comunitaria

Dos aspectos muy distintos, pero ambos muy importan­tes, quiere detectar, dentro de esta característica de la po­breza vicenciana.

  • La comunidad de bienes.
  • La pobreza personal y comunitaria necesaria para la pervivencia de la Compañía.

Comunidad de bienes

Tres clases de bienes se han distinguido en la Compañía: Los bienes de la Comunidad en cuanto tal, los bienes perso­nales que la configuración de la pobreza en ambas la Com­pañía respeta, y los bienes que la Compañía puede adminis­trar y que tradicionalmente se llaman bienes de los pobres.

Me refiero solamente a los bienes que son de la Comu­nidad. El origen de estos bienes puede ser muy diferente: legados, frutos de una buena administración, ahorro, etc. Pero me interesa recalcar la otra fuente, la principal: el tra­bajo de las Hermanas, o mejor, lo que les viene por ser hija de la Caridad, excepto lo que proceda como donación fami­liar. En general, de ambas comunidades se puede afirmar lo mismo: lo que proviene del trabajo y con ocasión del trabajo pasa a ser de la Comunidad. Lo que proviene por razón de la persona —intuitu personae— pasa a ser propiedad de la Hermana. La casuística que ofrecen los intuitus no tienen so­lución fácil. La única solución legal que existe es no acep­tarlos sin previo permiso. De sobra sabemos que vida de pobreza y legitimación de los actos por el permiso no coin­ciden necesariamente. Existe el problema de las pensiones por situaciones o trabajos realizados por las Hermanas antes de entrar en la Comunidad. Son propiedad de las Hermanas, entrando a formar parte de su «capital».

Sin embargo, según dice el Padre Jamet en las orienta­ciones dadas a los Directores provinciales en 1968, este prin­cipio debe ser matizado según los casos, sobre todo cuando se refieren a las pensiones de ancianidad, aunque sean fruto de su trabajo realizado antes de entrar en la Comunidad.

Aquí el problema es doble:

  • No está claro, al menos en algunos casos, si son bie­nes propios de la Hermana o de la Comunidad.
  • El uso de estos bienes. En todo caso es cierto, en teoría, la necesidad de usarlos con una orientación clara: «Obras pías» y con el permiso debido de quien corresponde darlo.

Para mí, la cuestión no es tanto de normas, aun conce­diendo que éstas llegaran a iluminar todas las situaciones. El problema, creo que grave, es cómo se va desmoronando lo que es básico: la comunidad de bienes y el sentido de su uso.

No creo exagerar si afirmo que es uno de los problemas más graves que algunas Hermanas, no sé en qué proporción, tienen planteados a la Comunidad. Los abusos, aunque no muy extendidos, son alarmantes. Las consecuencias son de­plorables a nivel de la persona, de la comunidad local y de la pobreza en general, por una falta clarísima de testimonio y de justicia.

La pobreza es necesaria para la pervivencia de la Comunidad

Es una idea que san Vicente repite con frecuencia y en tono patético. Creo conveniente una relectura de todos los pasajes en los cuales san Vicente expone esta idea, desde nuestra situación actual. Creo necesario concienciar a las Hermanas de este pensamiento de san Vicente, de su actuali­dad, de su necesidad, de su exigencia, dado el contexto so­cial-eclesial e interno en el que vivimos.

Aun suponiendo que la pervivencia jurídica de la Cari­dad pueda arrastrarse todavía por siglos —el padre Hosti dice que una comunidad puede vivir agónica durante más de un siglo— lo que interesa es su pervivencia carismática, su eficacia apostólica, su vida espiritual, y ésta, a nivel de comunidades locales, y aun provinciales, fácilmente se mata y se destruye.

El texto de san Vicente, recordado por la M. Guillemin, es suficiente para poner de relieve este problema del que todas las Hermanas deben tomar conciencia, no obstante las dificultades que por una u otra causa están actuando en contra: «¿Cómo no temblar pensando que es cuestión de vida o muerte de la Compañía, puesto que Nuestro Bienaven­turado Padre dice: Si guardáis esta regla y amáis la pobreza, Dios bendecirá la Compañía; mas si no la observáis os ase­guro que es muy difícil, por no decir imposible, que perdure?».

