Valeriano Güemes

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Author: Fernando Ibilcieta, C.M. · Year of first publication: 1979 · Source: Anales españoles, 1979.
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Fichas y fechas

Nació el P. Valeriano Güemes Ro­dríguez en Quintanarruz (Burgos) el 14 de octubre de 1890. Sus padres, Va­lentín y Eugenia.

Estudió latín y humanidades en la Apostólica de Tardajos.

Ingresó en el Noviciado en Madrid el 25-IX-1906. Profesó en 1908.

Sacerdote el 29-VIII-1915, ejerce de profesor en la Apostólica de Teruel cinco años.

El 9 de agosto de 1920 es destinado a predicar misiones populares en la diócesis de Madrid-Alcalá. El P. Joa­quín Atienza ha sido nombrado Visi­tador y deja sus clases a los sobrecar­gados compañeros en el profesorado del Colegio de Limpias. «No le conoz­co —escribe el P. Sierra—, pero sí es­tará bien que vaya el P. Güemes a echar una mano a aquellos buenos operarios». Y sin descansar del curso de misiones, a Limpias va, en abril de 1921, en calidad de profesor de ur­gencia.

El 18 de julio del mismo año es des­tinado en el Consejo Provincial, que preside el P. Atienza, a la Misión del Indostán, en compañía de los PP. Fer­nández, Ferrer y Coello Rey. Pisan tie­rra india el 26 de diciembre de 1922. El viaje ha sido desde Marsella, pa­sando la Navidad en Ceilán.

Ha muerto el 12 de diciembre de 1978, a los cincuenta y seis de misio­nero, sin volver nunca a España ni haber salido a otro país, a los ochen­ta y ocho años de edad y dos meses.

Superior de la Misión en sustitución del P. Fernández, por los años 1927-1932, renunció al cargo de Vicevisita­dor y a la mitra en perspectiva. Cargo y dignidad que recayeron en el P. Flo­rencio Sanz. El 30 de agosto de 1927 había escrito: «Si se determinan a nombrar Vicevisitador, pongan la vis­ta en el P. Sanz.»

La Santa Sede le otorgó la medalla «Pro Ecclesia et Pontifice» al celebrar sus bodas de oro, y el Gobierno espa­ñol en 1973, la Cruz de la Orden de Isa­bel la Católica.

Así, con la peregrina transcripción de la semicanonización popular, que no quiere predisponer la pontificia, nos vemos impulsados a empezar esta nada común singular necrología que, sin pretensiones frívolas de triunfalis­mo huero, antes con fundamentos de realidad histórica y comprobación tes­tifical, apodaríamos mejor hagiogra­fía. La afirmación titular rotunda la canta la máquina de escribir con la espontaneidad y moral certidumbre que la preludiaron y corean tantos la­bios en España, Hispanoamérica y es­pecialmente en India.

Para curarme en salud de acusacio­nes de ligereza en el juicio, me viene como anillo al dedo el testimonio feha­ciente del M. Rvdo. P. Silvestre Ojea —por temperamento y formación, más a propósito para fiscal que para pro­motor de causas—.

Visitando que visitaba la viceprovin­cia de la C. M. en India, a las seis de la tarde del 21 de enero de 1954, re­cién llegado a Mohana, acompañado del P. Güemes, me dijo a las primeras de cambio y con acento de profunda convicción, como si hubiera hecho un descubrimiento: «Este hombre es un santo.»

Venían desde Surada, cuesta arriba 18 millas, a Katinga y a Aligonda —do­ce millas más—, y a Mohana otras tantas, en tres jornadas: 17, 20 y 21. Más de 50 kilómetros, «las caras son­rientes, los huesos molidos». El P. Pro­vincial y su secretario, a caballo en sendos «ponis»; su guía, el P. Güemes, casi setentón, a pie… En Aligonda, los cristianos habían hecho tales demos­traciones de veneración a su antiguo misionero que sorprendieron primero, y luego casi llenaron de estupor reve­rencial, al P. Visitador, que decía real­mente impresionado: «¡Caramba, ca­ramba!» Cuentan que allí había hecho milagros…

Aunque radicalmente mi opinión de menor valía, si no es que durante vein­ticuatro años fui testigo de su edifi­cante conducta, dejaré aquí sentado que en ocasión pública, ante vicencia­nos autóctonos que habían recibido de él instrucciones de espiritualidad vicenciana formativa, afirmé en Alwa­ye (sur de India) en 1963: «Si entre los paúles de la Misión de Cuttack hay alguno canonizable, ese es el P. Vale­riano Güemes». Atestado que compa­ñeros de misión, sabedores, no con­tradijeron.

