Fichas y fechas
Nació el P. Valeriano Güemes Rodríguez en Quintanarruz (Burgos) el 14 de octubre de 1890. Sus padres, Valentín y Eugenia.
Estudió latín y humanidades en la Apostólica de Tardajos.
Ingresó en el Noviciado en Madrid el 25-IX-1906. Profesó en 1908.
Sacerdote el 29-VIII-1915, ejerce de profesor en la Apostólica de Teruel cinco años.
El 9 de agosto de 1920 es destinado a predicar misiones populares en la diócesis de Madrid-Alcalá. El P. Joaquín Atienza ha sido nombrado Visitador y deja sus clases a los sobrecargados compañeros en el profesorado del Colegio de Limpias. «No le conozco —escribe el P. Sierra—, pero sí estará bien que vaya el P. Güemes a echar una mano a aquellos buenos operarios». Y sin descansar del curso de misiones, a Limpias va, en abril de 1921, en calidad de profesor de urgencia.
El 18 de julio del mismo año es destinado en el Consejo Provincial, que preside el P. Atienza, a la Misión del Indostán, en compañía de los PP. Fernández, Ferrer y Coello Rey. Pisan tierra india el 26 de diciembre de 1922. El viaje ha sido desde Marsella, pasando la Navidad en Ceilán.
Ha muerto el 12 de diciembre de 1978, a los cincuenta y seis de misionero, sin volver nunca a España ni haber salido a otro país, a los ochenta y ocho años de edad y dos meses.
Superior de la Misión en sustitución del P. Fernández, por los años 1927-1932, renunció al cargo de Vicevisitador y a la mitra en perspectiva. Cargo y dignidad que recayeron en el P. Florencio Sanz. El 30 de agosto de 1927 había escrito: «Si se determinan a nombrar Vicevisitador, pongan la vista en el P. Sanz.»
La Santa Sede le otorgó la medalla «Pro Ecclesia et Pontifice» al celebrar sus bodas de oro, y el Gobierno español en 1973, la Cruz de la Orden de Isabel la Católica.
Así, con la peregrina transcripción de la semicanonización popular, que no quiere predisponer la pontificia, nos vemos impulsados a empezar esta nada común singular necrología que, sin pretensiones frívolas de triunfalismo huero, antes con fundamentos de realidad histórica y comprobación testifical, apodaríamos mejor hagiografía. La afirmación titular rotunda la canta la máquina de escribir con la espontaneidad y moral certidumbre que la preludiaron y corean tantos labios en España, Hispanoamérica y especialmente en India.
Para curarme en salud de acusaciones de ligereza en el juicio, me viene como anillo al dedo el testimonio fehaciente del M. Rvdo. P. Silvestre Ojea —por temperamento y formación, más a propósito para fiscal que para promotor de causas—.
Visitando que visitaba la viceprovincia de la C. M. en India, a las seis de la tarde del 21 de enero de 1954, recién llegado a Mohana, acompañado del P. Güemes, me dijo a las primeras de cambio y con acento de profunda convicción, como si hubiera hecho un descubrimiento: «Este hombre es un santo.»
Venían desde Surada, cuesta arriba 18 millas, a Katinga y a Aligonda —doce millas más—, y a Mohana otras tantas, en tres jornadas: 17, 20 y 21. Más de 50 kilómetros, «las caras sonrientes, los huesos molidos». El P. Provincial y su secretario, a caballo en sendos «ponis»; su guía, el P. Güemes, casi setentón, a pie… En Aligonda, los cristianos habían hecho tales demostraciones de veneración a su antiguo misionero que sorprendieron primero, y luego casi llenaron de estupor reverencial, al P. Visitador, que decía realmente impresionado: «¡Caramba, caramba!» Cuentan que allí había hecho milagros…
Aunque radicalmente mi opinión de menor valía, si no es que durante veinticuatro años fui testigo de su edificante conducta, dejaré aquí sentado que en ocasión pública, ante vicencianos autóctonos que habían recibido de él instrucciones de espiritualidad vicenciana formativa, afirmé en Alwaye (sur de India) en 1963: «Si entre los paúles de la Misión de Cuttack hay alguno canonizable, ese es el P. Valeriano Güemes». Atestado que compañeros de misión, sabedores, no contradijeron.
