Pronunciado en presencia de Luis XVI, en Versalles, el día 4 de marzo de 1785, por el abate Maury
Rey Luis XVI dispuso que el orador repitiese este discurso en su presencia.
Erit vas in honorem, utile Domino,
ad omne opus bonum paratum.
Será un vaso de honor útil al Altísimo,
preparado para toda suerte de obras buenas. (II Tim., 11.)
SEÑOR:
Bendito sea para siempre este día, consagrado por nuestro ministerio a la gloria inmortal del sacerdocio de Jesucristo; este día feliz, en el cual la piedad proverbial de Vuestra Majestad ha querido aprovecharse del elogio de uno de los más grandes bienhechores de la humanidad doliente, y en el que nos gloriamos de poder celebrar a un buen ciudadano en presencia de un gran Rey. Merced a los nuevos honores que entre nosotros va a recibir de la Majestad del Trono, gozara de hoy en adelante de toda su merecida celebridad este hombre sencillo y virtuoso, a quien la Religión tributa el honor de los altares, y hacia el cual un Monarca idolatrado, y por cierto digno de serlo, llama solemnemente las miradas de su siglo y de la posteridad, colocando la estatua del hijo de un labrador en el templo de la gloria nacional.
Pero es, hermanos míos, el panegírico de San Vicente de Paúl, o el elogio del Cristianismo en su acción, lo que vais a oir? La Sagrada Cátedra deberá hoy satisfacer la obligación del reconocimiento de todos los desgraciados hacia un sacerdote pobre que fue su mejor y mayor amigo. No podemos, pues, anunciaros de un golpe el sublime objeto moral que en esto se propone nuestro ministerio. Vengo a poneros delante, en la historia de un humilde ciudadano, el consolador espectáculo de todo el bien que un particular puede hacer a sus prójimos, sin otro recurso que su virtud y las bendiciones del Cielo sobre todas sus empresas. He aquí el espíritu de esta vida santa, de la cual debo trazar la imagen.
Llegados al término de su carrera, observaréis con miradas de admiración y de ternura un medio siglo todo lleno de obras de beneficencia, el cual habréis recorrido conmigo, y entonces podréis medir con respetuosa sorpresa el espacio que ha llenado la caridad de un hombre.
De esta suerte, vosotros, hermanos míos, gozaréis del bien que hizo San Vicente de Paúl, viendo aparecer vuestros ojos todas estas instituciones de caridad. Es necesario, en efecto, que, para que su alabanza sea cual merece, se parezca al alma de este grande hombre, que derramaba alrededor suyo toda clase de bienes; y que a su semejanza llene de contento todos los corazones sensibles dándole nueva vida en este discurso.
Pero al comenzar el elogio del hombre más rico en obras de beneficencia que jamás se haya visto en el mundo, este hombre que la mano de la Divina Providencia condujo por caminos tan extraordinarios a la gloria tan singular de ser, según la expresión del Apóstol, útil al mismo Dios, no será demás el preveniros, hermanos míos, advirtiéndoos que no es a San Vicente a quien en estos momentos deben dirigirse vuestros primeros homenajes, sino a la Religión de Jesucristo, única que puede levantar al hombre a tan eminente grado de virtud. Por lo tanto, nos interesamos ante todo en su favor, convirtiendo a ella todos los afectos de amor y de reconocimiento que van a levantarse en vuestros corazones. El espíritu de esta Religión es lo que venimos a profundizar, no menos que a celebrar su gloria, probando, por el ejemplo de San Vicente de Paúl, que ella forma dignos ciudadanos en todos los países y bajo toda clase de gobiernos.
Para concretarnos en un asunto tan vasto, no trataremos de hacer fijar vuestras miradas sobre alguna de las virtudes que han sido comunes a San Vicente y a los demás santos, aunque él las haya poseído todas en grado el más heroico; tampoco a los solos méritos que le son propios, y que le distinguen de los demás. Tampoco os exigimos que escuchéis con interés su elogio; pues todos sus rasgos son tales, que no pueden menos de impresionar los corazones verdaderamente sensibles. Ni mucho menos intentamos excitar con los vanos discursos de la elocuencia, vuestra admiración por él, sino con la simple relación de los hechos. Sólo necesitamos de vuestra confianza, y solamente debemos preveniros contra la duda que acompaña la admiración. Nada tiene que hacer el arte en semejante discurso, sino sólo hacer verosímil la verdad; relacionar la cadena de ciertos hechos históricos con los designios del Cielo; acercar las calamidades a las instituciones de que fueron causa; siendo bastante, para conseguir nuestro intento, que se nos escuche y se dé entero crédito a nuestras palabras.
La vida de San Vicente de Paúl ofrece, en efecto, un no interrumpido tejido de hechos tan extraordinarios, que temeríais oír una ficción, si esta cátedra de la verdad no garantizase al Ministro de la palabra. Aquí es donde la admirable caridad cristiana es llevada hasta el más elevado grado de evidencia y de heroísmo. Acordaos bien, hermanos míos, que no os diremos nada en nuestro discurso que no haya sido garantizado por pruebas las más incontrastables, y que vuestros padres vieron todo lo que vosotros vais a oír; pues el hombre que queremos daros a conocer, no vivió allá en tiempos muy lejanos ni en países extranjeros, sino en medio del último siglo, en el seno de la capital de este Imperio, que es todavía, ¡y ojalá lo sea para siempre! el teatro principal de sus obras de beneficencia. Y San Vicente ha sido tal, que esta solemnidad, bien puede decirse, no es la fiesta particular de un habitante del Cielo, sino la fiesta universal de la Providencia misma, manifestada por los más claros prodigios, y, por decirlo así, imitada por los más útiles monumentos.
Detengámonos pues a considerarle bajo este doble aspecto, tan admirablemente glorioso para un simple mortal. Veremos con igual admiración en Vicente de Paúl: la obra de la Providencia, primera parte; el instrumento de la Providencia, segunda parte. Erit vas in honorem, utile Domino, ad omne opus bonum paratum. Imploremos la asistencia del Espíritu Santo, por medio de la intercesión de la Santísima Virgen. Ave María.
Primera parte
Recorriendo la vida de San Vicente de Paúl, me parece hermanos míos, descorrerse, de momento en momento, como por grados, el velo con que la Providencia oculta los designios que tiene sobre sus escogidos. Seguid, pues, con atención esta rápida mirada sobre los sucesos que ella ha tan milagrosamente preparado, y su acción os parecerá visible y palpable.
Mirad primero cómo nace este hombre a quien llamaba para grandes cosas; miradle nacer, hacia mediados del siglo diez y seis, en el obscuro lugar de Puy, en el centro de las landas de Burdeos, en la choza de un pobre campesino, del que es el sexto hijo, de un trabajador, que, para servirnos de la expresión de un escritor antiguo, traerá un día su nombre de su hijo, así como los otros hijos lo traen de sus padres, y que le ocupa en su más tierna edad, como en otro tiempo a David, en la guarda de rebaños.
¡Qué preludios, hermanos míos! ¡De qué otra manera mejor hubiera podido manifestársenos en la primera página de su historia la mano de la Divina Providencia para hacer brillar más sus prodigios! Por lo común esta grosera educación, o mejor dicho, esta absoluta carencia de toda educación, parece señalar, sin la menor duda, los destinos de un pobre operario que debe vivir con el trabajo de sus manos y morir en la obscuridad.
Pues cómo le introducirá la Providencia de una manera insensible en sus caminos? Sólo por las virtudes de su estado, más propias de su edad, y la bondad de corazón con que este nuevo zagal atrae hacia sí las miradas de su familia. Por una vocación anticipada y ostensible, hermanos míos, es como este pobre niño se manifiesta ya tan misericordioso, que no duda experimentar voluntariamente el rigor del hambre para remediar la de los pobres que encuentra, y a los cuales distribuye su pan cuotidiano en medio de los campos. Al encontrarle repetidas veces su padre ejercitando tan prematura caridad, prevé que su hijo tendrá entrañas de misericordia, e infiere que tan caritativos sentimientos no pueden ser sino efecto de la gracia de Dios, que quiere hacerle pastor de almas. Obedece presto a la Providencia, que parece, con estos sucesos, explicar sus designios, y entonces, llevándole por un camino por donde no había llevado a los otros hijos, creyó que a éste debía distinguirle con la gracia de la educación.
Así es como San Vicente entró en la carrera eclesiástica por el ejercicio anticipado de las obras de caridad, que son la deuda, no menos que la gloria, de nuestro ministerio. Dios, impaciente ya, por decirlo así, de tener un tal Ministro, bendice en seguida su vocación, de la que éste había dado las muestras, y recoge en sus imágenes vivientes las primicias de tan santo destino. Los adelantos de este zagal, que había aprendido a leer a fines de su tercer lustro, son tan rápidos, que a los veinticinco años de edad se le juzga digno de la unción sacerdotal, para pastor del pueblo santo, como si no hubiese perdido en la guarda del ganado de su padre la mitad de sus primeros años. Tullit me de ovibus patris mei, et unxit me pascere gregem populi, (Reg., IX)
Pero ¿cuál será la influencia del Cielo que va a ejercer sobre su nación y sobre su siglo este joven sacerdote, que no parece sino que sólo está destinado a ocupar su vida y terminar sus días a doscientas leguas de la capital de Francia, dedicado a las más humildes funciones del ministerio pastoral? Ya la opinión misma que de su virtud se va extendiendo, parece que le quiere desviar de sus destinos. Vicente de Paúl es entonces nombrado por su Obispo Cura del rico curato del Thil, en la Diócesis de Dax; pero felizmente sucede que se le disputa su posesión delante de los Tribunales, y la delicadeza de su conciencia no le permite asegurarse de un beneficio por medio de un proceso. Renunció, pues, persuadido de que la Providencia no le llamaba a él, puesto que le suscitaba un competidor. Y en efecto, no se equivocó; pues Vos, ¡oh Dios mío! teníais sobre él designios muy diferentes. Yo os doy gracias, Señor, en nombre de la humanidad entera, por haber apartado sus primeros pasos de un retiro en que su humildad le habría sepultado para siempre.
Este favor de lo Alto no fue concedido para él, sino su siglo, hermanos míos; y Dios no le aparta de una tierra de olvido, que hubiera sido muy cara a su corazón, sino para ponerle inmediatamente a la prueba la más terrible. Vicente de Paúl, oyendo la súplica de sus pobres padres, parte de la Guyena para ir a recoger en Provenza una pobre sucesión de familia; y en su vuelta de Marsella por Narbona, cae en manos de un pirata, que le conduce esclavo a Túnez. Vendido por tres veces en el mercado público a hombres que él mismo llamaba con sentimiento enemigos de naturaleza humana, condenado sucesivamente a los más duros trabajos y a los más bárbaros tratamientos, pasa tres años enteros en tan dura esclavitud, sin prever el término de ella, sin ser conocido de persona alguna, sin que se supiese por su propia familia lo que le hubiese sucedido. Dios parece que le había dejado olvidado entre las abrasadoras arenas del África; pero este aparente sueño de la Providencia va a terminar bien pronto. Enviándole a esta escuela tan ruda de la adversidad, el Cielo tiene sus miras, que se manifestarán adelante. Cuando el Eterno se digne aliarse, por decirlo así, con el tiempo para madurar y desenvolver sus adorables designios, será necesario que nosotros, mortales impacientes e ignorantes, aguardemos hasta el momento en que Él pase a obrar, para comprenderle, y más aún para osar juzgarle.
¿Cuál será el libertador que la mano del Omnipotente suscitará para romper sus cadenas? ¡Libertadores, hermanos míos! No hay otros para él que el ascendiente de su virtud y el móvil secreto de la Providencia. El último de sus amos, y el más cruel de todos, es un apóstata que detesta la Religión de Jesucristo, de que vilmente ha renegado. La paciencia de Vicente de Paúl, su mansedumbre, su resignación, su ardor por el trabajo, que endulza con continuas oraciones, suavizan poco a poco aquel corazón duro. Conversa frecuentemente con su esclavo, que, por sus virtudes, le cambia pronto en un hombre digno de derramar lágrimas, y por su instrucción, en un cristiano capaz de los más heroicos sacrificios. La verdad, que Vicente de Paúl sabe hacerle amable y sensible, esclarece y turba su conciencia. Este hombre, antes tan hosco y bravo, se hace poco a poco tratable, y tan dócil a la voz del nuevo Apóstol, cargado de sus cadenas, y se aficiona tanto a él, que no sólo consiente en darle libertad, sino ¡cosa increíble! en seguirle y escaparse con él. Parten de noche sobre su débil esquife, puestos a merced de las olas, sin brújula y sin piloto, bajo la protección de la Providencia paternal, que Salviano llama el gran piloto del Universo; y así atraviesan el Mediterráneo, llegando felizmente a Aguas Muertas. ¡Ciertamente ella es, Dios mío! — podemos decir a la letra aquí con Salomón; — sólo vuestra Providencia gobierna esta barquilla en su camino y abre a Vicente de Paúl, privado de los socorros del arte, un camino en medio de los mares. Tua pater, Providentia gubernat , quoniam dedisti et… in mari viam etiam si sine arte adeat… mare. (Sap., XIV, 3.)
