Pastoral de la familia, un reto en un mundo de deterioro familiar

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Autor: Mons. Manuel Sánchez Monge · Año publicación original: 2006 · Fuente: XXXII Semana de Estudios Vicencianos (Salamanca).
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«El mensaje evangélico sobre la familia está hoy en el centro de una atención decisiva para la existencia cristiana y la nueva evangelización… Anunciar ese proyecto divino en su plenitud y autenticidad abre el camino a una verdadera promoción humana y cristiana» (JUAN PABLO II, 23.3.92).

«La pastoral familiar no puede limitarse a una actitud meramen­te protectora, debe ser previsora, audaz y positiva. Ha de discer­nir con sabiduría evangélica los retos que los cambios cultura­les plantean a la familia. Ha de denunciar las violaciones contra la justicia y la dignidad de la familia. Ha de acompañar a las familias en los sectores más pobres, rurales y urbanos, promo­viendo la solidaridad» (Documento de Santo Domingo, 222).

«Por eso, habéis hecho bien en tomar como punto prioritario de vuestro compromiso la atención a las familias, tanto a las que se están formando como a las ya formadas, que quizá atraviesan dificultades. La familia que, en el ámbito natural es la célula de la sociedad, en el sobrenatural es escuela fundamental de forma­ción cristiana. Con razón el Concilio Vaticano II la presentó como ‘iglesia doméstica’, afirmando que en ella «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de favorecer la vocación perso­nal de cada uno y, con cuidado especial, la vocación a la vida consagrada» (LG 11)» (BENEDICTO XVI, Discurso a los obispos de la República checa en ‘visita ad limina’, 18.11.2005).

Introducción

1. La familia, realidad humana y realidad de salvación

a.  Realidad humana

«La familia constituye, más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustitui­ble para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éti­cos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarro­llo y bienestar de sus miembros y de la sociedad; la familia es el lugar donde se encuentran diferentes generaciones y donde se ayudan mutuamente a crecer en sabiduría humana y a armonizar los derechos individuales con las demás exigencias de la vida social» (SANTA SEDE, Carta de los Derechos de la Familia, E, F).

La familia, aunque tenga su origen en el designio salvador de Dios, es una realidad humana que goza de propia autonomía. La Iglesia no la ha inventado ni puede acapararla. Hay, pues, un margen para las actuaciones sobre la familia por parte de la sociedad civil.

Ahora bien, si el camino de la Iglesia es el hombre (cfr. JUAN PABLO II, RH 14), entre los numerosos caminos por los que la Iglesia se acerca al hombre, el primero y el más importante es el camino de la familia (cfr. JUAN PABLO II, CF 2). Cuando nos dirigimos al hombre hemos de tener en cuenta el hábitat que lo configura, esto es, la familia, porque de lo contrario la semilla del Evangelio no puede echar raíces en él. La familia es la célula fun­damental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre nace y crece. Por tanto se ha de reservar a esta comunidad por parte de la sociedad y de la Iglesia una solicitud privilegiada.

b.  Realidad de salvación

La familia es una realidad humana que puede ser vivida ‘en el Señor’. Esta posibilidad se sustenta en que la Iglesia realiza su misión encarnada en las realidades temporales y una de ellas, no precisamente de importancia menor, es la familia. Ni la doctrina ni la acción pastoral de la Iglesia son abstractas ni se realizan en el vacío. La insistencia de la Iglesia en anunciar públicamente y convertir en socialmente eficaz su doctrina acerca del matrimo­nio y de la familia no es, pues, ninguna intromisión indebida en un ámbito que le es ajeno. El futuro de la sociedad y de la Igle­sia se juega en la familia. Benedicto XVI, conversando con los sacerdotes y diáconos de Roma, les decía:»Sin la confianza en Dios, sin la confianza en Cristo, que nos da también la capacidad de la fe y de la vida, la familia no puede sobrevivir. Lo vemos hoy. Sólo la fe en Cristo, sólo la participación en la fe de la Igle­sia salva a la familia; y, por otra parte, la Iglesia sólo puede vivir si se salva la familia. Yo ahora no tengo la receta de cómo se puede hacer esto. Pero creo que debemos tenerlo siempre presen­te. Por eso, tenemos que hacer todo lo que favorezca la familia: círculos familiares, catequesis familiares, enseñar la oración en familia. Esto es muy importante: donde se hace oración juntos, está presente el Señor, está presente la fuerza que puede romper incluso la ‘esclerocardía’, la dureza del corazón que, según el Señor, es el verdadero motivo del divorcio. Sólo la presencia del Señor, y nada más, nos ayuda a vivir realmente lo que desde el inicio el Creador quiso y el Redentor renovó. Enseñar la oración en familia y así invitar a la oración con la Iglesia1.

Dentro de la visión cristiana de la familia como realidad de salvación destacamos:

  • el sacramento del matrimonio como fundamento de la vida familiar: la familia cristiana queda constituida por él en revelación de la ternura y fidelidad del amor de Dios a los hombres. Más aún, no sólo lo revela, sino que lo hace pre­sente. Haciéndose un poco más felices cada día el uno al otro, los esposos vienen convocados a encontrar juntos en el amor de Dios la felicidad plena que ansían.
  • la familia como ‘Iglesia doméstica’: Como Iglesia en pe­queño la familia es comunidad de fe, de amor y santuario de vida. Y tiene las funciones de la Iglesia grande: profética, sacerdotal y regia.
  • la familia cristiana vive atravesada por la culpa y por la gra­cia. Las familias cristianas no son extraterrestres. Caminan hacia Dios en este mundo con alegría pero también con pro­blemas, fallos, fracasos… Lo que ocurre es que tratan de ver­lo todo con los ojos de Dios. Es El quien les da fortaleza para perdonar y para pedir perdón cuando resulta difícil, etc…

2. El deterioro de la familia en la sociedad actual

El cambio cultural que estamos viviendo afecta tan fuerte­mente a las familias que no sólo se habla de crisis de la familia, sino de deterioro e incluso de desintegración de la misma familia.

a. Identidad de la familia

Hoy nos encontramos con una dificultad añadida. Al hablar de familia hemos de clarificar de qué familia hablamos. Ni en el ámbito de la vida real, ni en el legislativo, ni en el institucional encontramos hoy con un concepto unívoco de familia. En la cul­tura actual la familia viene concebida de muy diversas y aun opuestas maneras. Por eso es necesario adelantar que nosotros entendemos por familia la unión estable de un hombre y de una mujer, fundada en el sacramento del matrimonio y abierta a la procreación. «La Iglesia sabe muy bien, proclama Benedicto XVI, que el mensaje cristiano refuerza e ilumina los principios básicos de toda convivencia, como el don sagrado de la vida, la dignidad de la persona junto con la igualdad e inviolabilidad de sus derechos, el valor irrenunciable del matrimonio y de la fami­lia que no se puede equiparar ni confundir con otras formas de uniones humanas»2.

En el momento actual, la cultura de indiferencia religiosa, de permisivismo moral, de consumismo, de hedonismo, de la irrele­vancia de Dios y de la Iglesia en la vida real de la gente…, están afectando seriamente a la familia. «Con demasiada frecuencia se desconoce que el matrimonio y la familia son un proyecto de Dios, que invita al hombre y a la mujer creados por amor a realizar su proyecto de amor en fidelidad hasta la muerte, debido al secula­rismo reinante, a la inmadurez psicológica y a causas socioeconó­micas y políticas, que llevan a quebrantar los valores morales y éticos de la misma familia» (Documento de Santo Domingo, 217).

b. Cambios socio-culturales

«La familia en los tiempos modernos, afirmaba Juan Pablo II al comienzo de la Familiaris consortio, ha sufrido quizá como ninguna otra institución la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura»3.