Ciertamente, la llamada va dirigida a todas: Hermanas particulares, Hermanas sirvientes, administración provincial y general.

6. La pobreza vicenciana exige vivir del propio trabajo sin ser carga para los pobres

De esta característica quiero resaltar:

  • El trabajo como entrega de lo que uno es y tiene. La entrega personal, sin reservas, al servicio del pobre.
  • El trabajo debe ser remunerado de alguna manera para que no sirva de carga a quien se sirve.
  • La remuneración económica no debe ser determi­nante, como norma general, del servicio que se pue­de y debe prestar al pobre.

Prescindo de las cuestiones que la naturaleza del trabajo puedan plantear. Me fijo solamente en el aspecto remune­rativo.

San Vicente y la Compañía, de hecho, han aceptado las diversas formas de remuneración existentes en la sociedad y en la Iglesia: legados, fundaciones pías, limosnas, salarios, acumulación del capital de la Comunidad, explotación de posesiones trabajadas por miembros de la Comunidad o por asalariados. En general, ha prevalecido el convenio económico entre los administradores de los centros y la Comuni­dad. También han existido, y existen aún, las cuotas que gozan los servidos v. g., en algunos colegios.

La cuestión que no veo clara es la siguiente: ¿Se puede decir que con este sistema económico se vive del trabajo y se presta un servicio gratuitamente? ¿Conviene mantenerse en la línea tradicional, es decir, en lo seguido hasta ahora, o hay que dar un nuevo rumbo en la organización eco­nómica?

  • Creo que en general las Hermanas viven del trabajo.
  • Estoy cierto que muchísimos trabajos de las Herma­nas están insuficientemente remunerados. Hay signos de gratuidad objetivos.
  • No niego que esta gratuidad sea a veces hacer «el caldo» a instituciones civiles.
  • De lo que no estoy tan seguro es del testimonio y evidencia global de vivir del trabajo y de la gratuidad del mismo.
  • Estoy seguro de esta preocupación, que espero se llegue a realizaciones conformes a la pobreza y que se hagan transparentes a los de dentro y, ¡ojalá! tam­bién a los de fuera.

7. La pobreza vicenciana exige el uso moderado de los bienes

El pensamiento y las orientaciones de san Vicente y de los Superiores son clarísimas y abundantes. Es suficiente conocer lo que nos dice sobre la vivienda, ajuar, vestidos, comidas, etc. La razón es siempre la cercanía al pobre.

Lo que sucede es que no es fácil encontrar criterios para entender lo que es el uso moderado de los bienes ante el acoso de la sociedad de consumo, del nivel de vida a que toda la sociedad aspira, a las exigencias del grupo que vive en comunidad, ante las nuevas necesidades que parecen ra­zonables, ante la abundancia de dinero que a veces se tiene, ante la facilidad con que nos regalan familiares, amistades, organismos, etc., ante las exigencias de las relaciones con colaboradores, amistades, familia, etc.

La doctrina es clara, la práctica exigida muy difícil. Basta leer el Estatuto 3 de la p. 32: «Llevarán una vida sencilla, con gran confianza en la Providencia, y se conten­tan con los gastos necesarios para sus actividades apostólicas y su vida de siervas. Optan por habitaciones de estilo mo­desto».

¿Cómo conseguirlo? No se me ocurre otra cosa que lo que a renglón seguido dicen las Constituciones. «Con el de­seo de compartir su vida con los pobres, se esfuerzan por convertirse todos los días a la pobreza evangélica, tal y como la vivieron los Fundadores, ya que sólo la práctica, personal y comunitaria, de esa pobreza podrá dar testimonio autén­tico». Esta Constitución se complementa con el Estatuto 14, p. 51 imponiendo la revisión periódica del uso de los bienes y del tenor de vida.

8. La pobreza vicenciana exige la dependencia o permiso de los Superiores para el uso de los bienes, de la Comu­nidad o personales

La necesidad del permiso es tan repetida como exigen­cia de la pobreza en san Vicente que, se puede afirmar, es una de sus características, tanto para usar los bienes de la Comunidad que tienen su destino, como para usar los bienes personales que también tienen el suyo.