Apenas desembarcado sobre las costas de Francia, Vicente de Paúl, impaciente por socorrer a sus hermanos que ha dejado en las mazmorras de Túnez y de Argel, mira alrededor suyo buscando protección, y se dirige por fin a la persona más poderosa de la comarca; anda a exponer sus males al Legado, de Aviñón y lamenta la causa de sus infortunios de una manera tan conmovedora y elocuente que el Prelado Montorio se interesa por él con gran empeño. Aquí es donde, hermanos míos, donde se renueva esta cadena de la Providencia, que parecía haber roto la gracia. Mis pensamientos no son como vuestros pensamientos, dijo el Eterno a los mortales, que, temerarios, quieren sondear la profundidad de sus caminos. Vicente de Paúl no buscaba en Montorio sino protección para sus compañeros de cautividad; y, sin embargo, encuentra en él un protector que se le adhiere y le lleva a Roma, y habla de él con tanto entusiasmo en esta capital de las naciones, que el Embajador de Enrique IV, el mejor de los hombres grandes, quiere verle y tenerle en su compañía. El Cardenal de Ossat, tan profundo en el arte de conocer a los hombres, del cual decía el Papa Sixto V que para escapar de su sagacidad era necesario, no sólo abstenerse de hablar en su presencia, sino aun de pensar, este Cardenal, pues, juzga luego al joven Sacerdote francés digno de su confianza más íntima, le asocia a sus negociaciones, le vuelve a su patria y le encarga una importante comisión cerca del buen Rey. Enrique el Grande, después de haber conversado varias veces con Vicente de Paúl, concibió grande estima por él, hasta el punto de declarar a la Corte la resolución que tenía de elevarle al Episcopado, cuando el más execrable de los parricidas hizo huérfanos a nuestros padres e hizo derramar a toda la Francia torrentes de lágrimas, que no ha podido secar el transcurso de cerca de dos siglos.
He aquí, hermanos míos, a Vicente de Paúl, después de tan lamentable desastre, en medio de la capital, sin apoyo de la nueva corte, sin bienes, sin padres, abandonado a la Providencia sola, que se lo reserva enteramente para la ejecución de sus designios. Mas, lejos de recurrir hacia sus primeros resplandores de prosperidad, que habrían podido tentar su ambición y engañar su inexperiencia, se esmera en apartarse del camino por donde le quería llevar la fortuna, para seguir gustoso caminos más obscuros, y se entrega al servicio de los pobres en el nuevo hospital de la Caridad. Allí es donde la Providencia le prepara entre sus enfermos, mediadores y apoyos. Los instruye, los guarda, les consuela de sus males, ya que no puede socorrerles, les asiste sin descanso con el celo de un hombre que se compadece y que, viendo padecer a sus semejantes, participa de sus angustias, y siente la virtuosa necesidad de consolarles para endulzar los padecimientos de su mismo corazón. Aquellos desgraciados, enternecidos por los cuidados paternales que todos los días les prodigaba, no sabían cómo manifestarle su agradecimiento. El Cardenal Bérulle, llevado de su piedad, y más aún por la Providencia misma, fue un día a visitarlos. Al presentarse este personaje en medio de ellos, como el ángel de la caridad, se levanta de todos los lechos de dolor un concierto de bendiciones que le recomiendan este Sacerdote misericordioso y caritativo. El Cardenal, sobrecogido de un vivo respeto hacia este hombre virtuoso, que se humilla y quiere ocultarse para sustraerse a tan imprevistos homenajes, recibe los votos de aquellos pobres enfermos y se encarga de satisfacer su deuda; y al día siguiente, de Capellán del hospital, Vicente de Paúl pasó a ser Capellán limosnero de la Reina Margarita de Valois, que además le dio el nombramiento de la abadía de Chaume.
¡Oh, Dios mío! yo no desesperaré de sus destinos en la desgracia, que eleva al alma, cuando no consigue envilecerla; pero vuestra Providencia parece apartarse de él en la prosperidad, prueba no menos terrible para la juventud que difícil a la misma virtud sólida. Si no le anima otro deseo que la ambición, podrá, sin duda, alimentar en adelante su ociosidad con el pan del Santuario. ¿Qué se puede esperar, en efecto, para la Iglesia de Jesucristo y para la sociedad de un esclavo, elevado tan bruscamente por la carrera de la fortuna? ¿Qué se puede esperar, hermanos míos? Que se vuelva pobre. Pues esto es lo que quiere la Providencia, que parece teme exponerle a muchos peligros, dejándole por largo tiempo abundar en riquezas, mientras que labra sus virtudes en el silencio, y su divina voluntad se va cumpliendo por momentos.
Vicente de Paúl, que ha sabido soportar con ánimo más arduos reveses, no puede aguantar una ociosa opulencia; así que cede voluntariamente su cargo y su abadía. ¿Y queréis conocer cuál fue el motivo de estos dos sacrificios? Había oído decir al Cardenal Bérulle que la Parroquia de Chatillón era tan pobre que, después de haber sido renunciada sucesivamente por tres titulares durante un mismo año, no podía ya encontrarse quien se encargara de su Cura pastoral. Este era suficiente motivo para hacersela desear, y, en efecto, esta Parroquia tan pobre y abandonada es la que él pide y prefiere a todas las más pingües. No teme que se le niegue su posesión por algún proceso, pues seguramente no habrá para ella ávidos competidores que se la disputen. La Providencia, que le había formado sin darse él cuenta, quiere mostrarle de cerca la miseria que domina en el campo, la influencia de los buenos pastores, los infortunios y los abusos, que debe remediar un día; aún no está completamente maduro, según la voluntad del Altísimo, para cumplir sus vastos designios; entretanto él tiene por conveniente huir y ocultarse en la humildad de sus virtudes; mas, cuando llegue el momento destinado en el Cielo, mis designios se cumplirán—dice el Eterno—y mi voluntad se ejecutará en toda su extensión. Consilium meum et omnis voluntas mea fiet. (Isai., XLVI, 1º).
Apenas se habían pasado seis meses desde que Vicente de Paúl ejercía el ministerio parroquial en Chatillón con un ardor y suceso prodigiosos, que ya había ganado la confianza de los pobres por los socorros que había conseguido en favor de la indigencia; la confianza de los ricos por su amor ilustrado, constante y discreto del bien, que gana al ministerio pastoral las almas caritativas; había regenerado las buenas costumbres entre su rebaño, terminado 42 procesos, alejado las discordias de los términos de su Parroquia; finalmente, había instituido en provecho de todas las clases necesitadas los felices ensayos de las obras de caridad que veremos fundarse más adelante. Así se forma para las grandes empresas de beneficencia, observando con su mirada llena de celo las necesidades de los pobres, los abusos de la caridad falsa y los recursos del ministerio pastoral. Así muestra a la Dombe admirada, para usar aquí de sus mismos términos, cómo un buen Sacerdote es una gran cosa. Él goza ya del bien que ha hecho y del bien que medita. Espera vivir y morir en el ejercicio de estos ministerios, tanto más queridos de su espíritu cuanto más desea encontrarse cerca de los desgraciados; en fin, dejó una idea tan elevada de su santidad, que ya desde entonces sus parroquianos predecían unánimemente su futura canonización, según han asegurado jurídicamente en su declaración preliminar, al incoar su causa.
De pronto la autoridad para él sagrada del Cardenal Bérulle, que se desenvuelve con la más constante perseverancia, o mejor diremos, los decretos del Cielo, de los cuales se dice él formalmente intérprete y que se descubren de una manera casi insensible, arrancan a Vicente de Paúl de las lágrimas de sus ovejas queridas, separándole de su ministerio público para consagrarle, no obstante su repugnancia e inquietudes, a la educación de los hijos del Marqués de Gondi, General de las galeras. ¡General de las galeras! Insisto sobre esta palabra, pues la providencia tiene sus destinos.
Vicente de Paúl presidió la educación del famoso Cardenal de Retz, que tan tarde se supo aprovechar de las lecciones y ejemplos de tal maestro. Mas cuando el discípulo llegue a sentarse, aun siendo joven, en la sede de París, os explicará el secreto de Dios, autorizando durante su episcopado todos los establecimientos de Vicente de Paúl.
No temamos, pues, hermanos míos, que al aceptar Vicente un empleo que el destino de sus discípulos hace tan importante a la Iglesia, se aparte de su camino. También ahora la constante vigilancia de su caridad le descubre medios de hacer bien y de ejercitar su celo. Pasó con 4ua discípulos durante la mayor parte del año en el castillo de Montmirel. Allí, los recuerdos de su infancia le inspiran, como al buen profeta Amós; le inspiran una oculta tendencia a enseñar la Religión, única moral del pueblo, a los habitantes del campo, de cuyas fatigas había participado durante la primera época de su existencia. Le era, sin duda, muy natural convertirse en apóstol de sus hermanos; y su corazón se encontraba entre ellos como en familia. Desde luego consagra a su instrucción todos los momentos que puede quitar al sueño. Anda con ellos los largos surcos que el arado va haciendo para no apartarlos de su trabajo, siendo ésta la escuela experimental de su elocuencia apostólica, por medio de la cual le veremos dominar la capital del reino. Así es como, dócil a las inspiraciones del Cielo, Vicente de Paúl, guiado en todos sus pasos por el ángel de la Providencia, el cual no le descubrirá su secreto, como al joven Tobías, hasta que se hayan cumplido los designios de Dios, entra en la carrera de las misiones, nuevo género de bien en que la Providencia quiere formarle, y que bien pronto adquirirá un sorprendente y saludable desarrollo, gracias a su ejemplo y a sus instituciones admirables.
Mas ya sea porque su humildad le alarme, por la veneración que le profesa aquella ilustre familia, ya sea porque el ardiente celo que le devora se encuentra demasiado restringido dentro de las paredes de aquella casa, ya sea que le espante la prodigiosa fortuna que le parece aguardar, ya sea, en fin, que él ceda a los movimientos que le inspiran los profundos pensamientos bajados del Cielo, según expresión de Bossuet, para huir de los grandes, de que cree no recibe sino disgustos, huye del resplandor de sus virtudes, huye del peligro que presentan las riquezas, y huye tan lejos que su renombre no podrá seguirle.
Más ¿cuál es el retiro que va a elegir? Durante los tres años que acaba de pasar en la casa del General de las galeras, Vicente de Paúl visitaba frecuentemente en la capital los infelices condenados a las cadenas, que la Providencia parecía haberle aproximado para ponérselos al alcance de su celo. Su vista le ha conmovido tan profundamente, que no puede tener oculta su compasión; parte, pues, sin comunicar su designio, para ir a misionar a las chusmas de galeotes de Marsella. Sabemos de él mismo, hermanos míos, que, para mover a aquellos hombres endurecidos en el vicio, besaba sus cadenas, les asistía en todas sus necesidades, y que a fuerza de mansedumbre, de ternura y de caridad, llegó bien pronto, según el testimonio auténtico del señor Obispo de Marsella, a hacer, de aquella madriguera de todos los vicios, un templo donde no se oían más que las alabanzas de Dios, salidas de aquellas bocas, antes dedicadas a la blasfemia.
Sin embargo, entre aquellos forzados que somete de corazón a la Providencia, se encuentra uno que por su desesperación se resiste. Es un hombre joven, condenado por las leyes fiscales a tres años de prisión en las galeras, inconsolable por la miseria en que deja a su mujer e idolatrados hijos. Vicente de Paúl, no pudiendo enjugar sus lágrimas, quiere romper sus cadenas, y aprovechándose de la obscuridad en que se ha ocultado para ejercitar toda su ai diente caridad, solicita y obtiene la libertad de aquel infortunado por un medio que la imaginación no osaría sospechar; y a ejemplo del ilustre Obispo de Nola, San Paulino, que por romper las cadenas de un esclavo de África se reduce voluntariamente a la esclavitud, Vicente de Paúl se pone en el lugar de aquel joven forzado.
El heroísmo de la virtud, hermanos míos, tiene algo de inverosímil, sobre todo para nosotros, que no vivimos en aquellos tiempos de santidad tan heroica, en que tan suplí mes sacrificios eran muy comunes en nuestra santa Religión, fundada sobre un rasgo parecido del divino Redentor, que se hizo hombre para rescatar al género humano. Santa y verdaderamente fraterna caridad de los primeros tiempos del Cristianismo, ¿en qué te has convertido? Conocemos a muchos entre vosotros, — decía el Papa San Clemente; — sí, conocemos a muchos, que se han ofrecido y puesto en cautividad por desatar las cadenas de sus hermanos, y que se han condenado a la esclavitud para sustentarlos con el precio de su libertad: Multos inter vos cognovimus qui se ipsos in vincula conjecerunt, ut alios redimerent. Multi se ipsos in servitutem dederunt, ut, accepto precio sui, alios cibarent». Vicente de Paúl había sido reservado para recibir de Dios, en estos últimos tiempos, tina de esas almas primitivas, escapadas de los primeros siglos de la Religión cristiana. Nuestro abyecto egoísmo, admirado de un arranque de tan elevada caridad, no encontrando ya en el secreto de nuestro corazón el persuasivo testimonio de una emulación tan generosa, no estima ya bastante a los hombres, ni nos deja tampoco estimarnos a nosotros mismos cual se merece, para elevarnos en nuestros días a la persuasión de semejante sacrificio. Los sacrificios de un grande carácter nos humillan demasiado para poderlos conciliar con la idea que tenemos tan estrecha de la virtud, que no es sino la vergonzosa medida de nuestros sentimientos.