  • Factores económicos. Con la complejidad que les carac­teriza, configuran en gran parte la manera de vivir en fami­lia, determinan sus valores, organizan su funcionamiento e influyen en la definición del mismo proyecto familiar. En nuestras ciudades frecuentemente la vida familiar se ve reducida a unos escasos metros cuadrados que, por otra parte, suponen un desembolso económico que repercute negativamente en otras posibilidades familiares. Todo esto dentro del anonimato y la masificación que trae consigo la vida urbana. La familia ya no es una unidad económica autónoma, sino un elemento de un engranaje económico mucho más amplio. El horario laboral y las posibilidades de desplazamien­tos condicionan las relaciones familiares y sociales. El consumismo en el que viven sumergidas las familias es fruto principalmente de los mecanismos económicos y constituye hoy para muchos la medida del nivel de felicidad.
  • Reproducción. En nuestro contexto cultural ya no se reco­noce socialmente el matrimonio como el único lugar apropiado para la generación de los hijos. Ni, por otra parte, se estima el valor del hijo como regalo de Dios a la familia y a la sociedad. El cálculo premeditado a la hora de transmitir la vida desemboca en una drástica reducción de la natalidad que ha adquirido entre nosotros los nive­les más bajos del mundo. Añádase que no se dedica tiem­po a la educación de los hijos y que los ancianos no son atendidos generalmente en los hogares, sino en las resi­dencias de mayores.
  • Libertad individual frente al proyecto conjunto. Hoy pri­man los aspectos subjetivos y personales sobre los objeti­vos y jurídico-institucionales. El matrimonio y la familia los hacen, los deshacen y los rehacen quienes los viven. Las normas externas y las imposiciones éticas —se mani­fiesta como algo indiscutible— no pueden sostener la fami­lia al margen de los sentimientos de amor de las personas. La consolidación de la libertad individual lleva en la vida social a una tolerancia que deriva fácilmente en la indife­rencia respecto a la valoración ética de los comportamien­tos. No negamos la libertad individual, pero hemos de denunciar que se ha olvidado que la libertad personal tiene sus límites cuando se encuentra con las libertades de otras personas. En virtud de la afirmación exacerbada de la libertad del individuo en nuestra cultura, todo proyecto común es visto como un atentado contra esa libertad indi­vidual. Comentaba el Papa actual con los sacerdotes y diá­conos de Roma en la ocasión citada: «Los padres, como se ha dicho, en gran parte se desentienden de la formación de la familia. Y además, también las madres se ven obligadas a trabajar fuera de casa. La comunión entre ellos es muy frágil. Cada uno vive su mundo: son islas del pensamiento, del sentimiento, que no se unen. El gran problema de este tiempo —en el que cada uno, al querer tener la vida para sí mismo, la pierde porque se aísla y aísla al otro de sí— con­siste precisamente en recuperar la profunda comunión que, en definitiva, sólo puede venir de un fondo común a todas las almas, de la presencia divina que nos une a todos. Es necesario superar la soledad y también la incomprensión, porque también esta última depende del hecho de que el pensamiento hoy es fragmentado. Cada quien tiene su modo de pensar, de vivir y no hay una comunicación en una visión profunda de la vida».
  • Moral de situación frente a moral objetiva. No se admiten criterios objetivos de moralidad. El individuo es considera­do como la medida del vivir y de los comportamientos. Una cosa o un comportamiento es bueno o malo depen­diendo del uso que se haga de él. El subjetivismo y relati­vismo moral perjudican seriamente la concepción cristiana de la sexualidad, de la convivencia conyugal, de la procre­ación, de la fidelidad matrimonial, de la entrega ilimitada, de los valores en los que educar…
  • Cultura del fragmento frente a la visión global. La fe cris­tiana abarca toda la persona y aporta una visión global. El hombre de hoy no entiende el todo y se queda en el frag­mento, por tanto tiene dificultades para captar la visión cristiana de la familia.
  • Disfrute del presente frente a proyectos de futuro. Hoy se vive fundamentalmente el presente y con vistas a disfru­tarlo mientras que en nuestras familias han contado siem­pre mucho los proyectos de futuro compartidos.
  • Influjo negativo de los medios de comunicación social. Los medios de comunicación social poseen hoy una fuerza especial para configurar las ideas, los juicios de valor, los sentimientos y, en definitiva, los comportamientos de las personas y de los grupos. Pues bien, en la actualidad agre­den la intimidad de la vida familiar y ofrecen, sobre todo la televisión, la imagen de unas relaciones de pareja, espe­cialmente lesivas de la dignidad de la mujer. Presentan frecuentemente familias rotas o a punto de romperse, dominadas por el afán de poder, de disfrutar, con actitudes violentas, etc… No hay más que ver cualquier telenovela al uso.
  • Repercusión negativa de la legislación vigente. No preten­de precisamente favorecer la familia, sino que a veces la perjudica gravemente. La Conferencia Episcopal Española ha calificado de ‘injustas’ las leyes que reconocen el matri­monio de homosexuales, de reproducción asistida, de divorcio exprés… El origen de estas leyes se remonta a una concepción de la autoridad legislativa en virtud de la cual ésta no está para señalar lo bueno y lo malo, sino para reco­ger y transformar en normas de convivencia lo que piensa y desea la mayoría de la población.

Con todo no todo depende de factores externos a la familias. Internamente nuestras familias poseen una fe debilitada y care­cen de coraje para empeñarse en practicar desde el Evangelio un estilo de vida alternativo.

Por otra parte, no es bueno confundir realismo con pesimis­mo. Una visión fundamentalmente positiva de la familia actual es imprescindible como base de la pastoral familiar. Por encima de los influjos negativos que el cambio socio-cultural actual acarrea a las familias, Juan Pablo II valoraba más lo positivo de carácter personalista y social4. Ha cambiado notablemente el modo de vivir las relaciones en la misma pareja y entre padres e hijos. La promoción cultural y laboral de la mujer reclama una relación más igualitaria entre los esposos y la comunicación entre padres e hijos es más fluida y dialogante y menos autorita­ria. El mismo Juan Pablo II utilizaba términos económicos cuan­do hablaba de pastoral familiar a los obispos: «En toda diócesis —grande o pequeña, rica o pobre, con clero suficiente o no— el obispo actuará con sabiduría pastoral, hará una inversión alta­mente compensatoria, construirá a medio plazo su Iglesia parti­cular, en la medida en que otorgue el máximo apoyo a una pas­toral familiar efectiva»5. La pastoral familiar es el corazón de la evangelización, que pasa necesariamente a través de la familia, objeto y sujeto del anuncio del Evangelio6. El aprecio a la pastoral familiar se tiene que demostrar «concediéndole un lugar pri­vilegiado en el conjunto de la pastoral diocesana»7.

En consecuencia, más que caer en lamentaciones o en falsos victimismos, sintiéndonos como perseguidos por la sociedad actual, es preferible que los matrimonios cristianos comiencen por dar testimonio de lo que ha acontecido en su vida cuando se han abierto al mensaje de Jesús sobre la familia. En un segundo momento ellos mismos sentirán la necesidad de profundizar en las razones y los motivos que explican el bien que reporta tratar de vivir sinceramente el Evangelio de la familia.

I. Luces y sombras de la pastoral familiar, hoy

La pastoral familiar se ha desarrollado en España de un modo más que notable durante estos 30 últimos años8. Varios factores han contribuido a ello. Enumero algunos sin ánimo de ser exhaustivo y más bien por orden cronológico: el documento de los obispos españoles (1979) en la preparación del Sínodo de la Familia (1980), la creación de la Subcomisión de Familia y de la Vida en la CEAS, la Familiaris consortio de Juan Pablo II (1981), la Carta a las familias (1994), la Instrucción pastoral de la CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza de la socie­dad (2001), el Directorio de Pastoral Familiar (2003), la creación de Institutos sobre el matrimonio y la familia en Universi­dades como la Lateranense (que tiene una extensión en Valencia, etc..), las de Salamanca y Comillas, el V Encuentro mundial de las familias en Valencia y su preparación (2006), etc… Los segla­res cristianos han comenzado a implicarse en esta pastoral, espe­cialmente los pertenecientes a Movimientos Familiares…

Todo esto ha contribuido a aumentar la sensibilidad respecto a la necesidad de la pastoral familiar. Difícilmente encontraremos hoy un obispo, un sacerdote o un seglar que no se muestre conven­cido de que hay que prestar mayor atención pastoral a la familia. La falta de imaginación, carecer de medios adecuados, la indecisión a última hora, no contar con los agentes precisos… pueden contribuir, sin embargo, a paralizar la acción evangelizadora. De todos modos, también han surgido iniciativas muy interesantes.

La pastoral familiar presta cada vez mayor atención al cam­bio social que afecta a las familias y trata de discernir lo verda­deramente importante de lo accesorio y puramente coyuntural. El deber de asumir la realidad se tiene normalmente en cuenta. No se trata de reproducir sin más la familia tradicional ni se dan por buenos sin más los nuevos modos de convivencia que hoy se quieren llamar familia.

Nuestra pastoral familiar pretende ser evangelizadora: propone cada día mejor la Buena Noticia de Jesús sobre la familia, evitan­do moralismos y legalismos: «A veces —enseñaba Juan Pablo II—puede ser necesario recordar a vuestros colaboradores que la aten­ción pastoral a las familias no es cuestión de programas nuevos y, acaso, superficiales, sino que es el resultado de una catequesis inci­siva que conduce a los matrimonios y a sus hijos a una fe más pro­funda, a una participación más generosa en los sacramentos —sobre todo en la Penitencia y en la Santa Eucaristía— a una más fervoro­sa vida de oración y a un más generoso servicio mutuo»9.