Por otra parte, tenemos la advertencia del P.C. n. 13 en el que se nos dice no ser suficiente los permisos para ser consecuentes con las exigencias de la pobreza, sino que es preciso que los miembros sean pobres real y experimental­mente, teniendo sus tesoros en el cielo (Mt 6, 25).

Hoy se ha impuesto una reflexión sobre la dependencia, es decir, sobre los permisos en la pobreza. Se ha visto que una excesiva dependencia no está en conformidad con la confianza en las personas, con su dignidad, con la naturali­dad y agilidad que piden ciertas situaciones.

Por otra parte, se ha visto el sentido profundo que tiene el permiso si se le sitúa, no en una dimensión puramente ju­rídica, sino teológica, como mediación y seguridad de que nuestros deseos están en la líneas de nuestros compromisos y en consonancia con un proyecto de vida. No se trata de sancionar una decisión ya tomada, sino de adquirir mayor seguridad de que obramos bien. Es una ayuda a un quehacer de discernimiento. El instinto de propiedad, lo sabemos, está tan profundamente arraigado en la humana naturaleza que constituye —dice la M. Guillemin— una de las grandes tentaciones de la edad madura, y de la vejez, más aún que de la juventud.

Los pobres siempre dependen de la voluntad de otros. Dos aspectos podemos distinguir:

  • La institucionalización de los permisos, su regula­ción y normativa.
  • La recuperación de su valor espiritual a la luz de la exigencia de la pobreza y del oficio del Superior.

En cuanto al primer aspecto hay que darle una gran flexibilidad, es cambiante, y dependerá de las situaciones ge­nerales de las personas y de las comunidades.

Las Constituciones actuales recogen el valor de la de­pendencia en el n. 17, P. 3 (p. 31) y P. 4 (p. 32). En el Es­tatuto 14 (pp. 51-52) se determina, en general, cuándo se requiere permiso y cuándo no, v.g.: para hacer gastos nece­sarios para la conservación de los bienes personales y dispo­ner de ellos por testamento. En los demás casos, se requiere permiso bien del Superior General o Director, bien de la Hermana Sirviente para las cosas señaladas en los estatutos provinciales. El Estatuto 14 es en general y quizás no del to­do claro.

En cuanto al segundo aspecto, se debe mantener el valor espiritual del permiso.

  • Como opción que siempre se ofrece a la persona particular.
  • Como exigencia, cuando se requiere garantía de la pobreza en casos de cierta importancia para la per­sona y para la Comunidad.
  • Como medio, aunque no sea el mejor, que se da a los Superiores para cumplir con su responsabilidad en materia de pobreza.

Si el primer aspecto es competencia de las Hermanas, el segundo puede depender en parte de nosotros, si orienta­mos bien esta cuestión.

9. La pobreza vicenciana exige emplear los bienes propios en «obras pías»

La formulación para los misioneros se encuentra en el estatuto de la pobreza para la C.M. aprobado por Alejan­dro VII en 1659 (Alias nos supplicationibus).

El contenido ha pasado, como tantas otras cosas, a las Hermanas. En la instrucción o catecismo de votos de 1701, escrito por el Padre Hénin y aprobado por el Padre General Pierron, se recoge la disposición. Se ha venido repitiendo a través de los siglos y ha sido recogido por las últimas dis­posiciones legales v.g. Las Constituciones actuales, aunque sólo hace alusión a las rentas (17. p. 32).

El catecismo de votos, edición 1961 —creo que la últi­ma en francés— explica con detalle todo lo que se refiere a los bienes personales:

  • No se exige la renuncia de esos bienes. Se conserva la propiedad, el derecho a gastar sin permiso lo ne­cesario para su conservación.
  • Se conserva el derecho natural a las sucesiones y herencias.
  • Se puede disponer, sin permiso, de estos bienes, por testamento, aunque por prudencia se aconseja acudir a los Superiores: Superior General o al Director Ge­neral o provincial.
  • Pero se renuncia a usar estos bienes o sus intereses o rentas sin permiso, aun para las propias necesida­des, por razón de la uniformidad y espíritu de pobre­za o para no malgastar el propio patrimonio.
  • Se deben emplear en obras pías. Por éstas se entien­de necesidades de los pobres, familiares pobres, de la casa, de la Comunidad, obras de la Iglesia: culto, misiones, etc.

No se excluye cualquier obra social: Campaña del ham­bre, cáncer, etc. Se requiere permiso de los Superiores.