Mas la prueba de este hecho tan extraordinario, del cual o debemos juzgar, sobre todo, según nuestras actuales leyes de policía, la prueba de este hecho auténtico, sin el cual bien pronto veréis que toda la vida de Vicente de Paúl sería inexplicable, esta prueba es discutida y tratada en el proceso de su canonización. Y no es durante el entusiasmo de la juventud, sino a sus cuarenta años, cuando Vicente de de Paúl se bajó a este sublime exceso de humildad y de caridad en favor del más abyecto de sus hermanos. ¡Vedle, pues, católicos, confundido con los forzados, cargado de cadenas, agarrando el remo con una mano, bajo la humillante apariencia de una víctima de las leyes, pero víctima voluntaria de la caridad! ¡Cuán grande, cuán augusto es en su misma humillación! ¡Oh, Dios mío! ¡Contemplad desde lo alto del Cielo este espectáculo digno de vuestras miradas; y que todos los coros de los Ángeles os bendigan en este momento, por tener, entre los tesoros de vuestra misericordia, recompensas eternas para pagar tan gran sacrificio! Honrados hierros, sagrados trofeos de la caridad, ¡lástima que no estéis suspendidos en las bóvedas de este santo templo, como uno de los mejores monumentos de la gloria del Cristianismo; pues adornaríais dignamente los altares dedicados a Vicente de Paúl, recordando a la sociedad los ciudadanos que le da la Religión de Jesucristo; y la vista de estas cadenas, justamente reverenciadas como un objeto de culto público, animaría de siglo en siglo a nuestro ministerio a formar otros semejantes!
¿Puede añadirse alguna cosa a esta acción tan grande? Sí, hermanos míos, es el cuidado tan exquisito que tuvo durante su vida de ocultarla a los que le trataban. Jamás este hombre, cuyas dolencias atestiguaban hasta su muerte este heroico y doloroso ofrecimiento; jamás este hombre que sin cesar repetía, en la corte de los Reyes, que era hijo de un pobre labrador y que había guardado ovejas durante su infancia; jamás habló de tan excelente acto de su vida, que, sin embargo, no se atreve a negar. No respondía sino por una dulce sonrisa, y los ojos humildemente inclinados, cuando se le traía a su memoria este recuerdo, reflejándose en su rostro la alegría involuntaria que se escapaba a su espíritu con el solo nombre de forzados. En un primer desahogo de su corazón, había confiado viste secreto por escrito a un amigo suyo. Supo en su ancianidad que se conservaba su carta. Desde aquel momento hizo lo indecible para recobrarla. Seguramente no hubiera podido tomar más precauciones para ocultar el mayor de los crímenes. La persona de confianza que escribía lo que él dictaba, hizo felizmente inútiles sus instancias, añadiendo: si la carta que os pide contiene alguna alabanza acerca de él, guardaos de remitírsela, pues la quemaría. Así es como ha sido necesario casi siempre salvar su gloria de su humildad, siempre inflexible, que se esforzaba en abismarle en el anonadamiento.
Segunda parte
Publicado este sacrificio tan heroico, Vicente de Paúl deja a Marsella, y muy contento por encontrar un refugio contra la pública admiración que le persigue, este humilde héroe del Cristianismo corre a ocultarse gozoso y a detener su importuna reputación en la obscuridad del curato de Clichy. ¿Dónde vas a esconderte, héroe sublime, huyendo de la Providencia? Vedle, hermanos míos, apartarse del sendero al cual el Cielo le llama; pero Dios, que sigue sus pasos, le volverá pronto a su camino. El General Gondi, instruido de cuanto había pasado en las galeras y de su huída, se apresura a informar de ello al Rey; y Luis XIII, para dar más realce al triunfo de Vicente de Paúl en el mismo lugar de su humillación, le nombra Capellán general de las galeras. El Superior General de su Congregación goza todavía de este título, de esta dignidad, como la más preciosa herencia de su gloria. Hay en esta recompensa no sé qué de antiguo y de grande que eleva el alma y la penetra de ternura.
Pero Vicente de Paúl ¿se limitará a los solos ministerios de este puesto, que ciertamente ha merecido bien? No, hermanos míos, esto no bastaría para la actividad de su celo. La Providencia tiene sobre él otras miras, y se apresura a abrir una nueva carrera al genio de la caridad, que se manifiesta en él con tanto brillo, por la imprevista donación que le atrae su elevada nombradía, de la rica casa de San Lázaro, donación que él rehusa durante un año entero, para asegurarse mejor, según decía, de la voluntad de la Providencia.
Luego que él probó así la voluntad de Dios, antes de aceptar tan sólida fundación, este digno Ministro de Jesucristo, dotado en un grado muy eminente del don de hablar bien de Dios, regenera en la capital las costumbres públicas, abriendo gratuitamente, cada año, a más de veinte mil hombres de todos los estados y condiciones, la puerta de los ejercicios espirituales, tan saludables, y cuyo uso está todavía vigente entre las gentes del campo y en nuestros ejércitos. Este infatigable conquistador de las almas dio, en pocos años, hasta trescientas misiones. Mas luego se convence de que el fruto que él pudiera hacer en el reino no sería estable si no estaba sostenido por el ministerio pastoral. El santuario no le presentaba sino escándalos, que desconfiaba de poder remediar. Dirige entonces sus deseos sobre la generación que se está formando, y encamina hacia los designios de la Providencia su influjo para con la casa del General Gondi. Propone al Cardenal de París su intento de reanimar el espíritu eclesiástico en su vasta Diócesis, modelo de todas nuestras iglesias, y este Prelado no cree poder secundar mejor una empresa de tanta importancia sino prescribiendo, como condición indispensable para recibir los sagrados órdenes, la obligación de hacer ejercicios bajo la dirección de Vicente de Paúl. Presidiendo así a la instrucción de los nuevos eclesiásticos, esperanza del santuario, siente la necesidad de prolongar la educación sacerdotal. Esta idea luminosa, cuyas ventajas deben envidiar todas las clases de la sociedad a los ministros de la Religión, le muestra a la vez el fin y el camino, Luego, con el establecimiento de los Seminarios en la capital y en todo el reino, Vicente de Paúl cumplió el deseo tan fecundo y tan apremiante del Concilio de Trento, consiguiendo regenerar el Clero de Francia, que, gracias a esta inmortal institución, llega a ser el primer Clero de Europa.
Entonces fue cuando, desplegando este espíritu sacerdotal, de que el Cardenal de Bérulle fue en Francia el primer motor, Vicente de Paúl, secundado por una legión de émulos, inflamados de su celo, sale de su obscuridad con este acompañamiento de santos Sacerdotes que, marchando sobre sus huellas, se extienden por todo el reino, para propagar sus beneficios y su gloria, admirando todos a la vez este último siglo por el genio creador de las fundaciones, d‘utinadas—son sus mismas palabras—a hacer circular abundantemente por el santuario la savia del antiguo sacerdocio, y se señalaron a porfía por monumentos utilísimos a la Religión no menos que a la sociedad, cuyos intereses son siempre inseparables: los Almerás, los Olier, los Tronson, los Bernard, los Eudes- Mezerai, los Bordaise.
Me complazco en verle a él mismo a la cabeza de su Seminario, teniendo por discípulos a Bossuet de Meaux, Abelli de Rodez, Perochel de Boulogne, Godeán de Vence, Pavillon d’Aleth, Vialard de Chalons, y formándose una colonia de cooperadores que perpetuarán para siempre sus trabajos. He aquí su escuela, estos son sus frutos.
Así es como, inspirando en todas partes la admiración y la confianza, y asociándose sin designio alguno, sólo para I momento, una reunión de excelentes Sacerdotes, que .1 anima de su espíritu, Vicente de Paúl crea, casi sin advertirlo, su Congregación de la Misión, recomendada igualmente por el sufragio de los Sumos Pontífices que por la estimación de los reyes y por la veneración de los pueblos. Para hacerla acreedora para siempre a un nombre tan apostólico por el ministerio del celo en continua acción, manda una numerosa colonia de hijos suyos a las misiones extranjeras, a extender el imperio de Jesucristo, desafiando Ritualmente y en la obscuridad todos los horrores de la proscripción, de la esclavitud, del hambre, de la peste y del martirio en las regiones más lejanas y más bárbaras del globo. Pero santamente ambicioso de sobrevivir a sí mismo en su patria, obliga por un voto especial a todos los miembros de la Congregación, de la que él es el Jefe, a dar constantemente misiones en el interior de Francia, en favor de las clases más humildes de la sociedad, en las que la Religión sola es una fuerza verdaderamente popular para la conciencia, porque a ella sola es dado asentar bases inconmovibles, y es la misma un resorte inquebrantable para la moral pública. Vicente de Paúl es, bajo todos conceptos, el hombre del pueblo. El pueblo es propiamente la familia de su corazón y el patrimonio de su celo apostólico. En consecuencia, quiere que sus cooperadores se le parezcan y sean eminentemente, como él, los Sacerdotes del pueblo, consagrándoles desde luego a instruir, a consolar, a santificar a estos pobres habitantes del campo, entre los cuales ha nacido, y después para sostener las admirables instituciones, las unas por medio de las otras, formando en los Seminarios Párrocos para toda la Francia.
El proyecto, que tan felizmente llevó a cabo, de dar a este imperio ese cuerpo admirable de dignos pastores, quiero decir, esos cuarenta y cinco mil excelentes ciudadanos, en uno de los mejores pensamientos que el celo del bien público haya jamás inspirado. Me asocio con confianza al homenaje de Luis XIV, admirable en especial por su tino en la elección de las personas, el cual quiso que la familia espiritual de Vicente de Paúl fuese a hacer respetar la Religión en Versalles por su desinterés, ejerciendo para siempre, con exclusión de otros, las importantes funciones del ministerio pastoral. ¡Gracias mil le sean tributadas! Las esperanzas del gran Rey no salieron fallidas. Los hijos no han degenerado, en esta región corruptora, del celo apostólico y de la simplicidad de su Padre. Establecidos en la corte desde hace siglo y medio, estos virtuosos Misioneros se muestran constantemente dignos, por su primitivo fervor, de servir de modelo a todos los pastores de este vasto reino.
Tantas empresas y tan felices sucesos llevaban así todos los días el renombre de Vicente de Paúl del santuario hasta la corte de los Reyes, donde se afecta muchas veces alabar el bien, para persuadir que se le ama. Luis XIII, llegado al término de su decrepitud, en la flor de su edad, ve su sepulcro pronto a abrirse. Tiene el ánimo, propio de su descendencia, de despegarse del trono y de la vida; pero siente la necesidad, tan urgente para un Rey a quien la muerte va a presentar ante el supremo tribunal, de un poderoso mediador para con Dios, para reanimar su confianza un momento tan terrible. Un mes antes de su muerte, ocupado en los pensamientos de la eternidad, se acuerda, en su lecho de dolor, del heroísmo cristiano del Misionero forzado. Pues éste es el hombre de Dios a quien su veneración le designa para asistirle en su última hora. Aparta pronto de su lado al depositario ordinario de los secretos de su conciencia, y pone su alma entre las manos de Vicente de Paúl, que la llenará de paz y de esperanza.
Mirad, hermanos míos, a este Apóstol de los pueblos, que de repente es llamado, como un ángel de misericordia, para compadecer y fortalecer un Rey agonizante. Vedle presentar de este lado de la tumba la Religión consoladora que viene a endulzar los horrores de una prolongada agonía. Al lado de tan conmovedor espectáculo, vedle tomar al heredero, aún joven, en sus brazos, instruirle en su fe y sus deberes, llorando juntamente con él cerca del lecho de muerte, para penetrar más adentro en el corazón y en conciencia del padre, en presencia de aquellos miserables restos de toda grandeza humana, donde sólo Dios queda de pie, enseñar todos los días a Luis XIV, todavía niño, y que se acordará frecuentemente, los principios del Evangelio, que también son el verdadero Código de la humanidad. Luis XIII no hace sino derramar lágrimas de compunción, de resignación y de amor en el seno del amigo de Dios. Pero antes de entregar entre sus brazos su último aliento, es necesario que este Príncipe cumpla los designios de la Providencia, al enviarle tal Ministro. Me parece oirle, reanimando su apagada voz, pedir las bendiciones del Cielo sobre las primicias del glorioso reinado de su sucesor, exhortando a la Reina a confiar a este santo Sacerdote la elección de los sagrados pastores que durante su regencia haya de dar a los pueblos. Ana de Austria no duda un momento en obedecer a esta voluntad sagrada, y nombra a Vicente de Paúl presidente de su consejo de conciencia; le confía, con admiración de su corte, este empleo tan importante para las costumbres, los estudios, los servicios, las recompensas eclesiásticas, y quiere que este mismo instituidor de los Seminarios, que ha sabido tan bien formar los Obispos, sea en especial encargado del cuidado de su elección.