Un día de 1970, el entonces Provin­cial recién estrenado, P. Tomás Urdan­garín, aseguró: «Al P. Güemes se le podrán achacar errores; mala volun­tad, nunca».

En broma y de veras, allá y acá, ade­lanté: «Cuando muera el P. Güemes, todos le llamarán santo y escribirán de sus virtudes. Yo pienso escribir un artículo que se titule Los pecados del P. Güemes.»

Pues bien, apenas sabida su defun­ción, al P. Aguilar, ex misionero de allí hoy en España, súbdito que fue del P. Güemes del 24 al 32, le espeté: «¿Qué pecados me cuenta usted de él?» «Yo nunca vi pecados en el P. Güe­mes, sino virtudes.» Y es muy de te­nerse en cuenta este testimonio, por­que aquellos tiempos del P. Aguilar en la misión no sólo fueron los más difíciles, los heroicos de verdad, sino los más polémicos de la misión de Cuttack.

El primer superior de la misión, P. José María Fernández, tuvo que vol­ver a España como fracasado e inde­seable por inadaptación ambiental y rigorismo extremado consigo y con los misioneros. Sin percatarse que «Orien­te es Oriente y Occidente es Occiden­te», se empeñó en implantar en India la observancia regular de España. La Congregación de Propagana Fide llamó a Roma al Provincial, P. Atienza, y le impuso el relevo. En sus apresurados arrestos de santo, tal vez sólo el Pa­dre Güemes era capaz de seguirle. Con­taba éste que a los quince días de ha­ber llegado a Surada, y apenas salu­dada la gramática uria, le mandó la casi repentización de predicar cierto día en Dantolingui. «Y prediqué, pero nunca ni nadie supo lo que dije, y yo tampoco.»

Presentimiento fallido

Anunciando la muerte del P. Manuel Coello Rey, el P. Güemes terminaba así su carta al P. Paradela el 29 de octubre de 1934: «Estaba yo creído que un servidor precedería al P. Coe­li() en dejar este destierro; de todos modos, mi día no está lejano. Cosa bien extraordinaria será que un misio­nero llegue a morir de edad avanza­da en la misión.»

Esa «cosa extraordinaria» ha sido él mismo, ya que ha muerto a sus ochenta y ocho años y dos meses. Le precedieron en su ida a «la misión del Cielo» —algunos en flor de juventud- 14 compañeros desde el campo de mi­sión y ocho más repatriados. De los 22, sólo dos habían venido a este mun­do antes que él, los PP. Hernández y Ferrer. Y lo extraordinario entre lo extraordinario, la austeridad de su vi­da. ¡Cincuenta y seis años de vida mi­sionera en la India inhóspita!

En la difícil misión de Cuttack, don­de nadie le aventajó en inquietudes y desvelos, en trabajos y sufrimientos, en peligros. Años de vida sacrificada y fructífera. Años de conversiones y decepciones. Conocemos, reconocemos, testimoniamos su labor extenuante pa­ra la mayoría, incluso de misioneros arriscados, no tan imitables.

Cincuenta y seis años de ininterrum­pido servicio ni holgura de vacaciones en la madre patria. Años de fidelidad a Dios y a su vocación. Años de celo y de ingenio en pro de las almas. Años de lucha. Años de escasez de medios de evangelización y mantenimiento de conquistas. Años de desalientos que, como todos, hubo de padecer. Años de amarguras y zancadilleos. Años de fie­bres casi continuas, minando su natu­raleza de hierro, mas no su voluntad, que era de acero templado en la ora­ción, tan devota y edificante. Años que sólo Dios puede, sabe y sin duda ha querido recompensar.

Para creer que está en el cielo, ¿no bastarán estos avances de santidad? ¿No habrá sido Orissa suficiente pur­gatorio y crisol? ¡Si hasta en la tierra resplandece el oro de muchos quila­tes de Valeriano, «valorado» en el fiel de la ajustada balanza divina!