Sin embargo no faltan deficiencias y aspectos negativos:

  • La pastoral de la familia no ha adquirido ni la prioridad ni la centralidad que los Papas y los obispos han pedido para ella en los últimos arios. En muchas diócesis y parroquias sigue siendo un ‘lujo’ al alcance de parroquias urbanas con posibilidades económicas y brilla por su ausencia en parro­quias rurales o en las de la periferia de la ciudad. Tampoco es todo lo previsora, audaz y positiva que debiera ser10.
  • Se echa de menos, en general, una evangelización integral de la familia. Se trata en muchos casos de acciones aisla­das y no articuladas, dirigidas a remediar situaciones limi­te o propias de una ‘pastoral de urgencia’ que no tiene en cuenta la prevención y la ayuda permanente. No se conec­tan esfuerzos ni se trabaja con visión de conjunto. Falta a veces proponer objetivos concretos, operativos y evalua­bles, marcar prioridades, coordinar… Es necesario un plan­teamiento nuevo de la pastoral familiar insertado plena­mente en la pastoral general y no concebido como un apéndice de la misma.
  • Esta pastoral todavía en muchas de nuestras parroquias no es propiamente familiar, sino prematrimonial, es decir, queda reducida a la preparación al matrimonio. Y sigue siendo excesivamente clerical. Salvo honrosas excepciones, no se valora suficientemente ni se les integra realmente dándoles su papel en la toma de decisiones a los matrimo­nios cristianos, que debieran ser los auténticos protagonis­tas en esta pastoral por razón del sacramento del matrimonio que han celebrado (cfr. JUAN PABLO II, CL 40). La familia no es sólo destinataria de la pastoral familiar, sino que tiene que llegar a ser protagonista de la misma. Cuan­do, como ‘Iglesia doméstica’, acoge el don de Dios que la renueva y vivifica, la anima y promociona, inmediatamen­te se siente llamada a desarrollar su misión evangelizadora hacia las demás familias.
  • Es preciso prestar mayor atención a las familias con pro­blemas de todo tipo. Desde las afectadas por la droga o el desempleo, separaciones, divorcios, situaciones canónica­mente irregulares… hasta las afectadas por lo que llama­mos violencia doméstica. Las familias experimentan a lo largo de su vida ‘crisis’ que conllevan peligros y riesgos, pero también abren horizontes nuevos y son potencial de futuro. En gran parte depende de la reacción ante ellas. Hoy las situaciones difíciles se han multiplicado. En esta pastoral llegamos casi exclusivamente a las familias de nuestro propio círculo, cercanas a nuestra manera de pen­sar y vivir. La preocupación por acercarnos a los ‘alejados’ no suele traducirse en la mayoría de los casos en acciones concretas. Hemos de acentuar las presencias de acogida, de solidaridad, de acompañamiento, de ayuda eficaz… respec­to a las familias con problemas, ayudando a asumirlos, no desde la resignación o la culpabilidad, sino en una dinámi­ca positiva que permite apreciar, en medio muchas veces de la tragedia, su densidad humana. Todo esto incluye unas opciones de acompañamiento permanente, de orientación y terapia familiar.
  • En cuanto a los agentes de pastoral familiar han crecido en número y, en general, ha mejorado su preparación especí­fica a través de los diversos tipos de cursos impartidos en las ‘Escuelas de Agentes de Pastoral Familiar’. Pero esto no obsta para que tengamos que reconocer que son insuficientes para el trabajo que hay que desarrollar y que sobra voluntarismo y falta rigor en lo que se supone una verda­dera preparación. «No basta en este campo la buena volun­tad, es necesario profundizar en la verdad del matrimonio y la familia, adquiriendo un conocimiento capaz de ofrecer ayuda efectiva en los problemas reales que se presentan», afirman los obispos españoles11. La presencia de los laicos en este campo tan ministerialmente laical es decisiva por­que son ellos los que mejor conocen, porque las viven y experimentan en su propia carne, las realidades concretas de la vida familiar. «El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse acabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia» (JUAN PABLO II, CL 40)

II. Una verdadera pastoral de la familia

a. De una teología y pastoral del matrimonio a una teología y pastoral de la familia

Faltan las bases de una teología de la familia desarrollada como realidad eclesial para llevar adelante una pastoral familiar. Tenemos, acaso, una visión canónica, moral y —ojalá— teológica del matrimonio. Por eso en ocasiones llamamos pastoral familiar a lo que no es más que pastoral matrimonial. Sin embargo no po­demos ignorar los magníficos estudios bíblicos sobre la familia, ni los estudios sistemáticos sobre la familia como icono de la Tri­nidad, como Iglesia doméstica, la relación familia y Eucaristía.

b. La familia lugar de socialización y de iniciación a la vida de la Iglesia.

La familia es hoy comúnmente reconocida como un lugar muy idóneo para introducir en la vida social. Aunque la pastoral familiar no se agota ni mucho menos en la iniciación a la vida de la Iglesia, ésta es una de sus tareas importantes.

c.  La familia objeto y sujeto de la acción pastoral de la Iglesia

La familia viene siendo objeto del cuidado pastoral de la Igle­sia, pero apenas se le tiene en cuenta como sujeto de la acción pastoral. Las familias han de ser evangelizadas por las familias mismas. Los esposos cristianos han de ser protagonistas en la pastoral familiar.

d. La familia como ‘Iglesia doméstica’

Este es quizá el aspecto más desarrollado en teología de la familia, junto con su condición de icono de la Trinidad.

Desde la concepción de la familia como Iglesia doméstica se han desarrollado dimensiones como éstas:

  • Posibilitar en la familia las primeras experiencias de comu­nión: acogida en el amor, reconocimiento de la dignidad personal, ejercicio de la gratitud y la gratuidad, atención especial a los más necesitados…
  • Hacer de la familia un lugar privilegiado para la transmi­sión de la fe y de los valores evangélicos
  • Comprender la familia como lugar de iniciación en la oración
  • Hacer de la familia el lugar del compromiso compartido.

III. La pastoral familiar no es una pastoral sectorial, sino integral, constituye una dimensión esencial de la evangelización

La pastoral familiar no es una ‘pastoral sectorial’, sino inte­gral, una dimensión esencial de la evangelización: «Ante los problemas centrales de la persona y de su vocación, la actividad pastoral de la Iglesia no puede responder con un empeño secto­rial de su apostolado. Es necesario emprender una acción pasto­ral en la cual las verdades centrales de la fe irradien su fuerza evangelizadora en los diversos campos de la existencia, especial­mente en el de la familia»12. Y el Directorio de Pastoral Familiar en el n. 3 señala: «En consecuencia, este Directorio plantea una pastoral familiar concebida como una dimensión esencial de toda evangelización: se trata del modo cómo la Iglesia es fuente de vida para las familias cristianas y, a su vez, cómo las familias cristianas son protagonistas de la evangelización de la Iglesia. No se reduce, por tanto, a una serie de actividades a realizar con los matrimonios y la familia. Su fin es «ayudar a la familia a alcanzar su plenitud de vida humana y cristiana».

La auténtica atención pastoral a las familias requiere un esfuerzo permanente de análisis de los rasgos característicos que adquiere la familia en cada momento histórico y, sobre todo, una reflexión lúcida sobre el designio de Dios acerca de ella. No con­siste en una serie de actividades ajenas a lo que es la vida normal de la familia, sino que se dirige a que ésta tome conciencia de su naturaleza y su misión en la Iglesia y en el mundo. Son las pro­pias familias cristianas, en virtud del sacramento del bautismo al que concreta y especifica después el sacramento del matrimonio, quienes han de ser verdaderos sujetos y protagonistas de la pas­toral familiar (FC 71).

Toda pastoral familiar ha de ser progresiva desarrollándose en las distintas etapas de su formación. «Es necesario hacer de la pastoral familiar una prioridad básica, sentida, real y operante. Básica, como frontera de la nueva evangelización. Sentida, esto es, acogida y asu­mida por toda la comunidad diocesana. Real porque será respaldada concreta y decididamente con el acompañamiento del obispo dioce­sano y sus párrocos. Operante significa que debe estar inserta en una pastoral orgánica» (Documento de Santo Domingo, 64).