Un día de 1970, el entonces Provincial recién estrenado, P. Tomás Urdangarín, aseguró: «Al P. Güemes se le podrán achacar errores; mala voluntad, nunca».
En broma y de veras, allá y acá, adelanté: «Cuando muera el P. Güemes, todos le llamarán santo y escribirán de sus virtudes. Yo pienso escribir un artículo que se titule Los pecados del P. Güemes.»
Pues bien, apenas sabida su defunción, al P. Aguilar, ex misionero de allí hoy en España, súbdito que fue del P. Güemes del 24 al 32, le espeté: «¿Qué pecados me cuenta usted de él?» «Yo nunca vi pecados en el P. Güemes, sino virtudes.» Y es muy de tenerse en cuenta este testimonio, porque aquellos tiempos del P. Aguilar en la misión no sólo fueron los más difíciles, los heroicos de verdad, sino los más polémicos de la misión de Cuttack.
El primer superior de la misión, P. José María Fernández, tuvo que volver a España como fracasado e indeseable por inadaptación ambiental y rigorismo extremado consigo y con los misioneros. Sin percatarse que «Oriente es Oriente y Occidente es Occidente», se empeñó en implantar en India la observancia regular de España. La Congregación de Propagana Fide llamó a Roma al Provincial, P. Atienza, y le impuso el relevo. En sus apresurados arrestos de santo, tal vez sólo el Padre Güemes era capaz de seguirle. Contaba éste que a los quince días de haber llegado a Surada, y apenas saludada la gramática uria, le mandó la casi repentización de predicar cierto día en Dantolingui. «Y prediqué, pero nunca ni nadie supo lo que dije, y yo tampoco.»
Presentimiento fallido
Anunciando la muerte del P. Manuel Coello Rey, el P. Güemes terminaba así su carta al P. Paradela el 29 de octubre de 1934: «Estaba yo creído que un servidor precedería al P. Coeli() en dejar este destierro; de todos modos, mi día no está lejano. Cosa bien extraordinaria será que un misionero llegue a morir de edad avanzada en la misión.»
Esa «cosa extraordinaria» ha sido él mismo, ya que ha muerto a sus ochenta y ocho años y dos meses. Le precedieron en su ida a «la misión del Cielo» —algunos en flor de juventud- 14 compañeros desde el campo de misión y ocho más repatriados. De los 22, sólo dos habían venido a este mundo antes que él, los PP. Hernández y Ferrer. Y lo extraordinario entre lo extraordinario, la austeridad de su vida. ¡Cincuenta y seis años de vida misionera en la India inhóspita!
En la difícil misión de Cuttack, donde nadie le aventajó en inquietudes y desvelos, en trabajos y sufrimientos, en peligros. Años de vida sacrificada y fructífera. Años de conversiones y decepciones. Conocemos, reconocemos, testimoniamos su labor extenuante para la mayoría, incluso de misioneros arriscados, no tan imitables.
Cincuenta y seis años de ininterrumpido servicio ni holgura de vacaciones en la madre patria. Años de fidelidad a Dios y a su vocación. Años de celo y de ingenio en pro de las almas. Años de lucha. Años de escasez de medios de evangelización y mantenimiento de conquistas. Años de desalientos que, como todos, hubo de padecer. Años de amarguras y zancadilleos. Años de fiebres casi continuas, minando su naturaleza de hierro, mas no su voluntad, que era de acero templado en la oración, tan devota y edificante. Años que sólo Dios puede, sabe y sin duda ha querido recompensar.
Para creer que está en el cielo, ¿no bastarán estos avances de santidad? ¿No habrá sido Orissa suficiente purgatorio y crisol? ¡Si hasta en la tierra resplandece el oro de muchos quilates de Valeriano, «valorado» en el fiel de la ajustada balanza divina!