¡Oh Vicente de Paúl, que te has sometido tan pronto a la Providencia en los reveses! no le resistas ahora, cuando Ella te condena a la prosperidad. ¿Puedes dudar acaso que tu elevación sea obra suya? Tu desinterés sufrirá esta prueba sin alteración. Elevándote del polvo a tan alto lugar en el estado levítico para que tú coloques en él a otros, según les corresponda, Dios quiere que tu ministerio re convierta en una época de gloria inmortal para el Clero de tu Patria. Pues tú has sido el modelo, sé también la regla. Acabas de demostrar a Francia que un nuevo linaje de insólita y poderosa emulación crea y desarrolla en ella las virtudes y los talentos propios de cada ministerio, bajo un Gobierno que sabe justamente apreciarlos. Obedece a la voz del Cielo que te llama, y, como favorito de la Providencia, vas a medirte por, segunda vez con la fortuna.
Adelante, pues. A un alma como la tuya, seguramente no podrá embriagar el poder. ¿Quién sabe, te diremos como Mardoqueo a Ester la afortunada, si Dios no te confía tan importante autoridad para que, aunque solo, te opongas a los desórdenes de la minoridad de Luis XIV? Quis novit utrum idcirco ad regnum veneris, ut in tali tempore parareris. (Esther.,IV,14).
Vicente de Paúl obedece únicamente a los impulsos del celo que le anima; por consiguiente, no hay por qué temer, pues, que desde la primera vez que se presenta delante de la Regente del Reino protesta formalmente que no aceptará, ni para sí ni para su Congregación, gracia alguna eclesiástica. Siempre se conserva fiel a esta promesa, viviendo en una honrosa necesidad, mientras que por sus manos se reparten los abundantes tesoros del santuario, y él se presenta durante diez años al Consejo del Rey con la misma sencillez que en las misiones de la aldea. Su poder aumenta la autoridad y la influencia de sus virtuosos ejemplos. A él se debe que comenzara una regularidad severa, la extensión de los estudios, la asociación preparatoria al gobierno pastoral para los llamados al Episcopado, y el espíritu eclesiástico que distingue a la Iglesia de Francia. Sus elecciones, con que se formó el primer Clero de Luis XIV, honran para siempre su ministerio, y basta recordar cuáles fueron los Prelados de su tiempo, para juzgar de su discreción y de sus principios.
Llevado a la corte por la Providencia, Vicente de Paúl no se aficiona a ella. Durante las revueltas de la Fronde, en que la intriga ha dejado entre nosotros de degenerar en facción, va, sin temor del resentimiento del Cardenal Mazarino, a pedir y volver a pedir la paz a San Germán Laye en favor de esta capital, siempre no menos fácil a engañar que terrible en sus desarreglos. Pronto se difunde el ruido de su desgracia por todo París; mas apenas se desvanece con su vuelta, sus amigos acuden a felicitarle a San Lázaro. ¿Y queréis conocer toda la energía de la humildad cristiana? Escuchad su respuesta:—/Pluguiese a Dios—dijo—que la nueva hubiese sido cierta! pero un miserable como yo no merece este favor.
¿Y cuál es, pues, este favor que le parece tan importante y tan apetecible? ¿Es, por ventura, el fin de su cautividad en Túnez, o es el término de su martirio en las galeras, de que Vicente de Paúl habla con tan impaciente elocuencia? No, hermanos míos: es del humilde y ardiente deseo que le atormenta de no estar más al frente del Consejo del Rey. Así es como la Providencia no cesa de violentar la humildad de Vicente de Paúl y como le conduce por la mano, a través de los más tristes desastres, al principal de todos los ministerios eclesiásticos. Todos los medios de que ella se sirve para elevarle son para él otros tantos actos de virtud. Hace que nazca en la indigencia y su educación es una especie de prodigio. Apenas le saca de esta primera obscuridad, cuando en seguida le envía a la esclavitud durante tres años enteros. Después le coloca por breve tiempo a la vista de Enrique IV; cinco meses en el Hospital de la Caridad; tres años en la casa de Gondí; seis meses en Chatillón; muchos años en los Seminarios o en las misiones; un mes cerca del lecho de Luis XIII.
Todos los instantes de su vida estaban señalados y contados por la Providencia, que le preparaba desde sus primeros años a estos elevados destinos por medio de tantas pruebas. Dios comenzó al fin a manifestarse, según expresión de los libros santos, y le destinó para que distribuyendo todas las prelacías del Reino. Cambiemos los nombres, hermanos míos: no es ya Vicente de Paúl al que vemos en todo esto; es José, que guardó los rebaños de su padre Jacob, fue vendido a los ismaelitas, llevado cautivo, librado de la servidumbre por el auxilio del Cielo y colocado cerca del trono de Faraón para repartir las gracias del Rey de Egipto.
La historia de un hombre verdaderamente célebre terminaría con lo dicho y aparecería dignamente cumplida. Mas la de San Vicente de Paúl principia aquí precisamente. Es ya un vaso de honor preparado por el Altísimo toda clase de obras buenas; y desde aquí fue necesario q mediante una lucha, sostenida con la ayuda de la Providencia, opusiese al presente prodigios a prodigios, que satisficiese para con los infortunados la deuda que le imponían, ya los males tan instructivos, ya una elevación tan imprevista; fue menester que las maravillas de la segunda mitad de su vida hiciesen resplandecer las admirables intenciones del Cielo en las pruebas de la primera, y que, desarrollando a la vez toda la actividad de una grande alma, todo el valor del amor paciente del bien, toda la sabiduría del genio de la experiencia, todas las industrias del celo, todos los prodigios de la caridad, acabase, por una gloriosa semejanza, de justificar el oráculo de San Pablo, que le hemos aplicado, tomándose útil a los designios del Señor: Erit vas in honorem utile Domino, ad omne opus bonum paratum. Este es el objeto de la segunda parte de mi discurso.
Tercera parte
Cantad un himno, podemos decir aquí con el profeta Isaías, cantad un himno en honor de la Providencia, vosotros, pobres y desgraciados, que habitáis en el polvo! Expergiscimini et laudate, qui habitatis in pulvere. Os anunciamos un amigo, un protector, un padre. Y vosotros, hermanos, que, colocados en los primeros puestos de sociedad, creéis tan difícil el poder hacer bien a vuestros semejantes, bajad y ved cómo de la clase más obscura sale modelo más perfecto de los bienhechores de la humanidad. ¡Dichoso destino de Francia! En medio de las revolucio de la Fronde, Vicente de Paúl funda en su capital establecimientos más grandes de caridad, del mismo ido que un siglo antes, en medio de la anarquía de las guerras civiles, Miguel del Hospital daba sus mejores leyes a este Imperio. Ved, pues, un Sacerdote de Jesucristo, que no se señaló por alguna elocuente obra en favor de los desgraciados, y a quien el nombre mismo de beneficencia fue desconocido, pero que se mostró tal, ya por sus obras benéficas, ya por la influencia de sus virtudes, que no se puede recordar sin asombro lo que hubiera sido de esta capital de nuestro imperio si él no hubiera existido, ni pensar, sin conmoverse de ternura, en el alto grado de prosperidad a que llegaría, si Dios le diese cada siglo un ciudadano semejante. Pasó, como Jesucristo, su vida sobre la tierra haciendo bien a los necesitados. Pasaba, en favor de los indigentes, los límites de la Providencia. Sus cuidados paternales en favor de los desvalidos tenían el ardor y las rápidas efusiones de una pasión violenta, pero con aquella tenaz constancia que sólo es propia de la virtud. Amaba de tal modo a sus hermanos, que vino la caridad en él a ser mucho más activa que lo haya podido ser jamás el amor desordenado en cualquiera de los mortales. Vino a ser el héroe inmortal del pueblo cristiano, pareciendo destinado del Cielo para mostrar a la tierra esta Religión patriótica, genio del bien para crear, como la impiedad es el genio del mal para destruir.
Lo primero de todo, sin entrar en la enumeración de sus limosnas particulares, de las cuales es imposible a la Religión desarrollar su inmenso cuadro, observad, herma nos míos, que, desde su primer establecimiento, Vicente de Paúl deseó imitar de alguna manera la eternidad de la Providencia, por la estabilidad de socorros que aseguró para los desgraciados. Todo el bien que hizo subsiste todavía, pudiendo decir de él, con Salomón, que está firmemente apoyado en el Altísimo: Stabilita sunt bona allius in Domino. (Eccles., XXXI, II).
Siendo Párroco de Chatillón fundó una Asociación caritativa, compuesta de lo más escogido de su rebaño, para que cuidase del consuelo de los pobres y de la buena distribución de las limosnas. Pero eran tales las bendiciones con que el Señor coronaba sus virtudes, que cada una de sus obras llegaba a ser un establecimiento público para la Religión. Y, en efecto, este pequeño arroyuelo se tornó muy pronto en gran río, según la expresión de los libros santos. La Cofradía para los enfermos, fundada por Vicente en Chatillón, sirvió de cuna a ese admirable establecimiento de las Hijas de la Caridad, cuyos servicios respeta nuestro siglo como uno de los más hermosos títulos de la Religión, y de las cuales la misma Inglaterra ha pedido, en nuestros días, que se le manden colonias de Francia.
Vicente de Paúl, que tenía fe, según decía, en las buenas y en las malas razas, exige, sin embargo, que no se admita en dicho Instituto más que aspirantas, escogidas de familia reprensible desde muchas generaciones, y que no se consienta jamás la relajación, en este orden de pruebas, de pruebas de virtud. Desterró de sus queridas Hijas la ociosidad, empleando todos sus momentos en bien de los desgraciados y llenando su vida toda entera de aquel conjunto de celestiales virtudes que exige el servicio de los enfermos.
No les impuso otros deberes más que el alivio y consuelo de la humanidad paciente. No tendréis – les dice en su Regla- otros monasterios que las casas de los pobres, otros claustros que las calles de los pueblos y las salas de los hospitales, otra clausura que la obediencia, otro velo que la modestia. Mi intención es — añade — que tratéis a todo enfermo como una madre tierna cuida de su hijo único. Llevábale su caritativa previsión hasta ordenar formalmente que procurasen alegrar y regocijar a los enfermos si se encontraban muy afligidos por sus males.
Con el fin de prevenir y fortalecer a estas humildes siervas de los pobres contra la tristeza y disgusto que las podrían inutilizar, cansándose de su estado, dispuso este sabio legislador, deseoso de conservar en este heroico Instituto el ardor del celo siempre nuevo, que no se las admitiese a la emisión de los santos votos sino después de cinco años enteros de prueba, y que, aun entonces, no los hiciesen más que por un año, y que anualmente los renovasen, sin remitir nada de su primitivo fervor, aumentando delante de Dios y de los hombres el mérito de su primera consagración. Animado por sus resultados, Vicente de Paúl generaliza las funciones de estos ángeles visibles de la Providencia, les exige virtudes tan grandes como las necesidades públicas, y las juzga aptas para poner en sus manos todas sus obras benéficas. Estas, dignas Hijas de tan buen Padre, animadas de su espíritu, sirven de madre a los huérfanos; se consagran a la educación de los niños; asisten a los enfermos, viudas, ancianos, prisioneros, forzados y a los soldados heridos; investigan todos los males de la especie humana, para que no quede ninguno sin remedio; luchan sin cesar contra todos los desastres que se originan de la indigencia, o de la edad, o de las enfermedades, accidentes, vicios y crímenes de sus semejantes; cuentan las virtudes más preciosas para la humanidad en el ejercicio de las funciones ordinarias de su estado, y cumplen con santa alegría el ministerio de la caridad, el más repugnante a la naturaleza, pero el mas honroso a los ojos de la Religión, lo mismo en las ciudades que en las aldeas, en las galeras como en las cárceles, y en los tugurios medio ignorados como en los asilos públicos.
Igualmente, en medio de la decadencia universal de las Órdenes religiosas, el Cielo, que protege visiblemente a las Hijas de San Vicente de Paúl para introducir por todas partes su tierna inocencia entre su justicia y las miserias humanas, no cesa de multiplicar sus establecimientos, y consiguientemente sus saludables servicios en toda Europa. Es la familia bienhechora de la Providencia, que se conserva y derrama por todas partes, para justificar por la boca do los desgraciados esta oración, cuya profundidad no puede conocer el hombre más que por el sentimiento, cuando ella le aproxima a Dios por una adopción tutelar, para consolarle en sus angustias: ¡Padre nuestro que estás en los Cielos! Verdaderamente; ¡pobrecitos desvalidos! Vosotros tenéis un Padre en el Cielo, puesto que tantas Madres cariñosas os lo representan en la tierra. Bendecid, pues, sin cesar aquél que, dándoos su caritativa existencia, os ha reintegrado en vuestra filiación divina. Por los cuidados maternales de las virtuosas Hijas de Vicente de Paúl, que él mismo llamó con gran acierto Hijas de la Caridad, vosotros reconocéis la paternidad de Dios, recogiendo todos los días de sus manos una parte de su herencia.