El Directorio de Pastoral Familiar de la Conferencia Episco­pal Española (n. 71) resume así las características específicas de la pastoral familiar: «La nueva evangelización del matrimonio y la familia requiere entonces de una pastoral con unas caracterís­ticas específicas que es preciso destacar. En primer lugar, no se trata de una pastoral sectorial que se pueda reducir a unas accio­nes concretas en un momento determinado y sobre personas en una situación específica. Por el contrario, ha de ser una pastoral integral, porque en ella está en juego la globalidad de la verdad del hombre y de su despertar religioso. En su desarrollo están implicadas las claves fundamentales de toda existencia humana. También debe llevarse a cabo como una pastoral progresiva que ha de guiarse según el proceso de la vida en la que el hombre crece, en y a través de la familia, como taller de humanidad. A estas características básicas se han de ceñir todas las actividades dirigidas a la pastoral familiar para que no se conviertan en una superestructura superpuesta a la vida de las familias. En definitiva, se puede definir la pastoral familiar como «la acción evangeliza­dora que realiza la Iglesia, orientada por sus pastores, en la familia y con la familia como conjunto, acompañándola en todas las etapas y situaciones de su camino». Es un camino imprescindible para superar la escisión entre la fe que se piensa y la vida que se vive, pues la familia es el «lugar» privilegiado donde se realiza esa unión a partir del «despertar religioso» […] El fin de toda la pastoral familiar —que es una dimensión esencial de la acción de la Iglesia— es llevar a plenitud la vocación matrimonial».

La Conferencia Episcopal Española marca pautas de pastoral familiar en La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad [2001]165-178.

La finalidad de la Pastoral Familiar, teniendo en cuenta que la misión de la familia es ‘custodiar, revelar y comunicar el amor» (FC 17), servir a la vida, contribuir al desarrollo de la Iglesia y de la sociedad, será ayudar a la familia para que alcance su ple­nitud de vida humana y cristiana. Esta la consigue la familia no por la adquisición de riqueza, prestigio, poder…, sino mediante el cultivo del respeto y el amor que dan como fruto un comple­jo de vinculaciones familiares sanas que contribuyen a una sociedad estable y vigorosa. El fundamento de la familia es el matrimonio que, una vez contraído, crea un vínculo que no depende de la voluntad humana y que precede a toda autoridad pública (Cf. GS 48); en consecuencia, la pastoral de la familia desarrollará la conyugalidad, que se ampliará a la relación entre padres e hijos y demás miembros de la familia. Para todo esto la pastoral familiar fomentará una auténtica espiritualidad familiar e impulsará a las familias para que se comprometan en la actividad evangelizadora de la Iglesia construyendo la civi­lización del amor.

En resumen, es necesaria y urgente una pastoral familiar más incisiva y revitalizada. El Papa Juan Pablo II ha recordado que «una pastoral familiar así revitalizada dejará sentir su benéfica influencia en otros sectores, especialmente en la pas­toral de jóvenes, en la pastoral vocacional y, en último término, en el florecimiento de vuestras diócesis y de la misma sociedad española».

Siguiendo la estela del Siervo de Dios Juan Pablo II, Bene­dicto XVI, y con él la Iglesia entera, se ha decantado a favor de la familia en el actual momento histórico y la ha convocado con papel de protagonista a la nueva evangelización. «En la Iglesia y en la sociedad —proclamaba el Papa Wojtyla— ésta es la hora de la familia. Esta está llamada a un papel de primer plano en la obra de la nueva evangelización»13. «La evangelización de la familia —recuerda el Papa Ratzinger— constituye asimismo una prioridad pastoral […] Con este espíritu conviene prestar aten­ción a la preparación humana y espiritual de las parejas y al seguimiento pastoral de las familias, recordando la dignidad eminente del matrimonio cristiano, único e indisoluble, y propo­niendo una espiritualidad conyugal sólida, para que las familias crezcan en santidad»14.

En toda acción pastoral es muy importante el talante, el esti­lo con que se lleva a cabo. Hemos de optar por un estilo evangé­lico. No se trata infundir miedos a los matrimonios, de echar sobre sus espaldas pesos insoportables, de cargar la mano en sus obligaciones para con los hijos. La pastoral familiar consiste, ante todo, en proclamar el «evangelio de la familia»15.

Recordemos, finalmente, que «toda nueva evangelización necesita nuevos evangelizadores, el testimonio vivido es el fundamento de la transmisión de cómo la fe es vida, y no se da testimonio sin testigos. La concienciación y formación de los mismos ha de ser entonces el quicio de esta pastoral, que se corresponde con la dimensión familiar de la misma Iglesia sos­tenida por la vida de las familias cristianas (CEE, Directorio de pastoral familiar, n. 23).

IV. Servicio pastoral a la familia como comunidad de fe, de amor y santuario de vida

En este apartado resumo principalmente lo que afirman los OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA, Redescubrir la fami­lia, Carta Pastoral de 1995, en CEE, Los obispos españoles y la familia. Escri­tos pastorales, Edice, Madrid 2006, 13-81.

A. Como comunidad de fe

1. La familia cristiana anuncia la fe y la educa

La misión de proclamar explícitamente la fe en Jesús como don liberador para los hombres alcanza a todos cuantos forma­mos la Iglesia. Por eso nuestras familias han de pasar de una fe vergonzante, caracterizada por el silencio respecto a lo religioso y por el miedo a manifestarse como cristiana, a una fe confesante, es decir, a una fe que se anuncia, se testifica y se educa. La fe débil, insegura y llena de dudas de muchos padres no puede ser transmitida porque es estéril. Tampoco pueden paralizar un cierto pudor religioso o el miedo a invadir la intimidad de los hijos. Cuando los padres creen con una fe firme, aunque no sea muy ilustrada, la comunican a sus hijos espontáneamente, casi sin propo­nérselo. Si los padres irradian algo de la bondad, de la acogida y de la gratuidad de Dios, los hijos se sentirán seguros y confiados. Se sentirán capacitados para establecer relaciones positivas y fecundas con los demás y todo esto les permitirá abrirse al descu­brimiento de Dios para orientar hacia El la mente y el corazón.

2. La familia, primera ‘escuela’ de educación en la fe

Las familias han de recuperar la confianza en su capacidad educativa sin caer en la tentación de pensar que hoy son los medios de comunicación social, los amigos y los colegios los que influyen más directamente en la educación de sus hijos.

«Es la institución familiar —no duda en afirmar Gerardo Pastor— la que mayor influjo ejerce sobre el desarrollo psicosocial del ser humano, pues, precisamente dentro de este ámbito interactivo ínti­mo, es donde ocurren las más tempranas e intensas experiencias de cognición y significado, de deseos y frustraciones, de emocio­nes como miedo, amor, placer, seguridad y afecto, experiencias que configurarán para toda la vida la urdimbre básica de una per­sonalidad infantil ahora en ciernes. Ni las guarderías o escuelas ni los grupos de coetáneos, ni las parroquias, ni los medios de comu­nicación social (prensa, radio y televisión), logran penetrar tan a fondo en la intimidad infantil como los parientes primarios, esos seres de quienes se depende absolutamente durante los seis o nueve primeros arios de la vida (padres, hermanos y tutores)»16.

La educación de la fe en los hogares tropieza con particulares dificultades: ya no se irradia una fe vivida y confesada espontá­neamente. Predominan hoy sentimientos de impotencia y frus­tración en los pocos padres que se toman en serio la formación cristiana de sus hijos. Pero la mayoría de los padres que se casa­ron por la Iglesia o no se plantean este tema o se lo confían a los abuelos y al colegio al que envían a sus hijos. Desde aquí quie­ro hacer llegar mi agradecimiento sincero, en nombre de la Igle­sia, a tantos abuelos que realizan la tarea de transmitir la fe a sus nietos con paciente entusiasmo. Es necesario creer en la familia como escuela fundamental de la fe: «También la familia cristia­na, enseñaba Juan Pablo II, en cuanto ‘Iglesia doméstica consti­tuye la escuela primigenia y fundamental para la formación en la fe. El padre y la madre reciben en el sacramento del matrimonio la gracia y la responsabilidad de la educación cristiana en rela­ción con los hijos a los que testifican y transmiten a la vez los valores humanos y religiosos»17.

No se debe aguardar a que los hijos sean mayores para que ellos mismos hagan una opción de fe. Quien reconozca que la vida de los hijos es confiada a los padres en su totalidad, mate­rial y espiritual, y quien sea consciente del influjo de la fe en la estructuración de la personalidad y a la hora de modelar convic­ciones y sentimientos desde los primeros momentos de la exis­tencia, pronto ejercerá la ineludible tarea de ayudar a sus hijos en el desarrollo integral de su personalidad que incluye la dimen­sión religiosa en su tarea educativa.