«Morigole Güemes suami»
Ha muerto el P. Güemes y el P. Güemes vive. «Necrología». «Necreyergía».
Tiempo ha que su nombre y su fama habían traspuesto las fronteras familiares vicencianas españolas. Entre sus panegirizadores el director de «Pueblos del Tercer Mundo», Manuel Unciti, quien le dedicó una parrafada como a cincel tallada en la página 29 del número 16 de 1971 que yo voy a parodiar. «Figura misional egregia, alma de gigante, asceta y apóstol en una pieza. Tenía ochenta y ocho años. Cincuenta y seis cumplidos en la India… Ya no marca sus andares por los polvorientos caminos de Orissa. Día a día, gastó su larga vida en la predicación del Evangelio. Supo querer a los parias, que el Dios que no tiene aceptación —léase discriminación de personas— puso en sus manos, y le oyeron y se convencieron y le siguieron, porque comprendieron su amor. Su domicilio, desde el final de 1921, era la «Misión de Cuttack», antes de 1928 llamada del «Sur de Orissa», y luego saltó su celo y su acción al distrito de Koraput. ¿Luego he dicho? Sí, ya tenía a la sazón sus ochenta años. Y le apodaron el «Obispo de Tentulikuty», aunque nunca lo había querido ser de Cuttack, si bien a sus sucesores les sustituyó varias veces sin mitra, como a los provinciales sin patente. La diócesis hija, Berhampur, le ha tenido en su seno cuando su cuerpo se inclinaba hacia la madre tierra, y en su territorio queda. Pasó a mejor vida, y su domicilio, del que vive y muere en el Señor, es, desde el 12 de diciembre de 1978, «la Misión del Cielo».
Hacia los altares
No es aventurado el pronóstico, como a algunos pudiera parecer. Las noticias acerca de los funerales, o más bien glorificación «post mortem», que nos llegan, corroboran la afirmación síntesis de estos prolegómenos: Un día lo verán en los altares. ¡Cuántos santos en ellos que, al trasponer las fronteras, dejaron estelas menos claras de santidad! La ejemplaridad de su vida perdura y se esclarece en sus cristiandades, transmitiéndose de boca en boca los recuerdos de sus hechos digamos, sin eufemismos, fuera de lo común. Nos quedan muchas páginas impresas y publicadas en revistas que serán hitos de su verdadera historia y veneros de información auténtica. Y cartas apostólicas como evangelios. Documentos, en fin, para un probable proceso, y quiera Dios que no tardío, de beatificación de es t a indudable grande y santa figura misionera y sacerdotal, destacable entre los misioneros santos y grandes de todos los tiempos.
Como predecía simbólicamente el cronista P. Jacinto Fernández (página 168 de «Anales», 1954), ha llegado la hora de guardar y aun levantar el árbol caído, que no se comerá la hormiga blanca. Dicen los recientes télex de Mohana que el pueblo devoto pidió y le fue concedido no echar tierra sobre su caja ya en la tumba abierta. Los peregrinos a su sepulcro lloran y rezan y piden milagros. Veneran aquel cuerpo delgado y encorvado, macilento, ahora definitivamente yerto, y le envían besos como para reanimarlo. Indios que, por cristianos, no creen en la transmisión de las almas pero creen en su inmortalidad. Por eso, en el cementerio de Mohana suplican al Padre que glorifique a su amado Güemes Suami y le dicen, confiados a Aquél como éste les enseñó: «Ge, ambomanonco suorgosto Pita…».
El último mes del P. Güemes
Desde el mes de octubre del año 1977, ha sido el P. Fernando Ibilcieta compañero y fiel cooperador del Padre Güemes en Mohana y su extensa zona.
Por eso a él acudimos en petición de datos biográficos del venerable anciano en sus últimos días de vida, agonía y muerte.
Es muy de agradecer que su respuesta haya sido cumplida, habida cuenta del muchísimo quehacer misionero que le acarrean los 46 pueblos cristianos a que debe atender y atiende, con labor significada a fines y principios de año.
Sabido es que los escritos del Padre Ibilcieta, aún las cartas familiares, requieren exégesis cual si fueran extractos de los indios libros sagrados de los vedas.