La vida activa y laboriosa, que es el alma de este precioso Instituto, se ofrece sin cesar a las miradas de Vicente de Paúl como la esencia de la caridad. Su gran máxima fue introducir siempre la virtud en el ejercicio de las obras de misericordia. Es necesario amar a Dios — decía muy a menudo—con el sudor de nuestra frente.
Desde que sus misiones le dejaron algún tiempo de reposo en la capital, vino a ocuparle otro género de obras de caridad. Los pobres estaban siempre presentes a su corazón, y un dolor continuo le urgía para consolarlos. Observad: él ha recorrido durante cuarenta años un largo curso de tribulaciones, experiencias y pruebas; y durante esta Larga carrera reflexionaba sobre esas épocas instructivas para aprender sus lecciones, y ahora, con los tesoros de caridad en la mano, va en busca de todos los géneros de infortunio, de los cuales fue él testigo o víctima.
Vicente de Paúl se acordaba haber visto otras veces en el Hospital de la Caridad el modelo de los cuidados que la Religión debe a la humanidad doliente; y en un corazón como el suyo, semejante espectáculo no será ni estéril para la Providencia, ni inútil para los desvalidos. Para tomar algún descanso a la vuelta de las misiones, se va a observar, como tutor de los pobres de Jesucristo, lo que pasa en los hospitales. El Hotel Dieu, donde es más necesaria su influencia, abre desde luego una espaciosa carrera a su celo; pero conoce la necesidad de moderar su ardor para que sea más eficaz. Me parece verlo diligente en tomar durante algunos meses todas las precauciones de humildad, deferencia y respeto que podían conducirle a practicar el bien que meditaba. Después de haber preparado de este modo los caminos de la Providencia, entra, al fin, como en triunfo, con su Asociación en el Hotel Dieu de la capital, que puede justamente llamarse el Hospital de toda Francia. Poco tiempo le bastó para establecer, al menos durante muchos años, el espíritu de orden, vigilancia, economía, humanidad y piedad verdadera, que es el alma de todas las obras benéficas. Por una parte multiplica los socorros, y por otra corrige los abusos. Advierte con dolor que por un estatuto antiguo de este Hospital estaban obligados todos los enfermos indistintamente a presentarse, poco después de su ingreso, al tribunal de la Penitencia. Vicente de Paúl, animado de celo puro e ilustrado, este hombre virtuoso, en el cual era tan viva la fe, y del cual eran tan amados los intereses del Cielo, quitó en nombre de la Religión dicha obligación odiosa, que ella desaprueba; dispuso que la confesión fuese libre y voluntaria, e hizo cesar toda coacción religiosa en un establecimiento que estaba abierto por su institución a todas las creencias, lo mismo que a todos los pueblos.
Los nuevos recuerdos de su pasada vida sugirieron a Vicente de Paúl nuevos designios de beneficencia. No se limita, hermanos míos, a la capital, ni sólo a nuestras provincias, para hacer sensible la Providencia a sus conciudadanos. Estuvo cautivo en Berbería: este digno israelita sr acuerda, por lo tanto, de la cautividad de Babilonia, y trabaja, como otro Zorobabel, para reparar los males de la esclavitud. Después de haber destinado 112.000 libras al rescate de sus sucesores de infortunio; después de haber ocurrido a la más desconsoladora de las privaciones, abriendo para ello un despacho general y gratuito de correspondencia con sus familias en la casa de San Lázaro; después de haber dotado un espacioso Hospital para ellos en Argel, funda socorros permanentes para la redención de cautivos, y los destina para que haya siempre colonias de Misioneros para consolarlos y conservar su fe, esperando que pueda pagarse su rescate. Fue mártir de la caridad en las galeras; fundó en esta capital, en la puerta de San Bernardo, un Hospicio particular para los forzados, a los cuales libró para siempre de los calabozos de la Conserjería, y en Marsella les preparó un Hospital con 30o camas. Así, pues, San Vicente convertía sus antiguos males en provecho de la humanidad, y satisfacía solemnemente a la Providencia en el tiempo de su prosperidad inesperada.
El espíritu del Señor descansó sobre este hombre compasivo para consolar a todos los que lloran. Spiritus Domini yer me, ut consolarer omnes lugentes. El espectáculo del dolor ejerce poderosa influencia sobre su alma. Este hombre, tan severo y duro para consigo mismo, es el más tierno para las miserias y males de sus hermanos. Cada necesitado es para él, no sólo un semejante, sino también un antiguo compañero de sufrimiento, y aun una misma cosa con él. Luego que se le exponían las necesidades de los pobres, su atención e interés poníanse en vela. No prorrumpía en gritos repentinos de fingida y estéril sensibilidad; no se excitaba a lágrimas hipócritas, ni afectaba esa ternura estudiada que mendiga los aplausos exagerando la compasión. Pero por más dominio que ejerciera sobre sí mismo, sobre todo para ocultar sus virtudes, se descubría en los varios aspectos de su rostro un hombre penetrado de dolor, que profundamente sentía los males que le referían. La vista, el nombre sólo de los pobres, le causaba un súbito estremecimiento, y excitaba aquellos sentimientos de misericordia de que se hallaba henchido. La edad no disminuyó en nada tan tierna compasión; así es que la ancianidad, que para el común de los hombres es tiempo de descanso e indiferencia, vino a ser la época más laboriosa de su vida; su corazón no envejecía con él. Diferente del hombre del tiempo, que se reconcentra en sí mismo a pro porción que se acerca al fin de sus breves días, más allá de los cuales no extiende sus destinos, el hombre de la eternidad, Vicente de Paúl es un viajero en tierra de peregrinación, y lejos de aflojar y decaer, redobla su fervor al aproximarse al término de su carrera.
Vedle cómo se apresura a colmar de caritativas obras el resto de una vida pronta a terminarse. Tenía ya la edad de cincuenta y cinco años cuando dio principio a los establecimientos públicos; y por un nuevo prodigio, todos los esplendorosos raudales de su caridad están incluidos en estos treinta últimos años de su vida; y todavía se ilustraba más con repetidos ensayos, sometiendo todos sus proyectos a largas experiencias. Dios nuestro Señor le dotó de una admirable paciencia en los negocios, que le aseguraba un feliz resultado. Si encontraba obstáculos en su marcha, lejos de querer superarlos por su nombradía, se ponía del lado del Cielo, cuya obra meditaba en el silencio; callaba ante la contradicción, considerando si venía de Dios o de los hombres. Confiaba tan poco en sus luces, que su humildad tomaba sin esfuerzo la actitud de dudar No desistía, pero difería; buscaba la verdad, investigaba el bien con el examen concienzudo de sus planes, y no la victoria. Toda clase de lucha se hallaba en oposición directa con su corazón, lo mismo que con sus máximas. Dejaba que el tiempo fuese venciendo la resistencia de los espíritus. Esperaba con tranquilidad, pero con toda la constancia de su celo siempre prudente, los momentos señalados por el Ser Supremo. Sin combatir, triunfaba de todo; y como si visiblemente marchase en pos de Dios, en sus empresas no precipitaba obra alguna, por miedo, según decía, de adelantarse a la Providencia. Un ejemplo particular os hará palpable, hermanos míos, este método de prudencia en la práctica del bien.
Vicente de Paúl encontró en esta capital cuarenta mil mendigos sin hogar, sin pan, sin costumbres; multitud espantosa que Enrique IV y Sully habían igualmente desesperado poderla dispersar o socorrer. Pero Vicente de Paúl, que apoyado en la fe de su experiencia decía sin cesar que los tesoros de la Providencia son inagotables, y que la desconfianza deshonraba a Dios, Vicente de Paúl no se intimidó a vista de los cuarenta mil necesitados. El Cielo favorece de una manera particular estas obras de beneficencia. Todo cuanto hizo prospera y sigue subsistiendo: Omnia quaecumque faciet prosperabuntur. El entusiasmo de la caridad inflama su valor, y se siente poderoso con la protección de la Providencia, la que le daba seguridad, porque se dirigía siempre por sus inspiraciones; y así nunca dudaba de la asistencia del Cielo cuando emprendía algo en favor de los desvalidos. Demos sólo principio al bien, y Dios lo concluirá. Animado del gusto antiguo para las grandes empresas, propone por ende la fundación de un Hospital general para abolir la mendicidad en esta capital tan populosa, destinando suficientes recursos para las verdaderas necedades. Vicente de Paúl se halla solo en esta empresa y, sin embargo, se atreve a llevar a cabo un tan arduo proyecto. Hay que bajar los ojos con asombro en torno de él, delante del sublime valor de su caridad. El Ayuntamiento de París, asustado por tal proposición, le contesta que la ejecución de su proyecto es imposible, y que los pobres son muy corrompidos para vivir en paz en un asilo común. A esta dificultad, que se la cree insuperable, Vicente de Paúl se detiene, pero no se arredra por eso. Sabe con cuánta facilidad argumentan contra todo, por desgracia, los hombres prevenidos, y con qué orgullosa prontitud les irrita la contradicción. Temía– según él decía con gran delicadeza— atraer enemigos a los desgraciados, si se apresuraba mucho en quererlos servir. Quiere convencer a su siglo con la evidencia del bien, y así cambia de conducta sin mudar de intento. Para mejor conseguir el objeto que se propone, apela de la opinión pública a los acontecimientos, y responde a las conjeturas con incontrastables hechos.
Desde hacía mucho tiempo estaba penetrado de compasión para con los artesanos, a los cuales la debilidad privaba del recurso del trabajo y los sometía a los males de la ancianidad e indigencia juntamente. Pensó entonces apoyarse en la autoridad de la experiencia, hecha con ellos, para acometer una primera prueba, cuyos resultados pudiesen confirmar la opinión pública. Recogió por de pronto, a manera de ensayo, pues una obra de caridad llama y engendra otra; recogió, repito, una colonia de trescientos ancianos de ambos sexos y los colocó en el hospital del Nombre de Jesús que fundó al efecto. Los penetra desde luego de
aquellos principios religiosos que hacen que, además del testigo severo que cada hombre encuentra en su conciencia, reconozca en el Cielo otro no menos íntimo y más inexorable todavía, que debe ser su juez. Les declara que él los hará siempre responsables de la suerte de los pobres de la capital, y que él les pedirá cuenta en el tribunal de Dios de la caritativa experiencia que va a emprender en su favor. El hospital del Nombre de Jesús, fundado así por él bajo la garantía de la conciencia de sus favorecidos, vino a ser muy pronto, por la sabiduría previsora de sus reglamentos, un modelo perfecto de unión y caridad cristiana. El ejemplo hablé entonces y obró una revolución súbita en los espíritus; la humanidad ganó dos veces su causa, a saber: en el tribunal de la opinión y en el del sentimiento interior de todos los corazones. La posibilidad de poner orden en el receptáculo de todas las miserias humanas, quedó demostrada por el hecho, que desmintió a todos esos sofistas cobardes. Se estableció la policía en toda la capital, y vióse libre para siempre de aquella multitud de pobres errantes y vagabundos de que se hallaba infestada desde el origen de la monarquía. Abundan los socorros de todas clases; un concierto universal de bendiciones proclama el feliz ‘éxito conseguido por el héroe del Cristianismo. Vicente de Paúl, más poderoso que los Reyes, sostenido por el ascendiente de su virtud sobre la opinión pública y por toda la autoridad de sus benéficas obras, funda el hospital general de la Salpetriere y asegura la dotación de este espacioso edificio de la Providencia, en el cual se recibirían perpetuamente seis mil desgraciados. Todos los restantes ya no serían más que un conjunto de vagabundos que, viéndose privados de los recursos inmorales de una ociosa mendicidad, se dispersarían por sí mismos, según él había previsto y anunciado. Muy halagüeño es recordar que, para ejecutar tan gran empresa, Vicente de Paúl convirtió en alguna manera las piedras en pan. Se le habían dado seiscientas mil libras para edificar su iglesia de San Lázaro; cambió, pues, el destino de esta cantidad y la empleó en el hospital de la Salpetriére.
Después de la realización de empresa tan admirable, este fervoroso emprendedor de las obras de caridad no dejó entibiar su celo, y no descansaba de sus trabajos sino con nuevos trabajos. Socorrido de este modo París, volvió sus miradas a las provincias. La Lorena había sido desolada por veinte años de guerra: el hambre y la epidemia causaron grandes estragos; los campos estaban cubiertos de cadáveres que propagaban la muerte por todas partes, esperando el asilo del sepulcro. La Picardía y la Champaña sufrían los mismos desastres. Los Diputados de estas desgraciadas provincias acudieron a París. Pero ¿a quién pensáis se dirigieron? ¿Por ventura a un hombre célebre por su opulencia, a los grandes sabios del siglo, a los administradores del Estado, o al mismo Soberano? No, hermanos míos; acudieron a este humilde Sacerdote que la voz pública les había anunciado en el interior de sus provincias, y como ellos decían elocuentemente, al intendente de los negocios de Dios.