La doctrina es clara, pero creo que se debe tener en cuenta una interpretación práctica más estricta, y es que los bienes personales no se usan para satisfacer necesidades per­sonales y así la igualdad entre las Hermanas se consigue mejor. Con todo, la explicación literal no exige esta práctica más rigurosa.

En relación con los bienes personales tenemos la cuestión de la capitalización. Para los misioneros es taxativa en el Breve «Alias nos supplicationibus» antes citado. Para las Hermanas no lo he encontrado formulado sino indirectamen­te, en cuanto les obliga a emplear las rentas en obras pías y no hacer ni préstamos ni empréstitos sin permiso de la autoridad competente (Constituciones 1954, n. 51, b).

10. La pobreza vicenciana exige una recta y transparente administración de todos los bienes

Es una exigencia obvia. Pero creo que hay que insistir en lo que se refiere a los bienes llamados de los pobres. Entran en juego la justicia, la honradez, el buen nombre de la Comunidad, el sincero amor a los pobres.

Este dinero debe cumplir su destino siempre, bien porque el donante lo haya establecido concretamente, bien porque se lo haya dejado al arbitrio y conciencia de la Hermana o de la Comunidad.

La legislación actual (Estatuto 14, p. 51) establece:

  • Que pueden aceptarse y usar los donativos que les hacen para los pobres.
  • Contando con el parecer de la Hermana Sirviente.
  • Deben emplearse según la intención de los donantes.

La Constitución de 1954 decía que se podían aceptar sin permiso de los Superiores de la Compañía, pero las Hermanas particulares deben dar cuenta de ello a la Herma­na Sirviente y entregarle lo que les hayan dado.

La práctica actual está más conforme con lo que estable­cen las Constituciones de 1954, pero es necesario reconocer que, el derecho de retener tales bienes, el Estatuto actual no lo menciona. No sé si por imperfección de la redacción o por una intención especial, dadas las diversas situaciones en las que se encuentran las Hermanas, y que les permite exigir cierta autonomía.

III. Bibliografía

No se trata de un estudio sobre la bibliografía. Se trata de dar una bibliografía suficiente para ayudar a los que desean orientar sobre la pobreza vicenciana a las Hijas de la Caridad.