Emprendemos este no pequeño trabajo con todos los permisos de su autor: «Recibid y tratad con esmero — lo que, al fin, mandar logro, — mandar puedo.»
Son cuatro folios escritos a máquina en un espacio, de los cuales él dice que «no tienen vocablo que perder —todos pensados, pesados y medidos— de los hechos. Pedidos, bien sé, panegíricos, eulogías, proclamas edificantes de celo, santidad, milagros; parafernalias de piedades magníficas…; eso, hoy por hoy, no puedo daros.»
«Al pasar todo como fue pasando, algunos detalles he olvidado o de propósito velado. Algo ha ido confuso, otro algo desordenado. Vean y clasifiquen. Por ejemplo, un malhumora- miento mío contra el pobre enfermo por ir él a recaer en sus ya pasadas externas brusquedades.»
El último mes del P. Güemes fue digno colofón de sus ochenta y ocho años
El 10 de noviembre se hallaba sano y proporcionalmente enérgico. Como siempre, trabajador. Piadoso en oración y lecturas. Dado, mejor entregado, a la arquitectura o edificación de construir como edificante de ejemplaridad. Hasta el fin, repartiendo medicinas de «Chane» o semipolvos de la madre Celestina revalorados con su previa bendición milagrera. Vida pastoral eficaz; las ovejas balando por su pastor reconocido.
Imposibles las excursiones apostólicas a causa de las lluvias monzónicas, y consecuencia de barrizales resbaladizos a sus pies inseguros, que aún querían pisar fuerte, monte arriba y monte abajo, por trochas intrincadas en la selva, llevaba ya cuatro meses de reclusión en casa o abajo, en la civitate plana, adonde descendía en auto-línea para asistir al retiro o a los cursillos, sin importarle estar tuerto y medio sordo. Y el taquilleo mecanográfico, escribiendo sus memorias o correspondencia con la retaguardia misionera.
Forzosamente, al terminar el monzón, le tenía que nacer al P. Güemes, como chorro de agua de un pozo artesiano, el ansia de visitar pueblos y continuar las obras detenidas de capillas en construcción. Siempre tenaz pero prudente, tanto que yo mismo se lo aprobé.
Salió, pues, el 11 de noviembre directamente a Kertingy; confesar, predicar, celebrar y poner remate al santo edificio. De Kertingy, a Gurigura. Lo revivió y les prometió catequista: Fermín de Rakesponka. Subió hasta Rayama y bajó al céntrico Ontorba, donde tiene, nuevecita, la mejor iglesia que han creado su mente, su corazón y sus manos. Servida la numerosa cristiandad, pasó al aledaño Reno, con sus queridos kondos recién convertidos y ver de completar la capilla que les estaba construyendo.
De nuevo volvió a Kertingy con prisas. Llevaba siete días y muchas millas andadas con piernas cancerosas, como canillas, cual bambú ñudos() y ennegrecido por la brega, el viento y los rasguños cicatrizados. Sabíase cuidar, es cierto, pero a base de torta de trigo roto… y penitencia.
Día a día, hora a hora, ansiosos, preocupados, le esperábamos de regreso a Mohana…
Era sábado, 18. Yendo yo a Chandiput, en el camino me topé con los de Pindiki, quienes me dijeron que el buen Padre había pasado con ellos la noche del viernes. Le habían llamado porque, si no pagaban la multa de cien rupias, los llevaban a la cárcel… Y el buen pastor, con su geniecito de mastín, cuidaba a sus ovejas.
Y hete aquí que el que yo creía en dirección a Mohana había cambiado el rumbo al contrario. En el mercado lo encontré. Se hallaba en el pueblo con el objetivo de reforzar la voluntad y disposición del párroco en cuestión de litigio para un matrimonio entre el Salomono de Bagomari y el Jacobo de Mohana o la hija de aquél y un hijo de éste. Mas, ¡ironía del destino!, el párroco de Chandiput se encontraba en su Kerala, a mil millas, de tranquilas vacaciones.