La educación en la fe realizada en la familia no se reduce a la mera transmisión de conocimientos religiosos. Los incluye, pero dentro de un proceso que ayuda a ir construyendo la pro­pia vida desde la fe y desde los valores evangélicos que deben inspirarla.

Por otra parte, la transmisión y la educación de la fe en el ámbito familiar reúne unas características muy precisas y precio­sas: se realiza desde la cercanía de un clima lleno de amor per­sonalizado, en la naturalidad de lo sencillo y normal de cada día, desde el sentimiento de seguridad y confianza por parte de los hijos, alimentada por un trato afectuoso y positivo.

3. La familia evangelizada y evangelizadora

Dios no llama sólo al matrimonio, sino que llama en el matri­monio. Toda la vida de los esposos, y se puede decir legítima­mente que de la familia, puede ser una continua acogida de la lla­mada de Dios que transmite la buena noticia sobre la familia. Pero es muy difícil, prácticamente imposible, para los padres transmitir a los hijos una fe que ellos no viven. Sin el testimonio personal, la autoridad de los padres cede y se quiebra. Por eso, si quieren de verdad evangelizar, han de optar por abrirse perma­nentemente al Evangelio, por vivir inmersos en un proceso con­tinuo de conversión. Y en algunos momentos, serán sus mismos hijos quienes les evangelicen.

4. La familia cristiana celebra la fe y ora en común

La vida del creyente es un continuo diálogo con Dios que se traduce en oración. La oración en familia es una expresión de la vida de fe compartida y es fuerza que le ayuda a hacer más con­sistente su unidad.

Los esposos cristianos oran juntos. Siguen acogiendo el don que Dios les viene haciendo a partir de la celebración sacramental de su matrimonio. Por otra parte, muchos matrimonios cristianos pueden dar testimonio de cómo hallarse juntos ante Dios y comu­nicarse con El es un camino válido para superar la superficialidad y ahondar en la propia comunicación. Pero la comunión de amor y de vida propia de la familia impulsa a que los padres oren en comunidad con sus hijos, siempre que sea posible. La falta de experiencia religiosa y oracional de los padres puede ser una difi­cultad real así como también las diferentes sensibilidades de sus hijos ante lo religioso. Habrá que supe:ar estas dificultades porque si los padres y los hijos no experimentan la necesidad de orar jun­tos es que no han acogido sinceramente el evangelio de Jesús.

No olvidemos, por otra parte, que la oración en familia «tiene como contenido original la misma vida de familia que en las diver­sas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su llamada» (JUAN PABLO II, FC 59). Y que la oración en familia es la vía natural para facilitar el des­pertar religioso que influirá decisivamente el futuro del creyente.

La oración en familia prepara para la oración y la celebración litúrgica. Participando activamente en las celebraciones litúrgi­cas y en la oración de la Iglesia, la familia cristiana se siente pequeña Iglesia doméstica y se manifiesta como porción viva de la comunidad cristiana grande que es la Iglesia. Esta realidad ha de llevar a los padres a velar para que sus hijos participen sobre todo en la Eucaristía dominical y a que, sobre todo las celebra­ciones de la Primera Comunión y la Confirmación, no sean actos meramente sociales con abundantes elementos festivos incorpo­rados artificialmente y en no pocas ocasiones superfluos.

B. Comunidad de amor abierta a la sociedad

La familia cristiana, si quiere ser fiel al evangelio de Jesu­cristo y a su condición de pequeña Iglesia, no pude encerrarse en sí misma, sino que ha de abrirse a la sociedad en la que vive y a las exigencias universales del amor cristiano. En la Iglesia y en la sociedad irradiará las formas propias del amor cristia­no: respeto y promoción de la dignidad de cada persona, prefe­rencia por los más débiles, solidaridad con los pobres. Desper­tando a la experiencia de la paternidad de Dios, a través de las relaciones vividas en la familia, ayuda a descubrir en el rostro de cada hombre, especialmente en el pobre y necesitado, el ros­tro del mismo Jesucristo.

Abierta a la sociedad en el amor, la familia educa en los valo­res de la verdad, la justicia y el amor que sustentan la conviven­cia verdaderamente humana. No faltan familias cristianas que en su proyecto de vida incluyen la solidaridad y la sensibilidad ante las múltiples formas de pobreza y marginación.

Viviendo en una sociedad violenta como la nuestra, las fami­lias experimentan en su seno diferencias, enfrentamientos y divi­siones. Por eso es especialmente necesario que se conviertan en comunidades donde se vive el perdón y la reconciliación.

C. Santuario de la vida

La relación conyugal y su plena expresión en la comunicación y mutua donación sexual están ordenadas por su propia dinámica interna a la procreación. Por tanto la apertura de la relación sexual a la transmisión de la vida no es algo añadido, arbitrario y extrín­seco a merced de la mera voluntad de los esposos.

La renuncia al hijo, aplazar su concepción por motivos ego­ístas, el miedo a la procreación, se oponen a la plena expresión y expansión del amor conyugal y conducen probablemente a experimentar la frustración. Así como el placer sexual que no es expresión de verdadera comunión de amor, lleva consigo con­vertir en cosa a la otra persona, de modo semejante separar capri­chosamente la donación amorosa y la fecundidad conduce a la pérdida del sentido de gratuidad en las relaciones humanas, a la conversión de lo más íntimamente personal en mercancía de uso y abuso, y a la inconfesada persuasión de que todo se puede comprar y vender…

Dios, por medio de la naturaleza, ha confiado a los esposos que se aman la tarea de transmitir la vida que la humanidad nece­sita, aunque la ciencia pueda hacerlo por otros caminos. Pero nunca será lo mismo fabricar un hijo que procrearlo. El ser humano sólo encuentra el ‘hogar adecuado’ para nacer y crecer en el seno de la familia.

Los hijos, engendrados por el amor de los esposos, no son un factor desestabilizador de la armonía conyugal y deben ser reci­bidos como elementos enriquecedores de la familia que recla­man una responsabilidad compartida por parte de los padres y les estimulan a ahondar y consolidar su amor conyugal.

También los matrimonios que, en contra de su voluntad, no pueden tener hijos, pueden vivir una fecundidad que la naturaleza les niega. La adopción de niños, la dedicación a obras de carácter social y la entrega canalizada a través del compromiso apostólico pueden hacer fecundo el amor gozosamente compartido.

La educación de los hijos es una nueva forma de generación espiritual. El hijo no es un producto fabricado por los padres para que luego sea la sociedad quien configura sus ideas y sentimien­tos en función de sus propios intereses, ajenos muchas veces a la voluntad de los padres. Estos tienen un derecho primario e intransferible a educar a sus hijos. Los sentimientos más profun­dos, las convicciones más hondas y los valores —también religio­sos— que inspiran toda la vida se adquieren en el seno del hogar. Por tanto, aunque no resulte fácil, los padres no pueden renun­ciar a la tarea de educar a sus hijos, tarea en la que experimenta­rán también uno de sus mayores gozos.

V. Acciones concretas de pastoral familiar

La atención pastoral a los matrimonios y a las familias cris­tianas debe traducirse en acciones concretas como la atención espiritual y la formación permanente de los matrimonios, sobre todo en su misión de padres, la potenciación de los movimientos y asociaciones que cultivan la espiritualidad conyugal y familiar, la formación cristiana de las familias y la defensa de sus valores —también en el campo legislativo, de la enseñanza y de los medios de comunicación social— frente al deterioro causado por la cultura dominante. Hay que prestar atención a un proceso gra­dual y continuo que abarca los siguientes momentos principales:

1. La preparación al matrimonio

Al noviazgo se le ha de prestar una atención especial pues «es el momento del nacimiento y configuración del amor, cuando se inicia un proceso de conocimiento mutuo y de maduración afec­tiva, que requiere una auténtica verificación: porque sólo el amor verdadero construye. Por ello se requiere una ayuda específica que se les ha de ofrecer por medios adecuados a su situación per­sonal. Gracias a ella, encontrarán un apoyo decisivo para inter­pretar rectamente los acontecimientos que están viviendo, descu­briendo la vocación al amor como tarea de su vida en el marco de una espiritualidad y en referencia a la comunidad cristiana»18. En este sentido Benedicto XVI reclama para los jóvenes una educación afectiva y moral exigente: «Por eso, es preciso promo­ver una pastoral familiar que ofrezca a los jóvenes una educación afectiva y moral exigente, preparándolos para comprometerse a vivir el amor conyugal de manera responsable, condición impor­tante para la estabilidad social de las familias y de toda la sociedad.