La presencia de este hombre santo, a semejanza de los altares del Todopoderoso, consolaba ante todo a los infortunados que le rodeaban. Y después, cuando se podía creer exhausto por los establecimientos públicos, sustentaba los hospitales, monasterios, trabajadores y soldados. Su caridad, conforme a la imagen de los libros sagrados, es como un río de bendiciones que reparte por todas partes la abundancia. No se limitaba a dar socorros momentáneos. Durante diez años envió a estas provincias desoladas treinta mil libras cada mes, medicamentos, carros cargados de
pan, simientes, instrumentos para labrar la tierra, ganado, ornamentos de iglesia y vestidos para veinte mil hombres de todos estados. Sus liberalidades fueron de tal modo prodigiosas, que al terminar dichas calamidades la metrópoli de Reims, deseosa de satisfacer al reconocimiento de los pueblos con un homenaje extraordinario, mandó hacer una procesión general para pedir al Cielo la conservación de Vicente de Paúl, y que derramase sobre el salvador de tres provincias las más abundantes gracias.
Aquí, hermanos míos, al considerar esta inmensidad de obras benéficas, me represento a San Vicente de Paúl como el ángel tutelar de la Francia. ¡Ah! reconozco con la más tierna admiración que ha llegado a realizarse entre nosotros el hermoso ideal de la caridad cristiana en la vida este grande hombre. Lejos de rebajar su gloria la obscuridad de su origen, me veo como obligado en este momento a aplicarle la misma cuestión que los judíos ultimo entre sí al ver las maravillas de Jesucristo; «¿Es por ventura el hijo de un artesano el que obra tan grandes cosas? Nonne hic est fabri filius? (Math., XIII, 55.)
¿Es, pues, el hijo de un labrador éste que durante la guerra de la Fronde salva por dos veces esta capital del saqueo, entregando a él dos veces su casa de San Lázaro y manteniendo en ella durante cinco meses a dos mil pobres todos los días;; el que abre un asilo para las víctimas de la seducción, y establece para ellas la Magdalena del Templo; el que funda el hospital tan útil para los huérfanos?
Es éste el restaurador de todas las comunidades consagradas al alivio de los desgraciados, de las hospitalarias de Nuestra Señora de París, de las de Miramión, de las de Santa Genoveva, de las Hermanas del Buen Pastor, de las de la Cruz y de la Providencia? Nonne hic est fabri filius? ¿Es el hijo de un labrador éste que provee a todas las miserias humanas de este Reino; que, después de haber asegurado en un lugar el alivio y sustento de los desvalidos, se dirige a otras partes para socorrer a los necesitados que le esperan, sin examinar si le acompañará la buena fama, sin dejar la menor señal de vanidad en sus buenas obras, sin poner su nombre a algunos de sus establecimientos, sin exigir de los hombres la gloria como recompensa de sus trabajos y beneficios? Nonne hic est fabri filius?
¿Es el hijo de un labrador éste que, después de haber trabajado eficazmente en la reforma conservadora de las días de Santa Genoveva, de Grammont y de los Premonstratenses, va a erigir en Borgoña el famoso Hospital de Santa Reina, para que dos veces al año cuatrocientos pobres se aprovechen de aquellas aguas saludables que hasta entonces sólo habían servido para los enfermos que vivían en la opulencia?
¿Es éste el que, no olvidando en sus cuidados morales y compasivos hacer toda clase de bienes, abrió casas de reclusión y refugio para la corrección de la juventud disoluta, y hospicios saludables para los infortunados que han perdido el uso de la razón? ¿Es éste quien con lo superfluo de sus liberalidades y desterrando de este Reino el lujo de la caridad, funda recursos anuales y perpetuos para las gene raciones y calamidades que todavía no existían, para las granizadas, inundaciones e incendios? Nonne hic est fabri filius?
¿Es el hijo de un labrador quien en el curso de una vida de cerca de un siglo no vive un solo día para sí; el que consagrándose todo entero al alivio de sus semejantes, trabaja sin descanso para el bien de su patria y para la dicha del mundo; que sin limitarse a una clase de desgraciados, a una comarca particular, a una edad, abraza en su caridad inmensa todos los desgraciados, todas las generaciones, todas las edades, todos los países, todos los siglos, y el que no hallando el presente bastante capaz para contener su corazón, se ocupa de antemano en el porvenir, llama ante su caridad a toda la posteridad doliente y va, por decirlo así, a esperarla de lejos para sojuzgarla, vencerla y socorrer la con sus larguezas magníficas? Nonne hic est fabri filius?
¿Es, finalmente, el hijo de un labrador a quien no bastan esta capital y este imperio para satisfacer la necesidad inmensa que tiene de consolar a los desgraciados, para quien todo hombre que padece en el mundo viene a ser amigo, hermano e hijo querido, que envía limosnas y Misioneros a Polonia, a las islas Hébridas, a Berbería, Madagascar, socorros continuos a los cristianos maronitas, oprimidos por los turcos, a los católicos ingleses, perseguidos por Cromwell? ¿Es el hijo de un labrador, o la misma Providencia? Nonne hic est fabri filius?
Me detengo, hermanos míos, y os oigo proseguir con el pueblo judío: ¿dónde hallaba, pues, tan prodigiosos recursos? Nonne hic est fabri filius? Unde ergo huic omnia ista? Os oigo preguntarme con admiración: ¿cómo es posible que un hombre obscuro, pobre, aislado, haya distribuido socorros, dotado establecimientos capaces de asombrar a un Ministro del Rey y a un mismo Soberano? Me parece que me preguntáis de qué manantial inagotable sacaba tantos tesoros, o si había recibido del Cielo el don de los milagros. No, hermanos míos; nada sobrenatural se halaba en sus medios. Debemos señalar como una gloria suya, en la historia de sus obras caritativas, esta instructiva carencia de milagros, como el Evangelio tuvo cuidado de manifestar en la vida de San Juan Bautista: Quia Yoannes signum fecit nullum. No tenemos, pues, que presentaros aquí otro prodigio más que el mismo Vicente de Paúl; pero un hombre de tal carácter y de una beneficencia tan activa y fecunda, es más extraordinario que un milagro de primer orden en la historia de la Religión.
¿Cuáles fueron sus medios? Sus medios, hermanos míos, fueron, en primer lugar, la fuerza irresistible de su ejemplo, que obraba en el alma de sus prosélitos, haciéndoles otros tantos cooperadores animados de su espíritu. Para formar concepto del ascendiente constante de un hombre sencillo y sinceramente virtuoso, que se le encontraba más grande cuanto más se acercaba uno a él, era necesario verle en el interior de su casa; se extrañará, sin darse cuenta de ello, todo cuanto le rodea, por la ingenuidad de un alma siempre grande y la familiaridad de una virtud siempre heroica, siendo bastante a todas las necesidades por una actividad incansable, y llevando tras sí todos los corazones por la sencillez de sus acciones y de su carácter. Era necesario verle siempre inalterable en la serenidad de su feliz natural, no retraerse de ninguna obra buena, paciente constantemente para sobrellevar a los desvalidos, lo cual con frecuencia es más difícil y meritorio que socorrerles, y excitado sin tregua por su hermosa alma y excelente Co zón a prestar a sus semejantes con amor todo género de servicios que se hallan en la línea o en la analogía de la caridad. Era menester verle poco satisfecho de tantas larguezas y buenos oficios, que no dejaban descanso alguno a sus caritativos cuidados; era menester verle cómo invitaba dos veces al día y convidaba a su mesa a los dos primeros pobres que llamaban a la puerta; colocándolos en el lugar más honroso y sirviéndoles él mismo con el respeto más tierno, costumbre digna de los mejores siglos de la caridad cristiana, y que, religiosamente practicada por sus sucesores, se observa al presente en su casa de San Lázaro. Era necesario verle, antes de sus comidas, dirigir al Cielo en alta voz una oración de reconocimiento por aquellos buenos labradores cuyo trabajo ha producido el pan que le iba alimentar, era preciso verle en su vejez, cuando fue obligado por el Arzobispo de París a que aceptase de la Reina Regente un carruaje, tan necesario para la actividad de su celo y de sus trabajos, al cual llamaba su ignominia; era necesario verle cómo se humillaba al usarlo, sirviéndole de consuelo al tener que servirse de él, el poder conducir todos los días a su lado, llevándolos a sus moradas a los hospitales, a los ancianos, necesitados y pobres enfermos que encontraba en el camino.
Estos medios consistieron en la opinión pública, que le dio la fama de Santo, y fueron causa del gran movimiento que quería comunicar a toda la Nación. Una beneficencia filosófica sólo se hubiera señalado por los sistemas, proyectos o libros. Era necesario que él prometiese el Cielo como punto de apoyo de esta poderosa palanca del amor del bien que su caridad destinaba para levantar la Francia entera.
Cuarta parte
Era preciso que el amor del bien, que quería comunicar a su siglo, estribase en la caridad sobrenatural, que tiene sus raíces en la fe, para hacer que produzcan ciento por uno los gérmenes sagrados, bajo el sol fértil de la Religión. Era menester que él probase y excitase toda la energía de los principios y sentimientos religiosos para unirse a aquella multitud de cristianos caritativos que le suministrarían tantos más tesoros cuantos la Religión sugiere a la beneficencia, combinada con la eternidad, la energía y aun con los mismos cálculos del egoísmo. Estos establecimientos, justamente contados entre las maravillas de esta capital, serán, por consiguiente, el triunfo eterno de la Religión, que sola puede explicar su origen y multitud, sola los ha imaginado, sola los ha dotado, sola los ha conservado bajo su guardia tutelar, como el patrimonio inagotable de la paciente humanidad, marcándolos todos con el signo sagrado de la Cruz, que es el gran sello creador y conservador de las obras del Cristianismo.
Estos medios están en la confianza universal que inspira a sus contemporáneos, y la cual le proporciona el canal de todas las limosnas, en un siglo donde el lujo no había usurpado todavía los sacrificios de la beneficencia cristiana. ¡Ah! quién temería confiar sus buenas obras a este hombre de la Providencia, que llevaba la delicadeza hasta sacrificar los intereses mismos de los pobres, antes que exponerlos a ser ingratos a sus bienhechores? Los hijos de un hombre rico, que le había escogido por depositario de sus obras de caridad, vinieron a parar en la miseria. Vicente de Paúl tiene noticia de ello, y luego va a buscarlos, entregándoles, como si les perteneciera, un legado de ocho mil libras de renta que había recibido de su padre hacía doce años. Se le preguntó si quería perderlo todo restituyendo las limosnas tan necesarias a sus establecimientos: Sí, sin duda le respondió —quisiera perderlo todo, y voluntariamente todo, antes que perder la virtud del reconocimiento.
Estos medios consisten en el imperio de la persuasión, con la cual este Apóstol de la Providencia exponía las necesidades de los pobres a los grandes del mundo, de manera que no podían resistirse a sus súplicas patéticas. Cuando fundó la Salpetriere fue a implorar la caridad de la Reina, la cual se excusó con lo malos que eran los tiempos, diciéndole que no tenía cosa alguna que dar.¿Y vuestros diamantes, señora? ¿Por ventura hay necesidad de ellos siendo Reina?—Ana de Austria se desprendió de sus diamantes y se los entregó, mandándole guardar secreto acerca de este sacrificio.—No—exclamó San Vicente de Paúl,—no puedo guardarlo; debo practicar el bien, y es necesario, para el interés de los pobres, que un ejemplo tan grande de caridad sea conocido de todo el Reino.
Estos medios son, en fin, esta memorable asociación de caridad, que Vicente de Paúl formó casi insensiblemente y mantuvo en su derredor por espacio de veinte años, y que ostenta todavía a nuestra piadosa y reconocida admiración uno de los espectáculos más tiernos que nuestro ministerio puede ofrecer a las almas sensibles. Este es, hermanos míos, el más fecundo de sus medios, y su elocuencia es la que planteó esta confederación santa en favor de la humanidad, Vicente de Paúl reunía, pues, todas las semanas, en su iglesia de San Lázaro, a los ciudadanos más opulentos de la capital, para conseguir la unión de todo el Reino mediante un generoso consorcio de la caridad. El objeto de estas reuniones era deliberar con ellos sobre las necesidades de París y las calamidades de las provincias, y juntar en un tesoro común lo superfluo de los grandes propietarios del Estado para atender a las miserias públicas, Todos los que deseaban hacer bien a los hombres, sectatores bonornm operum, Pontífices, Príncipes, ricos de todas las categorías, venían a colocarse a su lado para seguir —decía el ilustre primer Presidente Mateo Mole—los movimientos de un espíritu tan puro como las órdenes de la Providencia. No sabré dar lugar en este discurso a tantos nombres inmortales, escritos en el libro de la vida. Mas no puedo pasar en silencio a Ana de Austria, la Reina de Polonia, la Princesa de Conti, la Duquesa de Aiguillón, el General de Gondi, el Mariscal Faber, la virtuosa viuda de Le Gras, hija de Marillac, la cual cito con honor en medio de todos estos grandes hombres, y que llegó a ser la primera Superiora de las Hijas de la Caridad, cuyo hábito vistió, después de haber puesto en manos de Vicente de Paúl más de dos millones de limosnas.