Al día siguiente, domingo, sus devotos de Pindiki le hicieron perder el auto de línea a mediodía. Y a pie y con el zacuto al hombro, el buen hombre, en dos horas se anduvo las seis millas por carretera a Mohana, adonde, como era de suponer, llegó rendido. Rendido y con la cabeza como puchero en ebullición, con caleidoscópica variedad de asuntos, cuyo comentario tuve que oirle, sentados a la puerta de casa, antes de entrar en su aposento.
Después de la siesta le curamos las piernas tal cual. A los tres días supo «infaliblemente» que para cosas de construcción y hacerse con el necesario dinero, tenía que largarse a la ciudad de Berhampur. Le conminé: «Baje, pero no suba sin haberse hecho curar sus piernas y demás a fondo, tomándose unos días de descanso en Gopalpur, a la vera del mar.» Con risita de sorna y mirada de pícaro viejete, se fue y… al día siguiente, en el autobús, claro, volvió. ¡150 kilómetros ida y vuelta!
Y llegó el 26, fiesta de Cristo Rey y fin de la mitad de «su último mes». Sin saber, ¡ay!, que lo era, celebramos la fiesta misional magnífica. Los jefes de todos los centros ofrendaban pública y ceremoniosamente la colecta misional de sus pueblos respectivos: Dos mil rupias (doce mil pesetas).
Va a empezar el ya querido finado (¡oh, Dios, Tú lo sabías y no nos lo hiciste siquiera barruntar!) a recoger en esta segunda mitad de «su último mes» la siembra de la primera.
Había prometido a sus queridos de Tanguilipodro hacerles la fiesta de su Patrona, el 27, la Milagrosa… Como estaba incapaz, se rajó. Le hice yo el quehacer el 29.
El 1 de diciembre yo me fui a Chandiput a celebrar el primer viernes con un grupito. El P. Güemes se quedó en Mohana para hacerlo con un grupazo de jóvenes del lugar y aledaños —unos 200—, que añadida la gente del barrio mohanero sumaron el bonito número de 800 personas devotas del Corazón de Jesús. El último primer viernes de su vida, que llenó de consuelos hasta los sótanos de su alma. Me lo admitió.
Y no intuía que su fin se acercaba…, y él lo atraía…
Porque el mismo día, acto seguido de los cultos, casi a mediodía, el Padre, en autobús, se largó de nuevo a Berhampur. Volvió el sábado. Traía encargo, y lo cumplió, de parte del señor obispo: la misa dominical, el 3, en Chandiput.
El 4 bajé yo al cursillo de vicencianismo que dirigía el P. Félix McAtarsney, irlandés, residente en Mill Hill (Londres) y director de las Hijas de la Caridad en Inglaterra. Animoso y esperanzado el P. Güemes de su recuperación de la fiebrecilla malaria que le aquejaba, envió al Hermano a Gopalpur el 7 para que el 8, fiesta de la Inmaculada, asistiese a la ordenación sacerdotal de tres de sus compañeros con ocasión de las bodas de plata de la casa-noviciado «Stella Maris». Y se quedó solo…
Fue en la solemnidad (el amor te lo dice) cuando yo tuve barruntos y apresuré la vuelta: el 8, a las diez de la noche, llegué a Mohana.
Como el Padre, a la voz queda para que me diera, por la ventana de su cuarto, la llave de la puerta de la calle, cerrada, no respondiese, creyéndole dormido rehusé molestarle y por la ventana de otro aposento me colé en casa.
Día 9 y seis de la mañana. El P. Güemes no tose, no bulle, no se levanta; él, que de por vida solía hacerlo a las cinco…
Llamo…, llamamos…: «¡Abra!» Que las puertas (de la casa e iglesia) las tiene cerradas.
Y una voz débil, como lejana, responde: «No puedo…»
—Vamos, Padre, haga un poder…
Haciéndolo, se levantó de la cama… y se cayó junto a la puerta, que no pudo abrir…, ni levantarse. Con una barra, forzamos la entrada. Allí, cabe la luz de su debilidad, como Jesús, tumbado. Lo levantamos, le abrazo, le acuesto, y empiezo a tratarlo con medicinas, con alimento. La fiebre empieza a ceder. Como alimento, huevo batido en leche, manzanas en compota, que le doy en cucharilla.