«Morigole Güemes suami»

Ha muerto el P. Güemes y el P. Güe­mes vive. «Necrología». «Necreyergía».

Tiempo ha que su nombre y su fa­ma habían traspuesto las fronteras fa­miliares vicencianas españolas. Entre sus panegirizadores el director de «Pueblos del Tercer Mundo», Manuel Un­citi, quien le dedicó una parrafada como a cincel tallada en la página 29 del número 16 de 1971 que yo voy a parodiar. «Figura misional egregia, al­ma de gigante, asceta y apóstol en una pieza. Tenía ochenta y ocho años. Cin­cuenta y seis cumplidos en la India… Ya no marca sus andares por los pol­vorientos caminos de Orissa. Día a día, gastó su larga vida en la predicación del Evangelio. Supo querer a los pa­rias, que el Dios que no tiene acep­tación —léase discriminación de per­sonas— puso en sus manos, y le oye­ron y se convencieron y le siguieron, porque comprendieron su amor. Su domicilio, desde el final de 1921, era la «Misión de Cuttack», antes de 1928 llamada del «Sur de Orissa», y luego saltó su celo y su acción al distrito de Koraput. ¿Luego he dicho? Sí, ya tenía a la sazón sus ochenta años. Y le apodaron el «Obispo de Tentuliku­ty», aunque nunca lo había querido ser de Cuttack, si bien a sus suceso­res les sustituyó varias veces sin mi­tra, como a los provinciales sin paten­te. La diócesis hija, Berhampur, le ha tenido en su seno cuando su cuerpo se inclinaba hacia la madre tierra, y en su territorio queda. Pasó a mejor vida, y su domicilio, del que vive y muere en el Señor, es, desde el 12 de diciembre de 1978, «la Misión del Cie­lo».

Hacia los altares

No es aventurado el pronóstico, co­mo a algunos pudiera parecer. Las no­ticias acerca de los funerales, o más bien glorificación «post mortem», que nos llegan, corroboran la afirmación síntesis de estos prolegómenos: Un día lo verán en los altares. ¡Cuántos san­tos en ellos que, al trasponer las fron­teras, dejaron estelas menos claras de santidad! La ejemplaridad de su vida perdura y se esclarece en sus cristian­dades, transmitiéndose de boca en bo­ca los recuerdos de sus hechos diga­mos, sin eufemismos, fuera de lo co­mún. Nos quedan muchas páginas im­presas y publicadas en revistas que se­rán hitos de su verdadera historia y veneros de información auténtica. Y cartas apostólicas como evangelios. Do­cumentos, en fin, para un probable proceso, y quiera Dios que no tardío, de beatificación de es t a indudable grande y santa figura misionera y sa­cerdotal, destacable entre los misione­ros santos y grandes de todos los tiem­pos.

Como predecía simbólicamente el cronista P. Jacinto Fernández (página 168 de «Anales», 1954), ha llegado la hora de guardar y aun levantar el ár­bol caído, que no se comerá la hor­miga blanca. Dicen los recientes télex de Mohana que el pueblo devoto pidió y le fue concedido no echar tierra so­bre su caja ya en la tumba abierta. Los peregrinos a su sepulcro lloran y rezan y piden milagros. Veneran aquel cuerpo delgado y encorvado, ma­cilento, ahora definitivamente yerto, y le envían besos como para reanimar­lo. Indios que, por cristianos, no creen en la transmisión de las almas pero creen en su inmortalidad. Por eso, en el cementerio de Mohana suplican al Padre que glorifique a su amado Güe­mes Suami y le dicen, confiados a Aquél como éste les enseñó: «Ge, am­bomanonco suorgosto Pita…».

El último mes del P. Güemes

Desde el mes de octubre del año 1977, ha sido el P. Fernando Ibilcieta compañero y fiel cooperador del Pa­dre Güemes en Mohana y su extensa zona.

Por eso a él acudimos en petición de datos biográficos del venerable an­ciano en sus últimos días de vida, ago­nía y muerte.

Es muy de agradecer que su respues­ta haya sido cumplida, habida cuenta del muchísimo quehacer misionero que le acarrean los 46 pueblos cris­tianos a que debe atender y atiende, con labor significada a fines y prin­cipios de año.