Ojalá que mediante una formación inicial y permanente ayudéis a las farnilias cristianas a percibir la grandeza y la importancia de su vocación, exhortándolas sin cesar a renovar su comunión a través de la fidelidad diaria a la promesa de la entrega mutua total, única y exclusiva, que implica el matrimonio»19.

La preparación al matrimonio20 nunca puede reducirse a los requisitos inmediatos para una celebración canónicamente váli­da de la boda, sino que es un proceso «análogo al catecumena­do» (FC. 66), que comienza en los primeros años de la vida y no termina nunca del todo. En la realidad este proceso o no se da o existe mínimamente. Muchas veces lo que realmente se preten­de es no dejar un vacío. El carácter catecumenal se reduce en ocasiones a pasar como de puntillas sobre el amor conyugal y el matrimonio en el plan de Dios y como sacramento de la Iglesia. Cuando convocamos a la preparación al matrimonio de una manera demasiado abierta, es muy difícil hacer de la preparación algo que tenga sabor verdaderamente catecumenal, dada la dis­paridad de niveles de fe, desigualdad de formación, intereses, motivaciones, etc… Llegamos a los novios demasiado tarde, des­pués de un vacío catequético de años; cuando lo que más nece­sitan es un redescubrimiento de la fe cristiana antes que una pre­paración al matrimonio. De todos modos, creo que es un reto que tenemos delante para estimular la creatividad. Cuidando, por supuesto, no caer en elitismos de ningún tipo.

La Familiaris consortio (n° 66) distingue tres etapas en la preparación al matrimonio: remota, próxima e inmediata.

a. Remota: todo lo que contribuye a la madurez de la persona puede considerarse como preparación al matrimonio. En esta etapa juega un papel primordial la familia, más testimoniando con su vida unos valores que adoctrinando a los hijos.

b. Próxima: Hay que cuidar la acogida cordial de los novios, una tarea que reclama calor humano, interés por sus preocupa­ciones y comunión con sus ilusiones y proyectos. Luego vendrá una catequesis intensa que capacite para asumir libremente las exigencias del matrimonio cristiano. Creo sinceramente que esto todavía es más propósito que realidad entre nosotros. «Los Cur­sos prematrimoniales —afirman los obispos españoles en La familia, santuario de la vida… n. 171— suponen una ocasión única para muchas personas en orden a comprender el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. Ante la secularización del matrimonio y las dificultades de asumir las obligaciones al mismo, se comprende su necesidad. Estos cursos forman parte de la labor pastoral de la Iglesia, y muchas veces son el primer encuentro de los novios con ella después de años de ausencia. Es necesario, por tanto, guardar su sentido enteramente eclesial evi­tando presentar opiniones personales en temas en los que se juega la verdad del matrimonio y la familia. La integridad de esta verdad exige el incluir los aspectos evangélicos, eclesiales, morales y humanos del matrimonio. Ha de presentarse el núcleo del mensaje cristiano como algo que afecta al sentido de la vida del hombre y origine una esperanza en la vida nueva otorgada por Cristo. Es especialmente importante que los sacerdotes dia­loguen personalmente con los novios de tal manera que les ayu­den a profundizar en su proyecto y motivaciones, a verificar su madurez y las condiciones de validez del matrimonio, y a prepa­rarse espiritualmente para recibir este sacramento. Así su cele­bración supondrá un crecimiento en la fe y un reconocimiento y adhesión a la Iglesia».

«Se trata de programar, indica el Directorio de Pastoral Fami­liar en el n° 109, a modo de «catecumenado» un «itinerario de fe» en el que, de manera gradual y progresiva, se acompañará a los que se preparan para el matrimonio. En ningún caso se pue­den reducir a la transmisión de unas verdades, sino que debe consistir en una verdadera formación integral de las personas en un crecimiento humano, que comprende la maduración en las virtudes humanas, en la fe, la oración, la vida litúrgica, el com­promiso eclesial y social, etc.»‘

c. Inmediata: ésta se orienta ya a la preparación de la celebra­ción del sacramento en los momentos cercanos a la boda.

El diálogo pastoral con los novios tiene que combinar siem­pre la acogida, la comprensión y la ayuda con la exigencia profética para que no se instrumentalice el sacramento del matrimonio.

«Desde esta perspectiva, la pastoral de preparación al matri­monio habrá de realizarse de manera que se pueda calificar como:

  • de anuncio, capaz de mostrar la excelencia de la vocación matrimonial en el plan de Dios;
  • de ayuda y acogida, que ofrezca un camino de seguimien­to para una auténtica formación en la madurez de la perso­na, según la medida de Cristo;
  • diferenciada, acomodada a la diversa condición y forma­ción de las personas;
  • progresiva, según el plano de superación y exigencia que comporta siempre la fidelidad al designio divino sobre las personas; y
  • práctica, que tenga en cuenta todas las posibilidades de actuación en este ámbito y la coordinación de las mismas.

De la profundidad y solidez de esta preparación van a depen­der, en gran medida, las sucesivas etapas de la pastoral familiar. Se ha de dar un cuidado especial a esta preparación, proporcio­nando medios, personas y actividades significativas que sean, en su conjunto, claro y vivo anuncio de la verdad del Evan­gelio del matrimonio y la familia» (DIRECTORIO DE PASTORAL FAMILIAR, n. 76).

2. La celebración del matrimonio

Creo que es una necesidad sentida —y en las Orientaciones del Nuevo Ritual se reclama— que las celebraciones del sacramento del matrimonio sean diferenciadas, es decir, tengan en cuenta el nivel de fe y la situación peculiar tanto de los novios como de sus acompañantes. Se ha de aspirar a una celebración ‘válida, digna y fructuosa’ en la que el rito sea ‘sencillo y digno’, incorporando elementos de la propia cultura que ayuden a expresar el profundo significado humano y cristiano de la alianza conyugal (FC. 67).

La celebración del sacramento del matrimonio no puede verse reducida a un mero acto social, sino que ha de ser una cele­bración festiva en la que se ponga de manifiesto la experiencia salvífica de ‘amarse en el Señor’ que viven los esposos purifica­da y potenciada por el sacramento. Para que esto ocurra son necesarias unas actitudes previas:

  • Por una parte, conocer y respetar la dinámica de la cele­bración, para —desde ese conocimiento y respeto— introdu­cir las modificaciones necesarias. La Iglesia, presidida por su ministro, acoge a los contrayentes; la Palabra de Dios los ilumina; las preguntas del escrutinio les preparan para el compromiso matrimonial; el consentimiento matrimo­nial culmina sacramentalmente su amor y su entrega mutua, proyectándolos e injertándolos en el amor de Cris­to a su Iglesia; la comunión del cuerpo y la sangre de Cris­to les fortalece para vivir su amor como sacramento del amor nupcial del Señor para con su Iglesia y los ritos con­clusivos les recuerdan su misión en el mundo.
  • Tomar muy en serio la participación activa de los contrayen­tes, ministros del sacramento, y de toda la asamblea cristiana. Los novios deben elegir las lecturas, los cantos, las peticiones, la fórmula de consentimiento, etc… entre las muchas y ricas posibilidades que ofrece el Nuevo Ritual. Incluso puede ayudar mucho a todos el que brevemente manifiesten ante la asamblea por qué han decidido celebrar el sacramento, qué esperan del Señor y de sus familiares, de sus amigos y de la comunidad cristiana en la que van a vivir como casados…
  • Particular cuidado exige la homilía por parte del sacerdo­te o del diácono. Se ha de evitar por todos los medios car­gar las tintas en los aspectos sombríos de la convivencia matrimonial o exaltar con ternura y lirismo la fecundidad física, dando ya prematuros consejos pedagógicos. No es el momento adecuado. Tampoco es oportuno. Por otra parte, la homilía no puede suplir una seria preparación al matrimonio que se ha omitido. En cambio, puede servir para ayudar a los novios a penetrar en el hondo sentido de su experiencia de maduración en el amor desde la fe, lo que puede significar hacer de vida de casados un signo efi­caz del amor de Dios a los hombres, las actitudes profun­das con las que merece la pena afrontar esta nueva etapa de sus vidas… Alguno de estos aspectos —y brevemente—puede ser tocado en la homilía. Sin descuidar que el hogar cristiano tiene que ser un hogar abierto, comprometido en la lucha por la justicia, comunidad siempre dispuesta a acoger el evangelio y a evangelizar…

«Por lo que respecta a la celebración, dicen los obispos espa­ñoles en La familia, santuario de la vida… n. 172, se ha de procu­rar que los novios sean verdaderamente ‘celebrantes’ de su matri­monio. En este sentido no dejamos de aconsejar la celebración del matrimonio en el marco de la celebración Eucarística, así como que se proponga a los contrayentes que reciban convenientemente el sacramento de la Penitencia. Se ha de cuidar en especial la misma celebración para que guarde siempre su significado de un acto sacro, por encima de los formalismos sociales siempre pre­sentes. Pues por el sacramento del matrimonio los contrayentes se insertan de modo especial en la historia de la salvación».