Al frente de estos protectores de la humanidad doliente, veo un hombre que ha recibido del Cielo el don de la elocuencia y la más profunda sensibilidad, elocuente a fuerza de alma y de virtud, fecundo en pensamientos del corazón, y por lo mismo, igualmente sublime y popular en sus discursos, dotado del más extraordinario valor de espíritu, de la concepción de las más grandes empresas y de gran paciencia en aprovecharse de las circunstancias, aun las más insignificantes, de imaginación atrevida y de juicio recto, de prudencia consumada para discernir los tiempos oportunos, escoger el verdadero punto de llevar a cabo los proyectos más útiles y de levantar establecimientos duraderos; en fin, de un celo ardiente e inquebrantable, de persuasión tan atractiva que sometía todas las opiniones a sus sentimientos, de talento todavía más feliz y singular para abrasar los corazones en el fuego divino, en el cual él mismo se consumía. Este hombre lo animaba todo, proponía las obras de caridad, discutía los medios, indicaba los recursos, removía los obstáculos, conservando la vez relaciones con el gobierno, con los ricos y con los desgraciados. Su mirada abarcaba todas las provincias; velaba sin cesar por la patria; se hallaba presente a todas las calamidades; atendía a todas las desgracias con sus limosnas; conducía, por medio de su elocuencia, a sus oyentes al centro de los desastres públicos, los introducía en aquel torbellino de caridad que le rodeaba; les llenaba de terror; les obligaba a deshacerse en lágrimas; les quitaba de algún modo su alma para darles la suya; y este hombre de la Providencia es Vicente de Paúl, el cual, a semejanza del Hijo de Dios, desde el centro de esa confederación de obras de beneficencia y unión de almas caritativas, parece que pronuncia una voz que llega hasta las extremidades del reino: Venid todos los que sufrís y estáis necesitados, y yo os consolaré. ¡He ahí sus medios, he ahí sus prodigios!
Podría ser, hermanos míos, que mirarais esta pintura fiel como una cosa fingida por la imaginación, si no os adujéramos algún ejemplo de estas reuniones de caridad de las que fue motor único San Vicente de Paúl. Pero, por desgracia, para manifestaros uno de los más hermosos rasgos de su vida, es necesario descubrir uno de los más enormes escándalos de la humanidad. En las plazas públicas de esta capital se exponían a la venta los niños abandonados al nacer; comprábanlos a vil precio los pobres, sirviéndoles como instrumentos de lástima para excitar la compasión pública. Puedo aseguraros sin miedo que la suerte de estas criaturas inocentes no había llamado la atención del Gobierno desde la fundación de la Monarquía. Fue preciso que un pobre Sacerdote viniese entre nosotros para servirles de padre, para poner su caridad como contrapeso a la inmensa carga de la licencia, y restablecer en los derechos naturales a esos niños sin familia, recogidos bastante tarde en el seno de la Religión. Los antiguos legisladores creyeron asegurarles protección suficiente, permitiendo educarlos a título de esclavos; ¡como si no se les pudiera conservar la vida sino privándoles de la libertad en su propia patria! Veamos, pues, hermanos míos, si el celo sacerdotal será en esto de mayor eficacia que el poder de los Reyes.
Cierto día, a la vuelta de sus misiones, Vicente de Paúl, a quien me atreveré a llamar el ángel visible de la Providencia, encontró bajo las murallas de París uno de esos niños entre las manos de un mendigo, que se empleaba en desfigurarle los miembros. Sobrecogido de horror, corre con la intrépida confianza de la virtud, que siempre se impone al crimen: ¡Bárbaro/—le grita — tu figura me ha engañado; desde lejos me pareciste hombre. Y al instante arráncale su víctima, la coloca entre sus brazos, atraviesa las calles de París invocando la compasión pública, reune en su derredor la gente, les cuenta lo que acaba de ver, llama la Religión en auxilio de la naturaleza, y rodeado de este pueblo contristado e indeciso, que le sigue sin comprender sus proyectos, se dirige a la calle de Saint-Landry, donde se reunían estas desgraciadas víctimas. Allí, este padre de los huérfanos dio un ejemplo elocuente: escoge doce niños que los coloca aparte, los bendice, declarando que él se cuidaría de su subsistencia; y ésta fue su primera exhortación en favor de estos infelices. Al instante llama a sus fieles cooperadoras, les expone la urgente necesidad de salvar a estos niños, y fueron socorridos. Pero se aumentó tanto el número, que la caridad perdió el ánimo y estuvo determinada a desistir. Todas aquellas grandes almas que tan generosamente le ayudaran hasta entonces, acudieron a decirle que era absolutamente necesario renunciar a tal obra de misericordia; mas cuando todo parecía abandonarle, le quedaba su confianza en la Providencia; mira amorosamente al Cielo, de donde jamás vino la desesperación a su corazón magnánimo. Y precisamente porque era rechazado de todas partes, llegó en fin el turno de Dios Nuestro Señor,— como él decía, —la Providencia va a empezar a obrar; por eso esperaba, o, mejor dicho, hablando como David, que emplea cinco veces una expresión de mucha confianza en uno de sus salmos, sobreesperaba en el Señor: in verbum tuum supersperavi.
Ninguna cosa le ayudaba ni le abatía en los solitarios sobresaltos de sus pensamientos caritativos. Le hemos visto solo, en otra parte, contra la opinión pública de la capital; le vemos solo, al presente, en medio de tantos huérfanos, contra la muerte, a la cual esta precoz e inmensa presa parecía estar destinada. Todos los peligros de estos niños oprimían su corazón, y su caridad se los hacía como propios. A su vista experimentaba aquella compasión, más bien, aquella comunicación de sufrimientos que hacía decir a San Pablo: ¿Quis infirmatur et ego non infirmor? La compasión que le conmovía le mudaba en un hombre nuevo, a quien la urgencia de la necesidad y del peligro no le permitía condescender más, como otras veces, a los expedientes dilatorios. No era entonces aquel promotor del bien público, antes tan tímido y moderado ante las dificultades que se oponían a sus fundaciones caritativas; era el ángel impetuoso de la misericordia, que se lanzaba en medio de las contradicciones para luchar contra la pusilanimidad de los ricos, rodeándoles de inmensidad de cunas, dispuestas a convertirse en ataúdes. Dios le dio, como al profeta Isaías, una lengua sabia para sustentar, con el poderío de la palabra, todas estas criaturas que iban a fallecer. Cierto día instaba a aquellas almas tímidas que tenían poca fe: —No os pido más que un día solo; la Providencia nos inspirará alguna resolución saludable.
Convocó para el día siguiente una reunión extraordinaria. Hizo colocar en el Santuario, entre los brazos de las Hijas de la Caridad, a quinientas de esas pobres criaturas, cuyos lamentos quiere hacerles sentir y patrocinar por última vez su causa; se presenta animado del más vivo interés con que orador alguno lo haya hecho jamás, y con un corazón tan encendido en caridad, que igualaba a toda la energía del amor maternal. Vosotros, hermanos míos, vais a oir a él mismo. Va a mezclar sus sollozos con sus vagidos. Quiere excitar y recoger rápidamente entre sus oyentes arranques irresistibles de caridad, los primeros movimientos de conmiseración, que siempre son nobles y generosos; y dirigiéndose al momento al sexo compasivo que le rodeaba, les habló en estos términos, los cuales procuraré repetir sin cambiar una sola letra: — «Ea, pues, señoras; la compasión y la caridad os han hecho adoptar por hijos a estas tiernas criaturas. Vosotras habéis venido a ser sus madres según la gracia, desde el instante en que sus madres según la naturaleza las abandonaron: veamos ahora si vosotras queréis abandonarlas también. Dejad por un momento de ser sus madres para erigiros en jueces de ellas: su vida y su muerte están en vuestras manos: voy a recoger las opiniones y los votos. Ya se acerca el momento de pronunciar su sentencia, y de saber si en adelante ya queréis tener misericordia de estas inocentes criaturas. Vedlas delante de vosotras. Vivirán si continuáis prodigandoles vuestros cuidados, y al contrario, morirán infaliblemente si vosotras las abandonáis».
La elocuencia no nos ofrece rasgo más patético, ni que jamás haya obtenido más excelente resultado.
Las lágrimas y los gritos de misericordia son los que responden a Vicente de Paúl. En esta misma reunión, formada con la determinación de abandonar absolutamente a niños expósitos, se reunen por primera vez para la fundación de su hospicio, votado por aclamación, hasta 40.000 libras de renta, siendo este ejemplo de humanidad imitado al momento en todo el Reino y en la Europa entera.
¡Ah, infortunados niños, débiles seres, deplorables dejos de multitud tan innumerable! vosotros, cuya vida es un milagro de la Providencia y un beneficio continuó del héroe de la caridad, pobres niños, huérfanos desde el nacer, ¿dónde estáis? Mi corazón os busca en este templo, como testimonios más elocuentes de la gloria de San Vicente de Paúl. Quisiera en este momento veros reunidos en tropel en mi derredor, como lo estuvisteis en torno de él el día en que tan felizmente os aseguró vuestra subsistencia, y proclamarle, en medio de vuestras bendiciones, protector inmortal de la infancia abandonada ¡Ah! si encontraseis al desconocido que os dió la vida, y oyeseis por vez primera llama- ros con el dulce nombre de hijos, vuestros corazones conmovidos palpitarían al momento bajo sus manos paternales. ¡Ah hijos de la Providencia! ved sobre nuestros altares a vuestro Padre. No solamente le debéis vuestro culto, sino toda la ternura de una filial piedad. ¡Ah! ¿Dónde estáis? Hablad en mi lugar, hablad. Vuestra inocente lengua le alabará más elocuentemente que mis palabras: ella balbucirá su nombre querido y pondrá dignamente el fin a su elogio. Ex ore infantium et lactentium perfecisti lauden. (Salm. VIII, v. 13)
Pero ¿qué digo? No, no es un hombre a quien se tributa la alabanza: a solo Dios es a quien pertenecen el honor y el tributo de nuestras acciones de gracias, por el presenta inestimable que ha hecho a la Francia dándole un pastor, un esclavo, un pobre Sacerdote, que concibió y ejecutó su designio tan grande de misericordia: Gratias Deo super inenarrabile dono ejus. (II, ad Cor., IX, v.13).
¡Ah! este precioso don de la Providencia se nos va a arrebatar! El Padre de los pobres va a heredar en el Cielo todo el bien que les ha hecho sobre la tierra. Mas ¿qué veo? su beneficencia le sigue. Desde su tumba asiste aún a los desgraciados: y, según la expresión del Apóstol, habla todavía después de su muerte. Defunctus adhuc loquitur.
(Ad Hebreos, X, V, 4). La asociación de la caridad se reúne en torno de su ataúd. Todavía subsiste el movimiento que imprimió en todas aquellas almas compasivas, y parece que presta nuevas fuerzas al sentimiento de que estaban poseídos todos los corazones. Después de sus exequias, la Princesa de Conti recuerda a las señoras que este virtuoso hombre no tuvo tiempo para poner en ejecución el proyecto que había concebido de abrir en esta capital un asilo para los huérfanos de los artesanos pobres, y les pregunta haber si querían impedirle esta pena más allá de la tumba, pena, — dijo elocuentemente –capaz de amargarle todo el gozo del Cielo. A estas palabras, sin deliberación alguna, deciden unánimemente que deben prestarle este tributo de veneración. El acta de fundación del Hospital de huérfanos se redactó y extendió sobre su tumba, como la más digna oración fúnebre de Vicente de Paúl, cumpliéndose así el oráculo del Apóstol: Erit vas in honoren, utile Domino,ad omne opus bonum paratum.
Quinta y última parte
Todos los contemporáneos de Vicente le alaban y bendicen a porfía, cuando a la edad de 85 años, precedida de una vida sin tacha, y del tesoro inmenso de sus benéficas y santas obras, fue a recibir de mano del Supremo Juez la corona de justicia. Mas ¡qué corona, Dios mío! si prometisteis, en el exceso de vuestro amor, no dejar sin recompensa un solo vaso de agua fría dado en vuestro nombre a un necesitado, ¿qué felicidad, qué peso de gloria eterna reservaréis para tantas excelentes obras de misericordia? Ved delante de Vos a este bienhechor de vuestros hijos, a este hombre admirable que habéis creado a vuestra semejanza, digno heredero de vuestras promesas, rico acreedor de vuestro celestial tesoro, que en vuestros miembros vivos os ha vestido, os ha alimentado y os ha abierto tan gran número de asilos en este Reino, que sin duda permanecerán hasta la consumación de los siglos; ved, finalmente, a ese hombre que, a imitación del Salvador, sufrió pruebas muy terribles y tomó parte, según la doctrina de San Pablo, en todos los males de sus hermanos, para ejercitarse por su propia experiencia en una compasiva misericordia! Debuit per omnia fratribus similari, ut misericors fieret. (Hebr., II, v. 17).
Pero si no nos es dado comprender el grado de felicidad de que goza en el Cielo Vicente de Paúl, podemos por lo menos apreciar las alabanzas y homenajes a que se ha hecho acreedor por sus virtudes en la tierra.