Sabido es que los escritos del Pa­dre Ibilcieta, aún las cartas familiares, requieren exégesis cual si fueran ex­tractos de los indios libros sagrados de los vedas.

Emprendemos este no pequeño tra­bajo con todos los permisos de su autor: «Recibid y tratad con esmero — lo que, al fin, mandar logro, — man­dar puedo.»

Son cuatro folios escritos a máqui­na en un espacio, de los cuales él dice que «no tienen vocablo que perder —todos pensados, pesados y medidos— de los hechos. Pedidos, bien sé, pane­gíricos, eulogías, proclamas edifican­tes de celo, santidad, milagros; para­fernalias de piedades magníficas…; eso, hoy por hoy, no puedo daros.»

«Al pasar todo como fue pasando, algunos detalles he olvidado o de pro­pósito velado. Algo ha ido confuso, otro algo desordenado. Vean y clasi­fiquen. Por ejemplo, un malhumora- miento mío contra el pobre enfermo por ir él a recaer en sus ya pasadas externas brusquedades.»

El último mes del P. Güemes fue digno colofón de sus ochenta y ocho años

El 10 de noviembre se hallaba sano y proporcionalmente enérgico. Como siempre, trabajador. Piadoso en ora­ción y lecturas. Dado, mejor entrega­do, a la arquitectura o edificación de construir como edificante de ejempla­ridad. Hasta el fin, repartiendo medi­cinas de «Chane» o semipolvos de la madre Celestina revalorados con su previa bendición milagrera. Vida pas­toral eficaz; las ovejas balando por su pastor reconocido.

Imposibles las excursiones apostó­licas a causa de las lluvias monzóni­cas, y consecuencia de barrizales res­baladizos a sus pies inseguros, que aún querían pisar fuerte, monte arri­ba y monte abajo, por trochas intrin­cadas en la selva, llevaba ya cuatro meses de reclusión en casa o abajo, en la civitate plana, adonde descendía en auto-línea para asistir al retiro o a los cursillos, sin importarle estar tuerto y medio sordo. Y el taquilleo mecanográfico, escribiendo sus memo­rias o correspondencia con la retaguar­dia misionera.

Forzosamente, al terminar el mon­zón, le tenía que nacer al P. Güemes, como chorro de agua de un pozo arte­siano, el ansia de visitar pueblos y continuar las obras detenidas de ca­pillas en construcción. Siempre tenaz pero prudente, tanto que yo mismo se lo aprobé.

Salió, pues, el 11 de noviembre di­rectamente a Kertingy; confesar, pre­dicar, celebrar y poner remate al san­to edificio. De Kertingy, a Gurigura. Lo revivió y les prometió catequista: Fermín de Rakesponka. Subió hasta Rayama y bajó al céntrico Ontorba, donde tiene, nuevecita, la mejor iglesia que han creado su mente, su corazón y sus manos. Servida la numerosa cris­tiandad, pasó al aledaño Reno, con sus queridos kondos recién convertidos y ver de completar la capilla que les es­taba construyendo.

De nuevo volvió a Kertingy con pri­sas. Llevaba siete días y muchas mi­llas andadas con piernas cancerosas, como canillas, cual bambú ñudos() y ennegrecido por la brega, el viento y los rasguños cicatrizados. Sabíase cui­dar, es cierto, pero a base de torta de trigo roto… y penitencia.

Día a día, hora a hora, ansiosos, pre­ocupados, le esperábamos de regreso a Mohana…

Era sábado, 18. Yendo yo a Chan­diput, en el camino me topé con los de Pindiki, quienes me dijeron que el buen Padre había pasado con ellos la noche del viernes. Le habían llama­do porque, si no pagaban la multa de cien rupias, los llevaban a la cárcel… Y el buen pastor, con su geniecito de mastín, cuidaba a sus ovejas.

Y hete aquí que el que yo creía en dirección a Mohana había cambiado el rumbo al contrario. En el mercado lo encontré. Se hallaba en el pueblo con el objetivo de reforzar la voluntad y disposición del párroco en cuestión de litigio para un matrimonio entre el Salomono de Bagomari y el Jaco­bo de Mohana o la hija de aquél y un hijo de éste. Mas, ¡ironía del destino!, el párroco de Chandiput se encontra­ba en su Kerala, a mil millas, de tran­quilas vacaciones.