3. Atención pastoral a la familia constituida

«La verdadera pastoral familiar comienza una vez que la fami­lia se ha constituido. Es el momento en que tanto las demás fami­lias de la comunidad eclesial como los mismos sacerdotes y reli­giosos deben saber acompañar con sencillez y naturalizad evangélica a los esposos que se encuentran en una situación nueva en su vida. En ella se enfrentan a nuevas responsabilidades que implican verdaderos retos y que en ocasiones son fuentes de con­flicto y de dificultades, como pueden ser las creadas por la adap­tación a la vida común o por el nacimiento de los hijos» (CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 173).

La acción pastoral postmatrimonial abarca el conjunto de acciones con las que la comunidad cristiana ayuda a los esposos, y a la familias, a profundizar en su vocación y misión, «a vivir responsablemente las exigencias de comunión y servicio a la vida, y a conciliar la intimidad de la vida en casa con la acción generadora para edificar la Iglesia y la sociedad humana»21.

a. Grupos, movimientos y asociaciones familiares

Los grupos de matrimonios jóvenes han nacido algunas veces como continuidad de la preparación al matrimonio y como res­puesta a la invitación que el Papa formuló de prestar especial atención a las familias jóvenes «porque encontrándose en un con­texto de valores nuevos y nuevas responsabilidades, están expues­tas, especialmente en los primeros arios de matrimonio, a eventua­les dificultades como las creadas por la adaptación a la vida en común o por el nacimiento de los hijos. Los cónyuges jóvenes sepan aceptar cordialmente y valorar inteligentemente la ayuda discreta, delicada y valiente de otras parejas que desde hace tiem­po tienen ya experiencia del matrimonio y la familia» (FC. 69).

«Una de las etapas de importancia decisiva en la pastoral matrimonial, nos recuerda el Directorio de Pastoral Familiar n.156, es la que viene determinada por los primeros años que siguen a la celebración del matrimonio. De cómo se viva depen­de en gran medida el éxito en las etapas posteriores. Es el momento de convertir su proyecto de comunión de personas en una realidad viva y existencial en medio del mundo, y de sus variadas circunstancias y acontecimientos. Es un importante cambio en la vida de los esposos, por lo que se ha de «ayudar a la pareja a descubrir y a vivir su nueva vocación y misión». Una ayuda que, siendo siempre necesaria, es tanto más urgente y reviste una mayor necesidad si, como es frecuente, existen carencias en su vida cristiana y su formación. Se trata fundamen­talmente de una tarea de acompañamiento, para que no se encuentren solos sino apoyados en esta tarea y en la superación de las dificultades de la convivencia y de la vida. Es hacer efec­tiva la presencia eclesial como el «lugar» de la vida que les per­mite renovar la vida familiar que han comenzado».

Maite Melendo, psicóloga especialista en problemas familia­res, sostiene también que el acompañamiento pastoral a las fami­lias jóvenes, particularmente durante los primeros cinco años, es muy importante «porque en ellos se va iniciando y consolidando el lenguaje propio de la comunicación entre los dos. Durante esos primeros años se están poniendo los cimientos del resto de la vida en común. Las dificultades del comienzo y el cómo se enfocan influyen en los años posteriores. Cuando se empieza a vivir juntos se crean y nacen determinadas costumbres. El com­portamiento recíproco asume formas siempre recurrentes, lo que en psicología se llama «patrones de comportamiento»22.

Hemos de reconocer que formar estos grupos no es fácil. Cuando se consolidan, sin embargo, pueden permanecer reuniéndose bastante tiempo. Normalmente se estudian y comparten aspectos de carácter más bien antropológico en un primer momento. Si en un segundo momento se pasa —como es necesa­rio pasar— a contenidos de carácter más marcadamente catecu­menal, suele haber parejas que se apartan del grupo. Pero es un riesgo que hay que correr necesariamente.

A partir de los años 50 han surgido en la Iglesia una variada gama de movimientos matrimoniales o familiares: Equipos de Nuestra Señora (ENS), Encuentro Matrimonial (EM), Movi­miento Familiar Cristiano (MFC), Matrimonios ACIT (=Coope­radores de la Institución Teresiana), Hogares Don Bosco, Cen­tros de Preparación al matrimonio (CPM), Matrimonios de Hermandades del Trabajo, etc…

Cristóbal Sarrias publicó en 1979 un artículo sobre los movi­mientos matrimoniales en España, que se basaba en una encues­ta realizada previamente. Para un 71,5 por 100, sus relaciones conyugales han mejorado desde su pertenencia a este tipo de movimientos. Igualmente han mejorado su preocupación por la evangelización y su disposición a comprender a los hijos.

De los movimientos y asociaciones apostólicas familiares dijo Mons. Dorado en el Sínodo de 1980: «En estos últimos arios han contribuido a un incremento de la conciencia sacramental de los casados y de su vocación a la vida evangélica, que los han capacitado en su función educadora y que han hecho presente a la familia en la Iglesia y en la sociedad. Su experiencia constitu­ye una riqueza que debe ser tenida en cuenta al pensar, con sen­tido de futuro, en la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo de hoy. La Iglesia de hoy necesita la presencia activa y específica de los movimientos asociaciones familiares de clara identidad cristiana y eclesial, que sin recluirse en el intimismo de las relaciones intersubjetivas en el seno de la familia, que termi­naría por convertirse en un egoísmo de grupo, sepan desarrollar todo el dinamismo del amor cristiano que los lleve a enfrentarse con los problemas sociales que afectan a la familia —falta de viviendas dignas, salarios de hambre, paro, falta de escuelas— y que los impulse a asumir su responsabilidad en la elaboración de unas leyes justas y en la consecución de un orden social más humano y más fraterno».

Estos dos peligros que señala Mons. Dorado, a saber, recluir­se en el intimismo y la falta de coraje para enfrentarse con los problemas sociales que afectan a la familia son, desgraciada­mente, en muchas ocasiones más que peligros, realidades.

Los matrimonios pertenecientes a Movimientos son frecuen­temente el alma de la pastoral familiar diocesana y parroquial y cada día se van incorporando más a este trabajo. Pero son pocos. Muchos se contentan con trabajar dentro de su propio Movi­miento y no son sensibles a esta labor apostólica más abierta y en colaboración con otros matrimonios que no pertenecen a movimientos.

Los movimientos familiares acusan el problema de la apatía por parte de los matrimonios jóvenes a la hora de asociarse. Hoy cuesta mucho la iniciación porque la militancia cristiana nunca ha sido fácil y menos en la actualidad. Se quejan los movimien­tos de que las parroquias no muestran interés por ellos. Las parroquias a su vez les echan en cara que algunos de estos matri­monios se quedan en la vivencia individualista de la fe o en la relación de pareja y no trabajan en pastoral familiar. Los sacer­dotes y matrimonios cristianos deberíamos ser más incisivos a la hora de promover y urgir la creación de grupos y movimientos familiares, comprometiéndonos sinceramente en el acompaña­miento de estos mismos grupos y movimientos.

b. Escuelas de padres

Ponen de relieve una constatación importante: difícilmente se puede trabajar educativamente con los hijos si no se trabaja al mismo tiempo con los padres. Las escuelas de padres, con unos métodos u otros, ayudan a captar la evolución psicológica del niño/a para adecuar a ella el trabajo educativo y estimulan la colaboración de los padres con los Centros educativos de sus hijos. Desde ahí se pretende concienciarles de que serán educa­dores de más calidad si mejora su relación conyugal y su viven­cia de la fe. Joaquín Ma Garcia de Dios, indiscutible experto en este tema, distingue varios tipos de escuelas de padres: académi­ca, grupa!, proselitista, burocrática y participativa. Esta última es la que garantiza mejores resultados.

c. Semanas o Jornadas de la Familia

Las Jornadas o Semanas de la Familia se han ido generalizan­do poco a poco. Sensibilizan cada vez con más fuerza en torno a la problemática y el papel de la familia en la Iglesia y en la socie­dad de hoy. El que la familia sea protagonista durante algún tiempo en los medios de comunicación locales y, en algunos casos, que las parroquias y movimientos familiares trabajen con­juntamente en ellas puede resultar muy interesante.

d. Escuelas de Agentes de Pastoral Familiar

En muchas ocasiones se invoca, no sé si como verdadera razón o como excusa, que no se puede hacer pastoral familiar por carecer de matrimonios preparados. Estas escuelas pretenden precisamente responder a esta necesidad. Quieren aportar una formación teórico-práctica. No sólo se tocan temas de sociología de la familia, psicología de la comunicación, sexología, teología del matrimonio, moral y pastoral familiar…, sino que se preten­de ayudar a vivir el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia para que puedan transmitir sus propias vivencias de fe.