Día 10, domingo. Le llevo la comunión a la cama, acompañado de fieles que cantan y rezan con devoción. Mejora, al parecer, notablemente. Pero no está para levantarse. Me pide, y con insistencia, que llame a tal y a cual para que lleven más cemento a Kertingy.
El día 8, en que estuvo solo en casa, después de la santa y solemne misa había pasado organizando el primer envío de cemento, y ahora quería completar lo necesario. Al negarme en seco, como pequeñico, al fin, vencido, al cabo de un rato y bajico, murmuró: «¿Por qué no llama al Simonete para lo del cemento…?»
G) El 11 proponía levantarse para ir a comulgar, ya que estaba convencido que no podría celebrar misa. Se lo niego. Queda con él el Hermano y yo me voy, pues urge, a Rayama Vuelvo a las tres de la tarde.
Entre nosotros, el P. Provincial, que va a Aligonda, donde celebrará su primera misa uno de los recién ordenados. En ella había prometido el P. Güemes servirle de asistente (en sobre tenía las 25 rupias con que quería obsequiarle). El P. Miguel me ayuda a tratarle y observa: «Ya no tiene fiebre. Lo que tiene es catarro, como el suyo.»
Ni sospechábamos que el fin estaba dentro
Y avanzaba con el día… hacia la Noche de su vida…
El P. Provincial se ha ido en vista de la mejoría aparente. Ha oscurecido. A las nueve le alimento, le arropo y le dejo bien acostadito. A las doce, descabezado mi sueño, vuelvo. Ya es otro. Veo lo que él no ve: Que a cualquier hora puede entrar en las de no volver.
—Padre Güemes, ¿dónde están las llaves del Safe? ¿Cuánto debe al Simonete y a otros? ¿Dónde tal y cual documento?
Ayudándole, acompañándole, pasa el tiempo como de una hora. Llamo al Hermano, que duerme en su cama tranquilamente. Le administro la Santa Extramaunción —en verdad extrema—. Le había dado el Santo Viático poco antes, y no pudiendo tragar la sagrada forma, él me indicó se la pusiera con mi dedo en el mismísimo gaznate. Le había absuelto, él semi-inconsciente. A la fórmula en latín de la unción hace que responde. Pide, con señas, el crucifijo de los Santos Votos. Al ponérselo en los labios, él, erróneamente, creyendo que es una taza de «horlics», lo rechaza.
Se sosiega. Parece que duerme. Ruego al Hermano se vuelva a la cama. A poco le asisto con el «Anima Christi», a que asiente. Cuando dejo de sostenerle la cabeza, se queja y resiente de dolor. «¡Que me mata!», grita.
Al despuntar el día, las cuatro, comprendo que hay que obrar a prisa. Levanto de nuevo al Hermano y llamo a los criados. Uno de ellos va, en bicicleta —12 millas— a Aligonda para que venga la doctora Sor Enedina a ponerle inyecciones que le alivien la tos, el dolor… y la agonía. Y otro, en la carretera, aguarda el primer auto a Berhampur.
Sor Enedina no está. Llamamos al médico de Mohana. Informamos a los cristianos. A pesar del fresco de la mañana, todos acuden.
Y el P. Güemes, por vez primera, como asustado, me dice: «Padre, estoy muy mal.» «Padre, se está usted muriendo. Aquí estamos con usted. ¡Animo! No tema… Jesús, José y María… «Sí, padre; asistidme en mi última agonía», asintió con casi imperceptibles signos.
Era sin duda la agonía fuerte, dura; sus reservas eran muchas…
El doctor dijo ser congestión pulmonar la causa principal de su ya inevitable muerte. Todos le ayudábamos como podíamos. Con él moríamos las últimas horas de su larga vida. El drama de su existencia se acercaba a la tragedia. Saca y mete las manos del embozo y vuelve y repite la misma acción, siempre con algo de misterio, tecleando. Los cristianos que le rodean, siempre propensos a juntar al buen Padre con los milagros, claman: «Quiere escribir. ¡Pluma y papel…!» Tuve que acceder, pero no había mensaje. Ni habría podido escribirlo.