Al día siguiente, domingo, sus de­votos de Pindiki le hicieron perder el auto de línea a mediodía. Y a pie y con el zacuto al hombro, el buen hom­bre, en dos horas se anduvo las seis millas por carretera a Mohana, adon­de, como era de suponer, llegó ren­dido. Rendido y con la cabeza como puchero en ebullición, con caleidoscó­pica variedad de asuntos, cuyo comen­tario tuve que oirle, sentados a la puer­ta de casa, antes de entrar en su apo­sento.

Después de la siesta le curamos las piernas tal cual. A los tres días supo «infaliblemen­te» que para cosas de construcción y hacerse con el necesario dinero, tenía que largarse a la ciudad de Berham­pur. Le conminé: «Baje, pero no suba sin haberse hecho curar sus piernas y demás a fondo, tomándose unos días de descanso en Gopalpur, a la vera del mar.» Con risita de sorna y mirada de pícaro viejete, se fue y… al día siguiente, en el autobús, claro, volvió. ¡150 kilómetros ida y vuelta!

Y llegó el 26, fiesta de Cristo Rey y fin de la mitad de «su último mes». Sin saber, ¡ay!, que lo era, celebramos la fiesta misional magnífica. Los je­fes de todos los centros ofrendaban pública y ceremoniosamente la colec­ta misional de sus pueblos respecti­vos: Dos mil rupias (doce mil pesetas).

Va a empezar el ya querido finado (¡oh, Dios, Tú lo sabías y no nos lo hiciste siquiera barruntar!) a recoger en esta segunda mitad de «su último mes» la siembra de la primera.

Había prometido a sus queridos de Tanguilipodro hacerles la fiesta de su Patrona, el 27, la Milagrosa… Co­mo estaba incapaz, se rajó. Le hice yo el quehacer el 29.

El 1 de diciembre yo me fui a Chandiput a celebrar el primer vier­nes con un grupito. El P. Güemes se quedó en Mohana para hacerlo con un grupazo de jóvenes del lugar y aleda­ños —unos 200—, que añadida la gen­te del barrio mohanero sumaron el bonito número de 800 personas devo­tas del Corazón de Jesús. El último primer viernes de su vida, que llenó de consuelos hasta los sótanos de su alma. Me lo admitió.

Y no intuía que su fin se acerca­ba…, y él lo atraía…

Porque el mismo día, acto se­guido de los cultos, casi a mediodía, el Padre, en autobús, se largó de nue­vo a Berhampur. Volvió el sábado. Traía encargo, y lo cumplió, de parte del señor obispo: la misa dominical, el 3, en Chandiput.

El 4 bajé yo al cursillo de vicen­cianismo que dirigía el P. Félix Mc­Atarsney, irlandés, residente en Mill Hill (Londres) y director de las Hijas de la Caridad en Inglaterra. Animoso y esperanzado el P. Güemes de su re­cuperación de la fiebrecilla malaria que le aquejaba, envió al Hermano a Gopalpur el 7 para que el 8, fiesta de la Inmaculada, asistiese a la ordena­ción sacerdotal de tres de sus compa­ñeros con ocasión de las bodas de pla­ta de la casa-noviciado «Stella Maris». Y se quedó solo…

Fue en la solemnidad (el amor te lo dice) cuando yo tuve barruntos y apre­suré la vuelta: el 8, a las diez de la noche, llegué a Mohana.

Como el Padre, a la voz queda para que me diera, por la ventana de su cuarto, la llave de la puerta de la calle, cerrada, no respondiese, creyéndole dormido rehusé molestarle y por la ventana de otro aposento me colé en casa.

Día 9 y seis de la mañana. El P. Güemes no tose, no bulle, no se le­vanta; él, que de por vida solía ha­cerlo a las cinco…

Llamo…, llamamos…: «¡Abra!» Que las puertas (de la casa e iglesia) las tiene cerradas.

