No sabemos a ciencia cierta si San Vicente anduvo por tierras africanas, hecho un esclavo de tantos. Lo que no se puede negar es el conocimiento que tenía de la piratería mediterránea y de los males que afligían a los pobres esclavos. Túnez y Argel flotaban en su mente como una gran pesadilla. Comenzó su estrategia abriendo en 1643 una casa en Marsella, con 4 misioneros. Esta ciudad, donde atendían a los esclavos cristianos, sería el trampolín para pasar a Túnez y Argel. A tal efecto, se hizo con los consulados de estas dos ciudades. Y no paró hasta enviar allá a sus mejores Misioneros; lo fueron entre otros, los hermanos Juan y Felipe Le Vacher. San Vicente sabía muy bien a donde enviaba a sus compañeros. Así, en una carta escrita al P. Felipe Le Vacher y al Hermano Barreau, les dice: «Humíllense mucho y prepárense a sufrir por parte de los turcos»1.
La valentía de San Vicente, y no menos la de sus misioneros, contrastaban con una buena dosis de prudencia. Sus vidas corrían peligro a diario y era menester protegerlas para no privar a los esclavos de su benéfico servicio pastoral. En una carta al P. Felipe le dice:
«… Parece ser que ha emprendido usted demasiadas cosas al principio, como querer celebrar una misión en los baños,2 intentar poner allí su residencia e introducir en esas pobres gentes nuevas prácticas de religión. Muchas veces se estropean las buenas obras por querer ir muy deprisa».3
Felipe Le Vacher, ostentaba el cargo de Vicario Apostólico de la Santa Sede y, en algunos momentos, el de Cónsul de Francia. Ello le permitía gozar de una cierta libertad de movimiento, pudiendo así ayudar más fácilmente a los miles de cristianos que frecuentaban los baños. El estado de los esclavos era deprimente. El P. Juan Le Vacher, escribía a San Vicente en estos términos:
«Entre los esclavos de este lugar, además de los de los baños, me he encontrado con cuarenta cerrados en un establo tan pequeño y tan estrecho que apenas podían moverse. Todos estaban encadenados de dos en dos y continuamente encerrados, si bien tenían que moler el trigo cada día en una cantidad superior a sus fuerzas».4
San Vicente tenía una gran confianza en el P. Felipe; de él hizo grandes elogios ante sus compañeros, por su gran celo y dedicación a los cristianos, llegando a pasar noches enteras para confesar en su capilla y en los baños. Ese celo misionero explica su valentía en el momento del martirio de Pedro Borguny, fruto de su empeño pastoral y humano.
Pedro Borguny era uno de esos esclavos cristianos que recaló en Argel. Había nacido en Palma de Mallorca el 16 de mayo de 1628. Su adolescencia y juventud estuvieron marcadas por cierta rebeldía y ansias de libertad. Se sentía impulsado a defender a sus amigos a costa de su propia vida, incurriendo en actos delictivos (intento de asesinato), por los que fue desterrado de Palma. Hecho a la mar, para hacer negocio, fue apresado por los turcos y llevado a Argel. Allí pasó por cinco amos, a cual más cruel.
Siguiendo con sus ímpetus juveniles, tuvo un altercado con otro esclavo hiriéndole con unas tenazas. El castigo inmediato era pasar a Constantinopla, donde se esfumaban todas las certezas de ser rescatado por su padre.
Pidió ayuda al Bajá,5 el cual le prometió protección si renunciaba al cristianismo y abrazaba la religión de Mahoma. El joven no dudó. Pronunció la fórmula de apostasía y ostentó los símbolos externos de musulmán: birrete, chilaba, espada y pantuflas. No tardó en darse cuenta de su pecado y entró en una crisis que le golpeaba noche y día. El encuentro con sus amigos de Mallorca, esclavos como él, se convertía en una confesión continua, pediendo perdón a Dios y a ellos, y deseando poder reparar su pecado. Yo cual San Pedro, -decía- he negado a mi Señor. Por fuera parezco musulmán, pero en mi interior, soy cristiano y quiero morir en la fe en que fui educado por mis padres».6
Pronto tuvo ocasión de confesar públicamente que era cristiano, que siempre lo había sido y que deseaba reparar su pecado. Esto le valió la condena a morir quemado en la hoguera. Hecho que se consumó el 30 de Agosto de 1654.