De repente, sobrecogido, clava su atónita vista en el vacío, de enfrente, hacia arriba, las grandes cejas levantadas, su gesto característico ante la repulsa. Pasa, al fin, la vista de derecha a izquierda, como recontando (Y a mí, pecador, me da cierto miedo de si verá mi pobre alma). Reacciono con piadosa sencillez, amor sacerdotal y fraterno: «Padre, ¿ve al Señor? ¿Ve alguna visión…?» Y osciló su santa cara con un signo negativo.
Son las ocho de la mañana del día 12. Cesan los estertores. Y en media hora de suave, imperceptible agonía, cual una flor seca se deshoja, así su cuerpo, víctima de tanta vida, muere. «Vox túrturis audita est». Ocho y cuarenta y cinco.
Y qué cosa tan dura fue convencer a los cristianos que tenían ellos que salir del aposento para que yo le amortajase. Con ayuda de los jefes, como las Marías a Jesús, le amortajamos, poniéndole de nuevo todo, incluyendo algún ungir y algún cosmético entre la ropa. Quedó la capilla ardiente montada. Y el desfile de todos comenzó de puerta a puerta (que dos y enfrente tiene la habitación) y vista al venerable cadáver del santo P. Güemes.
Pero no querían desfilar, no les satisfacía. Querían ver de fijo, tocar, orar. Y cosa rara, por no decir admirable, en una multitud heterogénea de niños, jóvenes y hombres, pero sobre todo mujeres. Llorar, no tanto. Una paz especial nos poseía a todos.
Paralelo a este drama, otro drama se desencadenaba en toda la misión: de Cuttack a Gunupur, pasando por Balasor y estirándose a Tentulikuty.
Lo inspiró el telegrama que el Hermano había enviado al señor obispo de Berhampur y al P. Provincial: «Father Güemes in his last agony.» («El P. Güemes en su última agonía»).
Y aquí, queridos Padres compañeros, acaba la única parte de mi deber informativo que podéis en justicia demandarme: Dar testimonio fehaciente de lo que yo solo sé. Lo que otros han visto, que ellos lo narren. En 12 vehículos vinieron los personajes altos de lejos. Millares de cerca, humilditos hijos de él y míos. A celebrar las honras fúnebres del santo «pedísequo» misionero. Lo que grandes y pequeños, obispos, sacerdotes, religiosos de las cinco congregaciones representadas, cristianos ya viejos como él, y jóvenes, los de su último laboreo misional, panos, kondos, souras, el pueblo fiel cristiano, lo que todos deseáis y soñáis: Panegíricos, elogios, milagros… Todo eso y más no me lo pidáis a mí. Todo eso vendrá. Cuando el Señor quiera hablar…, si algún día hacerlo quisiere. Pedid como yo pido. Yo, que soy el primer huérfano, y hogaño como antaño su heredero en la paternidad y apostolado. El también gran misionero P. Venancio Marcos fue el primero que visitó esta heredad del Padre que está en los cielos. El P. Güemes, el primero en abrir brecha. Y cuántos operarios para sembrar y segar la dorada mies, que es mucha, mucha, mucha. Al presente quedo yo solo y ya casi viejo, no tanto como él. Cristianos de Mohana, pueblo y zona de 46 pueblos y los que salgan: Cuando, al amanecer y al anochecer, veáis un claro lucero que se esfuma o aparece en el firmamento claro u oscuro, alegraos: Es el ojo del siervo de Dios, fiel y bienaventurado, que os mira con amor de Padre que no, no, nunca olvida a sus hijos, a quienes quiere más que quiso, con haber sido tanto, tanto…, que por ellos dio su vida de ochenta y ocho años en la tierra y cincuenta y seis en la vuestra, en Orissa, en India.