Y una voz débil, como lejana, res­ponde: «No puedo…»

—Vamos, Padre, haga un poder…

Haciéndolo, se levantó de la cama… y se cayó junto a la puerta, que no pudo abrir…, ni levantarse. Con una barra, forzamos la entrada. Allí, cabe la luz de su debilidad, como Jesús, tumbado. Lo levantamos, le abrazo, le acuesto, y empiezo a tratarlo con me­dicinas, con alimento. La fiebre empie­za a ceder. Como alimento, huevo ba­tido en leche, manzanas en compota, que le doy en cucharilla.

Día 10, domingo. Le llevo la co­munión a la cama, acompañado de fie­les que cantan y rezan con devoción. Mejora, al parecer, notablemente. Pero no está para levantarse. Me pide, y con insistencia, que llame a tal y a cual para que lleven más ce­mento a Kertingy.

El día 8, en que estuvo solo en casa, después de la santa y solemne misa había pasado organizando el primer envío de cemento, y ahora quería com­pletar lo necesario. Al negarme en se­co, como pequeñico, al fin, vencido, al cabo de un rato y bajico, murmuró: «¿Por qué no llama al Simonete para lo del cemento…?»

G) El 11 proponía levantarse para ir a comulgar, ya que estaba convencido que no podría celebrar misa. Se lo niego. Queda con él el Hermano y yo me voy, pues urge, a Rayama Vuel­vo a las tres de la tarde.

Entre nosotros, el P. Provincial, que va a Aligonda, donde celebrará su pri­mera misa uno de los recién ordena­dos. En ella había prometido el P. Güe­mes servirle de asistente (en sobre te­nía las 25 rupias con que quería ob­sequiarle). El P. Miguel me ayuda a tratarle y observa: «Ya no tiene fie­bre. Lo que tiene es catarro, como el suyo.»

Ni sospechábamos que el fin estaba dentro

Y avanzaba con el día… hacia la No­che de su vida…

El P. Provincial se ha ido en vista de la mejoría aparente. Ha oscurecido. A las nueve le ali­mento, le arropo y le dejo bien acos­tadito. A las doce, descabezado mi sueño, vuelvo. Ya es otro. Veo lo que él no ve: Que a cualquier hora puede entrar en las de no volver.

—Padre Güemes, ¿dónde están las llaves del Safe? ¿Cuánto debe al Si­monete y a otros? ¿Dónde tal y cual documento?

Ayudándole, acompañándole, pasa el tiempo como de una hora. Llamo al Hermano, que duerme en su cama tranquilamente. Le administro la San­ta Extramaunción —en verdad extre­ma—. Le había dado el Santo Viático poco antes, y no pudiendo tragar la sagrada forma, él me indicó se la pu­siera con mi dedo en el mismísimo gaznate. Le había absuelto, él semi-inconsciente. A la fórmula en latín de la unción hace que responde. Pide, con señas, el crucifijo de los Santos Votos. Al ponérselo en los labios, él, erróneamente, creyendo que es una taza de «horlics», lo rechaza.

Se sosiega. Parece que duerme. Rue­go al Hermano se vuelva a la cama. A poco le asisto con el «Anima Chris­ti», a que asiente. Cuando dejo de sos­tenerle la cabeza, se queja y resiente de dolor. «¡Que me mata!», grita.

Al despuntar el día, las cuatro, com­prendo que hay que obrar a prisa. Le­vanto de nuevo al Hermano y llamo a los criados. Uno de ellos va, en bici­cleta —12 millas— a Aligonda para que venga la doctora Sor Enedina a poner­le inyecciones que le alivien la tos, el dolor… y la agonía. Y otro, en la ca­rretera, aguarda el primer auto a Ber­hampur.

Sor Enedina no está. Llamamos al médico de Mohana. Informamos a los cristianos. A pesar del fresco de la mañana, todos acuden.

Y el P. Güemes, por vez primera, como asustado, me dice: «Padre, estoy muy mal.» «Padre, se está usted mu­riendo. Aquí estamos con usted. ¡Ani­mo! No tema… Jesús, José y María… «Sí, padre; asistidme en mi última ago­nía», asintió con casi imperceptibles signos.