Felipe Le Vacher, venciendo los miedos fue al lugar del martirio y, a 20 pasos del joven, le absolvió de su apostasía y de todos sus pecados. Pedro, moría confortado mientras rezaba el Credo. Su fortaleza y amor a Jesucristo impactaron al P. Le Vacher y a cuantos cristianos presenciaban el martirio. El cuerpo del mártir fue recogido con sigilo y enterrado en la casa del Misionero, que custodió hasta llevarlo a París el 30 de agosto de 1657, entregándoselo San Vicente.
El relato de Felipe Le Vacher y sus cartas anteriores a su regreso a París en 1657, causan en San Vicente una fuerte impresión. No duda en llamar Mártir al joven mallorquín, haciendo un elogioso panegírico ante sus compañeros.7 Se sentía impulsado a propagar la feliz noticia; y así escribía el relato al P. Ozenne, en Polonia, el día 19 de marzo de 1655, encargándole, a su vez, que lo comunicara también a la reina, a la sazón Luisa María de Gonzaga.8
Felipe Le Vacher, en su carta a los Cardenales, remitiéndole el relato, junto a un dibujo descriptivo del martirio, obra de un esclavo francés, Bonuallot, les dice:
«Desearía vivamente que mi cuadro estuviera pintado por manos más hábiles y revestido de más vivos colores, a fin de que Vuestras Eminencias pudieran acogerlo y contemplarlo con la más pura emoción. Dignaos recibirlo benévolamente, porque sólo pretendo llamar vuestra atención sobre lo que representa. Es una rosa, Eminentísimos Padres, si; esta pintura representa una rosa, muy grata a la vista y de suavísimo olor; una rosa no adornada con tintes fugitivos, si no empurpurada con sangre preciosa de mártir. Esta rosa, Dios quiso escogerla en el humilde jardín de mi Misión, de entre otras muchas flores tan distintas, para trasplantarla al cielo, vergel de la eterna felicidad. Digo que Dios ha escogido esta rosa entre tal cifra de ellas, porque son aquí numerosos los cristianos que, por gracia divina, florecen en medio de los bárbaros como las rosas en medio de las espinas, brillando con el fulgor de todas las virtudes e irradiando sobre los que los rodean con la influencia de sus buenos ejemplos y embalsamándolos con sus perfumes deliciosos».9
La mayor parte del cuerpo del mártir se encuentra en la Casa Misión de Palma de Mallorca. Celosos Misioneros le han custodiado desde 1750. Aquí esperan a que la Iglesia glorifique oficialmente su defensa de la fe cristiana. Un gran poeta mallorquín, D. Juan Muntaner y García, escribía un epitafio, de entre cuyos versos destaco los siguientes:
Si sus miembros se esparcen por el suelo,
para servir de pasto a crueles fieras,
de Vicente de Paúl un hijo amante
los recoge, y al Padre los presenta.
Por cien años París guardó el tesoro,
Mallorca con amor hoy los conserva.
….
En esta tumba yacen unos huesos
quemados por la fe, y el día esperan
en que, entres celestiales resplandores,
han de gozar por premio gloria eterna.
Pedro Borguny es, sin duda un fruto maduro de la obra misionera de los hijos de San Vicente en Argel. Quisiéramos, en este momento, en que celebramos los 350 años de su muerte, ofrecerle el gesto de iniciar, de una vez por todas, el proceso de Beatificación de este joven mallorquín, valiente confesor de la fe en Jesucristo.
- S. Vicente de Paúl. Conf. Obras completas, Tomo IV, Pág. 345. Ed., Sígueme. Salamanca 1976
- Especie de corrales, mazmorras, donde malvivían los esclavos cristianos.
- S. Vicente de Paúl. Obras completas, tomo IV, página 499. Ed. Sígueme. Salamanca 1976
- Idem, pág. 350.
- Máxima autoridad en Argel, representante del Gran Señor
- Felipe Le Vacher en la relación que envió a Roma en febrero de 1655 a Propaganda Fide.
- Vida de San Vicente de Luis Abelly, o.c. 1, II, cap. 7, art. 5, pág. 111 s
- S. Vicente de Paul. Obras Completas, tomo V, pág. 317. Ed. Sígueme. Salamanca 1977. Original en La Casa Misión de Cracovia.
- Archivos de Propaganda Fide, vol. 248, f. 140.