San Francisco de Sales, al confiarle el gobierno de sus Monasterios de la Visitación, que administró durante cuarenta años, declaró que no conocía en la Iglesia de Dios un Sacerdote más sabio, más prudente ni más santo que Vicente de Paúl. El Cardenal de Richelieu, que no honraba fácilmente a ninguno con su amistad, le había dicho en presencia de toda la Corte: — La envidia que yo tengo de vuestra virtud es mucho mayor que la que otros puedan tener de mi crédito. El Príncipe de Condé fue a felicitar a la Regente a la vista de todos, por haberle confiado el nombramiento de las dignidades eclesiásticas. Finalmente, cuando este santo Sacerdote hizo reedificar la iglesia Catedral de Dax, el Cabildo de esta ciudad, persuadido, más de diez años antes de su muerte, de su canonización futura, deliberó, por un acto público, que se reservara en el recinto de su nuevo templo un espacio libre para levantar en él, más tarde, una capilla en honor de San Vicente de Paúl, y este monumento ha sido erigido.
Óyese cuarenta y cinco años después de su muerte un grito universal de amor y de reconocimiento para dedicarle altares. El primer Príncipe de Conti había dado la señal a la Europa, lamentándose, en medio de sus funerales, que la Francia y la Religión acababan de perder un hombre que poseía todas las virtudes. Luis XV, a la cabeza de nueve Soberanos, pide su canonización, y la solicita, según dice, como útil a toda la Iglesia, y gloriosa a sus Estados. Al obtenerla Luis XV se apresuró a celebrar la acción más heroica de Vicente de Paúl, ordenando al Canciller de Aguesseau poner en libertad de cadenas a doce forzados, condenados a galeras perpetuas en Marsella. El primer presidente Lamoignón, honra inmortal del Senado francés, Magistrado que, según el testimonio del sublime Bourdaloue, se entregó enteramente al servicio y bienestar de los pueblos, atestigua que Vicente de Paúl se distinguió por una sabiduría y por una caridad digna de los Apóstoles: y que en los grandes negocios, no pudieron jamás aventajarle los primeros genios del siglo. El Parlamento y el Ayuntamiento de París añaden a los más gloriosos elogios de esta capital contiene treinta y cinco establecimientos públicos creados o restaurados por su celo. Bossuet escribe al Sumo Pontífice que asistiendo en su juventud a las instrucciones de Vicente, su primer maestro, se sentía tan movido, que creía oír hablar al mismo Dios. ¡Qué discípulo, hermanos míos! ¡Qué juicio y qué homenaje! Fenelón, Flechier, más de ochenta Obispos dirigen a Roma los mismos testimonios y las mismas instancias. Todos los partidos se reúnen para honrarle. Los Generales de las Órdenes y especialmente el de la Dominicana, del Oratorio, de la Doctrina Cristiana, las Congregaciones de Santa Genoveva, de San Mauro, rogaron al Jerarca de la Iglesia que inscribiera su nombre en el número de los Santos. El pueblo, no sólo le alaba, sino que le invoca. Tres Asambleas del Clero, presididas por el Cardenal Noailles, declaran al Papa que no les es posible contener por más tiempo la piedad de los fieles, que le tributan un culto público.
Así es conducido Vicente de Paúl a los altares por manos de estos hombres eminentes. Me parece veros a todos, hermanos míos, en este momento extender también las vuestras para elevarle. Roma entrega a la prensa esta colección de elogios jurídicos, por decirlo así, en donde brilla todo el esplendor de una excelente vida. Todo concurre a realzar el triunfo de su causa; el Cardenal de Polignac hace la relación; Benedicto XIV, el inmortal Próspero Lambertini, tan esclarecido y concienzudo en esta materia, era entonces Promotor de la Fe, y este juez temible de la opinión se constituye el más ardiente protector de su culto.
A todos estos testimonios, sólo faltaba el de un ángel. Me equivoco, hermanos míos, es uno más elocuente toda vía: es el de un pobre, de un anciano, de un galeote que había visto a Vicente de Paúl en las galeras, y que, interrogado en el Hospital de Marsella sobre las virtudes de este santo Sacerdote, respondió con admiración: — » ¡Cómo ¿quieren ustedes que se le canonice? ¡Quia! Jamás lo permitirá el Sr. Vicente: era demasiado humilde» — Oyó el Cielo esta santa emulación. El Sumo Pontífice hace quemar incienso ante la imagen del héroe de la caridad, y así la Religión, llena de reconocimiento, le tributa toda la gloria que de él había recibido..
¡Aún hay, pues, equidad sobre la tierra! ¡Aún hay corazones reconocidos para con los bienhechores de la humanidad! ¡Ah! Nuestra patria y nuestro siglo se honran como nunca de este concierto solemne de justicia! Pero, ¿qué digo? ¿y podremos, hermanos míos, apropiarnos esta gloria? ¡Ingrata posteridad de una generación más justa! Nosotros no hemos tomado parte en estos transportes de reconocimiento, no hemos repetido estos transportes de admiración y de amor. Apenas había mostrado este mismo pueblo tanto entusiasmo por Vicente de Paúl, cuando dejó caer su nombre en el olvido. ¡ Oh! si me fuera permitido en esta solemnidad el mezclar mi amargo llanto con tan dulces recuerdos, me lamentaría de que, como en la época en que vivió el Santo, se esforzaba la fama para ensalzar a hombres mucho menos dignos de la admiración pública, mientras que ninguno abrió su boca para celebrar al mejor ciudadano de la Francia; me quejaría de que el francés que hizo tantos servicios a la nación, casi no es conocido hoy en su patria ingrata; de que no se conserve su memoria en la clase misma de los desgraciados, que le son los más deudores; de que no goce hoy entre nosotros, como Enrique IV, de una reputación popular, y de que una parte de los que me escuchan se admiren de hechos tan recientes y sublimes; me quejaría, en fin, de ver tan poco extendido en la capital un culto que debiera ser dominante y apreciado especialmente de los amigos de la Religión y de la humanidad; y, gimiendo por tal exceso de injusticia y de !gratitud, exclamaría: Locura de la opinión, gloria humana, respóndeme: ¿cuáles son los hombres que tú celebras, y cuáles los que olvidas?
Pero me he equivocado, hermanos míos; la nación no es culpable. ¿Cómo los grandes escritores del siglo de Luis XIV han podido ver edificar en torno suyo tantos monumentos necesarios, ver establecerse en París una policía tutelar, ver rivalizar la beneficencia de un hombre con la Providencia, sin consignar un tal fenómeno del genio de la caridad, sin participar de esta gloria celebrándola, sin proferir en sus escritos el nombre del ciudadano a quien se deben tantos prodigios? ¡Ah! ¿Es acaso necesario que las cenizas de los hombres grandes estén frías más de un siglo, para que se haga oír la voz de la verdad y de la justicia? ¡Oh Fenelón, Fenelón! tú, que le tributaste un testimonio tan glorioso, solicitándole la gloria de los altares; tú, cuya persuasiva elocuencia fue tan digna de alabarle, apenas tocabas el segundo lustro cuando él bajó a la tumba. ¡Ahl si tú hubieras sido testigo de sus creaciones caritativas, tu alma se hubiera identificado con la suya, tu voz se hubiera dejado oír en medio del silencio de la ingratitud, y tu genio virtuoso hubiera satisfecho la deuda de tus conciudadanos.
Mas ¡qué digo! ¡Perdón, sagradas paredes de templo, perdón! Vosotras mismas lo reprobaríais, en nombre de Vicente de Paúl, si estimando en mucho esas alabanzas, frecuentemente engañosas cuando se desean, y más falaces aún cuando se obtienen, terminara con ellas el elogio de un Santo que, unido solamente con Dios, no buscó jamás las miradas de los hombres en sus buenas obras. ¿Y por qué he de echar de menos en él este humo de reputación?
Él tenía colocadas sus esperanzas en un lugar más elevado, confiando sus virtudes a una Religión que, después de haberlo coronado en el Cielo, viene a erigirle altares en nuestros templos. Ella se gloriará eternamente de haber dado al mundo un hijo de un labrador, con quien no puede competir rival alguno en beneficencia entre todos los alumnos del Pórtico y del Liceo.
Es preciso que la incredulidad, confusa y humillada por la relación de tantas obras de misericordia, tribute homenaje al Cristianismo. Este gran hombre pertenece a la Religión de Jesucristo; no ha salido de la escuela de Jesucristo bienhechor más liberal de la humanidad; el espíritu de Jesucristo es quien ha producido todas estas maravillas siempre presentes a nuestros ojos, para honra inmortal de la caridad cristiana; y nosotros ponemos a los pies de Jesucristo todos estos títulos de gloria, fundados sobre el conocimiento del género humano.
¡Oh Vicente de Paúl, grande hombre, gran Santo! Amad sin cesar a la nación que os ha visto nacer, en recompensa del celo que nuestros Soberanos han mostrado siempre por vuestra gloria. Veo en el trono de los Borbones una sucesión no interrumpida de amor y veneración hacia Vos; Enrique IV os quiso elevar al Episcopado; Luis XIII hizo que se os confiara el nombramiento de las prelaturas; Luis XIV pidió vuestra canonización; Luis XV la prosiguió, la obtuvo, la consagró por un acto solemne de clemencia; y Luis XVI, digno sucesor de tan buenos Reyes, os erige hoy una estatua en su palacio. Vuestro elogio es una reparación
pública, y harto diferida, que nosotros debemos a vuestra memoria; o mejor, es una pública satisfacción que nosotros le ofrecemos en este día en nombre de Francia, en nombre
de nuestro siglo y en nombre de los siglos venideros. Efectivamente, el día de la justicia ha llegado por fin para Vos: hoy acaba nuestra ingratitud; un recuerdo de universal agradecimiento va a suscitarse hoy al salir de este templo vista de vuestras instituciones caritativas. Hace más de siglo que las piedras de esta ciudad no cesan de hablar
de vuestros establecimientos públicos, y solamente hoy nuestra indiferencia adormecida va a comprender su elocuente lenguaje. No, no; la Religión, que ha sido la única que ha conservado la justicia hasta este momento para con Vos, no llamará en vano nuestra atención sobre el autor de tantas maravillas que nos rodean y echan en cara nuestra ingratitud. A vista de estos vastos hospitales que Vos habéis creado, de estos hospicios de todas clases que habéis abierto a las miserias humanas, de este asilo de la infancia abandonada, templo amado y sagrado de una caridad verdaderamente maternal, en donde la Religión reemplaza a la naturaleza y donde cada cuna es para Vos un altar; en vista, en fin, de estas incansables sirvientas de los pobres que encontramos por todas partes, como otros tantos ángeles visibles de la Providencia, cuyas prodigiosas misericordias diariamente dispensan a los desgraciados; todos estos espectáculos, antes inanimados para la mayoría de los habitantes de esta capital, excitarán en todos los corazones el más vivo interés. Las calles y las plazas públicas de esta corte recibirán de repente nuevo aspecto, y será para nosotros un curso instructivo y persuasivo de moral y de beneficencia, en donde encontraremos a cada paso, con la historia de la caridad, en augustos monumentos, vuestra edificante vida en acción, vuestro elogio en bendiciones universales y vuestros magníficos títulos de gloria en fundaciones, dignas de la Providencia, que nos mostrarán, de edificio en edificio, cuáles son los grandes bienes que puede obrar en un gran Estado la fecunda alianza de la Religión con la humanidad. Nosotros no tendremos ya motivo de ruborizarnos por ignorar el nombre del hombre prodigioso a quien la sociedad debe tantos beneficios; y puede ser que, proclamándole con amor, admiración y reconocimiento, hagamos que almas generosas envidien los obsequios de nuestro culto y de nuestros afectos, para crearle entre nosotros, de siglo en siglo, nuevos émulos e imitadores. Sí, gran Santo, héroe inmortal de la caridad, padre común de los desgraciados, yo lo anuncio con confianza al pie de vuestros altares: el sentimiento de la nación cristianisima me da pruebas de vuestra reputación. Todos Ios franceses que nazcan en las generaciones siguientes, informados en adelante del reconocimiento que os debe este imperio, no proferirán más vuestro nombre querido sin derramar lágrimas. Oigo ya las bendiciones de la posteridad en torno de vuestras estatuas, y pronto el entusiasmo de vuestros panegiristas se convertirá en opinión pública. Influid, pues, siempre con vuestra intercesión en el Cielo por la dicha del pueblo francés que habéis amado tanto durante vuestra vida. Mostraos aún, después de vuestra muerte, ángel tutelar de la Providencia. Proteged desde lo alto de las moradas eternas los establecimientos que habéis formado, y que son tan necesarios en una nación donde el espíritu público ha decaído tanto. Suscitad, con vuestro valimiento para con Dios, sucesores que os hagan revivir con sus ejemplos. Comunicad a nuestras almas una centella de aquella caridad de que estabais abrasado. Prestadnos esa voz persuasiva que penetraba en el corazón del rico endurecido; que repetía en los palacios de los reyes los gemidos de la miseria abandonada; que reunía a vuestro alrededor todas las personas sensibles y compasivas, y manifestaba visiblemente la acción de la Providencia por toda la Francia; en fin, después de haber procurado, a ejemplo vuestro, hacer todo el bien posible para con los desgraciados, iremos a gozar con vos de la justa recompensa en el seno de la eterna misericordia. Así sea.