Era sin duda la agonía fuerte, dura; sus reservas eran muchas…

El doctor dijo ser congestión pul­monar la causa principal de su ya in­evitable muerte. Todos le ayudábamos como podíamos. Con él moríamos las últimas horas de su larga vida. El dra­ma de su existencia se acercaba a la tragedia. Saca y mete las manos del embozo y vuelve y repite la misma acción, siempre con algo de misterio, tecleando. Los cristianos que le rodean, siempre propensos a juntar al buen Padre con los milagros, claman: «Quie­re escribir. ¡Pluma y papel…!» Tuve que acceder, pero no había mensaje. Ni habría podido escribirlo.

De repente, sobrecogido, clava su ató­nita vista en el vacío, de enfrente, ha­cia arriba, las grandes cejas levanta­das, su gesto característico ante la re­pulsa. Pasa, al fin, la vista de derecha a izquierda, como recontando (Y a mí, pecador, me da cierto miedo de si ve­rá mi pobre alma). Reacciono con pia­dosa sencillez, amor sacerdotal y fra­terno: «Padre, ¿ve al Señor? ¿Ve algu­na visión…?» Y osciló su santa cara con un signo negativo.

Son las ocho de la mañana del día 12. Cesan los estertores. Y en media hora de suave, imperceptible agonía, cual una flor seca se deshoja, así su cuerpo, víctima de tanta vida, muere. «Vox túrturis audita est». Ocho y cua­renta y cinco.

Y qué cosa tan dura fue convencer a los cristianos que tenían ellos que salir del aposento para que yo le amor­tajase. Con ayuda de los jefes, como las Marías a Jesús, le amortajamos, po­niéndole de nuevo todo, incluyendo al­gún ungir y algún cosmético entre la ropa. Quedó la capilla ardiente mon­tada. Y el desfile de todos comenzó de puerta a puerta (que dos y enfrente tiene la habitación) y vista al venera­ble cadáver del santo P. Güemes.

Pero no querían desfilar, no les sa­tisfacía. Querían ver de fijo, tocar, orar. Y cosa rara, por no decir admi­rable, en una multitud heterogénea de niños, jóvenes y hombres, pero so­bre todo mujeres. Llorar, no tanto. Una paz especial nos poseía a todos.

Paralelo a este drama, otro drama se desencadenaba en toda la misión: de Cuttack a Gunupur, pasando por Balasor y estirándose a Tentulikuty.

Lo inspiró el telegrama que el Herma­no había enviado al señor obispo de Berhampur y al P. Provincial: «Father Güemes in his last agony.» («El P. Güe­mes en su última agonía»).

Y aquí, queridos Padres compañe­ros, acaba la única parte de mi deber informativo que podéis en justicia de­mandarme: Dar testimonio fehaciente de lo que yo solo sé. Lo que otros han visto, que ellos lo narren. En 12 vehícu­los vinieron los personajes altos de lejos. Millares de cerca, humilditos hi­jos de él y míos. A celebrar las honras fúnebres del santo «pedísequo» misio­nero. Lo que grandes y pequeños, obis­pos, sacerdotes, religiosos de las cin­co congregaciones representadas, cris­tianos ya viejos como él, y jóvenes, los de su último laboreo misional, panos, kondos, souras, el pueblo fiel cristia­no, lo que todos deseáis y soñáis: Pa­negíricos, elogios, milagros… Todo eso y más no me lo pidáis a mí. Todo eso vendrá. Cuando el Señor quiera ha­blar…, si algún día hacerlo quisiere. Pedid como yo pido. Yo, que soy el primer huérfano, y hogaño como antaño su heredero en la paternidad y apostolado. El también gran misione­ro P. Venancio Marcos fue el primero que visitó esta heredad del Padre que está en los cielos. El P. Güemes, el primero en abrir brecha. Y cuántos operarios para sembrar y segar la do­rada mies, que es mucha, mucha, mu­cha. Al presente quedo yo solo y ya casi viejo, no tanto como él. Cristia­nos de Mohana, pueblo y zona de 46 pueblos y los que salgan: Cuando, al amanecer y al anochecer, veáis un cla­ro lucero que se esfuma o aparece en el firmamento claro u oscuro, ale­graos: Es el ojo del siervo de Dios, fiel y bienaventurado, que os mira con amor de Padre que no, no, nunca ol­vida a sus hijos, a quienes quiere más que quiso, con haber sido tanto, tan­to…, que por ellos dio su vida de ochenta y ocho años en la tierra y cincuenta y seis en la vuestra, en Oris­sa, en India.

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