  • AGUILAR, L. y SALAZAR, A., La pobreza vicenciana como dinamismo apos­tólico entre los hombres de hoy: CLAPVI (Conferencia latinoamerica­na Padres Vicentinos), n. 14 (1978).
  • CASTAÑARES, R., Vida y escritos de santa Luisa de Marillac. t. I-III, Ma­drid, 1945. Véase el índice analítico en el t. III las citas sobre el término pobreza y afines.
  • Circulares MM. Generales, 1672-1914. Madrid, 1914. Se recogen todas las circulares de las Madres Generales sobre los votos a partir de 1672 hasta 1914.
  • Circulares PP. Generales: ETIENNE, BORE Y FIAT, Renovación de los votos, 2 tomos. Madrid, 1913. En estos dos tomos se recogen las circulares de dichos PP. Generales sobre los votos escritas con ocasión de la renovación anual.
  • Constituciones de las Hijas de la Caridad, 1954. Aprobadas por la S.C. de Religiosos en 1954, elevan a categoría de norma lo que hasta entonces había sido práctica de la pobreza en la Compañía. Imponen ciertos aspectos no tradicionales como es la dis­tinción entre el voto y la virtud de la pobreza.
  • Constituciones de las Hijas de la Caridad, 1968-1969. Son las elaboradas por la Asamblea General de 1968-1969, la primera asamblea con capacidad legislativa en la historia de la Compañía. Sin cambiar sustancialmente el contenido de la pobreza se ve reforza­da por la influencia ambiental y la del Vaticano II.
  • Constituciones de las Hijas de la Caridad, 1974. Es una reelaboración de las anteriores, pero desde una perspectiva más vicenciana. En los Estatutos se concretan los principios orientado­res de las Constituciones.
  • COPPO, A., L’evolution du voeu de pauvreté de la Mission jusqu’en 1659. Vincentiana, 16 (1973), pp. 257-272. La semejanza de los principios orientadores sobre la pobreza en am­bas comunidades vicencianas hace que sirva este trabajo para com­prender algunos aspectos de la pobreza de las Hijas de la Caridad.
  • CORERA, J., Las bases económicas de la comunidad vicenciana. Anales de la C.M. y de las Hijas de la Caridad de España, 4 (1977), p. 462.
  • COSTE, P., Conferencias a las Hijas de la Caridad, t. IX, 1/2 de las Obras completas de san Vicente de Paúl. Ediciones Sígueme, Sala­manca, 1972, 1975. Véase el índice analítico al final del t. IX, 2.
  • DECAMP, La pobreza evangélica según san Vicente. Eco de la C. 6 (1977), p. 283.
  • DE GRAAF, H., De votis quae emittuntur in Congregatione Missionis. Nimega, 1955. Aunque el estudio del P. De Graaf verse sobre los votos de la C.M., este trabajo puede ayudar a ilustrar ciertos aspectos de la pobreza de las Hijas de la Caridad.
  • DODIN, A., Conferencias a los misioneros. t. XI, 1/2 de las Obras com­pletas de san Vicente de Paúl. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1972. Véase el índice analítico al final de este t. XI, 2.
  • ESCOBAR, H. A., Los votos que se emiten en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Bogotá, 1962. Es una tesis sobre los votos de las Hijas de la Caridad, teniendo en cuenta las Constituciones de 1954. Resulta interesante por la historia de los votos que se recoge en la primera parte titulada: etapas de los votos hasta el estado actual.
  • FERNÁNDEZ, J., Extensión del voto de pobreza en la Congregación de la Misión. Madrid, 1940.
  • Este trabajo se refiere solamente al voto de los misioneros, pero dada su amplitud y las fuentes que usa, puede servir para esclarecer mu­chos problemas del voto de pobreza de las Hijas de la Caridad.
  • GUILLEMIN, S., Circulares sobre los votos. Madrid. Suplemento al Eco de la C. En este librito se recogen las circulares sobre los votos de la M. Gui­llermin escritas entre 1963-1968. En 1965 escribió sobre el voto de pobreza. Creo que es una buena síntesis de todo lo que la M. Guiller­min nos ha dejado sobre la pobreza de las Hijas de la Caridad.
  • HENIN, Instrucción o catecismo sobre los votos de las Hijas de la Caridad. El P. Henin, director general de las Hijas de la Caridad, escribió una pequeña Instrucción o catecismo sobre los votos, que fue aprobada por el P. Pierron, Superior General en 1701. Es una breve instrucción, un breve catecismo, con lo esencial que deben saber las Hermanas sobre los votos. Se han hecho muchas ediciones a través de los años completando la primera con nuevas ideas morales y jurídicas. Tiene un carácter preponderantemente moral y jurídico. Muchas generacio­nes de Hermanas se han formado aprendiendo este catecismo.
  • JAMET, J., Las Hijas de la Caridad en la Iglesia y en el mundo de hoy, tt. I-III. Madrid, s.f. Se recoge las enseñanzas del P. Jamet sobre la pobreza. Puede verse, t. I, pp. 127-163; t. II, pp. 245-272.
  • JAMET, J., Los santos votos hoy. Madrid, s.f. En este pequeño libro se recogen la mayor parte de lo que el P. Ja­met ha escrito sobre los votos en Eco de la C. Pueden verse las pp. 136-145 en donde se trata de la pobreza.
  • JAMET, J., Cristo y la pobreza. Eco de la C. 3 (1977), p. 109.
  • VERNASCHI, A., Una institución original: las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl. Anales españoles publicó la traducción de este trabajo del P. Vernas­chi. Se publicó en el año de 1978. Algunos puntos tratados por el P. Vernaschi son interesantes para conocer la pobreza de las Hijas de la Caridad.
  1. Mi exposición solamente tiene un propósito: Dar los puntos más fundamentales y propios, según mi parecer, sobre la pobreza de las Hijas de la Caridad.

    No es un estudio exhaustivo, es sólo orientador para los que quieren saber, cuando hablan a las Hijas de la Caridad, cuáles son los aspectos de su pobreza dentro de una teología general de la misma. Resalto aque­llos valores que creo más propios, teniendo en cuenta la doctrina vicen­ciana y la práctica seguida en la Compañía.

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