La Conferencia Episcopal Española en el documento La familia, santuario de la vida… n. 175, recomienda así la necesi­dad de agentes de pastoral bien formados: «La dificultad actual de la problemática familiar y la multitud de los temas implicados exigen unos agentes de pastoral familiar especialmente formados para esta actividad específica. No basta en este campo la buena voluntad, es necesario profundizar en la verdad del matrimonio y la familia, adquiriendo un conocimiento capaz de ofrecer ayuda efectiva en los problemas reales que se presentan».

e. Atención a familias con dificultades

Los obispos españoles en 1979 describían así la situación y reclamaban una atención prioritaria para estas familias: «Objeto muy preferente de una pastoral familiar, inspirada en criterios evangélicos, deben ser aquellos hogares, marcados por el sufri­miento, por el abandono o por la cruz: matrimonios ancianos, familias con hijos subnormales o disgregados por la emigración y familias de presos, de viudas, de madres solteras, de separadas judicialmente. A la luz del Evangelio, no dudamos que se trata de situaciones que merecen una atención prioritaria de la Iglesia, aun cuando no esté a nuestro alcance dar a cada caso una solución satisfactoria»23. No podemos dispensarnos de conocer con rea­lismo estas situaciones, manifestar auténtica solidaridad cristiana, buscar remedio a través de los cauces legislativos y sociales, tra­tando de incorporarlas a la sociedad y a la comunidad cristiana.

«La pastoral familiar —siguen diciendo en el n° 130— tiene que incorporar como objetivos urgentes: el conocimiento real de estas situaciones, una solidaridad auténtica de los cristianos con esas familias, la búsqueda de cauces legislativos y sociales para remediar sus problemas y, sobre todo, la apertura de todos para incorporarlas a la sociedad y a la comunidad cristiana24.

Habría que hablar también de la acogida a las familias en situaciones irregulares conjugando la verdad con la caridad, pero sería demasiado largo para el momento.

Balance final

  • En pastoral familiar podemos afirmar con el cardenal Tettamanzi, arzobispo de Milán, «no es poco lo que se ha hecho, pero es mucho lo que hay que hacer aún».
  • La pastoral familiar ha superado una etapa de nacimiento, pero no ha llegado a la madurez; es aún joven y desde ahí se explica la fatiga y las dificultades para su consolidación.
  • Cada vez más la pastoral familiar es una realidad donde emerge la ‘paradoja’ de la vivencia cristiana del matrimo­nio y la familia, respecto a una mentalidad que se deja guiar por el espíritu del tiempo. Si se da alguna experien­cia humana donde los cristianos han de dar testimonio de la novedad del Evangelio, ésta es precisamente la vida familiar. La atención prestada a las relaciones entre los esposos, la fidelidad vivida, la apertura a la vida, la aco­gida y hospitalidad respecto a niños y ancianos, la experi­mentación de modos nuevos de relacionarse entre las fami­lias… chocan frontalmente con la cultura actual. Aunque hemos de reconocer, desgraciadamente, que muchas fami­lias cristianas no representan una alternativa al estilo de vida de las familias que no creen.
  1. BENEDICTO XVI, Encuentro con los sacerdotes y diáconos de la diócesis de Roma, 2.3.2006.
  2. BENEDICTO XVI, Discurso al embajador de Méjico ante la Santa Sede, 23.9.2005.
  3. JUAN PABLO II, FC 1.
  4. «La familia vive hoy una etapa afortunada por la creciente afirmación de sus valores personalistas y sociales en el seno de la comunidad civil y de la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, sus valores fundamentales, los del amor y de la vida, están hoy gravemente amenazados bajo muchas formas y a diversos niveles» (JUAN PABLO II, Discurso a la Confederación Italiana de Asesores Familiares [2 de marzo de 19901: Ecclesia 2.187 (4.8.90) 26).
  5. Ibídem, 47.
  6. «Con razón se insiste mucho hoy en el puesto central que se ha de reser­var a la pastoral familiar en la programación de actividades de las diócesis y de las Conferencias Episcopales. En efecto, la evangelización pasa necesa­riamente a través de la familia que es, a su vez, objeto y sujeto del anuncio del Evangelio… Los mismos problemas que afrontan el matrimonio y la familia estimulan la creatividad de quienes se ocupan de la pastoral familiar, corazón de la evangelización… Las diócesis, las parroquias, los movimientos apostó­licos no pueden menos de esforzarse por crear estructuras capaces de dar respuestas adecuadas a los desafíos actuales que atañen a la institución de la familia… […] Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben pres­cindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia (número 70)… La familia, por tanto, debe estar en el centro de las preocupaciones de toda comunidad diocesana, de toda parroquia y estructura pastoral sensible a las exigencias de nuestros tiempos» (JUAN PABLO II, Discurso al Pontificio Con­sejo para la Familia, 30.1.93: Ecclesia 2.623 (13.3.93) 25 y 27).
  7. Ya en la FC. n. 65 había dicho: «Por ello hay que subrayar una vez más la urgencia de la intervención pastoral de la Iglesia en apoyo de la familia. Hay que llevar a cabo toda clase de esfuerzos para que la pastoral de la familia adquiera consistencia y se desarrolle dedicándose a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza de que la evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la Iglesia doméstica».
  8. Para ampliar se puede consultar mi aportación sobre la pastoral familiar en España en: SUBCOMISION MATRIMONIO Y FAMILIA (CEAS), Pastoral familiar en España, Madrid 1992, 38-62.
  9. JUAN PABLO II, Discurso a la Conferencia Episcopal Ugandesa, Kampa­la 7.2.93: Ecclesia 2.622 (6.3.93) 27.
  10. «La pastoral familiar no puede limitarse a una actitud meramente protec­tora, debe ser previsora, audaz y positiva. Ha de discernir con sabiduría evan­gélica los retos que los cambios culturales plantean a la familia. Ha de denun­ciar las violaciones contra la justicia y la dignidad de la familia. Ha de acompañar a las familias en los sectores más pobres, rurales y urbanos, promo­viendo la solidaridad» (Documento de Santo Domingo, 222).
  11. CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza del mundo (2001),n° 175.
  12. JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el II Congreso Interna­cional Teológico Pastoral sobre la familia [Río de Janeiro 3.10.97] : L’Oss­Rom. [5.10.97] 5.
  13. JUAN PABLO II, Encuentro con las familias [8. 10. 94]: AAS 87 (1995) 587.
  14. BENEDICTO XVI, Discurso al segundo grupo de obispos de la R. D. del Congo en visita ad limina, 6.2.2006.
  15. «Proclamar constantemente con fuerza y claridad el «evangelio de la familia». Evangelio exigente y hasta severo en muchas de sus páginas, espe­cialmente en lo que se refiere a la unidad e indisolubilidad, a la fidelidad y a la estabilidad del vínculo matrimonial, a los deberes mutuos de los cónyuges en particular en lo que se refiere al respeto a la moral conyugal, contenida de forma concreta en la «Humanae vitae» y a los que rigen las relaciones entre padres e hijos. Pero sobre todo, es un evangelio de fe, de amor mutuo, de hu­mildad y amoroso servicio, sacrificado de unos para con otros, un evangelio de esperanza y de fidelidad» (JUAN PABLO II, A los obispos brasileños, 1990).
  16. G. PASTOR RAMOS, La familia y la transmisión de valores: Misión Abierta 1 (1991) 23.
  17. JUAN PABLO II, CL 62.
  18. CEE, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, n. 169.
  19. BENEDICTO XVI, Discurso a los obispos de Camerún en visita ad limina apostolorum, 18.3.2006.
  20. Cf. FC 66, 70-75; PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, Preparación al sacramento del matrimonio (Roma 13.5.1996).
  21. Juan PABLO II, FC 69.
  22. M. MELENDO, Comunicación e integración personal, Santander 1985, 155.
  23. CEE, Matrimonio y familia hoy, n. 129.
  24. Ibid., n. 130.

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